Capitulo 10!


Cuando le rocé los labios con los míos, sabía a menta y azúcar, lo que no era tan malo como puede parecer. Lo besé y me olvidé de todo por un momento; olvidé que eso era una caseta de besos; olvidé que estábamos en público; olvidé que era Santiago, a quien se suponía que tenía que odiar muchísimo por inmiscuirse tanto en mi vida. Por un segundo, incluso olvidé que era mi primer beso.

Le devolví el beso, dejándome guiar. Y cuando noté su lengua tocar la punta de la mía, abrí la boca un poco más y le dejé que me besara con más intensidad. Le devolví el beso con más intención. No tenía ni la menor idea de lo que estaba haciendo: sólo le seguía. Nos separamos al mismo tiempo, pero él se quedó allí, con la frente apoyada sobre la mía. Ambos jadeábamos un poco.

—¡Mierda! —exclamó Santiago; una sonrisita le bailaba en la comisura de los labios y los ojos le brillaron al mirarme. Yo no sabía decir si era un «mierda» bueno o un «mierda, acabo de besar a la mejor amiga de mi hermano».

—Sí —le contesté en un susurro, y eso le hizo soltar una risita. Se oyeron unos cuantos silbidos desde el público, pero yo casi ni los noté. Alguien me tocó el hombro, y pegué un brinco.

—Ya sigo yo si quieres —dijo Bree, con una sonrisa cómplice. Aún algo mareada por el beso, asentí y me puse en pie para que ella se sentara. Salí lentamente de la caseta en medio de una sensación totalmente surrealista. Debía de haber sido un sueño.

¡No acababa de besarme con Santiago López! Y menos aún delante de tanta gente. Después de mi numerito de casi desnudarme de hacía poco, ese beso probablemente no sería muy bueno para mi reputación. Contuve el impulso de hundir la cabeza entre las manos. Sentía como un agradable cosquilleo en los labios. Era raro. Aún notaba su sabor a menta y a algodón de azúcar, y sentía el roce áspero de su barba incipiente en la mejilla.

Era surrealista. Había sido mi primer beso. Y no había sido un beso cualquiera, no un pico en los morros o algo así, sino más bien como una sesión completa de morreo. Las probabilidades de que mi primer beso hubiese sido en una caseta de besos con Santiago López eran tan escasas... Estaba comenzando a pensar que nunca había ocurrido.

—Ves, no ha sido tan malo. Pegué un brinco al oír la voz de Puck.

—¿Qué te pasa? —preguntó, sin prestarme mucha atención mientras buscaba su móvil.

—Cre..., creo..., creo que acabo de besarme con tu hermano —balbuceé en voz baja, sin acabar de creérmelo. Las cejas de Puck se le dispararon hacia arriba.

—¿Cómo diablos he podido perderme eso? No es que no quisiera verlo. ¿Mi hermano y tú? Raro. Raro. Pero, de verdad, ¿cómo no lo he notado?

—¿Estás enviando un mensaje a Lauren?

—Sí.

—Por eso te lo has perdido. Puck se echó a reír y me miró asintiendo con la cabeza.

—Vale, tienes razón. Eh, oye, ¿te importa si llevo a Lauren al cine esta noche? Cuando acabe la feria.

—Claro que no —respondí—. No hay problema. Ya encontraré quien me lleve.

—Quizá tu padre pueda llevarte. Ha traído a Brad, ¿no?

—Sí. Están por alguna parte. De repente, en un instante, estaba rodeada. Había al menos una docena de chicas que querían saber si era cierto: ¿me había enrollado con López en la caseta de los besos? ¿Íbamos en serio? Querían conocer hasta el último detalle.

Con un suspiro, les expliqué que Bree se había querido largar...

Hum, sí, había habido lengua... ¿Qué?... No, no sabía si él me gustaba o no... ¿Quizá? No sé. Y sí, había sido mi primer beso. Estaban innegablemente celosas, claro. Pero querían saber si iba a salir con López. Claro que ninguna de ellas quería que López estuviera liado con alguien. Querían a un López soltero con el que poder coquetear y por el que babear (seguramente al mismo tiempo). Pero todas lo querían saber.

La historia corrió como la pólvora: mensajes, llamadas, y como todo el mundo ya estaba en la feria... Mi popularidad acababa de subir como un cohete, y yo estaba totalmente perdida. Un grupo de los de segundo año pasó cerca, y una de las chicas me señaló.

—Ésa es la que se ha enrollado con López.

Al principio el rostro se me encogió en una mueca. Pero lo cierto era que había muchas cosas peores por las que ser conocida.


—¿Quieres salir con él? —me preguntó Puck cuando por fin estuvimos solos, una vez acabada la feria. El consejo estudiantil y unos cuantos más todavía estaban limpiando sus casetas y contando el dinero.

—Quiero decir, creía que ya pasabas de él.

—Y paso. No sé. Es Santiago. ¿Sabes?

—La verdad es que no. Para empezar, es mi hermano, y para continuar, soy un chico.

—Supongo. Pero ya sabes a qué me refiero... En parte lo odio y en parte me gusta.

—Bueno, si no estás segura, no hagas nada. Deberías hablar con él o algo así. No hice caso de la última parte.

—De todos modos, no sé si lo haría. Si saliera con él, lo que sin duda es muy poco probable, y acabara de mala manera, podría dañar nuestra amistad. No quiero que pase eso.

—Qué cursi eres.

—Cierra el pico.

—Pero yo estaba pensando eso mismo... Quinientos cincuenta —masculló, mientras ponía el fajo de billetes a un lado. —Si os liarais y luego cortarais de mal rollo, quizá tú no querrías estar tanto conmigo. Y te echaría de menos.

—Yo también te echaría de menos. Sólo un poco.

—Gracias —repuso, sarcástico, y ambos nos pusimos a reír.

—Cuando lo vuelva a ver, va a ser muy raro.

—Ya.

—Vaya consuelo, Puck —repuse con ironía. Le di una palmada en el brazo—. ¿No podrías compadecerte un poco de mí? Puck se encogió de hombros.

—De todas formas, no creo que debas liarte con mi hermano. Sería muy raro. Y como cutre.

—Para ti.

—Sí. Meneé la cabeza mirándolo.

—Puck, aquí sólo hay quinientos cuarenta y nueve.

—Oh, mierda. —Me pasó otro billete de dólar y lo añadí al montón. Era una suerte que yo fuera repasando todo lo que él contaba.

—¿Te va a llevar a casa tu padre? Negué con la cabeza.

—Ha tenido que llevar al amigo de Brad al cine justo después de marcharse, así que no puede. Ya le pediré a cualquiera que me lleve. Como tú me estás abandonando por tu nueva novia...

—¡No te estoy abandonando! ¡Has dicho que no pasaba nada! ¡Te lo he preguntado a ti primero! Me eché a reír.

—Tranquilo. Sólo te estaba molestando. Puck me miró poniendo los ojos en blanco. Al final contamos seiscientos catorce dólares. Nuestra caseta era la que más había recaudado, lo que resultaba bastante impresionante. Quizá fuera porque no habíamos tenido que comprar un montón de osos de peluche gigantes, o salchichas y panecillos, pero aun así. Puck se marchó con Lauren mientras yo me quedaba para ayudar a limpiar la basura con Joe, que aún estaba enfurruñado por haber perdido su apuesta con Puck.

—Ha sido por tu culpa, ¿sabes? En realidad, tú me debes treinta pavos.

—¿Por qué?

—Si no la hubieras convertido en una caseta de morreos, los tíos no habrían estado haciendo cola con la esperanza de conseguir un rápido beso con lengua —contestó, con la cara y el tono todo inocencia—. Así que pásame treinta pavos. Me eché a reír y lo empujé por el hombro.

—Ni lo sueñes. Y no ha sido culpa mía. ¿O tú también necesitas, ooh, enterarte de cada pequeño detalle de mi primer beso? Puse un tono de histérica excitación y Joe fingió una mirada de puro horror. Se echó a reír y me empujó en la espalda con la cadera.

—¡Vale, vale, quédate el dinero! ¡No me sueltes el rollo, por favor! Oímos una tos a nuestra espalda, y al volvernos vimos a Santiago que me miraba alzando una ceja. Con una rápida mirada a Joe le dijo que se largara. Éste se volvió para recoger unos palitos del algodón de azúcar y envoltorios de los perritos calientes.

«Mierda. ¿Y qué hago ahora?» ¿Y qué estaba haciendo él ahí? Santiago me hizo un gesto con la cabeza, y Joe me dio un leve empujón para que fuera con él. Le lancé una mirada de desesperación, pero él ya se alejaba para reunirse con los otros. Seguí a Santiago al aparcamiento. Había envoltorios y etiquetas tirados por todas partes, además de algunos restos de comida que las gaviotas aún no se habían llevado.

—Puck me ha dicho que no tienes quien te acompañe, y que debía venir a buscarte.

¿Por qué? ¿Por qué mi mejor amigo era así a veces? Claro que seguramente pensaría que me estaba haciendo un favor. Pero, la verdad... ¿Había pasado olímpicamente de mi miniataque de antes y le había pedido a Santiago que me fuera a buscar?

—Vale. ¿Qué más podía decir? Él aún no había mencionado el beso. ¿Eso sería bueno o no? —Espera..., no habrás venido en la moto, ¿verdad?

—No —contestó con una risita—. He cogido el coche, ya que odias tanto la moto.

—Gracias a Dios —exclamé aliviada, y lo oí reír de nuevo. De repente, el corazón se me puso todo raro, acelerándose y dando saltos. Seguramente sólo eran los nervios. Casi deseé que hubiera cogido la moto, así no habría habido ninguna oportunidad de que se hiciera un silencio incómodo entre nosotros. Me guió por el aparcamiento casi vacío hasta su coche. La tensión era casi insoportable. Yo no sabía ni qué decir ni cómo actuar. Lo había besado. Y además había sido un beso bastante intenso. Más que si hubiéramos estado borrachos. ¿Qué se suponía que debía hacer?

—¿Te importa si paro en casa de camino? —me preguntó—. Mi padre ha comprado un videojuego que cree que le gustará a Brad. Se supone que debo dártelo.

—Oh, claro —respondí asintiendo—. No hay problema.

—Vale. Pasaron unos minutos de silencio. —¿Cuánto dinero habéis sacado con la caseta? —preguntó finalmente.

—Seiscientos catorce dólares. Lanzó un silbido.

—¡Vaya éxito!

—Lo sé. Hemos sacado más que la caseta de los perritos calientes. Él asintió y volvió el silencio. Subí un poco el volumen de la radio, tratando de disimular la tensión. No sirvió de mucho. Todo era como muy raro. Forzado. Miré a Santiago de reojo. Movía un poco la cabeza al ritmo de la música, y el sol le daba de lado en la cara y le dejaba en sombras la parte más cercana a mí.

Seguramente el beso no había significado nada para él, traté de decirme. Era un ligón, así que ¿qué era un beso para él? Sólo un beso. Seguramente me estaba imaginando toda la incomodidad y la tensión que había en el aire, y estaba exagerándolo todo porque había sido mi primer beso. Sin embargo..., había sido él el que lo había convertido en un beso con lengua. Y después había parecido quedarse tan atontado como yo. Pero ¿quizá sólo fuera porque yo era terriblemente mala besando y él no quería decir nada para evitarme la vergüenza?

Mi cabeza iba a toda pastilla. Me sentía confusa, estaba preocupada, quería besarlo de nuevo... «No. Eso no va a pasar. No volverás a besar a Santiago, Brittany, porque es Santiago. Es el hermano mayor de Puck. Es el imbécil responsable de que tu vida amorosa sea inexistente y el que te ha dicho que sólo te ve como a una hermana pequeña.

Recuerda, se supone que estás furiosa con él por ser tan excesivamente protector, irritante y metomentodo. No debes pensar en besarlo de nuevo. Estás furiosa con él..., ¿vale?» Pero decirme todo eso no me sirvió de mucho. Seguía teniendo ganas de besarlo otra vez. El viaje en coche se hizo eterno, y aún no estábamos ni a medio camino. Suspiré.

Noté que me echaba una mirada, pero yo estaba demasiado ocupada con mi batalla interior como para prestarle atención. Quería besarlo de nuevo para convencerme de que no había habido fuegos artificiales, me dije. Pero no debía hacerlo. Apostaba a que aún me veía como la amiga de su hermanito, la niña con la que había crecido... Pero ¿y aquella vez en la fiesta que dieron Puck y él, cuando nos caímos de la cama? Estaba segura de que había habido algo entre nosotros; claro que tal vez me estuviera engañando a mí misma.

Y también me estaba engañando a mí misma la vez que había creído que él me estaba buscando cuando entró y me vio en sujetador. Pero tal vez hubiera algo entre nosotros y aún no lo sabíamos. Quizá un beso más... para probarme a mí misma que me equivocaba. O no. ¿Sería tan malo? No. No podía besarlo de nuevo. No podía haberlo...

¿O sí podía?

Suspiré de nuevo mientras él entraba en su calle.

¿Qué iba a hacer yo?


Finalmente paramos frente a su casa.

—Entro y cojo el juego para Brad —le dije—. Ya voy andando desde aquí. La verdad era que no quería pasar más tiempo del indispensable con él en su coche.

—Claro, como quieras. Salimos del coche y lo seguí a la cocina. Me quedé cerca de la puerta, mordisqueándome el labio, nerviosa, mientras él rebuscaba entre una pila de papeles en la encimera. Se volvió con un nuevo juego de Mario y me lo pasó. No estaba ni a dos palmos de mí. Unos cuantos centímetros de aire nos separaban. Antes de saber lo que estaba haciendo, me puse de puntillas y presioné los labios contra los de Santiago. Al instante me di cuenta de lo idiota que estaba siendo y me aparté, con las mejillas ardiendo y el corazón a cien. Santiago me miró, parpadeando sorprendido, por lo que parecía. Se quedó contemplándome con una expresión inescrutable.

—Oh, joder —farfullé a toda prisa; me sentía más que humillada—. Lo siento. Es que..., quiero decir... Esto... Oh, tío, yo... Santiago dio un paso adelante y me hizo callar de una forma muy efectiva al apretar sus labios contra los míos. Cualquier resistencia o tensión desapareció de mi cuerpo (si fue por la impresión o por otra cosa, no sabría decirlo), y le rodeé el cuello con los brazos. Olvidé el ridículo que acababa de hacer y lo besé.

Él tenía las manos en mi espalda y en mi cabello, apretándome contra sí de un modo que parecía que cada centímetro de nuestros cuerpos se tocaba. Y para que conste...: definitivamente había fuegos artificiales de algún tipo. Me puso las manos en las caderas y me subió a la encimera; las piernas me quedaron a ambos lados de él. Él pasó a besarme el cuello, y entonces fue cuando la cabeza comenzó a aclarárseme un poco, y me di cuenta exactamente de lo que estábamos haciendo.

—Santiago, no..., no podemos hacer esto —dije casi sin aliento, temblorosa. Él suspiró, se apartó y se pasó la mano por el cabello. Yo no tenía ni idea de qué podía estar pensando, su expresión era inescrutable. Me miró a los ojos de nuevo, y tuve la sensación de que esperaba una explicación.

—No..., no voy a ser otra chica con la que te acuestas y a la que no vuelves a llamar —dije, levantando la barbilla—. No voy a poner en peligro mi amistad con Puck sólo por esto. Santiago me miró durante un buen rato.

—¿De verdad crees que es eso lo que hago?

—B...bueno... —Me quedé descolocada. ¿Acaso no lo era? Se acercó más, de forma que sólo nos separaba medio palmo. Yo podría haber retrocedido, y lo habría hecho, pero seguía sentada en la encimera.

—Dejemos algo claro —dijo él con calma pero con firmeza—. Dos cosas. Primero: ¿tienes alguna idea de las chicas que he besado en una fiesta y que, al día siguiente, aseguraban que se habían acostado conmigo? Y segundo: a pesar de lo que crean esas chicas, en realidad no quieren salir conmigo. Dicen que sí, pero piénsalo bien: ¿quién quiere una relación seria, o incluso sólo un rollo, con alguien que tiene mi reputación?

Lo miré y en seguida decidí que hablaba totalmente en serio. Santiago podía ser un imbécil, seguro, pero nunca se había dedicado a mentir. Entendí lo que me decía. Incluso si las chicas no querían nada a largo plazo, podía no apetecerles tener un rollo con un tío bueno con un historial de peleón. Siempre me había parecido raro que muchas chicas dijeran que se habían acostado con él cuando parecía que había pasado la noche solo; de todas formas, Puck y yo nunca habíamos querido pensar mucho en eso.

—Ves a lo que me refiero, ¿no? Asentí.

—Sí, pe...pero tú nunca le harías nada a una chica. No eres así.

—Cierto, pero eso no parece que se les ocurra a ellas.

—Espera un momento..., ¿qué estás tratando de decirme? —pregunté alzando las manos y sintiéndome más que un poco confusa—. ¿No es culpa tuya que seas un ligón? ¿O que tengas la reputación de serlo?

—Justo.

—¿Y...? —lo animé a que continuara. Se mordió el labio. ¿Acaso Santiago López estaba... nervioso? No, debía de estar imaginándomelo. La única vez que lo había visto así fue cuando lo pillé con los bóxers de Superman y se había sonrojado.

—Quiero decir —prosiguió lentamente, mirando a la encimera en vez de a mí—, que no te trataría como basura, como tú crees que haría.

—Aún no sé qué tratas de decirme, Santiago.

—Yo tampoco —repuso él con una súbita risita, mientras se frotaba la cara con la mano—. Pero...

Se acercó más aún. Sólo quedaban un par de centímetros entre nosotros, y tenía las manos sobre mis muslos. De repente, comencé a respirar agitadamente y el corazón me golpeó dentro del pecho.

—Lo que sé es que quiero volver a besarte. Parte de mí quería decir que no, apartarlo con firmeza. No iba a arriesgar mi amistad con Puck sólo por seguir besando a Santiago. Además, no conseguía vernos como pareja. Por no hablar de que yo no era la clase de chica que iba besando chicos al azar. Era una romántica empedernida. O al menos pensaba que lo era. Pero cuando Santiago bajó la cabeza lentamente hacia mí, con lo que me dio tiempo más que suficiente para apartarlo, no lo hice. Le dejé que pusiera los labios sobre los míos, y lo besé por tercera vez ese día.

Estaba morreándome con Santiago López, nada menos. Y yo no había besado a ningún chico antes. Santiago me hizo rodearle la cintura con las piernas y me puso los brazos alrededor de su cuello. Jugueteé con el pelo que le nacía en la nuca. Súbitamente sentí no tener suficiente de él, de su sabor, de su tacto. No podía entender por qué ejercía ese efecto sobre mí. Me levantó de la encimera y me sacó de la cocina. Realmente no estaba segura de que eso fuera una buena idea, pero la sensación de sus labios sobre los míos me nublaba el entendimiento y no podía concentrarme el tiempo suficiente para elaborar una idea. No fue hasta que ambos caímos sobre algo blando y mullido, un colchón, que mi conciencia dormida pareció despertar.

—Santiago —dije, tratando de apartarlo. Sabía a dónde estaba llevando todo eso—. Santiago...

—¿Sí? —murmuró, y comenzó a mordisquearme el lóbulo de la oreja. Sentí chispas por todo el cuerpo y durante un segundo olvidé lo que iba a decirle.

—No podemos..., yo no...

—¿Hum? —Se apartó sólo lo suficiente para mirarme a los ojos. Seguía sin recordar lo que quería decirle. Pero él pareció entenderlo, ya que abrió mucho los ojos y añadió—: Oh, no. No pretendía..., ya sabes..., no estaba...

—No..., no puedo hacerlo —tartamudeé. Me aparté y me puse en pie; fui hasta la puerta del dormitorio y me recoloqué la blusa. No podía pensar con claridad estando tan cerca de él. Tenía que salir de allí, pensármelo bien. Una mano en el brazo me arrastró de vuelta, y la otra pasó por encima de mi cabeza para cerrar la puerta. No tenía espacio: la puerta estaba a mi espalda, el picaporte se me clavaba, y Santiago estaba ante mí.

—Santiago —dije con firmeza—. No voy a hacerlo. No va a pasar nada entre nosotros, porque no «cuadramos». Lo único que hacemos es discutir. Tú ahuyentas a los chicos que tienen algún interés en mí. Y no soy un..., un juguete que puedes usar cuando te conviene. ¿Lo entiendes?

Santiago suspiró suavemente y noté su aliento en la cara. Aún olía y sabía a menta y a algodón de azúcar.

—Nunca he pensado que fueras algo que puedo usar cuando me conviene —murmuró, mirándome a los ojos.

—Vale. Pero dime la verdad: ¿saldrías conmigo, señor ligón? Él suspiró de nuevo y apoyó la frente en la mía.

—Dímelo tú. Gruñí de pura frustración.

—¡No me lo estás poniendo nada fácil, Santiago! Discutimos de forma permanente, y eres tan borde... Por no mencionar que eres el hermano mayor de Puck, pero...

—¿Pero?

—Pero sentí algo cuando nos besamos —solté, por humillante que fuera—. No sé qué diablos hacer, pero no voy a morrearme contigo si sólo es un rollo.

—Entonces, ¿quieres la verdad, Britt? —Santiago comenzaba a parecer muy frustrado, y tenía los ojos a la misma altura que los míos.

— Eres la única chica que es ella misma cuando está cerca de mí, y eso me gusta. Pero que no me quieras me está volviendo loco. Eres la única chica que no ha caído rendida a mis pies, y eso me hace enloquecer. Ni siquiera he mirado a nadie más por tu culpa, ¿sabes? Eres lo único en lo que pienso.

Vaaaya.

Vale.

Tampoco era como si hubiera confesado que estaba enamorado de mí desde hacía años... Pero ¡demonios! ¿Quién se hubiera imaginado que yo, Brittany , la chica sin ninguna experiencia con chicos, sería la que volvería loco a Santiago López? Estaba perpleja.

—¿Cuánto hace que sientes eso? Sólo por curiosidad. Se encogió de hombros.

—Un par de meses. Asentí, tratando desesperadamente de parecer tranquila y no perder la compostura.

—Creía que habías dicho que me veías como a una hermana pequeña.

—Eso era hasta que creciste —dijo simplemente. Y añadió.— Te he hecho sonrojar. No le hice caso.

—Si eso es cierto, ¿por qué me dijiste que era como una hermana para ti? Apartó la mirada.

—Tú no me correspondías. No soy la clase de tipo que explica a alguien lo que realmente siente. Ya me conoces. ¿Sabes que toda esta conversación es una tortura para mí? Sonreí un poco.

—Yo sí que te quería —solté—, créeme. Él parecía haber ganado un millón de dólares o algo así. Inclinó la cabeza y me rozó los labios con los suyos.

—Pero es que... no..., no quiero que pienses que sólo estoy interesado en una cosa, ¿vale? No es cierto. No es cierto. Ésa es una de las cosas que me gustan de ti. Eres dulce e inocente. Diferente. Es encantador.

—¿Y crees que también yo soy encantadora? —Alcé una ceja y sonrió, irónico, contra mis labios —. Y yo que pensaba que sólo era la molesta mejor amiga de tu hermano pequeño.

—Bueno, eso también. Solté una risita tonta y le pasé el dedo por el pecho.

—No sólo estoy interesado en ti por eso, ¿vale? —insistió de nuevo.

—Si lo estuvieras, realmente pensaría que no estás bien de la cabeza —mascullé, y eso lo hizo reír.

De repente sentí ternura por dentro. Me puso el dedo bajo la barbilla y me hizo alzar la cara. La expresión de su rostro, la arruga en la frente..., sobre todo, parecía de cautela. No quería pensar en él como el hermano de Puck, o como el gilipollas que quería sobreprotegerme.

Me negué a dejar que todas las horribles repercusiones de esa situación se asentaran en mi cabeza, ya habría tiempo de sobra para eso. En ese instante, sólo era Santiago. Y yo había aprendido a besar con él. Y, naturalmente, con mi falta de experiencia, había chocado los dientes con él. Nunca pensé que a la gente le ocurriera eso, pero voy yo y lo consigo.

—Perdón —mascullé, mordiéndome la mejilla por dentro. Sus labios se movían contra los míos. Sentí que el pecho le reverberaba, como si contuviera las risitas.

—La práctica lleva a la perfección.

Y esta vez no nos dimos con los dientes.


Nos quedamos en la cama besándonos durante siglos. Hablamos un poco del instituto, de que él había solicitado plaza para la universidad (estaba pensando en ir a San Diego, porque era la más cercana), y tuvimos una pequeña discusión sobre si All Time Low eran mucho mejores que Linkin Park. (Santiago era un gran fan de lo último que había hecho Linkin Park, en cambio a mí no me gustaba nada.)

Descubrí que estaba disfrutando de estar con Santiago incluso cuando no nos besábamos. Me gustaba su compañía, aunque discutiéramos por la música. Pero no hablamos más de unos cuantos minutos antes de que comenzara a besarme de nuevo. Y cuando eso pasaba, yo olvidaba lo que habíamos estado diciendo, olvidaba que debería haberme marchado ya. Sólo podía pensar en el cosquilleo en el estómago que me producían sus besos. Me dije que eso era porque Santiago besaba muy bien.

Quiero decir que no era que tuviéramos una «conexión» ni nada de eso. Éramos demasiado diferentes para que ocurriera algo así. No había ninguna garantía de que él quisiera seguir conmigo al cabo de una semana, teniendo en cuenta, además, que Santiago nunca había mantenido una relación larga.

—¿Y exactamente —comenzó a preguntarme al cabo de un rato, con los brazos doblados bajo la cabeza y mirándome a los ojos— qué estás haciendo aquí?

—No me voy a acostar contigo —repliqué con firmeza.

—Ya te lo he dicho —suspiró él, y me acarició la rodilla—, no es eso lo que me interesa.

No debería gustarme. No podía gustarme. Éramos demasiado diferentes; todo eso estaba mal. Por no hablar de cómo iba a mirar a Puck y decirle que me había liado con su hermano. Pero... me gustaba estar con él así. Me gustaba lo que sentía al besarlo; la sensación de sus brazos rodeándome; la sonrisa en sus ojos cuando discutíamos sobre grupos de música. Era agradable estar así con Santiago. Como si fuera algo natural.

Pero ¿valía la pena hacer daño a Puck por eso? No le podía hacer eso, ¿no? Él ya había dejado claro que le resultaría muy raro, que podría llegar a dañar nuestra amistad, y nada valía más que eso, ¿verdad?

—N...no sé —admití al cabo de un rato—. Es que... no deberíamos... Y Puck...

—Ya veo. —Santiago guardó silencio durante un momento. Me trazaba círculos con el dedo en la rodilla, y yo observaba ese movimiento, esperando. Al final, añadió a trompicones.

—Bueno..., quizá Puck... no tendría por qué saberlo. Me tomé un momento para digerir sus palabras.

—¿Quieres decir que debería mentirle?

—Quizá no decirle toda la verdad... —Torció la boca un poco, como si estuviera costándole decirlo correctamente.

— Hasta que sepamos qué hacer. Asentí. Si Puck no lo sabía, no podría hacerle daño. Si las cosas no funcionaban entre Santiago y yo, entonces Puck no tendría por qué enterarse nunca, y todo podría seguir como antes. Y si la cosa funcionaba con Santiago..., ya nos ocuparíamos de eso cuando llegara el momento, y entonces se lo diría a Puck. Oí suspirar a Santiago y lo miré. Me sonrió con ironía.

—Ya te he dicho que las chicas no quieren estar con un tío que tiene un historial de estar liándose a golpes por ahí. Le sacudí el brazo.

—No es eso. Y además, sé que nunca le pondrías la mano encima a una chica. No eres así. —Y antes de pensármelo más, añadí.

— Vale.

—¿Vale?

—Pero prométeme que no dejarás que Puck se entere. Santiago asintió.

—Claro que no.

Entonces se incorporó hasta sentarse y se inclinó para besarme la nariz. Sonriendo, moví la cabeza para poder besarlo. Noté que sus labios se curvaban sobre los míos, y cuando nos separamos, tenía ese hoyuelo en la mejilla izquierda que sólo aparecía cuando sonreía de verdad. En ese momento, miré más allá de él y vi la hora, que me devolvía una mirada enfadada desde su despertador digital. Ahogué un grito: tenía que estar en casa para cenar en veinte minutos. ¿Adónde había ido a parar la tarde?

—Debería irme —dije con urgencia.

—Oh... —Si no lo conociera bien, hubiera pensado que estaba decepcionado.

—¿Necesitas que te lleve a casa? Me volví y lo miré alzando las cejas.

—Puedo caminar. Tengo piernas. Dos, en realidad. Sonrió.

—Como quieras. Sólo trataba de ser amable...

—Está bien. De verdad. Quería aclararme las ideas un poco, y eso no pasaría si Santiago seguía conmigo.

— Estás muy mono cuando me miras así —le dije, imitando su expresión. Santiago hizo una mueca.

—No me llames mono, por favor.

—Oh, qué mono —me burlé, riendo. Le empujé el hombro jugando, y él me contestó poniendo los ojos en blanco. Fui a coger mi móvil de la cómoda que había junto a su cama, pero se me escapó una pregunta antes de poder evitarlo.

—¿Por qué no te gusta que la gente te llame Santiago?

—Santiago no es exactamente el nombre más guay que existe. No puedes imaginarte a un tipo corriendo aterrorizado al oír el nombre de Santiago López...

—Te queda bien.

—Justo. ¿Y por qué tú siempre me llamas por mi nombre de pila?

—Porque hemos crecido juntos. Luego lo hice para molestarte. Pero como que me parece sexy... Las palabras me habían salido antes de darme cuenta de lo que estaba diciendo. Cerré la boca de golpe y las mejillas se me enrojecieron. ¡No podía creer lo que acababa de decir! Quiero decir, sí que creía que Santiago era un nombre sexy, quizá no en cierta gente, pero Santiago López lo bordaba. Lo hacía sexy. Pero ¡no podía creer que acabara de decírselo a él! Él sonrió burlón y me apartó la mano del rostro, sin duda rojo como un tomate.

—Bueno, cuando lo dices así no parece tan malo. Solté una carcajada avergonzada y él me dio un pico en los labios antes de soltarme la mano. Tenía que irme. Y si alguien llegaba a su casa de forma imprevista, sin duda se quedarían de lo más sorprendidos al verme ahí con él. No se creerían que sólo estábamos «pasando el rato». Entré en la cocina, de camino hacia la puerta, para recoger mi bolso y el videojuego para Brad. Cuando me volví y vi a Santiago apoyado en el marco de la puerta, pegué un brinco. No había hecho el más mínimo ruido. Yo no tenía ni idea de que estuviera allí.

—¿Estás libre mañana? —me preguntó.

—Creo que no... Tengo toneladas de deberes para hacer, así que...

Sólo después de haberlo dicho se me ocurrió pensar que quizá debería haber sido más misteriosa, preguntarle qué tenía en mente, decirle que tal vez estaría libre. Pero aparté esa idea al instante; ¡como si a mí me fuera a salir bien eso! «Una mierda.»

Esperé a que continuara, pero no lo hizo. Sólo me ofreció esa famosa sonrisa irónica tan suya y sus brillantes ojos se clavaron en los míos. Me pregunté si eso significaría que quería quedar conmigo. Pero no dijo nada más.

—Hum —dije en voz baja. Sonrió. —Buscaré algún sitio apartado donde verte, no te preocupes.

Le devolví la sonrisa. En un solo día, había pasado de no tener ninguna clase de vida amorosa a lo que sólo podía calificar como verme en secreto con el chico más deseable del instituto, y todo debido a la maldita caseta de los besos.

—Adiós —me despedí en un susurro, y pasé junto a él para dirigirme a la puerta principal.

—Eh, espera —dijo mientras me hacía retroceder tirando de la trabilla de mis vaqueros.—Quiero un beso de despedida.

—Hum. No. «Caray, eso puede haber sido lo más coqueto que he dicho hoy. Bien por mí.»

—¿No? —Levantó las oscuras cejas, desafiante. Se inclinó para besarme, y yo iba a besarlo también, pero él se apartó después de rozarme levemente los labios. Me lanzó una mirada inocente y puse los ojos en blanco.

—Adiós, Britty —se despidió bromeando.

—Adiós, Santiago —repliqué en el mismo tono, sonriendo para mí.


No dejé de sonreír durante todo el camino a casa.

Esa noche me quedé en la cama pensando en todo lo que había pasado. No tenía modo de saber con seguridad cuánto iba a durar esto; siempre me había considerado el tipo de chica que tendría relaciones largas, comprometidas. Por lo que había oído, la relación más larga de Santiago había sido de una semana. Pero no podía evitarlo. No quería hacer daño a Puck, pero la atracción que sentía por Santiago no era sólo física...

Aunque no iba a hacer algo tan estúpido como enamorarme de él.

No. Para nada.

Si algo podía dañar mi amistad con Puck, era eso. No pasaría. No podía pasar. Yo no lo permitiría. Sólo tenía que intentar llevar todo el asunto de la mejor manera posible. Y si eso significaba ocultar que Santiago y yo estábamos juntos, entonces que así fuera. No quería tener que renunciar a él; sólo pensar en lo ocurrido por la tarde me hacía sentir calor por dentro.

Estoy segura de que me dormí sonriendo.