Capítulo diez.

Cuando la noche llegó, se encontraba en el nuevo departamento. Casi sentía que allí no podía respirar. Agradecía al menos tener su privacidad y un propio cuarto. La cocina y la sala eran prácticamente el mismo ambiente y el baño era un cuarto pequeño con nada más que lo suficiente. Habían tenido que vender un par de muebles que no entraban en la casa, lo cual había sido un dinero extra. La otra casa quedaba en el olvido junto a uno de sus autos. Bella había insistido en que fuera el suyo, pero René afirmó que ella necesitaría una vía de transporte para la escuela. Por lo tanto, conservaron el Civic.

Estaba exhausta y sin apetito. Su madre se había excluido a su habitación con la excusa de que debía ordenar de nuevo sus pertenencias. Se había comportado como un zombi autómata durante todo el día y la última vez que habían hablado había sido en la mañana.

Se dio la vuelta en la soledad de su pequeña habitación. Era pulcra y parca. Nada de adornos o algún elemento adicional. No se sentía especialmente inspirada para decorar su nuevo espacio. Algo tan impersonal que no se sentía ni propio. Se aferró a su almohada y evitó volver a echarse a llorar como la noche anterior. No podía evitar sentir que us mundo se desmoronaba. Que todo se le echaba encima.

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Enfrentar la escuela al tercer día de clases como una persona totalmente nueva, era realmente duro. Jessica no había dejado de parlotear al respecto de los integrantes nuevos de la escuela y sintió el estómago revuelto. Evadió el tema con la leve mención de las nuevas tiendas del centro. Agradeció la presencia constante de Lauren y su gran distracción para la morena.

Todo el día había estado temiendo que alguien soltara sus últimos infortunios. La silenciosa escapada de su padre y su repentina mudanza a un lugar reducido a hogar de hormigas. No es que ella fuera ostentosa y envidiara la suerte de sus amigas. Pero detestaba ser el centro de atención y sobre todo si eso la incluía dentro de las malas decisiones que a ella no le concernía pero que pagaba como consecuencia.

-Has estado distraída, Isabella.

Se giró hacia Lauren. La rubia se miraba al espejo mientras retocaba sus bucles.

-He estado enferma ¿lo recuerdas?

-Cierto.

Hizo una mueca.

-¿Crees que te sentirás mejor?

Ella apartó la vista.

-Lo dudo.

Ese almuerzo Mike había estado retenido en la detención por molestar a un alumno de segundo con sus libros. Si se hubiera permitido llorar, lo hubiera echo de alegría. No podría haber soportado tenerlo cerca. No después de lo último que había tenido que vivir.

¿Cómo es que todo se había salido de control?

Sin desearlo realmente, desplegó su vista a través del salón. Buscándolo, a sabiendas de que eso la dañaría más que cualquier otra cosa.

Encontró sus ojos a la distancia.

Edward no había dejado de mirarla fijamente en todo lo que llevaba allí sentado. Había notado que desde ese lugar podía verla perfectamente y allí había obligado a su hermano a sentarse. Junto a un nuevo amigo. Jasper. Estaba en la mayoría de sus clases y compartirían las prácticas deportivas la semana entrante.

Bella se sintió enferma. Una punzada de dolor se le clavó en el estómago y sus ojos se llenaron de lágrimas. Se puso de pie de inmediato y se disculpó con sus amigas.

Edward observó su rápido escape. Sin hacer un ademán en seguirla.

-¿Esa es Bella?

Había olvidado que Emmet no la había visto el primer día y luego no había aparecido por el segundo. Tenía el presentimiento de que no había podido soportar verlo allí. A la cara. Mientras le había mentido por dos meses completos. El dolor se clavó profundo.

-¿Quién?

Edward señaló a Jasper la chica que acaba de salir por la puerta de la salida. Desde luego que es ella, pensó. Ella lucía desmejorada, más delgada y pálida. Sus ojeras eran fantasmales y llevar el cabello recogido no la hacía lucir mejor. Sus ojos pardos se veían tristes y sus sonrisas eran falsas. Él lo sabía, porque la conocía. Pero los especímenes que la habían rodeado ese día ni siquiera lo habían notado.

-Isabella Swan.

Jasper hizo una mueca.

-¿Que ocurre con ella?

-Es la mejor de todas las clases que presencia. Es un cerebro. Se esfuerza por estar a la altura de las perras. Jessica y Lauren, son dos arpías.

-¿Mantenerse a su altura?

-Solo por eso es la perfecta novia de Mike Newton? Lo han sido desde el décimo grado.

-Pero...

Edward silenció a Emmet de una dura mirada. Frunció el ceño. Aquello sonaba absurdo.

-Sin embargo, se rumoreó todo el verano que ellos iban a romper antes de volver a clase, pero por algún motivo, no lo han echo.

Algún motivo. Presionó las manos en puños.

-¿Por qué crees que es?

-No tengo idea. Solo se que ellos van a terminar por casarse.

-¿Qué?

Edward se atragantó con su agua mineral. Jasper se encogió de hombros.

-Es una estúpida apuesta de Newton. Nadie lo sabe, pero apostó a sus amigos que llevaría a Isabella virgen hasta el baile de graduación y luego se casaría con ella. Su padre no querría que ninguna perra usada fuera su esposa.

El timbre salvó a Jasper de ser atacado a preguntas. Emmet caminó con su hermano camino a al salida mientras el nuevo amigo se desviaba para encontrarse con su novia.

-¿Qué demonios?

-Cállate Emmet y no menciones que conocemos a... Isabella.

Murmuró. Se perdió dentro de su clase de geografía.

Se había despedido de ella con un dolor en el pecho que no lo había dejado respirar en días. No dormía sin tener pesadillas. Se había enamorado de un imposible que jamás volvería a ver. Sabía que podía revolver un montón por buscarla, pero se había resignado a la idea de que la iba a perder tarde o temprano.

Y eso había sido demasiado pronto.

Ella no le pertenecía. Nunca lo había hecho. Cruelmente lo había engatusado con sus ojos felinos, sus sonrisas dulces y sus palabras melosas. Unas que también había estado destinando a otro más. Pero ella le había regalado su cuerpo. Había logrado que aquello fuera especial y se grabara a fuego en él. Se había metido en su sistema, calando sus huesos.

Creía que su necesidad por ella había hecho que la imaginara de pie entre medio de todos esos desconocidos. Pero no, ella era real y estaba allí. Sin embargo, había sido una ilusión. Siempre lo había sido y ella lo había advertido desde el principio.

Había sido su aventura de verano.

Nada más.

Presionó con tanta fuerza el lápiz en su mano que estuvo a centímetros de partirlo por la mitad. No podía resignarse tan rápido a alejarse de ella. Tenía que oír la verdad de sus labios. Quería saber qué tan poco le había importado como para jugar con sus sentimientos. Porque maldito fuera, pero amaba a esa chica y ella no lo sabía.

Ese verano había sido auténtico. Lo sabía. Podía distinguir entre la Bella que él había tenido para él y la fría Isabella que se lucía como una modelo de tacones altos por el centro del pasillo. Rodeada de escoltas y repartiendo ávidamente su altivez.

Esa no era su Bella.

Estaba decidido a interceptarla y hablar con ella. No podía dejarla salir inmune. Dolía demasiado su mentira como para dejarla ir sin explicaciones.

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Entró primera al salón de matemáticas, esperando encontrar algo de paz.

-¿Señorita Swan?

Se detuvo en seco y se giró hacia el escritorio del profesor. Vulturi se encontraba despegando su vista de los montones de papeles de alumnos. Posiblemente los exámenes.

-Lo siento, no sabía que usted... puedo irme ahora mismo.

Cayo enarcó una ceja. Esa no era la muchacha que lo había aterrado con una profunda mirada a lo largo de toda su extensión. Lucía desmejorada y casi asustada.

-No, espere...

Se puso de pie y se acercó a ella. Bella se sintió empequeñecer. El profesor era extremadamente alto y de hombros anchos. Casi intimidante. ¿Dónde había quedado su seducción de la última clase?

-¿Te encuentras bien?

La pregunta rozó lo personal y el tono de su voz pasó la gentileza usual. Bella asintió apresuradamente.

-Si, es solo... me enfermé ayer. Estoy un poco débil todavía.

-¿Qué tienes?

Mal de amores. Decepción aguda. Tristeza inminente. Bella titubeó.

-Algo en el estómago.

-¿De verdad?

Se cruzó de brazos. Apoyó su cadera en un pupitre y la miró con mayor intensidad.

-Isabella, puedes considerarme un amigo.

Bella se sintió abatida. Bajó sus hombros y soltó un suspiro lento.

-¿Es tan obvio?

Cayo asintió despacio. Ella se dejó caer en una banca vacía, con el bolso sobre su regazo y la mirada ausente. El profesor se sentó frente a ella en la otra silla vacía.

-¿Qué pasó?

-¿Una vida dura es una excusa?

Cayo sonrió a medias.

-Es la excusa de todos los adolescentes.

Ella hizo una mueca de desagrado.

-Detesto que los adultos hagan eso. Desestimar los problemas de los de nuestra era solo porque ellos creen que trabajar y pagar las cuentas es un problema mayor.

-¿Enojada con el mundo?

-Con el que se cruce en mi camino, realmente.

-Espero no ser digno de tu rabia hoy.

Bella relajó la espalda en el respaldo de la silla y miró directamente a su profesor. Prometiendo ser su confesor. Ella no era muy católica, por lo tanto descartaba la idea de ir aun confesionario y soltar sus verdades para luego rezar. ¿Eso iba a mejorar algo? Lo dudaba. No exigía cambios inmediatos, solo una solución para llevarlos con menos peso.

-¿Puedo confiar en usted?

-Solo si prometes no volver a distraerte en mis clases y luego me retas como si fueras una chica mala.

Bella rió y asintió.

-Lo siento por eso.

-Descuida, fue como una iniciación a la escuela. Una divertida.

-No prometo portarme bien, solo divertir sus clases.

-Estaré esperando eso. Ahora... no cambies de tema. ¿Vas a decirme qué te tiene como un maldito fantasma?

Bella fingió espantarse.

-¿No se supone que los maestros no deben decir malas palabras?

-No para insultar a un alumno.

-Gracias, no sabía que ser un endemoniado fantasma era un cumplido.

Rió brevemente, pero su humor no estaba tan ligero como para disfrutar de las bromas. Bajó la vista a sus manos jugando con la cremallera de su bolso. Cayo esperó pacientemente. Todavía tenían unos minutos antes de que el timbre lo pusiera a trabajar.

-Mi padre nos dejó. Con una deuda imposible de pagar. Nos mudamos y un amigo de mi madre pagó la cuenta.

Miró a su profesor.

-Eso no suena a toda la historia, Isabella.

-No... el amigo de mi madre... es el padre del chico con el que iba a terminar una relación. Mi madre lo hizo ver como una futura enemistad. Tan desagradecida. No pude hacerlo...

Bajó su vista, sus ojos amenazaron con un llanto.

-... entonces tuve que renunciar a quién realmente amo.

Totalmente sincronizado, los alumnos comenzaron a entrar. Bella se puso de pie para cambiar por su habitual lugar y Cayo volvió a su puesto. Jessica la miró con los ojos entrecerrados, pero al no recibir ningún tipo de emoción, lo dejó pasar. La morena se acomodó a su lado.

-Oí que tienes una cena en casa de Mike el viernes.

Ella se congeló.

-¿Qué dices?

Jessica parpadeó sorprendida.

-¿No lo sabías?

-Claro que sí... ¿cómo te enteraste?

Fingió una mentira pequeña.

-Mike me lo dijo.

Resumió y evitó los detalles. Bella apartó su vista al frente, a la pizarra. No era lo suficientemente fuerte como para enfrentar a su profesor luego de la confesión que acababa de hacer.

-Así que... ¿qué vas a usar?

-Un vestido morado. ¿Quieres hacerme compañía?

Una sombra pasó por sus ojos, tan imperceptible que apenas la vio. Jessica apartó su rostro. Se había vuelto un poco sombría desde entonces.

-No lo creo.

No sabía qué demonios le ocurría pero tampoco tenía intención de ahondar en ello. Tenía problemas más importantes. Por ejemplo, preocuparse en qué haría el resto del año para evitar a Edward, ser una buena y modélica novia para Mike. Conseguir un trabajo de medio tiempo y repensar el ir a la universidad. Consolar a su madre y superar su trauma.

Levantó la vista hacia la puerta que se habría abruptamente.

-Siento llegar tarde.

Edward la miró directo a los ojos. Le envió una glacial mirada y luego se apartó hacia el final de la clase. Bajó la vista hacia sus manos y su estómago se revolvió. Cerró los ojos para contener las náuseas. Aquel mal estar físico iba a terminar con ella. Cuando abrió los ojos se encontró con la mirada impaciente y cuestionadora de Cayo.

Alguien ya había descubierto su secreto.