Capitulo XI
Candy sintió una oleada de emociones agolpadas en su pecho, pero tenía muy clara su respuesta:
-No voy a vivir contigo todavía, Albert- contestó secamente.
El joven se dio cuenta de que había dicho algo indebido en un muy mal momento.
-Oh, no, no. No es lo que te imaginas, no, no- negaba enseguida con consternación -Lo siento, lo dije muy mal- avergonzado buscaba la manera de explicarse pero luego se sintió herido - ¿Me crees capaz, Candy? Yo nunca te insinuaría nada antes de estar casados. Esta casa es grande y tiene varios cuartos. Podrías vivir aquí como amigos, como lo hicimos en la Calle Magnolia-
-Lo siento yo mucho más- Candy recapacitó y en realidad se sintió mal por su reacción -No sé por qué te respondí así –Ella le dio la cara con honestidad -No eres como los demás, eso lo sé yo más que nada. Pero...-
Era una idea increíble no lo negaba, por un momento voló su imaginación por toda la casa y quiso sonreír. Pero no podía ser, tan simple como eso.
Estaban los dos parados junto a la cerca a la sombra de los árboles, sin entrar ni al jardín ni a la casa.
-Es cierto, aquí podría vivir, aquí podríamos trabajar juntos, sí... Pero no ahora, Albert, ni tampoco como amigos. Ya no somos los que éramos en la Calle Magnolia...- le dijo con un dejo de tristeza y tal vez algo de nostalgia. Era mucho más fácil ser niña.
-Lo sé. Yo tenía amnesia y tú amabas a Terry-
-Así es- ella no entró en detalles. No podía decirle que todas las noches tenía deseos de él ahora que era una mujer y que por eso no soportaría vivir bajo su mismo techo cuando aún faltaba tanto para casarse.
Disimuló estar interesada en las cabras que correteaban por el jardín en ese momento. La chica fue a saludarlas mientras Albert se quedaba parado allí en el mismo lugar.
-Siento mucho haberme apresurado con esa proposición. Quiero que sepas que lo que me impulsó fue solamente el temor de que estés sola en un lugar tan desprotegido. Eso es todo- se disculpaba pesadamente, pues no podía retroceder el tiempo y hacer que nunca hubiera ocurrido esa proposición -Siento que te ofendí, cuando ya te han ofendido demasiado-
-No me ofendiste, Albert, porque no eres tú, soy yo- le dijo sin dejar de distraerse con las cabras -Yo no puedo ser como las demás, y en eso no soy tan experimentada como tú-
Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Albert.
-Yo no soy tan experimentado en realidad. Sólo porque tuve esos dos amores fugaces y desabridos en África...- pateó un piedra cabizbajo –Qué tontería es todo, la gente se apresura con eso de la experiencia y a la hora de la verdad estás igual de inexperto- se encogió de hombros -No estés pensando eso-
-Me da pena ser así pero no puedo ser de otra manera-
Comprensivo él se acerca a Candy, y ella ya no puede disimular atención por las cabras. Le da la cara.
-Candy, ven-
Ella se le acerca y gentil Albert le acaricia el rostro:
-Yo te amo por lo que eres. No quiero que seas como las demás-
-Pero yo me siento a veces mal por eso- confesó, y era algo muy íntimo. Aquello hacía sonreír a Albert.
-No te preocupes si no quieres vivir conmigo todavía- le decía con cariño -¿Eh? No pasó nada-
-Es que... No sé lo que me pasa, antes era menos enrollada. Vivimos juntos muy bien, pero ahora no puedo...-
-Candy, yo sé lo que te pasa. Pero me tomas mal si crees que yo pensaría en deshonrarte, que estoy muy arriba y que no sabré ir a tu paso. Esto es como una escalera, y los dos iremos escalón por escalón. Te lo prometo- sus ojos azules brillaban bajo el sol de la emoción.
Esa conversación la enterneció por completo y sus ojos se aguaron. Las manos de él seguían posadas sobre sus mejillas, con mucha delicadeza. Así era el trato de él con ella, pura delicadeza:
-Yo te esperé muchos años, y te esperaría toda una vida-
Le costaba reconocerlo o ser más abierta con ese tema. Asintió sin poder hablar.
-Vamos a hacer algo ¿Sí?- el besa sus manos -Regresemos al Hogar y busquemos pistas. Vamos a encontrar a esos malditos, ya verás ¿Y sabes cómo?-
-No, Albert, dime- se emocionó ella.
-Mis amigos Luke y Lady nos ayudarán-
-¿Luke y Lady?- repitió Candy.
-Dos de mis mejores perros rastreadores- le explicaba con una sonrisa y ella se entusiasmó como una chiquilla -Los cazaremos, Candy-
La chica sonrió de oreja a oreja.
Se les presentaba a ambos un aventura, así lo vio Candy. Del miedo había pasado a la excitación, a la cacería de malhechores.
-¡Sí, vamos a cazarlos, Albert!- rió como una niña y juntos entraron a la casa y buscarían a los perros y montarían en dos caballos para llegar al Hogar y empezar su investigación.
-¿Qué rayos?- Neil se levantaba pesadamente de la cama a las once de la mañana con flojera para atender el teléfono.
-ATIÉNDELO- chillaba Eliza desde la puerta del cuarto -Yo no tengo que estar atendiendo tus llamadas-
-ALÓ- graznó Neil a la bocina.
El joven escuchó a su interlocutor un rato en silencio.
-¿Que qué?- balbuceó - ¿Pero quién les mandó hacer eso?- decía Neil más irritado -Ajá, no, no, okay, si... ¿Qué? ¿Que Candy qué? ¿Con un hacha?-
Enfadado con el teléfono le espeta:
-Pero yo no ordené nada ¿Por qué rayos hicieron eso? Oh no, no sé nada, yo estaba aquí en mi casa. No, no sé, no- agitado recorría la habitación en pijamas.
Al fin pasa del enfado a la confusión:
-Estúpidos. No, no hagan nada. No sé...- sacudía la negra bocina mientras sostenía la pesada base del aparato de mala gana- ¡Tenemos que reunirnos! Sí, sí, sí, okay, nos reunimos allí, sí. ADIÓS-
Neil Leagan cuelga y se queda con los ojos clavados en la ventana y estaba muy ofuscado.
