Disclaimer: Los personajes de esta historia no me pertenecen a mí, sino a la brillante Yana Toboso.
Capítulo 11
Si uno quiere catar, en Sebastian debe confiar
Era un milagro que ningún vecino chismoso se hubiese asomado a través del visillo y le hubiese pillado infraganti. Siendo sinceros, explicar porque Sebastian llevaba en brazos a un niño inconsciente en mitad de la noche habría sido difícil.
Cuando Sebastian llegó por fin a la seguridad que le ofrecían los confines de su hogar, cargó el peso de Ciel sobre uno de sus brazos —era curioso y preocupante lo poco que pesaba el niño, incluso inconsciente y con todos los músculos relajados— y consiguió encajar la llave en la cerradura de la puerta de su casa para abrirla. Una vez dentro, Sebastian la cerró de una patada y soltó un suspiro. Ahora llegaba la parte complicada.
Aunque era cierto que Sebastian tenía experiencia limpiando sus propias heridas —provocadas en peleas de las que Tanaka no sabía nada—, curar a otra persona era muy diferente; sobre todo cuando dicha persona se encontraba en un estado tan delicado como el de Ciel.
Subiendo las escaleras que conducían a la planta de arriba de dos en dos, Sebastian depositó a Ciel con cuidado en el suelo del cuarto de baño, apoyando su espalda contra la bañera.
El primer impulso del chico fue preparar un baño de agua humeante y sumergir a Ciel en él, pero las clases de Biología le habían enseñado que llevar a cabo su plan podría complicar todavía más la situación. Ciel llevaba muchas horas sometido al frío de la calle, y con lo pálida y fría que estaba su piel, no sería de extrañar que el cuerpo del niño hubiese entrado en estado de hipotermia.
Decidido por fin, Sebastian llenó un barreño con agua caliente y comenzó a desvestir al crío. Lo primero en desaparecer fue la chaqueta manchada de barro seguida de la camisa, y ambas rebelaron un pecho recubierto por moratones que destacaban sobre la piel pálida. Ciel estaba tan delgado que incluso se le marcaban ligeramente las costillas. Las piernas del niño, aunque no estaban tan machacadas, si que presentaban alguna que otra marca, y por lo menos Sebastian tuvo la decencia de dejarle conservar la ropa interior; desvestir a una persona inconsciente se sentía tan íntimo que rozaba la incomodidad.
Después de empapar una esponja en el agua del barreño, Sebastian la deslizó por la cara de Ciel, limpiando mugre y sangre a su paso. La naricita del niño se arrugó ligeramente para mostrar su disconformidad y a Sebastian se le escapó una sonrisa. Era bueno saber que, a pesar de su estado, Ciel seguía conservando su carácter.
El proceso de mojar-limpiar-aclarar con la esponja se repitió hasta que Ciel empezó a tiritar y Sebastian consideró que el pequeño estaba lo suficientemente aseado. Sin la sangre y la suciedad de por medio, Ciel no tenía tan mala pinta como Sebastian había creído en un principio. De todos modos, el mayor colocó una tirita en todos los lugares que consideró convenientes, solo por si acaso.
Era obvio que todavía no podía llevar a Ciel a su casa, y tampoco podía acostarle en la cama de Tanaka —su guardián era tan observador que sin duda notaría que alguien había estado durmiendo allí y le haría preguntas embarazosas al respecto—, de modo que el único lugar disponible era su propia habitación. Así que, mientras envolvía a Ciel en mantas para que estuviese calentito antes de refugiarle bajo el edredón de su cama, Sebastian no paraba de recordarse una y otra vez que era su deber ayudar al niño; se lo debía.
Cuando Ciel estuvo acomodado, Sebastian recogió sus cosas dispuesto a marcharse al sofá para pasar la noche allí, sin embargo, la carita enfurruñada y dormida de Ciel le detuvo. ¿Cuántas oportunidades como esta tendría de contemplar al niño con la guardia bajada? Definitivamente, no muchas.
Sin poder resistirse, Sebastian se arrodilló frente a la cama y le retiró el flequillo de los ojos, maravillándose ante la textura sedosa. Al sentir la caricia, el ceño fruncido de Ciel se desvaneció y Sebastian soltó una risa ahogada. ¿Cómo podía alguien ser tan maquiavélico despierto y tan adorable dormido? Aunque pensándolo bien, Ciel siempre era adorable. En cualquier situación.
—Eres un mocoso insufrible, ¿lo sabías? —le susurró sin dejar de sonreír—. No haces más que causarme problemas.
Hoy podrían haber pasado muchas cosas. Ciel era una persona muy frágil y Claude un burro sin consideración. Una patada demasiado fuerte podría haberle roto un hueso, y un puñetazo en un mal sitio podría haberle causado daños irreversibles. Sebastian podría haber llegado demasiado tarde y Ciel podría no haber vuelto a abrir los ojos. Aunque pensándolo bien, ¿y si Ciel no abría los ojos de verdad? Después de todo, Sebastian no era médico y Ciel llevaba muchas horas inconsciente… ¿no debería haberse despertado ya?
Los pensamientos de Sebastian fueron interrumpidos cuando Ciel restregó el rostro contra la palma de su mano. El chico no se había dado cuenta hasta ahora, pero mientras su cerebro estaba ocupado llenándose de pensamientos negativos, su mano no había dejado de acariciar a Ciel. Sebastian suspiró y se levantó del suelo. Ciel iba a ponerse bien.
Como eran cerca de las doce y Sebastian no tenía sueño, el chico intentó ponerse a leer, pero su mirada no paraba de desviarse hacia Ciel y le era imposible concentrarse. Finalmente, el estudiante se rindió y bajó a la cocina, y después de rebuscar un poco por todos los cajones dio con un paquete de Oreo. Perfecto.
OoOoO
Una hora y media más tarde, Sebastian y un pedazo de tarta recién hecha recorrían el camino de vuelta a su habitación. Sin embargo, nada más abrir la puerta de su cuarto, Sebastian notó que había algo diferente, o mejor dicho, alguien.
Ciel ya no estaba inconsciente —ni mucho menos—. El crío se había envuelto con el edredón de Sebastian de forma que solo su cara sobresaliese y se había atrincherado en una de las esquinas de la cama que daban a la pared. Su ojo sano le contemplaba con recelo, y Sebastian no podía culparle por ello.
—Ciel, me alegro de que por fin te hayas despertado —comenzó a decir él, despacio y con tono reconciliador—. ¿Cómo te encuentras?
En lugar de responder, Ciel se limitó a seguir fulminándole con la mirada.
—De acuerdo, ya veo que no te sientes muy hablador. —Sebastian depositó el plato con la tarta sobre su escritorio y se acercó a la cama. No obstante, cuando alargó una manó en dirección a Ciel, el cuerpo del niño se tensó y durante un breve instante a Sebastian le pareció atisbar un ápice de miedo en el ojo del pequeño. Con disimulo, el mayor dio media vuelta y volvió a recoger el pedazo de tarta—. Supuse que tendrías hambre al despertar, así que te he preparado algo de comer —anunció.
Como era de esperarse, Ciel mantuvo intacto su voto de silencio.
—Es tarta de Oreo. Recuerdo que la pediste en el Starbucks, así que pensé que te gustaría probar mi receta personal.
—Es muy considerado por tu parte… —Sebastian casi se sobresaltó al escuchar la voz de Ciel, sibilante y cargada de malicia—. Y dime, ¿esta vez también has utilizado droga como ingrediente secreto o eso lo reservas solo para los brownies?
Sebastian esbozó una sonrisa inexpresiva, de esas que nunca alcanzan los ojos.
—Así que lo recuerdas —dijo, y su tono de voz no delataba ni nerviosismo ni arrepentimiento.
—Todo —confirmó Ciel, entrecerrando los párpados.
—Ya veo… —Sebastian suspiró y le tendió el plato con el trozo de tarta—, pero te aseguro que la tarta está limpia, y después de todo lo que has pasado, deberías comer algo para recuperar las fuerzas cuanto antes.
De un manotazo Ciel mandó a volar el plato, que se estrelló de manera estrepitosa contra el suelo ante la mirada atónita de Sebastian, y aunque lo lógico habría sido enfadarse y recriminarle a Ciel su ingratitud, el mayor logró calmarse a tiempo. Solo por esta vez haría la vista gorda. Ciel estaba intentando provocarle, y él no iba a picar el anzuelo tan fácilmente.
—Vaya, creo que se te ha caído, iré a por otro —anunció.
—No quiero tu asquerosa tarta —masculló Ciel, temblando a causa de la rabia—, lo que quiero es irme a casa.
—Pues es una lástima, porque no puedes.
Sebastian podría haberse esperado mil reacciones y haber anticipado cientos de escenarios, pero que Ciel se arrebujase todavía más en el edredón que le servía de escudo y montase una rabieta, era toda una sorpresa.
—Así que no te basta con mandar a Claude para que me dé una paliza, ahora te haces el bueno conmigo y me retienes en tu casa en contra de mi voluntad… ¿A qué clase de juego enfermo estás jugando, Sebastian?
Sebastian frunció el ceño, no le gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación.
—Yo nunca envié a Claude para que te diese una…
—¡Mentiroso! —le interrumpió Ciel—. Él mismo me lo dijo.
—¿Y le crees a él antes que a mí? —le preguntó Sebastian sin poder creérselo.
—Teniendo en cuanta las ganas que tienes de librarte de mí, sí. Además, últimamente no me has dado muchos motivos para confiar en tu palabra, ¿no crees?
—Podría decir exactamente lo mismo —contraatacó Sebastian. Eso había sido un golpe bajo—. Después de todo, eres tú el que lleva meses haciéndome la vida imposible con tus chantajes y mentiras.
—Yo por lo menos no me dedico a drogar niños y luego les dejo tirados sin ninguna explicación.
—Eso fue un accidente, los brownies con maría no eran para ti —explicó Sebastian, haciendo uso de toda su paciencia.
—Me da igual, todo el mundo puede cometer un accidente, pero te aprovechaste de mí y para eso no tienes excusa —alegó Ciel, triunfante.
—Vale, en eso tienes razón —suspiró él, y entonces Sebastian hizo algo desconcertante, algo que nunca antes había sentido la necesidad de hacer—: Lo siento.
Quizás si Ciel y Sebastian se hubiesen conocido durante más tiempo, Ciel podría haberse dado cuenta de lo importante que era ese momento para una persona como Sebastian y haber apreciado la sinceridad de sus palabras, pero ese no era el caso. Además, Ciel era una mierdecilla rencorosa…
—Una disculpa no basta, y ahora llévame a casa.
—Te he dicho que no, todavía no puedes irte a casa. En primer lugar, tienes que descansar. Y en segundo lugar, es demasiado peligroso que un niño de tu edad ande solo por la calle a estas horas de la noche —repitió Sebastian por enésima vez, comenzando a cansarse de la testarudez de su pequeño compañero. Atarle a la cama y amordazarle sería mucho más efectivo que tratar de razonar con él.
Ciel le dedicó a Sebastian una sonrisita petulante, y el mayor sintió la tentación de estrangularle.
—¿Estás seguro de eso? Por si no te habías dado cuenta, llevo horas desaparecido. Seguro que mi tía estará muy preocupada. La pobre podría llamar a la policía en cualquier momento… si no lo ha hecho ya —terminó el niño, dejando que su sonrisa se ensanchase en una mueca victoriosa. Seguramente pensaba que acaba de dejar a Sebastian sin argumentos.
Sebastian tenía muchas razones para creer a Ciel y muy pocas para seguir llevándole la contraria. Por eso mismo, incluso él se sorprendió cuando su boca se movió sin su permiso para pronunciar la mentira del siglo:
—Ya he llamado a tu tía, y a ella le parece bien que te quedes aquí.
—Eso no puede ser verdad, mi tía se fue de viaje ayer y contactar con ella es prácticamente imposible —replicó Ciel sin pensar. Ni siquiera se dio cuenta hasta que fue demasiado tarde de que al desmontar la mentira de Sebastian, también había desmontado la suya propia.
—No me digas… —se burló el mayor, permitiendo que una sonrisita divertida se dibujase en las comisuras de sus labios—. Si tu tía está tan ocupada viajando, entonces no sé cómo ha podido percatarse de la ausencia de su querido sobrino.
—Cierra el pico, Sebastian —musitó Ciel, avergonzado por su desliz.
Sin embargo, antes de que Ciel pudiese seguir protestando, Sebastian se sentó en la cama y se acercó a él. Por acto reflejo el niño se pegó todavía más a la pared, y Sebastian descubrió que esa reacción le dolía más de lo que en un principio había creído posible.
—Te diré lo que vamos a hacer —dijo entonces él, tratando de utilizar un tono de voz relajado para que Ciel comprendiese que iba en son de paz—: esta noche te quedarás en mi casa y mañana por la mañana a primera hora te llevaré de vuelta a la tuya. ¿Te parece bien?
Ciel debía de estar más cansado de lo que parecía, porque al cabo de unos segundos asintió lentamente con la cabeza, dándole el visto bueno al plan del mayor.
—Sebastian —habló entonces Ciel, con un hilo de voz—, ¿puedes dejarme solo, por favor?
Era la primera vez que Ciel utilizaba las palabras "por favor" en un contexto que no fuese sarcástico o forzado, y Sebastian comprendió que el niño estaba hablando en serio.
—Por supuesto. Siéntete libre de llamarme si necesitas cualquier cosa —le ofreció, levantándose de la cama y dejando la puerta de la habitación entornada antes de salir.
OoOoO
El reloj del salón marcaba las tres de la madrugada cuando Sebastian volvió a despertarse. Su espalda estaba resentida después de llevar tanto tiempo tumbado sobre el sofá en la misma posición, pero eso no le impidió levantarse a toda prisa y subir las escaleras que conducían a la planta de arriba de la casa.
Sin molestarse en llamar a la puerta, Sebastian irrumpió en su habitación y corrió hacia la cama, donde la pequeña figura de Ciel residía hecha una bola.
—¡¿Ciel, estás bien?! —cuestionó él alarmado.
—Todo lo bien que se puede estar, considerando las circunstancias —le tranquilizó el niño, asomando la cabeza por debajo del edredón y alargando una manita para encender la lámpara que descansaba sobre la mesita de noche.
—Has gritado mi nombre —dijo Sebastian, exhalando un suspiro medio aliviado y medio irritado.
—Me dijiste que podía llamarte si necesitaba cualquier cosa.
—Y así es —afirmó Sebastian, cauteloso. El mayor sabía lo impredecibles que podían llegar a ser las peticiones del mocoso a veces…
—El caso es que no puedo dormir, me duele todo el cuerpo... —Aunque el porcentaje de que Ciel le estuviese diciendo la verdad era elevado, siempre cabía la posibilidad de que el pequeño se estuviese haciendo la víctima para convencer a Sebastian de lo que quiera que fuese a pedirle. Sin embargo, al mayor no le quedaba más remedio que fiarse.
—¿Quieres que te traiga algún calmante? Creo que hay un paquete de ibuprofenos abajo.
—No será necesario —respondió Ciel con soltura, y Sebastian se sintió aliviado al comprobar que el crío parecía haber recuperado —hasta cierto punto— su chispa descarada de siempre—, pero… ¿puedes quedarte conmigo hasta que me duerma?
Si Ciel hubiese sido un niño normal, Sebastian no habría dudado en decir que sí, pero por supuesto, Ciel no era un niño normal. Con él, cualquier precaución era mínima.
—Claro, me sentaré en esa silla de allí —dijo el mayor, señalando la silla que reposaba en frente de su escritorio, lejos de la cama—.Tú mientras cierra los ojos, la boca y procura dormir.
—Eso no va a funcionar —protestó Ciel, dirigiéndole a Sebastian una sonrisa dulce y extremadamente falsa—. Además, no puedo permitir que mi anfitrión pase la noche en una silla tan incómoda, sería muy desconsiderado por mi parte.
—Sobreviviré —replicó Sebastian con fluidez. Qué casualidad… de repente Ciel parecía mucho más educado que antes.
—Sebastian —empezó a decir Ciel, cortando la actuación de golpe y levantando el edredón y las sábanas a modo de invitación—, no quería recurrir a esto, pero… ¿sabes cuál sería una forma perfecta de compensarme por lo que ha pasado hoy? Dejando los rodeos a un lado y metiéndote en la cama conmigo.
Sebastian puso los ojos en blanco, pero al final se rindió y cumplió los deseos del niño, que inmediatamente se pegó a su cuerpo como una lapa.
—Antes parecías aterrorizado cada vez que me acercaba a ti —observó Sebastian, estirando un brazo para buscar a tientas el interruptor de la lámpara con el que apagar la luz—. Y no te pongas demasiado cómodo, solo me quedaré hasta que te duermas.
—Antes no es ahora. He tenido mucho tiempo para reflexionar —contestó Ciel, ignorando el último comentario del mayor.
—¿Y has llegado a alguna conclusión? —indagó Sebastian, disfrutando del escalofrío placentero que recorrió su espalda cuando las manos de Ciel se colaron por debajo de su camiseta, poniéndole la carne de gallina.
—Sí —musitó Ciel, enterrando la cara en el cuello de su compañero—, tú no eres Claude. Si dices que no has tenido nada que ver con lo de hoy, te creo.
—¿Y a qué debo este exceso de confianza?
—Bueno, has tenido muchas oportunidades y motivos para hacerme daño antes, y aún así nunca lo has hecho…
—Podría haber cambiado de opinión —sugirió Sebastian, pasando un brazo por encima del niño.
—Pero entonces no tendrías porque haberme ayudado. En lugar de traerme a tu casa, podrías haberme dejado allí. Nadie te lo habría echado en cara…
Sebastian asintió despacio.
—Pero no te confundas —continuó Ciel—, aún sigo enfadado contigo. —Como si quisiera demostrárselo, el pie del pequeño se estrelló contra la espinilla de Sebastian.
—No sé que es peor, si la fuerza de esa patada o que tus pies estén tan fríos —se mofó él.
Una vez más, el silencio se instaló entre ambos y Sebastian pudo relajarse al fin. No obstante, conciliar el sueño le estaba resultando una tarea imposible, ya que cierto problemilla le mantenía despierto y… tieso. Aunque no era de extrañar, con tanto roce y movimiento por parte de Ciel —siempre de manera accidental, por supuesto—, Sebastian se merecía una medalla por haber aguantado como un campeón durante tanto tiempo. Por suerte, Ciel no parecía haberse dado cuenta de nada. A lo mejor si se quedaba muy quieto...
—Sebastian —le llamó entonces el niño, adormilado.
—¿Sí?
—Tú polla está tan dura que se me clava en la tripa y me hace daño…
Y aunque Sebastian no podía verle la cara en la oscuridad, sabía que Ciel estaba sonriendo.
Y después Ciel y Sebastian foll-perdón, hicieron el amor, se casaron, tuvieron muchos hijos, hicieron muy felices a las fujoshis y patatín patatán este cuento se ha acabado... Aunque en realidad no xd. Aún nos queda un poco más de camino por recorrer.
En fin, quién lo iba a decir, por fin parece haber avances positivos entre estos dos. Sorprendentemente, no tengo mucho más que decir al respecto... aunque quizás vosotros sí (ya sabéis a lo que me refiero *guiño guiño*).
Por supuestísimo, gracias por los reviews y por leer (significa mucho para mí cuando alguien me deja un comentario o le da a favoritos).
