Holaaa! Aquí estoy de vuelta, con ese "momentillo 3x19" que prometí en la anterior parte. Digamos que es un "kit kat", un pequeño respiro para aquellos corazoncitos delena que tanto hemos pedido (porque aqui me incluyo, je) un instante de ellos... O algo mínimamente parecido a un instante de ellos (lo entenderéis cuando terminéis de leer este capítulo, jiji). De nuevo, gracias especialmente a Avarel, si no hubiera leído tu comentario no habría escrito esta escena, porque no la había imaginado en mi cabeza anteriormente. Y ahora me alegro de haberlo hecho, porque "creo" que no me desmadrará mucho la historia que tenía pensada, y porque, efectivamente, yo también los sentía un poco lejanos el uno del otro. Sobretodo por parte de ella hacia él.
Por último, deciros que, tras leer este capítulo, me apetecía explicaros a grosso modo la imagen que hizo que empezara a escribir este fic, tras años y años sin atreverme a retomar "la escritura". Espero me perdonéis por concederme esa "licencia", je.
Gracias a los que seguís asomando por aqui! Besos mil!
Lillian no dice nada, pero alza la vista. Parece un tanto... pensativa. Ensimismada.
Demasiado concentrada para ser una alucinación superficial.
- ¿Llevas mucho rato aquí?
- El suficiente- sus ojos se dirigen unos instantes a una estantería a la espalda de él, y vuelven nuevamente la vista al vampiro, analítica-. Estás empapado.
- Si eso es algún tipo de acusación, no surte mucho efecto, lo siento. Más bien deberías disculparte tú por dejarme tirado ayer de esa forma tan... repentina.
- Claro- y el tono mordaz de ella le convence de la inutilidad de esperar la disculpa en cuestión-. No puedo estar en este estado demasiado tiempo, y hoy menos de lo habitual, así que... Háblame de la sangre.
- No me gustan las mujeres mandonas.
- Y a mí los no-muer...vampiros cretinos.
Sí, definitivamente se va encontrando un poco mejor por momentos. Se agita con fuerza para dejarle a ella más constancia de su pelo mojado, se acerca al sofá, se sienta pesadamente sobre él... y suspira relajado.
- ¿No te tocaba a tí ahora? Yo te intenté enseñar lo de la compulsión, y tú me estabas contando en qué consistía la "tortura" que me hiciste aquella vez antes de largarte por las buenas sin ninguna bonita despedida previa.
- No era "tortura". Y te lo conté. Otra cosa es que tú, en tu limitada inteligencia, no lo entendieras.
- O que tú, en tu limitado vocabulario, fueras penosamente escueta.
- Ya te lo dije, Damon: no había encantamiento de por medio; mi Rama, al igual que la tuya, no puede usar la magia. Tan solo... moví tu aura un poco.
- La "comprimiste", dijiste- pone "cara de puchero" (su madre la llamaba así siempre que lo hacía)... y nuevamente se siente confuso por recordar de la nada un detalle como ése, si bien no dice palabra alguna al respecto. ¿Por qué no deja de venírsele ahora su madre a la cabeza, tras ciento cincuenta años sin recordarla?
- Sí, bueno: mover, comprimir,... Tanto da. Las mantenedoras podemos hacer ese tipo de cosas. Vemos, olemos, sentimos los hyaleyas de los seres, o las auras en vuestro caso, y...- parece cansada. Y casi podría jurar que está más... ¿blanca? que el día anterior. Algo en su interior le hace tragar saliva (¿preocupación? Oh, por favor...), y, bufando teatralmente, la interrumpe:
- Detente, que con esa cara que me traes me temo que voy a escucharte aún menos que ayer. Mira que te tengo dicho que no deberías dedicarte a la bebida hasta altas horas de la madrugada, fisgona. Todo bien por las "tierras mantenedoras", ¿no? Vamos, reconócelo: les has hablado a tus hermanas de mí, y ha habido pelea de gatas por conseguirme hasta las tantas, ¿verdad?- lanza un suspiro fingidamente cansino, y continua muy dramático- ¿Habéis derramado mucho alcohol por mis huesos?
Como toda contestación, ella se cruza de brazos frunciendo el ceño, y Damon sonríe.
- Tendrás que explicarme eso de los hyaleyas más adelante, pero... venga, hoy me he despertado generoso, así que... ¿qué quieres saber ahora de la sangre?
Si no fuera porque es harto complicado (¿de doña "solo tengo mosqueos absurdos"?) diría que la mujer parece presentar un ligero tinte agradecido en medio de su enfado. Y un también seguro imposible calorcillo parece calentar sus dedos y algo más en su interior. Es una ilusión, evidentemente, pero... resulta agradable creérsela por unos instantes.
Más o menos.
- No entiendo cómo es posible que podáis perder el control con tanta facilidad por un simple... ya sabes, "sorbo" de sangre. Quiero decir, ahora mismo casi podrías parecer un hombre normal-ante las cejas disparadas al techo de Damon, ella se corrige-, o algo mínimamente parecido a un humano especialmente desagradable, pero humano a fin y a cuentas. Pero siempre que estáis frente a la sangre...
- "Perdemos el control". Es una buena manera de definirlo, sí.
- Pues no lo entiendo. Nosotras también necesitamos parte de la "energía" que controlamos en el Equilibrio, nos "alimentamos" (como dirías tú) -término que, evidentemente, sigue sin gustarle- de ella, pero en todo momento seguimos siendo nosotras. Es algo necesario, pero no tenemos esa... ¿ansiedad? que parece sí tenéis vosotros. ¿A qué es debida? ¿Cómo surge? ¿Por qué surge?
Damon se revuelve el pelo, pensativo, sabiendo que tiene la atención más absoluta de Lillian... Y sin ánimos por tomarle el pelo en esos instantes para hacerlo. Quizás sea por su rostro cansino, o por la fuerza que parece haber impreso en cada una de las palabras que ha emitido la mujer; puede notar su auténtico interés en comprender traspasando su propio cuerpo. A saber...
O simplemente es porque, definitivamente, le da la impresión de que hoy no es un día demasiado agradable para ella... y no quiere molestarla más allá de lo estrictamente necesario.
Quién lo diría.
- Es difícil hablar de sensaciones, y me da la "ligera" impresión de que es, a fin y a cuentas, lo que me estás pidiendo que te explique, ¿no? Déjame pensarlo...
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Se está descontrolando.
Al principio, y tras el susto inicial por escuchar la voz de Damon surgida de la aparente nada, no se dio cuenta. Tan sólo escuchaba, y en medio de su ordenados pensamientos, el único sentimiento que parecía tener cabida era el de la contrariedad. A fin y a cuentas, si realmente existiese una "figura" que estuviese hablándole a Damon, de seguro que tendría la otra mitad de la conversación, mientras que a Elena sólo se le permitía escuchar la parte de él. Frase de Damon, silencio; frase de Damon, silencio. Una cadencia que, lejos de hacerla entender algo de lo que debía estar sucediendo en la cámara, la mareaba intentando discernir cuáles podrían ser las palabras que ella no oía.
Sí, realmente molesto.
Pero claro, el no enterarse de la parte "ausente" la hizo centrarse aún más en la voz de Damon, para intentar captar el sentido del diálogo. En su sarcasmo hiriente, su tono agridulce, la tibia preocupación que tan bien sabía camuflar en su voz pero que ella había llegado a comprender no mucho tiempo atrás. Algo debía pasarle a la "aparición" en cuestión, dado que lo escuchó deteniéndola con una palabrería ridícula... Que escondía un fondo preocupado por quien fuese que estuviese con él. Aquél era el Damon que había permanecido con ella durante un año, juntos, peleando contra quien quisiera hacerles daño a ellos o a los que les rodeaban. Ése era el verdadero Damon. El que, cuando se alarmaba, ocultaba todo bajo un manto de ironía casi hiriente.
Su Damon.
Y entonces, justo en ese instante, una pregunta se había colado de golpe en sus oídos:
- Tendrás que explicarme eso de los hyaleyas más adelante, pero... hoy me he despertado generoso, así que... ¿qué quieres saber ahora de la sangre?
Sangre. Damon y sangre. El Damon al que su parte humana echa de menos, junto con la sangre que su nueva parte vampírica la hace anhelar a todas horas.
La respiración que había llegado a serenar poco a poco parece de nuevo erigirse en cruel batalla para hacer reventar su pecho. Sabe que podría detenerla en cualquier instante, ya no la necesita para seguir existiendo; pero aún le quedan reminiscencias de su pasado humano, por lo que no consigue detenerla instantáneamente.
Damon y sangre. Damon. Su Damon.
No se da cuenta cuando su mano comienza a acariciar su propio cuello, a pesar de torcer la cabeza hacia ese mismo lado, cual gato recibiendo una caricia que no esperase. Por unos instantes, imagina lo que sería ser besada en el cuello por una boca rojiza que también la mordiera y la hiciera vibrar en sarcasmo y enfados.
Una boca como la de él.
- "Perdemos el control". Es una buena manera de definirlo, sí.
La respiración se agolpa aún más si cabe, y los dedos se deslizan casi con timidez hacia su escote, por encima de su camisa, mientras una voz extrañamente lejana en su cabeza la conmina a detenerse. Párate, le grita. No eres tú, le instiga.
Pero si no soy yo, ¿quién soy entonces? ¿Y por qué me siento más yo misma que nunca antes?
Si no fueras vampiro, no estarías haciendo lo que estás haciendo, parece responderle la voz... mas con un dejo titubeante que la hace coger más fuerza.
Pero Damon seguiría siendo Damon. Y a él sería a quien estuviese escuchando también.
No consigue pensar con claridad, lo sabe. Algo en esa réplica no está bien planteada, hay algo que no encaja en sus esquemas, pero... Es tan agradable dejarse llevar...
- Es difícil hablar de sensaciones, y me da la "ligera" impresión de que es, a fin y a cuentas, lo que me estás pidiendo que te explique, ¿no? Déjame pensarlo...
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Lillian permanece en silencio mientras Damon se rasca el mentón, cavilando.
- A mi modo de ver, es distinto en función del vampiro. Quiero decir, los hay que sienten la necesidad de sangre como... como... como quien llevase horas corriendo y necesitase rehidratarse con agua (o eso creo, vaya. Hace mucho que perdí esa sensación, pero encontré a una vampira hace años que me la describió así, y recuerdo que me hizo gracia)- gira la cabeza, guasón-. Imagínate entonces lo que debe ser para ellos ver la sangre entonces- y chasquea los dedos de la mano derecha mientras sonríe-. También están aquellos que, como mi hermano, se empeñan en relacionarlo con algo tan espantosamente maligno (ya sea porque les saque una vena psicópata oculta, o porque sencillamente no entre en sus antiguos esquemas mentales humanos), y... se intentan negar a cualquier sensación- se encoge de hombros-. No sé, es complicado, varía mucho en función del vampiro al que le preguntases. Aunque, eso sí, todos te dirían de un modo u otro que es altamente adictivo, ni idea de por qué. Es nuestro sustento, sí, pero también se siente de una manera... especial.
- ¿Y tú? ¿Cómo lo...-parece titubear unas décimas de segundo, como si le costase terminar la frase-...sientes?
- ¿Qué cómo lo siento yo? Pues como la restante e inmensa mayoría, fisgona: Como sexo.
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La respiración se corta bruscamente por culpa de un repentino jadeo, y su nuevo cuerpo vampírico se separa empujado por los pies de la silla unos milímetros, para caer nuevamente sobre ella al segundo y empezar a irradiar calor, un calor que amenaza con abrasarla. Cuatro letras pronunciadas por él, una única palabra que la obliga a morderse el labio con fuerza, intentando reprimir la avalancha de sensaciones que se agolpan cual tren a máxima rapidez por toda su piel.
Sexo.
Damon.
Su mente empieza a ir desprendiéndose con una asombrosa pasividad de los hilos de cordura que pudieran haberle quedado desde que lo oyera hablar a través de los cascos, a la par de contraerse y relajarse sus músculos con una velocidad imposible en un ser humano. Y mientras también las piernas se juntan, el calor comienza a tomar forma, se concentra en puntos de su cuerpo que no creía tener tan sensibles anteriormente y se agrandan concéntricamente. Se siente ligera, pesada, volátil y cargada en tensión, todo a la vez y sin darle apenas tiempo para asumir los cambios.
No es hasta que vuelve a escuchar a Damon Salvatore seguir hablando, cuando comprende que ya no hay marcha atrás, que está total e indefectiblemente enganchada a su voz. Un ademán de suave plegaria acude a sus labios, una súplica lastimera que muere en el aire al introducirse su mano bajo la camisa y palpar su propia piel desnuda, su vientre. Imaginando que no son sus propios dedos los que danzan sobre ella, sino otros, unos más grandes y alargados, dedos masculinos, sí, dedos perversos que se ríen de sus apoltronados nervios mientras susurran y acarician, besan y tiemblan...
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- Para mí es sexo, simple y llanamente sexo. Como si de pronto me colocaran a la vista a la persona considerada "mejor votada sexualmente", y ésta quisiera echarme un polv...-el entrecejo de Lillian se tuerce peligrosamente, y Damon sonríe bobaliconamente-... hacerme el amor de una manera demasiado...cómo decirlo... intensa. Viva.
Algo en esa última palabra le hace detenerse durante unas décimas de segundo, y el nombre implosiona en su cabeza, cuales fuegos artificiales instaurándose en su cabeza, preparándose para hacerla estallar en una noche de colores y luces.
Elena.
Un inopinado halo de seriedad colapsa sus ya de por sí recientemente heridos pensamientos, haciéndole, por unos momentos, perder el control de lo que debería y no debería decir; y por ello, con voz más baja y firme, continúa murmurando lo que no habría dicho en ninguna otra situación. Mostrando con sus murmullos lo que ni sus gritos podrían haber conseguido mostrar jamás:
- Imagina... imagina estar ahí, con esa persona con la que llevas años, siglos, decenios soñando despierto. Imagina sólo por un momento que esa persona de pronto quisiera estar contigo, quisiera... quisiera ser tuya. Sin más. Sólo tuya. Imagina por unos instantes tenerla al alcance de tu mano, poder mirarla a los ojos de verdad, sin velos que os oculten, poder acariciarla, besarla...
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- Para. Por favor- el murmullo inútil de Elena le suena lejano a sí misma, su propia voz demasiado aguda, demasiado rota. A la par de concentrarse sus dedos aun más con su piel, rodear sus pechos en círculos concéntricos, apretar, arrullar, comenzar a sentir una urgencia casi agresiva entre las piernas. Piernas que se comprimen furiosamente la una contra la otra, implorando dar salida al calor que se ha convertido ahora en un fuego y amenaza con calcinarla sin control- Por favor...
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- ... Incluso morderla- una media sonrisa que teme melancólica le marca el rostro, y Damon cierra los ojos, sólo un momento, sólo un segundo, permitiéndose imaginar, imaginando sólo un poco...
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El cuarto pierde sus líneas, texturas y colores cuando los ojos de Elena se cierran en ese preciso instante, diciéndole definitivamente adiós a la cordura. Y la mano, la mano que segundos antes paseaba escandalosa por sus pechos, se introduce ahora en su pantalón, atraviesa la ropa interior y marcha al origen de todo, al origen de esas llamas que no ve pero que no cejan de marcar pulsos violentos entre sus piernas. No hay tiempo para delicadezas, no hay pausa en sus acciones; todo es demasiado rápido, demasiado...
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- Joder, imagina tenerla. Sólo eso, fisgona: tenerla. Sin nadie más, sin terceras personas, sólo ella y tú, tú y ella. Maldita sea-aprieta los nudillos de las manos de algo que supone desesperación-. Esa sensación. Sí: Esa es la sensación que siento con la sangre, esa... euforia inmensa.
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Un único y exultante grito rompe el silencio en la mansión Salvatore. Un grito que nadie escucha, porque nadie se encuentra en las cercanías para poder escucharlo.
Un único grito que muere apenas comienza, y que finaliza en unos ahora silenciosos lamentos. Mientras Elena Gilbert recupera poco a poco resquicios de juicio, mientras la inmensidad de lo que ha hecho empieza a fustigar sin cuartel su maltrecho cerebro. Qué ha hecho. Qué ha pasado. Cómo es posible que haya sucedido. Pero qué ha hecho.
Oh Dios mío, Dios mío, Dios mío, Dios mío...
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El silencio en la cámara es atronador, y Damon Salvatore vuelve a sentir poco a poco cómo el control vuelve a afianzarse a todos los poros de su piel. El control y algo más: el malestar.
Idiota, has hablado demasiado.
El imperativo de cortar la sobreexposición de sentimientos que acaba de dejar escapar al aire se impone contra todo y contra todos, por lo que se obliga a sonreír de la manera más repulsiva que se le ocurre, y comenta:
- Aunque, ahora que caigo, no sé yo si tú habrás sentido algo así alguna vez, claro... Dime, ¿las hermanitas mantenedoras tenéis primitos segundos o algo así? Porque en fin, si todo sois mujeres... que, entiéndeme, no tengo nada en contra del amor libre, al contrario, y más si sois todas muje...
- ¿Qué ha sido eso?- es toda la respuesta de ella, mirándolo con fijeza.
- ¿Qué ha sido qué?
- Lo que has dicho, lo que has...-Lillian hace un ademán de seguir la frase, pero su boca permanece estrafalariamente estática, parece costarle un mundo vocalizar la palabra-... hecho.
- No lo sé, ¿hablar?- se defiende él. Conjeturando cómo su ahora determinante autocontrol vigila sus vocablos y amenazándose a sí mismo con hundir su boca en lejía mezclada con verbena reconcentrada. O sólo verbena, a saber.
Maldito mentecato, te deja una puñetera cría en favor de tu hermano, y vas tú y pierdes los papeles a la mínima.
- No me refería a eso, sino a... a...-la mujer se muestra demasiado atónita. Tanto, que Damon entrecierra los ojos intentando comprender.
- ¿Qué no entiendes, fisgona?
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Vale, la imagen que empezó todo ésto, como supongo alguno ya se habrá dado cuenta, fue sencillamente esta: Elena escuchando a hurtadillas a Damon. A un Damon que, "oh, sorpresa", revelara cosas de sí mismo que en otra situación no habría hecho jamás. Quería que Elena pudiera oír todo aquello que le enseñara más cosas de él, que le hiciera comprenderlo mejor. Pero claro... ¿un Damon hablando solo? Aunque en cierto modo... ¿por qué no? ;) De ahí toda la parafernalia que ideé sobre Lillian, un personaje que, shh, no se lo digáis a nadie, pero le estoy cogiendo algo de cariño en mi cabeza. Darme un tiempo, y procuraré que también os pase lo mismo a vosotros con su historia... Si es que la consigo contar mínimamente parecida a como la veo en mi cabeza, je. Gracias de nuevo a todos, y hasta la próxima parte! ;)
