Como lo había anunciado, Sancho de Pamplona invadió a la Castilla en armas, y los nobles castellanos tuvieron que inclinarse ante su nuevo soberano. Pero obligaron a Sancho a designar a su hijo Fernando como conde, en vez de García, su primogénito. Así se aseguraban que la soberanía de los dos territorios no podía ser detenida por la misma persona. Muniadona, por su parte, exigió a su marido la muerte de los hermanos Vela, que se habían refugiado en Navarra.
El rey Alfonso murió apenas algunos meses después de nuestra llegada a León. Su esposa Urraca tuvo que asumir la regencia y, siendo la hermana del rey de Navarra, se apoyó sobre sus partidarios y en particular Fernán Laínez. Nos resultaba odioso ver a ese personaje pavonearse por el palacio cuando seguíamos convencidos, Paulo y yo, de su papel en la muerte de García de Castilla. Intentó varias veces deshacerse de nosotros, pero el resto de la corte leonesa se negó rotundamente a librarnos a Sancho sin una orden directa de Bermudo III, que el rey de once años nunca quiso dar, alegando su respeto por la voluntad de su difunto padre. Sin embargo, tuvieron que aceptar la decisión de la regenta y quedarse sin reaccionar cuando se enteraron que durante la invasión de la Castilla, Sancho había pasado las fronteras y anexado algunos territorios perteneciendo al reino de León. Menos mal, doña Urraca Garcés murió cuatro años después. Bermudo no perdió tiempo en tratar de reconquistar las tierras comprendidas entre los ríos Cea y Pisuerga, sin éxito. Bajo la influencia de los consejeros de su madrastra, y el chico de quince años se dejó convencer que la única manera de recuperar a esos dominios era mediante una alianza con Fernando de Castilla. Por eso, decidió casarse con Jimena, su prometida desde que era niño, y ofrecer al joven conde su hermana Sancha.
La boda fue horrible. La familia real de Navarra vino al completo, y se quedó en el palacio de León durante una semana. El rey Sancho incluso había traído a su bastardo, Ramiro, y a la madre de este, Sancha de Aibar, y exigía que esos dos fueran tratados con los mismos honores que los otros miembros de su familia. Miré a Muniadona, a ver como se lo tomaba, pero la pobre sólo parecía resignada. A sus 37 años de edad, la reina de Pamplona me parecía vieja y cansada. Paulo y yo habíamos resuelto ser muy discretos, y quedarnos con los miembros de la corte que se habían opuesta a esa doble unión. Por eso, sólo fuimos presente el día de la llegada de los navarros, para darles la bienvenida como lo exigía la etiqueta, y el día mismo de la boda. Las dos veces, Sancho nos trató con el mayor desprecio, e incluso pidió que fuéramos nosotros sus coperos durante el banquete, pero Bermudo y su hermana se negaron a que fuéramos tratados como sirvientes. Se ve que Sancho se tomó muy mal la negativa, y se pasó el banquete mascullando insultos en su barba, y echándonos miradas de puro odio. Cuando ya empezó el baile, le dije a Paulo que prefería retirarme en nuestros aposentos, y mi hermano sólo opinó, saboreando su vino con los ojos en la pista. Seguramente se preguntaba a quién iba a invitar a bailar. La verdad es que mi hermano ya tenía bastante éxito con las damas, y sólo tenía que elegir entre la masa de sus admiradoras.
Paulo estaba casi repuesto de la disolución del califato de Córdoba, pero yo había sido muy enfermo en los últimos años. Desde 1009, cuando había empezado la guerra civil, nos habíamos acostumbrado los dos a sufrir dolores de todo tipo: de articulaciones, de tripa, en el pecho… Siempre nos dolía algo y ya habíamos aprendido a sufrir en silencio. Pero a partir de los años 1020, el dolor se había hecho a veces intolerable, obligándonos a guardar la cama durante varios días. En el año 1031, un día, nos habíamos derrumbado los dos de golpe, con un tal dolor en el pecho que no podíamos respirar. Eso fue causado por un levantamiento que obligó al último califa, Hisham III, a huir. Las últimas regiones del califato que todavía no se habían declarado independientes aprovecharon que el trono estaba vacante para hacerlo, convirtiéndose el poderoso califato omeya en una mosaica de pequeños reinos autónomos, llamados taifas. Tras ese acontecimiento histórico, Paulo había podido levantarse y retornar a sus ocupaciones tras un par de semanas, pero yo había quedado enfermo durante mucho más tiempo, y me sentía todavía algo débil, incluso un año después.
Me estaba arrastrando por los pasillos, vencido por el cansancio y pensado sólo en la cama blandita en la que me iba a echar minutos después, cuando alguien me atrapó por el pellejo y me estampó contra el muro.
- ¿Dónde crees que te vas, eh? ¡Ahora se acabaron tus jueguecitos! – resopló el rey de Pamplona en mi cara, con el aliento apestando a vino.
- ¿M-mis jueguecitos?
- ¿Crees que no veo como me azuzas? ¡Desde el principio, has estado jugando conmigo! Las miradas de reojo, las sonrisas… y esa risa clara que sólo dedicas a los demás. Todo para atraer mi atención, ¿a qué sí? Cuando por fin pude hablar contigo, te hiciste el difícil, y comprendí que me estabas poniendo a prueba. Pero cuando ya casi te tenía en mi poder, me rechazaste como si fuera el ser más inmundo de la tierra. ¡Me humillaste! ¡Pero ahora se acabó!
- ¡Se equivoca! ¡Yo nunca me comporté de tal manera! ¡No soy ninguna coqueta, maldita sea, soy un chico! – me defendí, sofocando con su antebrazo apoyado en mi garganta.
Intentaba empujarle para apartarle de mí, sin éxito.
- ¿Te crees que no lo noté? Soy muy consciente de eso. Pero me robaste la razón con tu actitud provocadora. ¡Yo lo hice todo por ti, TODO! ¿Qué esperas de mí ahora? ¿Por qué te haces el distante y me huyes así?
- ¡Yo nunca le pedí nada, ni le provoqué de cualquier manera! ¡Usted se montó una escena en su cabeza de chorlito, pero son todas imaginaciones suyas!
- Tú y yo sabemos que eso no es verdad. Pero no importa: hoy serás mío, que lo quieras o no.
Ya sentía la cabeza ligera por la falta de aire. Pero cuando Sancho deslizó una mano bajo mis túnicas para desatar los lazos de mis calzas, encontré la energía para pegarle patadas en la espinilla, que solo parecieron enfadarle más. Sancho desgarró mis calzas sin miramientos y se pegó a mí, una mano deslizando por mi costado para alcanzar mi trasero, e intentó besarme. Los ojos llenándose de lágrimas y el pecho quemando por la asfixia, le pegué un rodillazo en las partes íntimas con las últimas fuerzas que me quedaban.
- ¡Ah, puta zorra! – masculló Sancho, doblegándose para agarrarse las partes.
Caí al suelo, tratando de respirar hondo a pesar de que el aire parecía fuego en mi garganta.
- ¡Aquí está, Majestad! – me sorprendió una voz femenina. ¡Le busqué en todas partes!
- ¡Maldita sea, mujer! ¿Es que siempre debes llegar en los peores momentos? – gruñó el rey de Pamplona, volviendo la cara hacia su mujer.
- Es hora de entregar los regalos a los recién casados. Todo el mundo está esperando el discurso del rey de Pamplona – contestó Muniadona con calma a pesar de la escena que tenía delante.
- ¿Quién tuvo la idea estúpida de hacer eso justamente ahora?
- Su hijo Fernando notó que la gente se estaba cansado de bailar y se sentaba poco a poco en las mesas para conversar y beber aún más. Pensó que sería un buen momento, antes de que sean completamente borrachos. ¿No le parece?
- Ya voy, ya voy, maldita sea… ¡Y tú! – me dijo Sancho mirándome con rabia. ¡Nos veremos las caras!
Mientras su esposo se alejaba, Muniadona se quedó mirándome con cara impasible, mientras yo trataba de ponerme de pie y reatarme lo que quedaba de mis calzas, mirando al suelo con la cara roja de vergüenza.
- ¿Te encuentras bien? – preguntó dulcemente la reina cuando su marido hubo desaparecido.
- ¡C-cómo voy a estar bien! Trató de… Él trató de… ¡Gah!
- Ya lo sé, no es la primera vez que algo parecido ocurre. Ven conmigo, te acompañaré a tu cuarto.
No veía porque Muniadona me trataba de repente con tanta conmiseración, pero la dejé sostenerme. Cuando llegamos a la puerta de mi cuarto, sin embargo, me paré de repente, preso de pánico.
- N-no… ¡Mejor vayamos al cuarto de Paulo! Aquí me vendrá a buscar. ¿Lo oyó, verdad? ¡Dijo que nos veríamos las caras! A lo mejor no pensará a buscarme en el cuarto de Paulo…
- Vale. Vayamos al cuarto de tu hermano, entonces – aceptó Muna de buen grado.
Paulo me había sorprendido al pedir cuartos separados a nuestra llegada a León, cuando en Castilla siempre habíamos compartido uno. Pero me dijo que ya teníamos edad suficiente como para querer un poco de intimidad, y tuve que aceptarlo. Ahora le agradecía su decisión. Sin embargo, poco me esperaba, delante del cuarto de mi hermano, encontrar… a Paulo en persona, con aire inquieto.
- ¡Antonio! ¿Qué pasó? ¿Por qué está doña Muniadona contigo?
- ¿Y tu qué haces aquí?
- Sancho, cuando pasó al lado mío para ir a hacer su discurso, me dijo que esta noche, te haría suyo. ¡Me preocupé muchísimo! Fui a tu cuarto a buscarte, pero no estabas, así que vine aquí corriendo.
Era lógico que Paulo corriendo fuera más rápido que un adolescente muerte de cansancio y tiritando, y una mujer estorbada por sus largas túnicas. Además, había varias maneras de ir de un cuarto al otro, y seguramente no habíamos cogido el mismo camino. Y es que yo, una vez pasada la adrenalina del encuentro con Sancho, tenía un frío tremendo y sólo quería dormir, dormir, dormir. Viendo como mis ojos se cerraban por sí solos, Munia fue la que contestó.
- Hubo un… pequeño incidente con mi esposo en los pasillos. Antonio se sentiría más a gusto durmiendo contigo esta noche, si no te molesta, Paulo.
- ¡Un pequeño incidente! ¿Qué hizo el muy…?
- Tú tenías razón, Paulo – le dije con voz llorona, sentándome en la cama de mi hermano. Sancho no sólo codiciaba los territorios que encarnamos los dos. Me quería a mí, físicamente. M-me… Trató de…
Paulo se sentó a mi lado y pasó un brazo por mis hombros, y me apoyé contra él, cerrando los ojos. Muniadona eligió sentarse en una butaca, frente a nosotros.
- Sancho, de joven, siempre fue más atraído por los jóvenes de su edad que por la damiselas. Su madre y su abuela, quienes por entonces asumían la regencia, se inquietaron de eso y le mandaron a Sancha de Aibar seducir el joven rey e iniciarle a los encantos femeninos. Después que Sancho hizo de la señora de Aibar su amante oficial, dejándola embarazada incluso, la gente dejó de cuchichear y los rumores cesaron. Eso es lo que quería mi marido: que le dejaran en paz. La misma Sancha me dijo que no tenía por qué ser celosa, ya que nunca más la había tocado después. En realidad, nunca cesó de sentirse atraído por el mismo sexo, y tuvimos que despedir a varios sirvientes tras… incidentes del mismo estilo.
- ¡Y usted llama a eso "incidentes"! – se enfadó Paulo. ¡El muy guarro, le voy a…!
- Hay algo que no entiendo – dije en voz baja. Dejó a Sancha embarazada, ¿sí? ¿Y cuántas veces quedaste encinta, Munia?
- Diez, contando tres abortos entre García y Fernando, el pequeño Bernardo que murió a los pocos meses de nacer, y dos abortos entre Jimena y Gonzalo. Cuando nació este último, le dije a Sancho que ya no podía más, y me dejó tranquila a continuación. No le molestó mucho, desde luego, ya que cada vez que visitaba mi lecho lo hacía como si fuera la tarea más desagradable del mundo.
- Sí, pero… Consiguió excitarse de todos modos, ¿verdad? ¡Así que tiene que sentirse atraído por la mujeres!
- Eso no significa nada – repuso Paulo. Un hombre puede forzarse aunque no desee la otra persona.
Le lancé una mirada intrigada a mi hermano. ¿Acaso lo había experimentado él alguna vez? Muniadona se aclaró la garganta y se puso de pie.
- Voy a dejaros, o se preguntarán dónde me he metido. Lo siento mucho por mi marido…
- No se preocupe. No es su culpa – le dijo Paulo, levantándose para acompañarla hasta la puerta.
Ya a solas, Paulo me ayudó a ponerme cómodo, y se acostó a mi lado para tomarme entre sus brazos.
- Paulo… - murmuré, somnoliento.
- ¿Sí, Antonio?
- ¿Por qué dijiste que un hombre puede forzarse sin deseo? ¿Te pasó a ti?
Paulo suspiró y se apoyó sobre un codo para mirarme.
- Lo que te voy a decir ahora, no lo he dicho nunca a nadie, ¿vale? Me tienes que prometer que se quedará entre nosotros.
- ¡Claro! ¡Puedes contar conmigo!
Paulo me lanzó una mirada que parecía decir "No, no puedo, pero qué remedio". Pero seguro que la interpreté mal por culpa de la oscuridad. Claro que mi hermano confiaba en mí, ¿verdad?
- No me gustan las chicas tampoco – me confesó Paulo de repente.
- ¿C-cómo? ¡Pero si siempre estás cortejando a la una o a la otra!
- Ya lo sé. ¿Ya entiendes lo de "forzarse sin deseo"? Todo es una cuestión de salvar las apariencias.
- P-pero… ¿Y con un chico? ¿Ya lo intentaste?
- Como ya te dije, hemos vivido largos años con sultanes que preferían la compañía de chicos jóvenes.
- ¿Y lo disfrutaste? ¿Cómo fue?
- ¡Qué es esa clase de pregunta! ¿No estás asqueado?
- ¿Asqueado? ¿Por qué?
- Eso es un pecado mortal, sabes. Desde que vivimos en territorio cristiano, nunca más caí en la tentación. Pero rezo todos los días el Señor para que me dé la fuerza y que me perdone mi debilidad.
- ¡Entonces rezaré para ti también! – decidí con una amplia sonrisa.
Paulo se me quedó mirando, extrañado.
- ¿Y por qué harías tal cosa?
- ¿Y por qué no? Somos hermanos, ¿recuerdas? Y hermanos se apoyan en todas circunstancias. ¡Yo siempre estaré de tu lado, hagas lo que hagas!
A pesar del largo silencio que siguió esas palabras, no sospeché ni un segundo que mi hermano ya estaba pensando en traicionarme.
