AQUÍ ESTÁ OTRO PEDAZO DE ÉSTA HISTORIA, NO OLVIDEN COMENTAR QUE ME INSPIRAN :D

Eran las 7 a.m. William dio un bostezo pero lo supo disimular. El helicóptero estaba tomando velocidad y el ya había revisado los controles, se puso los audífonos y despegó en cuanto se acomodaron el Capitán y el vampiro.

El paisaje era oscuro y desolador, prefería la luz y a decir verdad la mansión le causaba un poco de temor. Pero Integra le había dicho que se acostumbraría después de unos días, esperaba que fuera cierto.

El examen que le había hecho su nueva ama había sido difícil, pero su habilidad era inigualable, una puntería tan certera y precisa que no requería de un arma, solo necesitaba una aguja para perforarte el cerebro. Y él apenas tenía 22 años y estaba en óptimas condiciones físicas, tenía una agilidad casi sobrenatural y su cuerpo alto y desgarbado era fuerte.

El destino no estaba ni muy lejos ni muy cerca. Sobrevolaba el lugar mientras les decía a los dos hombres como ponerse el arnés para aterrizar, pero cuando volteó a verificar ninguno estaba ya.

Los vio ir en caída libre y decidió marcharse, regresaría cuando fuera tiempo.

Alucard aterrizó con apenas un sonido hueco, Hans dejó sus pesadas botas marcadas en el suelo y levantó una pequeña nube de polvo. El vampiro caminó a su ritmo mientras se dirigía a la ciudadela, con el hombre lobo pisándole los talones. Su misión era buscar y destruir. Su objetivo: los soldados más importantes del Vaticano y sus experimentaciones, destrozarían todo el laboratorio y esperarían a los refuerzos de la organización, entonces Seras llegaría.

Hans olfateó el aire y pronto localizó a los centinelas, sacó su cuchillo de combate y corrió entre los árboles, sin darles tiempo de reaccionar cuando les seccionaba la garganta. Regresó al camino alternativo que tomaba el vampiro, éste olió la sangre y sonrió ampliamente. Mientras caminaba sacó la Jackal desenfundó una nueva arma, se sentía bien cargar una espada bastarda de nuevo, era una réplica exacta de su espada hacía 600 años, pero esta estaba hecha de una aleación de titanio reforzado y plata bendita, perfecta para destruir monstruos tanto humanos como inmortales.

Caminó cargando la espada como si fuera una vara de madera, pero por supuesto si un humano la usaba se partiría los brazos.

Escuchó el martillar de las Mauser de cañón largo del lobo, preparándose para la masacre.

El sonido de una alarma hizo sonreír al vampiro, sabía que esta batalla sería grande. Prometía que se divertiría de lo lindo.

–¿Listo animal? – preguntó mirando la masa de hombres que se arremolinaban tomando posiciones y armados hasta los dientes.

Un silbido en el aire y el hombre lobo ya corría disparando perforando los cráneos de soldados con cruces en el cuello.

Alucard caminó mientras las balas lo despedazaban lentamente, le faltaba la mandíbula, un antebrazo, tenía 40 impactos de bala en el cuerpo, su otro brazo colgaba apenas gracias a los músculos dañados. Un gatillo se accionó y el suelo reventó en sus pies.

Hans miró por encima de su hombro y una masa de sangre y pedazos de cuerpo ocupaban el lugar donde estaba el vampiro, sonrió ampliamente mientras pateaba a alguien destrozándole las piernas.

Silbó el aire y Hans esquivó la descarga de balas, sabía que si dejaba que le tocaran la plata lo mataría. Tomó una Stielhandgranate y la tiró hacia los soldados. La gran explosión mató a 8 y a otros los dejó sin alguna extremidad, William había hecho un excelente trabajo al modificar el mecanismo de explosión, eran tres veces más dañinas que las Modelo 24 de la Segunda Guerra.

Alucard se regeneró pero justo detrás de las filas de soldados, el filo de la espada los partió como si no fueran más que una hoja de papel, no encontraba la diferencia entre cortar huesos o cortar músculos y carne. Las balas no destrozaron la cuchilla como él creyó, sonrió y sacó la Jackal con la otra mano. Comenzó a disparar, la fuerza de regresión en la mano y la fuerza para cargarla se acumularon creando una sensación agradable en su brazo. Le gustaba hacerlo, le gustaba la matanza, le gustaba disparar, le gustaba cortar y hacer sangrar. Rió maniacamente mientras destrozaba a aquellos humanos sin oportunidad de vencer al rey de la noche.

Seras caminaba hacia el punto destino. Integra le había dicho que fuera a pie para revisar que sus armas estuvieran en buen estado, eso solo era una excusa para que ella usara el helicóptero con quién sabe qué propósito.

A pesar de estar a kilómetros de distancia podía percibir la locura de su maestro, sabía que cuando llegara ahí no le gustaría lo que vería. Apuró su paso para terminar rápido con el sufrimiento de aquellos hombres, a pesar de seguir un propósito ciego.

El Harkonnen rebotaba contra su espalda y con una mano evitaba que éste pegara contra el suelo. Trotaba a paso vampírico, la esencia de la sangre se hizo más y más densa hasta el punto que se detuvo para evitar un frenesí. Se contenía con todas sus fuerzas ante aquél deseo de beber, de arrebatar la vida.

Escuchó la risa de Alucard resonando y se colocó en la posición indicada, podía ver el campo de batalla perfectamente, pero sintió lástima por aquellos hombres, no eran más que pedazos de lo que alguna vez fue humano, sabía que su maestro ya había olvidado lo que era la piedad, incluso creía que jamás la conoció.

Hasta que llegas, chica policía

Maestro, ¿cómo…?

Recuerda que donde estés tú yo estaré también

Seras suspiró profundamente y comenzó a disparar a los hombres. Observaba como la sangre fluía de sus heridas, cómo reventaban los cuerpos dando paso a una gran masa de líquido carmesí brillante. El sol lo hacía ver todo demasiado irreal, demasiado rojo, demasiado…

Se sacudió ante la repentina excitación de la batalla, quería ir ahí y hacer lo mismo que sus dos compañeros, pero sabía que si lo hacía perdería el control muy fácilmente, se dedicó a disparar los enormes proyectiles, distrayéndose con el estruendo y concentrándose. Su maestro cayó muerto de nuevo, siempre dejaba que las balas lo impactaran para después burlarse del miedo en los ojos de los mortales al ver que éste renacía.

Miró a Hans y sintió de nuevo aquél nudo en el estómago, sabía que algo estaba mal, ¿por qué sentía eso si no le amaba? Sintió que debía disculparse, que debía decirle algo importante, recompensarlo. Su maestro renació y pronto sintió un desagrado enorme ante el hombre lobo, le causaba repugnancia, pero no supo porqué.

Cuando no divisó a ningún enemigo en unos buenos kilómetros, saltó del acantilado y cayó con una voltereta, hábito de la escuela de oficiales.

Trotó cerca de sus dos compañeros y les sonrió.

Hans la miró y sintió un odio ciego, un odio consumidor, y una calidez que borraba todo, un amor excepcional, sabía que ese imbécil del vampiro hacía algo, pero no podía detenerlo, tenía prohibido hacer algo al respecto por órdenes de Integra, y por más que lo deseara, órdenes eran órdenes.

Alucard miró la sonrisa de la chica y después miro sus esbeltas piernas, pronto la poseería, muy pronto. Seras miró al Capitán intentando descifrar ese sentimiento extraño. Sentía una opresión en el pecho, que no le dejaba hacer algo. ¿pero, qué?

Hans levantó el enorme cañón mientras veía a un súper soldado correr hacia ellos con una bayoneta de plata. En cuanto Hans haló el gatillo el vampiro se interpuso entre la bala para disparar desde un mejor ángulo, ignorante del cañón en su nuca.

BAAAOOOM

Alucard cayó desplomado muerto, de nuevo.

El balazo le había dejado la cabeza hecha un verdadero desastre, un pómulo tirado, un ojo aplastado por ahí, el enorme charco de sangre se hizo aún más grande.

Algo volvió a hacer clic en Seras, y ella seguía mirando a Hans, mirando esos ojos de hielo, leales y confiables, tristes y solitarios.

Como un reflejo se tiró a sus brazos mientras él se quedaba congelado. Lo apretó intentando decirle algo sin articular nada. Seras sintió los brazos de Hans alrededor de ella, y sintió una mano acariciarle el cabello.

Por más que buscó una interrogativa, sólo pensó en una afirmación, lo amaba, con cada maldita célula de su cuerpo, lo sabía perfectamente, pero de pronto sintió la rabia de su maestro, la rabia que solo había expresado cuando ella se había rehusado a beber sangre y descansar en su ataúd.

Miró a su maestro, estaba de espaldas pero estaba tenso, comenzó a caminar y Seras y Hans lo siguieron mientras se introducían a una entrada oculta entre los arbustos.

La iluminada ciudadela subterránea sorprendió a los tres, era como un hospital sacado de cuentos futurísticos.

Mataron a muy pocos humanos y destrozaron demasiadas máquinas de defensa, desde dispositivos de detonación, reconocimiento de identidad y torretas automáticas pegadas al techo.

Alucard caminaba en silencio mientras observaba las enormes salas. Encontraron a William esperando recargado a una puerta con una bomba.

Caminaron ahora los cuatro al corazón de las instalaciones y activaron la bomba, explotaría en 4 minutos, tiempo suficiente para salir, subirse al helicóptero y largarse de ahí.

William corrió por que tenían que tomar velocidad las hélices, mientras los tres seres no humanos caminaban por los pasillos llenos de aceite, metal y sangre, era un olor desagradable.

Al salir vieron el helicóptero levantando una gran nube de polvo y subieron.

A unos cuantos kilómetros de distancia la explosión retumbo en los oídos de todos, miraron cómo la nube subía como si el Infierno emergiera con fuerza desde la tierra.

Alucard se colocó las gafas y miró a otro lado, Seras se recargó en el respaldo y Hans cruzó los brazos y cerró los ojos.

Los volvió a abrir cuando sintió la presión contra su cuerpo, sólo para observar a una Draculina dormida recargándose en su cuerpo, la rodeó con un brazo y con la mano derecha rozó su mejilla. No pudo evitar sentirse bien, había olvidado todo su resentimiento.

EL aire silbó y la figura carmesí de un lado desapareció. William miró por la ventanilla y vio al vampiro ir en caída libre contra el suelo. La misión había llevado toda la tarde y el sol ahora se ocultaba detrás de las montañas mientras el frío se hacía presente.

Al llegar a la mansión todos se reportaron en el despacho de Integra, ella había dicho que llegaría en cualquier momento pero que la esperaran ahí.

Alucard no estaba presente y el Capitán sonrió. Sabía que se había enojado porque Seras Victoria había decidido acostarse en él y no es su odioso "maestro"

La chica policía miraba a William, era alto y desgarbado, y muy joven, pero aún así, mayor que ella, no se parecía en nada a Walter.

–¿Qué pasa Señorita Seras? – preguntó William sin siquiera voltear a verla.

Ella comenzó a titubear y bajó la mirada enrojeciéndose. Hans evito la risa a duras penas.

El sonido de la grava y un carro aproximándose puso a todos derechos. El sonido de una puerta cerrándose, los pasos de dos personas. Hasta ese momento Seras no notó que William no estaba.

La puerta se abrió mientras Integra entraba y William tomaba posición a un lado de ella. Al sentarse en el sillón y encender un cigarro Hans y Seras supieron que no estaba de buen humor.

–¿Dónde está Alucard? – preguntó severa.

–Saltó del helicóptero de regreso – dijo William.

–Mierda… – masculló conteniendo su rabia, pero ya no la quería reprimir.

Integra sobresaltó a todos cuando tiró las cosas encima del escritorio al suelo, creando un sonido estruendoso y dirigiéndose al enorme ventanal.

–Si él no llega a las cinco de la tarde, se las verá conmigo.

Hans sonrió aunque la sombra que proyectaba su gorra ensombrecía su cara. Seras se sintió mal por su maestro, sabía de que era capaz su ama y también sabía que su maestro era lo suficientemente estúpido para hacerla enfadar aún más. William simplemente mostró indiferencia.

Todos se retiraron, cada quien por su cuenta.

Hans se dirigió al techo del edificio, dejó que el sol lo bañara en aquel calor apenas notable.

Se paró de manos, mientras encontraba su equilibrio, descendió hasta que su cabello rozó el suelo y comenzó sus repeticiones.

Sus músculos ardían al llegar a 2000, se volteó y estiró los brazos. Trabajó desde las piernas hasta el cuello, con distintos ejercicios aprendidos y algunos creados. El sudor resbalaba por su brillante piel, olfateó el aire y siguió aquél rastro de humedad.

Saltó desde lo alto del edificio como si el suelo fuera una alberca, manteniendo una posición firme y elegante, justo antes de impactar al suelo, dio una voltereta para aterrizar con sus talones y rodó para amortiguar el golpe.

Siguió corriendo a toda velocidad el rastro, el profundo río se encontraba a unos 6 kilómetros que parecieron 600 metros. Llegó y se quitó la ropa, no detectó a nadie y se sumergió en el agua helada.

Se quedó bajo el agua un buen rato, podía escuchar el suave deslizar de los peces, las rocas que se iban con la corriente, toda la diminuta vida que se encontraba ahí y se fundió con ésta.

Al emerger vio aquella vestimenta amarilla y las medias blancas, las botas de color café.

Se quedó en el agua, era suficientemente oscura para que solo se viera su cabeza y nada debajo.

–Yo… necesito hablar contigo

– ¿Sobre qué?

–Sobre lo que me dijiste, de la decisión que tenía que… tomar… – se encogió ante la indiferencia de la voz de él.

– ¿Qué hay con eso, lo has pensado?

–Sí… – Seras se sentó en la hierba con las piernas encogidas y las abrazó.

Hans la miró profundamente, la situación era ridícula pero sabía que él nunca podría enojarse con ella, sabía que la perdonaría de cualquier manera, no podía encontrar su rabia mientras observaba aquella mirada inocente y juvenil, aquella cara que no había sido deformada por la guerra y la sangre, aquella piel siempre tersa y lisa.

Se hundió en el profundo río y sintió las convulsiones en su espalda, el calor lo invadió dando paso al enorme lobo gris. Emergió del agua y recogió su ropa con el hocico, las llevo detrás de un árbol y cambio su forma, se puso la ropa y salió al encuentro con la Draculina.

CÓMO VEN? XD NO HAY MANERA DE NO QUERER A HANS *w*

P.D. Si se perdieron un poco con los sentimientos de Seras, Alucard tiene mucho control sobre ella, con eso y un poco de imaginación claro que les queda en claro que le hacía por celos.