Emma se acomodó vagamente en su asiento, cruzando las piernas sobre su escritorio. Vió a Graham salir a buscar a Pongo, que se escapó otra vez, mientras sacaba una dona de la caja y le pegaba un buen mordisco.

Entonces un pequeño tornado entró corriendo hasta la delegada.

«Hey, chico» dijo ella.

«Hola, Emma».

«¿Qué haces aquí? ¿No tienes escuela?».

«Quizás» respondió con expresión culpable, mirando a sus zapatos. «Pero eso no es importante ahora».

«Claro que lo es, ¿qué es más importante que la escuela?».

«Operación Cobra» respondió con una sonrisa sabelotodo. «Creo que ya sé cómo romper la maldición de mi mamá».

«Chico, creí que ya habíamos hablado de esto. Tu madre no es la Reina Malvada».

«Lo sé. Ya no es más malvada y es por eso que sé cómo romper la maldición».

«¿Eh?».

«Beso del Amor Verdadero. Está en el libro. Sólo tenemos que hacer que mi mamá tenga un beso con su amor verdadero».

«Ookay. ¿Y quién sería?».

En el rostro del niño se dibujó una sonrisa traviesa. «Pues la Salvadora, claro. Están hechas la una para la otra».

«Espera... La Salvadora es...».

«Tú».

Emma lanzó una risita incómoda.

«Henry, sé que tu mamá y yo nos estamos llevando bien. Me gusta, pero no de la forma que tú crees. No hay nada ahí. Eres muy imaginativo».

«Y tú, terrible mintiendo» replicó.

La rubia suspiró, «¿Es tan obvio?».

«Ahora sólo deben compartir un beso de amor verdadero».

«Chico, aunque sienta algo por tu mamá, no creo que ella sienta lo mismo».

«Oh... Ella sí que lo siente» comentó casi en un murmuró.

—0—

Regina caminó hasta Granny's esa mañana de domingo, perdida en sus pensamientos de la noche anterior. Estuvo a punto de... ¿Acaso Emma-? Sacudió su cabeza y sus pensamientos con ella. Ese casi-beso no debía significar nada para Emma. Regina conocía muy bien su cuerpo, y sabía cómo atraía las miradas más que amistosas de todo tipo de personas. Y eso parecía incluir a Emma. Sólo era atracción. Tenía que ser sólo atracción.

Se sentó en su taburete usual y tomó el desayuno antes de ir al trabajo. Estaba agradecida de haber empezado a ir al trabajo un hora más tarde que antes. Es decir, 6 a.m. a 5 p.m. no eran horarios humanos para nadie, ni siquiera para un monstruo sin corazón como ella.

Con tantos pensamientos en su cabeza que no hacían más que confundirla, decidió que llegó el momento de leer el libro de Henry.

Ya lo había devuelto semanas atrás, sin haber hojeado una sola página, incapaz de rememorar todas las cosas indescriptibles que hizo. Pero, en ese momento, necesitaba enfocar su atención en otra cosa que no sea la maldita Emma Swan.

«Alcaldesa» la saludó Ruby, alejándola de sus pensamientos. Regina se limitó a asentir y dar una sonrisa cortés. «¿Está bien?».

«Perfecta» dijo seca, sin comprender de dónde venía la pregunta. Ella sabía que era despreciada por el pueblo.

«Espero que se mejore» se despidió amable y volvió a su trabajo dejando a la ex reina confundida.

Se torció para alcanzar su bolso y cuando lo iba a tomar, siseó de dolor. Mi maldita mano. Recordó su mano vendada y su conversación anterior cobró sentido. Se había olvidado de su herida, hasta ese momento vivió su mañana inconsciente de que le costaría pasar el día sin una mano.

Logró tomar el libro con la mano sana y lo abrió en su regazo. Estúpido libro, pensó cuando recibió una descarga de emociones... y magia. ¡Magia! De todas las cosas malas de todos los reinos, la única prueba de que existe la magia en ese mundo privado de ella fue a caer justo a las manos de su hijo.

El destino, golpeando mi felicidad otra vez.

Intentó ignorar su repentina tristeza y baja presión. Y leyó. Nada de lo que leyó la decepcionó en lo más mínimo. Era de esperarse la historia comience con el encuentro de la "Pura y Buena" Blancanieves y su encantador Príncipe. Era de esperarse que todo empiece con la "Cruel y Despiadada" Reina Malvada.

Aunque sí le agradó que no estaba frente a la retorcida versión de los Hermanos Grimm. Es decir, "¿quién es la más bella de todo el reino?" Y, ¿por qué diablos le pediría su opinión a un espejo parlanchín que vive como un perrito abandonado enfermo por amor? Ya sé que soy hermosa, no necesito que un objeto inanimado me lo repita.

Leyó la huida de Snow, la traición del cazador y el corazón que tomó, el príncipe y Abigail, los enanos y la manzana. Los cientos de trucos viles que hizo siendo reina para arruinar la felicidad de su insípida hijastra. Nada de su lado de la historia. Ni siquiera el discurso de la muerte de Daniel que le dió a Snow solo para que se retuerza en remordimiento durante su sueño eterno.

Leyó e ignoraba el momento en el que los ojos se le llenaron de lágrimas. Le daban ganas de reír por las estupideces que retrataba ese libro. La ideaba como una persona incapaz de amar. Que lo único que siempre sintió fue puro odio y su única razón era una cuestión de envidia. No decía nada sobre belleza, pero sí sobre arruinar la felicidad que a ella le faltaba, y la razón que carecía de alegría era por ser malvada y nada más que malvada.

Que toda su maldad venía del odio a Snow.

La verdad, y nada más que la verdad, era que ella siempre amó a Snow. Pero también la odiaba. Estaba tan rota que no podía permitirse amarla. Sabía que si la mataba se odiaría por ello, pero si la dejaba vivir, su alma estaría en constante conflicto. Quería saciarse, pero las consecuencias serían terribles.

No podía olvidar su traición, necesitaba un culpable para su miseria, alguien a quien castigar. Estaba su madre, pero era su madre. Además de ser una poderosa hechizo contra la que no podía competir. Estaba ella, pero era doloroso creer que la gente que ama se muere por su culpa. Y eso dejaba a Snow... Era tan fácil odiarla, especialmente cuando la enseñanza de su madre — el amor es debilidad— quedó grabado en su mente.

Ahora las lágrimas de frustración luchaban para caer por sus mejillas, pero no las dejaría ganar. Ella estaba en control, siempre. Apretó sus párpados con una expresión de colapso.

Todo se volvía borroso. Las voces, las personas, los objetos, la oscuridad misma...

Hasta que perdió el conocimiento.