Buenos días!

Este fic es un one shot equipo escrito con motivo de los challenges 2014 que una vez más estamos celebrando en el foro TheMentalist en español. Si les gusta la serie allí encontraréis infinidad de cosas divertidas para pasar el verano hasta la nueva temporada ;)

Tengo que decir, además, que mi fic resultó ganador lo cual me hace mucha ilusión xD

Bueno, les dejó disfrutar de la lectura. No seáis tímidos y dejad algún review.

;) Saludos!

P.S.: the mentalist no es mío


Tradición

Lisbon no estaba muy segura de su decisión. Pizza. Iba a ser una de las primeras reuniones con todo el antiguo equipo y habían decidido picotear algo en lugar de preparar una cena formal. Ella había estado de acuerdo. El trabajo seguía sin dejarle demasiado tiempo, pero le habría gustado hacer algo especial para los chicos. Y, a decir verdad, también quería que vieran que no era todo mocasines, perritos calientes e informes policiales. Podía organizar una cena y tener invitados.

Sonrió al sentir el roce cálido de unos labios en la nuca.

- Deja de darle vueltas. Son tus amigos, es como si invitaras a tus hermanos. La cena no es lo importante.

- ¿Darle vueltas a qué? No sé de qué hablas - Siempre le fastidiaba que hiciera eso. Era como si no pudiera tener pensamientos para sí misma. Aun así sonrió. Todavía se le hacía rara esa familiaridad con Patrick.

A las seis de la tarde llegó Cho, puntual como siempre, con una botella de vino. Fue recibido en la puerta por su antigua jefa con un abrazo.

- Cho – lo miró acusatoria – no tenías que haberte molestado. ¡Vaya! Es del bueno. Gracias.

- No es nada, Lisbon – ella lo abrazó una vez más, rápidamente, antes de separarse de la puerta para dejarlo pasar.

- Kimball, qué alegría verte, amigo – Jane salió de la cocina en aquel momento llevando algunas copas y vasos y los colocó con cuidado en la mesa del comedor – Ah, vino, sabía que no me decepcionarías.

- Jane, nos vemos cada día en el trabajo – dijo con su habitual sinceridad.

- No en un ambiente relajado y confortable. Con amigos, sin cadáveres, sin ese chico rarito de los ordenadores…

- Ey, no te pases con el muchacho. ¿Tengo que recordarte cuántas veces nos ha hecho el trabajo? – le amonestó Lisbon.

Cho no estaba muy seguro de que fuera a ser confortable. Para empezar, Rigsby se reiría de él. Por una vez, era el único que no se había percatado de la relación entre jefa y consultor. ¿Cómo era posible que la tirantez causada por cada caso en que Jane la liaba hubiera derivado en semejante unión? Tendría que estar más atento la próxima vez. Aunque esperaba que no hubiera próxima vez. Como descubriera que Abbott y Fischer estaban saliendo en secreto o algo por el estilo abandonaría el FBI y se dedicaría a otra cosa.

Un rato más tarde llegaron Grace y Wayne con la pequeña Maddie y un montón de bultos.

- ¡Pati! – gritó la pequeña en cuanto Jane les abrió la puerta principal. Éste la recibió con alegría entre sus brazos.

- Sentimos la tardanza – arguyó Wayne algo falto de respiración al entrar – Ya sabes lo difícil que es viajar con niños pequeños. Hemos tenido que parar dos veces por el camino.

- Llegáis justo a tiempo. Cho llegó hace un rato – bajó la voz hasta convertirla en un susurro – creo que está un poco incómodo, ya sabéis con qué…Así que id a tranquilizarlo antes de que empiece a pensar en huir por la puerta de atrás.

Tras colgar las cosas en el recibidor todos se reunieron ante la mesa de café donde Lisbon estaba sirviendo bebidas. Paró en cuanto les vio llegar para abrazar a los chicos y achuchar a la pequeñaja.

- ¿Seguro que no os importa que nos quedemos aquí? – le preguntó VanPelt a Lisbon.

- Pues claro que no. Estoy, estamos – se corrigió – encantados de teneros aquí a todos. Es una pena que Ben no pudiera venir – se lamentó – debe de estar enorme ya.

- Está guapísimo – comentó VanPelt con orgullo materno – Y es muy inteligente. Ha tenido que quedarse. Sara tenía la semana libre y ha querido disfrutar ese tiempo del niño. Luego te enseñaré una foto.

- Dentro de un rato pediré las pizzas. Mientras tanto ¿qué queréis beber? – después ella misma contestó – ¿Cerveza para Wayne y vino para ti?

- Perfecto, jefa.

- Oh, VanPelt, por favor. Hace años que no somos jefa y subordinada – la antigua novata del equipo se sonrojó y sonrió. Era una vieja costumbre que le había costado borrar a pesar de los años que habían pasado.

Lo cierto era que allí había pasado los mejores años de su vida. Sí, había pasado prácticamente la mayoría del tiempo siendo la novata de la unidad, pero aún así nadie la había hecho sentir tan integrada y valorada. Allí había encontrado al que ahora era su marido, el amor de su vida, y consecuentemente a sus dos tesoros, el hijo de Wayne, y Maddie. Además de familia y buenos amigos, se había encontrado a sí misma. Ya no era la misma chica ingenua de Iowa. Había logrado superar infinidad de obstáculos.

Y allí estaban después de tantos años. Unidos como una verdadera familia, a pesar de la distancia que ahora los separaba, celebrando una reunión como en los viejos tiempos y, lo más curioso, en casa de Lisbon con ésta y Jane por fin juntos.

Estaba tan contenta por ellos. Después de tanto tiempo y de todo lo que habían pasado por fin se habían atrevido a dar el paso. Por momentos pensaba que nunca llegaría. Las circunstancias estaban continuamente en su contra y esos dos no eran muy efusivos en sus sentimientos. Ahora, por ejemplo, estaban sentados uno al lado del otro, en el mismo sofá, pero aún había cierta timidez entre ambos, una pizca de nerviosismo en parte debido a que el resto del equipo los estaba mirando con ojos atentos como si aquel fuera un fenómeno nuevo y desconocido.

Las voces de los demás integrantes del equipo interrumpieron el curso de sus pensamientos.

- La empresa va viento en popa. La verdad es que no nos podemos quejar. Prácticamente trabajamos desde casa, el dinero está bien – decía Wayne – Tenemos bastante tiempo para los niños.

- Eso es genial, chicos – comentó Lisbon tras dar un sorbo a su copa – Bueno, ¿qué? ¿Pedimos las pizzas?

- La mía sin piña – pidió Cho.

- Una sin piña, una con carne para Rigsby – enumeró Lisbon - ¿Patrick?

- Ya me conoces. Gustos simples. Queso, tomate, orégano, un poco de bacon, tal vez.

- Y nachos.

- Y algo de ensalada - añadió Van Pelt.

- Como en los viejos tiempos – comentó Jane con diversión - ¿Eh, Maddie? Una enorme pizza de caso cerrado. Una vieja tradición de esta familia.

Jane le hacía carantoñas a la pequeña que no dejaba de reír y balbucear ante la tierna mirada de Lisbon. Siempre había sido fantástico verle tratar con niños. Mientras que los demás se limitaban a pasar de puntillas por su lado, temerosos de hacerles daño o de encariñarse demasiado, Jane se detenía, les escuchaba y les entendía.

- ¡Ey! ¿Y vosotros para cuándo? ¿No habéis pensado en tener niños? – preguntó Rigsby.

Ante el inesperado comentario, Lisbon, que estaba bebiendo de su copa, estuvo a punto de atragantarse. Nadie podía determinar si la rojez de su cara se debía a la tos o a la vergüenza. Jane le pasó la mano por la espalda dibujando círculos en ella.

- ¡Pero mira que eres bruto, Wayne! – le reprendió su mujer.

- No pasa nada Grace – contestó Lisbon – está claro que puedes sacar a un hombre del CBI pero no puedes evitar que siga siendo totalmente indiscreto.

- ¿Os acordáis de cuando lo hipnotizaron?

- Oh, esa historia otra vez no.

- No sufras, Rigs. Sólo la contaremos una vez más –Lisbon les guiñó un ojo, sonriendo – Besó a VanPelt y luego casi mata a Patrick.

- Yo no lo recuerdo así – se defendió.

- Pues claro. Estabas bajo una fuerte hipnosis. ¡Menuda chica aquella! Parecía una muchacha completamente normal, más bien sosa, eclipsada por su hermana. Y al final resultó ser la asesina.

- Sí. Algunas veces las apariencias engañan. Mirad a Teresa. Pequeña pero con carácter - comentó Jane rememorando. Su Lisbon. Fuerte, decidida, con la paciencia de una santa. Le había salvado.

- Seria y responsable, hasta que alguien intenta meterse con ella – Cho, perdido en sus propios recuerdos, hacía mención a aquel suceso años antes cuando Roy Carmen, el psiquiatra del CBI, aliado con otro tipo había intentado implicarla en un asesinato – Como cuando alguien intentó incriminarla y ella y Jane idearon un plan para que todos creyéramos que se había vuelto loca.

- Oh, ya lo creo – Rigsby estuvo de acuerdo. Él también recordaba ese momento – Hizo una actuación fantástica. Todos nos lo tragamos.

- Sí, Minelli y Bosco estaban pasmados - dijo Lisbon casi sin pensar y, al instante, su cara se ensombreció. Hacía años que no recordaba a Bosco. Alzó la mirada. Un manto de tristeza había caído de pronto sobre el equipo, sólo roto por los alegres balbuceos del bebé, ignorante de los lúgubres sentimientos de los adultos. Se aclaró la garganta. – Vamos, chicos. Hemos sufrido muchas pérdidas también. Lo sé. Bosco y su equipo, Wainright, Ardiles… pero es momento de recordarles con cariño y alegría, como les habría gustado.

Teresa Lisbon siempre animándoles. Alzó la copa para brindar.

- Por Samuel Bosco, por Hykes…

- Por Ardiles, por J.J Laroche – añadió Rigsby quien aún recordaba la muerte de estos dos hombres.

- Por Luther Wainright, Steiner…

- Por todos los valientes caídos.

- Por ellos...

Todos bebieron a la vez.
Tras unos segundos, la tensión se disipó.

- Venga, chicos. Suficiente. Esto es una reunión, una celebración… Alegrad esas caras.

Jane, apoyando la moción de Lisbon llenó de nuevo las copas.

La pequeña Maddie, que había estado campando a sus anchas por el salón, apareció junto a su madre con una foto en la mano.

- ¡Mamá! ¡Papá! – decía a la vez que señalaba las figuras de sus padres en una fotografía del antiguo equipo en la Brigada. VanPelt tomó el marco y observó con deleite aquel momento.

- Oh, mirad esto. Lo había olvidado.

Era una foto de todos ellos junto al poni que Jane había metido en su oficina por treinta y tres cumpleaños.

- Me encantó – comentó Lisbon – hasta que me dijo que era de alquiler y que había que devolverlo en dos horas. Pero no me quejo. No todos los días alguien puede cumplir el sueño de su infancia.

Cuando sonó el timbre Lisbon se levantó a buscar cubiertos y platos para todos. En cuanto salió de la sala Rigsby aprovechó la oportunidad.

- ¡Eh, Cho! Me debes 50 pavos.

- ¿Ah, sí? ¿Y se puede saber de qué?

- Apostaste que la jefa y Jane nunca estarían juntos. De hecho, apostaste que nunca lo estarían porque no se gustaban – miró de reojo hacia el lugar donde Jane ayudaba a Lisbon con la comida – y, por lo que puedo observar, yo diría que se gustan bastante.

- Sabía que ibas a restregármelo. Que infantil.

- Ah, ah, la pasta… - Rigsby estiró el brazo en dirección a su amigo, que sin otra alternativa sacó un billete de la cartera y se lo tendió.

- Una apuesta es una apuesta. Tú ganas.

- Apartaos, chicos. Llegan los suministros. – canturreó Jane.

- ¿De verdad no habías notado nada, Cho?

- No – contestó el asiático carente de expresión.

- Pero si estaba claro, hasta Rigsby se había dado cuenta – dijo VanPelt dándole un codazo cariñoso a su marido.

- Es cierto – respondió el aludido.

- Bueno sé que había cierta tensión.

- Bastante tensión – respondió Jane por lo bajo.

- Pero lo achacaba al hecho de que no podía parar de meterse en líos. Por Dios, si hasta Minelli acabó largándose…siempre pensaba que en cualquier momento Lisbon acabaría pegándole un tiro y alegaría algún tipo de estrés inducido por exceso de trabajo.

- Pues te equivocabas.

- Sí, no me lo recuerdes.

OoO

- Esa fue muy buena – todos reían, entretenidos. Hacía un rato que la hija de Rigsby y VanPelt se había quedado dormida – Kimball también se disfrazó una vez. En aquel spa, con el tipo ese que se creía un Casanova, seduciendo mujeres y…

- Ah, lo recuerdo. ¡Qué tío tan cerdo! – Grace usó las mismas palabras que en su día para describir a aquel experimento de Casanova que se dedicaba a vivir de las mujeres.

- Pero, sin duda, el que en más líos se ha metido ha sido Jane. Ha hipnotizado, fingido colocar bombas, robado, cambiado pruebas…

- Es un milagro que Lisbon no le disparara durante los primeros años.

- Estuve tentada muchas veces. Pero habría resultado más papeleo y ya tenía demasiado acumulado.

- ¿Cuántas veces lo golpearon?

- Dejé de contar en la cuarta – dijo Lisbon mordiendo una porción de pizza barbacoa.

- ¿Y secuestros? ¿Cuántas veces lo han tomado como rehén o retenido a punta de pistola? – preguntó Rigsby recordando todas las veces en las que Jane se había visto envuelto en atracos y situaciones similares.

- Otras tantas. Tres, cuatro… ¿Quién las cuenta?

- ¡Eh, chicos! Me hacéis parecer torpe. – todos lo ignoraron.

- ¿Os acordáis cuando fingió que se había liberado por accidente un virus en aquel complejo de investigación?

- Aquello fue para matarlo.

- ¿Y cuando lanzó uno de los coches de Walter Mashburn por un acantilado?

- Oh, menudos cochazos – exclamó Cho – eso sí que es vida.

- También se quedó ciego una vez.

- Oh, sí – Jane alzó la vista como si rememorara con nostalgia – Me sentía como Daredevil. Incluso tenía a mi fiel compañero. Como Batman y Robin…

- También fuiste envenenado, perdiste la memoria, te golpeó una pelota de beisbol…

Era agradable comprobar que por mucho que cambiaran las cosas, aunque los miembros del equipo estuvieran formando familias o incluso relaciones sentimentales entre ellos, su unión seguía siendo tan fuerte como siempre. El paso del tiempo y la distancia no cambiaban nada. Eran más que compañeros de trabajo, más que amigos. Eran una familia.

Fin.