Disclaimer: los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de KeiChanz, yo sólo traduzco.
Baile peligroso
Capítulo once: Antiguo amor, nuevos rivales
—¿Kagome?
Kagome paró de reír inmediatamente, al igual que Inuyasha. Se giró lentamente en dirección a donde provenía la voz y se arrepintió inmediatamente.
Allí, a unos tres metros de ella, había una persona de brillante pelo rojo y grandes ojos verdes, mirándola sorprendida.
El corazón de Kagome se saltó varios latidos al mirar a los ojos verdes de su antiguo amor.
—¿K-Kurama? —titubeó, palideciendo.
Kurama abrió los ojos como platos, la voz de su antiguo amor era música para sus oídos. Empezó a avanzar hacia ella, aumentando el ritmo a medida que se acercaba.
Las lágrimas no derramadas escocían en los ojos de Kagome mientras daba distraídamente unos pasos hacia delante, encontrándose con Kurama a mitad de camino. Su antiguo novio la envolvió en un cálido abrazo, su antiguo amor por la chica resurgía una vez más.
Kagome le rodeó el cuello con los brazos y le devolvió el abrazo con la misma intensidad.
—Kurama… Eres tú… No me puedo creer que seas tú de verdad… —susurró, las lágrimas caían ahora libremente de sus ojos, dejando rastros húmedos en sus mejillas sonrojadas.
Kurama la abrazó con más fuerza.
—Oh, Kagome… te he echado tanto de menos…
Los dos permanecieron abrazados, felices por poder abrazarse después de aquellos largos años.
Dos ojos dorados permanecieron a un lado, mirando con horror cómo su Kagome abrazaba a otro hombre.
Ése… debe de ser su ex novio… Pensó Inuyasha, su corazón se hundía. Meneó la cabeza. Entonces ¿por qué de repente estoy tan triste? Probablemente no lo ha visto desde hace tiempo y sólo se alegra de verlo, es todo. Sus orejas se inclinaron. Pero aun así, duele verla así en sus brazos. Después de lo que me hizo Kikyo…
Kagome se apartó del abrazo de Kurama y fijó la mirada en sus ojos verdes. Sonrió.
—Oh, Kurama… pensé que no iba a volver a verte…
Kurama se rió ligeramente.
—Lo mismo digo.
Se le escapó una risa ahogada de su boca. Luego se dio cuenta de por qué estaba allí y con quién estaba allí. Miró a Inuyasha, que tenía una mirada distante en los ojos. Soltó a Kurama, sintiéndose un poco culpable, se dirigió hacia su nuevo amor y le rodeó la cintura con los brazos. Él no la miró, sino que simplemente puso un brazo alrededor de su cintura posesivamente, sus ojos nunca abandonaron al hombre que tenían delante.
—Lo siento, Inuyasha. Es que no lo veo desde hace una eternidad y, bueno yo…
Inuyasha bajó la mirada hacia ella y puso un dedo contra sus labios, evitando que terminara la frase.
—Shh, lo entiendo. —Le dirigió una sonrisa que enseñaba sus colmillos, una que Kagome no tuvo problema para descifrar lo que significaba.
Me lo compensarás después.
Kagome se sonrojó y asintió, mirando a un lado.
Alguien que estaba cerca se aclaró la garganta.
—Eh, ¿interrumpo algo?
Dos cabezas se dirigieron hacia la insegura voz.
Kurama permaneció observándolos, una ligera confusión se mostraba en sus brillantes ojos verdes.
Kagome se llevó la mano a la frente.
—Oh, ¡qué estupidez por mi parte! Inuyasha, éste… —Señaló a Kurama—, es mi ex novio, Kurama. Kurama, éste es, bueno, éste es Inuyasha, aunque ya lo conoces… más o menos… —Suspiró y bajó la cabeza.
Kurama le sonrió al hanyou e hizo una reverencia.
—Me siento honrado por conocerlo en persona, señor Takahashi.
Inuyasha se encogió de hombros.
—Lo mismo digo. Aunque Kagome nunca te ha mencionado. Y no seas tan formal. Llámame Inuyasha. —Compuso una sonrisa forzada.
Kurama asintió.
—Inuyasha.
Inuyasha acercó más a su novia hacia él, ese simple gesto enunciaba una única cosa.
Atrás. Es mía.
Kurama arqueó una ceja, su rostro se contrajo en una expresión que respondía a su silenciosa y excesivamente confiada declaración.
No estés tan seguro de ti mismo. El viejo amor resurge rápidamente.
Inuyasha gruñó ligeramente y lo fulminó con la mirada.
Kurama le devolvió la mirada en la misma medida.
Kagome, no habiendo notado su pequeño concurso de miradas, le dio un suave codazo a Inuyasha en las costillas. Él gruñó antes de romper el contacto visual para mirar a Kagome.
—Inuyasha, la limusina está aquí. Deberíamos ir yendo —le informó, señalando con la cabeza hacia la limusina que estaba detrás de ellos y que ya estaba atrayendo gente.
El medio demonio miró por encima de su hombro. Y en efecto, había una limusina esperando para llevarlos a la mansión que tenía Inuyasha en Kioto. Suspiró, se volvió a girar hacia su contrincante y esbozó una sonrisita forzada.
—Bueno, odio tener que decírtelo, Karmal, pero Kagome y yo tenemos que abrirnos.
Kurama entrecerró ligeramente los ojos.
—Es Kurama.
—Sí, sí, lo que tú digas, Karma. Venga, Kagome. Vamos. —Empezó a arrastrarla hacia la limusina.
—Mm, ¡adiós, Kurama! ¡Espero que volvamos a encontrarnos pronto! —gritó, mientras la empujaban dentro de la limusina, seguida de Inuyasha.
—… Adiós, Kagome. Espero volver a verte pronto. —Despidió con la mano a la limusina que se retiraba. Luego añadió en voz alta—: ¡Y es Kurama!
—No me gusta ese tipo —soltó Inuyasha tan pronto cerró la puerta de la limusina.
—Y esto viene de alguien que odia a todos menos a su novia y a sí mismo —se burló Kouga—. Dime, Inukoro, desde cuándo te ha gustado alguno de los tipos que han salido con tus ex, ¿mm? —Una sonrisa apareció en la cara del lobo mientras arqueaba una ceja.
Inuyasha le gruñó al lobo y se habría lanzado hacia él si no hubiera sido porque Miroku lo estaba reteniendo.
—Cálmate, Inuyasha —le tranquilizó Miroku—. Kouga tiene razón. Nunca te han gustado los chicos que han salido con tus novias, ¿por qué iba a ser éste diferente? —preguntó, soltando su agarre sobre el airado hanyou.
Inuyasha entrecerró los ojos por última vez en dirección al idiota sonriente que tenía enfrente, y luego se relajó en su asiento.
—Keh. No lo sé. Simplemente no me gusta. —Se cruzó de brazos por encima de su pecho, tenía los ojos clavados a un lado. Ahora que lo pienso, mi antipatía por este tipo es la más fuerte que he sentido comparada con los demás. Mmm. Tendré que vigilarlo de cerca, y a Kagome también, aunque dudo que volvamos a "encontrarnos con él" pronto. Así que no hay mucho de qué preocuparse. Aun así, no puedo evitar sentirme un poco celoso de él. ¡Malditos seamos yo y mis emociones! Gruñó para sus adentros, ganándose miradas de desconfianza por parte de los ocupantes de la limusina, excluyendo a Kagome. Ella no pareció darse cuenta de nada ya que estaba mirando aturdida por la ventanilla.
La limusina subió por el largo camino de entrada a la mansión de Inuyasha. La nariz de Kagome estaba prácticamente aplastada contra la ventanilla, embobada con la enorme mansión que Inuyasha hacía llamar suya y con sus alrededores. Pero lo que de verdad le había llamado la atención había sido la preciosa fuente de piedra alrededor de la que giraba el camino. La fuente tenía la forma de una sacerdotisa legendaria, Midoriko, que había vivido en la Época Feudal. Permanecía de pie, vestida con lo que parecía ser ropa de sacerdotisa, con la cabeza echada hacia atrás y los brazos extendidos. El agua salía hacia arriba a su alrededor, creando una barrera de agua que la rodeaba. Apartando los ojos de la fuente a regañadientes, sus dulces ojos marrones vagaron por el paisaje para ver qué más podía encontrar. Pero no más de dos segundos después no pudo seguir mirando porque cuando la limusina llegó a las escaleras de entrada, un anciano bajito y calvo a excepción de un círculo de pelo gris que iba de oreja a oreja se movió de su posición sobre la gran escalinata para abrir la puerta de la limusina. Inuyasha se arrastró hasta ponerse delante de Kagome (estaba sentada al lado de la puerta) y salió de primero de la limusina, seguido de Kouga, Miroku, Sesshomaru y Naraku. Sango estaba sentada en el asiento delantero con el conductor.
—¡Amo Inuyasha! Es un placer volver a verle.
Inuyasha le dirigió una sonrisa al anciano.
—Lo mismo digo, Myoga.
Myoga asintió.
—¡Amo Sesshomaru!
Al oír una voz chillona, Kagome, que seguía en la limusina, asomó la cabeza por la puerta abierta y vio un feo hombrecillo con un bastón en la mano corriendo hacia Sesshomaru. Kagome arrugó la nariz en señal de repugnancia. En su opinión, parecía un sapo.
Sesshomaru bajó la mirada hacia él y asintió.
—Jaken.
El hombre parecido a un sapo y que se llamaba Jaken hizo una reverencia.
Tras unos minutos de charla, Sesshomaru siguió a su leal sirviente, Jaken, se excusó y subió las escaleras de la mansión. Kouga, Miroku, Naraku y Sango los siguieron poco después. Inuyasha y Myoga permanecieron fuera. A mitad de la charla, que principalmente era Inuyasha preguntando qué había pasado en su ausencia, una idea pasó por la mente de Myoga y miró a su alrededor, intentando localizar a la persona que ocupaba sus pensamientos en esos instantes.
—Eh, Amo Inuyasha, ¿no había dicho que tenía un invitado especial que se quedaría un tiempo con nosotros? —preguntó Myoga, todavía mirando a su alrededor.
Inuyasha parpadeó.
—¿Invitado? —Pensó por un momento y luego se dio cuenta de lo que quería decir—. ¡Oh! Te refieres a Kagome. Myoga, quiero presentarte a —miró detrás de él, asumiendo que Kagome se estaba escondiendo detrás de él—… ¿Kagome?
—… ¿Kagome?
Dicha mujer se tensó en su asiento. Bueno, esa era su señal para salir y empezar a vivir unas semanas, o puede que meses, su vida en el lujo. Preparándose, Kagome se desplazó despacio por el asiento de cuero negro hacia la puerta abierta. De repente, echaba de menos su coche. Una vez allí, respiró hondo y luego sacó las piernas por la puerta. En cuanto sus pies entraron en contacto con el suelo, terminó a regañadientes de salir de su asiento y se detuvo frente a un sonriente medio demonio y un desconcertado anciano.
Kagome compuso una sonrisita forzada.
—Hola.
Inuyasha volvió a sonreírle y le indicó que se acercara a él con un movimiento de su dedo. Ella obedeció. Inuyasha le pasó un brazo por los hombros, lo que hizo que se sonrojara ligeramente.
—Myoga, ésta —bajó la mirada hacia Kagome—, es Kagome.
Kagome sonrió tímidamente y saludó moviendo las puntas de los dedos.
Myoga parpadeó dos veces y luego negó con la cabeza. Se aclaró la garganta.
—Encantado de conocerla, señorita Kagome. —Le hizo una reverencia.
—Encantada de conocerte a ti también, eh, Myoga. —Hizo una reverencia inclinando la cabeza.
Entonces, Inuyasha y Myoga empezaron a hablar de temas que Kagome desconocía, ya que estaba admirando la belleza y el paisaje de la mansión. Luego, de repente, llegó volando un borrón naranja de las escaleras, dirigido hacia Inuyasha. Kagome salió de en medio para evitar ser golpeada por la extraña bola de pelo naranja.
Las orejas de Inuyasha se movieron y se giró justo a tiempo para que la bola de pelo se lanzara contra su pecho, haciendo que Inuyasha soltara un "¡Ahh!" y luego cayera sobre su trasero.
—¡Inuyasha!
—¿Qué demonios?
Se sentó sobre sus codos, bajó la mirada a su pecho y vio una bola de pelo naranja con una cola peluda acurrucada en su pecho. Arqueó las cejas con sorpresa.
—¿Shippo?
El pequeño demonio zorro alzó la mirada y le sonrió ampliamente.
Inuyasha se quedó ligeramente boquiabierto y abrió los ojos desmesuradamente.
—¡Shippo! ¡De verdad eres tú! Pero, ¿cómo demonios…?
—No podía esperar a que volvieras a Hiroshima, así que vine hasta aquí para esperarte y ahora estás aquí y yo estoy aquí y soy feliz y ¡te he echado mucho de menos Inuyasha! —dijo de corrido y luego volvió a abrazarlo por el pecho.
Inuyasha parpadeó.
—Sólo hay una persona que conozca que pudiera haber arreglado esto…
—¡Shippo! ¿Adónde te escapaste?
Inuyasha se rió entre dientes.
—Hablando de la reina de Roma…
En ese momento, una anciana bajaba las escaleras con un parche en uno de sus ojos. Su pelo gris estaba recogido en una coleta floja.
Inuyasha suspiró y se levantó del suelo, con Shippo todavía aferrado a su pecho. Bueno, hasta que Inuyasha se lo soltó y se lo tendió a Kagome, que se puso a su lado.
—Shippo, Kagome, Kagome, Shippo.
Kagome, que estaba ahora sosteniendo a Shippo, parpadeó.
Shippo parpadeó y luego sonrió.
—¡Hola!
Kagome le sonrió al niño.
—Oh, ¡si eres una monada! —Lo abrazó y frotó su mejilla con la de él. Shippo soltó una risita, contento con la atención que estaba obteniendo.
Inuyasha puso los ojos en blanco.
La anciana finalmente llegó al final de las escaleras y se puso delante de la pareja y el niño.
—Ah, Inuyasha. Bienvenido. —Le hizo una reverencia.
Inuyasha sonrió y asintió.
—De algún modo sabía que tú eras el cerebro detrás de la estancia de Shippo aquí, Kaede.
Kaede sonrió. Luego su mirada cayó sobre la mujer que estaba a su lado y su ojo se abrió un poquito más.
—Y ¿quién es esta joven? —preguntó Kaede, su ojo le recorrió el cuerpo de arriba abajo.
Kagome se sintió incómoda bajo la mirada del ojo de la anciana y empezó a cambiar el peso de su cuerpo de un pie al otro.
—Kaede, ésta es Kagome —dijo Inuyasha al sentir la inquietud de Kagome y eso hizo que la atención de Kaede volviera a él—. Va a quedarse con nosotros… un tiempo. Kagome, ésta es Kaede, mi fiel sirvienta y una buena amiga. —Le sonrió a la mujer.
Kaede volvió a mirar a Kagome y le hizo una respetuosa reverencia.
—Es un honor conocerla, señorita Kagome.
Kagome parpadeó.
—Eh, encantada de conocerte a ti también, K-Kaede. —Una sonrisita asomó a sus labios.
Ella le devolvió la sonrisa.
Inuyasha estiró los brazos y luego colocó un brazo en el hombro de Kagome, en el lado contrario al que estaba Shippo.
—Bueno, como ya se han hecho las presentaciones formales, Kaede, por favor muéstrale a Kagome su habitación. Estaré ahí en unos minutos.
Kaede hizo una reverencia.
—Sí, Amo Inuyasha. —Se giró hacia Kagome—. Por favor, sígame, señorita Kagome. —Y con eso, se dio la vuelta y se dirigió hacia los numerosos peldaños de entrada. Shippo, al ver que su cuidadora se retiraba, saltó del hombro de Kagome al de Kaede.
Kagome empezó a seguirla, como le había pedido, pero antes de que pudiera dar dos pasos, Inuyasha la agarró por la muñeca y la atrajo hacia él, haciendo que un hipido de sorpresa saliera de la boca de Kagome. Le dio la vuelta de forma que estuviera mirándolo a él y luego depositó uno de esos besos perfectos en sus labios, uno que no era fuerte y exigente, sino suave y placentero.
Kagome se quedó quieta con los brazos de Inuyasha rodeándola, y correspondiendo distraídamente al beso. Duró otros dos segundos y luego Inuyasha se apartó con reticencia, fijando la mirada en sus dulces ojos marrones. Sonrió con suficiencia.
—Hasta luego, preciosa.
Kagome se sonrojó, le dirigió una sonrisita y soltó una pequeña risa. Se inclinó hacia delante y le besó la nariz luego, con una última sonrisa seductora, se dio la vuelta y se dirigió una vez más a las escaleras.
Inuyasha suspiró mientras veía a su amada subiendo las escaleras, sus caderas se balanceaban de un lado a otro, atentando con hacerle babear. Cuando finalmente la perdió de vista, meneó la cabeza y sonrió.
—La maldita niña está tomándome el pelo.
Se rió para sus adentros y luego se dio la vuelta y vio a Myoga y a un par de otros sirvientes descargando el equipaje de Kagome, el de los demás y el suyo del maletero. Estaba a punto de volver a darse la vuelta, pero la voz de Myoga se lo impidió.
—Eh, Amo Inuyasha, ¿puedo hablar un momento con usted?
Volvió a girarse y bajó la mirada hacia el anciano, tenía el equipaje de Kagome en las manos.
—¿Qué pasa, viejo? —preguntó Inuyasha con un poco de impaciencia en su tono de voz.
Myoga miró a su alrededor para ver si había alguien. Cuando vio que no era así, se aclaró la garganta y alzó la mirada hacia el inu youkai.
—Amo Inuyasha, sé que este tema puede resultarle un poco delicado, pero me puede la curiosidad. —Bajó un poco la voz—. Amo, ¿se ha dado cuenta de que la señorita Kagome curiosamente se parece mucho a su ex amante, Kikyo?
Inuyasha ni siquiera se estremeció. Simplemente fijó la mirada en él con un rostro carente de expresión.
Tras un momento de silencio, Myoga inclinó la cabeza.
—Discúlpeme, Amo. Lo dejaré solo. —Y con eso, pasó a su lado con el pesado equipaje a cuestas. Estaba a punto de subir el primer escalón cuando su amo tomó finalmente la palabra:
—Me he dado cuenta.
Myoga se quedó paralizado donde estaba, con un pie en el suelo y el otro en el escalón. Volvió a mirar a Inuyasha. No se había movido de su posición y su espalda seguía dirigida a Myoga, sus manos estaban cerradas fuertemente en puños. Su cabeza también estaba ligeramente inclinada hacia abajo.
—¿Amo Inuyasha? —preguntó Myoga, ahora viéndolo completamente.
Las manos de Inuyasha estaban cerradas en puño con tanta fuerza que se veía sangre saliendo de sus manos ya que las garras se hundían en sus palmas. Entonces, se giró sobre sus talones y empezó a caminar hacia las escaleras. En la parte de abajo de las escaleras se detuvo al lado de Myoga y, sin mirarlo, dijo:
—Nunca hemos tenido esta conversación, Myoga. Y si le mencionas aunque sea una palabra de ella a Kagome o a cualquier otra persona —lo miró por el rabillo del ojo—… estás despedido. —Y así, subió pisando fuerte las escaleras, dejando detrás a un tembloroso Myoga.
Myoga se quedó quieto, temblando de modo incontrolable con sudor rodándole por la cara.
—Nota para mí: no volver a sacar ese tema.
Cuando Kagome entró por las grandes puertas dobles de la mansión, sus ojos se abrieron como platos y ahogó una exclamación. ¡El sitio era enorme! Había una enorme escalinata que conducía al siguiente piso, tenía una mullida alfombra roja y la estructura era de mármol. Sobre su cabeza colgaba una preciosa lámpara de araña iluminada por velas de verdad. Las paredes estaban cubiertas por cuadros y fotos de gente y de Inuyasha y Sesshomaru. También iluminaban las paredes otras pequeñas luces. Cuando Kagome vio que la dejaban atrás, corrió para alcanzarlos y se puso al lado de Kaede, que subía por la escalera de mármol. Giró a la derecha y Kagome siguió a la anciana por un largo pasillo hasta su habitación.
Se detuvo delante de dos puertas dobles y las abrió. Kagome ahogó una exclamación ante la visión que encontraron sus ojos. El dormitorio era muy grande como una cama extra grande en la pared opuesta a la puerta, la cubrían sábanas de seda roja y se podía apreciar un cuarto de baño al lado izquierdo de la habitación. Kagome entró en la habitación, casi hundiéndose en la alfombra de color crema. En el otro extremo de la cama había, Kagome no se lo creía, una gran pantalla de televisión completada por altavoces de sonido envolvente, mando a distancia y… ¡una Xbox! En este momento, Kagome estaba dando saltitos, palmadas y chillando de alegría. Al lado de la televisión había un vestidor, asumió Kagome, con un túnel de lavado al lado de la puerta. Y para completar la habitación, colgando del techo había una hermosa lámpara de araña dorada, pendiendo precisamente del centro del techo.
Kagome alzó la vista hacia el objeto, asombrada.
—Oh, vaya…
Kaede, que había estado todo el tiempo en el umbral riéndose para sus adentros de las acciones de la chica, obtuvo su atención al decir:
—Bueno, señorita Kagome, me alegro de que le guste el dormitorio que se le ha asignado. Ahora la dejaré sola para que pueda explorar más los recovecos y cuartos de esta habitación. Sus pertenencias estarán aquí en breves.
Kagome sonrió y asintió.
—Hasta luego, Kaede. Ha sido placer conocerte.
Kaede sonrió, hizo una reverencia y abandonó la habitación cerró suavemente la puerta detrás de sí.
Kagome suspiró y luego decidió explorar al cuarto de baño. Recorrió el pequeño tramo hasta el baño y pasó por la puerta abierta. Lo primero que vio al entrar fue otra puerta al otro lado del cuarto de baño. Las cejas de Kagome se juntaron mientras pensaba. Mmm. Debe de haber un cuarto de baño anexo a otra habitación. ¿Pero la habitación de quién? Oh bueno, ya lo descubriré después. Volvió a concentrarse en el baño. Había un jacuzzi en medio de la habitación cerca de la pared. En la parte de atrás había una ducha con una encantadora cortina color crema. En la otra pared, enfrente del jacuzzi, había un caro lavamanos y un retrete.
Kagome sonrió para sus adentros.
—Me va a gustar este cuarto de baño… un momento, ¿qué estoy diciendo? ¡Ya me gusta!
Se rió ligeramente para sus adentros y luego decidió ir a deshacer la maleta. Sus cosas ya deberían estar arriba. Salió, cerrando la puerta detrás de ella y luego se encaminó hacia su cama. Y, por supuesto, su equipaje estaba en el suelo al lado de la cama. Kagome se sentó en la cama de tamaño extra grande y se hundió en ella inmediatamente. Se rió como una niña pequeña. Ahora, si tan sólo pudiera encontrar un modo de llevar ese colchón a su propia habitación en Tokio… Meneó la cabeza y desechó la idea. Más quisiera. Tenía que deshacer la maleta. Suspirando, se asomó por un borde de la cama y puso una de sus dos maletas demasiado llenas sobre la cama. Abrió los cierres y empezó a sacar todo sobre la cama, luego empezó a ir y venir entre la cama y el armario. Mientras, sólo tenía una cosa en mente.
Kurama… no me puedo creer que lo haya encontrado y lo haya abrazado después de todos esos años. Sí que ha cambiado. Está más alto, un poco más delgado… más guapo… un momento… ¿más guapo? Se detuvo. Oh, ¿a quién pretendo engañar? Está más guapo.
Suspiró mientras recogía un par de vaqueros. ¿Pero por qué no quiero creerlo?
Volvió a su maleta. Vacía. Una maleta menos, quedaba otra. Abrió la otra maleta.
Porque me siento como si estuviera traicionando a Inuyasha. Por eso. Pero es bastante difícil negar que lo esté. Es decir, se ha vuelto mucho más guapo desde la última vez que lo vi, que fue hace cuatro años.
Terminó de guardar sus cosas y se sintió demasiado cansada como para hacer nada más, así que se desplomó en la cama con un libro que había empezado hace un mes y que se había traído, y estaba decidida a terminárselo.
Inuyasha se sentó en la cabecera de una larga mesa con los otros miembros de la banda, Sango y un montón de otra gente con la que tenían que reunirse para que la banda continuara sin problemas y esas cosas. Estaba sentado con un codo sobre la mesa y su mano sujetando su cara, golpeteando la mesa con un bolígrafo con aire aburrido mientras escuchaba a los hombres y a sus amigos hablando de temas de la banda. Bueno, en realidad era Sango quien estaba hablando. Los otros y él ni se molestaron en unirse a la conversación. A ella parecía estarle yendo bastante bien sola.
—Bien, como ya hemos arreglado lo del presupuesto de la banda, empecemos a atender la cuestión de los conciertos en directo por televisión —informó Sango.
Algunos hombres asintieron mostrando su conformidad, otros simplemente hablaron en voz baja del tema con su vecino.
Sango levantó un montón de papeles de la mesa y los ordenó, luego escribió algo en su libreta.
Inuyasha suspiró profundamente y se recostó en su silla. No quería estar en una de esas aburridas y estúpidas reuniones sin sentido que hacían cada mes. Miró a sus amigos. Obviamente, Kouga tampoco quería estar allí. Su cabeza reposaba en la mesa sobre sus brazos, con su cara oculta. Su lenta y pausada respiración le demostró a Inuyasha que se había quedado dormido.
Inuyasha sonrió y se rió con maldad para sus adentros. Hora de divertirse. Bien podía entretenerse mientras tenía la oportunidad y hasta que terminara la maldita reunión. Inuyasha se deslizó lentamente en su silla, con los ojos desplazándose de una persona a otra para ver si alguien se daba cuenta de su pequeño y retorcido plan. Siguió deslizándose hasta que su trasero estaba medio fuera de la silla y sus pies y piernas estaban cerca de los de Kouga. Miró a su alrededor una última vez para ver si alguien lo estaba observando, volvió a sonreír mientras ponía su plan en acción. Le dio una patada a la pierna izquierda del dormido lobo.
Kouga soltó un fuerte aullido ante el repentino dolor que se disparó por su pierna y se enderezó de un salto en la silla.
Inuyasha soltó una disimulada risita.
Todos los ojos estaban puestos en Kouga mientras miraba frenéticamente alrededor de la mesa de persona a persona, intentando averiguar quién le había causado dolor en su pierna izquierda con una mezcla de ira y confusión en su expresión. Oyó que alguien se aclaraba la garganta y giró la cabeza rápidamente hacia una intrigada Sango.
—Mm, ¿estás… bien, Kouga? —preguntó, arqueando una ceja.
Kouga parpadeó. Carraspeó y se recostó en la silla cruzando los brazos sobre su musculoso pecho.
—Estoy bien —gruñó en respuesta.
Sango parpadeó y luego asintió.
—De acuerdo entonces, volvamos al tema. Bien, ¿por dónde iba?
—Estabas a punto de dejarnos salir a todos y terminar con esta estúpida reunión.
Sango miró a Inuyasha con una mirada suave. Ja, ja, muy divertido, listillo.
—Buen intento, Inuyasha.
Se oyeron risas provenientes de Miroku, Sesshomaru y Naraku.
Inuyasha se encogió de hombros.
—Valía la pena intentarlo.
Sango puso los ojos en blanco y siguió hablando.
Inuyasha se rió y luego bajó la mirada a sus manos que reposaban sobre la mesa.
Kouga fulminó con la mirada a la persona que le había dado una patada en la pierna, entrecerró los ojos. Así que es eso, ¿no? Je. Me uno, chucho.
Sonrió y se deslizó en su asiento. Inuyasha seguía con la mirada posada en sus manos cuando le dio una patada en la pierna derecha.
Inuyasha saltó en su asiento y suprimió el grito antes de que saliera de sus labios poniendo la mano contra su boca. Miró a su izquierda y vio a Kouga mirándolo y sonriendo con suficiencia. Entrecerró los ojos. ¿Así que quieres jugar, bola de pulgas? Je. Por mí perfecto. Bajó la mano de la boca para revelar una sonrisilla que danzaba en sus labios.
Kouga fijó su mirada en él. Adelante.
Ya he empezado.
Volvió a darle una patada, con fuerza.
Kouga abrió los ojos como platos y apretó los dientes con fuerza para evitar soltar un sonido sin querer.
Inuyasha se rió en su cara.
El lobo le sonrió con maldad a Inuyasha y le devolvió la patada, con más fuerza que la de Inuyasha.
Inuyasha se mordió los labios y sus ojos casi se le salieron de las órbitas. Eso había dolido.
Esta vez fue Kouga el que se burló de Inuyasha.
Inuyasha sonrió con maldad en dirección al lobo y le dio una patada con más fuerza que la última vez.
Y así comenzó el juego de Pie a Pierna, cada patada dada con más fuerza que la anterior. Afortunadamente, nadie notó la pequeña riña entre lobo y perro que se desarrollaba bajo la mesa. Bueno, nadie excepto Sesshomaru, que podía oír claramente las risillas provenientes del final de la mesa y el golpe de cuando el pie conectaba con la pierna debido a su excelente audición demoníaca. Al paso al que iban, ambos tendrían un buen cardenal cubriendo un lado de la pierna al final de la reunión. Eso, si no los echaban a patadas antes de que terminara. Literalmente.
Finalmente, el "juego" llegó a su fin con una última patada de Kouga a Inuyasha, que hizo que el divertido hanyou, desafortunadamente, cayera hacia atrás en la silla, aterrizando en el suelo con un ruido sordo. En cuanto tocó el duro suelo de madera, Inuyasha estalló en carcajadas, agarrándose los costados y rodando a un lado y a otro.
Kouga también estalló en carcajadas.
Ante esto, todo el mundo se puso de pie y dirigieron la mirada hacia el hanyou que reía a carcajadas. Todos excepto Sango, que se estaba masajeando las sienes.
Kouga reía con tanta fuerza que terminó recostándose demasiado en la silla y pronto acompañó a Inuyasha en el suelo, lo que provocó que Inuyasha riera todavía más. Las piernas de Kouga todavía colgaban del borde del asiento y seguía riéndose como un loco.
Esa fue la gota que derramó el vaso.
Sango se levantó de un salto de la silla y estampó las manos en la mesa.
Esto hizo que el perro y el lobo que aún estaban riendo en el suelo dejaran de reírse como idiotas y alzaran la mirada hacia una furiosa Sango.
—¡Malditos seáis los dos! O dejáis de actuar como niños pequeños y dejáis vuestro jueguecito de pies bajo la mesa y actuáis como los adultos que sois…
Sesshomaru resopló.
—… ¡O podéis salir inmediatamente de esta sala e ir a otro lado a hacer el tonto! —gritó Sango.
Todos los ojos estaban ahora puestos en Sango. Kouga e Inuyasha la miraron fijamente con los ojos abiertos como platos y las bocas firmemente cerradas. Intercambiaron miradas y luego se levantaron inmediatamente del suelo y salieron corriendo hacia la puerta. Inuyasha consiguió salir de primero al apartar de en medio a Kouga y salió corriendo de la habitación, seguido de cerca por Kouga, que cerró la puerta de un portazo.
Sango soltó un suspiro de irritación y luego se desplomó en la silla, sujetando la cabeza con las manos.
—Siempre hacen esto.
Tan pronto como Kouga hubo cerrado la puerta, volvieron a doblarse de la risa. Hanyou y lobo se apoyaron el uno contra el otro para sostenerse. Una vez se calmaron un poco, chocaron los cinco y empezaron a andar por el recibidor.
—Oh, tío, Inuyasha. Eso fue genial. No creo haber visto nunca a Sango tan enfadada cuando hacemos el tonto en las reuniones. —Kouga no podía dejar de sonreír.
Inuyasha se rió.
—Creo que tienes razón, Kouga, por una vez. Nunca antes la había visto tan enfadada. Excepto la vez en que le hicimos creer que yo había muerto en un accidente de coche mientras me daba una vuelta en su nuevo Lamborghini amarillo. Y todavía no sé si estaba enfadada porque yo muriera o porque su coche fuera un montón de basura. —Tenía un aspecto pensativo, sus cejas estaban arrugadas de la concentración.
Kouga se rió y le dio unas palmaditas en la espalda a su amigo.
—Creo que fue porque su coche era un montón de basura. No creo que le fuera a importar mucho si murieras.
—Oh, eres tan tranquilizador —dijo Inuyasha con sarcasmo.
Kouga volvió a reírse y, esta vez, Inuyasha se unió a él.
Kagome estaba en el baño, cepillando su pelo húmedo delante de un espejo que colgaba sobre el lavamanos y vistiendo nada más que una pequeña camiseta blanca y bragas negras. No le importaba mucho que alguien de la otra habitación entrara y la viera. Tenía un buen cuerpo, ¿por qué no presumir de él mientras pudiera? Bueno, no le importaba siempre y cuando no fuese Miroku el que la viera. Había leído más de una vez en las revistas de lo que eran capaces sus manos. Puso el cepillo en el lavamanos y fijó la mirada en su reflejo. Ladeó ligeramente la cabeza. Suspiró y luego limpió un poco el baño para que la siguiente persona que lo usara no se resbalara con el agua del suelo en donde había estado Kagome después de su ducha de agua caliente. Colocó las toallas húmedas en la cesta que estaba al lado de la puerta y la cerró suavemente. Luego se dirigió a su cama y se desplomó en ella con un suspiro de cansancio. Giró la cabeza y miró el reloj digital que estaba al lado de su cabeza, en la mesilla de noche.
22:43
Kagome abrió los ojos como platos. ¿Ya era tan tarde? Vaya, no le extrañaba que se sintiera tan cansada. Bostezó y se acurrucó bajo las cálidas sábanas de seda de la cama y cerró los ojos. En cuanto lo hizo, vio los grandes y brillantes ojos verdes de su antiguo amor, luego vio los hermosos orbes dorados del nuevo y único y verdadero amor, Inuyasha. Sonrió antes de que la oscuridad por fin la consumiera y cayó en un profundo sueño. Un profundo sueño lleno de pesadillas.
Inuyasha entró en su habitación, sonriendo y un poco alegre por el pequeño incidente que habían provocado Kouga y él en la sala del consejo. Siempre encontraban una forma de escaparse de esas malditas reuniones. Nunca fallaba. Cerró la puerta de una patada y sonrió con arrogancia.
Hora de ver qué hacía Kagome.
No la había visto desde que habían llegado a la mansión. Ella tampoco había bajado a cenar. Simplemente había preguntado si le podían llevar la cena a su habitación porque estaba demasiado cansada. Pero oye, ¿quién no estaría cansado después de un largo viaje en avión de Tokio a Kioto, encontrarse con su ex novio al que no había visto en años en el aeropuerto, y luego vivir en la mansión de unos famosos durante el resto del día? Se rió para sus adentros y luego atravesó la habitación hacia la habitación contigua a la suya y a la de Kagome.
El cuarto de baño.
Abrió la puerta y tomó nota del olor que impregnaba la estancia. Kagome debía de haberse dado una ducha. Cruzó el baño hacia la puerta que conducía a la habitación de Kagome, la abrió silenciosamente por si estaba durmiendo o algo así y entró. Oyó inmediatamente la lenta y pausada respiración de alguien que estaba profundamente dormido.
Inuyasha parpadeó. Vaya. Supongo que estaba realmente cansada. Menos mal que abrí la puerta silenciosamente.
Dejó la puerta abierta y caminó sin hacer ruido hacia su cama. Se detuvo en la cabecera y fijó la mirada en la bella durmiente que tenía delante y de la que se había enamorado con tanta facilidad. Dejó que una pequeña sonrisa adornara sus labios mientras le ponía un mechón de pelo que se le había caído detrás de la oreja. Ella se revolvió ligeramente, como si hubiera sentido su tacto, haciendo que las sábanas de seda se deslizaran suavemente de sus piernas y cayeran al suelo. Inuyasha abrió los ojos como platos al ver lo que llevaba puesto.
Una pequeña camiseta blanca y bragas negras. Bragas negras de bikini, para ser exactos.
Inuyasha fijó la mirada en sus largas y perfectamente formadas piernas que parecían brillar con un pálido color azul debido a la luz de la luna que se derramaba sobre la cama desde la ventana situada en la pared, sobre la misma. Inuyasha deseaba tocarlas, deslizar sus dedos de arriba abajo sobre la sedosa suavidad de sus piernas. Pero se resistió. Parecía estar tan en paz, parecía tan angelical que no quería despertarla. Sus ojos luego se desplazaron sobre su pequeña silueta, deteniéndose en su cintura. Su camiseta apenas cubría su vientre plano e Inuyasha dudaba que la cubriera aunque no estuviera enrollada justo debajo de sus pechos, como estaba ahora. Trazó el contorno de su perfecta figura con los ojos y siguió subiendo hasta su pecho. Sonrió mientras lo miraba unos segundos y luego seguía subiendo una vez más hasta su hermoso rostro. Sus mechones negros estaban esparcidos por la almohada que estaba debajo de ella, formando algo parecido a un halo que la hacía parecer todavía más angelical. Inuyasha tuvo que contenerse para no saltar sobre su cama y tomarla en ese mismo momento.
Negó con la cabeza. No. Nunca se aprovecharía de una mujer dormida. Especialmente de Kagome. Se calmó y, haciendo a un lado su lado demoníaco, recogió las mantas del suelo y las volvió a poner sobre el tentador cuerpo de Kagome. Se inclinó y la besó en la frente suave y amorosamente.
—Dulces sueños, Kagome —susurró.
Y con eso, volvió al baño sin hacer ruido, deteniéndose una vez dentro. Olfateó el aire. El embriagador olor a jazmín y a vainilla le llenó la nariz lo suficiente como para hacer que se mareara. Cerró los ojos y dejó que el aroma a vainilla y a jazmín, junto con el aroma normal de Kagome lo relajara. Soltó un suspiro de alivio antes de seguir hacia su habitación.
Una vez en la privacidad de su propio cuarto, Inuyasha se deshizo de su camisa y se sacó los zapatos. Fue hacia su cama y se desplomó en ella sobre su espalda. Ahora que de verdad tenía algo de tiempo para reflexionar, empezó a pensar en la conversación que había tenido antes con Myoga.
—Amo Inuyasha, sé que este tema puede resultarle un poco delicado, pero me puede la curiosidad. —Bajó un poco la voz—. Amo, ¿se ha dado cuenta de que la señorita Kagome curiosamente se parece mucho a su ex amante, Kikyo?
Inuyasha ni siquiera se estremeció. Simplemente fijó la mirada en él con un rostro carente de expresión.
Tras un momento de silencio, Myoga inclinó la cabeza.
—Discúlpeme, Amo. Lo dejaré solo. —Y con eso, pasó a su lado con el pesado equipaje a cuestas. Estaba a punto de subir el primer escalón cuando Inuyasha tomó finalmente la palabra:
—Me he dado cuenta.
Era verdad. Se había dado cuenta. Demonios, lo había notado la primera vez que había puesto sus ojos en ella, dos meses atrás, en el estadio. Al principio, pensaba que podían estar emparentadas o algo así, pero Kikyo nunca había mencionado que tuviera una hermana y esa idea se fue completamente por el desagüe cuando presenció la mini pelea de gatas entre ellas durante el intermedio. Después de eso, siguió pensando que era pura coincidencia que se parecieran tanto hasta que Myoga se lo mencionó, de modo que ahora ya no estaba tan seguro de si era sólo coincidencia o algo más. Kami, esperaba que sólo fuera coincidencia porque si no lo era, quién sabe lo que podría pasar. O peor, lo que iba a pasar.
Cuando por fin sintió que el sueño lo envolvía, Inuyasha cerró los ojos y se quedó dormido, con ese último pensamiento persiguiéndolo en sueños.
¿Qué os puedo decir? Muchas gracias a los que seguís leyendo el fic aunque haya estado ausente durante tanto tiempo. La Universidad, mis vacaciones de verano, el cansancio acumulado… supongo que todo ha influido en que os haya traído este capítulo tan tarde.
No puedo prometer que vaya a actualizar pronto, pero lo intentaré.
Gracias por todo. Un beso. ^_^
