Inspiración

A modo de ocupación, el ladrón de pelo oscuro había vivido siempre una vida de auto-servidumbre. Sus necesidades eran, naturalmente, lo primero, independientemente de las repercusiones que sus diversas actividades ilícitas pudieran tener sobre los menos afortunados. Honestamente ¿A quién le importa si su camino de ladrón dejaran unas cuantas vidas en medio del caos?

Ni siquiera una sola alma había bateado un ojo cuando su propia vida había sido tan gravemente afectado y desgarrado.

Esa es la verdadera naturaleza de la humanidad; siempre preocupados por ellos mismos y observaban tragedias como si fueran puestas a escena para su entretenimiento, solo espectadores con poca preocupación o inversión personal. Aunque, sin falta, son los primeros en quejarse cuando tales atrocidades se encuentran llamando a sus puertas. No; los seres humanos eran criaturas egoístas y Death the Kid había aceptado fácilmente esto, incluso asimilado, como miembro de la propia especie.

El oro era duro, constante, y las joyas brillaban tan lindamente, seduciendo de la misma manera como polillas a una llama. Hermosa, tangible, y cuanto más se tenía de ella más aumentaba el valor de su vida. Kid lo ansiaba, buscaba por ello, físicamente necesitando esa validación de su existencia. Si era lo suficientemente rico, él podría reconstruir toda su vida, y los recuerdos de su familia en llamas a su alrededor ya no mancharían su cada sueño.

Era liberador el hecho de que nada le importaba, solo preocuparse de sus propios asuntos y la próxima adquisición. Nada dolía y cuanto más oro alineaba sus bolsillos más profundo era el entumecimiento, llenándolo de hielo líquido y endureciendo su ser de adentro hacia afuera. Y Kid lo prefería así.

Pero, como todas las cosas en la vida que inevitablemente pasan, todo esto cambió cuando fue liberado del calabozo del castillo y encargado con la tarea de asesinar a la Reina Crona.

Una idiota torpe que, sin duda, no tenía idea de los verdaderos funcionamientos del mundo, las crueldades que yacen más allá de las fronteras seguras de las murallas del castillo. Aunque ella podía haber empuñado la espada con toda la gracia y la habilidad de un maestro, ella era como un niño en materias de la conducta humana; tan preparada para regalar su confianza que, al principio, rutinariamente la conducía a ella misma a peligrosas, aunque fácilmente evitables, situaciones que Kid se encargaría de desenterrarla. ¿Cómo podía tal mujer siquiera aspirar a gobernar un reino? Su corazón era demasiado blando, demasiado lleno de compasión.

El mundo la devoraría y corregiría eso lo suficientemente bien.

Pero Death the Kid, a su gran y absoluta confusión, llegó a encontrar que con el tiempo no deseaba que las crueldades de su dura realidad sofocaran esa bondad que vibraba dentro del pecho de la noble. Crona era una rareza; una inconsistencia en los una vez infalibles edictos de la humanidad, ella cuidaba de todos, ya sean bellos o feos, pobres o ricos. Para ella eran su pueblo por encima de todo y por los cuales se preocupaba. Incluso un criminal como él.

Kid no podía olvidar el gorgoteado grito de acero perforando carne, la vida de su aspirante asesino bañaba la espada de la joven monarca en gruesas salpicaduras de rojo. Crona había salvado la vida del ladrón sin pausar, aun plenamente sabiendo que una vez él mismo había recibido el encargo de robarle la suya.

Crona era una tonta. Y Kid estaba enamorado de ella.

Por primera vez su frío corazón empezó a latir por otro, y aunque no lo demostró, Death the Kid se encargaba de que la Reina descansara lo suficiente y se alimentara. Que todas sus lesiones fueron tratadas antes de que alguna infección se contrajera y que no fuera preocupada por cosas más de lo necesario. Mientras que él, por su propia norma de trabajo, generalmente evitaba tácticas de combate directos, Kid estaba bastante dispuesto a matar tanto a mujeres como a hombres, si la vida de la Reina estaba en peligro perceptible.

Kid no estaba seguro de cómo manejar el cuidado de otro después de tanto tiempo de preocuparse sólo de sí mismo. Era una masa espesa en su pecho, llenando las cavidades vacías con su aparente calidez que hasta solo una pequeña sonrisa de Crona lo dejaba mareado con deseo. Una necesidad que no podía ser saciada por el toque de las prostitutas que se arremolinaba en la taberna local.

Era desconcertante. Una mujer no debería tener tal influencia sobre él y su cuerpo. Ella no debería hacer que anhelara por besarla, por tocarla, por restregarse contra ella y hacer que la dama llamara su nombre como una oración al cielo. Y sin embargo, el deseo se instaló en su pecho, sus partes mas íntimas, dejado a hervir durante semanas hasta el grado de que estaba seguramente enloquecido, atrapando a la Reina temeraria en un beso de pasión y necesidad que no podía ser medido o expresado.

Esa noche se hicieron amantes. Y a medida que el ladrón se acostó con la hermosa dama presionada cómodamente en el calor de su pecho, Kid llegó a una adormecida realización. Por más de la mitad de su vida, el ladrón había buscado desesperadamente riqueza, riquezas de cualquier cantidad adoradas con la referencia de un dios. Nunca había sido suficiente, el dolor dentro de él jamás desapareciendo por completo. Pero con las bocanadas calientes de aliento contra su cuello, Kid sabía con una certeza creciente de que finalmente había obtenido algo más precioso que todas las joyas en el mundo.

El amor de Crona era más valioso que el oro.


Este es un regalo tanto para mi como para ustedes, queridos lectores, porque hoy es mi cumpleaños y que mejor manera de celebrarlo que con un fic que todos podamos disfrutar.

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