11. Errar es Humano
-¿Me esperabas?- me increpó, emergiendo de las sombras. Podría jurar que había saltado al menos tres metros de donde estaba parada, del susto.
-¿Por qué eres tan silencioso?- le reproché, acercándome al fresco para hacerle cosquillas a una de las peras. Esta soltó una carcajada y se convirtió en un picaporte en menos de lo que uno puede decir Quidditch.
-Querida Ginevra, por si no lo has notado, tenemos que ser silenciosos si no queremos llamar la atención de Filch, Peeves u algún otro personaje indeseado- me espetó sarcásticamente, empujándome hacia dentro de las cocinas.
Una vez allí, cientos de elfos nos rodearon, preguntándonos qué deseábamos para beber y comer. Podría decirse que era el paraíso de los elfos domésticos; todos estaban ansiosos de servirnos y saciar todos nuestros caprichos.
-¡Quiero un café con leche y muchas, muchas galletitas de chocolate!- grité, feliz.
Draco giró los ojos y se limitó a pedir un café y un sándwich de queso.
-Eres tan infantil...- dijo, cuando por fin tuvimos nuestras meriendas de medianoche al alcance de nuestras manos. –Te vas a picar todos los dientes.
Sonreí, agradeciendo a las criaturas y hundiendo las galletas en el café.
-Es mi problema.
-También es el mío.
-¿Por qué lo dices?
-No quiero besar a una chica que tenga la dentadura de un vampiro- sorbió un poco de su café, sin dejar de mirarme.
Solté un bufido.
-Tienes problemas.
-Todos los tenemos- hincó diente en su sándwich y sonrió, luego de tragar el enorme pedazo de alimento. –Pero tú ahora tienes uno gravísimo.
-¿Ah si?
-Sí.
-¿Y cuál es?
-El problema soy yo.
Varios elfos observaban divertidos la escena, la que, sin lugar a dudas, era digna de una orden extra grande de palomitas de maíz. Ignorándolos, Draco se acercó a mi rostro, dispuesto a besarme hasta que el mundo dejase de girar... Pero algo lo jaló hacia atrás cuando estuvo a escasos centímetros de mis labios.
-¡Dobby no dejará que el señorito Malfoy lastime a la señorita Weasley!- gritó Dobby salvajemente, arrojándole platos a Draco.
No sabía si reírme o llorar... De risa, claro está.
-¡Espera Dobby!
-¡Detente ya mismo, intento de duende malformado!- clamó el hijo de Lucius, evitando a toda costa ser golpeado por la dura vajilla.
-¡Dobby debe decirle a Harry Potter!. ¡El señorito Harry Potter debe venir al rescate!
-¡No!. ¡Dobby no!
-¡Si le dices a Potter, juro que mataré a toda tu familia y a tus amigos y me aseguraré de asarlos a todos y cada uno de ellos lenta y dolorosamente!. ¡Mis tíos Rodolphus y Bellatrix disfrutarán de comerlos una vez que los haga carroña!
-Draco. ¡¿Quieres callarte?!. ¡Hazlo ya!- le ordené, una vez que pude tomar al sulfurado elfo de los jirones de su ropas. –Dobby, Malfoy no estaba haciendo nada malo. Somos amigos. ¿Ves?
Le extendí una mano al rubio para que se pusiera de pie, bajo la mirada enfermiza del extraño ser. –No es necesario que avises a Harry, porque ya sabe que me junto con él.
El elfo pareció recapacitar lo sucedido unos segundos y por un momento creí que iba a realizar un contraataque, porque había tomado un plato entre sus pequeñas manos.
-¡Dobby malo!- aulló, golpeándose con el mismo. -¡Dobby malo!- se azotó nuevamente.
Y otra vez... Y otra... Y otra... Y otras cinco veces más...
-Está demente- me dijo el rubio, parándose detrás de mí por si acaso el animalejo decidiera ensañárselas con él. Cobarde.
-Lo sé, todos lo están- me adherí a su opinión, pero recuperé la compostura para volver a hablar –Dobby, no te castigues por un simple error. Errar es humano.
-Pero él no es humano, Ginny.
-Buen punto.
-¡Dobby malo!
-Ginny quiere que le hagas un favor- comencé, ojeando a Draco para que no se riera como un idiota al oírme hablar en tercera persona. Pero fue un caso perdido porque soltó la más grande de las carcajadas –La señorita Weasley quiere que Dobby deje de golpearse la cabeza porque la señorita Weasley se lo ordena.
Dobby dejó de flagelarse y me miró con sus grandes ojos de tula, gratificado.
-Ginny le pide a Dobby que vuelva a su trabajo y que no se preocupe más por su seguridad, porque Ginny está bien cuidada por el señorito Malfoy- esto último lo comenté irónicamente, viendo cómo el rubio se encrespaba al llamarlo señorito.
Y de repente, como si el cielo se hubiera abierto en dos para dar paso a los querubines cantarines, la mejor de mis ideas llegó a mi mente por osmosis.
–La señorita Weasley ruega a Dobby que no se preocupe por ella pero que haga lo que le dice. El señorito Potter estará muy satisfecho si Dobby hace lo que Ginny exige.
Draco me miró suspicaz, aparentemente entendiendo que la oportunidad que teníamos enfrente no debía ser desaprovechada.
-Harry y Ginny desean que la señorita Granger no reciba atención alguna de los elfos domésticos. Ni comida, ni sabanas limpias, ni nada. Por otro lado, Harry pide especialmente que no haya agua caliente para ella cuando quiera ducharse y que su ropa y sus libros sean guardados bajo la cama de la señorita Patil. Harry no quiere ser recordado bajo ninguna circunstancia de lo que Ginny le dice a Dobby, porque está muy ocupado como para oír que lo que se pidió ha sido realizado. Por eso, Dobby tiene que ser discreto. La señorita Weasley anhela que la señorita Vane, la señorita Brown y la señorita Lovegood obtengan grandes cajas de galletitas de chocolate sobre su cama que sean reemplazadas al acabarse. Asimismo, Ginny espera que la señorita Patil no tenga ninguna clase de maquillaje al alcance de su mano. Ginny cree que eso es todo lo que puede hacer Dobby para que Ginny olvide su comportamiento con el señorito Malfoy.
El elfo asintió con la cabeza e hizo una reverencia para luego desaparecer.
-Aprendes rápido- siseó Draco a mi oído, observando cómo el resto de los elfos arreglaban el desastre causado por su amiguillo. –No entiendo por qué no eres una Slytherin.
-No soy cobarde- le informé. Frunció el ceño de tal forma que pensé que la historia de No Insultar a Draco Malfoy se volvía a repetir. -No es que tú lo seas.
-Nadie me llama cobarde y vive para contarlo- terminó su café y se abalanzó sobre mi, haciéndome cosquillas a lo loco. Lo odiaba a él y a sus cosquillas.
-¡Y luego me dices infantil!- voceé a través de risillas. –Eres un estorbo.
Me soltó, curvando sus labios en la tan típica sonrisa cínica y elitista de los Malfoy.
-¿Por qué me citaste aquí si soy un estorbo?
Estaba un tanto despeinado luego de haber sido zamarreado por el elfo doméstico y eso lo hacía lucir aún más irresistible de lo que ya era.
No contesté y él encontró obvia la respuesta. Se distanció de mi y arrojó su taza con furia al fuego de una chimenea cercana en la que diminutos seres estaban asando malvaviscos. Estos ni se impresionaron; aparentemente conocían el temperamento del Slytherin.
-Lo odio- dijo por fin.
-Dijiste que él no te importaba.
-Dije que tú eras la que me importaba realmente. Si Potter se arrojara de la torre más alta de este castillo sería un plus de felicidad para lo que significa estar contigo. Después de todo es un idiota por darse cuenta luego de... ¿Siete años?. Que eras la bruja más atractiva y deseada de todo el maldito colegio. ¡Todos los que creen que Granger es bella, inteligente e inocente están más ciegos que Trelawney, McGonagall y Dumbledore juntos!. No puedo entender por qué la gente le hace caso a ella y no a ti. Potter es uno de ellos. Ya te dije lo que pensaba y no fue la mejor experiencia de mi vida. De hecho, no quiero que el drama vuelva a repetirse por haber sido honesto contigo. Odio verte llorar.
-No tienes tacto- gruñí, manoteando más galletitas. Me estaba transformando en una copia barata de Ronald; una comedora compulsiva.
-Lamento no ser Potter.
Lo besé, tomándolo por sorpresa. Me respondió el beso, convirtiéndolo en uno absolutamente lujurioso. Estaba enojado, decepcionado y excitado a la vez; lo podía sentir. Me di cuenta que no era el lugar ni el momento y me separé de él, desilusionándolo. Noté que su mirada se volvía fría como un témpano: sus ojos grises habían adquirido un furioso color oscuro.
-No tendrías que lamentarlo, porque te quiero a ti.
Mi subconsciente me había traicionado.
Vi que la ira en sus ojos se había desvanecido mágicamente y que una mueca adornaba su pálido rostro.
-Repítelo.
-No me hagas decirlo dos veces.
-Vamos, Ginny. ¡Dilo de una vez!
Inhalé y exhalé, como si estuviera a punto de quitarme un gran peso de encima.
-Te quiero a ti.
De todas las veces que Draco me tomó en brazos, esta había sido la mejor.
No me llevaba cual bolsa de papas, sino que me había agarrado como si fuera de cristal, como si me fuera a romper en cualquier momento. Abrió la puerta de las cocinas de una patada y me llevó por los corredores, sin detenerse a comentar sobre lo absurdo que eran los cuadros de frutas en las paredes de los mismos.
Una vez cerca de las escaleras ubicadas a un lado de la entrada al comedor, optó por sentarse en un escalón conmigo encima de él y me observó detenidamente.
-Me estás intimidando- confesé, evitando sus ojos. Aún en la oscuridad era fácil perderse en su mirada cautivadora; por eso tenía que enfocar mi vista en otro objeto. Pero me resultó imposible, porque todo estaba en penumbras.
-Si me prefieres a mi. ¿Por qué estás con él?
Su pregunta hizo que mi corazón dejara de latir por unos segundos, literalmente.
-No lo sé.
-Quisiera creer que es para acercarte a Granger y jugarla de santa, pero te conozco y no eres así. Una adicta a las galletas de chocolate no sería capaz de jugar a dos puntas por venganza.
Reí, pensativa.
-¿Acaso acabo de darte otra idea macabra?- cuestionó, sonando espantado.
-Si piensas que lo voy a hacer, estás totalmente equivocado- le reprendí, empujándolo suavemente.
Su risa se filtró por mis oídos y me hizo sentir desenvuelta como nunca. Lamentablemente, ese efecto no iba a durar por mucho tiempo; la señora Norris había aparecido de un momento a otro, acompañada de su vulgar dueño.
-¿Qué tenemos aquí?- preguntó, figuradamente dando saltitos de júbilo por habernos encontrado fuera de nuestras respectivas casas comunes a deshoras. Me puse de pie como alma que lleva el diablo, para que no viera que estaba sobre él y aumentara la condena –¡Pero qué pena!. ¡Malfoy y Weasley están en problemas!. ¿No es así señora Norris?
Eché un vistazo a la cara de Draco y pude leer sus labios con claridad, porque Filch había alzado su lámpara en el momento justo en el que decía inaudiblemente Maldito Squib esquizofrénico. Intenté no reír cuando el celador nos hizo un gesto para que lo acompañáramos su despacho. Cuando se dio vuelta maldije por lo bajo, sin voltearme para ver al rubio.
¿Por qué a mí?
