Capítulo XI: Daichi

- ¡Sos una traidora! ¡Me mentiste! ¡Te odio!

Se despertó abruptamente.

Estaba agitada. "Fue sólo un sueño", se dijo aliviada. Sudaba. Pasó el dorso de su mano sobre su frente. Se dio cuenta de que ya había amanecido, y después de semejante pesadilla no le seducía la idea de volver a dormirse.

Se sentó en su cama y apoyó su cabeza sobre sus rodillas. Todo pareció tan real. Su mirada ceñuda, sus gestos, los gritos. ¿Había sido sólo un sueño? No. En realidad se trataba de un recuerdo. Un claro recuerdo que, sin saber cómo, había sido revivido en esa pesadilla.

- ¿Estás bien?

Abandonó su postura y buscó al dueño de esa voz. Conan Edogawa estaba custodiándola sentado en el sofá. ¿Acaso ella necesitaba ser protegida por algún motivo? ¿Su compañero de aventuras se había quedado preocupado?

- ¿Qué haces acá?

Dio un suspiro.

- Ayer estuviste actuando de una manera muy particular… y la llamada, nunca me explicaste de qué se trataba, o quién era ese sujeto.

- Es verdad - admitió.

Salió de la cama y se alejó del pequeño.

- Esperá, ¿no vas a decirme nada al respecto? - Preguntó con mucha curiosidad y ansiedad.

Ella se adentró al baño ignorándolo por completo.

"Qué mujer", pensó molesto.


Era un bonito día de verano en la escuela elemental de Washington. Una de las tantas, al menos. Todos los niños corrían alegres por el patio de juegos durante el descanso. Algunos saltaban la soga, jugaban a la rayuela, o al escondite. Otros se hamacaban, se deslizaban por el tobogán, o se divertían en el sube y baja.

Cualquiera diría que la escena era perfecta. ¿Hay cosa más agradable que ver a un grupo de niños felices y divertidos? Sin embargo, había una pequeña niña triste. Sí. Perdida entre los arbustos del patio, una señorita de ojos claros se sentía de lo más desafortunada.

¿Por qué? Porque estaba cansada. No soportaba más las burlas y extrañaba demasiado a su hermana. No le gustaba vivir en un país tan diferente. Se sentía completamente harta. Las lágrimas se sentían como una suave caricia en sus mejillas. Estaba sentada en suelo, con la vista concentrada en el asfalto.

De repente, un pelotazo rebotó en su cabeza. ¡Algo más faltaba para hacerla sentir peor! Luego de recibir el impacto, muy molesta tomó el balón y con furia exclamó:

- ¿¡Quién tiró la pelota!?

Un niño se mostró. Se acercó muy preocupado. No había sido su intención que el balón terminara lastimándola, y mucho menos se imaginaba que alguien estuviera allí.

- ¡Perdón! ¡Debe haber sido un disparo potente! - Se disculpó.

- ¿Por qué lo decís? - Dijo absolutamente extrañada y secándose las lágrimas.

- ¡Te hice llorar! Debo ser muy fuerte - dijo con orgullo.

Ella dio unas carcajadas.

- ¿Qué es tan gracioso? - Preguntó con cara de pocos amigos.

- ¡Vos no me hiciste llorar! - Explicó muy divertida.

- ¿Entonces por qué estabas llorando? - Consultó con preocupación.

Shiho Miyano no era la clase de personas que se abriera con extraños. No obstante, aquel niño de cabellos negros y ojos marrones oscuros era la única persona con la que había socializado y no la había despreciado.

- Ah, simplemente porque estoy harta de que se burlen de mí y porque extraño mucho mi hogar - confesó.

- ¡Qué triste! ¿Y por qué se burlan de vos? - Curioseó.

- Por mis rasgos orientales… les resultan extraños y divertidos.

- Qué imbéciles – opinó. - Mi mamá era japonesa y era una mujer muy hermosa. Yo no habría soportado que nadie se burle de ella.

Ella sonrió y le dedicó una mirada llena de gratitud. Le gustaba encontrar en él compresión.

- El país de donde vengo es justamente Japón - le contó.

- ¡Qué casualidad! - Exclamó sorprendido. - Por cierto, mi nombre es Daichi.

Estrecharon las manos.

- Soy Shiho, mucho gusto.

Se quedaron mirándose un momento.


Agasa había regresado. Venía de comprar el diario para leer las noticias. Se encontró con un Shinichi Kudo con cara de pocos amigos, pensativo en el sofá.

- ¿Qué te pasa? - Inquirió.

- Haibara no quiere decirme nada sobre el sujeto con el que habló ayer… - refunfuñó.

- Shinichi, quiero que seas un poco paciente con Ai. Ayer fue un día difícil para ella y por la noche tuvo muchas pesadillas.

- Está bien, profesor - contestó disconforme y dio un bostezo. ¡No había valido la pena haberse levantado tan temprano!

Después de quince minutos, por fin salió del baño, ya cambiada y un poco más despierta. Se dirigió a la cocina para prepararse un café. Había sido una mala noche para ella.

Conan, que había calmado un poco sus ansias, se sentó junto a ella para intentar deducir si su amiga se encontraba mejor.

- ¿Cómo estás, Haibara? - Preguntó amablemente.

- Vamos, podés preguntar - contestó.

- ¿Qué? - Repuso confundido.

- Sobre la llamada - sonrió y compartieron una mirada cómplice.

- ¿De verdad? - Dijo muy animado.

- Claro…

- Contamelo todo.

- Bien, la persona con la que hablé anoche era Merlot. Él es un miembro de la Organización. Trabajaba en el laboratorio conmigo, ambos estudiamos en Norteamérica. Él es realmente inteligente. Ha hecho aportes muy importantes. Cuando falleció mi hermana, repentinamente se enfureció conmigo y me llamaba traidora. Nunca supe el por qué pero estoy segura que le dijeron cosas falsas sobre mí. No me dijo el motivo por el que se comunicó conmigo. Seguramente no podía hacerlo, por eso me pidió que nos viéramos en la estación de tren de Beika - relató.

- Ya veo, entonces… ¿Solo fueron compañeros de trabajo? - Inquirió.

- Sí…

- ¿Por qué creés que se contactó con vos tan repentinamente? - Preguntó.

- No lo sé… lo averiguaré este jueves.

- Lo averiguaremos - la corrigió - quiero que sepas que planeo acompañarte.

- Eso podría ser peligroso - repuso.

- ¿Por qué?

- Nunca hicimos las paces, podría ser una trampa - explicó.

- Tranquila. Estoy seguro de que sus intenciones son buenas - minimizó Conan.

- Mirá quién lo dice, alguien que deja vivir a un hombre desconocido y sospechoso en su casa.

- Callate. Yo dejo vivir en mi casa a quién quiera - contestó molesto.

Ai lo miró feo y se marchó hasta su laboratorio para terminar su desayuno.


Si alguien le preguntara cómo se sentía al respecto, simplemente respondería que ansiosa y feliz. Había esperado algo como eso desde hacía algún tiempo y sabía que él también. Era algo más que otra salida, ¿una cita quizás? La simple duda le volvía las mejillas coloradas.

Daichi. Su mejor amigo. Siempre la acompañaba pese a ser dos años mayor, y si alguien intentaba meterse con ella, él salía en su defensa. Le recordaba en todo momento que era importante ser fuerte. "Jamás tenés que permitir que alguien te manipule", recordó que le decía. Y siempre trataba de serlo. Él era en verdad una persona fuerte, independiente y sumamente cálida pero tenía en claro que escondía muchas veces sus sentimientos. Había una pesada mochila con la que debía cargar y no era sencillo para él. Sin embargo, lo ocultaba muy bien. Tanto, que a veces le resultaba difícil conocer su verdadero estado de ánimo.

Unos pesados y apresurados pasos interrumpieron sus pensamientos. Era su amigo. En cuanto consiguió aproximarse hasta ella, aligeró la velocidad de los mismos y comenzó a recuperar el aliento.

- ¡Perdoname, Shiho! Me quedé dormido - se disculpó.

- No importa… - contestó con calma y contenta por su llegada.

- Pero ¡La conferencia! ¿No terminó?

- No, te cité temprano por si te atrevías a llegar tarde como siempre, lo cual sucedió - recriminó.

El se rió avergonzado.

- Shiho, me conoces como nadie en este mundo. Entonces, ¿cuánto nos queda?

La muchacha levantó su muñeca, corrió la manga de su campera y ojeó su reloj.

- Pues… yo diría que todavía nos quedan unos veinte minutos.

- ¡Genial! Tengo mucha hambre, ¿tomamos un café?

- Claro…

Ambos caminaron hasta la cafetería más cercana. Por suerte no había mucha gente. "Vos sentate, yo te llevo el café tal y como te gusta", pidió amablemente. Ella lo obedeció. Se sentó en una mesa junto a la ventana y comenzó a disfrutar del paisaje urbano. Dio un suspiro. Qué aburrido le resultaba ver a la gente caminando con esos rostros serios y sufridos. Los autos y los autobuses con sus ruidos ensordecedores. La basura arrojada en el suelo. ¿Por qué las personas iban con tanta prisa?

Opinaba que lo único que embellecía ese rústico paisaje eran los adolescentes y los niños. Lograba divisar a los pequeños correteando alegremente por la calle, siendo perseguidos por sus mamás intranquilas. Otras dos chicas que parecían tener su edad, caminaban juntas y al parecer intercambiaban mensajes con unos muchachos por esas risitas cómplices. Otros dos adolescentes estaban expresándose todo su cariño entre besos, caricias y abrazos. La romántica escena la conmovió y esbozó una pequeña sonrisa.

No advirtió que su amigo había regresado y había dejado las infusiones sobre la mesa hasta que éste habló:

- Por cierto, hoy te ves muy bonita… ¿te hiciste algo en el cabello? ¿O te maquillaste?

Ella se sintió complacida por el halago. Sí, había gastado un poco más de tiempo arreglándose pero no demasiado, no quería darle pistas a su amigo del por qué de ese detalle.

- Estoy como siempre - respondió secamente y le dio un sorbo a su café.

- Entonces debe ser la sonrisa… - opinó.

Ella permaneció observándolo por unos momentos. Daichi también sonreía, por sus gestos podía adivinar que estaba muy entusiasmado, como siempre. Qué insoportable le resultaba por momentos ver esa sonrisa insistente y esos modos tan atentos y cálidos que tenía el joven.

- ¿Qué te pasa? - La descubrió inspeccionándolo.

- ¿Por qué siempre me estás pidiendo que sonría? - Inquirió.

- Simplemente porque sonreír es algo hermoso. No se deben necesitar razones para hacerlo pero si las hay mejor aún. Además… tenés una sonrisa muy bonita, Shiho.

Ella se ruborizó bastante, si hubiera podido contenerse lo hubiera hecho, pero a veces la naturaleza del cuerpo humano nos traiciona. Resolvió no responder nada ante ese comentario. El percibió la incomodidad de su amiga por lo que decidió cambiar de tema.

- Mañana por la madrugada sale mi vuelo… - comentó.

- Es una pena que te tengas que ir a trabajar al extranjero - se sinceró. - Pero… nos volveremos a ver, ¿verdad? - preguntó ilusionada.

- No creo que eso suceda - dijo tajante borrando las esperanzas de la muchacha y dejándola extrañada por esa respuesta.

- ¿Por qué? - Cuestionó.

- Simplemente lo sé.

Metió una de sus manos en su bolsillo y retiró un papel.

- Hay tantas cosas que pensé en decirte estos días, pero creí que lo mejor sería pensarlas detenidamente y por eso te escribí esto.

Le entregó el papel.

Shiho lo tomó y comenzó a abrirlo rápidamente para leerlo.

- No hace falta que lo leas ahora - dijo avergonzado.

- Claro que sí. Debe ser importante…

- Insisto. No es recomendable que leas algo como eso antes de una conferencia sobre física, podría distraerte.

Ella no le hizo caso y comenzó a leer la dichosa carta.

"Shiho:

Probablemente estés leyendo estas palabras luego de nuestra salida a esa aburrida y tediosa conferencia de física a la que me has obligado a asistir…"

Dejó de prestarle atención unos momentos a la carta para fulminarlo con la mirada por ese inicio tan desafortunado. Daichi se rió incómodo.

"… Haría eso y muchas otras cosas con tal de permanecer a tu lado porque sos mi mejor amiga. Lamento mucho mi partida pero no porque no quiera irme sino porque eso me mantendrá alejado de vos.

Creo que vas a ser una de las mejores científicas en este mundo, y estoy seguro de que tus trabajos serán de gran ayuda para conseguir importantes avances, aunque siempre te muestres modesta y afirmes que tu carrera poco tendrá que ver con descubrimientos felices.

En fin, no te he dado muchos detalles de mi partida y ha sido por eso que me gané recriminaciones de tu parte. Lo cierto es que yo tampoco conozco muchos detalles al respecto pero si me mantuve reservado ha sido con el único fin de protegerte. ¿Sabés que hay cosas que simplemente no se pueden contar? Bueno, esta es una de ellas y espero que lo entiendas.

Volviendo al verdadero motivo de esta carta. Quería decirte que voy a extrañarte mucho y que hay algo muy importante que necesito decirte. Ignoro por completo cuál es tu pensamiento al respecto pero necesito decírtelo y acabar con esta agonía que hay en mi interior.

Necesito decirte tan solo una cosa…"

No había nada más escrito. Miró a su amigo, expectante.

- Debes voltear el papel - le indicó.

Ella lo hizo y se encontró con la continuación que esperaba. Escrito con letras grandes y mayúsculas.

"I LOVE YOU"

Una felicidad la invadió por completo. Daichi sentía lo mismo que ella. Pero para su desgracia, no había mucho por hacer. Él abandonaba el país la siguiente madrugada y su respuesta por más satisfactoria que resultara no cambiaría las cosas.

- ¡Decí algo! - Suplicó ansioso después de admirarla un rato pensativa con el papel aun en sus finas y delicadas manos.

Ella no dijo nada mas abandonó su asiento, se acercó hasta él y lo envolvió en un cálido y repentino abrazo.

- Yo también voy a extrañarte, Daichi - expresó con emoción y después lo besó.

Él, sorprendido, atinó a colocar sus manos sobre la cintura de su amiga y corresponder su beso. Había recibido la respuesta que deseó tanto recibir pero la había recibido demasiado tarde porque por más que su único deseo fuera el de permanecer allí no podía hacerlo. La Organización aguardaba ansiosa su llegada y no podía dar marcha atrás porque eso podría poner en peligro su vida y la de su amiga.


- ¡Ai, despertate!

La niña levantó la cabeza y se encontró en el salón de clases. Ayumi la había despertado.

- Ya terminó la clase… - le hizo notar. - Te quedaste dormida, de nuevo.

Kobayashi sensei se acercó hasta ella y le preguntó:

- ¿Se encuentra bien, señorita Haibara? La noté algo dispersa el día de hoy.

- Discúlpela sensei, es que no ha dormido bien - la justificó Conan.

- Ya veo… Bueno, asegúrese de dormir bien esta noche para no distraerse en la clase de mañana. - le aconsejó amablemente y se alejó hasta su escritorio donde la esperaban cientos de trabajos por corregir.

- Haibara y yo nos tenemos que ir - anunció Conan a la Liga Juvenil de Detectives.

- ¿A dónde van? - preguntó Genta celoso. - ¿Por qué no podemos acompañarlos?

- Es que… - pensaba el pequeño - Haibara y yo tenemos un compromiso. ¡Tenemos que ir al dentista! - Se excusó con una risita incómoda.

- Que les vaya bien en el dentista - les deseó Ayumi con una gran sonrisa. - ¿Vamos, chicos? ¡Pronto estrenarán un nuevo capítulo de Kamen Yaiba!

- ¡Sí! - exclamaron los otros dos.

Los tres abandonaron el salón trotando alegremente.