Hacia el mismo rumbo

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by

Kuraudea

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Capítulo 11

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Escalas de grises

Parte 2

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«Los días que son grises, son aquellos que llueve por dentro y las nubes con el brillo de sus relámpagos permanecen afuera »

—¿Sabes...? Creo que él era una combinación extraña. Sin embargo, no todos somos tan distintos a él, quizás tenemos mucho en común. Todos tenemos días en los que no pareciera existir el Sol, nada nos falta en aparecía. Pero, nos sentimos incompletos, mal, y desde luego extraños.

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Sus hombres no volvían y ya había pasado algún tiempo desde entonces; los extrañaba demasiado. Inevitablemente sentía cierta preocupación que le calaba en el pecho. Era una extraña sensación que de manera natural le provocaba abrazarse a sí misma. Pero tras reflexionar un poco la situación, siempre terminaba enfureciéndose «¿Pero es que cómo se atrevieron a irse?» No tuvieron la delicadeza de ni siquiera despedirse, solo una hoja, unas palabras y tomaron rumbo. ¿Y qué le iba hacer?—se calmó de momento y soltó un gran suspiro —Si ya los conocía a ambos, ya sabía que eran iguales, por más que les quisiera hacer un alto, nunca podría lograrlo. No con ellos, no con esa terquedad que los caracterizaba.

Pero bueno, la vida sigue. Y si no estaban «ellos» le tocaría a ella sacar la casta adelante como toda una gran mujer. Fue así, que llenó de javas con manzanas la parte trasera de la camioneta. Al ritmo que se daba palmadas en sus ropas para quitar el exceso de polvo, subió a la camioneta. Prendió la carcacha y marchó hacia su ordinario recorrido de repartición. Aquel recorrido que durante muchos años, los había abastecido para ganar plata dignamente. Si algo tenía los Son, era que eran buenos en la vida de campo. Sus manos junto con su espíritu pertenecían a la tranquilidad que ésta les proporcionaba y a los grandes manjares que les ofrecía las tierras fértiles.

Y ahí iba, tan tenaz y temeraria.

Porque para Milk la familia era lo primero. Y por sus hombres era capaz de hacer todo.

La carcacha pedorrera hacía su recorrido, tambaleándose de un lado a otro.

—Es hora de trabajar—se dijo así misma enfocando la vista en el retrovisor.

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El rico olor a pan era la fragancia a la que estaba impuesta desde pequeña. De seguro su padre estaría horneando alguna tarta. Eso la hizo suspirar, amaba las manos mágicas de su padre pero, aunque oliera riquísimo, no podía quitarse a su «bebé» de la mente. «¿Acaso estarás bien?» se lo preguntaba todas las noches antes de dormir. Y claro, al fijar su vista celeste en la pantalla de color flourescente de su móvil, la hacia llenarse de esperanza a que éste algún día sonara. Y tras recibir la llamada escuchar:

—Mi florecita, ya regresé.

Tenía tanta incertidumbre por todo. Quería que Goten volviera, deseaba con toda su alma abrazarlo y reír al ritmo de su abierta carcajada. Pero de repente, al estar observándose frente al gran espejo ovalado de su habitación, se sonrojó. Era obvia su reacción, pues bien sabía qué era lo que implicaba el regreso del muchacho.

La promesa de que si volvía sano y salvo se amarían por primera vez.

¡¿Pero cómo?! ¿En qué estaba pensando cuando dijo eso? Ciertamente, no era que tuviese miedo, sino que al estudiar mentalmente «el proceso» le costaba. Y le costaba bastante imaginarse desnuda con él.

Rubores rojos se le pintaron en sus mejillas, que pronto palmeó para calmarse.

—¡Vamos, Marron...!—suspiró la chica.

Luego se dio ánimos.

—Es algo que ambos deseamos desde hace tiempo—le decía a su propio reflejo como si éste le escuchara.

Y así mismo era.

Pero después de todo, era tan natural sentir cierto nerviosismo a lo desconocido. La vida misma de por sí brinda grandes riesgos y temores. Así que cualquier experiencia nueva se cubría por un aura de inseguridades tremendas.

...

El famoso sonido de la carcacha se escuchó justo afuera de su casa. La rubia se asomó por la ventana de su habitación situada en el segundo piso.

—¡Señora, Milk!—saludó sonriente.

—¡Hola, Marron!—contestó el saludo la mujer con una java llena de manzanas en las manos.

En seguida la chica bajó de la segunda planta con apuro. Quizás la señora Milk podría darle noticias nuevas de Goten.

—Permítame ayudarla...—dijo la rubia tras tomar la otra parte de la java. No le importó ensuciar su vestido rosa.

—Eres muy amable, Marron.

Ambas se dirigieron justo al taller de panadería de Krillin, éste estaba situado a un costado de la casa de los Jinzo; un tejaban, una enorme hornilla hecha de arcilla y la típica mesa larga de madera que era la herramienta básica para moldear la masa y hacer sinfín de delicias.

—¡Hola, Krillin!—saludó la mujer en voz alta.

Ésta sonrió al terminar su cordial saludo. Vestía con sus acostumbrados jeans y camisa a cuadros, tan típica vestimenta de los Son. En tanto, su cabello era tejido por una trenza, y en la punta se observaba un moño pronunciado de color rosa fucsia.

—¡Hola, Milk...!—saludó el padre de familia Jinzo.

Él portaba su típico mandil blanco y llevaba manchas de harina dispersas en su rostro.

—Mi princesita, también viniste—agregó alegre.

—Si, papi—asintió la rubia—Vi desde mi habitación a la señora Milk y fui corriendo ayudarla.

—Ese fue un buen gesto, mi princesa—sonrió enternecido.

—Ya veo que empezaste temprano tus labores, Krillin—interrumpió la esposa de Goku—Aquí está el pedido de manzanas que me encargaste.

—Gracias—contestó el pequeño hombre—Y sí, tengo varios pedido por hacer—rascó su nuca sonriente.

—¿Y Lazuli?

—Está en la cocina—ambos voltearon hacia la casa.

Lazuli se apreciaba desde la ventana cocinando. La mujer rubia sintió las miradas y con discreción elevó su mano para saludar desde el cristal. Gesto que contestó Milk a la distancia.

—Bien, es hora de irme.

—¡Espere, señora Milk!—intervino Marron.

—¿Sí?¿Qué pasa...?

—¿Todo está bien, princesita?

—Sí, sí—bajó su mirada y se sonrojó—Yo solo... yo solo quiera preguntarle si ha sabido algo de Goten.

—Entiendo...—esbozó la mujer. De ahí, frunció las cejas y se cruzó de brazos—¡Esos bárbaros!

—¿Cómo dice?—parpadeó la chica.

—Pues te informo, Marron—respingó y se cruzó de brazos—Que esos desvergonzados no han dado ni siquiera señales de humo.

—Oh...—expresó desanimada la celeste.

Milk abrió con ligereza uno de sus ojos, observó como la hija de su gran amigo Krillin se había entristecido.

Entonces trató de suavizar un poco su carácter.

—En cuanto tenga noticias de él te las haré saber ¿De acuerdo? ¡Ánimo!—sonrió—Conozco a mis hombres, son tercos como un par de gorilas. Sé perfectamente que volverán.

Los ojos celestes se llenaron de esperanzas. La muchachita rubia asintió contenta.

—Tiene razón, señora—se notó optimista.

—¿Lo ves?—le lanzó un guiño—Bien, ahora sí me retiro. Aún falta dos clientes por visitar—se dio la vuelta la mujer y caminó hacia la camioneta.

En tanto, Marron y Krillin desde cierta distancia observaban como Milk subía a su medio de transporte. Entonces, el pequeño hombre junto sus manos cerca de su boca y gritó.

—¡Cuídate! Recuerda que si sabes cualquier noticias de los muchachos debes de avisarnos.

—¡Está bien!—se encendió la camioneta y se marchó.

—Buen viaje, señora Milk—alzó Marron su brazo diciéndole adiós.

No había otra cosa para la rubia que depositar esperanza en la larga espera. Tal y como dijo Milk, ellos regresarían sanos y salvos.

«Solo hay que esperar, Marron»—pensó para sí misma con una mágica sonrisa en los labios.

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—¡¿Un hombre de metal?!

Rita estaba de lo más sorprendida.

—Sí...—contestó el empresario sin muchos ánimos.

—¡Un momento, un momento!—complementó su frase con un movimiento brusco de manos—Quiere decir que… ¿Usted... usted fue secuestrado, señor?

—En teoría se puede decir que sí—fijó su vista en la mujer.

—Dígame algo ¿Su familia lo supo?

—Es algo que me restringí en contar. De hecho creo que la versión verdadera de lo que ocurrió en mi viaje solo la sabes tú. Platiqué con mi madre, con mi abuelo, pero muy por encima, no a detalles. Tampoco saben lo de Mai, de hecho tampoco supieran lo de la cicatriz en el pecho, pero ya vez que me visitaron de imprevisto y la vieron.

—Pero esto es peligroso, Señor Brief. ¿Y si el sujeto toma represalias? Usted y su familia podrían estar en peligro.

—Créeme Rita, no sucederá tal cosa.

—¿Por qué lo dice tan seguro?

—Él no quería mi dinero.

La mujer junto con el empresario suspiraron. ¿Qué embrollo era todo esto?

—¿Entonces todo fue por las esferas?

El joven carraspeó antes de continuar.

—A veces, creemos que somos las personas más desdichadas y miserables del mundo. ¿No te ha pasado?—suspiró—Cualquier cosa, así sea insignificante, nos hace hundirnos en un gran vaso de agua, pataleamos, nos resistimos en pensar que solo lo que nos pasa a nosotros es de mayor importancia. Es como si solo nuestro sufrir fuera el que mereciera más atención. Y no. No es así. A penas cuando uno es juez de verdaderas desgracias, comprendes que lo tuyo es algo tan simple de resolver.

—Señor, yo lo conozco desde hace años. Sé que es noble, quisiera entenderlo, pero a lo que voy es que yo visualizo a ese hombre que lo atacó como alguien vil. Usted no sabe por cuales motivos está prensado a esas incrustaciones de metal.

—Quizás tengas razón, no lo sé, no sé qué hizo para estar así—señaló—Lo que te puedo garantizar es que nos damos el lujo de solo juzgar por las apariencias. Si alguien sonríe concluimos que es feliz, cuando quizás no lo es. O si alguien tiene una mirada cabizbaja pensamos que está triste, cuando quizás, así es su forma natural de mirar. Entonces cuando vemos algo diferente, algo que nos asusta, o que simplemente desencaja de lo ordinario, nuestra lógica nos lleva a pensar que esa persona es mala y le anexamos cada calificativo que se nos ocurra; sin tener idea de nada. Somos tan superficiales que nos guiamos por el cascarón y no por el interior. Finalmente, siempre hay algo oculto en cada rostro. Existen necesidades y dolores en todas las personas.

—¿Y él estaba loco...?

—Yo creo que tal vez trastornado, los duelos son difíciles de sobrellevar, Rita.

—¿Qué trata de decir?

—Lo que trato de decir que todos tenemos a alguien importante.

—Oh... entiendo... ese hombre tenía a alguien en su vida. ¿Supo su nombre?

—Sí...

—Me cuesta un poco de trabajo entender el que usted haya sido su rehén.

—Ya te lo dije, era una pobre alma trastornada.

La secretaria tomó la mano del joven Brief.

—Dígame, ¿Qué fue lo que pasó, Señor?

—Lo que pasó fue...


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No supo cómo o en qué momento todo se tornó a colores negros. Hacía el intento por despertar y no podía. Era como de esas veces que escuchas, percibes, y no puedes hacer nada para abrir los ojos. Sin embargo, su subconsciente le avisaba:

«Despierta»

Y fue entonces, que los zafiros empezaron abrirse con lentitud. Su vista era borrosa, aunque poco a poco se mostraba la imagen con más claridad. En tanto, su rostro de alguna forma descansaba sobre el hombro de Mai.

Sentía que la cabeza le daba vueltas. Y Tal parecía escuchar su nombre a lo lejos.

—¿Trunks...?—una y otra vez—¿Trunks...?

Cada vez que lo nombraban, su oído lo percibía con más intensidad.

—¿Estás bien, Trunks?

—Ouch...—se quejó en susurros.

—Por favor, despierta.

—¿Mai...?

—Sí, sí soy yo—contestó la muchacha con los labios temblorosos.

Él tenía amarradas las manos con unas esposas, y éstas se mantenían detrás de su espalda baja. En tanto, su cuerpo permanecía sobre el suelo húmedo y se recargaba en una pared rocosa con ligeras goteras y brillos de lo quizás eran algunas piedras preciosas, como cuarzos. Sus piernas flexionadas fueron amarradas con cuerdas gruesas.

A un lado estaba Mai; ella gracias a su hombro, sostuvo el rostro del muchacho en lo que duro inconsciente. La de cabello negros lucía justo como él; con las esposas sobre las muñecas y sus piernas amarradas.

—¿Qué fue lo que pasó?—Trunks buscó la mirada de su compañera.

En la frente tenía una costra con sangre, causa del golpe que recibió. Un caminito de sangre seca se le marcó en la sien, ceja, y parte de la mejilla.

—El hombre, Trunks—susurraba Mai nerviosa—El hombre de metal que nos robó las esferas.

Y ahí recordó todo.

«¡No me mires así!»—recibió el golpe del Cyborg que lo noqueó.

—¡Vaya!—se escuchó una tercera voz de apariencia caballerosa—Pensé que ibas a dormir una eternidad.

El joven Brief tras percibir la voz del hombre volteó atolandrado hacia él. El Cyborg desde su vista lucía tan alto e imponente. Tan frío como el propio metal que lucían su rostro y manos. Además, portaba con gracia ese traje de hechura tradicional en tonalidades rosas. Sus manos como siempre atrás, justo en media espalda.

—¿Por qué nos trajiste aquí?—preguntó Trunks con rabia desde el suelo—Si tan solo quisieras las esferas deberías de llevártelas y listo.

Sus ojos como camaleón se movían con ese característico ruido motriz. Y de sus labios delgados se escapó una sonrisa retorcida.

—¿Y tú crees que yo sé cómo se activan las esferas?

Trunks esbozó con descaro por escuchar semejante estupidez.

—Si supieras que es algo que ni nosotros sabemos—negó con la cabeza—Bien, ahora déjanos ir.

Con su elegante pose Tao Pai Pai tomaba las esferas del bolso donde las traían los chicos originalmente. Los siete artefactos circulares emitían una luz dorada que iluminaba su propio rostro.

«Con que estás son las esferas»—pensó el metálico.—«Estos son los artefactos de los que tanto hablaba el Comandante Red»

Con esa aura amarillenta regresó la vista hacia a Trunks.

—No tienes idea de quién soy... Y si no cierras la boca acabaré contigo—dijo su frase con exquisita sutileza.

—¿Eh?—los zafiros se abrieron de par en par por la impresión.

—¡Usted es un demente!—interfirió Mai—¡Déjenos ir, maldito!—pataleaba a cómo podía mostrando cierta furia.

—Basta, Mai—Trunks, miró a la chica—Con tus gritos empeorarás la situación.

Y con la mayor de las frustraciones la chica guardó silencio. Recargó la cabeza en el hombro del muchacho y ligeras lágrimas de rabia se escurrían de las esquinas de sus ojos.

—Tranquila...—pese a lo horrible circunstancia trataba de consolarla—Todo va estar bien...

—¿Y cómo va estar bien?—preguntó con voz quebrada— Tanto esfuerzo, tanto de todo. Y ahora estamos con alguien que pretende matarnos. No volveremos a casa nunca más.

—Puedo decirle que te deje ir y yo me quedo.

—No lo creas tan tonto, Trunks. Bien sabe lo que hace. Supongo que gente de su profesión no les gusta tener testigos, por eso los aniquilan. ¿Pero es que como lo supo?

—Quizás venía siguiéndonos desde hace tiempo, ¿Recuerdas lo ruidos extraños? No sé, tal vez se trataba de él, puedo estar casi seguro de ello. Porque entonces dime, ¿Por qué justo hoy y no antes? Bien sabía entonces que habíamos recolectado las esferas y que estaríamos a punto de utilizarlas.

—¿Qué vamos hacer, Trunks? Éste tipo está loco—preguntó en susurros.

—No lo sé... no sé— con discreción aplicaba un poco de fuerza en sus manos. De alguna forma trataba que los aros de las cadenas se abrieran con la fuerza de sus jalones—Pero de algo estoy seguro—le miró a los ojos—Este no va ser el final para ambos.

Mientras los chicos continuaban haciéndose de palabras; el Cyborg bajo su lente rojo los observaba a escalas de grises.

Que escena tan más familiar. Sus cabellos mezclándose al rozar sus rostros. Una combinación entre el lila y el negro que aún recordaba.

«Siempre detrás del lente del rojo; el azul será gris»

Tan gris como los ojos del joven Brief, tan gris que le recordaba a la locura de su vida, a su único suspiró, al único calor que percibió en su metálica vida. Y que bien sabía que por ella haría todo. Pero también existían dudas dentro del hombre del metal ¿Y si esas esferas no sirven?¿Y si no cumplen mi deseo? La sangre le hervía y no soportaba tener esa mirada tan intensa de su rehén observándole, porque sus orbes perforaban esa herida que aún dolía.

¿Por qué?

—Violet...—susurraron sus labios temblorosos.

Su esquizofrenia comenzaba a manifestarse. En su mente, una serie de escenas lo invadían; recordaba la sangre roja expandirse por el suelo. Parecía que escuchaba su escandalosa risa al ritmo que exageradamente una goma de mascar se inflaba y medio segundo después se reventaba.

—¡Quita esa cara de amargado, Tao!

—Violet...

Los colores, sabores, olores e incluso personas, nos hacen recordar cosas gratas de nuestra vida o quizás también momentos dolorosos; como si viajáramos en el tiempo y nos retomáramos a esas escenas, que pese al paso de los años no podemos olvidar. Tal vez se pueden asimilar pero NUNCA, JAMÁS, se podrán olvidar. Y el que dice olvidar de alguna forma se está mintiendo. Cosas de mayor longitud siempre permanecerán como costras en la piel; se cierran, se abren y sangran otra vez. Ahora los ojos azules que correspondía a otra persona representaba vida ante el lente rojo, ante el gris de la amargura. Y los que alguna vez se vistieron de pestañas, eran el significado del doloroso descenso, que hasta el día de hoy le calaba. Los recuerdos simplemente tendrán un matiz en «Escala de grises»

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(...)

Su guarida secreta era el nicho íntimo de ellos, ni los rayos de luz tenían acceso a entrar y recubrir cada espacio de amarillo. Como si fuesen ratas, se escondían en la oscuridad siendo unos prófugos de la justicia, huyendo de la mafia de la Red Ribbon, que para colmo habían burlado con cínicas carcajadas, desafiado al robarse esa cantidad jugosa de dinero y fingiendo una muerte que había sigo pactada con el Comandante Red.

—¡Trae a esa intrusa sin vida!—gritó el enano pelirrojo con el ojo parchado.

Él ni siquiera pareció estimularse con tanta euforia que externaba el enano detrás de su escritorio. «Estos miembros de la Red Ribbon no conocían la discreción». En tanto, el General Black se alebrestaba con cualquier guiño del pelirrojo.

«Hipócritas»—pensó Tao del otro lado del escritorio sin ni quiera parpadear.

Pero así era la vida de ellos, pasajera, escuchando relatos absurdos de sus experiencias de vida. Él un asesino, ella un ex coronel. Había tanto en común después de todo.

...

Mientras tanto en el modesto baño recubierto de sombras y escurrido de vapor; estaban ambos profesionistas del engaño. El asesino dentro de la tina de baño y la coronel sentada en un banco tallando con todas sus fuerzas esa larga caballera negra.

—No entiendo...—estrujaba el cabello con la intensión de crear la suficiente espuma—¿Por qué diablos tienes el cabello tan largo? Con que tengas la lengua larga es suficiente, ¿No?—rió entre dientes y goma de mascar.

Tao solo esbozó, era un hombre que apenas y tenían movimientos faciales, como si no conociera lo que era «gesticular»

—Y que puedo decir de tu vulgar forma de masticar esa goma de mascar.

Y con la intención de molestarlo, Violet, infló una bomba y justo la reventó en el oído del asesino. De ahí, le dijo entre susurros:

—Deja mis gustos en paz.

—Entonces tú deja mi cabello en paz.

—¿Listo para buscar esas esferas?—con una cubeta de madera vertió agua en la cabellera larga.

—Por milésima vez ya te he dicho que no creo en esas estupideces.

—Escúchame Tao...—su voz se tornó rebelde y volvió a verter agua en él—El comandante Red no se empeñan en buscar «algo» que sea una estupidez. Creo haberte dicho que cumplen deseos, ¡Los que quieras!. Podríamos pedir ser millonarios y empezar otra vez. ¿Qué dices?

Ella lo abrazó por detrás con impulsos locos apoderándose de sus hombros y parte de su pecho esbelto. Sin importar que su playera se mojara, restregó su rostro en la cara larga y mordió su oreja.

Jadeante preguntó:

—¿Y si me encuentran? ¿Y si me matan? Podrías hacer algo por mí con esas cosas—los cabellos lilas escurridizos se mezclaban junto con los de color negro—Esa sería la única forma de separarnos «la muerte» ¿Qué pasaría si te hacen algo?

—Nadie te matará y nadie me matará. En ese caso yo los asesinaría a todos—apretó uno de sus puños.

—Entiende —tomó su rostro—Esas cosas puede ser la esperanza que quizás algún día necesitemos.

Sin tapujos, la mujer retiró la playera que era la única que le cubría. Con su desnudez expuesta metió a la tina una pierna y después la otra y antes de sumergirse en el agua con uno sus pies, tan blancos y femeninos, levantó la barbilla larga del hombre.

—Reconsidéralo, ¿sí? ...

(...)

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Desde las profundidades del Bosque Negro, lo ojos cabizbajos apreciaban todo los hechos desde su mágica bola de cristal. Las cartas de Tarot, una tras otra eran depositadas en la mesa de mantel morado. Cada imagen que se mostraba en las cartas, sus labios llenos de vejez y sabiduría, expresaban el significado de éstas.

»El Rojo.

»Su alma.

»Impide su esclavitud.

—Impide su esclavitud... Mmmm—meditaba al respecto para darle un significado más coherente al mensaje.

—¿Todo en orden?—preguntó Akkuman desde su jaula con voz de ardilla—¿No crees que es momento de regresarme a la normalidad?

—¡Cierra la boca, pajarraco!—azotó un periódico enrollado sobre los barrotes de metal—¡No ves que me distraes!—alzó la voz.

—¡Todo yo! ¡Todo yo!—renegaba el pequeño demonio—¡Bah!

En tanto Uranai Baba volvió a fijar su vista en la esfera de cristal. Colocó una de sus pequeñas manos en la barbilla y decía en voz baja una y otra vez:

—Impide su esclavitud...

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—Yo no entendía nada, él simplemente me miraba con cierta irritación. Repetía a cada instante, «No me mires de esa forma». Y su comportamiento se llenaba de ira hacia a mí. De ahí, insistió con que le dijera las palabras para activar las esferas.

—¿Usted las sabía?

—No exactamente, quizás sabia el reacomodo correcto de las esferas. Y claro, después de mucho investigar el nombre del Dragon: Shenlong. Tal vez todo era un simple «¡Sal de ahí Shenlong!».

—¿Y se lo dijo...?

—No, en ese instante se acercó a mí y comenzó a golpearme.

—¡¿QUÉ?!


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Las manos de metal tomaron al joven de sus prendas, y éste mismo lo empujó contra la pared rocosa, tan húmeda y rasposa que con facilidad raspaba la piel de su espalda. Había gotas de agua que caían desde la superficie, un ruido bastante desesperante, como cuando un vaso se llena poco a poco con una gota a la vez; aturdía. Combinación frenéticamente perfecta para que la escena y/o el momento se sintiera con más presión.

El Cyborg simplemente tomó al de los zafiros del cuello, lo miraba sin decir nada. Y su vista robótica se fijaba en él. «En sus ojos» En cambio, Trunks percibía ese hielo que eran sus manos, ese metal desalmado, ese tacto sin calor como si fuese un muerto en vida quien lo tocara.

Eso era, un muerto en vida. Pobre alma desdichada a vivir así por siglos. La desgracia de la bomba, la herida que sangraba de colores violetas nunca cerró.

El rehén frunció el ceño que lucia un caminito de sangre seca, esta yacía de su frente y se había escurrido forjando su propio recorrido; mostró sus dientes que embonaban perfectamente mostrando un gesto de pura furia. Y sus mechones largos se adherían a sus mejillas por causa del sudor. Su respiración era agitada, no negaría que tenía miedo, pero le inquietaba tanto esa actitud del hombre de hierro.

«¿Por qué?»

No le encontraba la suficiente cordura o explicación a lo que estaba sucediendo.

Lo ideal era que tomara los artefactos sagrados y que se fuera. ¡Eso era lo correcto!, que se largara e hiciera lo que le viniera en gana. Pero no, lo quería a él. Pensó el empresario de momento que no solo buscaba las palabras que despertaran la furia de Shenlong. Era obvio que eso había quedado en segundo término, lo que se suponía era la principal «prioridad». Y todo porque la locura era la que predominaba en esa maldita cueva escurridiza de agua y humedad; brillante por los cuarzos que emitían tenuemente su luz natural.

El Shizo Phrenos comenzaba a caracterizarse por alteraciones de personalidad; pasado, presente y una dolorosa pérdida de la realidad con aroma a perfume de violetas, brotaba a chispas. En conjunto hacía que se modificara su entorno por completo. La sed de venganza que quedó frustrada año tras año, dolía, no menguaba, parecía que lo hacía pero no; ahí seguía presente como siempre lo había estado. Pero si de casualidad miraba a ese enano de Red, sería capaz de matarlo con tan solo utilizando la punta de su lengua, junto con el alcahuete del General Black. Tal vez lo mejor hubiera sido hacerle caso a su querida Violet, irse lejos y empezar de nuevo.

«Si, esa era lo mejor»

Así como Silver que por defender sus ideales y su forma temeraria de ver la vida; se fue. Huyó para unirse a los pasos del viento, de la libertad. Era mejor eso que seguir la mafia de la Red Ribbon. Era mejor eso que trabajar para alguien más. ¿Por qué cumplir lo de otros y no lo propio?

La vista del joven seguía presente ante El Rojo. Los zafiros le hacía sentir más congelada su estructura de metal. Dolía, calaba.

Y no soportó.

No soportó esa mirada que era tal cual a la de su querida Violet. Entre más se fruncía esa mirada, él parecía escuchar la risa de ella retumbar con grandes ecos en el lugar.

—¡Quita esa cara de amargado, Tao!—reventaba la bomba de su goma de mascar.

Un puño de metal se fue directo al estómago del muchacho. Éste encorvó su cuerpo tras el impacto recibido. Y quejidos de impotencia venia de parte de la chica.

—¡Oye chatarra, déjalo en paz!

Éste rió cínicamente.

—¡Cierra la boca!—contestó enloquecido.

Cuando el muchacho levantó el rostro, sonrió. Y con el mayor de los descaros expresó con un hilito de sangre en sus labios.

—...Cretino.

Y otro golpe recibió y otro más.

El hombre de metal ejecutaba cada uno de sus movimientos con elegancia. Sabía lo que hacía.

En tanto Mai, no podía soportarlo. Era horrible ver esa escena sin poder hacer nada. Entonces, discretamente de su bota militar sacó una navaja. Cambió su pose y se sentó haciendo el cuerpo para un lado, de tal manera que sus manos que permanencia atrás, tuvieran la facilidad de maniobrar la navaja para liberar sus piernas.

«Tendrás tu deseo Trunks; esa aventura que tanto deseabas y yo un hogar»—pensó Mai, mientras sin perder tiempo hacía lo suyo.

Entretanto el azul pese a recibir cada brutal golpe, sus manos y brazos aplicaban fuerza hasta que los arillos de la cadena se estiraron. Así, pudo liberar sus manos aunque en sus muñecas permanecerían las esposas. Cuando sintió libertad, sin pensarlo, con un movimiento contraatacó dándole un golpe al Cyborg que lo hizo caer dentro de uno de los charcos que se formaban gracias a las goteras.

—¡Mai!—volteó hacia ella. Y con la rapidez necesaria desamarró las cuerdas.

Para esto, la chica cumplió con la función de romper las cuerdas que estaban sujetas en sus piernas. Se puso de pie y él se acercó. Tomó de su rostro e indicó:

—Te dije que aquí no sería nuestro final.

Sus ojos se enternecieron por las palabras del muchacho que estaba malherido. Sin embargo, en sus orbes aún había luz. Había esperanza. Y probablemente también un poco de amor o quizás mucho.

«Era él, el joven de los zafiros, su tercer maestro de vida, su tutor de los deseos más bajos y prohibidos»

—Mira como te dejó...—quería tocarle el rostro más no podía.

—No importa, no te preocupes, estoy bien... Estoy bien—esbozó una sonrisa.

Él se colgó el morral de las esferas, tomó a Mai de su cintura.

—Vámonos de aquí—y corrieron.

Pero de un salto se levantó el Cyborg.

—¡ESPEREN!

Entonces comenzó una extraña persecución. El hombre de metal con la histeria y con el dolor de su locura incomprendida, iba detrás de ellos. Él también necesitaba esos artefactos. ¿Por qué nadie lo comprendía? ¿Por qué nadie comprendía un poco su dolor?

...

Entre trotes el chico preguntó:

—¿Dónde están tus armas? ¿y mi espada?

—Dejamos todo en la casa-cápsula, Trunks.

—¡Diablos!

Salieron de la oscuridad de la cueva y así se dieron cuenta que la humedad provenía por tener conexión con un manto acuático: una cascada. El clima mientras tanto era caluroso, había ramas que se interponían en su camino, éstas eran desviadas por sus brazos, otras tantas por el mismo apuro de supervivencia, golpeaban sus rostros, ojos. Pero eso no los detenía. Seguían y seguían.

—¿Qué vamos hacer?—preguntó Mai entre jadeos—No podemos seguir huyendo, claro está que viene detrás de nosotros.

—Vamos a invocar al dragón.

—¿Qué? ¡Pero ni siquiera te sabes las palabras!

—Recuerdas las imágenes...

—¿Los antiguos pergaminos?

—Sí.

Y mientras tanto seguían corriendo.

—Vas a acomodar las esferas de forma de descendiente, como te explique, en forma de una flor.

—Aja, ¿y las palabras?

—Solo di algo con los brazos extendidos—trataba de pensar en algo—Improvisa algunas palabras en relación a su nombre. Te daré tiempo en lo que detengo al sujeto y... toma los dos deseos para ti.

—¿Y tu deseo?

—No importa, no te preocupes por mí. Pide el hogar que tanto deseas.

—Pero...

—¡Pero nada!.

—De acuerdo, ¡Está bien!. Pero, te olvidas de un gran detalle—señaló sus brazos.

—¡Ah, las esposas!—se detuvo en seco—Dame tu navaja.

Entonces trató de introducirla como si fuese una llave para botarle el seguro. E insistía una y otra vez. Claro que podría hacerlo, si había inventado cosas más difíciles. Esto debería de ser pan comido para él.

«Concéntrate, Trunks»—se repetía a sí mismo.

—¡Date prisa!

—Un poco más … un poco más...

Y después de unos segundos el seguro botó:

—¡Listo! ¡Anda, haz lo que te dije!

—¡Sí!

No había mucho lugar hacia dónde correr. Había llegado a un límite en donde solo se encontraba un risco y el abismo. ¡Ni hablar! Así tenía que ser. Sacó de la mochila las siete esferas; Mai temblaba, estaba demasiado nerviosa. Entre las cosas encontró la cámara que Trunks y recordó:

«Cuando vea a ese tal Shenlong, quiero tomarme una fotografía para hacer un gran cuadro de él. Sería un buen recuerdo»

—¡Así será—llevó la cuerda de la cámara a su cuello.

...

En tanto, el hombre cibernético se le miraba correr a una velocidad increíble; tal parecía flotar, apenas y sus pies tocaban el suelo. Con sus manos hacia atrás adquiría más rapidez, como si fuese un misil. Y el joven de los zafiros lo visualizó, venía hacia él justo a darle un golpe. Sin embargo, el Cyborg frenó, quedó justo frente a él.

Trunks lo encaró, adoptó una pose de pelea. Sabía pelear, su padre le había enseñado esa disciplina de las artes marciales desde pequeño. Quizás no la llevaba muy a la práctica, pero tenía que hacer algo por detener ese cretino. Y pensó entonces, que daba igual si no cumplía su deseo. Pero Mai debería de cumplirlo, ella sí. Y no permitiría que desgraciado que no quería nada, que no tenía sentimientos y que estaba enfermo de locura, interfiriera.

O eso era lo que parecía a simple vista: un hombre sin motivos.

—¡¿Tú?!—expresó el metálico—¿Vas a pelear conmigo?—soltó una carcajada enloquecida—¡Ja,ja,ja!—nada que ver con la diplomacia anterior.

—Sí—afirmó su contrincante.

—Es una pena que te diga que vas a perder conmigo.

—¡No me estés fastidiando!—mostró una expresión de coraje.

—Hubo un joven, más o menos de tu vedad. Su nombre era Blue y era un general de la Red Ribbon. ¿Sabes qué le pasó por engreído?

El joven negó con la cabeza.

—Lo maté con tan solo un roce de mi lengua.

«¡Imposible!»

—¡Ya basta de habladurías!—Trunks se lanzó atacarlo—¡AAAHHHH!

.

.

.

Su recorrido en moto había terminado y parte del camino que habían explorado, lo habían hecho a pie. Un poco de orientación, corazonadas, convicción y demás. Aunque viniendo de ellos, la verdad de todo era que solo había un golpe de suerte.

—¡Mira papá!—señaló Goten—¡Es... es una casa!

Tanto padre e hijo corrieron hacia ella. Y cuando llegaron al ovalado hogar. Vieron la insignia de la «CC».

—¡Siiii!¡Lo encontramos!

—Mmmm...—el mayor rascó su mejilla con el dedo índice—¿Cómo sabes que es de él la casa?

—Por una extraña razón los aparatos de Trunks traían esa insignia—se refería a la CC.

—¡BIEN!—festejó Goku —¿Me pregunto si Trunks tendrá comida?—cambió radicalmente de tema— ¡Es que me estoy muriendo de hambre! Je,je,je—sujetó su estómago que rugía.

—Bueno, pues eso vamos a averiguarlo.

Abrieron la puerta.

—¡Buenas tardes!—e insistió el muchacho—¡Buenas tardes!—tras no se contestado su saludo, decidieron entrar.

Goku se fue a devorar el refrigerador. En tanto Goten, inspeccionaba todo.

—Mmmmm...—frunció la mirada y pensó para sí mismo.

»Cama destendida.

»La tina recién usada.

»Ropa de mujer por doquier.

«Creo que después de todo Trunks no la estaba pasando tan mal, eh»—puso sus manos en la cintura. Y segundos después, su cara tornó a un semblante pervertido; trataba con todas sus fuerzas no dejar escapar una carcajada.

—Eres un pillín, Trunks.

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.

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—Y la lucha comenzó. Él era realmente fuerte, tenía unas técnicas sensacionales—esbozó una sonrisa—Me dio una gran paliza, pensé que podría con él a no de ser de que ...

CONTINUARÁ...

¡Muchas gracias querido lector por llegar hasta aquí!

Beta Reader: Mari Tourquiose.

Como siempre gracias por ayudarme a darle el visto a los capítulos.


Nota del Final:

Hola amigos n_n ¿Cómo están? Pues al fin actualizo, ojala les haya gustado. Pues le cuento que ya solo faltan 3 capítulos para llegar al final de Hacia el mismo rumbo, buuuu, lo sé jajaja pero esta historia esta diseñada para 14 capítulos. De las historias que he hecho, créame que esta ha sido la mas difícil de todas. Ha llevado un mundo de investigación, tal vez se lea sencillo pero en serio que cada capitulo requiere previa investigación al respeccto. Hoy por ejemplo tuve que darle una leida al tema de de la esquizofrenia, que si pusieron atención verán su nombre en el idioma latin. Se me hizo interesante nombrarlo asi, pues estudie sus primeros síntomas, digamos lo más normales . Y nada, aquí seguimos con mucho cariño, HelMR es de mis bb consentidos, lo hago con amor, lo diseñé con amor desde hace muchos meses para ser exacta fue un noviembre del año pasado Recuerdo bien que tenia gripe y ¡Plop! me surgió la idea y la escribí en un simple borrador, y pues aqui está la historia con más forma como pueden ver.

Saludos por su puesto a mi querida Espladian que ama la pairing Crack de Violet y Tao pai pai. Linda, espero que veas mi saludo. Escribir esto y no acordarme de ti, es imposible.

Por su puesto a todos aquellos que se toman la molestia de pasar a leer: Karol, YOS, Cereza, jackesita Frost, lectores silencioso y demás. ¡GRACIAS POR SUS RW! Realmente me alientan a seguir, aunque siento que últimamente nadie me lee jaja y me pone triste, pero bueno xD cosas del oficio ¡En fin!

Como siempre muchas gracias a todas las comunidades que nos brindan un espacio para publicar nuestras historias: Trunks & Mai Page, Dragon Ball Fanfics, Por los que leemos Fanfics de DB. Y ahora, mi nueva casa Recomiendo Fanfics que me brindan las puertas de su página. ¡GRACIAS!

¡Nos vemos para la próxima!

Con cariño:

Kuraudea.


Respetemos los derechos del autor

¡Di NO al plagio!

15/Agosto/2016