Capítulo 11
Dos semanas después de conseguir su licencia de aparición, Severus se vio rodeado de gryffindors. Potter, Black y Lupin continuaban siguiéndolo a todos lados en la distancia, como los acosadores perturbados que eran, pero habían empezado a acercarse paulatinamente a su mesa de estudio en la biblioteca. Si bien era cierto, por otro lado, que Black y Potter no duraban mucho tiempo quietos y solían marcharse de la biblioteca mucho antes que Lupin, que a su vez se iba media hora antes de que Severus se empezara a mover, casi azuzado por Madame Pince.
Severus encontraba difícil concentrarse. Su mirada iba y venía por la biblioteca, perdida, y solía posarse unos segundos sobre Lily y sus amigos, que estudiaban en el otro extremo de la enorme sala. Apenas podía ver el pelo rojo como la llama desde su posición, pero aquella vista le transmitía una nostalgia extraña y perturbadora. Sus sentimientos por Lily eran demasiado conflictivos como para que Severus quisiera prestarles atención; el cómo ella le había dejado de lado a la mínima oportunidad le ponía furioso en contraposición con la nostalgia que sentía al verla.
Aún así, su mirada solía caer en los gryffindors con relativa facilidad. Era tan habitual ahora sospechar de todo y de todos que su cerebro maquinaba infinitas posibilidades sobre ese hecho, ese acercamiento de los que le habían humillado hacía años. Severus intentaba mantener todas las opciones en la mesa, barajar que quizás sentían verdadero interés por él y no era solo una treta para humillarle todavía más. Era difícil quitarse de encima la paranoia, incluso después de años de alto el fuego; sobre todo cuando intentaban colaborar y ayudarse – incluso Black pretendía ser amistoso – en clase de Pociones.
Esa tarde, sin embargo, Potter, Black y Lupin no hicieron amago de estudiar en su mesa, muy cercana a la de Severus, sino que fueron directamente a sentarse con él. Severus se sintió palidecer, desfalleciente: Avery no andaba lejos y verle sentado al lado de gryffindors no sería bueno para sus tratos con el resto de Slytherin. Cuando los tres idiotas dejaron sus cosas en la mesa, sin tocar los pergaminos y libros de Severus, este último saltó:
—No podéis sentaros aquí. —Lupin se quedó congelado en el sitio. Black hizo amago de coger la bolsa de nuevo, aliviado quizás por salir de allí. Los dos miraron a Potter, que negó con la cabeza y le sonrió:
—Son sitios libres, nada nos impide sentarnos aquí.
Black gruñó y Lupin tiró de la manga de su túnica, incitándole a tomar asiento. Black se sentó en el lugar más diametralmente opuesto que pudo encontrar, sin verse para nada cómodo en esa situación. Por una vez, Severus estaba de acuerdo con Black: aquello no era una buena idea. Lupin y Potter tomaron los asientos restantes. Severus inspiró con fuerza, recordando que estaba prohibido matar a otros estudiantes en el colegio. Si no fuera así, se habría bañado con la sangre de los incautos.
—De acuerdo, hora de trabajar. —anunció Lupin, mirando con cautela a Severus, que intentaba concentrarse de nuevo en su trabajo.
Permanecieron un rato en silencio, tan solo roto por los crujidos de los pergaminos y el pasar de hojas en los libros. Potter se acomodaba de vez en cuando en su asiento, inquieto nada más empezar a trabajar. Black movía la pierna rítmicamente, sin hacer ningún ruido. Severus los observó con precaución, incapaz de concentrarse cuando la amenaza se encontraba tan cerca: Potter y Lupin intercambiaban miradas serias y de vez en cuando, le lanzaban una mirada a Black. El último miembro del trío estaba más bien distendido, mirando a la gente pasar por su lado, asesinándoles con la mirada. Algunos murmuraban al verlos juntos.
—Largaos. —gruñó Severus finalmente cuando un par de slytherins le miraron muy fijamente.
—Todavía no hemos terminado de estudiar. —murmuró Potter sin levantar la vista de su redacción de Transformaciones. Lupin miró alrededor, nervioso. Los gryffindors también murmuraban y les miraban.
—Me da igual, iros.
—Estamos en nuestro derecho de estar aquí. Relájate, Snape. —le rebatió de nuevo Potter, sin mirarle. Era el único de los cuatro que parecía verdaderamente relajado.
—¿Qué pretendes, arruinarme? —le espetó Severus. Black giró bruscamente la cara.
—Salvarte, más bien. —le siseó Black. —Si no te alejas de los mortífagos antes de fin de curso, Voldemort te marcará, como a tus no-amigos.
—¿Y a ti qué te importa lo que me suceda?
—Cierto. —confesó Black. Miró a Lupin y a Potter alternativamente. —¿A nosotros qué nos importa? Ya ha decidido ser mortífago, así que –
—Snape no ha decidido nada. —contestó Potter tajantemente.
—Estamos aquí para ayudarte. —reconoció Lupin, más calmado. —Sirius tiene razón; si no quedara tan poco tiempo para que salgas del colegio siendo mayor de edad, Mulciber no te estaría presionando de esa forma. Ya sea porque Malfoy lo dice o es idea propia de Mulciber, la "tradición" es marcar a los captados a la primera oportunidad que se tenga tras la mayoría de edad.
—Nada me gustaría más que fuera Regulus el que se sentara ahí. —rumió Black, señalando el sitio de Severus. —Pero tenías que ser tú. —escupió con desprecio.
Black se levantó, enfadado, recogió sus cosas rápidamente y se marchó a la velocidad del rayo. Potter y Lupin suspiraron y le siguieron, despidiéndose brevemente de Severus. Aquella última frase le había dolido, aunque sabía que tampoco tenía que tomárselo muy a pecho, dado quien la había soltado. Aún así, las miradas peligrosas de los slytherins continuaron en su sitio, sin olvidar su traición.
Las siguientes semanas fueron delicadas. Black había vuelto a tercero, cuando todavía le odiaba a muerte y su sola presencia le provocaba arcadas; Severus casi lo prefería ignorándole a esa nueva actitud tan molesta e infantil. Potter y Lupin trataban de mediar entre ellos, aunque apenas se hablaban, pero Severus no estaba de humor para seguir jugando con los gryffindors. Aún así, Potter, Lupin y asombrosamente también Black, se sentaron en su mesa al menos un par de veces a la semana, cuando tenían menos deberes – Black se iba en cuanto podía, y cuanto menos tuviera que hacer, más rápido se marchaba.
Severus sabía que había algo raro. Regulus le lanzaba miradas largas y Rosier y Mulciber se mostraban suspicaces a su alrededor, como si pensaran que estaba tramando algo. Black a veces le lanzaba miradas crípticas, no tan llenas de ese odio que había vuelto en todo su esplendor. Potter y Lupin se negaban a decirle nada, comentando que eran asuntos personales de Black. Hasta que lo descubrió todo.
Las mazmorras eran un lugar de paz y tranquilidad, y sobre todo, silencio. Era extraño que esa parte del castillo resultase tan fría y solitaria cuando las cocinas estaban tan cerca. Aún así, el revuelo y la agitación inusual no desvió a Severus de sus pensamientos mientras paseaba, dando un gran rodeo en su camino a la Sala Común de Slytherin. Al menos no hasta que tuvo el problema en sus narices.
Se escuchaban susurros y amenazas desde una de las clases en desuso que había en las mazmorras. Era extraño que hubiera alguien allí, puesto que esa parte del castillo estaba casi totalmente abandonada. La puerta del aula estaba volteada, sin llegar a cerrarse del todo. Severus lo pensó con claridad, escuchando a Mulciber soltar una risotada desde dentro: no, no iba a meterse en problemas con él. Luego, Sirius Black gruñó.
Severus se acercó, movido por la curiosidad. ¿Qué hacía Black allí, al lado de sus tan sonados enemigos, los mortífagos? Con cuidado, escudriñó por la rendija de la puerta, haciéndose una imagen de la situación. Mulciber, Avery y Rosier estaban de espaldas a Severus. Como ya conocía sus métodos, no le pareció extraño que Mulciber estuviera muy cerca de su víctima, un Sirius Black desarmado pero desafiante, que Avery se apoyara delicadamente contra una mesa polvorienta, como apoyo y Rosier se quedara relativamente cerca de la puerta, por si su presa intentaba escapar. Oh, pero Sirius Black no iba a escapar.
—Tienes potencial, Black. Resulta tremendamente descorazonador ver todo ese potencial irse por el desagüe, juntándote con esos gryffindors.
—¿Ahora intentas reclutarme a mí también? —le espetó Black, incrédulo.
—Oh, a ti también. —repitió Mulciber. Se volvió a mirar a sus compañeros, con las cejas alzadas. —Así que sabes cómo están las cosas con Snape. Bien, bien. Se unirá pronto. Podrías unirte al mismo tiempo, eres mucho mejor que él. —Severus sintió una punzada de celos en ese momento. ¡Black no era mejor que él! —Un fracasado y sucio mestizo contra el exitoso y gallardo Sirius Black. Toujours pur. —repitió el lema de la casa Black con retintín.
—¡Hmpf! —bufó Black. —No sé porqué te molestas, Mulciber. No voy a unirme a tu secta de locos. Aunque no puedo decir lo mismo de Snape. —terminó sin un deje de arrepentimiento en la voz. Severus se mordió el labio inferior: no quería unirse, se recordó a sí mismo.
—De acuerdo, como quieras. No soy quién para cambiar tu forma de pensar, ¿no es así? —Avery y Rosier se rieron extrañamente a sus espaldas. —No, no, claro que no soy nadie para decirte lo que hacer, Black. Eso es trabajo de tus padres. —agregó con un toque de maldad. Black se tensó visiblemente. —Pero sí soy quien tiene que decirte que dejes a tu hermano en paz.
—No. —se negó Black. Rosier agitó la varita de Black en el aire y los ojos grises del sangrepura se volvieron un momento a mirarla. Parecía un recordatorio para que no se pasara de los límites y eso humillaba a Black.
—Lo harás. Tu hermano no quiere saber nada de ti, traidor. Regulus ya ha elegido lo que es mejor para él y para su familia. Si tuvieras un poco de decencia y no estuvieras corrompido por las mentiras del amante de los sangresucia, sabrías que esto es lo que debes hacer.
—¿No te has parado a pensar que igual eres tú el necio incapaz de ver más allá? Solo porque te gusta creerte superior a los demás no significa que lo seas. —le atacó verbalmente Black.
Mulciber sacó la varita. Severus tragó saliva, sabiendo que eso sería duro para Black. Mulciber no se dejaba llevar usualmente por la ira – menos mal, porque algunos de sus hechizos podrían matar a alguien si no controlaba su temperamento – pero sobre todo, era demasiado controlador. Su varita se movió vagamente por el aire, como pensando en qué maldición serviría para abrir la fiesta. Avery y Rosier seguro que tenían sendas muecas crueles en la cara, Severus recordaba haber visto sus sonrisas en cada una de esas charlas que había tenido.
Black arrugó la cara, poniéndose en guardia. La espera antes del hechizo siempre era frustrante. Finalmente, Mulciber se decidió y comenzó a lanzarle maldiciones, bastante livianas todas ellas. Apenas eran hechizos de Defensa de primer y segundo curso, encantamientos repelentes para que Black se golpeara y cayera al suelo una y otra vez, humillándole. Avery se revolvió en su sitio, impaciente y queriendo contribuir. Rosier se apañaba con ver el espectáculo.
Black cayó de rodillas al suelo, gruñendo de dolor. Mulciber le golpeó la cara con el pie, pateándole con fuerza, y paró por un momento. La sangre caía al suelo en pequeñas gotas. Black estaba a cuatro patas, recuperando el aliento, sin mirar a sus atacantes. Severus se sentía indispuesto cuanto menos; Black estaba en esa situación por tratar de convencer a Regulus de que no se uniera a los mortífagos.
Recordaba la preocupación de Black hacia su hermano. Recordaba cómo Black le odiaba porque él estaba en la situación en la que quería que estuviera su hermano. Recordaba a Potter hablando de la difícil relación de Black con Regulus. También recordaba que Black había accedido a sentarse en la misma mesa que él aún cuando no le debía nada y no quería estar ahí. Black estaba intentando ayudarlo a no caer en la misma trampa en la que había caído su hermano, pensó Severus como si acabara de descubrir un misterio del universo.
Severus inspiró con fuerza. Mulciber se reía de Black, que ni siquiera le miraba a la cara por la vergüenza. Avery y Rosier reían detrás de su líder, seguros de sí mismos. Oh, Severus odiaba a los abusones. Inspiró con fuerza de nuevo, formando una estrategia en su mente, y finalmente entró, reventando la puerta contra la pared. Su cuerpo pareció moverse solo, aturdiendo a Rosier y casi instantáneamente a Avery también. Sus cuerpos flácidos resbalaron hasta el suelo mientras Severus avanzaba hacia Mulciber, varita en mano.
—Deja a Black. —ordenó Severus. Mulciber miró a sus camaradas caídos antes de lanzarle una mirada incómoda y desafiante.
—¿O qué? —le retó. La varita de Severus se clavó en su cuello. La otra mano le quitó la varita, tirándola a un lado. Aún así, Mulciber seguía digno. Black les miraba a los dos desde el suelo, confuso.
—No eres el único que sabe maldiciones prohibidas.
—No te atreverías. —se burló, sin fuerza. La cara de Severus no mostraba ninguna emoción y aquello parecía mucho más terrorífico que su cara retorcida de odio.
—Pruébame y lo averiguarás. —Mulciber pasó el peso de un pie al otro, realmente incómodo. Al final, decidió su estrategia a seguir, pensó Severus con diversión.
—Si te vas ahora, Severus, pasaré por alto esta ofensa. —Severus le presionó un poco más. —Todavía quedan demasiadas semanas en el castillo como para que puedas sobrevivir al infierno que puedo hacer caer sobre ti.
—Deja a Black. —repitió Severus, convencido, aunque por dentro no lo tenía tan claro. Mulciber tenía razón en todo: podía hacer que el cielo se le viniera encima con solo mover unos cuantos hilos y quedaban muchas – muchas – semanas de clase por delante como para que Severus pudiera soportarlo.
