¡Buenas! Me quejé de que el capítulo anterior era largo… y como soy un ser indignillo del inframundo, pues éste aún me ha quedado más largo (en serio, no me lo explico. Pido disculpas de antemano por si comprometo la salud mental de alguien). Prometo, y esta vez sí, que el siguiente es más cortito :).

Gracias a sonirueda, NUMENEESSE y HardLohve por sus amables reviews (contesto mañana, que hoy me caigo de sueño).


XI. Sobre mentiras adecuadas y ataques nocturnos

Octubre era ya un recuerdo lejano difuminado el cielo invernal que se entreveía entre nubes. El aire de Idris era limpio como agua cristalina y olía a abeto y tierra mojada, suficiente para colmar a Magnus de buen humor, haciéndole tararear mientras ordenaba su biblioteca aquella madrugada.

No era tarea fácil. Tendía a ser terriblemente caótico y a veces ni siquiera la magia podía ayudarle. A menudo empezaba a alinearlos por orden alfabético, se aburría a media labor y empezaba a hacerlo por el año en que lo escribió o por el tipo de hechizos que contenían. En su biblioteca había novelas escritas por los más célebres escritores del mundo, manuales de plantas medicinales y notas sobre especies de animales que no se conocían a aquel lado del mar. Sus manuscritos en cambio contenían recetas de pócimas y fórmulas de hechizos de todo tipo, palabras mágicas de invocaciones y símbolos para un sinfín de encantamientos. Algunos los había descubierto al ir mezclándose con otros como él, pero la mayoría los había inventado por sí mismo, lo cual le había granjeado cierto renombre.

Envió con un soplo de magia una novela sobre el drama de dos amantes a su respectiva pila y pasó al siguiente. Lo recordaba vagamente, aunque hacía mucho tiempo que no había tenido que usarlo. Contenía una veintena de filtros amorosos y hechizos para decantar las preferencias hacia una persona en concreto. Él nunca había tenido necesidad de aquellas triquiñuelas, pero no era raro el tiempo en el que alguna jovencita llamaba desesperadamente a su puerta ofreciendo alguna de las joyas de su madre para que cierto galán se prendara de ella.

Iba a hacer lo mismo que con los demás volúmenes, pero sus dedos tocaron algo peculiar al pasar por el pie del libro. Entre las páginas asomaba algo dorado, algo que había olvidado que estaba allí y que, sin embargo, había llevado consigo durante casi un siglo. Brillaba como hilos de oro, y Magnus casi podía sentir aquel familiar perfume a flor de azahar…

Llamaron a la puerta, y dio un respingo mientras volvía a la realidad. Pateó el libro por inercia, haciéndolo deslizarse bajo un mueble, y se volvió hacia la puerta.

―Adelante ―permitió, arreglándose el jubón.

La puerta se abrió lentamente y entró una sola persona... más bien un subterráneo. Raphael Santiago tenía el aspecto engañoso de un joven venido de tierras lejanas mucho más al sur, y sin embargo Magnus sabía de sobras que era casi tan viejo como él. Su piel era bronceada, teñida del resplandeciente pálido de los vampiros, y los ojos oscuros y opacos enmarcados en rizos negros. Vestía de cuero de los pies a la cabeza, como los cazadores de sombras, aunque el conjunto parecía aún más agresivo en su persona. No sonreía, aunque en realidad rara vez lo hacía.

―Buenos días, Bane ―saludó con apatía, deslizándose al interior y cerrando la puerta a sus espaldas.

―Creía que estabas de viaje ―comentó Magnus.

―Lo estaba ―repuso Raphael con aparente apatía―. Algo me ha hecho regresar antes de tiempo.

El brujo frunció el ceño: aunque ya había ejecutado varios hechizos para Raphael, él nunca se había dignado a ir a pedírselos directamente, enviando a mensajeros vampiros durante la noche.

―Mi intención no es en absoluto ser descortés pero, ¿a qué debo tu visita? ―preguntó, hinchando intencionadamente el pecho.

El vampiro echó una ojeada despectiva al desorden de su librería y cómoda y después le miró con notable soberbia.

―Necesito que localices a alguien ―reveló―. Alguien a quien conociste hace mucho tiempo, debo añadir, aunque por supuesto eso no es relevante para mí.

―Tendrás que ser más específico, vampiro ―puntualizó Magnus, intentando mantenerse sereno. No le gustaba lo más mínimo que jugaran con él―. Tengo más de trescientos años: entenderás que ése es tiempo suficiente para conocer a mucha gente.

Raphael se volvió hacia él con las manos en los bolsillos. Las comisuras de sus labios se levantaron, dejando ver un atisbo de sus afilados colmillos

―Camille Belcourt ―dejó caer.

Fue como si alguien le hubiera dado un puñetazo en el estómago y todo el aire le hubiera huido de los pulmones. Un dolor sordo, entrelazado con el rencor más puro, se apoderó de él y provocó una punzada agónica en su pecho.

Mil y un recuerdos acudieron a su cabeza sin orden aparente, derramándose como agua en un vaso demasiado pequeño. Un sombrero volando al viento, tacones de charol blanco repiqueteando en adoquines grises erosionados por el salitre. Sus propias manos soltando un magnífico tocado, derramando una cascada de rizos rubios sobre unos hombros pálidos y estrechos, besables…

Cerró con fuerza la mano sobre el respaldo del sillón en un gesto que pretendía ser casual.

―La conozco ―admitió.

―Por supuesto ―coincidió Raphael con premeditada malicia―. Yo la encontré por primera vez en Puerto de Plata hará unos cien años, y entonces erais amantes.

Magnus frunció el ceño: así que Raphael estaba al tanto. Tampoco era que lo hubieran ocultado en demasía, pero le sorprendió que alguien de medio mundo más allá supiera sobre sus andanzas amorosas.

―¿Por qué quieres encontrarla? ―sugirió―. ¿No está en Puerto de Plata?

―Los rumores dicen que la última vez se la vio en Inferno ―reveló Raphael.

Aquello sí logró captar el interés de Magnus, o al menos despertar su curiosidad. ¿Qué podría estar haciendo Camille en Inferno? Los subterráneos por lo general sólo buscaban dos cosas en aquel lugar maldito, y dada la facilidad con la que Camille seducía a jovencitos de cualquier raza y condición, una quedaba rápidamente descartada. ¿Para qué querría alguien como ella, que evitaba fácilmente los problemas, tratar con demonios?

―¿Qué interés tienes exactamente en saber su ubicación? ―quiso saber el brujo, intentando no pensar demasiado en ello.

Raphael le dio la espalda y se dirigió a la cómoda. Repasó con una uña pintada de negro el lomo de un libro encuadernado en cuero rojo.

―Tenemos algo así como una… desavenencia ―confesó―. Básicamente juró que me convertiría en un puñado de cenizas aunque ello le costara la vida.

―¿Qué has hecho para que Camille te la tenga jurada? ―preguntó Magnus, intrigado.

―Eso no es asunto tuyo, Bane ―repuso Raphael, tajante―. Soy el representante de los Hijos de la Noche en el Consejo, y eso me da derecho a hacer uso de tus servicios si lo considero oportuno.

―En ése caso dime de una vez cuál es la naturaleza de tu petición ―exigió Magnus con escasa paciencia―. ¿Cómo pretendes que la encuentre?

Raphael se volvió hacia él, y Magnus casi juraría que un destello de inseguridad había cruzado sus ojos negros y opacos.

―Invocando a un demonio ―aseguró.

Magnus se quedó clavado en su sitio, como si una ola de hielo le hubiera alcanzado en mitad de una exhalación. Tragó saliva por inercia e intentó mantener la compostura, aunque las manos empezaron a chisporrotearle, inquietas.

―¿Un demonio? ¿Aquí en Idris? ―las posibles respuestas le parecían más disparatadas que las preguntas en sí.

Nunca, ni en su más aleatoria imaginación, había valorado la posibilidad de invocar a un demonio dentro de las fronteras de Idris. Los nefilim ni siquiera permitían que se abrieran portales en sus territorios si no era estrictamente necesario… ¿Cómo reaccionarían si invocaba un demonio en el ala sur de su magnífico castillo? Por no mencionar el riesgo inherente de que, por algún imprevisto, el ente se liberara y sembrara el pánico en la ciudad.

―Es un demonio menor, nada que tú no puedas manejar ―garantizó Raphael, como respondiendo a su pregunta―. No es su poder demoníaco lo que quiero, sino la información que pueda proporcionarme. Has vivido en Inferno y sabes las redes que hay en ése lugar maldito. El demonio al que busco es uno de los informadores de primer nivel: sabe quién entra y quién sale de la ciudad, dónde se aloja y qué lugares frecuenta.

El vampiro cruzó las manos tras su espalda, postura que le hizo parecer mucho mayor en contraste con su aspecto aniñado. Parecía atribulado, convencido de la posibilidad de que su vida estuviera en peligro.

―Estoy a salvo mientras permanezca en Alacante, con las salvaguardas a pleno rendimiento, pero Camille, como bien sabrás, siempre consigue lo que quiere ―aseguró―. No cesará en su empeño, y quiero cerciorarme de conocer sus planes de antemano.

Magnus tomó aire lentamente y lo expulsó por la nariz a la misma velocidad, sin despegar los ojos del vampiro. Sabía que las salvaguardas impedían la entrada directa de entes demoníacos en territorio de los cazadores de sombras, dificultad acrecentada al encontrarse en el corazón mismo de Alacante rodeados por una segunda línea de salvaguardas… Aún así, la idea de invocar a un demonio menor dentro de todos aquellos escudos se le antojaba más que fácil. El problema eran las implicaciones morales. ¿Era lo correcto desafiar de aquel modo la confianza del resto de nobles y de la Clave? Y lo que era más importante… ¿iba a quedarse Raphael de brazos cruzados y se negaba?

―Lo haré ―aseveró.

El líder de los vampiros sonrío, como si de pronto todos los problemas hubieran desaparecido de su perspectiva.

Los siguientes minutos Magnus los pasó yendo de un lado a otro de la habitación, invocando con magia diferentes objetos y materiales que iban a parar a sus manos. Se practicó una incisión en el pulgar con una daga de plata y trazó en el suelo con la sangre un pentragama inscrito en un círculo. Colocó una vela en cada uno de los extremos y un cuenco de hierro con hierbas secas de mandrágora en el centro. Se puso en pie mientras se sacudía las manos.

―¿Cuál es el nombre del demonio que te interesa? ―preguntó.

―Arioch ―dejó caer Raphael.

Lo conocía. Era uno de los principales informadores cuando él aún estaba en Inferno, y le sorprendió que siguiera siéndolo. Por lo general no duraban más de unas pocas semanas: los sitios de poder eran cambiantes en criaturas tan avezadas a la violencia.

Raphael carraspeó cuando él levantó las manos, apartándose con precaución del círculo trazado en el suelo.

"Cobarde" pensó Magnus "Me obligas a jugármela por complacerte y tienes miedo de un mísero demonio menor"

Cuadró los hombros y tomó aire lentamente, preparándose para algo en lo que andaba francamente desentrenado. Juntó las manos y empezó a salmodiar en un idioma antiguo, ya extinto, que antaño se hablaba en los rincones más sagrados del Viejo Mundo. Notó cómo su poder rozaba el bloqueo de las salvaguardas, como letras de varios metros de altura que rezaban "PROHIBIDO". Empujó un poco más, y atravesó aquella barrera invisible con una facilidad apabullante. Cruzó los páramos y las montañas, las líneas serpenteantes de los ríos, hasta que su conciencia se plantó en aquel punto lejano, en la costa más oriental, donde un sumidero de almas negras y malditas se entrelazaban y gemían como moribundos.

Buscó frenéticamente entre aquel maremágnum de perdición, esquivando intencionadamente a aquellos que podrían percibir su presencia… y capturó fugazmente la esencia deseada.

Las velas que coronaban cada vértice del pentáculo se encendieron a la vez, iluminando la habitación con su tétrica luz azul. Un humo denso de color rojizo que más parecía niebla ácida inundó la estancia, acompañado del familiar olor del azufre. Magnus abrió los ojos, notando cómo le escocían por el sudor.

―Muéstrate, Arioch ―ordenó.

Y el demonio así lo hizo, disipando las nubes de azufre que quedaron flotando como una ligera y pestilente aureola gris.

A simple vista parecía un hombrecillo vulgar, de piel cetrina y cabello oscuro con entradas, aunque más bajo de la habitual. Sólo al mirar con atención se percibían los detalles, como el color de sangre líquida de sus ojos o la cola cubierta de escamas aceradas que se retorcía a su espalda como un repugnante gusano. Observó alrededor con desconcierto hasta que descubrió al brujo de pie cuidadosamente fuera del círculo. Las delgadas comisuras del demonio se curvaron hacia arriba.

―Vaya, vaya… ¿Quién iba a decirlo? ―dijo en un tono a medio camino entre prudente y burlón―. Me preguntaba qué habría sido de ti después de que abandonaras nuestra preciosa ciudad, Magnus Bane: el olor a ángel que lo impregna todo acaba de confirmar los numerosos rumores. Te has vendido a los nefilim, ¿entonces?

―¿Eres Arioch, informador de Inferno? ―preguntó Magnus, ignorando el comentario.

Sabía que sí lo era, pero tanto ángeles como demonios eran muy quisquillosos con los protocolos. El demonio torció el gesto con resignación y pateó el cuenco que tenía bajo los pies, derramando los pestilentes restos de mandrágora.

―Lo soy ―confirmó.

Al menos se mostraba receptivo, se dijo Magnus. Cuando tiempo atrás había invocado demonios a petición de diversos clientes, no había situación que le frustrara más que un demonio reticente a hacer lo que se le ordenaba. Tragó saliva antes de articular su petición.

―Deseo saber si la vampira Camille Belcourt se encuentra en Inferno ―habló.

Los ojos de iris carmesíes se fijaron en él, y un brillo de diversión aleteó en la superficie lisa como una canica.

―Qué casualidad que seas tú quién lo pregunte, híbrido ―se mofó―. La cuestión es, ¿por qué ahora, cuando hace tanto tiempo que has renunciado a sus favores?

―¿Está Camille Belcourt en Inferno? ―insistió Magnus con voz firme―. Responde, Arioch, o lo próximo que verás serán dos milenios sumergido en ése Vacío del que provienes.

El aludido torció la boca de mala gana, como un niño al que acaban de quitarle un gigantesco caramelo de la boca.

―Estaba hace tres días, pero ha salido del perímetro de la ciudad ―garantizó.

Por el rabillo del ojo, Magnus vio que Raphael se tensaba sobre sus pies, aunque el brujo no apartó los ojos del demonio. Evidentemente la fuerza de aquella criatura no era nada del otro mundo, y no estaba haciendo nada por intentar liberarse, pero toda precaución era poca cuando se trataba con demonios.

―¿Qué asuntos la trajeron a Inferno? ―preguntó Magnus.

Notó la mirada del líder de los vampiros clavada en el cogote. Raphael no le había dicho que hiciera aquella pregunta; sus motivos eran más… personales. Arioch sonrió, enseñando una doble hilera de dientes afilados como cuchillos.

―Empezó a hacer preguntas sobre alguien. Alguien que se marchó no hace mucho ―reveló―. Te buscaba a ti, Magnus Bane.

El brujo expulsó el aire con lentitud, incapaz de ocultar su desconcierto. No había sabido nada de Camille durante décadas, así que resultaba como poco sorprendente que ella hubiera decidido de pronto ir a su encuentro.

―Tras enterarse de tu marcha, empezó a hablar con los otros brujos de Inferno, los más poderosos ―prosiguió Arioch, satisfecho de la turbación que había causado en él―. Las malas lenguas dicen que buscaba una manera de entrar en Idris sin ser descubierta.

Cada nueva palabra suponía un grado más de confusión. Camille podía tener las ideas claras, pero era uno de los seres más astutos que habían existido jamás: le resultaba chocante que se arriesgara a ir a un lugar donde su sed insaciable por la sangre humana tuviera una connotación tan negativa.

―¿A dónde fue después? ―preguntó por fin.

El demonio bufó, enrollando la larga cola de aspecto metálico alrededor de sus tobillos.

―¿Cómo esperas que lo sepa, híbrido? ―preguntó, cargando la última palabra con desprecio―. Puedo deciros cualquier cosa que queráis sobre Inferno, pero mis ojos y oídos no ven ni oyen más allá.

Magnus suspiró con fastidio: los demonios a los que uno encerraba en un círculo de invocación solían hacer gala de un mal humor creciente. No iban a sacarle nada más, ni aunque lo supiera.

―Eres libre ―dijo de mala gana, haciendo un gesto de repulsión con las manos.

El círculo de sangre trazado en el suelo ardió hasta consumirse, y Arioch desapareció como si también se hubiera reducido a cenizas. Magnus podría haberlo desterrado al Abismo con facilidad, pero los demonios ―lejos de ser empáticos unos con otros― tendían a vengar a sus semejantes como excusa para causar más daño.

El brujo se quedó de pie en el mismo sitio, observando los cercos humeantes en el suelo mientras las preguntas evolucionaban en su cabeza. Cuando se había marchado de Puerto de Plata tanto tiempo atrás, creía que había desterrado para siempre a Camille de su vida. Aunque en el momento de la separación definitiva una parte de él se había lamentado, el tiempo se había encargado de enseñarle que había sido la decisión más sensata de su vida. ¿Había sido demasiado ingenuo al respecto?

Raphael se acercó con un carraspeo que pretendía interrumpir sus cavilaciones. Parecía francamente aliviado de no ser el objetivo de Camille.

―Me marcho. Falta poco para el alba y tengo una especie de alergia a la luz del sol ―ironizó.

Pareció pensárselo mejor tras dar unos pocos pasos, porque giró sobre sus talones como si no estuviera en contacto con el suelo. Le miró del modo en el que un halcón observa a una serpiente que va a ser su próximo aperitivo.

―Eres un brujo poderoso, célebre a lo largo y ancho del continente, pero si te atreves a hablar de esto, te garantizo que ni siquiera tus famosos poderes te protegerán de mis sicarios ―amenazó.

―No debe preocuparte mi discreción, Raphael ―aseguró Magnus de mal humor―. Creo que es de dominio público que la Clave no es de mi simpatía.

―Buena suerte, de todos modos ―le deseó el vampiro antes de desaparecer. Destilaba sarcasmo―. Cualquier persona a por la que vaya Camille Belcourt la necesita.


El amanecer se había presentado frío, con escarcha en la hierba y nubes de vapor al respirar. El cielo se iba volviendo menos rosa y dorado y más azul mientras Magnus descendía la ladera verde en dirección a la explanada, con una bufanda roja y dorada alrededor del cuello y un tupido abrigo de lana. Después de la tensión sufrida aquella madrugada, lo último que quería era seguir encerrado en una habitación que apestaba a azufre, así que había decidido ir en busca de Alec.

Sabía perfectamente dónde podía encontrarle, y por ello una sonrisa espontánea asomó en su rostro cuando se detuvo a escasos metros del círculo de piezas abandonadas de equipos de cazadores de sombras.

Le vio allí, erguido y glorioso como un Ángel del Juicio, con los dedos firmes sosteniendo un arco y una saeta dorada como el sol cerca de su mejilla izquierda. Llevaba la ropa negra de cazador de sombras, con botas anudadas hasta casi las rodillas y un jubón con una protección para el pecho. A pesar de la baja temperatura, llevaba los brazos al descubierto con excepción de un brazalete de cuero que la cubría todo el antebrazo izquierdo.

Magnus se mordió el labio con escaso disimulo: Alec vestido de cuero y con los músculos de los brazos definiéndosele al tensar el arco era lo más sugestivo y viril que había visto en toda su vida.

La cuerda se soltó, y fue como si un meteoro cruzara el cielo cuando la flecha atravesó el campo en menos de un suspiro y se hundió a pocos milímetros del centro de la diana, situada a varios cientos de metros. Magnus recordó aquellos días que parecían tan lejanos en los que había acudido furtivamente a verle practicar, siempre manteniéndose a una distancia prudencial que le impidiera ser descubierto. Entonces había admirado la fuerza refulgente que parecían poseer todos los nefilim, encerrada en ocasiones bajo aspectos engañosos. No por nada eran descendientes de las criaturas más poderosas del universo.

―Ése ha sido un buen tiro ―le alabó, haciendo notar su presencia. Odiaba que le ignoraran.

Alec se volvió hacia él con brusquedad, miró aprensivamente alrededor y luego, convencido de que estaban solos, le sonrió ligeramente. Sus ojos eran pedazos de azul radiante, del mismo color exacto que el cielo punteado de nubes que tenían sobre sus cabezas.

―La princesa Clarissa ya se mostró sorprendida, y eso que ése día estaba practicando a distancias muy cortas ―comentó, encogiéndose de hombros.

Ciertamente, había llegado a acertar a un blanco a más de un kilómetro de distancia en sus días de mayor inspiración. No alardeaba a menudo de ello porque, ¿a quién iba a importarle? Aún no había matado a un solo demonio, y eso sí que era constantemente tenido en cuenta. Sacudió la cabeza y se volvió hacia Magnus mientras apoyaba uno de los extremos del arco en su pie derecho.

―¿Cómo sabías dónde estaría?

―No te he encontrado en tu cuarto y tus hermanos iban cada uno por su lado, así que he supuesto que estabas aquí ―se explicó el brujo encogiéndose de hombros―. ¿Eres el único que utiliza este campo de tiro? Rara vez veo a nadie más por aquí.

Alec levantó la mirada y observó el desierto campo de hierba mientras pisaba la cuerda contra el suelo y apretaba los extremos, que empezaban a distenderse.

―El arco no es demasiado popular entre los nefilim ―le explicó―. La mayoría utilizan los cuchillos serafín y las espadas en sus cacerías. Mi hermana y yo somos rarezas en ése sentido.

―Enséñame ―propuso de pronto Magnus.

Alec se volvió hacia él, pestañeando en exceso.

―¿Quieres aprender a usar el arco? ―sugirió, incrédulo.

La simple idea le parecía absurda. Era un brujo: ¿qué utilidad podría obtener si ya de por sí era capaz de carbonizar demonios con un poco de magia? Después se le ocurrió que tal vez estaba intentando ser romántico, interesándose por el tipo de cosas que a él le entusiasmaban, y accedió porque no era capaz de agradecérselo con palabras.

Dejó el arco plateado anclado en el suelo a su lado y volvió con otro fabricado en madera, aparentemente mucho más ligero y flexible. Magnus supo que, lejos de estar subestimando su fuerza, el cambio se debía a la obviedad de que no podía utilizar un arma de cristal serafín siendo un subterráneo. El chico lo sostuvo frente a él con una sola mano.

―Este fue mi primer arco ―dijo, y casi sonó melancólico―. Me lo regaló mi madre cuando empezó a resultar obvio que no era tan bueno como debería con los cuchillos.

Maryse siempre había alabado su habilidad con las armas a larga distancia, felicitándole por su inmejorable puntería y restando importancia a su torpeza con las armas de mano. Le había ofrecido aquel arco con siete años, cuando demostró su capacidad para acertar a blancos imposiblemente pequeños. No lo usaba en las cacerías, pero se lo llevaba a menudo al campo de prácticas por los viejos tiempos. Miró ceñudo al brujo.

―Sabes sujetarlo al menos, ¿no?

Magnus deseó golpearse la frente con una mano abierta.

―Que sea un brujo no significa que sea imbécil ―dijo con premeditada suavidad―. Sé perfectamente cómo coger un arco, gracias.

Alec se tensó perceptiblemente.

―No pretendía ofenderte ―garantizó.

―Ni yo que te sintieras culpable ―aseguró Magnus con una sonrisa deslumbrante―. La mordacidad forma parte de mi fascinante personalidad, encanto.

El brujo cogió el arco y aferró la cuerda con sus finos dedos llenos de anillos. Alec sonrió levemente: no estaba mal para alguien no acostumbrado a las armas, aunque por supuesto había pequeños fallos de postura. Se acercó a él, deslizando las manos bajo sus codos para corregirle la posición. Arrugó la nariz y sacudió la cabeza, emitiendo lo que pareció un estornudo.

―¿Qué ocurre? ―preguntó Magnus, extrañado.

―Nada ―se apresuró a decir el chico, poniendo la vista al frente―. Me ha parecido notar olor a azufre…

Magnus expulsó poco a poco el aire, sintiéndose culpable. No podía contarle a Alec que no hacía ni una hora había invocado un demonio dentro de las fronteras del país de los nefilim.

El chico empezó a explicarle cómo tensar adecuadamente la cuerda y acercar las plumas del proyectil a la cara para orientar mejor el tiro. Hacía gala de una labia inusual en él, paciente y metódico como un profesor de las universidades de los países más costeros. Alec se pegaba a él inocentemente, colocando las manos bajo las suyas y acompañando sus movimientos como si fuera una especie de sombra. Estaban tan cerca que Magnus no pudo evitar mirarle de reojo, soñador, mientras el nefilim seguía explicándole algo sobre el segundo retroceso del arco.

―Apunta a la otra diana, la que está más cerca ―le aconsejó el chico, ajeno a todas las sensaciones que estaba despertando en él―. Es improbable que tu tiro se acerque a la otra…

―Sí, profesor Lightwood ―canturreó Magnus con aire burlón.

Alec le miró ceñudo, como si no aprobara del todo que bromeara en una situación que para él era tan seria. Se separó un par de pasos mientras se llevaba una mano a las sienes.

―Magnus, suelta la maldita flecha ―exhortó, no irritado sino impaciente.

El brujo dirigió la vista al frente, a la diana colocada a poco más de doscientos metros. Sus comisuras se curvaron hacia arriba en un gesto perspicaz mientras entornaba los ojos y soltaba la cuerda del arco, soportando sorprendentemente bien el segundo retroceso.

La saeta voló y voló… hasta hundirse certera en el centro mismo de la diana. Magnus se volvió hacia Alec con expresión autosuficiente: el chico tenía la extrañez pintada en la cara, como si sumando dos más dos le hubiera salido cinco. Apretó los labios hasta que éstos formaron una fina línea pálida.

―Magnus ―dijo con total seriedad―: ¿qué sentido tiene que te enseñe si acabas utilizando la magia?

―¿Insinúas que he hecho trampas? ―repuso Magnus, aparentando indignación―. Alec, eso es muy desconsiderado por tu parte. No debes sentirte amenazado: sigues siendo mucho mejor arquero que yo.

―El viento sopla del oeste, y sin embargo la flecha se ha desviado hacia ésa dirección cuando has apuntado demasiado a la derecha ―explicó el nefilim con los ojos achicados―. Comprenderás que es físicamente imposible a no ser que se utilicen métodos poco ortodoxos.

Alec 1. Magnus 0. El brujo sonrió con fingida inocencia mientras Alec volvía a pegarse pacientemente a él y le posicionaba de la forma correcta. Sentía el aliento del nefilim sobre su cuello, y cada exhalación le hacía estremecer.

Alec no se daba cuenta de aquellos detalles, pero su modo de apreciar aquella situación iba variando paulatinamente. Puso la mano sobre la del brujo, oprimiéndole los nudillos para que abarcara más extensión de la madera del arco. Su mano y la de Magnus, aunque de tamaños semejantes, tenían tonos diametralmente opuestos. Siempre había sido pálido, pero al lado de la piel naturalmente bronceada de Magnus su mano y brazo parecían blancos. Por extraño que pareciera, le gustaba aquel contraste, como si la simple visión de sus manos juntas le relajara.

―Suéltala ―susurró.

Magnus así lo hizo, aunque el resultado no se pareció en nada a la vez anterior: la flecha se hundió en la hierba diez metros antes de la diana.

―Ups ―se lamentó el brujo sin demasiado ímpetu.

Alec soltó una risa aguda, empujándole levemente el hombro.

―No ha ido tan mal ―aseguró―. La primera vez que lancé una flecha, de los nervios casi la clavo en la pierna de mi primo Gabriel.

―Ojalá lo hubiera visto. Ése primo tuyo no me cae bien.

―Nadie parece caerte bien ―observó Alec, arqueando una ceja.

―Encuentro tu sinceridad en el día de hoy francamente irritante ―repuso Magnus, aunque enseguida cogió una nueva flecha, hundida en la hierba a sus pies, y la colocó en el arco.

Alec se alejó un par de pasos y le observó con los brazos cruzados: la impresión que tenía era la de estar presenciando una de aquellas representaciones teatrales que intentaban hacer reír a su público. Magnus parecía serio respecto a lo que estaba haciendo, pero tras fallar de forma estrepitosa tres veces seguidas comprendió que había caído en su trampa. Tenía la ligera sensación de que Magnus había buscado aquella situación, fallando a propósito para que él se viera obligado a cogerle de nuevo bajo los codos para corregirle la posición.

Cedió a su chantaje encubierto; como agradecimiento Magnus estampó fugazmente un beso en su mejilla, y Alec sintió la caricia tibia de sus labios como una corriente eléctrica, aquella pulsante dicha que tan a menudo le hacía sonreír últimamente. Su mente, aguafiestas por excelencia, no tardó en mandarle un toque de atención.

―¡Magnus! ―le reprochó, ruborizándose―. Podrían vernos…

―¿Y qué más da? ―susurró éste sin meditarlo.

Alec le miró con gesto compungido.

―No bromees, por favor ―murmuró.

―¿Quién ha dicho que lo haga? ―respondió Magnus.

El joven se estremeció de arriba abajo, aunque no precisamente de frío o aprensión. Era aquel tinte desafiador en la voz de Magnus, el pulsante tono irreverente que tan atrayente le resultaba. Cuando el brujo empleaba aquel tono, las palabras insolentes, se le aceleraba el pulso y se sentía un poco más valiente.

Por desgracia la sensación era efímera, y segundos después desaparecía dejando la misma pacífica amargura de siempre.


―Aún no me acostumbro a esto ―admitió Simon, estirando tímidamente la mano para coger su copa.

―Venga, Simon: nadie va a cortarte la mano o algo parecido por querer alcanzarte una copa ―se rió Clary, llenándose la boca con poco decoro de ensalada de frutas.

―Hasta no hace mucho, lo hubieran hecho ―exageró el chico, dando un sorbo pequeño―. Te recuerdo que sólo unas semanas atrás yo formaba parte de los que servían las copas. Nunca he presenciado al situación, pero imagino que ponerse a beber con los comensales suponía que te colgaran de los pulgares en los sótanos y esas cosas…

Clary se cubrió la boca para que su carcajada no rociara la mesa de pedacitos de manzana y melocotón. James Carstairs le dirigió una mirada ceñuda desde el otro extremo de la mesa, así que la chica agachó la mirada hasta que cesó su ataque de risa.

El gran salón estaba abarrotado, con las voces de los jóvenes y las educadas conversaciones de los adultos ocupando cada longitud de onda. Platos y más platos de manjares exquisitos llenaban hasta el más mínimo palmo de las largas mesas cubiertas con manteles de hilo, acompañadas de jarras de agua fresca, vino y una cerveza dorada traída del norte. La primera vez que había acudido a uno de aquellos banquetes diarios, Clary había estimado que la cantidad de comida era desproporcionada para el número de comensales; más tarde había advertido que los cazadores de sombras que volvían de las cacerías o pasaban el día entrenando tenían un apetito varias veces aumentado. Incluso los más recatados miraban los platos con ojos famélicos hasta que el protocolo les permitía empezar a comer. El metabolismo de los nefilim, varias veces más potente que el de los humanos corrientes, seguramente necesitaba un aporte de nutrientes mucho mayor.

Mordisqueó un pedazo de queso del extremo del tenedor mientras miraba a su pareja. Al principio Simon se había mostrado reticente a acudir a las cenas de los nobles alegando que nada tenía que hacer allí y que la gente notaría su presencia.

―No tienes nada de lo que avergonzarte ―le había dicho ella, poniéndole las manos en las mejillas―. Eres mi acompañante, así que pobre del que diga algo al respecto.

Simon había respondido con una de aquellas sonrisas que parecían rayos de sol y le había besado los rizos por encima de la oreja. Clary, sumergida en el feliz recuerdo, deslizó inconscientemente la vista por la mesa hasta que topó con los ojos de Jace.

Su expresión se descompuso al notar el cúmulo de sensaciones desagradables aglomeradas tras aquellos iris sobrenaturalmente dorados. Antaño le había parecido rencor, simple y primario, pero entonces pudo captar un matiz más amargo que la desconcertó a sobremanera. Le dolió de un modo que no podía explicar, como una herida que cicatriza pero que uno sigue notando bajo la ropa. Por suerte Isabelle reclamó la atención de su hermano, que se apresuró a soltar un comentario ácido sobre el que los dos rieron.

Clary suspiró profundamente, recuperando la compostura, y echó una vistazo a su lado. Simon miraba el plato de carne en salsa que tenía delante como quien observa un bicho venenoso que está a punto de picarle a uno.

―No estás comiendo nada ―apuntó Clary mientras se servía cocido de setas.

―No tengo mucha hambre ―dijo rápidamente el chico, subiéndose las gafas sobre el puente de la nariz―. Me he atiborrado de pasteles de frambuesa antes de la cena.

Clary sonrió dulcemente, fingiendo que prestaba atención a la conversación que estaban teniendo sus padres, y rozó como de forma accidental su mano derecha con la izquierda del chico. Simon pestañeó en exceso antes de esbozar la misma expresión soñadora que ella y entrelazar los dedos de ambos bajo la mesa.

Magnus sonrió disimuladamente mientras se llevaba una copa a los labios y apartaba los ojos de la peculiar pareja. ¿Acaso nadie se daba cuenta? Era evidente y tierno de una manera apabullante, aunque si alguien le hubiera preguntado a él nunca se le habría ocurrido juntar a dos jóvenes como ellos.

Conocía a Clary desde que era un bebé llorón y pelirrojo que le tiraba del pelo con sus diminutos puños, con toda seguridad fascinada por los brillantes colores. Y aunque apreciaba enormemente a Valentine y aún más a Jocelyn, no podía evitar pensar que siendo su hija acabaría comprometida con un nefilim pomposo y de alto rango que la exhibiría como una especie de trofeo. Que hubiera escogido de entre todas las opciones a un mundano, aunque fuera uno tan corriente como aquel, había aumentado el aprecio que sentía por ella.

No obstante, Magnus había vivido mucho y conocido a todo tipo de gente. El tal Simon podía ser suficiente para Clary entonces, en un mundo donde lo familiar era un puerto seguro frente a miles de desconocidos, pero no duraría para siempre. Suspiró con tristeza, deseando suerte al desdichado cuyo corazón sería roto con toda seguridad.

Pronto algo más captó su atención: los tres jóvenes Lightwood se sentaban al otro lado de la mesa, a sólo dos espacios a su derecha. Alec reía de algo que Jace había dicho, tanto que se le habían llenado los ojos de lagrimillas y le costaba parar. Habitualmente verle feliz era algo contagioso, pero en aquel momento sintió la fría mordedura de los celos en el pecho.

Alec no era tan desenvuelto y natural con él ni siquiera en la más absoluta intimidad. Medía a menudo sus gestos y sus palabras, temeroso de que un visitante inesperado le descubriera desafiando uno de los tabúes de la Clave. Y sin embargo no era aquello lo que más le molestaba de la estampa.

Aquel brillo inherente, desbordante de fascinación, seguía presente en la mirada de Alec cuando Jace estaba a su lado. Magnético, palpable. Sólido como un muro que hubiera resistido el envite de un millón de tempestades. Sintió como si le retorcieran las entrañas cuando Jace le propinó un codazo a su parabatai y éste le palmeó la cabeza, fingiendo que se la hundía en el plato. Magnus imaginó la mueca de horror de Alec si él se atreviera a hacer lo mismo, y su apetito se volatilizó.

Había postergado aquella necesaria conversación con la intención de no presionar a Alec, pero se sentía incapaz de seguir cargando con la incertidumbre. Tal vez tenía miedo de lo que podía perder si ponía al chico entre la espada a la pared: ¿cómo reaccionaría Alec si le obligaba a elegir? Es más, ¿tenía él el derecho a enfrentarle a aquella encrucijada? Alec carecía de la malicia suficiente para haber jugado con él deliberadamente, pero le aterraba la perspectiva de que aún tuviera sentimientos románticos por Jace.

No soportaría un nuevo desengaño. No con Alec.

Dejó el plato a medias y se puso en pie con elegancia, disculpándose frente a Valentine y abandonando la sala con la risa de Alec incrustada en los oídos.


El camino de regreso a sus estancias se le hizo eterno, como si anduviera incansablemente por una llanura vacía y nunca alcanzara el final. Magnus entró a oscuras en el cuarto y se apoyó en la puerta durante unos segundos antes de prender la luz mágica, que bañó la estancia en un titilante resplandor azul. Su propia habitación le parecía de pronto sombría y solitaria, especialmente al imaginar a Alec acompañado de sus hermanos y riendo despreocupadamente.

Aquellos baches emocionales le sucedían a menudo; en las últimas semanas, justo después de separarse de Alec. El tiempo que pasaba con él no era suficiente… aunque claro, nunca se es suficiente cuando se siente algo por alguien, ¿no? La gota que colma el vaso había sido verle de aquel modo con Jace, inflamando los rescoldos de una duda que aún le mordisqueaba el alma.

Se golpeó un par de veces la frente con la mano abierta. Cuando estaba deprimido, tendía verlo todo desde el peor ángulo posible y poco podía hacer salvo dejar pasar el tiempo.

Recordó de pronto el libro que había apartado de la vista ante la visita inesperada de Raphael, y utilizó magia para recuperarlo desde la esquina oscura bajo el mueble. Sopló sobre la cubierta, que se había impregnado de polvo, y abrió por una página en concreto mientras se dejaba caer en su sillón favorito.

Allí estaba, un rizo de cabello dorado atado con suave hilo de seda roja. No recordaba cuándo lo había puesto allí ni por qué, pero sí cuál era su origen.

Se dejó caer pesadamente en el sillón mientras tomaba la reliquia entre los dedos. Por la más primaria inercia, se llevó el mechón dorado a la nariz e inspiró aquel perfume que, tiempo atrás, había asociado con la más absoluta felicidad. En aquellos momentos en cambio sólo era el espejismo de algo que desearía que jamás hubiera existido.

Recordó sin querer el momento en el que Camille se lo regaló… aunque más bien había sido él el que se lo había pedido. Ella le había sonreído no obstante, cortándose un rizo cerca de la oreja con unas tijeras plateadas y entregándoselo atado con un lazo. Una manera de complacerle, un gesto fácil del que ella se había burlado tildándole de simple. Por aquel entonces él mismo era feliz con poco, aunque Camille nunca lo hubiera entendido. La vampira había acabado arrastrándole contra su voluntad a una espiral de autocompasión y baja consideración de sí mismo que había decidido cortar por lo sano un día que Puerto de Plata era azotado por las tormentas de verano. No había mirado atrás.

Llamaron a la puerta, y él dio un respingo. Por el toque firme y escueto debía ser Alec.

Se apresuró a guardar el mechón de cabello entre las páginas y a cerrar el libro de golpe. Movió los dedos y el volumen regresó por sí solo a la estantería, siendo reemplazado por otro al azar que se abrió sobre su regazo.

―Pasa.

Alec entró rápidamente y cerró la puerta con un firme golpe de talón antes de volverse hacia él.

―Te has ido muy pronto ―comentó―. ¿Te encuentras bien?

Magnus se animó un poco al oír que al menos se había percatado de su marcha prematura. No obstante, su frustración no se diluyó del todo.

―Perfectamente ―aseguró, frotándose los ojos mientras ojeaba el libro abierto sobre sus piernas―. Por suerte para mi fabulosa figura, no como tanto como lo hacéis los nefilim.

Alec se acercó a pasos cortos y se apoyó con ambas manos en el reposabrazos del sillón, inclinándose para echar un vistazo al libro que aparentemente estaba leyendo. A la nariz de Magnus llegó aquel perfume natural que poseían los nefilim, como a flores esperando a abrirse.

―¿Qué estabas haciendo? ―se interesó el muchacho.

"Disimular" no le pareció una respuesta adecuada a Magnus, así que cerró el libro de golpe y lo lanzó sin cuidado por encima de su cabeza.

―Si te lo dijera, tendría que matarte ―comentó misteriosamente.

Se arrepintió en el acto de haber hablado, porque Alec retrocedió un paso y se lo quedó mirando con los ojos agrandados de sorpresa. Su sentido del humor aún no parecía tan despierto como debiera.

―Es broma ―esclareció Magnus, encogiéndose de hombros.

Permanecieron unos segundos en silencio, sin mirarse directamente el uno al otro: Alec podía percibir la tensión en el aire, la sensación de que algo no iba del todo bien, aunque no llegaba a comprender el qué. Presidente Miau salió de entre un montón de ropa y corrió a reclamar su atención, hundiendo superficialmente las uñas en la pernera de su pantalón. Era tan pequeño que apenas le llegaba a la espinilla, pero fue suficiente para que el chico captara el mensaje y se inclinara a acariciarle el lomo.

―Vale, admito que estoy un poco celoso ―gruñó Magnus con el ceño fruncido―. El maldito gato te quiere más que a mí. Ingrato ―añadió, acercándose a ellos y apartando al felino con un suave golpecito del pie―. Tenemos que hablar ―puntualizó.

Alec era demasiado inexperto sobre relaciones para saber que aquella frase solía tener nefastas implicaciones, así que levantó la cabeza y le miró con total inocencia.

―¿De qué? ―preguntó.

―De Jace Wayland ―soltó Magnus, serio.

Fue imperceptible, pero el brujo pudo ver cómo Alec se estremecía y cuadraba los hombros, como si estuviera esperando algún tipo de ataque. Se incorporó poco a poco, con unos mechones de cabello oscuro rozándole la nariz.

―¿Qué hay con Jace? ―preguntó, intentando quitar hierro al asunto―. Si es por algo que haya dicho, no te preocupes. Tiene la estúpida manía de creerse más gracioso que el resto del universo…

―Ahórrate la fase de apariencias ―le cortó Magnus con impaciencia―. Esto es serio. Sé perfectamente lo que sentías por él… o lo que aún sientes, no lo sé.

No había reproche ni enfado alguno en su tono, lo cual resultaba aún más estremecedor. Alec se había acostumbrado a mentir y seguir mintiendo desde hacía años, así que le salió una vez más por instinto.

―Jace es mi parabatai ―dijo, y tenía la sensación de haberlo dicho ya un millón de veces―. Compartimos un lazo profundo e irrompible a no ser que uno de los dos muera.

―Conozco el concepto, gracias ―aseguró Magnus sin dejar de mirarle―. Pero William y James también son parabatai, y sin embargo no parece que uno orbite alrededor del otro, olvidando a cualquier otra persona que tengan alrededor.

Alec despegó los labios, pero nada salió de ellos al primer intento. Evidentemente, Magnus se contentaría con las excusas habituales.

―Eso no es justo, Magnus… ―murmuró.

―No eres quien para hablar de injusticias, Alexander Lightwood ―protestó Magnus, aparentemente impasible.

Advirtió al instante siguiente que había sonado más tajante de lo que pretendía. Alec le miraba como quien mira a un desconocido que acaba a de insultar a todo el propio árbol genealógico.

―No te estoy reprochando nada ―aseguró, suavizando el tono―. Sólo quiero que me lo aclares. Oír la verdad de tus labios. No necesito una confesión desgarradora, porque sé desde el principio que estabas enamorado de Jace.

Alec sentía como si algo le oprimiera la garganta, cual bola de plomo que le llenara el estómago de frío. ¿Por qué estaba pasando aquello? ¿Por qué entonces, cuando ya había empezado a desterrar el recuerdo del amor no correspondido que tantos años le había atormentado? Inspiró profundamente, seguro de que nada bueno podía salir de aquello.

―Tienes razón: hay algo más ―confesó. Se humedeció los labios antes de proseguir―. Pero creo que es justo que me dejes explicártelo.

Magnus asintió, cruzándose de brazos cual madre cuyo hijo regresa a casa a las cinco de la madrugada. Sabía que se estaba comportando como un crío celoso, que no tenía ningún derecho a aparecer en su vida y reprocharle nada cuando llevaban tan poco tiempo siendo pareja. Pero la idea de que algo tan pequeño, una inseguridad o un sentimiento ambiguo destruyera los cimientos incipientes… no imaginaba nada peor.

―Jace es… como un sol que nunca se oculta ―dijo Alec en voz baja―. Me ciega cuando estoy a su lado, consumiéndolo todo e impidiéndome ver nada más. Tiene ése efecto en todo el mundo, en realidad ―puntualizó―. Pero para mí es especial: que decidiera ser mi parabatai ha sido durante años la razón primordial para seguir cazando, seguir creyéndome… necesario.

Magnus había preparado algún comentario cargado de estoicismo para la ocasión, pero todas las palabras hirientes y sagaces se ahogaron en su lengua. En realidad había esperado que Alec lo negara todo categóricamente, y sin embargo allí estaba, arrancando de su garganta una confesión que le estremecía a cada sílaba. Podía ver el dolor depositado en cada sonido, la culpa que le corroía, y se sintió mezquino por haberle empujado a ello.

―Era como si él me sostuviera, ¿sabes? Le he seguido siempre a todas partes: a las justas, a las cacerías, y a la muerte si fuera necesario. Que me lo permitiera era una bendición demasiado grande como para no sentirme agradecido ―relató Alec―. Hubo un tiempo… mucho tiempo, debo decir, en el que no podía imaginar nada más absoluto que el lazo que me unía a Jace. Nada más… auténtico.

Magnus sintió un vacío en el pecho que se agrandaba a cada inspiración. Alec hablaba con una pasión desbordante, obnubilada, que le hizo sentirse insignificante. ¿Cómo podía competir con aquello, con la fascinación prodigiosa que un mortal despertaba en otro? Tal vez él, condenado a la vida eterna, no podía comprenderlo. Sintió que se le humedecían los ojos sin razón alguna, pero pestañeó furiosamente para disimularlo.

―Pero empiezo a comprender que me equivocaba ―confesó Alec, y su voz iba adquiriendo aplomo a medida que hablaba―. No he podido darme cuenta hasta ahora, porque… ¿con qué iba a compararlo, cuando no había conocido nada más? Puede que haya sentido algo por él durante mucho tiempo… pero nunca será como lo que siento por ti.

Magnus se quedó mudo, aunque una sonrisa incipiente pugnó por tirar de sus comisuras. No iba a interrumpirle, porque Alec estaba desnudando su corazón y sabía el gran esfuerzo que suponía para alguien que pisoteaba sus propios sentimientos antes que permitirse demostrarlos.

―No sé expresarlo ―admitió Alec, como si se diera por vencido―. Jace es muy importante para mí, tal vez porque es quien más me ha valorado a lo largo de mi vida, apoyándome por mucho que fallara. Pero la simple idea de besarle o… lo que sea que venga después, me produce rechazo. Ahora lo sé.

Avanzó en su dirección, con un brillo febril en los ojos negligentemente azules. Se detuvo frente a él, de repente frágil y ruborizado, y le cogió las manos con decisión. Era la primera vez que tomaba la iniciativa en un gesto tan cargado de significado.

―A ti en cambio jamás dejaría de abrazarte ―concluyó―. De besarte. Nadie, ni siquiera Jace, me hace sentir así. Puedo ver la diferencia, Magnus ―tragó saliva con dificultad―. Y espero que tú también la veas.

Una voz en algún rincón de la cabeza de Magnus dijo "basta", una y mil veces. Quiso decir "lo siento" o "nunca volveré a hacerte esto", pero en su lugar le abrazó estrechamente como si no fuera a dejarle ir jamás. Alec correspondió al gesto casi en el acto, apoyando la frente en su hombro y rodeando su cintura con ambas manos hasta que sus caderas entraron en contacto.

Permanecieron de aquel modo lo que pareció una eternidad, sosteniéndose el uno al otro, contando los latidos de sus corazones. Magnus deslizó los dedos por su oreja, inclinándose para susurrarle al oído.

―Nunca me habían dicho nada tan bonito ―admitió.

Alec soltó una carcajada despectiva, separándose de él aunque sin soltar su cintura.

―Tus conocidos deben ser nefastos poetas, en ése caso ―bromeó.

Calló al sentir sus manos, enormes y a la vez delicadas, ascendiendo por sus hombros y depositarse a ambos lados de su cuello. Los dedos de Magnus acariciaban su mandíbula, sus mejillas, como si fuera algo fabricado en frágil cristal soplado. Era una sensación curiosa y totalmente desconocida para él, habituado a un mundo donde el trato por lo general era áspero y carente de delicadeza. El índice de Magnus se enredó en un mechón de cabello negro que le rozaba el hombro y sonrió de forma soñadora mientras tironeaba suavemente de él.

Alec no se anduvo con tantos remilgos: aferrándole del cuello de la camisa, tiró de él hacia atrás hasta quedar sentado en el sillón con Magnus inclinado sobre él.

―Abre la boca ―ordenó en un murmullo urgente.

Le besó profundamente, dejando que sus labios dijeran por él lo que no sabía condensar en palabras.

Magnus se dejó caer sobre él, sentándose en sus rodillas, y sus manos asumieron rápidamente el control. Sus dedos se hundieron en su cabello, despeinándole más, dando pequeños tirones que le hacían suspirar en un creciente delirio. Alec se saltó directamente dichos preliminares y tiró del borde de su camisa, exponiendo la parte baja de su espalda. Deslizó las manos por la piel ardiente que encontraba a su alcance, notando cómo se tensaban los músculos de Magnus bajo las yemas de sus dedos. El brujo gimió con sorpresa en el espacio entre sus labios y se animó ante el arrojo del chico, entrelazando sus lenguas entre saliva y suspiros.

Alec no pensaba, como si alguien hubiera vaciado sus pensamientos y dejado suave algodón en su lugar. Solo era consciente de sus manos presionando los costados de Magnus, el tenue sabor a vino y bergamota de sus labios. Sus caderas estaban juntas, rozándose con sólo la ropa guardando la última barrera, y el mínimo movimiento enviaba un pulso de excitación que le erizaba la piel de todo el cuerpo. Los dedos de Magnus sacaron fácilmente los botones de los ojales de su camisa y dejaron su pecho expuesto, cada runa y cada cicatriz desnudas frente a sus manos insaciables. Y deseó que le tocara, que se hundiera en su piel hasta que la simple idea de parar le resultara dolorosa.

Magnus era absurdamente alto, y aún así se las apañaba para mantener sus bocas unidas en una sucesión de besos que no parecía tener final. A Alec le temblaban las piernas, apresadas entre las rodillas del brujo, y una sobreexcitación indescriptible provocaba que sus manos temblaran y arañaran superficialmente la piel tersa de la espalda de Magnus. Se quedaría allí para siempre, besándose, sin distancia entre ambos y disfrutando del tacto sedoso del cuerpo de su compañero bajo los dedos rugosos.

Se separaron, y Alec se quedó boqueando como un pez fuera del agua con los labios húmedos. Advirtió la boca de Magnus descendiendo por su mandíbula, dejando una senda húmeda y caliente que se detuvo en su cuello, cerca del punto donde se unía con la clavícula. Allí presionó, succionando cuidadosamente. Alec suspiró y se aferró a los brazos del sillón, mordiéndose el labio para contener el gemido escandaloso que bailaba en su garganta. Notaba su propio pulso retumbar contra la boca de Magnus, y se preguntó si él también lo estaría notando. La presión iba en aumento, y se mordió el labio hasta enrojecerlo cuando sus nervios se impregnaron de una contradictoria mezcla de placer y dolor. Le recordó vagamente a la sensación de ser mordido por un vampiro, en un éxtasis inducido para la presa… aunque en aquel caso era él el que lo había elegido.

Alec no sabía aún que en los próximos días se vería obligado a llevar cuellos altos para ocultar una marca que allí y en cualquier otro lugar del mundo tenía un claro e íntimo significado. Magnus sí lo sabía, y era un pequeño alarde de satisfacción por su parte: una señal que permanecería en la piel del nefilim, única y peculiar entre sus muchas marcas. Exclusivamente suya.

El brujo se incorporó, obsequiándole con una sonrisa sensual, y deslizó detenidamente la mano derecha por su mejilla ardiente.

―No ha estado mal como solución de nuestra primera crisis ―admitió.

Alec soltó una aguda carcajada y se acercó a él hasta que sus mejillas se rozaron. Se sentía bien. Liberado por fin de uno de tantos lastres que no le permitían avanzar en la dirección deseada. Supo entonces que haber mantenido enterrado su secreto inconfesable sólo le hubiera llevado a ahogarse en el remordimiento. La sinceridad definitivamente le hacía sentirse vivo.

Magnus se levantó. Su separación hizo que el aire frío de la habitación incidiera en la piel de Alec, que sólo unos segundos atrás había sentido arder bajo sus caricias. En un impulso de decencia, el chico se aclaró la garganta y se abotonó rápidamente la camisa. Notaba la mirada inquisitiva del brujo clavada en su coronilla, y para cuando terminó tuvo claro que le esperaba algún tipo de pregunta comprometida.

―¿Cómo te diste cuenta? ―inquirió Magnus―. De que te gustan los hombres, quiero decir.

Alec se rascó la sien izquierda, incómodo: casi había olvidado que la mayor parte del tiempo Magnus era tan contundente como un hachazo cuando quería saber algo. Entornó los ojos y su pecho se hinchó bajo la holgada camisa, como si reuniera valor. Estiró las piernas frente a él, largas y estilizadas como las de las hadas. Magnus pensó que su altura ofrecía un contraste encantador con el rostro de rasgos suaves.

―Yo tenía catorce años; Jace trece, y sin embargo parecía mayor ―empezó a relatar Alec, atropelladamente y en voz baja como si pensara que así la vergüenza terminaría antes―. Yo seguía siendo delgaducho y aún no había dado el estirón, así que él era más alto que yo y empezaba a tener músculos donde debía.

Magnus estuvo tentado de sonreír al imaginárselos. Le costó evocar un escenario en el que Alec, tan alto como era, tuviera que levantar la mirada para encontrarse con la de Jace.

―Solíamos bañarnos juntos porque… bueno, éramos hermanos ―prosiguió Alec, tironeando de un hilo suelto de su camisa―. Habíamos crecido juntos y el pudor nunca fue algo que nos preocupara. ¿Cómo podía ser de otro modo, cuando sabíamos que nuestro destino era luchar y morir unidos? Ése día por alguna razón no podía dejar de mirarle. Me pasé minutos de aquella manera… recreándome, si se me permite la palabra ―dijo―. Para cuando me di cuenta…

Carraspeó sonoramente y agachó la cabeza, retorciéndose nerviosamente las manos. Magnus permaneció estático unos segundos hasta que comprendió la verdad implícita y levantó las cejas, que se confundieron con su liso flequillo.

―Vaya… ¿en serio?

Se llevó una mano disimuladamente a los labios para que él no le viera reírse. No funcionó. Alec levantó la cabeza, ruborizado hasta las orejas, y parecía no ser capaz de soportar la vergüenza por lo que acababa de decir.

―No te rías ―le reprochó, arrojándole uno de los almohadones del sillón. Acertó de pleno en su cara.

―Admito que no esperaba una historia tan espectacular ―comentó Magnus, deshaciéndose del cojín―. Por lo visto no soy el único con anécdotas sexualmente sugerentes dignas de mención…

―¿Me dejas terminar, por favor? ―le espetó Alec, echando fuego por los ojos.

―Lo siento, lo siento… ―murmuró Magnus, cruzando las manos sobre la cadera en actitud sumisa.

Alec se cruzó de brazos y apretó brevemente los labios antes de volver a hablar.

―Salí corriendo del baño y me escondí debajo de la cama, incapaz de pensar con claridad ―admitió―. No podía entender lo que estaba pasando… En los días siguientes, empecé a atar cabos y eso sólo me horrorizó más. Fingí estar enfermo para no tener que pasar tiempo con él, pero solo conseguí horas interminables dando vueltas a algo cuya naturaleza no podía entender.

Magnus experimentó un acceso de compasión por él. Explorar su sexualidad nunca había sido un problema debido a los ambientes donde se había movido, pero para Alec debía haber sido un infierno. El tono deprimido de su relato le hacía entender que había pesado tanto el miedo a ser descubierto como el rechazo a sí mismo y a lo que era… algo infinitamente más terrible.

―Que fuera Jace y no cualquier otro lo hacía todo doblemente grave ―prosiguió Alec―: está prohibido mantener relaciones amorosas entre parabatai, así que…

―¿No podéis enamoraros de vuestros parabatai? ―le interrumpió Magnus.

―Por supuesto que no ―insistió Alec, como si fuera una pregunta descabellada―. La relación de parabatai es algo íntimo y a la vez cruelmente funcional: los sentimientos pueden hacerte tomar decisiones equivocadas mientras estás cazando, y un cazador debe ser objetivo y lo más eficiente que pueda.

Magnus casi sintió deseos de ponerse a cantar y levantarle en volandas, aunque se limitó a esbozar una sonrisa autosuficiente. Quizá estaba siendo egoísta alegrándose de algo así, más cuando se trataba de una prohibición tan absurda, pero al menos tenía claro que Alec nunca había alojado expectativas reales de ser correspondido por Jace.

―Pareces… aliviado ―observó Alec.

―Algo que no pienso negar ―señaló Magnus―. La experiencia me dice que un poco de egocentrismo no hace daño a nadie. Aunque es una satisfacción vacía: prohibir algo no significa que desaparezca, y de hecho a veces se logra el efecto contrario. Créeme, sé de lo que hablo.

Alec imaginó que había alguna historia inverosímil tras aquella puntualización, pero no preguntó al respecto. Ya puestos a ser sinceros, no iba a callar hasta disipar todas las obvias inseguridades que el brujo alojaba respecto a sus sentimientos.

―Creo que era una manera de no correr riesgos ―opinó, sorprendido de su propia elocuencia―. De ése modo siempre tenía una especie de excusa para mí mismo: si surgiera alguien de quien yo pudiera enamorarme, simplemente tenía que decirme a mí mismo que amaba a Jace lo suficiente como para darle prioridad. Y así ha sido hasta ahora ―se lamentó.

Magnus dejó pasar un silencio respetuoso antes de lanzar la siguiente pregunta.

―¿Volvió a pasarte? Me sorprende que sacaras conclusiones con lo cerrados que son los nefilim respecto a estos temas.

Alec volvió la cabeza hacia él, y por un instante Magnus juraría que había una sonrisa socarrona en sus labios.

―Jace no es el único que ha llamado mi atención desde entonces ―aseguró―. Sé sumar dos más dos: las mujeres no me inspiraban ningún tipo de atracción, y en cambio a veces me he quedado parado observando a algún chico que se haya cruzado en mi camino…

―Te comprendo ―suspiró Magnus con anhelo.

Alec frunció el entrecejo y le dedicó un gesto de incipiente enfado. Magnus levantó ambas manos frente a él en actitud pacificadora.

―Bueno, entiéndeme ―se explicó―. Uno no es de piedra, y la mayoría de nefilim sois como pedazos de perfección con traseros insultantemente firmes.

El joven se tensó visiblemente, removiéndose en su asiento mientras se llevaba una mano a la frente al notar una creciente jaqueca.

―Tengo comprado mi acceso al infierno por hablar de todas estas desvergüenzas ―aseguró con resignación.

A continuación miró a Magnus por el espacio entre sus dedos y sonrió con amargura.

―No sabes cómo agradezco que aguantes todo esto ―se sinceró―. Definitivamente habría acabado hundiéndome si no hubieras resultado ser como yo. Con inclinaciones como las mías. No podría creer mi mala suerte al interesarme por alguien que no compartiera lo que soy.

Magnus sonrió con exagerada dulzura, anotando mentalmente que aquel no era el momento adecuado para revelarle que, en realidad, no era exactamente como él. Sus gustos no se reducían a los hombres, si bien sus amoríos con mujeres habían sido ligeramente menos numerosos… Nada desdeñables, en todo caso.

Alec no necesitaba saberlo todavía. De todos modos, no había vuelto a fijarse en nadie más desde que le había echado el ojo a aquel nefilim que absorbía sus pensamientos.

―Mañana se celebrará una justa ―anunció Alec. Había tirado tanto del hilo de su camisa que se le había descosido medio puño―. Te invito a que asistas: Jace lleva mucho tiempo esperándolo y seguro que se esforzará al máximo por dar un buen espectáculo.

―Nunca te he visto justar ―observó Magnus, aliviado por dejar atrás la tensión.

―Dicen que soy bastante bueno ―comentó Alec. Había un cierto tono de orgullo en su voz que resultaba refrescante.

Dicen, dicen… ―se burló Magnus―. Llámame desconfiado, pero mis ojos son los mejores jueces que conozco: ten por seguro que no faltarán a la cita. Y a ti, jovencito, más te vale ir acostándote si no quieres quedarte dormido en mitad de la liza. Iré calentando la cama ―añadió con un deje tentativo.

Alec asintió con aparente naturalidad, aunque notó que la sangre se le subía a las mejillas. Sabía de sobras que no se iba a dormir nada más meterse en la cama. Cada vez más temía acabar siendo él el que se abalanzara sobre el brujo en un arrebato descontrolado en lugar de ser al revés. Dormir a su lado era como exhibir un dulce de mil sabores frente a los ojos de un hambriento. Un dulce particularmente colorido, se permitió añadir, al ver a Magnus embutiéndose en una bata verde limón con dibujos púrpura antes de deslizarse entre las colchas amarillo canario.


Era un día inusualmente caluroso para estar tan cerca del invierno. El cabello, que necesitaba un corte urgente, se le adhería a las sienes en mechones húmedos. Alec se levantó la visera con un suspiro y se limpió el sudor de la frente mientras esperaba que el combate en liza se resolviera. Su primo Gabriel había encontrado la derrota en su mano hacía menos de diez minutos: había sido una situación particular, ver dos estandartes idénticos señalando que eran miembros de la misma familia los que se enfrentaban.

Oteó las gradas y vio a sus padres y hermanos sentados en el palco. Podía ver el brillo en los ojos de Max, el entusiasmo manifiesto con el que aferraba la barandilla a la espera del próximo movimiento de Jace. Isabelle en cambio parecía genuinamente aburrida, apartándose constantemente el cabello de la cara y tamborileando sobre su pierna desnuda. Su hermana jamás había comprendido qué encontraban de tan fascinante en los torneos, lo cual era una lástima: si quisiera, Isabelle sería una de las mejores justadoras de Idris.

El rugido de la multitud le sacó de sus cavilaciones, haciéndole volver la vista a la arena: Jace acababa de despachar a James Carstairs, que se quitaba el casco y saludaba a la multitud con su infatigable y dulce sonrisa. Jace en cambio mostraba un gesto hosco mientras bajaba del caballo, e ignoró categóricamente las ovaciones que le gritaba el público. Ni siquiera dedicó una mirada afectuosa a Max, que volvió a sentarse con aire decepcionado.

Alec frunció el ceño: Jace había estado algo ausente en los últimos días, y su humor seguía empeorando. Dos días antes había soltado un comentario inoportuno y mordaz sobre Isabelle que le había granjeado una bien merecida bofetada por parte de ésta. Él también había sido blanco de su mal genio durante un entrenamiento en el que Jace había detectado unos veintisiete supuestos fallos en sus posturas de combate. Por suerte para Jace, Isabelle perdonaba rápidamente los desaires, pero él aún estaba algo preocupado.

La trompeta sonó de nuevo anunciando el nuevo asalto. Alec espoleó a Fearless con los talones y se encaminó hacia el centro de la liza para ofrecer sus respetos a los monarcas. Su próxima contrincante era Maia Roberts, enfundada en una armadura de bronce y con el gravado de un lobo sobre la coraza. Le dedicó una mirada llena de determinación mientras se recogía la melena rizada tras la cabeza, se colocaba el yelmo ―que imitaba una cabeza de lobo― y tiraba de las riendas de su corcel gris hacia el otro extremo de la palestra.

Los hombres ―y mujeres― lobo eran oponentes interesantes, especialmente respecto a la impredecibilidad de sus movimientos. Desde que las justas eran un entretenimiento para los más jóvenes del que los adultos se desentendían, sólo había un puñado de licántropos adolescentes que participaran en los torneos, y Maia era la mejor de todos ellos. Aquella noche había luna llena, lo cual daría una renovada fuerza a la muchacha. Alec sintió palpitar en sus venas la emoción del enfrentamiento.

El tañido de la campana se elevó sobre la liza, y la multitud calló al mismo tiempo. Alec palmeó el cuello de Fearless y al animal salió al galope tendido, corriendo a toda velocidad en pos de su contrincante. Ya había competido antes contra la muchacha, y sabía que dejaba un pequeño hueco de pocos centímetros al cubrir el pecho con el antebrazo.

El choque era inminente. Maia levantó el brazo, elevando con pasmosa facilidad la gigantesca lanza. Alec reaccionó rápidamente inclinándose hasta que el yelmo le rozó las crines del caballo e introdujo su lanza por el hueco que la chica había dejado en su defensa, sintiendo como la de su rival le rozaba el casco. La lanza se partió en un millar de astillas contra la coraza de Maia mientras ambos se cruzaban, aunque ella fue capaz de mantenerse erguida en el caballo mientras volvía a la posición de salida.

Alec buscó de reojo a Jace mientras le cambiaban la lanza destrozada por una nueva, pero éste ni siquiera estaba pendiente del torneo. Sus ojos vagaban por las gradas, como si buscara a alguien concreto. Podía imaginar a quién, aunque tampoco era el momento de pensarlo.

Venció a la chica loba, aunque no con tanta ventaja como hubiera querido. Ella consiguió arrancarle un punto con un quiebro inesperado que casi le había tirado del caballo. Ello no cambio el resultado, sin embargo, y se encontró mirando cómo levantaban su estandarte en señal de victoria. Descabalgó con facilidad y fue a estrechar el brazo de Maia. Resultaba curioso que una chica como ella, tan fuerte y hábil en los torneos, resultara tan femenina la mayor parte del tiempo.

―La próxima vez no te lo pondré tan fácil, Lightwood ―aseguró ella, exhibiendo sus dientes blanquísimos.

―No lo querría de otra manera ―repuso él con una leve inclinación de cabeza.

Repitió la inclinación ante la gente de las gradas, que aplaudían con entusiasmo. Recibir las alabanzas del público de las justas era un pequeño placer personal; una prueba para sí mismo de que, si quería, podía ser tan bueno como cualquiera… aunque Isabelle lo considerara un pasatiempo estúpido.

Captó un destello de algo de un rojo brillante por el rabillo del ojo. Magnus le sonreía desde las gradas, de pie y aplaudiendo pero mirándole fijamente sin pestañear. Aunque llevaba la armadura bien prieta sobre el cuerpo, Alec se sintió totalmente desnudo ante la intensidad de su mirada.

La tensión que había reinado entre ambos el día anterior había desaparecido después de aquella memorable conversación… y del tórrido punto y final, todo había que decirlo. Aparentemente no era el único lleno de inseguridades, y haberle aclarado que sus sentimientos por Jace no eran comparables a lo que sentía por él parecía haberle supuesto un alivio inmenso. La noche anterior, Alec había disfrutado de la versión más risueña del brujo, un Magnus que bromeaba constantemente y que le había despertado con cosquillas. Nunca había esperado una relación idílica, pero lo sucedido sólo unas horas antes se acercaba bastante a aquella utopía.

Un chasquido atronador sonó a sus espaldas, y Alec se dio la vuelta a toda velocidad justo a tiempo de ver a Jace caer aparatosamente por el costado de su caballo. Afortunadamente cayó sobre los codos y no de cabeza, lo cual seguramente le ahorró algún tipo de conmoción. Will le había derribado en el último asalto, adjudicándose la victoria, y su primo ya exhibía la lanza partida en alto como si fuera un trofeo de guerra.

Alec corrió hacia su parabatai en medio de los vítores de la multitud… aunque en aquella ocasión iban dirigidos a un insospechado ganador. Jace se estaba incorporando: se le habían abollado los guanteletes, pero no parecía tener más secuelas.

―Puedo levantarme solo, gracias ―le espetó, rechazando su mano y poniéndose en pie con dificultad.

Alec permaneció inmóvil, como si en lugar de una respuesta mordaz le hubiera propinado un puñetazo en la cara. Hizo un ademán de ponerle una mano en el hombro, pero Jace simplemente se apartó.

―Déjame tranquilo, que estoy bien ―gruñó con brusquedad, arrojando el casco con furia contra el suelo.

Se marchó a grandes zancadas en dirección al castillo, sin molestarse en quitarse la armadura. Alec se quedó en el mismo sitio, intentando asimilar lo que acababa de suceder. William Herondale había ganado el encuentro. Y Jace parecía más fuera de sí que nunca desde que él le conocía.


La noche se había cernido sobre Idris, limpia y sin rastro de nubes por primera vez en semanas. Ello había supuesto un descenso de temperatura que mantenía las calles vacías, con nefilim y subterráneos aglomerándose en unos pocos portales de los que manaban voces animadas y el destello cálido de un buen fuego.

Clary y Simon paseaban cogidos de la mano por las callejuelas tenuemente iluminadas. Habían tenido el buen criterio de salir del palacio por una de las puertas del servicio para no ser descubiertos y se habían desviado rápidamente hacia calles secundarias donde no tuvieran tantos ojos puestos en ellos.

Clary no había tenido valor para confesarle a su familia que estaba saliendo con alguien. Simon era encantador, el tipo de chico al que su madre adoraría… pero era un mundano y ella era la princesa de los nefilim. Su hermano y muy especialmente su padre no lo aceptarían. Sabía además que la Clave prohibía hasta cierto punto las relaciones amorosas entre distintas razas, pero era debido al mestizaje: los híbridos entre diferentes razas eran impredecibles, y podían concebirse criaturas con poderes anormales de las que nadie quería hacerse cargo. Aquel problema no existía en aquel caso, porque siendo Simon un mundano la herencia nefilim primaría en su hipotética descendencia.

La chica se sonrojó violentamente. No tenía sentido pensar en algo que quedaba tan lejos…

―Estás muy callada ―observó Simon.

―¿Eh? ―sugirió ella, volviendo a la realidad. Le dedicó una sonrisa tranquilizadora mientras apoyaba brevemente la cabeza en su hombro―. Pensaba en la justa de hoy. Empiezo a comprender qué encuentras tan fascinante en asistir a los torneos.

Su compañero esbozó una leve sonrisa, medio sarcástica medio risueña. Alec había ganado la justa tras la desconcertante victoria de William Herondale sobre Jace; Will no se había mostrado decepcionado con su derrota, como si haber vencido a Jace en la semifinal fuera recompensa más que suficiente. Clary había esperado que Simon comentara lo sucedido con mucha emoción, pero el joven no mencionó nada al respecto, manteniendo una actitud estoica y vagamente satisfecha cuando alguien sacaba el tema a colación.

―A este paso, acabarás siendo tú la que te pongas una armadura y empuñes una lanza ―opinó Simon con una carcajada espontánea.

―Esa posibilidad no debe preocuparte, créeme ―garantizó Clary―. La única esperanza que tendría de sobrevivir frente a alguien como Maia o Alexander sería que, al ser tan bajita, la lanza me pasara por encima.

Simon se detuvo, volviéndose hacia ella con una sonrisa dulce en los labios.

―Concédete un poco de mérito, ¿quieres? ―sugirió, tirando reiteradamente de uno de sus tirabuzones pelirrojos como si fuera un muelle―. Lo llevas en la sangre. Tal vez te llevarías una sorpresa si lo intentaras.

Clary le miró sin pestañear durante unos segundos y después entornó los ojos en una sonrisa maliciosa.

―Por favor, no me digas que te resulta eróticamente inspirador imaginarme con armadura y participando en un torneo…

Simon parecía azorado, y empezó a balbucear incoherencias. Clary había notado que nunca se sonrojaba, a pesar de lo pálido que era. Tenía suerte de no ser tan obvio como ella cuando la vencían las emociones. Le abrazó efusivamente antes de tirar de su mano en dirección a una callejuela retorcida que apareció a su derecha.

Alacante presentaba una belleza etérea y atemporal de la que Puerto de Plata había carecido. La segunda era aparentemente perfecta, con edificios exquisitos blanqueados por la cal, pero de cerca el moho carcomía los portales y el hedor ascendía ocasionalmente del agua eutrofizada de la bahía. En Alacante en cambio el agua de los canales era transparente como el cristal, inodora y limpia como si surgiera de un millón de fuentes de montaña.

Clary se detuvo sobre el que era su puente favorito de la ciudad. Los soportes y el pasamanos eran de sólido metal plateado, pero el suelo era de un cristal tan transparente que podían contemplar el suave ondular del canal bajo sus pies. Se acercó a la barandilla y se apoyó en ella con ambos codos, observando el brillo cinéreo de la luna en los complicados edificios blancos de Alacante.

―Me encanta este sitio ―reconoció―. La primera vez que estuve en Idris no reparé en él, pero un día que paseaba con mi madre, vi algo rojo bajo los pies que me llamó la atención. Me di cuenta de que el puente era de cristal al ver que era una flor roja que arrastraba el agua.

Ni siquiera sabía por qué estaba diciendo aquello. Lo mismo daba: con Simon hablar de más nunca tenía importancia. El chal que llevaba sobre los hombros se le resbaló por un lado, pero la mano de Simon acudió rauda a recolocárselo antes de que ella pudiera moverse. Aquella misma mano se quedó allí, oprimiéndole el hombro y manteniéndola lo más cerca posible de él. Sólo llevaba una leve camisa, pero no parecía estar pasando frío.

―Hay luna llena ―observó Clary.

Simon elevó la vista al cielo y después la hizo descender por debajo de sus pies. El disco plateado se reflejaba en el agua oscura del canal, como una esfera luminosa sumergida a pocos metros de la superficie.

Después miró a Clary, y su pecho se contrajo al descubrir lo hermosa que era. No había palabras que describieran el brillo de sus rizos rojos pendiendo sobre los hombros, retorcidos en una horquilla de plata con forma de ave. Había contado una y mil veces las pecas que salpicaban su nariz y mejillas, pero siempre encontraba un nuevo lunar que captaba su atención. Algún día le explicaría a Clary la razón, pero a menudo se quedaba absorto trazando dibujos imaginarios sobre su piel, uniendo puntos como un niño que pinta sobre un papel…

La joven notó que él la observaba, y se volvió a mirarle con una sonrisa espontánea. Sus ojos eran cálidos tras los cristales de las gafas, conocidos y tranquilizadores como un cuarto en el que uno ha crecido. Cuando él se inclinó para besarla, Clary le recibió con los labios abiertos y expectantes. Le pasó las manos por el cuello, acariciando la piel helada de su nuca mientras se ponía de puntillas para profundizar en el contacto. Su boca sabía a menta y algo más que no supo identificar.

Aquella escena le evocaba pasajes de libros que había leído, de amantes furtivos que se encontraban en un puente entre dos orillas y se besaban apasionadamente.

Por desgracia, el idílico cuento acabó pronto.

Simon fue el primero en notar la presencia del tercero que les acompañaba en la penumbra. Frunció la nariz con desagrado y miró más allá de Clary, a la sombra sólida que se había desgajado del todo oscuro del callejón. Un joven de aspecto desaliñado y vestido con una gabardina hecha jirones caminaba en su dirección, tambaleándose. Llevaba una barba de varios días y le faltaba una bota. Se detuvo, inseguro sobre sus pies, mientras les miraba con palpable confusión.

―Buenas noches ―saludó Clary por inercia.

Notó la mano de Simon en su brazo, firme y helada a través de la tela del vestido. El desconocido se estremeció violentamente, como si sufriera una convulsión, y elevó la cabeza hacia el cielo con una sonrisa ida. La luz de la luna le bañó el rostro, perfilando los pómulos y las pestañas doradas.

―¿No creéis que es hermosa…? ―murmuró. Parecía borracho… o loco.

Simon experimentó un escalofrío que sacudió toda su columna vertebral. Comprendió de pronto por qué su cuerpo bullía en tal tensión y el sabor amargo que se derramaba en su paladar… Apretó el brazo de Clary, haciendo un ademán de ponerla detrás de él.

―Vámonos, Clary…

El desconocido los miró fijamente, y Clary contuvo un grito en la garganta. Sus ojos eran totalmente amarillos, titilando como velas en la noche.

―Tu carne huele bien, niña… ―siseó el chico.

Se oyeron una serie de chasquidos secos, y el joven soltó un escalofriante alarido de dolor. Clary tuvo tiempo de ver su espalda encorvarse bajo la gabardina, la nariz alargándose en un monstruoso hocico y los dientes desgarrando los labios al convertirse en afilados colmillos blancos antes de que Simon tirara de ella en dirección al palacio, desviando a aquella criatura a medio transformar de su campo visual.

Supo que no iban a conseguirlo. Sobre todo cuando un aullido agudo e instintivo se elevó a sus espaldas seguido del estremecedor sonido de unas gigantescas patas venciendo la distancia que les separaba. Algo enorme saltó por encima de ellos, cubriéndoles efímeramente el brillo de la luna; Simon se detuvo con brusquedad, manteniéndola tras él con una mano que le puso en el pecho. Clary, respirando entrecortadamente y apretando el antebrazo de Simon, miró por encima de su hombro a la criatura que les cortaba el paso.

Era mucho más grande de lo que Clary hubiera imaginado jamás que podía serlo un licántropo transformado. Tenía forma de lobo, aunque algo en los colmillos exageradamente afilados o la desarrollada musculatura que se atisbaba bajo el denso pelaje cetrino indicada su origen demoníaco. La lengua grande y rosada la pendía fuera de la boca, dejando caer un reguero de saliva en los relucientes adoquines. Los ojos habían perdido toda humanidad y era de un intenso color ámbar, fijos en ellos. Hambrientos.

―Simon… ―balbuceó Clary, sin aliento.

Sabía lo que los hombres lobo hacían durante la luna llena. Había oído hablar del influjo del satélite, del hambre insaciable que les impulsaba a cazar presas vivas… preferentemente humanos. Simon y ella sólo debían ser dos blancos fáciles ante un depredador insaciable. Clary podía oírlo gruñir en voz baja, un bufido creciente que le puso la piel de gallina.

El hombre lobo tomó impulso con ambas patas y saltó sobre ellos con un rugido ensordecedor, la boca abierta exhibiendo los dientes desnudos.

A la velocidad de un relámpago, Simon metió los dedos entre el cabello de Clary y tiró de la horquilla plateada, derramando los rizos rojos sobre sus hombros. Disparó la mano por inercia hacia delante justo cuando el hombre lobo saltaba sobre ellos.

El mundo estalló en rojo, y Clary sintió la sangre caliente impactar en su cara con un característico olor metálico que le dio arcadas. Chilló por la impresión, y acto seguido notó una fuerza descomunal que le despegó los pies del suelo, golpeándose la cadera contra los relucientes adoquines. Sus oídos se llenaron de un segundo grito, un lamento ronco que le heló la sangre en las venas.

Miró. Simon estaba de pie frente a ella, empuñando su horquilla ensangrentada con una mano tensa en dirección al gigantesco lobo. Éste se retorcía en el suelo, semiderrumbado sobre las patas traseras, con la sangre manando de una herida en el costado que humeaba como si estuviera en llamas. Clary tardó unos segundos en comprender lo que estaba viendo.

Plata. Simon sabía lo que la plata hacía a los hombres lobo, y había reaccionado instintivamente utilizando su pasador como arma.

Pero un licántropo herido seguía siendo una bestia temible, con colmillos afilados como cuchillos y una musculatura potente que se tensaba en alerta. Simon sólo era un chico desgarbado empuñando una horquilla y estremecido como una ramita sacudida por la brisa. Clary no imaginaba un escenario lo bastante halagüeño en el que ambos salían vivos de aquella.

―Vete ―chilló Simon de repente, en dirección al licántropo.

Clary no podía verle la cara, pero no detectó ni un rastro de pavor en su voz. Era más bien una ferocidad manifiesta, instintiva, que le infundió espanto incluso a ella.

―He dicho que te largues ―insistió el joven.

Los ojos amarillos del licántropo le miraban con una mezcla de miedo y rencor. Rechinó los dientes y clavó la mirada en el objeto de plata que Simon aferraba: parecía estar valorando el peligro real de ser herido de nuevo. Gimoteó en dolor y desesperación, pegando las orejas al cráneo, y después cerró violentamente las mandíbulas frente a ellos antes de darse la vuelta y fundirse en la negrura, dejando únicamente un charco de sangre a sus espaldas.

Clary soltó el aire dolorosamente, y su voz casi sonó como un sollozo. Estaba sudando frío, y el cabello se le adhería a la frente de forma desagradable. Le temblaban las manos y una creciente sensación de náuseas sacudía su estómago. El terror, la certeza de la muerte, aún incidía en su mente, confundiendo sus pensamientos en una amalgama caótica que triplicada la intensidad de sus emociones. Luchó con fuerza para no echarse a llorar.

Simon se volvió hacia ella, tembloroso, con las manos pendiendo rígidas a ambos lados de su cuerpo. Tenía la cara, el torso y las manos empapados de sangre, que contrastaba con su tez pálida y la camisa anteriormente blanca. Las gotas carmesíes resbalaban por los cristales de sus gafas y le goteaban sobre el pecho.

―Simon… Por el Ángel… ―balbuceó Clary, poniéndose en pie de un salto y corriendo a abrazarle.

El chico temblaba entre sus brazos, como si las fuerzas fueran a fallarle de repente y a dejarle caer desmadejado. Su respiración era errática y superficial, estertores que pedían aire a gritos. Parecía presa de algún tipo de shock, pero Clary sólo fue capaz de abrazarle más fuerte y rogar que no se desmayara. Se separó de él, cogiéndole por los hombros; sus manos tocaron la tela empapada de sus brazos, pero no sintió ninguna repugnancia. Dado que el joven no parecía reaccionar, Clary asumió el control de la situación.

―Tenemos que avisar a alguien, Simon… Podría hacer daño a otras personas si no le detienen…

El aludido la miró al cabo de unos segundos, como si no la reconociera. Tenía las pupilas contraídas y el marrón de sus ojos casi parecía negro. Por un instante Clary creyó ver algo en su expresión, una expresión ansiosa y voraz que la dejó paralizada. A Simon le temblaba la comisura del labio, dejando entrever el brillo imposiblemente blanco de sus dientes…

Escucharon voces a su alrededor, y en lo que dura un parpadeo había un puñado de nefilim rodeándolos y preguntando sobre lo sucedido. Clary se explicó lo mejor que pudo, y de inmediato Simon se vio rodeado por una multitud que le palmeaba el hombro y le aclamaba como si fuera un héroe.

El joven permaneció ajeno a todas las muestras de agradecimiento, con la mirada ida y una incansable letanía repitiéndose en su cabeza.

"Demasiado rojo, demasiada sangre…"


Alec llamó a la puerta de la habitación de su hermana y entró tras oír la voz de la chica permitiéndole el paso. Isabelle había encendido la chimenea, por lo que en la alcoba reinaba un calor agradable que contrastaba con el frío del corredor. La muchacha estaba sentada en la cama, cepillándose la larga melena negra. Llevaba un ceñido camisón azul celeste que le cubría hasta las rodillas, muy de acorde con su máxima de enseñar la mayor cantidad posible de piel si la situación lo permitía. A su alrededor había una acumulación de horquillas de cabello y prendas de diversos colores; su fiel látigo de electro permanecía enrollado en uno de los postes del cabezal.

―¿No deberías estar llenando tu almohada de babas a estas horas? ―sugirió la chica, desenredándose un nudo del final de la cabellera.

Ja-ja ―soltó él con ironía. Isabelle seguía burlándose de su manera de babear al dormir profundamente, aunque hubiera sido cuando era pequeño―. He venido a hablar de Jace.

―¿Qué pasa con él? ―preguntó la joven―. ¿Y dónde está, por cierto?

―Durmiendo la mona ―anunció Alec―. Ya sabes que no ha acudido a la cena, y cuando volvía a mi cuarto lo he visto tambaleándose por un pasillo. Apestaba a alcohol. Por lo que he conseguido entender, ha estado bebiendo en algún tugurio de los barrios bajos.

Isabelle le escuchaba atentamente, con los grandes ojos negros abiertos de interés.

―Lo he dado una ducha y luego le he acostado ―prosiguió el chico, dejándose caer en la otra esquina de la cama―. Ha intentando darme un puñetazo seguido de una bonita retahíla de elaborados insultos, algunos de los cuales resultaban ofensivos para nuestra madre. Seguro que mañana no recordará nada y nos mirará con cara de idiota cuando se lo contemos.

Isabelle enmudeció: Alec parecía seriamente enfadado... lo cual en realidad no era tan raro cuando se trataba de Jace. No había cosa que sacara más de sus casillas a su hermano que Jace o ella hicieran algo que les pusiera en peligro. Obviamente, emborracharse hasta casi perder el sentido entraba dentro del abanico de opciones que Alec consideraba "ponerse en peligro".

―Francamente… Sé que Jace es orgulloso, pero jamás esperé que le sentara tan mal perder frente a Will ―expresó el chico con aire agotado.

Isabelle se puso en pie con violencia, repentinamente colérica, y Alec dio un respingo como si temiera que fuera a atizarle. Su hermana era más temible sin armas y en camisón que algunos demonios a los que se habían enfrentado.

―Juro que a veces os abofetearía hasta cansarme ―clamó la chica―. Lo que le pasa a Jace es que está que rabia de celos porque la princesa Clarissa está saliendo con otro chico.

Alec pestañeó un par de veces y agachó la cabeza, avergonzado. De por sí se consideraba despistado y de inconstante empatía, y dado lo mucho que estaba cambiando su vida en las últimas semanas fácilmente podría haber pasado por alto algo tan evidente como un Jace despechado.

Isabelle parecía desconcertada.

―Me asombra que no te haya dicho nada ―dijo.

―¿Por qué iba a hablar conmigo de eso? ―sugirió Alec.

―Es tu parabatai ―sentenció Isabelle―. Y además es lo que me respondió cuando le eché en cara que no quisiera hablar conmigo del tema. Dijo que tú, siendo un chico, lo entenderías de una manera que yo no podría.

―Le comprendo ―soltó él sin reflexionar―. No eres la persona con más tacto del mundo, Iz.

Ella le fulminó con la mirada mientras se cruzaba de brazos.

―Lo de Jace no parece haberte supuesto una gran sorpresa ―opinó.

―¿Qué…? Bueno, ya lo sospechaba ―admitió Alec―. Desde que la conoció ha sido distinto que con las otras chicas de las que se ha encaprichado, ¿no?

Isabelle escudriñó el rostro de su hermano como si intentara descubrir algún rasgo nuevo en él. Alec siempre había sido poco tolerante con las chicas con las que salía Jace, mostrándose huraño cuando aparecían las susodichas y demostrando de todos los modos posibles su malestar. En aquella ocasión parecía aceptarlo con naturalidad y una actitud casi despreocupada.

―¿Quién eres y qué has hecho con mi hermano? ―sugirió Isabelle con exagerada seriedad. Levantó las manos cuando el chico iba a replicar―. Da igual, no me respondas. ¿Qué crees que deberíamos hacer?

―Con Jace nunca se sabe ―suspiró Alec, frotándose los ojos―. Es como un constante dolor de cabeza… Todo sería más fácil si hablara con nosotros de las cosas que le pasan.

―No sabes lo irónico que suena que precisamente tú digas eso ―masculló Isabelle.

Alec la miró con extrañeza, pero ella le dedicó una sonrisa exageradamente apacible antes de ponerse en pie y caminar descalza hacia el otro extremo de la habitación pintada en suave morado. Se sentó en un diván frente al tocador y empezó a recogerse el pelo en dos elaboradas trenzas. Echó un vistazo a su hermano a través del espejo: el chico observaba uno de sus corpiños con el ceño fruncido, como si no comprendiera cómo se ponía o dónde.

―Anoche no podía dormir, y cuando fui a tu habitación para charlar tenías la puerta cerrada con llave ―comentó Isabelle con aire casual―. Di por sentado que ya estabas dormido, así que no insistí.

Alec fingió expresión desconcertada. La noche anterior había estado tumbado junto a Magnus, abrazados y besándose apasionadamente… aunque en la habitación del brujo, por lo cual no tenía modo alguno de saber que Isabelle había decidido hacerle una visita. Él nunca había cerrado su puerta con llave hasta tiempos recientes, por obvias razones, así que el detalle debía de haber llamado la atención de su hermana.

―No me di cuenta ―mintió. Obviamente, Isabelle notó la vacilación en su voz.

―¿Es por lo de las "horas felices"? ―sugirió la joven con una ceja arqueada―. Eres un chico, Alec. Sé que hacéis ése tipo de cosas.

Alec se puso tan rojo que Isabelle se sorprendió de que no le explotara la cabeza. De haber sido otra situación, probablemente se hubiera reído. Sus ojos descendieron hasta posarse en una marca amoratada que asomaba por encima del cuello de la camisa de su hermano. No era tan pequeña como había creído al principio, sino que parecía seguir por debajo de la tela. Fue como si una súbita revelación cayera sobre ella, y cuando iba a soltar un comentario malicioso al respecto, escucharon las voces.

―¿Qué demonios es este alboroto? ―sugirió Alec, levantándose de la cama y caminando hacia la puerta. Parecía aliviado por dar fin a aquella conversación―. ¿No saben qué hora es?

El chico abrió y se asomó al exterior, seguido por su hermana. Varios conocidos cruzaban el pasillo en dirección a las escaleras, murmurando nerviosamente y dándose prisa unos a otros. Isabelle se fijó en uno en concreto, cuyo cabello plateado resultaba especialmente llamativo en la penumbra.

―¡Eh, Jem! ―le llamó―. ¿Qué es todo este jaleo?

El aludido se detuvo, con las mejillas arreboladas.

―¿No os habéis enterado? ―preguntó―. Han atacado a la princesa Clarissa.


Isabelle entró como una exhalación en el gran salón, con su hermano pisándole los talones. La sala estaba prácticamente vacía, como era de esperar a aquellas horas, a excepción de un círculo de gente reunido alrededor de una de las mesas centrales. La chica anduvo a grandes zancadas hacia allí y se abrió paso con ímpetu, propinando algún que otro codazo a los más reticentes, y por fin consiguió plantarse en el centro del corrillo.

Clary estaba sentada junto a su madre, con la cabeza gacha y el cabello desordenado cayéndole sobre el rostro. Jocelyn depositaba una mano en su mejilla y le hablaba de forma tranquilizadora. El rey y el príncipe Sebastian también estaban allí, manteniéndose cerca de ambas con un palpable aire protector. Si le hubieran preguntado a Isabelle, hubiera jurado que Clary estaba ilesa, pero había tanta sangre a la vista que el vestido de la chica, originalmente amarillo, casi parecía del mismo color que su cabello.

―Por el Ángel, Clary… ―exhaló Isabelle―. ¿Estás bien?

―La sangre no es mía ―puntualizó la aludida con escasa paciencia, como si hubiera repetido lo mismo un millón de veces―. Es del que me atacó.

―¿Quién ha sido? ―preguntó Isabelle, sentándose al otro lado de la chica y tomándola de la mano. Tenía sangre seca a lo largo del antebrazo.

―No lo conozco ―aseguró Clary, intentando ordenar sus ideas―. Sólo sé que era un licántropo…

―¿Estás segura? ―insistió Isabelle―. Los hombres lobo de Idris son pacíficos. Encantadores en su mayoría, diría yo.

―Quizá haya sido un joven descarriado ―se aventuró Charlotte Branwell, con los brazos firmemente cruzados―. Algunos son incontrolables en las primeras fases de cambio.

Aquella hipótesis provocó que los rasgos de Valentine se tensaran en furia contenida. Se volvió hacia Lucian, líder de los licántropos de Idris, que había estado mirando a la princesa con aire preocupado y que se echó instintivamente hacia atrás.

―Pon correa a tus neófitos, Graymark ―siseó―. No quiero más incidentes de éste tipo.

―Y no los habrá, Majestad ―garantizó Luke, los afables ojos azules teñidos de precaución―. No permitiré que algo así vuelva a ocurrir. Yo mismo me encargaré del responsable ―añadió, y su voz sonó especialmente inflexible.

Clary echó un vistazo a Luke, cayendo por primera vez en la cuenta de lo insólito que era que estuviera allí. Si era un hombre lobo, debería sentir la llamada instintiva de la Luna como todos los de su especie. O tal vez alguien como él, de férrea fuerza de voluntad, había sido capaz con el tiempo de contener el instinto que sometía a tantos otros.

―La guardia de la ciudad ya lo está buscando ―aseguró Sebastian, indiferente―. Tened por seguro que recibirá su merecido.

―Lo dudo mucho ―apostilló Charlotte―: si realmente es un hombre lobo joven en primeras fases de cambio, se asustará tanto por lo que ha hecho que lo más seguro es que intente huir de la ciudad. Y como todo sabemos, las salvaguardas sólo funcionan en un sentido.

Clary apenas había escuchado la gran mayoría de lo que se había dicho en los últimos minutos. Un temblor incontrolable sacudía sus manos, por mucho que las apretara una contra la otra. El pelo y la ropa le apestaban a sangre y el olor le daba náuseas. Se sentía más agotada que nunca en su vida, pero no estaba segura de ser capaz de conciliar el sueño. Solamente quería la ignota tranquilidad del silencio.

―Quiero irme a dormir ―dijo en voz baja.

―Te acompaño ―propuso rápidamente Isabelle, ajustándose la bata que había tenido el buen haber de ponerse antes de bajar tres plantas a la carrera.

―Date un baño, Clary ―dijo Jocelyn, abrazando estrechamente a su hija y besándole la frente―. Te sentará bien antes de irte a la cama. Mandaré a dos guardias a la puerta de tu cuarto, por si te sientes más tranquila.

Clary quiso decir que no hacía falta, pero no le salieron las palabras. Isabelle cruzó un brazo con el suyo y ambas salieron a paso corto de la estancia, caminando a paso lento y casi ceremonioso en dirección a sus aposentos. Al cabo de unos segundos, Isabelle advirtió que Clary estaba temblando.

―¿Te encuentras bien? ―sugirió―. Si es por el frío, no me importa ir en camisón hasta mi cuarto ―añadió, haciendo un ademán de quitarse la bata.

―No es eso ―murmuró Clary, con la vista fija en la cenefa que trazaba dibujos de runas bajo sus pies―. Sólo… demasiadas emociones para una sola noche.

Permaneció en silencio unos segundos, experimentando una mezcla de vergüenza y abatimiento. Isabelle debía considerarla una debilucha, incapaz de enfrentarse a un simple cachorro de lobo cuando ella debía matar una media de cinco demonios entre la comida y la cena.

―Nunca había visto a un hombre lobo transformado ―reconoció finalmente, intentando que no le temblara la voz―. Y cuando saltó hacia mí… No sé donde se ha quedado mi herencia de cazadora, pero desde luego debe estar muy muy enterrada.

―No has recibido el mismo entrenamiento que nosotros ―la animó Isabelle―: no todos nacemos impávidos ante los horrores del submundo, ¿sabes? Algunos debemos controlar ése miedo con el tiempo.

―Toda aquella sangre… ―balbuceó Clary, perdida en el recuerdo―. El simple olor me hizo marearme…

―A Alec le pasaba lo mismo ―recordó Isabelle en voz alta―. La primera vez que nos enfrentamos a un demonio devak, Jace tuvo la fantástica idea de decapitarlo a pocos centímetros de la cara de Alec. El pobre quedó pringado de sangre de los pies a la cabeza. Vomitó ―puntualizó―. Y ahora es un cazador tan bueno como cualquiera.

Clary se detuvo, forzando a Isabelle a quedarse parada a su lado. Cuando levantó la barbilla, sus ojos verdes llameaban en determinación.

―Quiero recibir el entrenamiento ―decidió―. Entrenaré con vosotros.

Isabelle pestañeó varias veces antes de levantar las manos frente a ella con una sonrisa nerviosa.

―Clary, tómatelo con calma, ¿de acuerdo? Comprendo que te sientas impotente por lo sucedido, pero te recomiendo que pienses un poco antes. No puedes ponerte a entrenar con nosotros sin una preparación previa: hemos recibido un adiestramiento exhaustivo desde que éramos niños. Antes tendrás que estudiar mucho, aprender sobre las distintas razas de demonios, el uso de las armas…

―Todo eso me da igual ―insistió Clary, rebosante de convicción―. Quiero aprender a defenderme y a cazar. Y la manera más rápida es entrenar con alguien que haya cazado durante años. ¿Quién mejor que tú o tu hermano?

―¿Qué hay de tu propio hermano?

―No se me ocurre nada peor que ser instruida por Sebastian ―gruñó Clary―. Se empeña en tratarme como una niña, y su conversación tiene tendencia a volverse enfermiza.

―¿Qué me dices de tus padres? ―apuntó Isabelle, a quien la idea empezaba a parecerle cada vez menos descabellada―. ¿Aprobarán que quieras entrenar?

Clary enmudeció, porque aquel detalle se le había pasado por alto. Había recibido un entrenamiento básico en el manejo de armas cortas, pero siempre había estado encaminado a defenderse de cualquier posible atacante… ¡y para lo que le había servido! Uno podía ser diestro utilizando un arma y quedarse paralizado a merced del agresor cuando se presentara una situación real de peligro. Necesitaba aprender a controlar su pánico, encontrar la seguridad que el resto de nefilim conseguía cuando salían de su hogar para enfrentarse a los horrores de la oscuridad.

―Hablaré con ellos ―garantizó, aunque no tenía ni idea de cómo.

Siguieron caminando sin hablar. No había nadie en los corredores, lo cual suponía un alivio: no le apetecía en lo más mínimo que la vieran enfundada en un vestido empapado de sangre.

―He oído que el mundano, Simon, es el que ha puesto en fuga al hombre lobo ―comentó Isabelle al cabo de un minuto. No parecía tolerar muy bien el silencio―. Es más de lo que podría esperarse de un humano corriente…

―Oye, en serio… ¿Podéis parar de despreciarle? ―le espetó Clary, súbitamente colérica―. Ya tiene bastante con que tu hermanito Jace se burle de él como para que encima…

―No me estaba burlando ―dijo Isabelle, tan seria que no tuvo más remedio que creerla―. Sencillamente demuestro mi sorpresa. Los mundanos son cobardes en su mayoría, incapaces de enfrentarse a cualquier cosa que escapa a sus simples y esquemáticas mentes. Que haya actuado con tanta contundencia ante el ataque de un licántropo transformado indica un elevado grado de insensatez o que te quiere de verdad. Tal vez una mezcla de ambas ―añadió sin mucha reflexión.

Miró alrededor, como si esperase ver al muchacho en algún rincón en penumbra.

―¿Dónde está, por cierto? ―sugirió Isabelle―. Parece un buen chico, pero tiene toda la pinta de ser un novio celoso que vaga como una sombra tras su amada.


Encogido la esquina más sombría de su diminuta habitación, Simon revivía una y otra vez lo sucedido apenas una hora antes. No cesaba de ver el rostro semitransformado del hombre lobo, el pasador de Clary en su mano, la forma retorcida que había huido hacia la oscuridad a curar sus heridas…

Y la sangre… oh, la sangre. Aún la sentía tibia sobre la piel, húmeda en la ropa, y oliendo como si alguien hubiera rascado hierro oxidado hasta reducirlo a polvo. No había pensado que pudiera suceder aquello, sólo que aquel licántropo iba a herir a Clary y que él no lo hubiera soportado. Su mano ni siquiera había consultado con su cerebro al utilizar la horquilla como arma para defender a la chica.

Y entonces, sintiendo aquel dolor corrosivo carcomerle las entrañas, una parte cruelmente egoísta de su subconsciente le decía que lo mejor para él hubiera sido dejar que aquel licántropo destrozara a Clary frente a sus ojos…

Sacudió violentamente la cabeza para apartar tan escabrosos pensamientos. Se odiaba a sí mismo más que a nada en aquel maldito mundo. Las lágrimas se agolpaban en el interior de sus parpados, pero se negaba a dejarlas salir. Incluso entonces, después de los incontables años de pesadilla, llorar le suponía una sensación grotesca y repulsiva.

La puerta se abrió lentamente, y la sombra de la persona que estaba en el umbral se proyectó en el suelo de piedra gris. Reconoció su olor en el acto, pero tardó un poco en levantar la cabeza y mirarla a través del cabello que le caía sobre la cara.

Era Maryse Lightwood. Y Simon detestaba la expresión seria que se esbozaba en su rostro.

―He oído lo que ha ocurrido ―anunció la mujer, entrando en la habitación y cerrando la puerta tras ella.

En aquel breve lapso de oscuridad, Simon atisbó un destello en su mano. Se preguntó si era un cuchillo serafín y si Maryse había decidido dar fin a su vida. Se equivocaba: los dedos de ella se cerraban sobre una piedra mágica que depositó cuidadosamente en la rústica mesa que ocupaba una esquina. Después caminó hacia él y se sentó en la cama, observándole sin que ninguna emoción notable aflorara en su gesto. Sus ojos eran enormes y azules bajo el influjo de la piedra; se parecía tanto a su primogénito que el pensamiento le resultó extraño.

―Has sido muy valiente ―le alabó Maryse, y su voz tenía un matiz curiosamente maternal―. Te has arriesgado por proteger a Clarissa, y estoy segura de que sus padres te estarán eternamente agradecidos.

Simon quiso hablar, pero una oleada de temblores sacudió sus extremidades y asfixió las palabras. Se llevó las manos a la cara y tensó los músculos, intentando contener las sacudidas.

―Tranquilízate, Simon… ―murmuró Maryse.

―No puedo… ―balbuceó él, con la cara enterrada entre las manos―. He estado a punto…

―Tienes sed ―dijo Maryse.

No era una pregunta. Simon tragó saliva, que descendió penosamente por su garganta.

―Sí… ―admitió con voz queda.

Por todos los demonios que jamás había tenido tanta. Su garganta no quemaría tanto si se hubiera tragado un ascua incandescente, y notaba aquel fuego devorándole por dentro como un incendio cebándose con un bosque reseco por la falta de lluvia.

―Antes aguantaba más tiempo… ―balbuceó―. ¿Qué ha cambiado…?

―Casi has llegado a tu límite ―opinó Maryse―. Te acercas al momento decisivo, y será mucho peor a partir de ahora.

Simon se estremeció de los pies a la cabeza. Estaba sudando frío… lo cual no era buena señal. Los que eran como él sólo mostraban aquellos rasgos, tan humanos, cuando algo iba terriblemente mal.

La mujer se puso en pie con gesto grave y caminó hacia el otro extremo de la habitación. Abrió un armarito bajo de madera lleno de la ropa torpemente doblada del muchacho e introdujo la mano en el hueco entre un puñado de camisas. Sacó un frasco de cristal en el que se movía un líquido rojo oscuro, demasiado denso para ser vino… Se volvió hacia el muchacho aovillado en el rincón y le tendió el frasco.

―Bebe ―le indicó.

―Bebí ayer ―protestó él con fiereza―. No debería necesitarlo hasta dentro de dos o tres días…

Maryse se limitó a zarandear el tarro frente a sus ojos. Como siempre desde que era un niño, Simon notó que su atención se concentraba en la brillante superficie velada de rojo, como si estuviera hipnotizado.

―Tienes que hacerlo, Simon ―insistió ella―. Ya sabes lo que pasará si no consigues controlarte. Y lo primero será que no te permitiré bajo ninguna circunstancia que te acerques a la princesa.

Aquella última frase fue como un detonante en la mente de Simon, y su cabeza se volvió automáticamente hacia ella. Inspiró profundamente… aunque era un gesto que había aprendido de los demás, porque nunca lo había necesitado. Arrancó el tarro de la mano de Maryse; ésta respondió con un leve asentimiento.

El pulgar de Simon se enganchó en el borde de la tapa. Se oyó un fugaz "clac", y sus sentidos se nublaron cuando un penetrante olor a muerte llegó a sus fosas nasales. Notó dos pinchazos en el labio inferior, y cerró los ojos con fuerza mientras se llevaba el recipiente a la boca. Apenas el líquido tocó su lengua, sintió una sobredosis de energía inyectarse en su sistema nervioso. Bebió y bebió, con leves ruiditos de éxtasis emergiendo de sus cuerdas vocales.

Mientras tragaba, la sangre densa y helada descendiendo por su garganta, recordó el momento exacto en el que su mundo se había roto. El instante en el que la bestia dormida había asomado tras la apariencia humana, desgarrándolo todo y exponiéndole como no le había sucedido hasta entonces.

Clary le había abrazado, cubierto de sangre caliente como estaba, y de pronto él era más consciente que nunca de lo frágil que era ella, de lo bien que olía, del calor arremolinándose en sus miembros. Del pulso vital, inquieto como el aleteo de un colibrí, que bombeaba incansablemente bajo la delgada piel moteada de pecas.

Terminó. Una falsa sensación de calor se expandía hasta los dedos de sus pies. Los temblores habían desaparecido y se sentía de nuevo vigorizado, sano. Fuerte de nuevo aunque la culpa le palpitara en el pecho como un corazón mecánico.

―Debes aceptar lo que eres, aunque creas que es una condena ―dijo Maryse con apatía, poniéndose en pie―. Negártelo a ti mismo es lo que de verdad te supondrá un infierno.

El chico se secó miserablemente la boca con la manga de la camisa y levantó la mirada hacia ella, las pupilas convertidas en dos puntos negros en una inmensidad pardo oscuro. Lágrimas de sangre se escurrían por sus mejillas, resbalando por su barbilla y goteándole sobre los dedos temblorosos.

Ya estaba en el infierno.


Lalala... Lo de las "horas felices" es una alusión que no es necesario explicar, pero me hizo gracia cuando salió algo parecido en la primera película de Transformers xD.

Me encanta Simon (junto a Alec y Magnus forman mi tríada de personajes insuperables de TMI). Y aunque adoro el desarrollo de los libros, me encanta un posible escenario en el que Simon fuera el chico adecuado para Clary. Aunque ya advierto que no durará mucho (autospoiler LoL).