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Regina se marchó del piso y, justo después del portazo, sentí como todo mi cuerpo perdía las pocas fuerzas que le quedaban después de la discusión. Mi corazón se rompió en tantos pedazos que ni en tres vidas habría podido contarlos. Me acosté en la cama y lloré desconsoladamente. Lloré como hacía años que no lo hacía. Lloré porque había roto una de mis promesas más importantes: Nunca te hagas ilusiones con nadie. Espera siempre lo peor de la gente y no permitas que te dañen.

Regina me había dicho cosas de las que tardaría muchísimo tiempo en recuperarme. Pero también era consciente de que yo la había acusado de lo peor que se me podría haber ocurrido. Debería haber confiado en ella. Pero después del miedo que había pasado al descubrir que la nota era de su madre no pude pensar con claridad. Ambas dijimos cosas horribles y, sin embargo, yo no podía dejar de pensar en el daño que le debía de haber hecho.

Al día siguiente llamé al trabajo para decir que estaba enferma y que no podría ir. No estaba enferma de verdad, pero me sentía tan débil que el simple hecho de levantarme de la cama me habría supuesto gastar todas mis fuerzas. Me sentía horriblemente mal en todos los sentidos. A penas había dormido, llevaba horas sin comer nada y no hacía falta ya ni hablar del estado emocional. Lo peor es que sabía que debería enfrentarme a Ruby en cuanto llegara a casa y no me sentía para nada preparada.

Dejé que mi mente fluyera sin frenos. Necesitaba esa negatividad, necesitaba sentir el dolor para recordarme más tarde que no debía albergar sentimientos por nadie. Pero Ruby no tardó mucho en aparecer y sabía que había llegado el momento de parar. Mi mejor amiga no me dejaría seguir tirada en la cama, a pesar de que era todo cuanto deseaba.

-¡Em! ¿Estás en casa? - oí las llaves que caían sobre el cuenco que había en el mueble del recibidor.

-¡NO! - chillé desde mi habitación. Oí a Ruby acercándose a mi habitación y sentí alivio y rechazo al mismo tiempo.- Te he dicho que no estoy.

-Lo sé. Te he oído. - se tumbó a mi lado en la cama. -¿Quieres hablar de lo que ha pasado?

Me preocupaba parecer que estaba hecha un desastre. Aunque sabía que lo estaba porque Ruby solo usaba ese tono tan serio cuando algo iba realmente mal. Estuvimos tumbadas en la cama durante un rato, en silencio. Sabía que ella esperaría el tiempo necesario mientras encontraba el valor suficiente para hablar. Cuando al fin lo hice, le conté todos los detalles de lo que había pasado el día anterior.

-¿Su madre? ¿La loca de los experimentos? Joder, ¡qué miedo!

-No estás ayudando precisamente - le reproché.

-Está bien, lo siento. ¿Qué es lo que más te preocupa?

-No sé, sabía que no había podido saberlo. Tenía claro que ella no me haría algo así. Pero cuando me dijo que era su madre, sentí mucho miedo y… perdí los papeles. Y luego ella me dijo cosas horribles. Pero yo también y no sé cómo estará. Le prometí que no iba a culparla y lo hice...

-Estás enfadada pero te sientes culpable - sentenció Ruby.

-Sí…

-¿Te das cuenta? Te he preguntado qué era lo que más te preocupaba y la respuesta ha sido ella. No me gusta lo que te dijo, Em, y sé que te ha hecho daño. Pero también sé que hay algo especial, diferente, entre vosotras. Y creo que no deberías estar dispuesta a perderlo por una discusión.

-¿Y qué hago, Ru? - la miré, suplicando unas instrucciones para solucionar mi problema con Regina.

-Te sientes culpable. ¿Por qué no empiezas por pedirle perdón? Dile cómo te sentiste, por qué lo hiciste. Así quizá ella se dé cuenta de que también hizo cosas mal y podáis arreglarlo.

-Tienes razón.

Hice el intento de levantarme de la cama para meterme en la ducha e ir a buscarla pero Ruby me retuvo cogiéndome del brazo.

-Hoy no, Em. Dale tiempo para pensar. Creo que tanto tú como ella lo necesitáis. Ya irás mañana, cuando salgas del trabajo. Créeme, es lo mejor.

Decidí que Ruby, por ese día y sólo por un día, era la voz de la razón y le hice caso. Nos pasamos el resto del día viendo series que teníamos atrasadas y comiendo palomitas. Hacía mucho tiempo que no lo hacíamos y era reconfortante volver a hacerlo. No dejé de pensar en Regina pero, ciertamente, me ayudó a relajarme.

Al día siguiente tenía un millón de cosas atrasadas en el trabajo. A primera hora tenía una entrevista, tenía otras tres entrevistas que editar para la revista y al final del día todavía me quedaba más trabajo y otra entrevista. Todo el mundo se había ido ya, cuando todavía seguía en mi despacho. Aparté mi vista del ordenador cuando oí mi nombre.

-Buenas noches, Srta. Swan. Váyase a casa - me recomendó mi jefe desde el otro lado de la puerta.

-Buenas noches, Sr. Gold.

Los golpes del bastón contra el suelo me distrajeron durante unos minutos hasta que ya no pude oírlo y seguí con mi trabajo. Cuando finalmente terminé, sentí que era demasiado tarde para ir a casa de Regina. Seguramente estaría cansada y no tendría ganas de perdonarme. Por no hablar del miedo que me había entrado a que no me perdonara. Decidí esperar al día siguiente, que tendría la mañana libre.

Y eso fue lo primero que hice después de desayunar. Cogí el coche y me dirigí a casa de Regina. Su puerta ya me resultaba muy familiar y podía perfectamente distinguirla, a pesar de que la calle estaba repleta de las mismas casas. Los mismos porches, los mismos portales. Pero el manzano que había justo delante de su puerta la hacía reconocible.

Salí del vehículo, caminé hasta su puerta y, después de unos cuantos minutos de intentos fallidos, llamé al timbre. Esperé un tiempo hasta que volví a llamar. Y seguí esperando unos minutos más. Pero nadie salía. No había nadie. Entonces recordé que quizá estaría en el hospital, porque tampoco oía a Lola ladrar. Y Regina y Lola siempre estaban juntas.

Volví a meterme en el coche y conduje hasta el hospital, más nerviosa de lo que había estado hasta el momento. Sabía que allí la encontraría seguro, y que debería enfrentarme a todos mis sentimientos. Puse la radio, en un intento desesperado de hacer desaparecer mis agitados pensamientos, pero no funcionó. Sonó Enchanted y todos los recuerdos de esa noche se precipitaron en mi cabeza. No podía creer lo estúpida que había sido con Regina. Tenía que solucionarlo como fuera.

-Perdona, estoy buscando a Regina Mills - le comuniqué a la mujer de la recepción cuando llegué, con la intención de que me indicara hacia dónde me podía dirigir.

-Lo siento, la doctora Mills no se encuentra en el hospital en estos momentos.

La respuesta me sorprendió y tardé algunos segundos en reaccionar.

-Pero tampoco está en su casa. ¿Dónde está? - lo pregunté más para mí que para la recepcionista, pero me dio una respuesta de todos modos.

-No lo sé - levantó los hombros y siguió con su trabajo. Pero yo no había llegado hasta ahí para darme por vencida a la primera de cambio.

-Pues déjame hablar con alguien que lo sepa - me di cuenta de lo directa e, incluso, grosera que podía sonar pero necesitaba desesperadamente una respuesta y el hecho de no encontrar a Regina me ponía todavía más nerviosa.

-Espérese un segundo en esa sala y ahora le atenderán.

Seguí las instrucciones porque sabía que no tenía otra opción que confiar en la competencia de la mujer que me acababa de atender. Me senté y esperé, mientras la inquietud crecía dentro de mí. Noté como mi pierna hacía movimientos involuntarios para descargar la tensión que estaba sintiendo. Entonces vi acercarse hacia mí una pelirroja con bata y cara de pocos amigos. Sabía que era a mí a quien buscaba porque me miraba fijamente mientras avanzaba.

-Emma, soy Zelena Green. Vamos a un sitio más privado.

Y así, sin asegurarse siquiera de que la seguía avanzó hacia el sitio de dónde había salido. Me apresuré en levantarme y caminar detrás de ella. Sus largos pasos me complicaban la tarea pero no tardamos mucho en llegar a lo que parecía su despacho. Era elegante y estaba decorado con muy buen gusto. Me senté en la silla que me indicó y aunque no me gustaba el tono autoritario estaba decidida a aceptarlo hasta que supiera dónde estaba Regina.

- Emma, Mel me ha dicho que has entrado preguntando por Regina. ¿Es eso lo que has venido a hacer? - la pregunta me pareció bastante obvia pero le contesté de todos modos.

-Sí, necesito hablar con ella.

-¿De qué?

Podía aceptar el tono autoritario durante un rato pero no iba a dejar que se inmiscuyeran en mis asuntos, y menos alguien que no conocía de nada.

-Perdona pero, ¿a ti qué más te da? He venido a hablar con ella, no contigo.

-En ese caso, Regina está muy ocupada con el proyecto y no desea que nadie la moleste así que, sintiéndolo mucho, no te puedo decir dónde está.

Me enfureció su respuesta más de lo que cabía esperar pero, por un momento, controlé mis sentimientos para llegar a mi objetivo. Sabía quién era Zelena y lo que significaba para Regina y si alguien sabía dónde se encontraba esa era ella. Me contuve para no estallar e hice lo único que se me ocurrió en ese instante. Lo único que podría ayudarme.

-Está bien, señorita Rotenmeyer - bufé. -He venido a pedirle perdón. Supongo que lo sabrás pero tuvimos una discusión horrible hace dos días y lo único que pretendo es decirle que lo siento, ¿vale? Que fue todo culpa mía y no debí decirle todo lo que le dije - mi mirada debió de hacer mella en el corazón helado de la bruja esa y pareció un poco más dispuesta.

-Emma, Regina se vio muy afectada por la discusión que tuvo contigo, entre otras cosas, y le obligué a tomarse unos días libres. Si de verdad quieres ayudarla, déjala reflexionar, respirar y cuando esté lista, volverá. Además, no se encuentra en el país en estos momentos así que es inútil que intentes hablar con ella.

-¿Cómo? ¿Fuera del país? ¿En qué país está?

-Emm-

-Por favor… Mira, sé que eres su mejor amiga y quieres lo mejor para ella. Lo entiendo, hemos hablado de ti en más de una ocasión. Pero necesito pedirle perdón y tú sabes que ella necesita que le pida perdón. Sólo quiero arreglar las cosas entre nosotras y te prometo que no haré nada que le haga sentir mal. Sé que fui una imbécil y me arrepiento pero quiero arreglarlo - fui honesta por una vez en la vida y esperaba que eso me recompensara.

Zelena me miraba, intentando decidir lo que era mejor para Regina. Pero finalmente se dio por vencida.

-Se ha ido a ver a Sidney, el jefe de cirujía del hospital de Finlandia. Ese en el que estudió. Pasará allí un par de semanas.

Sonreí a modo de agradecimiento e hice el intento de salir del despacho para ponerme en marcha. No había tiempo que perder.

-Emma.

-¿Sí?

-Si le haces más daño, te juro que acabaré contigo.

Me fui con la amenaza añadiendo un peso más con el que cargar. En cuanto llegué a casa, encendí el ordenador y compré un billete en el avión que salía por la noche para Helsinki. Investigué dónde se encontraba realmente el hospital y alquilé una habitación en el hotel más cercano. Llamé al trabajo y avisé de que tomaría todos los días libres que tenía acumulados y que no me esperaran en una semana por lo menos. Tuve tiempo suficiente de hacer las maletas y dejarle una nota a Ruby explicándoselo todo.

-Me voy a Finlandia- dije en voz alta.