Capítulo 10

Las velas titilaban alegremente sobre la repisa de la chimenea y en la mesita que había dejado frente a ellos la sirvienta tras recoger los platos de la cena. Acurrucada en el sofá tapizado con chintz, las piernas dobladas sobre el asiento y el brazo de Terry alrededor de sus hombros, Candy nunca había vivido una situación tan íntima.

Se llevó la copa de vino a los labios y tomó un sorbo de aquel líquido que Terry insistía desde hacía una hora en que probara, pensando cuándo decidiría su esposo retirarse a su habitación. Ni siquiera estaba del todo segura de si ella misma disponía de habitación própia aquella noche.

Mientras se bañaba antes de la cena, Terry hacía lo mismo en la pequeña habitación contigua, pero en aquella solo se veía un pequeño catre, a buen seguro destinado a un ayuda de cámara o a una doncella. Candy viajaba sin doncella y era perfectamente capaz de arreglárselas sola; Terry había comentado que prefería prescindir de su ayuda de cámara al tratarse de un desplazamiento corto. Teniendo en cuenta que ninguno de los dos llevaba servicio particular, Candy se preguntó si la posada estaba llena y él se vena obligado a dormir en la habitación contigua.

Las sombras bailaban en la chimenea y el fuego ayudaba a combatir el fresco de aquella noche primaveral, al tiempo que daba a la estancia un ambiente más acogedor; los pensamientos de Candy pasaron de los detalles del alojamiento al tema de los hijos. Terry le había prometido demostrarle aquella noche cómo se hacían los hijos. No comprendía por qué los casados seguían rodeando de tanto misterio aquella cuestión. No podía ser algo tan terrible, sobre todo si una pensaba que las parejas inglesas lo practicaban a menudo para mantener el crecimiento de la población del país.

Tal vez el secreto se debía a que la sociedad no quería que las muchachas como ella, a las que les hubiera gustado un bebé con o sin marido, fueran de aquí para allá procreando por su cuenta.

Decidió que aquello era lo más lógico. Desde el principio de los tiempos, mandaban los hombres, y ellos eran quienes decretaban que una chica estaba deshonrada si tenía un hijo sin casarse antes con uno de ellos. Tenía su lógica. No obstante... la teoria tenía sus puntos débiles...

Un bebé —pensaba con añoranza—. Un bebé.

Como hija única que era, la idea de poder abrazar, cuidar y atender a un pequeño de cabello oscuro y jugar con él la hacía feliz. Por otro lado, había leído suficientes tratados de historia para saber lo importante que era un heredero para un hombre con título, en especial con un título tan insigne como el de Terry. La súbita conciencia de que ella iba a ser la que proporcionaría a Terry su heredero la llenó de orgullo y de alegría.

Miró a su esposo de reojo y el corazón le dio un vuelco. Le vio apoyado en los cojines, la camisa blanca algo abierta y la dorada piel al descubierto a la luz de las velas. Con aquel cabello oscuro ondulado, los rasgos duros y bien contorneados, con su extraordinario cuerpo, a Candy le pareció que estaba al lado de un dios.

Se planteó si en realidad estaba haciendo lo que debía, acurrucada contra él de aquella forma disfrutando de sus besos, pero enseguida comprendió que no podía resistirse a algo tan maravilloso. Además, Terry era su marido ante Dios y ante los hombres y no tenía ninguna razón para simular que le parecían desagradables sus atenciones. Su abuelo, evidentemente preocupado por la imagen que le ofrecían sus padres de la vida matrimonial, a menudo le hablaba con sumo cuidado de lo que debía ser está. «En el matrimonio, las personas suelen cometer dos errores —le había repetido él—. El primero: casarse con la persona no adecuada. Pero una vez se ha casado uno con la persona adecuada, el otro error consiste en negarle una parte de uno mismo o de su amor. Cuando entregas a tu marido tu amor incondicional, él te lo devuelve.»

Los pensamientos de Terry no tenían un objetivo tan perfilado pero eran mucho más prácticos, En aquellos instantes, intentaba encontrar la forma más rápida de quitarle la ropa sin aterrorizarla.

Candy notó los labios de Terry en su pelo y sonrió demostrando el placer que le producía, pero no le sorprendió el gesto, pues aquella noche él lo había repetido unas cuantas veces. Lo que sí la sorprendió después fue que le quitara la copa de la mano, la pusiera sobre su regazo y le diera un largo y apasionado beso. Y la dejó tan atónita que unos minutos después le sugiriera, con suavidad pero también con firmeza, que utilizara el biombo de la esquina de la habitación para desnudarse y ponerse el camisón.

Pensando en el camisón menos indecente de los que le había confeccionado la modista francesa para el viaje de novios, Candy se levantó y preguntó a su marido con cierta incomodidad:

—¿Dónde va a dormir usted?

—Con usted —respondió él.

Candy lo miró con recelo. Tenía la impresión de que aquella curiosa decisión de dormir con ella estaría relacionada con el misterio de los hijos y, sin saber exactamente por qué, vio que no estaba muy segura de querer descubrir el secreto.

Por lo menos de momento.

—No preferiría dormir en una cómoda cama solo para usted? —le sugirió, esperanzada.

—Para hacer un hijo hay que compartir la cama —le dijo él tranquilamente— y no dormir cada cual en la suya.

Candy le miró con aprensión.

—Por que?

—Dentro de un momento se lo explico.

—Y por que no ahora? —imploró ella.

Un curioso sonido ahogado escapó de su garganta, pero Terry mantuvo el aire serio.

—Porque no puede ser.

Observó como Candy se dirigía, poco decidida, al biombo, y la sonrisa que había tenido que disimular apareció en su rostro al contemplar los rectos hombros y la suave oscilación de las caderas de ella. Se dio cuenta de que el miedo empezaba a apoderarse de Candy y aún no le había puesto la mano encima. Sin duda, la mujer poseía un sexto sentido que le indicaba que un hombre era un ser peligroso y poco de fiar en el momento en que ella se encontraba sin la protectora barrera de la incómoda ropa que llevaba encima. Se le ocurrió que Candy era una caja de sorpresas.

Una mujer con la cabeza de un erudito, el corazón de una persona inocente y el ingenio de un sabio. De repente se mostraba audaz y atrevida, hasta el punto de apuntar con una escopeta y disparar para matar al hombre que intentó acabar con su vida, y poco después la sorpresa de haberlo conseguido la dejó inconsciente. Había sacado a colación el tema sexual con la curiosidad imparcial de un científico; ahora que tenía ante ella la oportunidad de experimentarlo, temblaba de inquietud y pretendía ganar tiempo.

El temor de ella le preocupaba pero no lo suficiente para renunciar a satisfacer el ansia inexplicable que sentía su cuerpo. Pese a que era terriblemente joven en comparación con las experimentadas y mundanas mujeres con las que se había acostado tantas veces, tenía edad suficiente para el matrimonio e incluso para concebir un hijo. Por otra parte, había pagado carísimo el privilegio de disfrutar de aquel cuerpo. El precio había sido el de concederle su nombre y su mano.

No obstante, a medida que iba pasando el tiempo, la pasión por hacer el amor con ella aquella noche iba disminuyendo, sobre todo a causa de dos razones: En primer lugar, Candy no tenía ni idea de lo que pretendía hacer él, y cuando lo imaginara, seguro que, aparte de mostrarse asustada, opondría resistencia. En segundo lugar, aun en el caso de que no sintiera miedo ni se resistiera, a Terry tampoco le emocionaba tanto la perspectiva de meterse en la cama con una muchacha sin la menor experiencia y sin instrucción en el arte amatorio.

A diferencia de otros hombres que se fijaban sobre todo en las jóvenes inocentes, Terry prefería acostarse con mujeres que dominaran el arte del amor: mujeres sensuales, dispuestas, que supieran cómo complacerle y aceptaran el placer que él les proporcionaba sin timidez ni reservas.

El hecho de que las mujeres que se acercaban a él a menudo buscaban algo —ya fuera su título o el reflejo del brillo de su fama y popularidad— le inquietaba muy poco. Al fin y al cabo, él también buscaba algo en ellas, y la autosatisfacción constituía el eje sobre el que giraba su sofisticado mundo.

De todas formas, independientemente de las razones que tuvieran para reclamar su atención, una vez agotada la pasión, Terry prefería dormir solo.

Ya no se oía ningún movimiento al otro lado del biombo, por lo que él pensó que Candy ya se había cambiado y seguía allí porque le daba vergüenza que la viera en camisón.

Después de decidir que lo más tranquilizador que podía hacer era tratar la cuestión de la ropa —o la falta de está—con calma, sin darle importancia, Terry se levantó y se dispuso a servirse otra copa de vino.

—Quiere que le ayude a desnudarse, Candy? —dijo en un tono firme y serio.

—No! —exclamó ella, horrorizada—. Ya... ya he terminado.

—Pues salga del biombo.

—No puedo! La modista francesa de su abuela está loca... todas las prendas tienen agujeros.

—Agujeros? —repitió Terry, desconcertado. Cogió luego la botella de vino y, mirando hacia el biombo, dijo—: Qué tipo de agujeros?

Candy salió del biombo y Terry vio enseguida la expresión indignada de aquel rostro ruborizado. Su mirada siguió luego hacia el atrevido escote ovalado del brillante camisón de satén.

—Este camisón —exclamó, señalando con el dedo la parte superior de su torso— tiene un agujero aquí. El azul tiene uno cuadrado en la espalda. Y el amarillo —concluyó con amargura—, es el peor! Tiene agujero atrás, delante y además dos cortes en los costados hasta las rodillas. A esa francesa —pontificó—habría que esconderle las tijeras.

Terry soltó una carcajada, la tomó en brazos y hundió su cara en el perfumado pelo, notando el temblor de sus hombros.

En aquel instante empezó a desmoronarse todo el cinismo de tantos años.

—Oh, Candy! —dijo con voz entrecortada—. Me parece imposible que sea real.

Consciente de que la carcajada no iba dirigida a ella, que no había tenido nada que ver con aquellos absurdos camisones, Candy no se sintió molesta, pero le dijo muy seria:

—No va a reír tanto cuando vea lo que ha hecho está mujer con el dinero que le ha pagado usted!

Con un esfuerzo sobrehumano, Terry consiguió contener la risa para mirar con ternura aquel rostro indignado.

—Por que?

—Porque — explicó ella, sombría — los camisones que no llevan agujeros son transparentes como el cristal de una ventana.

—Venta...? — Terry perdio por segunda vez el control.

Desternillándose de risa, la estrechó con más fuerza entre sus brazos, entregado de nuevo a la pura alegría que le provocaba su inesperada y cándida ingenuidad.

La llevó hasta la cama, pero al apartar los brazos de sus piernas estas se deslizaron por la parte anterior del cuerpo de él y al notar algo rígido, Candy quedó cohibida. Con expresión insegura, asustada de repente, como si de una forma u otra hubiera notado el significado de aquella rigidez en el cuerpo de él, Candy le miró.

—Que va a hacerme? — murmuró con voz temblorosa.

—Vamos a hacer el amor — respondió él con dulzura, sin ganas de entrar en detalles.

Todo el cuerpo de ella tembló.

Terry sonrió para tranquilizarla, tan conmovido por su miedo como por la inocencia que proyectaban sus enormes ojos.

— Se lo explicaré sobre la marcha — lo prometo, pero al ver que la respuesta no la satisfacía, añadió—: Se lo contaré con la máxima sencillez: en mi interior se encuentran las semillas que han de crear un hijo, y dentro de poco voy a introducirlas en su cuerpo. Pero no hay forma de saber si vamos a conseguirlo la primera vez, Candy —Le habló con firmeza y también con dulzura, pensando que ella podía considerar «pecaminosa» alguna de las cosas que harían—Le doy mi palabra de que nada de lo que hagamos estará «mal». Es algo que hacen las personas, tanto si desean un hijo como si no.

—¿Lo hacen? —preguntó ella con inquebrantable confianza—. ¿Por qué?

Terry reprimió una sonrisa y empezó a desanudar el lazo de satén a la altura de los senos de ella.

—Porque es agradable —respondió él.

Colocó las manos sobre sus hombros y, antes de que ella se diera cuenta de lo que estaba haciendo, el camisón se deslizó por su cuerpo y quedó hecho una alfombra de brillante satén a sus pies. Terry casi perdió la respiración al encontrarse ante la inesperada belleza de aquel cuerpo. Era delgada pero, curiosamente, sus pechos eran redondeados, la cintura, estrecha, y sus piernas, largas y preciosas.

Candy bajó la cabeza, paralizada por el miedo y la vergüenza ante la mirada de su esposo, y centró la vista en el camisón. Dio gracias al cielo al ver que Terry la tomaba otra vez en brazos y la dejaba en la cama. Agradeció el leve cobijo que le ofreció la sábana, se cubrió hasta la barbilla y volvió la cara cuando Terry empezó a desnudarse junto a la cama.

Intentaba repetirse que los seres humanos habían tenido hijos desde el inicio de los tiempos y, por consiguiente, aquello no podía tener nada de extraño ni de desagradable. Por otra parte, sabía que era su deber proporcionar un heredero a su marido, y por nada del mundo deseaba empezar aquella vida matrimonial eludiendo su obligación. A pesar de aquellas conclusiones tan lógicas, cuando Terry se situó a su lado, apoyando el antebrazo en la cama, su corazón se disparó.

—¿Qué... qué va a hacer? —preguntó Candy, aterrada, incapaz de desplazar la mirada que mantenía fija en musculoso torso de Terry

Él levantó su mentón con suavidad para conseguir que lo mirara a los ojos.

—Voy a besarla y a estrecharla contra mi cuerpo —dijo en un tono suave y acariciador— y a mimarla. Luego, algo que haré tal vez le duela un poco, pero solo un instante —le prometió—. La avisaré antes —añadió para evitar que estuviera todo el rato inquieta.

Candy abrió mucho los ojos ante la mención del dolor, pero habló mostrando una conmovedora preocupación por él y no por sí misma.

—¿A usted también le hará daño?

—No.

La niña que Terry había temido que pudiera resistírsele sonrió temblorosamente y le acarició la mejilla con los dedos.

—Me alegro —dijo con dulzura—. No quisiera que usted sufriera.

Un enorme nudo de ternura y deseo agarrotó la garganta de Terry mientras bajaba la cabeza, juntaba sus labios con los de ella en un conmovedor beso en el que se fueron acoplando las dos bocas. Esforzándose por ir despacio, aligeró la presión en los labios haciéndolos rozar por encima de los de ella mientras le acariciaba sensualmente la nuca.

La lengua siguió la temblorosa línea de la boca y cuando ésta se abrió penetró en ella y se juntó a la de Candy mientras ejercía una posesiva presión con la mano que le sujetaba el cuello.

Movida por el instinto y el placer que iba apoderándose de su ser, Candy se volvió entre sus brazos, y en el momento en que efectuó el movimiento, los poderosos brazos de él se situaron junto a sus caderas para amoldar los dos cuerpos. El de ella se puso algo rígido por la alarma al percibir la virilidad e intentó apartarse, pero la mano de Terry le fue acariciando la espalda, manteniendo ambos cuerpos juntos.

Candy se tranquilizó en sus brazos, pero cuando una de las manos de terry se acercó a su pecho, se retrajo y entonces Terry, a pesar suyo, apartó los labios de los de ella.

Levantando la cabeza, miró aquellos aprensivos ojos verdes y con el pulgar siguió la suave curva de su mandíbula.

—No tengas miedo, cariño.

Candy vacilaba, sus deslumbrantes ojos miraban a fondo en los de Terry y este tuvo la extraña sensación de que estaban investigando en las negras profundidades de su alma. Pero lo que vio ella la movió a decir en voz baja:

—Sé que nunca haría nada que me hiciera daño, estoy segura de ello. Puede que por fuera parezca duro, pero por dentro posee una gran belleza.

Aquellas palabras tocaron una fibra de lo más sensible en el interior de Terry. Inclinó la cabeza y abrió su boca contra la de ella con un imperiosa y perentoria pasión. Está vez, Candy respondió a su propio ardor, abriendo los labios sin que él insistiera, acogiendo su lengua y ofreciéndole la suya mientras sus manos le estrechaban cada vez con más fuerza.

Sin apartar los labios, Terry le acarició el brazo y pasó luego al torso, hasta los pechos, trazando un círculo alrededor de los pezones y notando como se ponían rígidos con el roce. La besó en la sien, en los ojos, en la mejilla y pasó luego al cuello, emitiendo unos guturales sonidos de pasión al rozar con la lengua la oreja y notar el cuerpo de Candy más pegado al suyo. La lengua penetró en el oído y ella gimió de deseo mientras hundía las unas en los brazos de Terry.

Él fue recorriendo con sus labios la curva del cuello de Candy y siguió descendiendo hasta situarlos en el punto que había acariciado con las manos. Le besó los senos, atrajo con gran lentitud su endurecido pezón y con la lengua jugueteó con él, excitándola. Las manos de ella sujetaron su nuca con más fuerza y, al notar que le chupaba un pezón, soltó un ahogado grito de placer. Los besos de Terry marcaban un camino hacia el vientre de ella mientras las manos se deslizaban sin cesar en sentido ascendente y descendente por sus costados, sus senos y caderas.

Cuando por fin levantó la cabeza, Candy, aturdida por el placer y el asombro, fijó la vista en sus encendidos ojos, notando instintivamente el cuidado que ponía él en sus movimientos, sin conciencia de la técnica que usaba para conseguir que el cuerpo de ella se sintiera como encendido con el contacto de sus manos y labios.

Todo lo que sabía ella era que estaba repleta de amor y que quería, necesitaba, que él sintiera el mismo y maravilloso placer que le estaba proporcionando. Cuando sus sensuales labios descendieron sobre los de ella susurrando «Bésame, cariño», Candy estalló.

Dejándose llevar por el instinto y el convencimiento de que lo que a ella le parecía maravilloso iba a serlo también para él, Candy invirtió el poder de la técnica seductora, le besó con desenfrenada pasión, igual como había hecho él, introduciendo la lengua entre sus labios y haciéndole jadear de ansia.

La presión de la boca de ella mantuvo su cabeza contra la almohada y Candy, apoyada en un codo, fue recorriendo sus sienes, sus ojos y mejillas con excitantes besos mientras iba acariciándole con las manos el oscuro vello del pecho.

Extendió los dedos y con ellos rozó sus tetillas mientras con la lengua seguía los pliegues de la oreja. Notó que se le aceleraban los latidos del corazón; estimulada, hizo descender los labios por el camino marcado antes por los dedos, besando los músculos del sólido pecho hasta llegar a las tetillas. Al aspirar una de ellas con los labios, notó el sonido de aliento de Terry y la contracción reflexiva de sus músculos.

Aquella piel, por su sabor y textura, le parecía de áspero satén. Disfrutaba de las caricias de él en su pelo mientras continuaba besándole, provocándole. Pero cuando siguió descendiendo por el plano estómago, Terry soltó un sonido en el que se mezclaba la risa y el grunido. Entonces, con un rápido movimiento, la colocó boca arriba y se situó encima de su cuerpo.

Desbordante de pasión, Terry no acertaba a comprender cómo el seductor había pasado a ser el seducido. Veía, sin embargo, que aquella muchacha encantadora con la que se había acostado, de repente se había convertido en la mujer más excitante del mundo y le estaba haciendo enloquecer de deseo.

Con gesto ávido, abrió la boca de Candy con la suya mientras sus manos recorrían sus caderas y muslos y pasaban al rizado triángulo entre sus piernas. Ella se quedó tiesa ante aquella caricia tan íntima y juntó las piernas mientras agitaba la cabeza con frenesí.

Haciendo un esfuerzo casi sobrehumano, Terry detuvo la mano y la miró.

—No tengas miedo de mí, cariño —dijo en un susurro, y la mano se movió de nuevo con gran suavidad pero sin tregua, acariciando el punto más sensible, explorando con los dedos la húmeda calidez, en busca de la abertura—. Confía en mí.

Tras un instante de vacilación, la rigidez se disipó y Candy abrió poco a poco los muslos. Desde que había empezado, Terry había imaginado, había tenido claro, que ella lucharía contra él cuando las caricias se hicieran tan íntimas. Sin embargo, comprobó que se entregaba a él sin reservas, combatiendo su propio temor y confiando en que él no iba a hacerle daño.

Sintió tal ternura por la inocente seductora de ojos conmovedores que pensó que no podría contenerse. La miró y se sintió avergonzado por aquella dulce y desinteresada entrega. Candy cerró los ojos y hundió el encendido rostro en su pecho mientras sujetaba con fuerza los músculos de sus brazos y los dedos de él seguían jugando, sondeando con delicadeza para prepararla.

Con una mezcla de ardiente deseo y genuino temor ante la perspectiva de tener que hacerle daño, Terry se levantó un poco por encima de ella, apoyándose en los antebrazos, y cogió su rostro con las manos, mientras su miembro permanecía ante la abertura.

—Candy—dijo con gran ansia.

Las largas pestañas se movieron y Terry tuvo la impresión de que ella sabía lo que hacía.

La respiración de Candy se iba acelerando, pero en lugar de volver a cerrar los ojos los mantuvo fijos en los de él como si buscara que la tranquilizara y la consolara aquel que estaba a punto de hacerle daño. Con ligeros movimientos de las caderas, Terry fue penetrando poco a poco en su interior, empujando hacia la suave calidez hasta que se encontró con la barrerá que le impedía seguir y que no podía superar con la suave presión empleada hasta entonces.

Se desvaneció su última esperanza de que el acto resultara indoloro. Así pues, levantándole un poco las caderas para facilitar su entrada hasta el fondo, se retiró y cubrió los temblorosos labios de ella con los suyos.

—Lo siento, cariño —susurró en su boca.

Sujetándola, empujó con un movimiento rápido y el cuerpo de ella se arqueó mientras un suave gemido de dolor le desgarraba el alma. Candy no intentó ni por un momento apartarlo de ella, al contrario, siguió en sus brazos escuchando las palabras cariñosas que él le iba diciendo al oído.

Tragando saliva con gesto convulsivo, Candy abrió los ojos, inundados de lágrimas, sorprendida y aliviada al comprobar que amainaba la sensación de dolor. El atractivo rostro de su marido estaba encendido por la pasión y compungido al mismo tiempo. Ella lo estrechó con fuerza.

—No ha sido tan doloroso —musitó ella.

No pudo soportar la constatación de que ella pretendía consolarlo. El muro de cinismo y frialdad con el que se había rodeado a lo largo de tantos años empezaba a desintegrarse, se lo llevaba la marea de desinteresada pasión que se había apoderado de todo su cuerpo. Con sublime lentitud, Terry empezó a moverse en su interior, a sumergirse suavemente, retirarse y descender de nuevo sin perder ni un instante de vista el encendido rostro de ella mientras empezaba a seguir su movimiento.

Con las unas hundidas en los músculos de la espalda de Terry, ella pegaba más su cuerpo al de él, temblorosa, ansiosa, acoplándose a sus ritmicas embestidas, notando al mismo tiempo que la excitación la hacía vibrar con rápidas y punzantes oleadas de deseo.

—No te resistas, cariño —murmuró Terry, con los hombros y los brazos en tensión después de tanto retenerse y el pecho moviéndose ritmicamente con el jadeo. Empezó a aumentar luego poco a poco la cadencia de las embestidas—. Deja que siga su curso.

El éxtasis irrumpió en el interior de ella, derramándose por sus venas mientras los espasmos sacudían su cuerpo y la hacían chillar. Terry la sujetó con fuerza, empujó más adentro y su cuerpo estalló como un volcán, vertiendo la semilla en aquella acogedora calidez con tal impetu que todo su ser continuó estremeciéndose. Las placenteras convulsiones seguían cuando, levantando un poco su cuerpo, se colocó de costado, trasladando al mismo tiempo el cuerpo de ella, aún acoplado al suyo.

Candy fue emergiendo poco a poco de la dulce y calida inconsciencia a la que la había llevado él y por fin se dio cuenta de dónde se encontraba. Entre sus protectores brazos, con la cabeza recostada bajo el mentón de Terry, jamás se había sentido tan querida. Notaba aún la calidez de sus intimas caricias y de sus excitantes besos.

Prácticamente desde el instante en que se había metido en la cama, Candy había comprendido instintivamente que él la deseaba y la necesitaba, a pesar de no saber exactamente lo que buscaba en ella. Ahora si lo entendía. Deseaba aquella explosión de puro placer, y quería que ella también lo sintiera. El orgullo y la felicidad se apoderaron de Candy al comprobar que había sido capaz de proporcionárselo. Ella había conseguido que aquel fornido cuerpo temblara como el suyo y que la respiración de Terry quedara entrecortada por el placer.

No había sentido vergüenza alguna por la desenfrenada forma en que había respondido ella a su pasión. El amor, como le había dicho su abuelo, implicaba entregarlo todo sin retener nada. Significaba confiar la própia felicidad a otra persona y, a cambio, responsabilizarse plenamente de la del otro. Aquella noche, Candy lo había hecho.

Sus pensamientos se desviaron hacia la cuestión de los hijos. Nunca había comprendido por qué las parejas a veces tenían unos hijos que no parecían desear. Sin duda, era porque no podían reprimir el deseo de meterse en la cama y hacer aquello tan extraordinario que Terry denominaba «hacer el amor».

Terry se movió ligeramente para bajar un poco la cabeza y mirar con ternura a su esposa. A la luz de la vela, la pureza de aquel rostro resultaba sorprendente. Con aquellas pestañas increíblemente largas contra sus finísimas mejillas, como si fueran pequeños y combados abanicos, se la veía frágil, inocente, así como terriblemente bonita. Él había intentado mostrarle la pasión; Candy le había enseñado la entrega desinteresada y desbordante. Ella era inocencia y ardor; la culpabilidad no figuraba entre sus sentimientos y se mostraba confiada, natural y dulce. Una seductora nata.

Una leve sonrisa se dibujó en los labios de Terry al reconocer finalmente que Candy había utilizado con desenvoltura su propia técnica para hacer el amor con él, pero le había añadido algo: algo escurridizo y profundamente conmovedor. Algo que le hacía sentir orgulloso y al tiempo humilde; posesivo e indigno de ella. Y de repente, muy intranquilo.

Rozando su frente con los labios y susurrando su nombre al apartar un poco los rebeldes rizos, se preguntó si se había dormido ya.

Candy abrió los ojos y lo que él vio en aquellas verdes profundidades paralizó su mano y le hizo estremecer: era lo mismo que le había provocado el temblor como respuesta a los besos y las caricias de ella.

Todo el amor del universo brillaba en aquellos ojos.

—¡Santo cielo! —murmuró casi sin voz.

Horas más tarde, después de haber hecho el amor por segunda vez, Terry la tenía entre sus brazos mientras miraba fijamente la mortecina luz de las velas de la repisa de la chimenea, incapaz de disipar los posesivos celos que se iban despertando en su interior.

—Candy —dijo en un tono más áspero de lo que hubiera deseado—, nunca le creas a un hombre que dice «confía en mi», sobre todo si resulta que en aquel momento estás desnuda.

Ella abrió los ojos y sonrió, divertida.

—Con cuántos hombres piensas que puedo hablar desnuda?

—Con ninguno —dijo él, serio—. Lo decía en broma.—Incapaz de aclararle que no confiara en él ni en cualquier otro, le dijo con evasivas—: Es una estupidez confiar demasiado en las personas. Te harán daño si lo haces.

La sonrisa se desvaneció en los labios de Candy.

—El daño me lo haría yo misma si no confiara. ¿No confías tu en las personas?

—En muy pocas y aún así no del todo.

Candy pasó el dedo por sus cálidos y sensuales labios.

—Si no confías —dijo con aquel juicio y aquella ingenuidad que tanto desarmaban a Terry—, nunca te decepcionara nadie. Pero te cerrarás a ti mismo la puerta de sentirte totalmente feliz. —Incapaz de dejar de acariciarle, siguió con la mano la curva de su mandíbula, sin darse cuenta del deseo que encendía sus ojos, el mismo que se iba despertando en su interior—. Eres atractivo, dulce, juicioso y fuerte —murmuró, observando como se oscurecía su semblante al acariciarle ella el cuello y el pecho—. Pero tienes que aprender a confiar en las personas, sobre todo en mí. Sin una confianza total, el amor no puede sobrevivir, y yo te...

Terry se apoderó de sus labios en un devorador beso que acalló sus palabras y la introdujo en un remolino dulce y cálido en el que nada existía aparte de la salvaje belleza del acto amoroso.

Continuara...