Si les digo que soy un personaje importante y famoso a nivel mundial, y que por eso no me di cuenta que habían pasado alrededor de tres meses desde la última vez que actualicé, ¿ustedes me lo creerían? Hacen bien u.u Yo realmente tuve tres meses horribles de trabajo en los que ni siquiera pude abrir mi carpeta de tesis (documentos importantes), y para verme más odiosa, todo este capítulo ya estaba escrito, excepto que durante este tiempo estuve acomodando unos detalles. Igual, no quiero alargar esto, les he quedado mal, espero no tardar para el siguiente.

Les agradezco mucho a las personas que continúan en la lectura de este proyecto, sepan que una parte de mí escribe para complacerme, y la otra mitad escribe para ustedes, así que, toda lectura es una grata alegría, y un review es una bonita cereza de su parte en mi pastel, les agradezco cualquiera de las dos, pero realmente sus opiniones son más motivantes para continuar.

Frozen no es de mi propiedad, nada que salga de la película en esta historia me pertenece, así como ninguno de los personajes que ustedes reconozcan de otros filmes, todo es propiedad de Disney.

Capítulo XI

Pequeñas rubias de ojos azules

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Escuchó un agudo sonido bufando alrededor de ella, mientras sus ojos aguamarina se cerraban de a poco, perdiendo la glacial vista de las altas montañas y la nieve. Pronto, las siluetas claras de las personas que la contemplaron segundos antes, quedaron difusas, convirtiéndose en sombras barridas como una pintura de óleo.

Dejó de mirar las caras. Los rostros contenidos de una agonía sorpresiva. De pánico. El calor de la voz de Punzie, su hermana mayor, llamándola a grito abierto por su nombre comenzaba a desvanecerse para darle paso al frío. Los sonidos quedaban congelados, mientras que su propia carne ya no se sentía parte de su cuerpo, como si hubiese caído en un profundo lago anestésico.

Anna vio su cuerpo mutilado, visualizaba una grotesca imagen de sus brazos y piernas desprendidos de su infantil cuerpecillo adolescente, como si de una muñeca rota se tratara. Se lamentaba por eso, porque no podría volver a abrazar. Se lamentaba porque no tendría más esas piernas de atleta que siempre le admiraban y que le hacían encontrarle el significado correcto al término felicidad. ¿Tendría suplente digno en el equipo? Seguramente sí. Y solo esperaba que quien sea resultara beneficiado con esa tan amada labor suya, fuera lo suficientemente apto para ganar el campeonato de volibol, que ella tanto había añorado. Se lamentó porque se lo perdería. Hubiera sido su primera vez de gloria, su primera vez sintiéndose divina.

¿Qué haría Punzie luego de Anna? ¿Sus padres tendrían otro hijo? ¿Borraría el nuevo Von Bjornson el recuerdo supremo de la pelirroja de las pecas? ¿Encontrarían paz tras su muerte? ¿Volverían a reír algún día? ¿La extrañarían? ¿Iría Anna al cielo? ¿Existía el cielo?

Por primera vez, Anna pensó en el lugar celestial del que hablaba el sacerdote de la iglesia local de Arendelle, a la que sus padres trataban de asistir con la mayor frecuencia posible, cada domingo. Sus dos jóvenes hijas acostumbraban acompañarlos y aunque a Anna no le parecía incómodo, desde pequeña, se había asustado con las imágenes de Jesucristo crucificado. Las historias que les contaban a los niños sobre su muerte en la cruz, lejos de llenarla de afecto, le producían el temor del que se llenaría una pequeña de ocho años si su padre le dejase abandonada su suerte, golpeada y sangrando por las orejas.

A Anna no les gustaban aquellas historias, pero le enseñaron a creerlas. Y más tarde, cuando tuvo noción de las cosas buenas y malas de la vida real, decidió que aquello simplemente no formaba parte de su vida. Aun cuando sus padres se mostraban medianamente religiosos, Anna y Rapunzel tuvieron la libertad de elegir sus propias creencias, siempre y cuando estas no rebasaran el límite de lo permitido para las señoritas de su clase, lo que dejaba fuera los tatuajes de cualquier tipo y la biblia de Satán.

Pero Anna nunca haría algo como aquello, si bien no creía, tampoco descartaba las posibilidades de que existiesen. Y ahora mismo, mientras su cuerpo se hundía en el agua congelada, toda la vista que quedaba ante sus ojos era aquel cielo claro de una bonita mañana que tenía que haber sido todo menos trágica. La luz del sol dejó de ser luminosa para difuminarse junto a las siluetas de todos aquellos que alguna vez habían reído junto con ella. El hielo roto por el que había caído comenzaba a formarse de nuevo y solo quedaba una mancha blanca apenas traslúcida por la que todavía podía vislumbrarse un poco de vida.

Anna volvió a pensar en el cielo. Se preguntó si sería verdad el arcoíris que figuraba a espaldas del gran trono blanco del Dios del que hablaba la catequista de turno. Se preguntó si los ángeles hacían morada sobre las nubes y si de hecho, existía un mar de cristal y si allá arriba estaba todo embarnecido por oro, oro puro y joyas preciosas, como siempre le habían dicho para resaltar las esperanzas de la magia del cielo, al que todos deberían soñar con ir. Ahora comenzaba a verlo todo tan real, cuando su mente asoció la pureza de aquello que sus ojos poco a poco iban olvidando, con la pureza de los ángeles, y ella ya había creído que estos, de hecho, existían. Y conocía a uno.

La inefable imagen de Elsa le vino a la mente y deseó con todas sus fuerzas poder verla de nuevo, apreciar los ojos azules de aquella rubia. Deseó acariciar los espesos mechones de cabellos platinados a los que se había rehusado pasarle los dedos por temor a que resultara ser una falta grave para la chica. Se arrepintió por no llamarla aquella noche, mientras se daba vueltas en la cama pensando en ella, y en lo bien que le lucían las blusas blancas de botones y mangas largas. Ansiaba un momento, un destello para poder contemplar la belleza de esa joven de piel pálida. Incluso en su letargo clamaba porque hubiera en el cielo un ángel como Elsa, o Elsa misma ahí, en su forma angelical. Porque Anna creía que ella no pudo solamente llegar a la tierra como uno más de entre todos los mortales, ella tendría que haber venido del cielo, y de paso, ser hija especial de alguno de los dioses de los que relataba su propia cultura nórdica. Quien sabe, el hecho es que aquella rubia le parecía una real majestad fuera del mundo ordinario que evolucionaba de a poco en la tierra donde vivía, hasta entonces.

La contempló con sus alas, y ataviada en largas vestiduras blancas como ella misma era, sus ojos azules destellando como dos piedras preciosas y su sonrisa reluciente entonando cánticos de gloria… o su nombre: Anna; con el cabello rubio engalanando mucho más que celestial la asombrosa imagen que tenía la muchacha.

Elsa —pensó Anna. Y dentro de ella, murió con esos pensamientos en la cabeza, creyendo que la encontraría en la otra vida, de donde nunca debió de haber salido.

Antes de que los ojos se le cerraran por completo, escuchó un sonido fracturarse, y el movimiento de las aguas heladas movió su entumecido cuerpo empujándolo hacia los lados. Y entonces, una silueta caer, más clara, muy cercana.

Al parecer, sus deseos la acompañarían en su otra vida, después de todo.

Y luego, silencio.

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Elsa no reaccionó durante los primeros cuatro segundos. Era la primera vez que sus manos experimentaban el frío con toda su peligrosidad inmersa, le traspasó los guantes de grueso algodón. Le caló los huesos.

Vio a la multitud moverse, a Rapunzel correr y ser abruptamente interrumpida por Érick. Vio a Pabbi asirse del cayado de roble, a Kristoff pasar a su lado en carrera apremiante. Vio el círculo de estudiantes que le impidieron la vista hacia la otra parte del lago. Y entonces finalmente, reaccionó.

Se puso de pie, con los labios fríos y castañeteándole los dientes. En verdad que hacía frío. En verdad que el frío no parecía ser siempre bueno. Se sentía torpe cuando dio los primeros pasos hacia la multitud, pero con la poca fuerza que pudo reunir de la escasa que le quedaba logró hacer a un lado a unos cuantos mirones que no podían hacer nada más que eso: mirar. Y comenzaron a estorbarle.

Rapunzel estaba tendida de rodillas contra el hielo, llamando a Anna desesperadamente, las lágrimas que le corrían por el rostro se sentían heladas y visibles, el cabello lo tenía mojado, como si todo lo que sintiera por dentro le quemara y provocara un sudor incontenible que humedecía su quebrantado rostro.

—¡Anna, Anna!

El pronunciamiento agonizante de ese nombre despertó más los sentidos de Elsa. No tenía reparo en el hilillo de sangre que corría por el costado de su frente, ni siquiera sentía la punzada que produjo el fuerte golpe cuando cayó sobre el endurecido suelo. Su mente estaba ocupada trabajando en la mejor manera de solucionar una de las peores situaciones que nunca le pasó antes por la mente, ni se hubiera imaginado; sacar a Anna de ahí era su único enfoque.

—Tranquilas, tranquilos todos, por favor. La sacaremos.

Elsa empujó con fuerza a una de las chicas desconocidas que miraba formada en el círculo, pero no le importó si de hecho la hubiese tirado, todo lo que sus ojos buscaban era cualquier indicio que revelara la figura de Anna, pero el agujero por el que la pelirroja había caído, ya estaba cubierto de vuelta por una delgada capa de hielo.

Lo ordinario que debía de hacerse ya había comenzado sus labores, Pabbi, Kristoff y otros chicos se estaban acercando con las pesadas sierras siendo arrastradas con cuidado sobre la capa sólida, pero el tiempo para Elsa era insuficiente, casi podía escuchar los tic tacs del reloj retumbando en sus oídos. Su cuerpo funcionaba diferente, pero sabía muy bien que con la temperatura bajo el suelo, Anna tenía poco minutos para mantenerse con vida, y Elsa no estaba confiando en la ayuda voluntariamente humana de los expertos.

Si había alguien en ese lugar que podía hacer algo mucho más eficiente con ese poder desencadenante de la nieve y el hielo, era ella. Era Elsa.

No tuvo qué pensarlo mucho, las opciones para la rubia no existían, todo lo que deseaba era sacar a Anna de aquellas aguas independientemente de que eso determinara el futuro incierto de sus días.

—Kristoff —llamó débilmente. Y pese al casi susurro de su voz, el muchacho pudo oírla, se echó un mechón de cabello rubio hacia atrás y la miró, batallando entre enfocar la mirada en la otra rubia y el esfuerzo de cargar una de las pesadas sierras rompehielos.

—Por aquí, Kristoff, aquí —señaló con el pie —. Haz un agujero lo suficientemente grande para dos personas justo aquí.

Kristoff la miró, confundido, Elsa seguramente se habría reído con aquella mirada del montañero, pero en ese momento no tenía tiempo para sentirse ofendida sobre cualquier cosa que pensara la gente de ella, aunque eso implicara que la tildaran de demente.

—Sí, eso haremos, pero ahora…

—Aquí, Kristoff —demandó con vehemencia, con una autoridad que no daba permiso a la negación —Tienes tres minutos y no más. No te pases un minuto, Kristoff, por tu maldita vida, no te pases un minuto.

—Elsa…

La mano enguantada de Eugene se posó sobre su brazo, pero la rubia no le dio la menor importancia, se sacó sus propios guantes y los patines, echándolos a un lado sobre la pista.

—No —dijo el chico, pero él sabía que ni aun haciendo uso de toda su fuerza la detendría. Las intenciones de la platinada le brillaban en los ojos, fijos y decididos, no iba a detenerse hasta ser ella misma quien sacara a Anna de aquellas frías aguas invernales —Por favor… no.

—Ayúdalos —pronunció la platina como una orden, cuando no quedaba más que en ropa ligera —Y dile a Kristoff que radié por un helicóptero, que se comuniquen por la operadora a ArendCorp y envíen el nuestro —se detuvo y entregó la chaqueta a su amigo —. Diles que por cada segundo que pierdan para llegar aquí, se irá todo un año de su trabajo a la basura.

—¿Qué vas a hacer? Elsa.

Pabbi y el resto de la multitud habían ignorado lo que ocurría en la otra parte de la pista, hasta que las sierras se desviaron del sitio donde ya debían estar cavando y notaron a la rubia deshaciéndose de sus gruesas prendas. La preocupación se cernió entonces en la mente del anciano montañero.

—Elsa, si entras ahí tendremos dos chicas a quién sacar ahora. No podemos…

—No les voy a pedir permiso.

Y antes de que cualquiera tuviera tiempo de respirar, la empresaria se alejó corriendo de la multitud hasta llegar a la capa delgada cerca de donde Anna había desaparecido, dar un salto y dejarse envolver por las mismas aguas heladas por las que su pelirroja tan querida se había hundido.

—¡Elsa!

Eugene sostuvo la mano de la secretaria de cabellos rebeldes, halándola hacia sí y evitar que fuera corriendo tras la rubia. El muchacho se había quedado estático, pero a diferencia del resto de la multitud —y a excepción de Aurora—, Eugene sabía que Elsa estaría bien, que Elsa no podía actuar de otra manera y de que ella sacaría a Anna a como diera lugar.

—Rápido, Mérida, hay que urgirlos —fue su demanda.

Eugene tomó la sierra que Kristoff hundía en el hielo y empujó junto con él. Érick y Phillip ya se estaban haciendo cargo de otra, sus rostros estaban enrojecidos por el esfuerzo, pero tenían un gesto de coraje en él como si estuvieran luchando contra una bestia salvaje. Pabbi había despejado la zona para evitar más accidentes o el entorpecimiento del rescate.

A lo lejos, en una de las orillas, una asustada Ariel se comía las uñas. A pesar que el daño no era propiamente dirigido hacia Anna, ya no se sentía como una villana victoriosa. Dentro de ella, el miedo invadió sus pensamientos y realmente se sintió mal por la situación. Ya no quería ver a Elsa metida en ese problema, ya no quería provocarla, ya no sentía la necesidad de hacerle daño. Si pudiera, ella misma habría escarbado para rescatar a Anna. Lo hubiera hecho. Estaba arrepentida.

Pero no era la única.

Los años en los que una infantil pecosa corría tras ella para llamar su atención pasaron intempestivamente por la mente de Rapunzel. Valoró las comidas que compartieron juntas, aun aquellas donde Anna solía abrir la boca mientras masticaba los alimentos para causarle náuseas a su hermana mayor por la comida revuelta. Valoró los tiempos en la misma cama, mientras Anna hacía sus tareas, leyendo en voz alta enfurruñada en su infantil aspecto, y la rubia fingía que la escuchaba. Y echó de menos otras cosas; echó de menos las tardes en el florido jardín de la casa que las recibiera a cada una en sus respectivos nacimientos, con Anna correteando alrededor de ella mientras que ella se perdía en la lectura de una de sus tontas revistas de belleza. Echó de menos los partidos de volibol que ponían a su pequeña hermanita tan feliz cada vez que salía triunfante… Echó de menos sonreír cuando veía sus pecas, y sus ojos que no tenían un color en específico. La echó de menos solo a ella.

A Anna.

Se sentía la peor de las tontas. Se sentía una imbécil. Se sentía como si toda su vida la hubiera pasado buscando un tesoro en el jardín del vecino, cuando tenía uno mucho más valioso al otro lado de su habitación, uno que correteaba alrededor suyo, intentando llamarla, hacerse parte de su vida. Pero Rapunzel simplemente la había ignorado. Nunca antes la creyó más digna que ella. La amaba, eso lo sabía, nunca se perdió uno solo de sus partidos; tuvo un gran contentamiento cuando la pelirroja ingresó a la misma universidad que ella y de manera triunfante, pero nunca se lo dijo. No le decía que la quería, o que era importante para ella. No se reía de sus chistes, no le decía que era bonita. Y Anna era todo eso. Anna era increíble. Solo deseaba ahora tener en sus manos el giratiempo de Hermione Granger, volver atrás y entrar a la penumbra de la habitación de Anna, con una caja de galletas óreo en las manos para compartirlas con su hermanita, a la que de manera ruin se las había arrebatado a base de mentiras infantiles. Tal vez invitarla a ver una de sus películas que la mayor consideraba ridículas, tal vez jugar, tal vez reír con ella.

Un momento. Rapunzel solo pedía un momento con su hermana. Un destello de ella.

—Sálvala… Elsa.

Fue su rezo, y literalmente Rapunzel juntó las manos y clamó.

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Como era de esperarse, Elsa no sintió el piqueteo de las aguas congeladas como cualquier mortal las hubiera sufrido, como agujas clavadas en todo el cuerpo, como navajas mortales. La temperatura estaba bien para ella, de hecho, no la sentía para nada irregular a pesar del frío que había experimentado momentos antes. La única corriente que le calaba los huesos, era la de un pánico atándole el corazón, como si en cualquier momento la presión lo fuera a hacer estallar.

Abrió los ojos luego de sumergirse y buscó desesperadamente cualquier indicio que revelara el menudo cuerpecillo de Anna, y no tardó en encontrarlo. El destello naranja, que se había liberado del gorro abrigador, se extendía alrededor de su cabeza. Ella ya no se movía.

No era una experta en el nado, como en ningún deporte, pero en ese instante no podía hacerle competencia ningún ser que hubiera nacido con aletas bajo ese hábitat. A nado veloz, logró llegar hasta la joven y la sujetó fuerte por la delgada cintura. Quería hablarle, quería que ella le hablara, quería que pudieran conversar en ese instante, cualquier cosa, cualquier cosa que le dijera Anna sería jubiloso para Elsa, pero el cuerpo de la chica estaba inerte, pálido, cerrado, y obviamente frío.

Alzó la vista, esperando encontrar el agujero que las sacaría de ahí, pero solo alcanzaba a divisar pisadas borrosas.

Veía las sierras haciendo su trabajo, y sabía que los chicos trabajaban con el esfuerzo destilando sudor de sus frentes, pero aun así resultaban muy lentos, y Elsa se desesperaba; ella podía dominar el frío, pero no estaba exenta de ahogarse y Anna tampoco, los tic tacs volvieron a resonar en su mente y sus ojos azules aguardaban despiertos, mirando de un lado hacia otro.

Finalmente una sierra se hundió, la rubia vio el filo de la herramienta penetrar la capa de hielo e intentó esperar, con la poca paciencia y oxígeno que les quedaba en sus pulmones. No era suficiente. Nadó un poco más hacia arriba y miró el cuerpo inmóvil de la pelirroja sostenido por ella.

No importaba lo que pasara, por Anna siempre valdría la pena.

Alzó la mano que tenía libre con un movimiento recto y en milésimas de segundos, el hielo se rompió, haciendo un agujero más grande que el que podían haber logrado cavar los chicos. Sin perder tiempo la rubia se desplazó hacia arriba llevando a Anna asida con fuerza por la cintura. Al hacer contacto con el aire respiró con fuerza y de inmediato expuso a la pelirroja para que fuera sacada del agua.

El primero en moverse fue Érick, quien junto a Eugene halaron el cuerpo de la deportista para tenderla lejos del agujero. Kristoff y Phillip se encargaron de Elsa, aunque prácticamente, ella hubiera podido salir sola.

La ropa le goteaba pesadamente, tanto que le quitaba el equilibrio, pero eso no impidió que los primeros pasos de la rubia la condujeran a Anna, su Anna. Los cabellos cobrizos estaban tendidos sobre el hielo, ella permanecía inerte, aun. La piel se le había puesto del mismo tono pálido que la de la propia Elsa, los labios morados. Pabbi le estaba dando los primeros auxilios y junto a él, una llorosa Rapunzel le sujetaba fuertemente una de las frías manos.

Elsa se arrodilló justo enfrente de la descomunal pareja, su mirada enfocada particularmente en la única persona que la mantenía a la expectativa.

—Tiene los signos vitales demasiado bajos, posiblemente haya entrado en fase dos de hipotermia, a unos 36°. Necesito ropa seca, necesito calor para tratar de hacer fricción con su piel e intentar mantener menos fríos sus órganos vitales. Es complicado, debemos llevarla rápido al hospital.

—El helicóptero…

—Acaba de hacer aterrizaje en la superficie alta. Ya vienen por ella —el anciano hombre desvió su vista a la rubia y la examinó —. Elsa, ¿tú estás bien?

—Sí —dijo ella, sin notar siquiera la pregunta. El montañero la miró por otros breves segundos hasta que la atención se centrara en los paramédicos que bajaban la colina de nieve.

Los ojos de la rubia vagaron de Anna hacia Rapunzel. La mayor de las Von Bjornson estaba hecha un mar de lágrimas, su rostro tornado en carmesí, los orbes verdes centrados en el cuerpo de la deportista. Rapunzel le limpiaba el rostro con una mano, pasando gentilmente los dedos por las innumerables pecas de la niña.

—Abrázala —susurró Arendelle—, debes darle calor.

—Elsa —profirió la ojiverde, en un débil susurro.

Elsa se acercó a la muchacha y le extendió su brazo —Tranquila —fue lo único que se le ocurrió decir, aunque ella permanecía mortalmente asustada —. Estará bien.

Rapunzel dejó caer la cabeza en el hombro húmedo de la platinada. No esperaba encontrar calidez en la chica que la había atormentado en sus años más juveniles, pero sintió el abrazo sincero y aun cuando se sentía una reina malévola, Rapunzel la necesitaba. Necesitaba el consuelo de alguien, necesitaba el consuelo de Elsa. Si había una persona ahí capaz de entender su situación, era esa rubia que lo único malo que había hecho en su vida, fue pararse delante de Érick alguna vez, cuando todavía era una niñita de mirada triste y tímidos modales, y este cayera prendido de sus indescriptibles encantos.

El pulso de Anna se volvía débil, Elsa lo notó mientras sujetaba ligeramente una de sus manos, a pesar de la ropa seca que ya tenía encima y de los primeros auxilios recibidos.

Sintió la presencia de otra persona y desvió la vista de la joven Von Bjornson. Aurora se había abierto un espacio al lado de Anna y la abrazó cubriéndola por encima.

—El calor corporal es mucho más eficiente para contrarrestar el frío —profirió.

Los ojos y la fuerza mental de la joven Arendelle cayeron hasta la ignominia.

Ella no era calor.

Ella era frío.

Ella no podía estar cerca de Anna.

Soltó la mano de la chica y se incorporó para ponerse de pie. La ropa mojada no le había quitado el equilibrio de tal forma como en ese momento hicieron las palabras de Aurora. Elsa sabía que Paulsen tenía razón.

La vida de Anna no podría restablecerse con ella cerca, necesitaba alejarse. La metáfora de aquello le repiqueteó en el corazón, le dio de puntapiés, incluso un dolor más agudo y atroz que el que podían haberle producido a un humano cualquiera caer en las aguas congeladas en las que Anna había permanecido por algunos minutos. No era lo mismo. Era peor. Doloroso como una bomba explotando y llenándolo todo de una feroz radiación que tardaría años en ser limpiada.

Se separó de Rapunzel con un movimiento suave para no alterar más las emociones derrumbadas de la mayor de los Von Bjornson —Ella te necesita, es importante que le brinden todo el… calor posible.

La ojiverde le hizo caso, como si todos los años de enemistad hubieran desaparecido para no ser más que recuerdos difusos, cada vez más inexistentes.

Elsa siguió la trayectoria de la rubia cuando esta se recostó al lado de su hermana y la abrazó, pasando por encima de los brazos de Aurora. El dolor en la empresaria seguía punzante. No era algo novedoso, pero eso solo terminaba por confirmar que ella era nociva para Anna, que ella no debía siquiera atreverse a tocarla. Pensó que sus decisiones, aunque dudosas, habían sido las mejores al alejarse de ella. Posiblemente nadie lo entendería, posiblemente quien no conociera su historia la tacharía de cruel, de falta de tacto, de idiota. No diría que no era todo eso, pero las razones tal vez estarían equivocadas. Ella era capaz de hacer cualquier cosa por Anna, incluso si eso consistiera en arriesgar su propia seguridad y en abandonar para siempre ese amor que tenía por ella. El amor era, después de todo, así: sacrificial.

Elsa vio venir a los paramédicos vestidos de rojo, haciendo señales y trayendo una camilla consigo. Le resultaba increíble todo lo que había pasado desde entonces, y cómo esa camilla se usaría para transportar a Anna.

Anna. ¿Cuántas veces no se había repetido ya ese nombre en tan poco tiempo? Pero así hubieran sido montones de veces, seguían pareciendo insuficientes para la gentil rubia.

Si ella no lograba recuperarse, Elsa no podría quizás sobrevivir, nada en su ya —de por sí— triste vida tendría más sentido. De alguna forma, no compartir sus años junto a Anna era doloroso, pero si la pelirroja sobrevivía, al menos Elsa sabría que ella andaría por ahí, enjundiosa, natural, implacable. Elsa podía evocar a sus recuerdos y entender que la pelirroja sería feliz donde estuviera, que tendría hijos y que, de hecho, ella podría llegar a conocerlos; quizás tendrían la misma buena suerte de salir tan hermosos como su madre, inquietos, algo torpes y radiantes, con todas esas lindas pecas diseminadas por sus angelicales rostros.

Elsa se conformaría con eso. Y sonreía solamente imaginar que alguna vez podría abrazar a esos chiquillos, aunque no le pertenecieran a ella, aunque ningún lazo de sangre ni acuerdo legal los uniera con la rubia, sería tan feliz de que solo existieran. Y sería mortal para Elsa que Anna no volviera a abrir sus gloriosos ojos para ver llegar aquellos días.

—¡Van a trasladarla al hospital central! —Gritó el hombrecillo de montaña entre el ruido de las hélices del helicóptero.

—¡No! El centro de bacteriología se sitúa justo bajando la montaña… llévenla ahí.

—¡¿Al centro de bacteriología?!

Elsa se acercó al grupo de rescate y a Pabbi, bajando un poco la voz, mientras que un par de los camilleros auxiliaban a la deportista.

—Trabajan con partículas nucleadoras de hielo, es el lugar indicado para hacerle contrarrestar la hipotermia —Y luego se volvió a tomar la mano de Rapunzel, que aguardaba a sus espaldas, atenta —Créeme, no hay otro sitio más seguro para ella.

La rubia asintió —. Sí, lo que tú digas —Y se apartó para cederle el mando.

—¡Dense prisa, por favor, porque ya se están demorando lo suficiente!

Elsa se alejó de la multitud, directamente a la camioneta que Eugene había conducido hasta las montañas, no deseaba escuchar más, ni se atrevía a presenciar el momento en el que Anna sería transportada al helicóptero, en ese instante, solo deseaba hundirse de nuevo en aquellas frías aguas para huir de todo.

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Los guantes te ayudarán —le dijo Agdar, mirando resueltamente al hermoso par de ojos azules que lo contemplaban inseguros. Elsa siempre había confiado en cada cosa que su padre le dictara, para ella, Agdar era la imagen infalible de ninguna otra persona que ella conociera y llegara a conocer jamás.

Pero… papá, tú sabes que puedo congelar hasta los metales… yo no…

Créeme, cielo, estos guantes tienen un poder especial que neutralizará tu habilidad para que no congeles accidentalmente las cosas.

Y por varios años, el placebo funcionó, hasta que una alta y risueña Elsa de ocho años estuvo lista para controlar lo que su padre llamó "poderes especiales".

Ni siquiera Superman puede hacer estas cosas, eres única, cariño.

La sonrisa de la pequeña se curvó ampliamente cuando la mirada enternecida de su madre, que permanecía atenta desde el fondo de la habitación, brilló con ese amor que pocas veces era expresado con palabras, afirmando las palabras de su esposo. A pesar de su situación, ella era feliz.

El Centro de Bacteriología era propiedad de la familia de Arendelle. Agdar lo había adquirido varios años atrás como una forma de mantener en privado las investigaciones realizadas a la extraña habilidad de su única hija para manipular la nieve y el hielo. Elsa había pasado en ese sitio los primeros años de su infancia; sus primeros pasos los había dado entre aquellos largos pasillos de paredes grises, y recordaba haber despertado muchas mañanas bajo un techo claro, impecable, sin ninguna mota de suciedad, en una habitación construida especialmente para ella, rodeada de paredes azules —su color favorito— y adornadas con copos de nieve cazados por las delgadas manos de un muñeco de nieve al que ella había llamado cariñosamente Olaf, y con el que solía hablar a menudo, preguntándole cosas que nunca le eran respondidas, compartiéndole cucharadas de su taza de yogurt. Le gustaba su habitación, porque tenía además una enorme ventana a través de la cuál podía vislumbrarse la imponente Montaña del Norte, la pequeña rubia amaba los amaneceres contemplando la belleza natural de aquella mítica montaña cubierta de vestidos blancos; a menudo solía contarle a Idun que algún día subiría hasta la cima para construir un enorme y bonito castillo de hielo y Elsa de hecho, lo había dibujado.

En el camino para dirigirse hasta ese lugar, la rubia se preguntó si aquél dibujo permanecía enmarcado en el cuadro que Agdar había colgado al lado de la puerta, y si ese pequeño lugar en aquella parte remota del planeta, seguiría siendo tan acogedor como sus padres lo habían acondicionado para su hija.

Esos eran los misterios que la gente jamás conocería de ese enigmático sitio, nadie en la calle se preguntaría la causa esencial que lo llevó a erigirse justo a las faldas de esa montaña. Nada, ni nadie que conociera la poco creíble historia y se conmoviera de sus desafortunados hechos, podría alterar ahora los recuerdos de Elsa, sus padres habían invertido tiempo y esfuerzo suficiente solo para ayudarla a ella, y esto tenía ocupado parte de su corazón.

El movimiento brusco de la camioneta la sacó de sus pensamientos. Eugene conducía sorteando los caminos lo más veloz que le fuera posible. De cierta forma, él también estaba preocupado por Anna, no la conocía completamente, no como conocía a Elsa o a Mérida, pero había escuchado tanto de esa joven a lo largo de dos años que prácticamente sentía como si hubiera crecido de la mano de esa chiquilla de las pecas. Elsa la amaba, y lo que Elsa estimaba, Eugene también lo hacía. Así que si Anna era importante para su mejor amiga, también lo era para él.

—Estará bien, Els. Lo sabes.

Elsa destensó los largos y finos dedos que llevaba torturando hacía minutos —Es lo que creo, pero no voy a mantenerme tranquila hasta verla de nuevo golpeando balones en una cancha de volibol.

La rubia desistió de acompañar a Rapunzel en el helicóptero, lo que menos quería era provocarle más bajas temperaturas a la deportista, así que cedió su lugar para Pabbi, Érick, la rubia y… Aurora, que no se le despegó a Anna en ningún momento.

Las instrucciones de Elsa habían sido lo suficientemente claras para que al llegar al Centro de bacteriología, la pelirroja fuera sometida de inmediato por las mejores manos que pudieran atenderla, Elsa no confiaría en nadie que no fuera su propio doctor, y cuando ella, Mérida y Eugene atravesaron casi corriendo los pasillos, se encontró con los padres de su amor secreto esperando en una de las elegantes y llamativas salas del hospital.

—Elsa —llamaron ellos cuando la rubia reveló su presencia —Nos hemos enterado. Anna va a ponerse bien, ella va a recuperarse.

—Ella… estará bien, Eridan, sí… la hemos traído a un lugar seguro. Te prometo que… —desvió la mirada de Eridan, que la sujetaba por los hombros, para girar la vista a toda la familia —les prometo que no saldré de aquí hasta que se haga por Anna lo infinitamente necesario para restablecerla.

—La están reanimando ahora —dijo Érick, quien había prestado más que su simple ayuda en cada momento que le fue permitido, Eugene, de hecho, estaba comenzando a estimarlo —. Escuché que los médicos han dicho que solo es necesario regular la temperatura de sus órganos vitales para que salga del shock, pero que las esperanzas son confortables.

—Sí, mamá —completó la rubia, tomando de las manos a la menuda mujer que comenzaba a resquebrajarse —, ella va a estar bien. Debemos confiar en que se está haciendo lo mejor y solo es… cosa de esperar… Y es todo —sonrió —. Dios, ha pasado tanto en apenas unas horas de la mañana.

El meticuloso Olsen se había reservado en el silencio, esperando en su propia meditación cualquier avance en el estado físico de Anna. Estaba seguro que Elsa no mentía, estaba seguro que Anna volvería a ser la chica risueña que él sentaba en sus piernas para contarle horripilantes historias de monstruos que tanto le fascinaban a la pecosa. Confiaba en que todo saldría bien para su hija, confiaba en Elsa.

No obstante, siempre había tenido dudas acerca de qué tantas prácticas se llevaban a cabo en ese lugar. Olsen sabía que Agdar lo había adquirido e invertido en él más que una justa cifra para modificar su estructura y que estas quedaran a su diseño ideal, el sujeto acostumbraba a darse ese tipo de lujos.

Al principio, tenía entendido que Agdar le estaba costeando un significativo regalo a su esposa, que repentinamente se había obsesionado con estudiar las bacterias de hielo. Lo que nunca le fue revelado, es por qué Elsa tuviera qué pasar el tiempo ahí, jugando entre sombríos pasillos que no eran el sitio ideal para una pequeña que comenzaba su crecimiento y necesitaba experimentar la libertad que todo niño merecía para ser feliz.

Él apenas conocía a la pequeña Elsa, la pareja de Arendelle se había tomado la molestia de presentarla en dos eventos formales ante personas de la más íntima confianza, no más, y la niña rubia les había robado el cariño desde que sus ojos azules les sonrieron a él y a Eridan cuando le acariciaron los dedos y ella cerró su pálida manita alrededor del índice de Olsen. El viejo Von Bjornson tuvo el presentimiento de que esa pequeña no era una niña ordinaria, aunque siempre atribuyó esos pensamientos a la sangre real que corría por sus venas, según el noble linaje de su familia.

Pero además de su sangre azul, Eridan había hecho hincapié en el descomunal aspecto de la niña, resaltando su cabellera platinada, tan brillante como una cálida puesta de sol; no eran como los de Rapunzel. La hija mayor de los Von Bjornson tenía la peculiaridad de poseer dorados mechones de cabello, lacios y hermosos, pero los de Elsa resultaban pálidos, como el color de la luna quizás, tan pálidos como su curioso tono de piel, Olsen le había preguntado a Idun si la niña estaba completamente sana, la respuesta había sido positiva, pero el joven de aquellos tiempos siempre se preguntó si la temperatura corporal de la pequeña Elsa, era normal que estuviera tan fría. Idun ignoró esa pregunta y Olsen no volvió a hablarles de eso, pero una vez finalizada la recepción, Eridan le había contado el repentino frío que sintió cuando las ojos azules de la niña la miraron sonrientes.

Una niña hermosa, decidió la pareja, nacida bajo extrañas condiciones y prácticamente desaparecida del ojo público por varios años. Cuando Olsen le preguntó a Agdar por esta rareza, él le dijo que necesitaban tratar los efectos que el accidente —del que poco hablaban— había dejado en su esposa, y la niña solo debía estar ahí, con ellos, cerca de su madre.

Ahora que Elsa estaba parada delante de él, con la ropa emanando una fría humedad, los recuerdos de todo aquello que lo inquietó por aquél entonces le habían resurgido, y con ellos las dudas que nunca se atrevió a preguntarle a su amigo Agdar, pero antes de que pudiera proferir cualquiera de ellas, una enfermera —o lo que parecía una enfermera—, les salió al encuentro, dirigiéndose directamente hacia la rubia platinada.

—Señorita de Arendelle, el doctor Oaken me ha enviado para atenderla —Olsen dejó las preguntas para después.

—¿Qué? —Preguntó la muchacha, aturdida, no había reparado en sus propias necesidades desde que Anna cayera en aquél hoyo congelado, porque claro, ella no importaba —Yo-yo estoy bien.

—Caíste en aguas bajo cero, Elsa, eso no le debe hacer bien a nadie —Rapunzel habló, con un tono de voz tan suave que Elsa nunca le había escuchado para dirigirse a ella.

—¿Cuánto tiempo estuvo sumergida en el agua? —Preguntó de nuevo la ácida mujer, anotando números en su tableta laminada, sin prestarles la mínima atención visual.

—No lo sé. Tres, cinco minutos, no estoy segura.

—Nadie fue consciente del tiempo —. Replicó Eugene, sintiéndose irritado por el trato duro de la enfermera —¿Quién va a estar contando el tiempo cuando su vida corre peligro?

—¿Fue usted quien se metió al agua, o fue ella?

—Claro está, ¿no es así? No soy yo quien está destilando gotas de hielo.

—Entonces limítese a mantenerse callado, por favor.

Eugene titubeó, pero el enojo le hizo ahogar las ásperas palabras que deseaba gritarle a aquella sádica mujer. Rapunzel le lanzó una breve mirada y el chico alcanzó a notar una media sonrisa dibujada en su enrojecido rostro. No era el momento de hacerse el payaso.

—No puedo decirle cuánto tiempo estuve sumergida en el agua, pero no fue mucho, porque me siento bien.

—Tome asiento, voy a tomarle la temperatura —ordenó de nuevo la enfermera, sin mucho tacto, y las manos del joven puertorriqueño se empuñaron crispando los dientes. Ahora la que sonreía era Elsa.

—Puedo asegurarle que me encuentro bien.

—Puedo asegurarle que no hay una chica ahora dentro de la cámara microondas, y eso no significa que sea verdad, porque, de hecho, hay una chica en la cámara de microondas justo ahora.

—Sí —dijo la rubia —ella es la razón por la que todos estamos aquí.

—Bien, como podrá darse cuenta, señorita de Arendelle, asegurar una cosa no es la verdad absoluta, así que siéntese y permítame revisarla, que no quiero tener confrontaciones con el doctor Oaken a causa de una niña malcriada.

—Elsa…

—Está bien, Eugene —lo calmó la rubia, tomando asiento en uno de los sillones color hueso que adornaban la elegante y cómoda sala de estar.

El centro de bacteriología no era un hospital, pero a menudo se usaba para atenciones especiales, así que el equipamiento era minimalista y muy pulcro, y el ambiente bastante hostil y frío. No se esperaba otra cosa.

La enfermera era joven y con una belleza diferente a las costumbres noruegas, alta, delgada y con una piel morena bastante llamativa; posiblemente rondaba los treinta años, pensó Elsa. Y quizás sería una practicante en especialidades de intercambio, tenía un ligero acento francés y el cabello poco concordante con el resto de las mujeres que ella pudiera traer a la memoria, porque Elsa casi conocía a todo el personal de ese edificio, y ella no recordaba a esta joven enfermera de ojos verdes.

La muchacha colocó un instrumento helado dentro de la boca de Elsa y otro bajo su axila, y esperó. El silencio se hizo un acompañante más dentro de la sala, con la atención de todos centrada en las indicaciones clínicas de la peculiar enfermera.

La joven alzó ambas cejas una vez comprobada la temperatura de uno de los instrumentos médicos, y todavía fue posible enarcarlas más cuando comprobó el resultado con el otro termómetro. Observó su reloj de mano con movimientos torpes.

La temperatura estaba bajo cero.

—E-estás… completamente… fría —esbozó, con una voz diluida en todo el asombro reflejado en su morena cara —In-incluso más que la… chica que acabamos de ingresar a la… ¿Cómo es que no has perdido tus sentidos?

Cada par de ojos se fijaron extrañados en la mujer. ¿Qué había dicho? Eugene estaba a punto de estallar en carcajadas. Las carcajadas de Eugene no eran discretas. Elsa lo miró de reojo.

—¿Cómo es que… sigues viva?

—Tengo un organismo fuerte y resistente al frío… al parecer —mencionó la empresaria débilmente. El puertorriqueño se volvió del otro lado para contener la risa, sufriendo espasmos.

—No, chica… me refiero a que tú estás congelada por dentro… eso no es normal, eso es mortal, eso…

—Es la adrenalina, Esmeralda… —un sujeto alto y robusto, con los ojos azul cielo y rostro bonachón, apareció por el pasillo y se acercó con las manos metidas en los bolsillos de su bata blanca —A veces la adrenalina hace que las condiciones del cuerpo se alteren, pero no quiere decir que sean fatales.

—Doctor Oaken —la enfermera llevaba su mirada entre Elsa y el doctor, los ojos abiertos como platos —ella está…

—Ella está helada —resolvió el hombre, con un tono divertido en la gruesa voz —. Yo la atiendo, Esmeralda, muchas gracias. Ocúpate de las observaciones en la cámara microondas.

La enfermera lo obedeció, pero seguramente más por inercia que por voluntad propia, claramente ella no había salido del asombro y caminó de espaldas hacia el pasillo, con los abiertos ojos todavía puestos sobre Elsa, estupefacta. Hasta que se perdió de vista.

Oaken sonrió de medio lado —Si me disculpan, se las devuelvo en un momento.

La rubia se dejó conducir hasta una de las orillas de la sala, unos considerables metros lejos del resto de los visitantes. Una vez cómoda sobre el reposabrazos de otro sofá forrado en piel, la muchacha bajó la mirada a sus manos entrelazadas, esperando sin duda, un bien merecido regaño.

—Elsa —resopló el médico.

Elsa levantó tímidamente la cara, con un gesto notablemente preocupado, Oaken pudo ver en aquellos claros ojos a la enternecida niña que corría por los pasillos seguida de una estela de hielo tras de ella. No pudo evitar sonreír ocultamente, Oaken sabía que aquellos años habían sido resguardados en la profundidad de un baúl de siete candados para ser suplantados por esa calculadora mujer que tenía ahora delante.

—Te juro que estoy bien, Oaken, y que solo lo hice porque se trataba de Anna, ella me necesitaba y yo no la iba a dejar ahí; no tienes qué preocuparte por mí, ahora solo quiero que veas por ella. A mí solo me importa Anna, Oaken.

—¿Y crees que no lo sé?

La mirada del corpulento doctor era todo menos ceñida, miraba a Elsa de manera consoladora, como si estuviera metido dentro de sus zapatos, pero también tenía ese tono que implicaba que su charla tampoco iba a ser muy amable.

—Entonces sabes que no podía evitarlo.

—No. Y que no pudiste pensar en algo mejor que meterte en el agua —Elsa iba a protestar, pero él la acalló —. No es un regaño, es una afirmación, Elsa —se incorporó un poco en todo su largo y robusto cuerpo, para relajar y destensar los indiscutibles músculos bajo su blanca bata —. Anna va a estar bien, no te preocupes por eso. En éste momento solo le están aplicando ondas calientes para equilibrar su temperatura, es cosa de esperar lo que son minutos para tenerla de vuelta. Has hecho bien al traerla acá.

—La mejor noticia que puedes darme.

—Me preocupas tú. Te has expuesto demasiado hoy.

—Lo sé, pero no había opción. Se trata de Anna. No me importa nada más, Oaken, solo quiero que ella esté bien. Es todo, te juro que es todo lo que me importa. Puedes encerrarme aquí para siempre, el mundo puede mandarme a un estúpido circo vistiéndome con un patético traje de colores, y los dedos pueden acusarme de lo que quieran, pero si esto volviera a ocurrir, yo iría de nuevo por ella.

—¿Sabes una cosa, Elsa? —Continuó el médico, más relajado —Me alegro que te hayas alejado de Anna aquella vez, era necesario, de otra manera hace mucho que tu naturaleza hubiese quedado al descubierto.

—No me fui para protegerme a mí, Oaken, lo sabes, lo hice para protegerla a ella.

El médico la observó, pasando una de sus gigantescas manos por su pálida frente.

—Es increíble lo poderoso que se ha vuelto.

Elsa quiso decirle algo a Oaken, pero justo en ese momento escuchó sonar su teléfono móvil en los pantalones de Eugene. Eugene enseguida le dio acceso a la llamada. Era su madre.

—¿Sí…? Lo sé, madre, aunque no imaginaba que se hubiera hecho noticia tan rápido… Yo-yo estoy bien, no te preocupes. A Anna la están estabilizando…

Hubo otro cargado silencio, en el que solo la pluma de Oaken se escuchó garabatear en su tabla —. Sí, por supuesto, no había otro lugar mejor para disponerla… No, no te preocupes, Oaken se está encargando de todo… Sí, claro… Seguro que sí, madre… También te amo.

Elsa suspiró. Luego bajó la mirada y se puso de pie para acercarse a los conocidos que aguardaban en la sala —. Mi madre ha dicho que cuentan con ella para lo que necesiten, y desea que Anna se recupere pronto. A ella le gustaría estar aquí para apoyarlos.

—Ya lo hace, Elsa —dijo Eridan, acercándose a la joven para sujetarla por los hombros y poder hablarle de frente, casi, porque Elsa era notoriamente más alta que Eridan — Tú eres su hija y hoy has salvado la vida de nuestra pequeña niña.

Elsa parpadeó.

—No es válido si se trata de Anna… haría lo que sea por ella… lo que sea.

Luego se arrepintió de sus palabras, pero no se dio tiempo para componerlo, Rapunzel cortó cualquiera de sus aclaraciones —Estás húmeda, podrías pescar un resfriado. Necesitas ropa seca.

—Tengo la chaqueta de Eugene.

—Pero no lo demás, Elsa. ¿Cómo has podido andarte por ahí con la ropa mojada y fría? Cielos, querida, estuviste en aguas congeladas, tú no deberías estar tan campante como ahora.

—Elsa tiene un organismo muy resistente al frío, el loco de su padre la traía frecuentemente acá cuando era niña porque quería que aprendiera sobre una de sus ocultas pasiones: la bacteriología del hielo. Así que la pequeña Elsa se expuso de manera exagerada a las bajas temperaturas prácticamente, desde que era un bebé.

—¿Eso es posible? Suena de… fantasía.

—Yo me esperaría cualquier cosa del loco de Agdar —rugió Olsen —Cuando le entraba algo a la cabeza, difícilmente le salía, hicieras lo que hicieras para cambiarle la opinión. E Idun no es tan distinta, eh. Mira qué pasarse la vida metida entre cavernas de hielo.

—Suena fantasioso —lo interrumpió Oaken —pero es real. Sin embargo lo que Elsa tiene ahora es un bloqueo por la adrenalina que la invadió en el momento del accidente, su organismo se contrajo y sus órganos trabajaron con el calor que su actividad le produjo. De todos modos, Elsa, no está demás que te cambies esa ropa, porque cuando los efectos de la adrenalina comiencen a ceder, entonces podrías cambiar el papel con Anna.

—Voy a pedir una bata…

—No, tonta, necesitas ropa seca.

Las manos delgadas de Rapunzel se pasearon por el cuerpo húmedo de la empresaria, palpando. Mérida, que hasta entonces se había quedado junto a uno de los pilares, abrazando su cuerpo y en un silencio exitoso, se puso de pie.

—Vamos a pedir esa bata para quitarte la humedad, Eugene puede ir a casa y traerte lo que necesites.

—Claro —dijo el chico, adelantándose unos pasos, cuando fue impedido por otra débil voz, una que ya le estaba haciendo nido en alguna parte importante de su cuerpo.

—Uhm… yo te acompaño.

Los cabellos del joven puertorriqueño revolotearon ante el jalón que sacudió su cabeza, no se esperaba de ningún modo aquello, y de algún modo aquello le gustaba. Y le gustaba mucho.

—Vamos —Rapunzel entregó su mochila a su madre y caminó delante de Eugene, rumbo a la salida, pero se detuvo cuando escuchó al chico balbucear.

—N-no tienes qué molestarte, yo-yo…

—Es una chica — dijo ella —, necesita cosas de chica, no creo que estés familiarizado con eso.

La media sonrisa que Rapunzel le dirigió, de nuevo, estaba volviéndose mortal para Eugene, y a pesar que él tenía bastante conocimiento de las necesidades que podían apremiar a la rubia —pues bastantes veces él le preparó un equipaje adecuado—, fue movido discretamente por la mirada de la platinada para que se quedara callado y simplemente aceptara la compañía. Así que guardó silencio y le entregó a Mérida las cosas de Elsa, buscando las llaves de la camioneta en el bolsillo de su pantalón.

—Todo está en el armario — indicó Elsa a Rapunzel —, no necesitas llave para nada; solo dile a Kai que necesitas algunas cosas y él no opondrá resistencia a que busques donde lo requieras.

—Perfecto. ¿Vamos, Eugene? —Expresó la chica, otra vez, con esa maldita sonrisa de medio lado que tantos estragos causaba al estómago del puertorriqueño.

Eugene siguió a la rubia hasta la salida, quien antes de perderse por los pasillos, volvió su rostro sonriente para dirigirse a Elsa.

—Muchas gracias por salvar a mi hermanita —Y se fue.

Mérida aprovechó para tomar por el brazo a Elsa, que ahora debatía entre comenzar una charla con los padres de Anna, o continuar la examinación con su médico —. Vamos a conseguir una habitación.

—Bien —Elsa respondió de buena manera, agradeciendo el detalle y la oportunidad para alejarse de las personas en ese momento, y echó una rápida mirada a su doctor, que seguía de pie junto a ella —Oaken nos mantendrá informados de los mejoramientos de Anna… solo debemos esperar.

—Dentro de pocos minutos estará volviendo en sí. Me retiro para corroborar el proceso. Elsa… después paso a revisar de nuevo tu temperatura. Con permiso.

Luego de que el médico se retirara, la rubia lanzó una esforzada sonrisita a los padres de la pelirroja, mismos que le devolvieron el gesto, urgiéndola para tomar el merecido descanso. Y al fin Mérida se la llevó.

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Anna cerró el libro y leyó el título de la portada por tercera ocasión, comenzando a dar los primeros sorbos a la taza de yogurt que Eridan le había llevado hace poco. No se sentía cómoda con todas las atenciones que estaba recibiendo, su recuperación mejoraba a grandes pasos y ella se sentía con todas las energías para salir al jardín a jugar con Sven, pero aun lo tenía prohibido, así que Rapunzel le facilitaba todo el material con el que Anna podía entretenerse, haciendo a un lado los videojuegos para interesarse curiosamente en alguna buena lectura recomendada. Y al parecer la actividad le estaba gustando.

—¿Lo has terminado tan pronto? —Preguntó la hermana mayor, recostándose a su lado para beber de su propia botella de yogurt.

—Es el mejor libro que he leído en toda la vida.

Rapunzel rio —Lo mismo dijiste de Harry Potter cada vez que te leías un nuevo volumen.

—¿Sabes? —Reflexionó la pelirroja, bebiendo de su taza —De alguna forma, Harry tiene una ligera similitud con Oliver Twist: ambos eran huérfanos, y también eran ingleses.

—Wow… admiro mucho tu asombrosa manera de profundizar en las historias, ya puedes postular para el nobel de literatura —se burló la ojiverde. Anna le dio un golpecito en el brazo.

—Me he leído seis libros en esta semana, compréndeme un poco.

—Entonces deberías parar.

—¿Y morirme del aburrimiento?

—¿Por qué eres tan exagerada? —Rapunzel se incorporó, revisando la mensajería entrante en su teléfono móvil —Podemos decirle a mamá que estás lista para salir a caminar al jardín.

—¡Sí, por favor! —Chilló la pelirroja emocionada —Dile ahora.

—Ahora no, Aurora acaba de llegar y desea verte.

La emoción de Anna se evaporó en un instante, pero pudo ocultarla tras esos brillantes ojos aguamarina que permanecieron falsamente sonrientes.

—Uh… vale.

La rubia caminó hacia la puerta y antes de abrirla, se volvió para mirar a la chica que ya estaba tumbada de nuevo sobre los gruesos almohadones de su cama, hojeando el libro que hace rato había abandonado con pereza.

—No me morí, Rapunzel.

—No, no lo hiciste, tonta, pero me metiste un susto de muerte.

La pelirroja no supo qué responder, solo fue capaz de arrugar la nariz y expresar su sonrisa más encantadora de medio lado.

—Gracias por preocuparte por mí.

—Por mucho que te odie a veces, o me saques de mis casillas —sonrió —, te quiero mucho, Anna. Siempre voy a estar agradecida con Elsa por haberte salvado.

Y luego se dio la vuelta y se marchó, dejando a Anna sumida de nuevo en sus pensamientos.

Habían girado tantas veces hacia todas direcciones, pero el punto particular es que aterrizaban siempre en donde mismo: en Elsa. Anna podía recordar casi todo a la perfección.

No se habría esperado que las cosas resultaran de aquél modo. Fueron segundos, segundos en el que los papeles se habían invertido de tal forma, que la salvadora se convirtió en la necesitada, en la víctima. Y le resultaba ridículo y vergonzoso aceptar aquello. Anna iba a rescatar a Elsa, y al final, Elsa terminó arriesgando su vida por ella. Qué mundo tan irónico. No sabría cómo es que iba a mirarla de nuevo a la cara la próxima vez, si había una próxima vez.

Se dio la vuelta en la cama y volvió a pensar en lo mismo, la sensación de caer en el agua congelada, la entumición de todo el cuerpo, la luz de la mañana perdiéndose mientras el hielo se formaba de nuevo ante sus ojos adormilados, luego la silueta de Elsa caer —aunque en aquél momento había creído que formaba parte de sus desvaríos a causa de su estado—, tuvo una sensación de vida, como un despertar de entre los muertos, cuando aquella rubia cabellera iluminó de nuevo su vista, como si de una lámpara muy refulgente se tratara.

Eso fue todo lo que vio, después solo sintió, o creyó sentir un jalón hacia arriba, pero para ese entonces sus ojos ya estaban cerrados, y su mente la llevaba a un lugar de ensueño donde la luz no se difuminaba, donde todo era más claro que las aguas a donde había caído, y donde se había encontrado de nuevo con su ángel de rubio cabello platinado.

Lo que supo después, es que había entrado a una cámara que lanzaba efectos de ondas para restablecer su temperatura y traerla de vuelta al mundo de los vivos, y una vez que despertó, habían pasado dos semanas recuperándose en casa, dos muy largas semanas donde la gente entraba y salía de su habitación. Rostros diferentes, de personas con las que nunca había hablado antes y de familiares desconocidos hasta entonces.

Siempre buscando a un solo par de peculiares ojos azules cada vez que se abría la puerta, y sintiéndose cada vez más decepcionada por no verlos aparecer, aunque Rapunzel le había dicho que pasaba con frecuencia para preguntar por su estado de salud, rehusándose a entrar a su habitación para conversar con ella, alegando por toda ocasión la llamada del trabajo.

Anna prefería no escuchar esas partes, así que cuando Rapunzel se las comunicaba, ella fingía estar entretenida con algo más, y minimizar el dolor que golpeteaba dentro de su cuerpo. ¿Para qué la había salvado Elsa, si no quería ni siquiera volver a ver su rostro?

Anna estaba llorando cuando Aurora entró a su recámara.

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Aurora era buena, esa mañana le había llevado un par de pastelillos de nata que a la pelirroja tanto le fascinaba degustar. También le ayudaba con algunos deberes y le ponía al tanto de las cosas que Mulán y Jane no la enteraban, aunque estas eran mínimas porque sus jóvenes compañeras de clase eran profesionales a la hora de captar cada nueva noticia; de ese modo se enteró que de la noche a la mañana le habían salido admiradores por doquier que deseaban conocerla más "íntimamente", señaló Jane entre comillas, un hecho que a Mulán no le había causado ninguna gracia, según Anna creyó ver; Jane y Mulán estaban tan cansadas de eso que le dijeron a algunos que Anna era lesbiana, la travesura le sacó a la pecosa trocitos de pan de queso que recién había comido, lanzando una risotada que a sus padres tampoco les había agradado, y prohibieron a las chicas que volvieran a mentir sobre ese asunto. Este acto puso triste a la deportista.

Nunca antes de aquello se había cuestionado su sexualidad como había hecho durante esas dos semanas, porque tenía tiempo de pensar en muchas cosas; pero un día, mirando aquella serie nueva de una sexy vampira que comenzaba su relación romántica con una mortal, Anna decidió que simplemente ella era diferente, y que le gustaba Elsa, y que eso la convertía en una chica gay, una cualidad que no le molestaba si no fuera porque no parecía estar en gracia de sus padres ni de Rapunzel, y había días en los que Anna se sentía valiente y otros días en los que solo se ponía a lloriquear por pensar en aquello. Luego se preguntaba si sus padres la rechazarían aun si ella les decía que la chica que amaba era Elsa, la hija de sus mejores amigos, la mujer que acaparaba los titulares de economía, un excelente partido para cualquier persona, pero entonces su semblante decaía cuando su mente la sentaba sobre la silla de clavos y un verdugo con el rostro oculto bajo una grotesca máscara de cuero le dictaba amargamente que Elsa no sería para ella. Entonces Anna lloraba de nuevo, porque luego de aquellas mortales clases imaginarias ella no se miraba con ningún chico, por lo que debía aceptar que definitivamente iba a tener problemas con sus padres, y buscaba el modo de decirles que ni siquiera era gay cuando les hiciera frente, que ella solo era "Elsasexual".

Mientras mordía su panqué de nata pensaba y sonreía sobre sus pensamientos, sin saber qué exactamente le decía Aurora, Anna solo sonreía y masticaba, después se inmolaría por aquella burla, ya que estaba segura que Aurora realmente sentía algo por ella, y por eso estaba ahí, casi todos los días.

—… Por lo que ahora ya es oficial que Rapunzel y Éric no volverán a estar juntos.

—¿Qué?

Finalmente, algo había captado la atención de Anna.

—Lo que escuchaste, es oficial, Éric y tu hermana han roto relaciones definitivamente.

—¿Pero eso por qué?

—¿No me escuchaste? Ellos han acordado llevarse como amigos y en serio lo están cumpliendo, esta vez parece creíble. Además… hay otra cosa.

—¿Qué cosa?

—¿Ahora sí me vas a prestar atención?

—Te la estoy dando desde que llegaste.

—Va a crecerte la nariz hasta Australia, pequeña Pinocho.

—Solo dime.

—Bien —dijo Aurora lacónicamente—, se rumora que Rapunzel ha comenzado a salir con otra persona.

—¿Qué cosa?

La joven Paulsen resopló —Tus padres deben dejarte salir de aquí ya mismo. Tú lo conoces, es ese chico amigo de Elsa.

—¿Eugene?

—Fitzherbert, exacto.

Anna giró los ojos hacia arriba, dejando de lado el panqueque e imaginando cómo se vería Rapunzel de la mano de Eugene, ella creyó que se veía genial y asintió.

—Lo apruebo, Eugene es guapo y encantador, quiero ser su cuñada.

—¿De verdad? —preguntó Aurora, estudiando el semblante jovial de Anna —Nadie sabe nada de él, y parece que tu padre ha comenzado a investigarlo.

—Es el mejor amigo de Elsa, debería de ser suficiente. Y yo sé algunas cosas sobre él: es latino, rico y encantador, ¿qué más quieren?

—Además de que supongo que ser latino, rico y encantador no me parecen cualidades suficientes para salir con una persona, he sabido que tus padres difieren hacia él.

—¿Que cómo?

—No sé mucho, así que no preguntes, pero de estas veces que me he pasado a verte me ha tocado escuchar algunas charlas. Elsa no ha dicho mucho sobre él y eso desespera a Olsen, Eridan está en el medio pero sabes bien que tu padre es quien finalmente toma todas las decisiones en tu hogar.

—Rapunzel es mayor, ella decide con quién salir.

—Dile eso a tus padres.

Anna colocó el panqué sobre el buró y pasó sus brazos sobre su regazo, mirando escrutadoramente a Aurora —Ellos deben entender, no les pertenecemos, nuestras vidas no son como una masa de plastilina a su merced para que ellos las amolden. Si Rapunzel está dispuesta a ser feliz con un chico del que no se conoce nada excepto que es el amigo de una mujer de mucha confianza para ellos, entonces eso debe bastar para que ella luche por… su amor o lo que sea que tenga con Eugene. A mí me agrada, es muy simpático.

—¿Y crees que ella lo haga? La conoces mejor que nadie, debo suponer.

—Yo lo haría.

La rubia observó a la pelirroja, que había vuelto a devorar su panqué. Una media sonrisa se dibujó en sus rosados labios y endulzó su voz para hablarle de nuevo.

—Entonces… ¿ya les piensas salir tú del armario?

Decenas de trocitos de panqué volaron por el aire y cayeron a los pies de Aurora.

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Anna se dio vuelta en la cama por trigésima vez, titiritó de frío y se echó la sábana hasta el cuello, con las manos aprisionadas entre sus piernas.

¿Así que Aurora se había dado cuenta de lo suyo con Elsa? Bueno, acerca de que ella estaba enamorada de la rubia, la verdad es que no le importaba que lo supiera en lo absoluto, pero era raro hablar particularmente de ese tema con otra persona, si apenas sus sentimientos se iban esclareciendo como el cielo se despeja de las nubes luego de una fuerte tormenta.

—No deberías preocuparte porque esté enterada —había dicho la rubia, alisándose los pliegues de su fina falda de diseñador—, no deberías preocuparte por mí de ninguna forma, sino por ti. A tus padres no parece gustarles la idea de que alguna de sus hijas salga con otra mujer. Y como recién has dicho que Rapunzel debería revelarse, pues simplemente yo…

—Cuando crea necesario que mis padres deban enterarse, yo se los diré, pero ahora no tengo ningún motivo para hacerlo —fue la respuesta de Anna, observando su panqué, ya sin apetito, solo para evitar la pregunta del cómo Aurora había llegado a esa conclusión, pero eso lo preguntaría en otro momento.

—¿Ni por Elsa?

—Menos por Elsa, yo no tengo nada con ella, ninguna oportunidad, y tampoco creo tenerla en el futuro.

Aurora no sabía si enojarse por aquello, porque ciertamente le escocía el corazón, o reír por el puchero inconsciente que la pelirroja había dibujado en su rostro. Se decidió por sonreír sin que la estudiante lo notara.

—¿Ninguna?

La pelirroja suspiró —Elsa no me quiere en su vida. Fin del tema.

Los ojos azules de la joven Paulsen se cernieron fijos sobre la pecosa, en un silencio breve que comenzó a sentirse muy incómodo —¿De verdad lo crees?

—Ella me lo dijo.

—¿Y tú lo crees? ¿Después de que te salvara la vida de esa forma? Sabes lo que pasó, apuesto que la cronología de eventos te fue contada tal cual sucedió y ahora hasta su nombre resalta entre los sublimes héroes históricos de Arendelle, no me extrañaría que de pronto tenga un monumento con su imagen o sea canonizada, ¿y tú realmente piensas que lo hizo solo por "echarte la mano"?

—Bien, Aurora, estoy segura que Elsa me quiere; de algún modo, a su manera, me quiere, pero ella no lo hace lo suficiente como para sacar su vida del armario, y ciertamente no deberíamos estar hablando de ella cuando no está presente, no es correcto.

—¿Así que tú piensas que Elsa te rechaza porque no quiere aparecer en los medios con un titular sacándola del clóset nada menos que con la hija menor de los Von Bjornson? Que de paso, fueron los mejores amigos de su difunto padre, para variar. Sería un escándalo, ¿no es así?

—Algo así.

—No imaginé que eso te importara —Paulsen se preguntó internamente si a Anna le importaría lo mismo si se tratara de ella y no de Elsa, porque de verdad que a Aurora no le preocupaba ninguna estúpida nota que hablara de ella con Anna, Aurora estaría orgullosa de haberla conseguido, de hecho. Eso era algo que definitivamente iba a preguntarle.

—Es claro que no es por mí, yo no tengo la fama de Elsa.

—Bueno… —musitó la rubia —¿entonces a ti eso no te afecta?

—¿Tú qué crees? Más de lo que debería.

Aurora se tomó de nuevo su tiempo, pero Anna supo que ella no perdería la oportunidad de decirlo, sintió los cálidos dedos de la única descendiente Paulsen y luego su delgada voz inundó su espacio cada vez más espeso —¿Y eso te cierra a otra mujer?

"¿Qué demonios me vio Aurora?" Se preguntó esa noche la pelirroja, mientras deambulaba con sus pensamientos en aquella gruesa oscuridad de su habitación, recostada de lado sobre la cama, aun tiritando de frío. "¿Qué demonios?".

Anna se creía insignificante, insignificante al lado de aquellas dos rubias mujeres que de alguna forma pusieron sus azules ojos en ella; para variar, rubias y de ojos azules, las dos. No podía decir que aquello no la sonrojaba, pero era obvio que Anna quería hacer sentir aquello en Elsa, y no en Aurora, porque ciertamente Aurora no le gustaba para algo más allá que una sólida amistad, como la que había sido por ese tiempo. Y Anna era honesta con la gente, así que eso fue lo que le dijo, de cualquier forma, intentar esconder que Elsa tendría su corazón bajo llave por mucho tiempo sería imposible.

"Maldita rubia", pensó Anna, "maldita rubia y malditos hermosos ojos que tiene". "Maldito cabello plateado, maldita sonrisa, malditos labios… maldita toda, maldita ella". Se llevó las manos a la cara y gimió sonoramente.

—Ojalá te comiera una vaca y no te volviera a ver, pero estás ahí, con ese perfecto rostro y esa perfecta figura que se balancea cuando caminas como si demandaras la atención de cada persona en cualquier lugar donde te presentas… Un metro, ochenta centímetros, setenta kilogramos, te he calculado… zurda…

—Espero que no estés hablando de mí, porque sinceramente no quiero ser comida por una vaca con siete hileras de dientes, nunca he soñado con ser masticada lentamente siendo confundida con heno. Ah, y no mido un metro con ochenta, son ochenta y dos centímetros y setenta y dos kilogramos. A menos, claro, que te refieras a otra persona de maldito cabello plateado.

—Elsa… ¿qué haces aquí?

La rubia se sentó sutilmente a la orilla de la cama de la pelirroja, sin haberse ocupado de encender la luz, Anna había tenido el rostro cubierto y musitaba cuando la empresaria abrió la puerta y se internó en la habitación de la menor de los Von Bjornson.

—Vine a verte.

—Son las dos de la mañana.

—Son las nueve, Anna, deberías ajustar ese reloj.

—¿En serio? —Anna miró su reloj de mano —Rapunzel —gruñó —. No importa, ¿a qué has venido?

—Ya te lo dije, a verte.

—¿Después de un siglo?

Elsa titubeó, confundida —No ha pasado un siglo.

—Ash, no entiendes una exageración. Es obvio que no, ¿acaso tienes Asperger?

—No, pero podrías centrarte en lo racional y…

—Tengo diecisiete, fantasear es parte de mi vida, ¿tengo permiso de ser infantil lo que me resta de mi adolescencia? En unos días seré mayor de edad y ya puedo ponerme a pensar sobre las verdades exactas del universo y las matemáticas avanzadas.

—¿Estás en tus días?

La pelirroja resopló y se dejó caer de espaldas contra las almohadas, mirando hacia el techo.

—Si estuviera en mis días ese panqué estaría embarrado ahora en toda tu linda cara.

—Me alegro que el panqué siga en su sitio. Y que consideres linda mi cara.

—Desespero por quitarlo de ahí y desmenuzarlo sobre algo liso. Y tampoco eres tan linda, no te sientas súper modelo.

—Está bien, Anna, ¿qué te tiene en este estado?

—¿En serio lo preguntas? —Anna se incorporó quedando de frente con Elsa, no muy apartada de la empresaria —No has venido a verme en semanas y estoy segura que tu problema no era el trabajo.

—Contraté a una sexy y joven asistente hace pocos días y te entero que a la muy insensata se le ocurrió meterse a nadar en aguas frías, ¿querías que estuviera contenta? La improvisada casi muere por la hipotermia que pescó, ¿qué diablos pensaba que era? ¿Un pingüino con pecas?

Anna bufó, cayendo de nuevo sobre las almohadas —No sabía que podías ser tan odiosa. He sido infantilmente engañada por tu bonito rostro. La etiqueta debía advertir: apariencia de ángel, quítele la máscara y ha comprado usted un demonio.

Una sensación helada se posó sobre sus labios, y de pronto Anna creyó ver estrellitas dando vueltas sobre su cabeza, y después… de nuevo esa soledad en su boca, el vacío en su estómago; aquél beso había durado apenas unos instantes, que si la joven tuviera el poder para encapsular el tiempo, el mismo hubiera sido guardado en una bonita esfera navideña.

—Silencio, tonta —dijo Elsa, y Anna fue envuelta en unos cálidos brazos que se ajustaron a ella por detrás, en un astuto movimiento que la dejó mirando hacia la ventana, mientras el tibio aliento de Elsa le golpeaba delicadamente la nuca —. Me quedaré a dormir contigo esta noche, porque tu padre ha dicho que me extrañas y que a menudo te despiertas a mitad de tus pesadillas llamando mi nombre.

—Eso no es verdad.

—Eso… —respondió, besando sus pelirrojos cabellos —es lo que Rapunzel y tu madre han confirmado.

—¿Por qué te llamaría?

—¿Por qué me extrañas? —un sonido de réplica le hizo esbozar una sonrisita a la rubia y continuó hablándole quedamente —Tú querías salvarme de aquellas temibles villanas, gritaste mi nombre antes de empujarme contra el hielo y luego te hundiste en aquellas aguas que casi te arrebatan la vida.

—Pero no lo hicieron, me salvaste. Y no son para nada temibles.

Pasó un segundo en el que solo se escuchó la orquesta sinfónica de una familia de grillos en el jardín, la pelirroja sintió un apretón posesivo sobre su cuerpo, que le fue más efectivo que las sábanas —Pero tuve miedo… fue… la sensación más terrible que he experimentado en la vida… tuve mucho miedo, Anna.

—¿Por qué? —susurró.

—Porque no me importa dónde estés y con quién estés, mi vida siempre va a estar conectada a la tuya, si tú me faltas, también me muero. Yo no puedo existir si tú no lo haces, es tan difícil de explicar como la física cuántica.

—Eso no está bien, no deberíamos depender de ese modo.

—No deberíamos, Anna, díselo a mi corazón, porque el necio no quiere hacerme caso.

Sin pretenderlo, Elsa comenzó a arrullar a la pecosa, Anna no se dio cuenta del efecto tan tranquilizador que solo la voz pacífica y dulce de la rubia provocaba en ella.

—¿Y aun así no quieres que estemos juntas?

—Solo puedo venir por instantes, no puedo quedarme para siempre contigo.

—¿Por qué no?

—Porque cada vez que me acerque a ti, será como repetir aquél fatídico accidente; cada vez que siquiera te toque, será como una caída a esas aguas heladas que por poco te arrebatan de mí.

—No entiendo lo que dices.

—No tienes qué entenderlo ahora, solo confía en mí. Créeme.

Anna comenzó a sentirse adormecida, aun en contra de sus intentos para mantenerse despierta, alcanzó a lanzar otra pregunta —¿Elsa… tú me amas?

—Ssshh… —musitó la rubia, besando de nuevo sus cabellos —duerme.

—Elsa… ¿y si morimos juntas? Si ambas no hubiésemos salido de aquellas aguas, y solo te hubieras quedado ahí… conmigo…

—No… yo de verdad anhelo conocer a tus hijos, Anna. Tú siempre fuiste bonita, con esas pecas, y esos ojos de ningún color y todos los colores al mismo tiempo… ¿no te gustaría ver reír a un pequeño pelirrojo mientras corre de la mano de su traviesa prima de ojos verdes?

Anna sonrió, con los párpados cada vez más pesados.

—Sí… pero también he soñado con pequeñas rubias de ojos azules… —una risita se escapó de los labios cerrados de Elsa —pequeños platinados de ojos azules… —bostezó —y poderes de hielo…

Los ojos cobalto se abrieron de par en par.

—¿Cómo?

—Luego los veo corriendo por pasillos de pareces grises… y una luz al final… Olaf… una luz… en una noche estrellada… tú a mi… lado… y luego ya no estás…

—Anna, ¿qué?

—¿Aun tienes… ese… esa cicatriz en forma de copo de nieve cerca de tu pecho…? Rapunzel dice que tengo un copo de nieve en mi espalda… por el cuello…

—A-Anna…

—No te olvides de descongelar la habitación antes de irnos a dormir… mis padres podrían descubrir que… tú… y… también mira hacia abajo… dejas escarcha por donde ca… minas…

—Anna… —llamó Elsa, levantándose para enfrentar su rostro.

Pero finalmente Anna se había rendido al sueño…

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En serio muchas gracias por guardarme paciencia y continuar por acá, si tú eres de los lectores que solo les gusta leer y aun me sigues, de verdad, muchas gracias.

Agradezco expresamente a todas las personas que han dejado un comentario en el capítulo anterior:

Dichiro: gracias por entenderme :') Sí, por favor, un abrazo de consolación \(u.u)/

Loreley: la intimidad viene, solo que no deseo algo arrebatado, todavía me queda esclarecer algunos puntos acerca de por qué realmente Elsa quedó prendida de Anna, si me esperas un poco, esa parte vendrá :—) Y yo de verdad necesito a una matemática en mi vida ahora, ese ofrecimiento es tan lindo de tu parte :') ¡Gracias! P.D. ¿Dónde te pido la ayuda? Ja, ja, ja.

Elsa-ookami: Gracias :—)

Passenger: ¿me extrañaste también esta vez? :—/

Ichui: tengo esa palabra en mi lista de palabras por usar, y no te miento, realmente tengo una lista de esas palabras XD Así que gracias por el aporte ;—)

Rawr-Uke: me encanta tener nuevos lectores y cuando son hombres me resultan tan enternecedor *-* Bienvenido a la familia Elsanna :—)

Frank Lester: 3 Sos un amor enorme, y tan fijado en los detalles que yo te extrañaría si un día te llevaran los extraterrestres 3

Lore: me encantó tu review, lo he leído tres veces porque creo que va a servirme para los capítulos que vienen. Muchas gracias por venir a leer mi historia, espero que esta siga manteniendo tu atención. ¿Has leído a FrostDan? ¿A Fran Lester? ¿Ese fic llamado Talismán? Son realmente buenos, están todos en español, si no los has leído, venga, te los recomiendo :—)

Shiryuu Celas: Ja, ja, ja, ¿puedo decirte que amé tu review también? XD Ha sido muy gracioso leer todo eso, de verdad, una espera ser leída, pero cuando un lector/a viene a expresarte lo que tu escritura le ha gustado es… wow… simplemente es como un café por las mañanas :') ¡Muchas gracias! Espero que sigas leyendo esta historia :-D

DattebayoC: como puedes ver, he andado un poco apartada por acá que no he podido pasarme por tu historia, espero compensarte la ausencia. ¿Por dónde quieres que le den a Aurora? XDD

YiyeCX: Sí, Elsa es toda una cabrona XDD No puedes describirla mejor, aunque yo la llamo sutilmente "perra" XDD Y creo que se pondrá más cabrona en adelante… espero :—I Ahora, ¿puedo saber qué personita te ha recomendado leerla? :-D Dímelo, ¿sí? :-D

Karlakym: acá tienes otro, espero que te guste :—)

Nerr: sobre Hans… hum… bueno, él tiene una segunda aparición prevista, y no va a ser buena :—/ Espero que en este capítulo se entienda un poco las razones de Elsa por ir y venir con sus decisiones u.u No es tan mala, solo está algo… ¿Qué opinas ahora de las principerras? XDD

StrabGirl: espero que ya no odies a Elsa… ¿la odias aun? :—O Espero que se le comprenda un poquito :—/

Guest: la historia tiene un final, solo que yo tardo por el trabajo, pero por supuesto que jamás la dejaré colgada :—) Gracias por escribirme :—)

Por su atención: MUCHAS GRACIAS \ :—D / —Se levanta la capa y se eleva en el aire— ¡Escóndanse, villanos!