XI

Blend

No fue un cielo brillante lo que la recibió, ni aves cantando, ni los rayos solares filtrándose entre las cortinas; fue el repiqueteo constante de la lluvia el que la trajo a la experiencia terrenal una vez más. La iluminación de la habitación era tenue, desde esa distancia podía sentir el aroma del café impregnando el aire, escuchó el silencio, respiró profundamente.

Se sintió en casa.

Sus ojos estaban puestos en la ventana, en las cortinas blancas apenas abiertas. Su cerebro rememoraba y su corazón se aceleraba en consecuencia. Con eso, una sonrisa reptó por su rostro y se depositó en sus labios y se ensanchó cuando escuchó un sonido familiar y la repentina aproximación de su anfitrión, su boca besando su hombro desnudo.

—Buenos días —dijo su voz grave, cerca de su piel.

—Buenos días —giró el rostro y vio su perfil, sus ojos escrutarla con voracidad.

—He preparado el desayuno.


¿Qué crees que haces? —Inuyasha fue tras ella dando amplias zancadas, persiguiéndola.

¿De qué hablas? —dejó los platos sobre la mesada y se volvió.

Rechazarme de ese modo y enfrente de todos.

No te rechacé, estás exagerando.

Si digo que vamos a hacer algo, tú accedes y punto.

Te dije que esta semana necesito tiempo para estudiar. Mi vida no es tuya, Inuyasha.

Por la expresión que vio dibujarse en su rostro, Kagome pensó que tal vez eso era exactamente lo que pensaba. Sabía lo poco que el agradaba que declinaras sus propuestas y tampoco le gustaba hacerlo, pero a veces debía priorizar sus responsabilidades. Aunque eso Inuyasha no lo comprendiese, ni intentase hacerlo.

Si estás conmigo no necesitas pensar en estudiar. Yo proveeré para ti.

Es muy dulce de tu parte pero no podemos dar por sentado que estaremos juntos para siempre. Además, quiero estudiar.

¿Estás diciendo que terminarás conmigo?

¿Qué? ¡No! —repuso rápidamente, retrocediendo instintivamente ante el avance amenazante de su novio.

¿Acaso alguno de tus compañeros te gusta? ¿Por eso prefieres ir a la universidad?

Deja de sacar conclusiones —lo frenó con una mano sobre su pecho—. Y voy a la universidad porque quiero estudiar, ¿por qué te cuesta tanto entenderlo?

Como me entere que estás con otro, Kagome…

Perdón —la tercera voz arrebató a la pareja de su discusión. Kagome dio un paso hacia atrás e Inuyasha habría insultado a su medio hermano de no haber sido poco sutil—. ¿Dónde dejo esto?

Yo me encargo. Gracias, Sesshomaru —tomó la bandeja rápidamente.

Inuyasha estaba más que dispuesto a retomar pero el último participante habló otra vez:

Eres requerido en la mesa, hermanito.

Tempestuosamente, Inuyasha abandonó la cocina, dejándolos solos. Sesshomaru le dedicó una significativa mirada a su cuñada.

Lamento que hayas presenciado eso.

Sólo una discusión, ¿no? —su tono de voz daba cuenta de otra cosa, porque él conocía bien el carácter de su hermano, él sabía qué significaban esos arrebatos y exabruptos.

Kagome ni siquiera pudo dar una respuesta concreta. También, desconocía la profundidad de ese problema y desprevenida, no vería el efectivo proceso de metamorfosis en su verdadera complejidad y sería desafortunadamente sorprendida.


—¿Una selección especial? —sonrió, bebiendo su café.

Sentados en la cama, bandeja con delicias dulces varias, semidesnudos, ojos hechizados en el otro.

—Sí.

—Oh, lo es —repuso sorprendida.

—Cierra los ojos. Da un trago copioso pero lento y deja que baile en su boca. Tiene que recorrer la lengua por completo —Sesshomaru la observaba en sus menesteres, embelesado— luego debajo de ésta. Ahora, suavemente, deja que caiga por la garganta.

Kagome abrió los ojos, sorprendida.

—¿Qué sentiste?

—Avellanas y vainilla —repuso, emocionada por su capacidad de discernir.

—En efecto —se acercó con lentitud y la besó, degustándola—. Y nueces.

La hizo reír y antes de permitirle proseguir con su desayuno, le hizo el amor otra vez.


¡Kagome! —Hojo se acercaba trotando hasta ella con un cuaderno que le resultó familiar— Lo olvidaste.

Oh, gracias, Hojo, no sé qué sería de mi vida si lo pierdo.

¿Estás bien? —preguntó repentinamente.

Sí, ¿por qué lo preguntas?

Últimamente te noto distraía y muy cansada.

Oh —su rostro confirmó sin palabras lo que había dicho su amigo—. He tenido…

No tienes que explicarme nada, Kagome —sonrió—, sólo cuídate.

Gracias, Hojo —y lo vio partir.

Sus problemas de alcoba habían comenzado a manifestarse en otros planos de su vida y su allegados comenzaban a advertirlo. Tal vez por eso había estado evitando por días visitar a su madre e inventado excusas como una máquina para no salir con sus amigas. Algo estaba visiblemente mal.

¿Quién era ese tipo? —su voz característica la sobresaltó.

Tan sólo una semana atrás habían tenido esa discusión en la cocina, en la que Inuyasha había comenzado a sospechar de cosas que no eran y circunstancias que nunca habían tenido sitio. Kagome temió que efectivamente dudase de ella pues no sabría qué decir ni qué hacer para convencerlo.

Hojo, un compañero.

¿Sólo eso? —la acorraló contra el ancho portón de ingreso, a la vista de cuanto estudiante arribaba y se iba— Vi cómo hablaban.

Olvidé mi cuaderno y tuvo la amabilidad de traérmelo.

¿La amabilidad? —repitió con asco— ¿Acaso crees que soy un idiota?

Inuyasha…

Cállate y escúchame —la sujetó firmemente del brazo y con cada palabra que hablaba, ajustaba—. No quiero verte hablar con ese tal Hojo otra vez, ¿me has escuchado? Ni él ni ningún otro.

Me estás haciendo daño, Inuyasha.

¡¿Me has escuchado?! —exclamó, sacudiéndola.

¡Suéltame!

Sin acatar ni esperar respuesta, la llevó hasta su vehículo, la subió y se marcharon de la escena que habían montado.

En su pequeño apartamento, la discusión encontró nuevos parámetros. Inuyasha gritaría más fuerte que nunca, rompería algunas cosas a su alcance, ella gritaría por encima de él, intentando defenderse, dar una explicación, sin saber que no le debía ninguna.

¡Hace más de un año que estamos juntos y aún no confías en mí!

No me das razones para hacerlo.

¿De qué estás hablando?

Yo sé que me engañas, Kagome, no sé con quién exactamente pero sé que lo haces. A pesar de eso, estoy dispuesto a perdonarte porque te amo.

Kagome lo miró estupefacta.

¿Cómo te atreves a siquiera insinuar que…?

No estoy dispuesto a dejarte ir.

¿De verdad crees eso de mí?

La sinceridad en su rostro lo sacudió y sólo consiguió empeorar su humor.

No me quieras confundir —la sujetó del rostro firmemente, asustándola—. Sé lo que haces, Kagome, pero no ganarás.

Suéltame.

Te perdonaré esta vez pero si te veo con otro una vez más, lo lamentarás.

¿Me estás amenazando? —cuestionó incrédula, forcejeando— ¡Suéltame!

Logró liberarse y cuando involuntariamente quiso reprenderlo por su desfachatez, la sujetó de la muñeca y con la cara de su otra mano aplicó el primer escarmiento de muchos por venir.


Fecha de publicación: Junio 28, 2017

Palabras: 1,137


NA: Esta vez no tengo nada que decir sobre el capítulo, sólo quiero agradecer a todas esas personas que dejan su comentario pero que no puedo responderles. Sepan que me alegra inmensamente que se tomen el rato de leer esta historia y decirme qué les parece. ¡Les mando un beso a todas!

Iba a actualizar mañana pero, ¿por qué no hoy? ¡Vuelvo el sábado!