Capítulo 10

Estoy como aturdida por el shock.

Durante el trayecto a casa, permanecí en el taxi sumida en una especie de trance. Al llegar, aún tuve fuerzas para hablar con Gianna de los preparativos de la cena y para aguantar un rato a mamá, que llamó para contarme su última trifulca con el ayuntamiento a cuenta de los perros. Ahora es media tarde y estoy en la bañera. Pero no he parado de darle vueltas a lo mismo en todo el día.

«Soy una bruja repulsiva. Mis amigas me odian. ¿Qué demonios ha pasado?»

Cada vez que recuerdo el tono mordaz de Alice, me estremezco. Dios sabe qué le habré hecho, pero no me soporta.

¿Será posible que me haya convertido en una bruja en estos tres años? ¿Pero cómo? ¿Y por qué?

El agua empieza a ponerse tibia y me decido a salir. Me froto bien con la toalla, para tonificarme. No puedo parar de pensar. Ya son las seis. Dentro de una hora llegarán los invitados.

Por lo menos, no he de cocinar. Cuando llegué, Gianna estaba muy liada en la cocina con una de sus sobrinas, aunque iba cantando al mismo tiempo la ópera que atronaba por los altavoces. Había fuentes de sushi y canapés en todos los estantes de la nevera y un aroma delicioso a carne asada. Intenté colaborar (el pan de ajo me sale bastante bien), pero ellas se apresuraron a sacarme de allí y acabé refugiándome en el baño.

Me envuelvo con una toalla limpia y entro de puntillas en el dormitorio. Vuelvo sobre mis pasos y me dirijo al vestidor. Demonios. Ahora entiendo por qué los ricos son tan delgados. Es por las excursiones que tienen que hacer a lo largo y ancho de sus mansiones. En mi piso de Balham podía alcanzar el armario sin moverme de la cama. Y la televisión. Y la tostadora.

Escojo un vestidito negro, unas braguitas negras y unos zapatitos de raso. Todo pequeñito: no hay tallas grandes en este guardarropa. Ningún jersey holgado y mullido; ningunos zapatones grandotes. Todo minimalista y bien ceñido.

Al volver al dormitorio, dejo caer la toalla al suelo.

—¡Hola, Bella!

¡Arggg! Casi doy un salto del susto. La gran pantalla que hay a los pies de la cama se ha activado de repente y muestra una imagen gigantesca del rostro de Mike. Me tapo los pechos con las manos y me acurruco detrás de una silla.

Estoy en pelotas. Él puede verme.

Pero es mi marido, me recuerdo. Y ya ha visto todo lo que había que ver. Es normal.

Sólo que a mí no me lo parece.

—Mike, ¿me estás viendo? —pregunto con voz chillona.

—Ahora mismo no —dice riendo—. Has de poner el mando en cámara.

—¡Ah, vale! —respondo, aliviada—. Un segundo…

Me pongo una bata y me apresuro a recoger toda la ropa que he dejado tirada por la habitación. Una cosa que he aprendido enseguida es que a Mike no le gusta que haya cosas tiradas por el suelo. O en las sillas. Ningún tipo de desbarajuste. Lo meto todo debajo de la funda nórdica, pongo un almohadón encima y aliso la cama rápidamente.

—¡Lista! —Me acerco a la pantalla y le doy a cámara.

—Retrocede un poco —me dice Mike; obedezco—. Ahora sí te veo. Bueno, ya sólo me queda una reunión y voy para casa. ¿Todo listo para la cena?

—¡Eso creo!

—¡Magnífico! —Su enorme boca pixelada se distiende a cámara lenta en una gran sonrisa—. ¿Qué tal por la oficina?

—¡Genial! —acierto a decir con falso entusiasmo—. He visto a Simon Johnson, y a todo el departamento, y a mis amigas… —La voz se me ahoga y me sube el repentino calor de la humillación. ¿Todavía puedo describirlas como amigas?

—¡Excelente! —No creo que Mike me escuche siquiera—. Ahora ya tendrías que empezar a arreglarte. Nos vemos luego, querida.

—Espera, Mike —le digo con un impulso repentino.

Es mi marido. Tal vez no lo conozca apenas, pero él sí me conoce. Me quiere. Y si hay alguien a quien debo confiarle mis problemas y que puede tranquilizarme es él.

—Dispara, cariño —responde asintiendo. Sus movimientos en la pantalla son lentos y entrecortados.

—Rosalie me ha dicho… —Me cuesta horrores repetir esas palabras—. Me ha dicho que soy una bruja. ¿Es cierto?

—¡Claro que no!

—¿De veras? —Siento una punzada de esperanza—. ¿No soy una horrible y repulsiva bruja tiránica?

—Cariño, es imposible que seas horrible. O una bruja tiránica.

Parece tan convencido que me siento muy aliviada. Tiene que haber una explicación. Quizá se le han cruzado los cables a alguien; será un malentendido, todo se arreglará…

—Diría, eso sí, que eres… dura —añade.

La sonrisa de alivio se me congela. ¿Dura? No me gusta nada cómo suena.

—¿Quieres decir «dura» en el buen sentido? —Procuro sonar indiferente—. Digamos… ¿dura, pero simpática y agradable?

—Querida, tú eres una persona centrada. Una persona motivada. Manejas tu departamento con mano firme. Eres una jefa de primera. —Sonríe—. Y ahora he de dejarte. Nos vemos luego.

La pantalla se apaga y me quedo mirándola con desasosiego. En realidad, más alarmada que nunca.

Dura.

¿No es otra manera de decir «bruja repulsiva y tiránica»?

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Sea cual sea la verdad, no debo permitir que esto me afecte. Tengo que ver las cosas con perspectiva. Ha pasado una hora y he recuperado un poco el ánimo. Me he puesto la cadena con el diamante que me regaló Mike y me he echado litros de un perfume carísimo. Y he tomado de extranjis una copita de vino que me ha ayudado a verlo todo de otra manera.

Quizá las cosas no sean tan perfectas como había creído. Quizá me haya enfadado con mis amigas; quizá Byron quiera quitarme el puesto; quizá yo no tenga ni idea de quién es Tony Dukes. Pero todo eso puede arreglarse. Puedo aprender otra vez a hacer mi trabajo. Puedo arreglar las cosas con Rosalie y las demás. Y puedo buscar en Google quién es Tony Dukes.

La cuestión es que sigo siendo la chica con más suerte del mundo. Tengo un marido despampanante, un matrimonio maravilloso y un apartamento de narices. O sea, ¡echa un vistazo, nena! Esta noche, más que nunca, tiene una pinta como para caerse de culo. Ha pasado por aquí la florista y hay ramos de lirios y rosas por todas partes. La mesa de la cena, completamente extendida, está cubierta de plata y de cristal y tiene un centro de mesa como en las bodas. ¡Incluso hay tarjetas con los nombres de los invitados en una preciosa caligrafía!

Mike me dijo que sería «una cenita informal». A saber cómo será una cena formal de verdad. Quizá con diez mayordomos de guante blanco.

Me aplico un pintalabios Lancóme con cuidado. Al acabar, me observo detenidamente en el espejo. Llevo un moño de primera, un vestido ceñido que me queda perfecto y unos pendientes de diamantes. Parezco recién salida de un anuncio. Como si fuese a aparecer un rótulo en la pantalla:

«Ferrero Rocher. Para los grandes momentos.»

«Gas Nacional. Calor y confort en su loft chachi de un millón de libras.»

Retrocedo un paso y las luces cambian automáticamente: en lugar de los focos del espejo ahora brilla una luz más global. El sistema de «iluminación inteligente» de esta habitación es mágico. Calcula tu posición con unos sensores de calor y se ajusta por sí solo. A mí me encanta despistarlo corriendo de un lado para otro y gritando: «¡Ja! ¡Te pillé, señor inteligente!» Cuando Mike no está, por supuesto.

—¡Cariño!

Doy un respingo y me vuelvo. Mike asoma por la puerta con su traje de ejecutivo.

—¡Estás preciosa!

—¡Gracias! —Noto un rubor de placer y me paso la mano por el pelo.

—Una cosita. Tú maletín está en el vestíbulo. ¿Te parece un sitio adecuado? —Su sonrisa no se altera, pero percibo irritación en su voz.

Mierda. Me lo habré dejado allí. Estaba tan agitada al llegar que no me he dado ni cuenta.

—Ya lo quito —me apresuro a decir—. Perdona.

—Estupendo —asiente—. Pero antes prueba esto. —Me alcanza una copa de vino tinto—. Es Chateau Branaire-Ducru. Lo compramos en el último viaje a Francia. A ver qué opinas.

—Bueno. —Procuro aparentar seguridad—. Cómo no.

¿Qué narices voy a decir? Lentamente, doy un sorbo y lo paseo por la boca mientras busco en mi cerebro palabras de esa jerga que usan los chiflados del vino. Correoso. Sabor a roble. Una cosecha excelente.

Si te paras a pensarlo, son todo chorradas, ¿no? Vale. Voy a decirle que es de una magnífica cosecha, con mucho cuerpo y un suave matiz de fresas salvajes. No: de grosellas. Me lo trago por fin y asiento con aire entendido.

—¿Sabes?, me parece una ex…

—Espantoso ¿no? —Me interrumpe—. Con sabor a corcho. Totalmente pasado.

«¿Pasado?»

—Oh… sí, ya lo creo. —Me recupero sobre la marcha—. Completamente caducado. ¡Aggg! —Hago una mueca—. Asqueroso.

Por los pelos. Dejo la copa en una mesita y la iluminación inteligente se ajusta de nuevo.

—Mike —lo llamo, sin manifestar mi exasperación—. ¿Podríamos ajustar la luz de manera que permaneciera igual toda la noche? No sé si será posible…

—Todo es posible. —Parece algo ofendido—. Hay infinitas posibilidades a nuestro alcance. En eso consiste justamente el estilo de vida loft. —Me pasa el mando a distancia—. Ahí tienes. Con esto puedes anular el sistema. Escoge la modalidad que desees. Yo voy a elegir el vino.

Entro en la sala, busco iluminación en el mando y empiezo a probar modalidades. Día resulta muy intensa. Cine, demasiado oscura. Relax, sombría… Repaso la lista rápidamente. Lectura… Disco…

Eh, un momento. ¿Luces de discoteca? Pulso el botón y me echo a reír cuando la sala se llena de vibrantes haces de colores. Ahora probemos estroboscópica. De inmediato, toda la sala parpadea en blanco y negro y me lanzo alegremente a bailar al estilo robot alrededor de la mesita de café. ¡Es igual que una disco! ¿Cómo no me lo había dicho Mike? Quizá también tengamos hielo seco y una bola de espejo…

—¡Santo Dios, Bella! ¿Qué demonios haces? —La voz de Mike me llega desde el otro lado de la sala parpadeante—. ¡Has dejado todo el apartamento con luz estroboscópica! ¡Gianna por poco se corta un brazo!

—¡Ay! Perdón. —Busco a tientas el mando y pulso botones hasta que volvemos a iluminación disco—. ¡No me habías contado que teníamos estas luces tan chulas! ¡Qué pasada!

—Nunca las usamos. —Su rostro es un remolino psicodélico—. Y ahora busca algo más sensato, por el amor de Dios. —Se da media vuelta y desaparece.

¿Cómo es posible que no las usemos? ¡Qué desperdicio! ¡Tengo que invitar a las chicas y montar una fiesta monstruo! Un poco de vino, cosas para picar, despejamos la sala, ponemos el volumen a tope…

Y entonces me acuerdo de todo y se me encoge el corazón. Eso no va a ocurrir por ahora. O quizá nunca.

Desinflada, pongo las luces en zona de recepción 1: una modalidad que no está ni bien ni mal, qué más da. Dejo el mando, me acerco a la ventana y contemplo la calle. Estoy decidida. No voy a rendirme. Son mis amigas, averiguaré qué ha ocurrido y luego me reconciliaré con ellas.

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Había pensado quedarme con las caras y los nombres de los invitados con técnicas de memoria visual. Pero mi plan naufraga a la primera cuando los tres compañeros de golf de Mike aparecen juntos con trajes idénticos, caras idénticas e incluso esposas idénticas, y con unos nombrecitos como Greg, Mick, Suki y Pooky. En cuanto llegan, se ponen a hablar de unas vacaciones en la nieve que pasamos una vez juntos, por lo visto.

Yo le doy sorbos a mi copa y sonrío sin parar, y entonces se presentan otros diez invitados y ya no tengo ni idea de quién es quién. Salvo Lauren, que llega como una exhalación, me presenta a su marido Tyler (no parece un monstruo, sólo un tipo manso y trajeado), y desaparece enseguida de mi vista.

Al cabo de muy poco tengo los oídos zumbando y me siento mareada. Gianna sirve las bebidas y su sobrina los canapés. Todo parece bajo control, así que farfullo una excusa al tipo calvo que me estaba hablando de una guitarra de Mick Jagger que acaba de comprar en una subasta benéfica y me deslizo furtivamente a la terraza.

Me lleno los pulmones de aire fresco un par de veces. La cabeza me da vueltas. Cae un crepúsculo gris y azulado y empiezan a encenderse las farolas. Contemplando la vista de Londres, me siento irreal. Es como si interpretase el papel de una chica con un vestido de noche que se asoma con una copa de champán al balcón de un loft de ensueño.

—¡Cariño! ¡Conque estabas aquí!

Me doy la vuelta y veo a Mike, que desliza la puerta corredera y se asoma desde el interior.

—¡Estoy tomando un poco el aire!

—Déjame presentarte a Edward, mi arquitecto —dice, y le abre paso a un tipo moreno vestido con tejanos negros y una chaqueta gris marengo de lino.

—¡Hola…! —empiezo, pero me interrumpo en el acto—. ¡Eh, nosotros nos conocemos! —exclamo, casi aliviada al ver una cara conocida—. Tú eres el tipo del coche.

Una rara expresión cruza su rostro. Una especie de decepción. Luego asiente.

—Exacto. El tipo del coche.

—Edward es nuestro espíritu creativo —me explica Mike, mientras le da unas palmadas—. Es él quien tiene el talento. Yo quizá posea instinto comercial, pero él ha creado el estilo de vida loft.

Mientras pronuncia estas palabras, hace aquel gesto con las manos, como poniendo ladrillos.

—¡Genial! —Procuro sonar entusiasmada. Pero por mucho que sea el negocio de Mike, lo del «estilo de vida loft» me está empezando a hinchar las narices.

—Gracias otra vez por lo del otro día —le digo a Edward con una sonrisa educada—. ¡Me salvaste la vida! —Me vuelvo hacia Mike—. No te lo conté, cariño, pero quise probar el coche y por poco me estrello contra la pared. Edward me salvó por los pelos.

—Fue un placer—respone él, dando un trago—. ¿Cómo va? ¿Aún no recuerdas nada?

Meneo la cabeza.

—Nada.

—Debe de ser muy raro.

—Sí… pero me voy acostumbrando. Y Mike me ayuda un montón. Hasta me ha escrito un libro para refrescarme la memoria. Un manual conyugal. Organizado por temas y todo.

—¿Un manual? —repite Edward. Le ha entrado un tic en la nariz—. ¿En serio?

—Sí, un manual. —Lo miro, extrañada.

—Ahí está Graham. —Mike ni siquiera nos está escuchando—. Debo hablar con él un momento, perdonad… —Vuelve a entrar en el apartamento y me deja sola con el arquitecto.

No sé qué pasa con este tipo; es decir, ni siquiera lo conozco, pero tiene algo que me enerva.

—¿Qué tiene de malo un manual conyugal? —me oigo preguntarle.

—No, nada. En absoluto. —Sacude la cabeza con seriedad—. Es una idea muy sensata. Si no, tal vez no sabrías cuándo tienen que besarse.

—¡Exacto! Mike ha incluido un apartado entero… —Me interrumpo. Su boca se crispa como si estuviera aguantando la risa. ¿O sea que lo encuentra divertido?—. El manual aborda todo tipo de cuestiones —añado con tono glacial—. Y nos ha ayudado mucho a los dos. También para Mike resulta difícil, ¿sabes?, tener una esposa que no recuerda nada de él. ¿O eso no se te había ocurrido?

Se hace un silencio. El humor se ha evaporado de su rostro.

—Créeme —responde por fin—. Sí se me ha ocurrido.

Apura su copa y se la queda mirando unos instantes. Luego levanta la vista, se dispone a hablar… Y entonces se abren las puertas a su espalda.

—¡Bella! —Lauren se acerca tambaleante, con una copa en la mano—. ¡Los canapés son espectaculares!

—Ah… ¡gracias! —Me avergüenza recibir elogios por algo que no he hecho—. Aún no los he probado. ¿Están buenos?

Ella me mira perpleja.

—No tengo ni idea, cielo. Pero tienen un aspecto maravilloso. Y Mike dice que la cena está a punto.

—Ay, Dios —digo con remordimiento—. Se lo he dejado todo al pobre Mike. Será mejor que entremos. ¿Se conocen? —prosigo mientras volvemos dentro.

—Desde luego —dice él.

—Edward y yo somos viejos amigos —comenta Lauren con dulzura—. ¿Verdad, querido?

Edward asiente y se apresura a cruzar las puertas de cristal.

—Nos vemos luego —dice, y desaparece.

—¡Qué tipo más horrible! —comenta Lauren con una mueca.

—¿Horrible? —repito asombrada—. A Mike le cae muy bien.

—Sí, ya —dice con desdén—. Y Tyler cree que es el no va más. Un visionario que gana premios y bla, bla, bla. —Se sacude el pelo—. Pero es el tipo más grosero que he conocido en mi vida. Cuando le pedí el año pasado que hiciera una donación para mi campaña benéfica, se negó. Peor aún: se echó a reír.

—¿Cómo que se echó a reír? —me escandalizo—. ¡Qué espanto! ¿En qué consistía la campaña?

—Se llamaba Una Manzana al Día —me explica, orgullosa—. Se me ocurrió a mí sola. La idea era darle, una vez al año, una manzana a cada alumno de un barrio deprimido de Londres. ¡Una manzana llena de maravillosos nutrientes! Sencillo y genial, ¿no te parece?

—Eh… sí, fenomenal. ¿Y qué tal fue?

—Empezó muy bien. Repartimos miles de manzanas; teníamos camisetas y una furgoneta con el logo de la manzana. ¡Fue tan divertido! Hasta que el ayuntamiento comenzó a mandarnos unas cartas del todo estúpidas sobre la fruta supuestamente tirada en la calle y los bichos que generaba.

—¡Qué lástima! —Me muerdo el labio. La que tiene ganas de mondarse ahora soy yo.

—¿Sabes?, ése es el problema con las obras benéficas —prosigue con aire sombrío—. Los funcionarios no quieren tu ayuda y te ponen toda clase de trabas.

Cruzamos las puertas correderas y observo a toda la marabunta. Veinte caras desconocidas, riendo y charlando y dando gritos. Veo cómo destellan las joyas y percibo el rumor de las risas y tengo de nuevo una sensación de irrealidad.

—No debes preocuparte. —Rosalie me pone una mano en el brazo—. Mike y yo tenemos un plan. Todo el mundo se irá poniendo de pie y se presentará durante la cena. —Arruga la frente—. Cielo, pareces asustada.

—¡Qué va! —Consigo sonreír—. ¡En absoluto!

Es mentira, claro. Estoy muerta de miedo. Mientras busco mi sitio en la larga mesa de vidrio, entre saludos y sonrisas, me siento como si estuviera viviendo un sueño extraño. Éstos son mis amigos, supuestamente. Todos me conocen. Y yo tengo la sensación de no haberlos visto en mi vida.

—¡Bella, cariño! —Una mujer de pelo muy negro me arrastra a un lado—. ¿Tienes un minuto? —dice casi susurrando—. Oye, el quince y el veintiuno pasamos todo el día juntas. ¿Vale?

—¿Ah, sí? —respondo sin comprender.

—Sí, mujer. Por si Christian pregunta. Mi marido. —Me señala al calvo de la guitarra de Mick Jagger, que se sienta enfrente.

—Ah, vale. ¿De veras pasamos el día juntas?

—¡Claro! —dice tras una pausa—. ¡Claro que sí, cariño! Me aprieta la mano y se aleja.

—Damas y caballeros… —Mike se ha puesto de pie en la otra punta de la mesa y todas las conversaciones se apagan mientras la gente toma asiento—. Bienvenidos. Bella y yo estamos encantados de tenerlos aquí.

Todos se vuelven hacia mí, y esbozo una tímida sonrisa.

—Como saben, Bella sufre aún las secuelas de su accidente, lo cual significa que no anda muy bien de memoria. —Sonríe con tristeza. El tipo que tiene delante suelta una risita, pero su esposa lo hace callar de inmediato—. Lo que les propongo es que cada uno de ustedes se presente otra vez a Bella. Se ponen de pie, dicen su nombre y cuentan algún hecho memorable que hayan compartido con ella.

—¿Qué dicen los médicos? ¿Esto podría servir para estimular su memoria? —pregunta un tipo que tengo a mi derecha.

—Nadie lo sabe a ciencia cierta —responde Mike con gravedad—. Pero debemos intentarlo. ¿Quién empieza?

—¡Yo! ¡Yo! —Es Lauren, que se pone en pie de un salto—. Bella, soy Lauren, tu mejor amiga, ya lo sabes. Y nuestro recuerdo más memorable fue aquella vez cuando nos depilaron a la cera y la chica se entusiasmó más de la cuenta… —Ríe tontamente—. La cara que pusiste…

—¿Qué pasó? —pregunta una chica toda de negro.

—¡No voy a contarlo en público! —dice Lauren, muy digna—. Pero, la verdad, fue inolvidable. —Sonríe y vuelve a sentarse.

—Muy bien —dice Mike, que se ha quedado a cuadros—. ¿El siguiente? ¿Charlie?

—Soy Charlie Mancroft. —Un hombre de aire tosco se levanta al lado de Rosalie y me hace un gesto—. Imagino que nuestro hecho memorable debe de ser aquella vez que fuimos todos a Wentworth, a la fiesta de la empresa. Montgomerie hizo un birdie en el hoyo dieciocho. Una jugada increíble —añade, y se me queda mirando.

—¡Claro! —No sé de qué me habla. ¿De golf? ¿De billar?—. Eh… muchas gracias.

El tipo vuelve a sentarse y se incorpora la chica de su lado.

—Hola, Bella —me dice, saludándome con la mano—. Soy Natalie. Para mí, el hecho más memorable es el día de tu boda.

—¿En serio? —respondo casi conmovida—. Wow.

—¡Fue un día tan feliz! —Se muerde el labio—. Estabas preciosa y yo pensaba: «Así me gustaría estar a mí cuando me case.» En realidad, yo creía que Matthew me lo propondría aquel día, pero no lo hizo. —Se le tensa la sonrisa.

—¡Por favor, Natalie! —refunfuña un tipo, sentado frente a ella—. ¡Otra vez con esa historia, no!

—¡No, no, si no pasa nada! —continúa alegremente—. ¡Ahora sí estamos prometidos! ¡Sólo han hecho falta tres años! —Me muestra su diamante de compromiso—. ¡Llevaré el mismo vestido que tú! ¡El mismo modelo de Vera Wang, en blanco!

—¡Muy bien, Natalie! —la interrumpe Mike—. Vamos a continuar. ¿Edward? Tu turno.

Edward, sentado frente a mí, se pone en pie.

—Hola —dice con su voz seca—. Soy Edward. Nos hemos visto antes. —Se queda callado.

—¿Y? —Lo anima Mike—. ¿Qué hay de tu recuerdo más memorable?

Edward me examina con sus ojos verdes e intensos. Se rasca la nuca, frunce el entrecejo y bebe un sorbo de vino, como si se estuviese concentrando. Al fin, extiende las palmas de las manos.

—No se me ocurre nada.

—¿Nada? —Me siento un poco picada.

—¡Cualquier cosa! —dice Mike para alentarlo—. Algún momento especial que hayan compartido…

Todos los ojos están fijos en él, que vuelve a fruncir el entrecejo y se encoge de hombros.

—No recuerdo nada—concluye—. Nada que pueda contar.

—Tiene que haber algo, Edward —insiste ansiosamente una chica—. ¡A lo mejor sirve para estimular su memoria!

—Lo dudo —responde él con media sonrisa.

—Bueno, está bien —interviene Mike con impaciencia—. No importa, sigamos.

Cuando todos se han puesto de pie y han contado su anécdota, ya no me acuerdo de los que han hablado primero. Pero, en fin, es un comienzo, supongo. Gianna y su sobrina nos sirven un carpaccio de atún, ensalada de rúcula y peras al horno mientras charlo con un tal Ralph sobre su divorcio. Luego retiran los platos y Gianna recorre la mesa anotando los cafés.

—Del café me encargo yo —digo levantándome—. Ya has trabajado demasiado esta noche, Gianna. Tómate un respiro.

Verla trajinar cargada de fuentes alrededor de la mesa me ha ido poniendo cada vez más incómoda. Tampoco me ha gustado que los invitados no la miren siquiera mientras se sirven. Ni el modo que ha tenido de ladrarle ese tipo horroroso llamado Charlie porque quería más agua. ¡Qué maleducado!

—¡Bella! —dice Mike sonriendo—. ¡No hace ninguna falta!

—Quiero hacerlo —insisto—. Siéntate, Gianna. Yo puedo preparar perfectamente unas tazas de café. De veras.

Gianna me mira perpleja.

—Iré a prepararle la cama —dice al fin, y se encamina hacia mi dormitorio seguida de su sobrina.

No me refería a eso cuando le he dicho que se tomara un respiro. Pero bueno.

—Vale. —Sonrío en torno a la mesa—. El que quiera café, que levante la mano… —Empiezo a contar—. ¿Algún poleo menta?

—Te echaré una mano —dice Edward de repente, incorporándose.

—Bueno —respondo desconcertada—. Vale, gracias.

Me dirijo hacia la cocina, lleno el cazo y enciendo el hornillo. Luego me pongo a buscar las tazas por los armarios. Quizá tenemos un juego especial para este tipo de cenas. Consulto un momento el manual conyugal, pero no encuentro nada.

Entretanto, Edward se pasea de un lado para otro, como sumido en una ensoñación y sin ayudarme en lo más mínimo.

—¿Te encuentras bien? —le pregunto por fin, medio irritada—. Supongo que tú no sabrás dónde están las tazas, ¿verdad?

Ni siquiera parece oír la pregunta.

—¿Hola? —Le hago señas—. ¿No has venido a ayudarme?

Por fin se detiene y me mira con una expresión rarísima.

—No sé cómo decírtelo —empieza—. Así que te lo voy a decir sin más. —Respira hondo, luego parece cambiar de idea, se me acerca y me mira fijamente—. ¿De verdad no lo recuerdas? ¿No es una broma que me estás gastando?

—¿Recordar qué? —le respondo, flipada.

—Vale. Vale. —Se da media vuelta y empieza a pasearse de nuevo, mientras se pasa las manos por el pelo. Vuelve a acercarse—. Ésta es la cuestión: te quiero.

—¿Cómo?

—Y tú me quieres a mí —añade sin darme tiempo a reaccionar—. Somos amantes.

—¡Cielo! —La puerta se abre de golpe y Lauren asoma la cabeza—. Dos poleos más y un descafeinado para Tyler.

—¡Marchando! —acierto a graznar.

Lauren desaparece y la puerta de la cocina se cierra sola. Se hace un silencio: el silencio más espantoso que he soportado en mi vida. No puedo mover una ceja. Ni decir palabra. Por un momento se me van los ojos hacia el manual conyugal, que sigue sobre el mármol, como si fuese a encontrar allí la respuesta. Edward sigue mi mirada.

—Supongo —dice secamente— que yo no figuro en ese manual.

—No… no entiendo —alcanzo a decir, mientras me esfuerzo por recuperar la compostura—. ¿Qué significa «amantes»? ¿Me estás diciendo que teníamos… una aventura?

—Llevábamos viéndonos ocho meses. —Tiene sus ojos oscuros fijos en mí—. Estabas planeando dejar a Mike.

Se me escapa una risita. Enseguida me tapo la boca.

—Perdona, no pretendía ser grosera, pero… ¿dejar a Mike? ¿Por ti?

Antes de que pueda reaccionar, las puertas vuelven a abrirse.

—¡Bella! —Aparece un tipo de cara colorada—. ¿No tendrás un poco de agua con gas por ahí?

—Aquí tienes. —Le pongo un par de botellas en las manos. La puerta se cierra otra vez. Edward hunde las manos en los bolsillos.

—Estabas a punto de decirle a Mike que no podías seguir con él —me dice, hablando rápido—. Ibas a dejarlo, habíamos hecho planes… —Se interrumpe y da un profundo suspiro—. Y entonces tuviste el accidente.

Está muy serio. Cree de verdad lo que me está diciendo.

—¡Pero eso es absurdo!

Por un instante me mira como si lo hubiera abofeteado.

—¿Absurdo?

—¡Sí, absurdo! Yo no soy del género infiel. Además, tengo un gran matrimonio, un marido fantástico, soy feliz…

—Tú no eres feliz con Mike —me interrumpe—. Créeme.

—¡Desde luego que sí! —replico asombrada—. ¡Es encantador! ¡Es perfecto!

—¿Perfecto? —Da la impresión de que se está reprimiendo para no pasarse de la raya—. No tiene nada de perfecto, Bella.

—Pues se acerca bastante —le digo, nerviosa. ¿Quién se habrá creído que es este tipo para venir a soltarme en medio de la cena que es mi amante?—. Escucha, Edward… seas quien seas. No te creo. Yo nunca tendría una aventura, ¿vale? Tengo un matrimonio ideal. ¡Una vida de ensueño!

—¿De ensueño, dices? —Se rasca la frente, como intentando ordenar sus ideas—. ¿Eso crees?

Este tipo me está sacando de quicio.

—¡Pues claro! —Le muestro la cocina con los brazos extendidos—. ¡Mira este sitio! ¡Mira a Mike! ¡Es fantástico! ¿Cómo iba a tirarlo todo por la borda por un…?

Me detengo en seco al ver que se abre la puerta.

—¡Cariño! —Mike me sonríe desde el umbral—. ¿Cómo van esos cafés?

—Enseguida están —digo, aturdida—. Perdona, cariño. —Me doy la vuelta para ocultarle el rubor que me arde en las mejillas y empiezo a llenar la cafetera a cucharadas. La mitad se me cae fuera. Quiero que este tipo se largue ahora mismo.

—Mike, he de marcharme —dice Edward a mi espalda, como si me leyese el pensamiento—. Gracias por esta magnífica velada.

—¡Edward! ¡Genio! —Mike le da unas palmadas—. Hemos de vernos mañana, tenemos que preparar la reunión.

—Por supuesto —responde él—. Adiós Bella. Me ha encantado conocerte de nuevo.

—Adiós. —Me obligo a darme la vuelta y dirigirle una sonrisa de anfitriona—. Encantada de verte.

Él se inclina y me da un beso en la mejilla.

—No tienes ni idea de tu vida —me dice al oído. Y sale de la cocina sin mirar atrás.


N.A: ¿Qué puedo decir? Varias le han atinado, resulta que Edward es amante de Bella, ¿o lo era?