-Mas secretos-
- Deberíamos separarnos - resopló irritada la teniente Hawkeye, de alguna manera se las habían arreglado para acabar con su paciencia.
No solo habían perdido todo el día sin encontrar una sola pista que les llevara a la piedra filosofal, sino que habían olvidado donde habían dejado el coche y un par de camorristas los había atacado por sorpresa estropeando su automail. Sin contar además que llevaba todo el maldito tiempo peleándose con el coronel sabelotodo.
- De acuerdo - genial, se libraría de Mustang y podría quedarse con su hermano a solas y así hacer lo que quisieran.
- Alphonse tú ve con el coronel, Edward conmigo.
- ¿Que? - preguntó el capullo de Mustang incredulo.
- Está claro que están detrás de uno de los alquimistas nacionales, mejor separarlos - replicó Hawkeye que no parecía dispuesta a ningún tipo de negociación.
- ¿Porque está separación? -
- Alguien tiene que actuar con madurez por primera vez en toda la tarde - contestó tajante.
….
- Hawkeye ¿Estás enfadada conmigo?- se atrevió a preguntar por fin tras varios minutos de incomodo silencio.
- No Ed, estoy enfadada con él, no debería pelearse contigo de esa manera - masculló ente dientes. - Se supone que él es el adulto.
- No se como lo aguantas, es un idiota - a veces le costaba entender como alguien tan serio y profesional como ella era tan leal con un tipo como Mustang.
- Créeme Ed os peleáis porque os parecéis demasiado - contestó con una sonrisa en los labios ladeando su cabeza en un gesto agotado.
- Yo no me parezco en nada a ese bastardo - refunfuñó.
- Ed - susurró con la vista al frente y parándose en seco.
De pronto alzó el brazo para detenerlo y con rapidez desenfundó su revolver, él se puso en guardia al ver a uno de los hombres que los perseguía doblar la esquina, sonreía con satisfacción y arrogancia aunque estaba desarmado.
- Por fin te encuentro – dijo el tipo aquel sin dejar de sonreír.
El sonido de los ladrillos moverse los hizo girarse, el otro de sus perseguidores les había cortado el paso creando una pared en la parte trasera de la calle, así que eran alquimistas, aquello prometía ser una divertida pelea. Dos contra uno no estaba nada mal.
- Aquí estoy – dijo orgulloso. – Pero no se quien eres.
- ¿De que estás hablando mocoso? - preguntó extrañado. - ¿Quien eres?
- ¿A QUIEN LLAMAS MOCOSO CAPULLO? - gritó furioso
Miró a la Teniente, que seguía con el arma en alto ¿La buscaban a ella? ¿Que querría un par de alquimistas de Hawkeye?
- No sabes lo que me ha costado encontrarte - repitió con la mirada clavada en ella.
- ¿Quien eres? -
- Solo soy un alquimista en busca de conocimientos - levantó las manos como si tan solo estuviese haciendo una petición inocente.
¿ Que decía aquel imbécil? ¿Conocimientos? ¿De que demonios estaba hablando? El hombre se llevó una mano al pecho y la introdujo dentro de su chaqueta.
- Las manos donde pueda verlas – gritó Hawkeye sin moverse ni un ápice de donde estaba.
- No es un arma – dijo y levantando una de sus manos sacó un pequeño cuaderno de notas del bolsillo.- ¿Puedo leerte algo?
Ella no contestó, seguía apuntando con su arma, con una expresión serena pero curiosa.
- " Perdóname Elizabeth, perdóname, pero solo ella puede guardar el secreto "
- ¿De donde has sacado eso? - siseó furiosa.
- Si te soy sincero no imagine que la vieja casa de Berthold Hawkeye estuviese intacta, imagina mi sorpresa cuando entramos allí y vimos que estaba como si aún viviese gente en ella - ¿Berthold Hawkeye? ¿El padre de la teniente? Volvió a mirarla, no había dejado de apuntar a aquel tipo pero parecía furiosa. - Pero por mas que buscamos, no había ni una sola nota, ni un apunte, nada que hiciese mención a la alquimia del fuego...
¿Como había podido olvidarlo? El propio Mustang le había mencionado algo sobre la hija de su maestro meses atrás.
- Hasta que encontramos este pequeño diario, pero de nuevo otra otra gran decepción, solo hablaba de fracasos, de intentos fallidos durante años... hasta esa frase... no me pasó desapercibida, solo tuvimos que buscar quien era la tal Elizabeth, la encontramos en seguida, justo al lado de la tumba de Hawkeye... - dejó escapar una risa burlona que consiguió irritarlo aún mas que toda aquella cháchara barata. - Después de eso fue fácil adivinar que el perro fiel de el único alquimista que es capaz de trasmutar fuego es la preciosa hija de Berthold Hawkeye, era tan fácil que parece mentira que no lo hubiésemos relacionado antes.
- ¿Como te atreves a entrar en mi casa? ¿A violar mi intimidad de esa manera? - admiraba la capacidad de Hawkeye de mantener la calma, si fuese él estaría furioso y gritando barbaridades.
- Quiero los secretos de la alquimia del fuego - cruzó los brazos sobre el pecho desafiante ¿Quien se creía aquel tipo que era?
- Destruí ese conocimiento, no existe, olvídate de ello - cortó con rotundidad.
- No me hagas reír ¿Porque solo él puede tener ese conocimiento? ¿Qué tiene de especial ese coronel del tres a cuarto?
- Dame ese diario - pronunció cada una de las palabras con mucha calma, conteniendo la rabia que emanaba de su postura tensa.
- ¿ Qué pasa ? Necesitas que te abra de piernas para dármelo, si es así solo tienes que pedirlo por esa boquita.
- ¿Como te atreves a hablarle así maldito desgraciado? - gritó furioso trasmutando una lanza sobre su mano mecánica.
- Elric, solo quiere provocar, no seas idiota - dijo ella sin apartar la mirada de su objetivo. - Ni tan siquiera es original insultando.
- Vaya, vaya otro alquimista ¿No es muy pequeño?
- Eres un alquimista de cuarta si no sabes quien ese este niño – mencionó con tranquilidad y dejó escapar un pequeño resoplido.
- ¿Elric? ¿Edward Elric? ¿El alquimista de acero? – sonrió encantado. - Que suerte tienes querida, te rodeas de alquimistas poderosos.
El sonido de un arma le hizo girar la cabeza, se habían olvidado por completo del tipo que estaba detrás de ellos. Sonría satisfecho, sabía que no podrían huir y en un enfrentamiento así alguien saldría mal herido, sin contar con que su automail no estaba en las mejores condiciones.
- Veremos que hace el alquimista mas joven del Estado contra una bala por la espalda - se burló con una mueca macabra.
- Déjale marchar - bufó en un tono autoritario.
- Ni hablar Hawkeye - susurró acercándose a ella. - No pienso irme a ningún lado.
- Si quieres que se vaya dame ese arma - replicó sin prestarle el menor tipo de atención.
Ella dejó de apuntar y lo miró rogando que se fuera ¿ Ella sabía donde estaban las investigaciones de su padre? Fuese como fuese no iba a entregárselas a aquel hombre, y si la dejaba sola con ellos podrían obligarla.
- Tira al suelo el arma y dale una patada - ordenó él que estaba tras ellos.- O si no disparare.
Riza obedeció a regañadientes sin apartar los ojos de él, exigiéndole que se marchara.
- No pienso dejarte sola aquí – murmuró furioso. - Son peligrosos.
- Márchate - repitió cada vez mas enfadada.
El alquimista se las arregló para dejar caer la pared de ladrillos y dejar paso libre para que él pudiera marcharse pero se negaba a abandonarla de esta manera.
- Ed, es una orden – gritó furiosa.
- Maldita sea Hawkeye, no...
- Se cuidarme sola – interrumpió acercándose al hombre con las manos en alto.
No podía hacer nada más, así que echó a correr, necesitaba encontrar a su hermano y al coronel. Hawkeye no parecía dispuesta a decir donde estaba la investigación de su padre y aquellos dos no iban a conformarse con un no. No tendría que haberla dejado sola, Mustang iba a matarlo. Las calles de aquel pueblo no le habían parecido tan laberínticas en un principio. Maldita sea su hermano era una armadura de mas de dos metros, no podía ser tan difícil encontrarlo.
- ¡ Al! - gritó sin dejar de correr al verlo al final de un callejón. - ¡ Mustang!
Llegó hasta ellos sin aliento, cubierto en sudor y con el corazón bombeando a un ritmo frenético, tenían que darse prisa.
- ¿ Que haces aquí, Acero?- preguntó con sarcasmo Mustang - ¿ Te has escapado de la teniente? Eres peor que un niñ..
- No nos buscaban a nosotros – interrumpió tratando de recuperar el aliento.- No he entendido mucho, pero era algo de los secretos de la alquimia de fuego y..
- ¿Donde está la teniente Edward?- aunque su tono pretendía ser tranquilo no lo era en absoluto.
- Se ha ido con ellos...- trató de explicar mientras se concentraba en recuperar el aliento.
- ¿Porque la has dejado sola? - gruño Mustang poniéndose los guantes
- Me ordenó que me fuera - respondió enfadado aunque no podía dejar de sentirse culpable, si algo le pasaba a Hawkeye sería su responsabilidad.
- Maldito el día que decides obedecer ordenes , Acero.
Antes de que le diera tiempo a reaccionar, Mustang había echado a correr, Alphonse salió tras él, pero era imposible alcanzarlo, llenó sus pulmones de aire y aún con las piernas doloridas de la ultima carrera salio detrás de ellos.
Nunca había imaginado que el coronel pudiera correr tan rápido, incluso su hermano que tenía las piernas mucho mas largas que él tenía dificultades para alcanzarlo, lo perdió de vista entre los callejones de aquel pueblo mientras intentaba mantener el ritmo de aquella frenética carrera. Llegó a una avenida principal y los vio a lo lejos, uno de ellos la arrastraba del brazo.
- Al coche rápido - oyó decir al hombre que había robado el diario.
- ¡Teniente! - gritó Mustang apareciendo en su campo de visión.
Hawkeye giró la cabeza y en un rápido movimiento empujó al alquimista que la tenía sujeta y se lanzó al suelo cubriéndose la cabeza hecha un ovillo, en ese momento Mustang chasqueó los dedos y el coche voló en pedazos, haciendo que la deflagración desplazara a aquellos dos varios metros de donde estaban.
- ¿Quieres conocer los secretos de la alquimia del fuego ?- masculló lleno de rabia. - Mira y aprende gilipollas.
Volvió a chasquear los dedos y una enorme pared de fuego cubrió por completo la calle, separando a los dos hombres y dejando a uno de ellos inconsciente, de la misma manera que había aparecido, el fuego se extinguió por completo sin causar el menor daño colateral. Se quedó paralizado en mitad de la calle, impresionado, ese era el poder del alquimista de fuego, era desmesurado, no era extraño que aquel par de ilusos quisieran ese conocimiento, era de un poder inimaginable.
- Si te acercas mas, la disparare - gritó poniéndose en pie y apuntando a la teniente que aún no se había levantado del suelo.
- ¿Aun no te ha quedado claro mequetrefe?- chasqueó de nuevo sus dedos y la pistola estalló llevándose por delante los dedos de aquel tipo, que empezó a gritar como un loco.
Mustang se acercó a él, que se retorcía de dolor en el suelo agarrando su mano ensangrentada.
- Da las gracias que no te he reducido a cenizas - dijo agarrándole del cuello de la camisa y lanzandolo de nuevo al suelo entre agónicos gritos
Cuando fue capaz de reaccionar se acercó a su hermano que ayudaba a Hawkeye a ponerse en pie. ¿Ese era el poder de Roy Mustang? Era... sobrecogedor... el control que se necesitaba para usarlo escapaba de sus conocimientos, un solo fallo y sería capaz de destruir una ciudad entera.
- ¿Está bien Teniente? - preguntó el coronel acercándose a ellos.
- Si - murmuró limpiándose la sangre que le corría por el labio.
- ¿Te han golpeado? - los ojos le brillaron llenos de ira y se dio la vuelta en dirección al alquimista que agonizaba en el suelo.
- No es nada Coronel, solo un labio partido - lo agarró del brazo haciendo que se parara en seco.- Déjeme a mi, Señor.
Al, el coronel y él se quedaron en el sitio observándola, Mustang apretaba los puños en completó silencio sin apartar los ojos de ella.
- Dámelo - exigió extendiendo su mano, haciendo caso omiso a los lamentos lastimeros de aquel hombre. - Si no quieres que te pise la mano, dame el diario de mi padre.
Temblando aterrorizado le entregó el cuaderno que ella apretó contra su pecho antes de volver a donde estaban.
- Volvamos a casa he tenido suficiente alquimia por hoy - masculló sin detenerse al pasar por su lado.
