Capítulo 11: Al borde
A Harry le tocaba hacer guardia esa noche. Él y el doctor Carlisle tenían el hospital para ellos solos. Eso era un alivio para ambos. Ninguno de los dos tenía que soportar presencias indiscretas que estorbaran su trabajo. Los dos eran un gran equipo y ambos preferían que siguiera así.
El doctor Carlisle hacía revisiones en sus archivos y Harry hacía lo suyo sin que nadie supiera nada.
Magia.
En los bolsillos de su uniforme azul claro llevaba jeringas y ampollas que contenían distintas pociones. Había escondido su varita bien, la había metido dentro de uno de los calcetines que tenía puestos y el pantalón lo encubría a la perfección porque no era nada ajustado. Sus zapatillas blancas de enfermero hacían que sus pasos no se escucharan.
Era imposible darse cuenta de que era un mago.
En la mano izquierda llevaba un cuaderno rojo donde anotaba nombres de pacientes, enfermedad y cosas que debía hacerles con magia para mejorar su salud. Claro que nada de lo que hacía era del todo cosa suya, Kreacher también ayudaba. Su elfo no quería que metiera la pata.
Ya había puesto díctamo en las quemaduras de dos muy dormidos pacientes que estaba seguro de que no sintieron nada, porque ni se habían removido. Ahora ya estaba en camino para intervenir con uno de sus métodos a su tercer paciente en la noche.
Estaba leyendo atentamente su cuaderno cuando un ruido le hizo detenerse en seco. Se agachó veloz a su pierna derecha y se incorporó con varita en mano con la misma rapidez.
En una de las paredes poco iluminadas del hospital, apareció la sombra de un cuerno ramificado. Luego apareció la sombra de otro cuerno igual.
Eso le extrañó.
¿Qué hacía un animal con cuernos en un hospital donde había muchos químicos y ninguna planta que pueda serle de alimento? Las plantas del hospital no eran de las que se comían, eran las de adorno, plantas de interiores.
El mago que ocultaba le decía que podría ser un animago con la forma de algún animal con cornamenta ramificada.
Se escondió en la primera habitación vacía que encontró y permaneció atento y en estado de alerta.
La sombra de la cornamenta apareció en su pasillo dos minutos después.
Harry entornó los ojos y observó sin dejarse notar.
Al minuto siguiente escuchó lamentos casi inaudibles. Era una voz masculina.
- Auch –dijo la voz en voz baja- ¿Quién me manda a mí a meterme en un hospital de noche y sin saber a dónde ir.
Se oyó un ruido sordo y un gemido seguido de un suspiro.
- Tiene que estar aquí, en este hospital. Lo siento, sé que está cerca… pero, ¿dónde? Mi corazón me dice que está aquí…
Harry, desde su escondite, oía los susurros y luego un sollozo.
- ¿Dónde estás, hijo? ¿Por qué nos tenía que pasar eso a nosotros? ¿Qué hicimos mal? –sollozaba la voz entre susurros.
Harry sentía su dolor, y no sabía cómo, pero sentía que entendía a ese sujeto. Algo en su corazón le decía que le contestara a esa voz, pero él no podía. Podría ser alguien peligroso.
- Sé que estás vivo, hijo, lo siento en mi corazón. Te voy a encontrar. Lo sé. Y cuando lo haga, ya no nos volveremos a separar –susurraba la voz más serena.
Oyó que algo se arrastraba y después no oyó nada más.
A Harry le corría un escalofrío por su columna.
Sentía que había oído esa voz antes, una parte de él enterrada por años había sentido esa voz como si fuera una voz familiar.
Se obligó a salir y seguir con sus cosas. No obstante, una pregunta que no encontraba respuesta se grabó en su cabeza:
¿Qué está pasando?
Lo primero que Ginny detectó cuando aterrizó fue lluvia.
Llovía y mucho.
Con las porciones de piel que tenía descubiertas supo que había aterrizado en barro. Sentía la tierra mojada y resbaladiza en un lado de la cara mientras que en el otro sentía la lluvia caerle encima.
Con esfuerzo logró levantarse y gimió por más de una razón.
La primera: le dolía todo el cuerpo.
La segunda: estaba en medio de un bosque.
La tercera: era de noche.
La cuarta: escuchaba ruidos de animales.
La quinta: estaba prácticamente oscuro.
La poca luz que había, salía de algún lugar ubicado a metros de distancia de donde se encontraba ella.
Aún con más esfuerzo, fue caminando hacia allí y soportando la fuerte lluvia caer sobre ella.
Esperaba que en aquel lugar encontrara las cosas suficientes para ponerse presentable. Honestamente, no creía que Harry viviera en medio del bosque. Ojalá viviera por allí porque no sabía cómo lo encontraría si no fuera así.
El alivio empezó a aparecer en ella cuando vio que las luces salían de las ventanas de una hermosa casa que no parecía nada deshabitada. Se encaminó allí ya sin importarle su aspecto, le importaba más su salud. No habría tardado más de quince minutos. Por suerte, había árboles que la cubrieron de la lluvia.
Una vez que estuvo en el porche, a resguardo de la lluvia, tocó el timbre y sonrió cuando lo escuchó. Sonaba a campanas de viento plateadas.
- ¿Señorita Weasley? –preguntó una voz masculina a sus espaldas.
Pegó un respingo y ahogó un grito del susto. Instintiva e inconscientemente, se llevó una mano a la garganta. No sabía por qué, había sido un acto reflejo.
Cuando vio quién le había hablado, se alivió su miedo son explicación. Tampoco se sorprendió mucho ante la presencia de quien tenía enfrente.
Era Kreacher.
- ¡Kreacher! –exclamó con una gran sonrisa. Estaba encantada y aliviada de verlo.
El elfo, aún sorprendido como estada, le hizo una reverencia.
- Buenas noches, señorita Weasley. Qué gusto volver a verla –la saludó amablemente.
- Hola… Mmm… -ella no sabía qué decir.
- No se preocupe, señorita. El viejo Kreacher sabe qué hace aquí –le interrumpió el elfo mientras iba hacia la puerta.
Ginny vio que llevaba una canasta de mimbre con fruta y verdura.
Cuando el elfo le hizo entrar en la casa, Ginny se sorprendió de veras y gratamente. La casa era hermosa por dentro y por fuera. Igualmente pudo apreciar que tenía un cierto parecido con la casa de los Dursley. El estilo era una combinación de estilos. Podía ver rasgos de los Dursley, de Gryffindor, de los Black (sospechaba que por Kreacher) y del estilo Weasley.
Había cosas de anticuario, cosas de porcelana, cosas más actuales y cosas de otros países. Podía ver que varias cosas eran caras y otras finas. Los colores que más veía eran el rojo escarlata, dorado (oro o suave), blanco, azul y miel.
A su izquierda había una sala que era una mezcla de la sala de los Dursley con la sala común de Gryffindor. La chimenea era como la de Gryffindor y estaba apagada, aunque tenía leña para prender el fuego. Había dos sillones con tapizado de terciopelo rojo escarlata, uno de tres cuerpos con el mismo tapizado y una mesita ratona para tomar el té frente a la chimenea y de espaldas a ella. El atizador era de hierro negro (estilo Black, seguramente por preferencia de Kreacher). Detrás del sillón triple había una alfombra persa extendida en el suelo con una mesita ratona más grande de algarrobo que a cada lado lateral tenía dos sillones como los de enfrente a la chimenea y un jarrón de vidrio en el centro lleno de rosas amarillas grandes y visiblemente frescas. El jarrón estaba sobre una carpetita blanca tejida a crochet rectangular. Las cortinas de las ventanas eran larga y de encaje blanco. Entre las ventanas había una mesita con un candelabro de tres velas y las tres estaban encendidas.
Ginny respiró el aroma que había en la sala y sonrió. Miel y rosas. Las velas debían ser de miel. Y las luces debían salir de las velas, largaban muy buen brillo y muy buena luz. Escuchó sonidos que venían de la chimenea y se volteó. Kreacher estaba prendiendo la chimenea. A ella le sorprendió que pudiera manejar el atizador, pero luego supuso que era liviano debido a la magia.
- Venga, señorita Weasley. Caliéntese mientras Kreacher le prepara las cosas para darse una ducha. Mientras usted se da un baño, Kreacher le buscará ropa limpia y seca para ponerse y le prepara algo para beber y comer.
- No, no… Está bien, no tiene que buscarme ropa. Traje un bolsito conmigo –le dijo y le extendió el bolso, pero Kreacher se limitó a ponerlo sobre el suelo.
- Este también tiene que secarse, señorita. Toda usted está empapada –le decía mientras negaba con la cabeza- A Kreacher no le llevará mucho tiempo prepararle el baño y la ropa. Póngase cómoda.
- ¿Y el amo Harry? –preguntó Ginny ansiosa y curiosa.
- En el trabajo –respondió el elfo sencillamente.
- ¿En el trabajo? ¿Qué trabajo?
El elfo se le quedó mirando mientras retorcía las manos, inseguro, durante unos minutos.
- Usted… ¿sabe algo acerca de la madre del amo Harry? –le preguntó lenta y cautelosamente.
Ginny sintió venir el enojo y supo que se le había notado porque el elfo asintió.
- Kreacher ya ve que sí –luego suspiró el elfo-. El amo Harry se ha establecido en este pueblo. Este es su hogar y tiene un trabajo. Es enfermero en el hospital del pueblo, es un pueblo de muggles y él está aparentando ser uno de ellos. No quiere que su madre –hizo una mueca mientras decía "madre"- lo encuentre. Finge ser un muggle y trata de no llamar la atención…
- … para que ella no encuentre rastros de él –terminó Ginny, entendiendo el plan de su novio.
Harry no quería que su madre lo encuentre por ningún motivo. Estaba dispuesto a fingir ser alguien que no era para no volver a verla.
- Sí. Este pueblo es muy sencillo y rutinario. Nadie encontraría a Harry Potter aquí. Mientras el amo sea prudente con respecto a su condición de mago, nadie lo encontrará si él no lo permite. Usted y los Dursley son los únicos que saben de su paradero. El amo ha sido bien recibido y su trabajo es bueno, la paga es buena. Tiene una vida muy reservada, tranquila y normal. Él está a gusto, está tranquilo y sin preocuparse porque lo persigan, ni la prensa ni admiradores. Se lleva bien con el jefe de policía, su hija y el doctor Cullen, el jefe del amo Harry. Nadie más sabe dónde vive. Nadie lo molesta ya.
- ¿Aquí tiene la tranquilidad y normalidad que tanto deseaba, verdad?
- Sí, señorita. Así es.
El elfo fue a prepararle el baño y Ginny fue a mirar por la ventana.
Afuera llovía mucho, pero ahora notaba más cosas. Eran cosas agradables y que le hicieron pensar que podrían ser buenos motivos para que Harry eligiera ese lugar para su nuevo hogar.
Había aroma floral, frutal, de tierra mojada y de la clase de árboles que largaban aroma, como aromos. La lluvia se había convertido en aguacero y Ginny se sintió protegida, segura, a salvo. Con la chimenea prendida, las velas de miel en el candelabro encendidas, el aroma a rosas frescas y la calidez hogareña de la casa… ¿cómo no sentirse en su hogar?
Cerró los ojos y dejó que el ruido de afuera invadiera sus oídos. No supo cuánto tiempo pasó así, se olvidó de lo demás.
- Su baño ya está listo, señorita Weasley –anunció Kreacher, sacándola de su mundo.
La bañera del piso superior estaba llena y Ginny detectó más perfume flora. Fresias esta vez. En un rincón había una fuente de plástico blanco con shampoo, acondicionador, esponja y jabón de glicerina. El jabón olía a coco, el shampoo a lavanda y el acondicionador a manzana. El agua estaba calentita y le entraron las ganas de quedarse sumergida hasta el cuello por horas. Se bañó tranquila y con gusto. El ruido de la lluvia se oía del otro lado de la ventana del baño.
Cuando terminó, se secó y se puso una salida de baño que ella creía que debía ser de Harry. Era azul marino y esponjosa, las mangas le quedaban grandes y el largo le llegaba hasta dos tercios de las pantorrillas. La bata olía a Harry también y ella lo respiró sin reparos. Eucalipto.
Cuando ya se disponía para salir del baño, encontró junto a la puerta un canasto cilíndrico de mimbre cerrado. Sobre la tapa había una muda de ropa femenina. Tenía olor a nuevo y estaba impoluta. Constaba de un pantalón de jean azul recto, una blusa de manga larga lisa de color lila y un suéter blanco liso con escote en V. Contra la pared estaba una bolsa transparente con un par de pantuflas celestes con un moño blanco cada una de adorno. Su ropa interior estaba limpia y seca junto a la muda de ropa.
Ginny supuso que Kreacher había podido rescatar suficiente para pasar la noche. No pasó por alto el que ni la muda de ropa ni las pantuflas fueran suyas. Tuvo la sensación de que se las había comprado Harry y eso le envió un calorcillo al corazón.
Harry quería que fuera a su nuevo hogar y se había preparado para hospedarla. ¿No era dulce? Claro que sí.
Hizo nota mental de agradecerle… y comprarse ropa en el pueblo. Sin duda, iba a necesitar más ropa que lo que se había traído. Además, ella no sabía si Harry tenía más ropa para ella guardada en algún lado.
Se vistió y fue a tomar lo que Kreacher le había preparado.
Sintió que la casa estaba más calentita.
- Señorita Weasley, sígame. La llevaré al comedor. Kreacher ya le sirvió la cena. Si quiere, puede dormir esta noche en la habitación del amo Harry. Kreacher cree que el amo no se molestará por eso.
El comedor era muy bonito también. Esta vez, le recordaba al Gran Comedor, pero también tenía rasgos de los Dursley.
Ginny creía que Harry había pasado tanto tiempo con los Dursley que ya no podía despegarse de las costumbres de ellos ni de cómo era su casa.
La mesa era rectangular y de roble, era de ocho comensales. Las sillas eran de roble y del mismo tamaño que las de los Dursley, pero eran de madera tallada y con almohadones enfundados de azul. Al extremo opuesto al de la puerta (extremo de la mesa) había un cuadro colgado en la pared. En el cuadro estaba pintado un león con una remera de Gryffindor puesta sentado bajo la sombra de un árbol. También tenía ventanas y sus cortinas no eran de encaje, eran de satén blanco.
En la mesa la esperaban un tazón blanco con detalles azules, una fuente de barro humeante, una jarra de jugo de frutas, un vaso de vidrio, una cuchara y una servilleta de tela.
Fue a sentarse a la silla que estaba a la derecha de la que estaba bajo el cuadro, se acomodó y se llevó una cuchara de sopa a la boca. Le encantó. Esa debía ser la tan deliciosa sopa de cebolla de Kreacher que Harry le había contado. Él le había pedido que no le dijera nada a su madre, pero que la sopa de Kreacher era más sabrosa que la de su madre. Ginny estaba de acuerdo en ambas cosas: era verdad y no le diría nada a su madre.
Una vez que estuvo satisfecha, Kreacher la llevó a la habitación de Harry. Ésta no parecía tener parecido con ninguna habitación, debía ser puro estilo de Harry.
La cama matrimonial era de dimensiones razonables, era de dosel y tanto su cabecera como sus pies eran de dosel tallado. Tenía una mesita de luz a cada lado, pero eran de pino pintado de blanco, ambas tenían veladores sencillos de metal. En la de la izquierda había una foto enmarcada en un retrato de madera, una foto en la que ella y Harry aparecían abrazados y felices sentados bajo la sombra de un árbol en La Madriguera… era una foto que Hermione les había tomado una semana después del cumpleaños de Harry después de la caída definitiva de Voldemort.
El cansancio la venció y decidió que curiosearía al día siguiente. Mañana ya vería a Harry y quizá podrían pasar el día juntos.
Se durmió con una suave sonrisa en la cara
- ¡¿Qué?! –gritó Molly Weasley visiblemente alterada, en la dirección en Hogwarts.
- ¿Estás segura, Minerva? –preguntó Arthur Weasley a la profesora McGonagall. Él se veía muy nervioso, pero más sereno que Molly.
- Sí, estoy segura. Ya la hemos buscado y no aparece.
Molly parecía que iba a explotar en cualquier momento y su marido se friccionaba la frente.
En una silla se encontraba Lily Evans viuda de Potter. La mujer miraba a Molly entre burlona y muy enojada.
Las dos habían tenido una muy fuerte discusión hacía una semana. Lily había descubierto que los Weasley tenían una relación muy estrecha con Harry y había ido como loca a buscar a Molly para que respondiera por ello. Por supuesto, la cosa había terminado con una furiosa Andrómeda golpeando con un palo a Lily y dándole una bofetada a Molly.
Lo que Lily no se había enterado era que Andrómeda iba con su nieto, el ahijado de Harry, a visitar a Molly. Cuando Andrómeda detectó a Lily, le entregó el bebé a Hermione para que ésta se lo llevara a Petunia Dursley. Andrómeda tenía la intención de dejar el bebé a cargo de Molly para que lo cuidara por ella durante un tiempo, pero cambió de planes cuando vio que Lily podría enterarse de la existencia de un ahijado de su hijo fugitivo.
Hasta donde Hermione sabía, Andrómeda ya estaba enterada de que los Dursley eran los únicos que sabían el paradero de Harry Potter y que Petunia no sólo odiaba a Lily, sino que también lo ocultaba de ésta (al igual que su marido y su hijo, Vernon y Duddley). Si la cosa avanzaba, haría que Petunia enviara a Teddy con Harry. Hermione le había dicho a la viuda que Harry estaba en un sitio donde era imposible encontrarlo si él y los Dursley no querían.
- Ahora ves lo que se siente cuando tu hijo te deja, ¿eh? –se burló Lily.
¿Para qué?
- CIERRA LA BOCA, EVANS. HASTA DONDE YO SÉ, HARRY SE FUE POR TU CULPA –le gritó una furiosa Molly, casi al borde ya.
- ESO ES MENTIRA, YO QUIERO A MI…
- ¿QUÉ LO VAS A QUERER TÚ? SI DE VERDAD LO QUISIERAS, LO HUBIERAS BUSCADO HASTA POR DEBAJO DE LAS PIEDRAS DIECISIETE AÑOS ATRÁS. ÉL SE FUE POR TI. PARA NO VERTE… Y LO BIEN QUE HIZO. ÉL, A DIFERENCIA DE TI, ES UN VERDADERO GRYFFINDOR.
Lily iba a contestarle en el mismo tono cuando la puerta de la dirección se abrió y entró Ron bastante enojado.
- ¿Quieren dejar de gritar ya, por favor? –les espetó con rabia.
- Señor Weasley… -empezó Minerva disgustada.
- Ya sé… Miren, acabo de recibir un mensaje de Kreacher, pero no pienso decir ni una palabra delante de esa –señaló a Lily- mujer.
- Mira, niño… -empezó Lily, enojada y lista para saltar sobre Ron.
- Mira, niño… nada. Usted no es nadie para decirme nada y hasta donde yo sé, mi amigo no quiere nada que ver con usted. Lo de usted no es ningún secreto en Hogwarts. Conocemos a Harry y sabemos que se fue por culpa de usted. ¡Todos lo vimos sufrir mucho por ser huérfano! Así que le voy a decir esto una sola vez. VÁYASE Y NI SUEÑE CON QUE LE DIRÉ ALGO DEL MENSAJE DE KREACHER –le gritó ya furioso.
Arthur lo vio sorprendido, tanto como Minerva, Molly lo miró orgullosa y Lily estaba ya enloquecida.
- NO ME HABLES ASÍ.
- YO LE HABLO COMO SE ME DA LA GANA.
- RESPETO, CHICO. RESPÉTAME.
- EL RESPETO SE GANA Y USTED ESTÁ REMOTA A CONSEGUIRLO.
Y se fue dando un portazo.
- Ese chico ha pasado demasiado tiempo con Harry Potter, profesor –dijo el cuadro de Dippet al de Dumbledore. Se veía divertido.
- Y lo bien que le hizo –sonreía Dumbledore con orgullo.
Los leones ya sacaban las garras y rugían. Rugían fuerte.
Harry salía de su guardia e iba a su casa en su auto. Estaba muy cansado y lo que más deseaba en esos momentos era llegar a su casa y tirarse a dormir hasta el mediodía o más.
A pesar de su cansancio y contemplaba el pueblo y no podía evitar sentirse contento y en paz. A pesar de sus cosas, este pueblo era bueno para él. Viviendo en este pueblo había logrado salir adelante y vivir una vida tranquila, normal y libre de persecuciones. No había prensa que siguiera todos y cada uno de sus pasos ni tampoco admiradoras que le enviaran cartas todas las semanas, por no decir todos los días. Si bien su vida era muy reservada, lo prefería así. Los Swan eran buena gente y muy discretos (mejor para él) y el doctor Cullen no lo trataba como a un subordinado, lo trataba como a un colega.
Se preguntó si sería malo o exagerado establecerse allí de por vida. Casarse allí, tener hijos, formar su familia en Forks. Por supuesto, su esposa sería Ginny.
Ginny.
¡Por Dios, cuánto la extrañaba! La amaba tanto y la extrañaba tanto que sólo por ella iría a Inglaterra, pero sólo un par de días. Quizá ya era hora de traerla a conocer su nuevo hogar.
Entró por el camino que llevaba a su casa en el bosque y frenó en cuanto vio algo extraño, lo suficientemente extraño como para atravesar la barrera de sueño que tenía en la cabeza.
Un lobo del tamaño de un caballo de color rojizo trotaba a unos metros de donde estaba él dentro de su auto. Se quedó quieto y en estado de alerta en donde estaba, sentado en el asiento del conductor y con el cinturón de seguridad puesto. Se quedó mirando con atención.
El lobo ni se dio cuenta de él.
Lo que más le extrañó aún es que se parara y comenzara a convulsionarse y a ponerse borroso. Harry sabía que no era él el que veía borroso, era el lobo el que se ponía borroso, lo demás estaba nítido y claro.
Se quedó perplejo de la conmoción cuando el lobo dejó de ser lobo para convertirse en un chico. Lo más sorprendente de todo era que sabía quién era ese chico.
Bella Swan se lo había presentado en una ocasión. Ella sabía que estaría trabajando un día (era la novia del hijo adoptivo menor de su jefe después de todo) y fue a visitarlo, pero también le presentó a ese amigo suyo que vivía en la playa de abajo, La Push.
- Jacob Black –murmuró para sí mismo.
Para su desgracia, el chico se giró hacia él y Harry supo que lo había descubierto.
Antes de que ese chico se le acercara, pisó fuerte el acelerador y salió disparado… pero no a su casa.
El cansancio se le había ido a causa de la repentina adrenalina.
Harry había entrado en modo Gryffindor… para desgracia de Black.
Jacob no sabía qué hacer.
Había trotado como lobo durante horas y de pronto le habían entrado ganas de volverse humano. Había creído que no había nadie cerca y había vuelto a su forma humana.
Ahora, por ingenuo, estaban en problemas.
El chico nuevo en Forks lo había visto y no sólo eso, no le había dado tiempo a nada. Había salido disparado con su brillante auto rojo moderno sin darle oportunidad a nada.
Necesitaba hablar con alguien, pedir ayuda… pero no sabía a quién dirigirse. Bella estaba en su instituto y no pensaba recurrir a los Cullen.
Se quedó ahí plantado sin saber qué hacer.
Harry ya llegaba a La Push.
Esta vez iba decidido a investigar uno de los secretos de Forks. Ya tenía su capa lista en el asiento del acompañante. Ahora sí que iba a saber qué diablo es estaba pasando, la verdad, completa o parcial.
Estacionó el auto entre árboles para cubrirlo y se cubrió a sí mismo con la capa de invisibilidad que heredó de su padre.
Esperó tranquilo y más preparado. Bajó el volumen a todo sonido dentro del auto y de su organismo. Su respiración se hizo silenciosa y sus latidos estaban tan tranquilos que no lo delatarían.
Unos lobos aparecieron en su campo visual. Eran más de dos y de distintos colores: negro, gris y arena. Al igual que el rojizo, cambiaron a su forma humana y confirmaron la sospecha de Harry formulada durante el trayecto. No era un solo lobo, se trataba de una manada.
Los oyó hablar y de eso sacó sus nombres, pero no apellidos: Sam, Seth y Leah.
Sabía quiénes eran Seth y Leah. Su padre, Harry Clearwather había muerto de un infarto hacía varios meses y era amigo del jefe Swan. Seth era un adolescente más joven que Jacob y Leah era mayor que Jacob. Ahora que se acordaba, el apellido de Sam debía ser Uley… ¡sí! Sam Uley. Había escuchado rumores de las enfermeras sobre los tres. Sam era un gran amigo de la familia Clearwather, alguien muy cercano y hasta había una que otra enfermera que gustaba de él.
Gajes del oficio de un enfermero hombre… escuchar cotorreos de unas compañeras hormonadas.
Así que había una manada de… ¿hombres lobo o metamorfos? Ambas cosas cambian formas, pero la segunda sería más voluntaria. Remus Lupin sí que era un hombre lobo, uno que cambiaba de forma involuntariamente. Estos cambiaban de forma a plena luz del día y a voluntad.
Bueno, ahora ya sabía que sí había un secreto y lo conocía. Ahora le faltaba otro. Lo sentía en su interior. No todo estaba claro, había más para descubrir y presentía que debía estar aún más preparado… pero no sabía cómo.
En La Push había mutantes, gente que se transformaba en lobo.
