Creo que cumpliré casi un año sin publicar esta historia... wow, pero necesito terminar lo inconcluso en ella. Desde el otro lado nace como regalo a mi mejor amiga, pero simplemente le perdí el gusto y estuvo apunto de terminarla de la peor manera, por eso me detuve. Es una historia corta que no necesita de mucho, espero les guste este capitulo, tanto como me gustó a mí.
Besos
Isa
Desde el otro lado
Te amo, tal y como eres
Cuando Sam abrió los ojos, supo que algo había cambiado, no parecía estar en un sueño como lo sentía antes; era tan real como irreal. Le parecía imposible creer que todo lo que había vivido era una mentira, algo que había soñado nada más.
Se levantó percatándose del silencio en la casa, su madre no estaba o estaba durmiendo, de todas formas ella nunca fue una mujer de hacer desayunos por sus hijos, ni nada parecido. Buscó entre sus cosas algo que ponerse, para luego darse una ducha rápida. Se detuvo un segundo antes de salir, ella no podía creer la situación en la que vivía; después de haber vivido en carne propia la vida como una Benson, su realidad, no parecía tan buena.
Salió del remolque y comenzó un largo recorrido hasta la escuela. Nunca fue estudiosa, no quiso sobresalir, pero ahora se había dado cuenta que tal vez, solo tal vez, estudiar un poco y esforzarse, no estaba tan mal. El recorrido por el parque y calles de Seattle fue tranquilo, esa parte la extrañaba. La libertad de vagar a su antojo, pero no podía negar que, esa sobreprotección, le agradaba ya que se sentía querida y amada.
Sam se encogió de hombros, muchos de los pensamientos que tenía en su mente eran vagos e inconclusos. Subió las escaleras de la entrada principal, respiró profundo antes de entrar y enfrentarse con la nueva realidad. Al principio se sintió cohibida, esa mañana cuando decidió que lo mejor era cambiar un poco su estilo, más por ella que por otra persona, no pensó sentirse así.
A lo lejos vio a Freddie y a su amiga Carly, estaban hablando o Carly era la que hablaba y él se limitaba a asentir, tenía la mirada fija en la dirección por donde venía Sam, solo que no la había notado. La rubia no pudo evitar sonreír, algo de ese cuadro le parecía gracioso; Carly hablando de sabrá Dios que chico y él escuchando o aparentando escuchar.
-Deja al pobre chico, no le importan tus citas, Shay –a esas alturas, Freddie tenía sus ojos fijos en ella y dibujaba una sonrisa en los labios, con un poco de sorpresa.
-Sam, viniste… -dijo Carly sorprendida, de seguro pensaba que iba a escapar.
-Claro, mamá nunca se pierde una clase –la rubia les guiñó un ojo antes de abrir su casillero.
Freddie esbozó una sonrisa, esa era una gran mentira, algo la tenía que impulsar a asistir y esperaba, muy en el fondo, que el causante fuera él. El timbre de entrada resonó por todo el lugar, no les dio tiempo de hablar. Para cuando llegaron al aula de clases, Sam y Freddie se sentaron a una distancia considerablemente cerca.
Matemáticas nunca había sido tan aburrida para Freddie, la presencia de la rubia lo distraía y los besos de la noche anterior, esos recuerdos, inundaban su mente tentándolo por más. Mientras la profesora estaba entretenida explicando unos ejercicios, él decidió actuar; escribió en un papel, una nota para Sam. La rubia vio desde el rabillo del ojo como le hacía señas, se giró y tomó la nota extrañada.
"Hoy en la noche, no te habrás olvidado de eso, Puckett"
Sam sonrió y negó con la cabeza antes de responder.
"Tranquilízate, ñoño. Mamá nunca olvida…"
Esperó unos segundos antes de recibir su respuesta.
"Ponte algo bonito y trata de ir con el estomago vacio porque te va a encantar"
Sam comenzó a reír y a negar con la cabeza.
"Mi boca y yo estamos listas para lo que sea…"
Ella vio de reojo como él se mordía el labio, había entendido bien el doble sentido en esas líneas. Se sonrojó y cubrió su rostro con sus manos, ese maldito nerd la iba a volver loca y por desgracia, le encantaba la sensación.
Con el pasar de las horas, se le hizo imposible concentrarse. Primero, ¿Qué llevaría? Ella no era de esas chicas que conservaba ropa fresita en su armario. Tal vez, su hermana Melanie tenía algo guardado en su armario y estaba más que dispuesta en saquearlo, para salvar su noche con él.
Carly, como era de esperarse, la ayudo a peinarse y vestirse; de todas formas, Sam no es de esas niñas que cuidan su imagen. Toda la tarde se quejó, no le gustaba el peinado, tampoco el maquillaje. Ella tenía esa loca idea en la cabeza que, mientras más sencilla mejor.
-Estás arruinando mi obra de arte… -gritó Carly desde la cama.
-Cállate, Shay. Sí el ñoño quiere salir conmigo, tiene que aceptarme como soy –sentenció la rubia muy segura de sus palabras. –Además, parecía un payaso… ahora estoy mejor.
La morena hizo una mueca, no estaba de acuerdo con el escaso maquillaje en la rubia. Suspiró y se acercó a ella.
-Estoy muy orgullosa, este paso que estás dando… tu cambio, todo –susurró Carly con lágrimas en los ojos. –Siempre me los imaginé juntos.
-¿En serio? –Preguntó Sam sorprendida.
-Sí, cuando Freddie se unió a nuestro extraño dúo y pasamos a ser un trío, de lo más extraño debo decir –las risas no se hicieron esperar por parte de ambas chicas-, tenía la leve corazonada que quedarían como pareja o juntos como amigos. Pero esa ilusión caía por el comportamiento de Freddie y tu forma de tratarlo. Jamás imaginé que si, en definitiva, Sam Puckett sentía algo por él.
La rubia la miró fijamente desde el espejo y suspiró.
-No es que sintiera algo por él desde el principio, todo fue celos y ganas de hacerlo desaparecer por querer robarse a mi única amiga –Carly sonrió y ella le correspondió. –Pero sí, a medida que pasaron los años, me comenzó a gustar… y creo que estoy enamorada de ese cerebrito.
Sam se dejó caer en la cama y suspiró, la morena por su parte, no se esperaba tal confesión.
-¿Y qué piensas hacer?
-No lo sé, Carly. El chico no sabe lo que hace, tal vez solo fue el beso y todo lo demás, pero en definitiva no soy su chica –Sam guardo unos segundos de silencio-. No está tan loco para hacerlo, ya sabes…
Tres golpes en la puerta la hicieron saltar, ella sabía que era estúpido hacerlo, que estar nerviosa era una locura. Sam miró a Carly que sonreía de oreja a oreja por su reacción y le dijo que se fuera, que no se olvidara de contar todos los detalles.
-No puedo salir así… -chilló desesperada mientras se señalaba.
-¿Estás demente? Te ves súper hermosa, Sam –dijo Carly girándola para que se observara en el espejo. –Una par de jeans ajustados, una camisa hermosa con unas argollas y zapatos al juego. Además de tu cabello suelto y ordenado, estás hermosa.
La rubia suspiro e intento calmarse, tal vez tenía razón. Caminó a paso lento hasta la puerta de entrada y suspiró. Cuando abrió la puerta se quedó sin aliento, ambos se quedaron sin aliento. Freddie tenía un aspecto increíble, nunca pensó verlo de esa forma. Una chaqueta negra, con una franela gris y unos jeans negros; definitivamente ese no era el chico bobo al que solía humillar.
-¿Estás lista? –la voz del castaño salió forzada y con un poco de temblor en ella, estaba nervioso.
-Sí… -se limitó a responder.
Ambos caminaron hasta el coche, él le abrió la puerta y le levantó una ceja, ella no pudo evitar girar los ojos y sonreír. El resto del viaje en el coche fue silencioso y tranquilo, no incomodo como pensaron que sería. Cuarenta minutos más tarde, Sam no pudo evitar gritar de emoción. Estaban en el restaurant más famoso de Seattle, bueno uno de tantos, "Icon Grill".
-¿Estás seguro que es aquí? –Preguntó como si fuera una niña haciéndolo reír también.
-Sí, Ahora usted y yo tendremos una cena, estilo Puckett –Freddie le guiñó un ojo antes de salir.
El corazón de la rubia martillaba con fuerza en su pecho, ¿Estaba alucinando o Freddie coqueteó con ella?
-Vamos, Princesa Puckett, muero de hambre –él se veía muy tranquilo, pero la verdad era que por dentro moría de nervios.
Cuando entraron, a Sam casi se le cae la mandíbula. Los olores, la decoración, todo era perfecto. La cena transcurrió con normalidad, hablaron de muchas cosas, menos de la que verdad importaba. A Sam le parecía decepcionante, pero le brindaba una sensación de alivio al mismo tiempo. Freddie pagó la cuenta y volvieron al coche, su noche se había terminado o al menos eso pensaba la rubia.
-¿A dónde vamos? –preguntó de pronto, ese no era el camino hacia Brushwell.
-Ya lo verás, es algo que solía hacer con mi padre, pero… -Sam notó como su sonrisa se borró y luego negaba con su cabeza. –Nada, ya lo verás.
Ella decidió no preguntar, respetaría su silencio al menos por esta vez. Cuando llegaron, ella se sorprendió.
-¿La marina?
-Sí, acompáñame –susurró Freddie con voz ronca. Sam se sorprendió al escucharlo, pero no quiso decir o hacer algo al respecto.
Llegaron hasta un pequeño bote, bueno… depende a lo que se crea como pequeño porque para Sam eso era inmenso. El primero en subir fue Freddie, luego le tendió la mano a la rubia para que subiera.
-¿Sabes hacer esto? –preguntó con voz temblorosa.
-No temas, te va a gustar… -dijo el castaño antes de encender el motor de la lancha y comenzar su recorrido.
La rubia no podía estar más maravillada, no había visto la ciudad desde allí y menos de noche. Las luces y edificaciones, todo parecía tan irreal. Ella no se dio cuenta cuando Freddie apagó el motor y se acercó hasta abrazarla.
-¿Te gusta? –Al principio ella se tensó, pero lentamente se dejó reconfortar por la tibieza de su cuerpo.
-Sí…
-Tenía planeado hacer esto con alguien especial… desde hace mucho –el corazón de Sam se estrujo de dolor.
-¿Por qué malgastar algo así conmigo? –Su voz falló gracias al nudo en su garganta.
Freddie no respondió de inmediato, se limitó a hacer silenció hasta encontrar las palabras correctas.
-Cuando era más niño y te conocí, me dejé deslumbrar por la belleza exterior de Carly, pero tú siempre te interponías en mi camino. Te burlabas y me humillabas a cada segundo –la rubia se encogió ante sus palabras y sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. –Pero me hiciste ver, siempre lo hiciste… me decías que ella nunca me iba a querer y creo que siempre lo supe. Cuando compartimos nuestro primer beso, fue como… fue como estar en caída libre todo el tiempo. Fueron segundos tan cortos que deseé tener un botón de pausa y alargarlo.
Sam se giró sorprendida. Sus ojos marrones tenían un brillo especial y sus labios una sonrisa.
-Tarde tanto para entender porque me dejaba golpear y maltratar, nunca fui débil, solo te complacía porque eso te hacía feliz –la boca de la rubia se abrió un poco por la sorpresa. –Sin embargo, estaba condenado a fingir que no me gustaba lo que hacías hasta la otra noche, cuando me besaste…
Sus labios se acercaron peligrosamente a los de ella, su respiración entrecortada chocó con la suya y le hizo estremecer. Todo parecía irreal, sin embargo, era tan perfecto que no lo creía. Freddie le correspondía de una forma que nunca creyó capaz. Ella había cambiado tanto, su viaje a otro universo. Era un poco más estudiosa de lo normal y había algo diferente en ella que resultaba atrayente para Freddie, más de lo que ya le atraía.
Freddie atrapó el labio inferior de Sam haciéndola estremecer, las manos de la rubia se cerraron en su cuello con fuerza, temiendo desfallecer por ese acto.
-¿Quieres ser mi novia? -susurró Freddie. Sus frentes unidas y sus labios a punto de tocarse nuevamente. Solo hacía falta una respuesta.
-Si quiero... -Sam soltó todo el aire que tenía en sus pulmones, para luego ser besada por él.
-Te quiero… -le susurró entre besos y ella solo se dejaba besar. –Estoy enamorado de ti, desde hace tanto, Sam…
Él la miraba a los ojos, buscando algún signo de miedo.
-Yo también… -susurró la rubia antes de besarlo con todas sus fuerzas.
Pasaron esa noche entre besos y confesiones, era una noche perfecta.
Por otro lado, la Señora Benson daba vueltas en la sala de los Shay. Se veía molesta y nerviosa al mismo tiempo. Eran las siete de la mañana y ninguno de los dos había vuelto.
-Te juro que si esa niña le hizo algo a mi Freddie… -fue interrumpida abruptamente.
Sam y Freddie llegan agarrados de la mano y con una mirada soñadora en el rostro.
-¿Qué le hiciste a mi bebé? –Reclamó Marissa a gritos.
-Nada… -suspiró antes de despedirse con una seña y subir las escaleras lentamente.
-¿Freddie, qué tienes que decir? –Preguntó ella en reproche.
-Nada, solo que estoy feliz –susurró de forma audible antes de dar la media vuelta y dejar a todos sorprendidos en la sala.
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