Nota: ¿Pensaron que tardaría meses en actualizar? ¡Pues no! (aunque no los culpo por la falta de fe XD).

Uso Peter para referirme a Coloso.


Jubilee estaba sentada en el suelo de su cuarto, partiendo cada uno de los cigarrillos que guardaba su cajetilla. Los arrojaba al suelo y seguía con otro. No deseaba encender un mechero para fumarlos.

No había llorado luego de hablar con John. A pesar de sentirse culpable.

—Yo no hice nada malo… yo fui la que estaba en la represa —susurró mirando el montón de tabaco y papel. Comenzó a desmenuzar los trozos que quedaban, con la punta de los dedos.

Sin embargo, a pesar de intentar convencerse de ello, se sentía culpable por lo que le dijo a John.

—¡Tú y yo no somos como ellos!

Eran diferentes. Ellos iban a estar el uno para el otro. Ellos se largarían juntos cuando se pusiera difícil. Porque siempre debían partir en algún momento, la mansión no sería diferente.

Pero él rompió esa promesa. Y ahora ella tampoco la cumplía.

—¿Por qué debería hacerlo? —preguntó al aire. Y sin importar cuánto tratara de convencerse que hacía lo correcto, sentía que algo estaba terriblemente mal.


La garganta de John ardía. Las lágrimas seguían cayendo, ahora silenciosas. Hacía unos minutos había abrazado sus rodillas y puesto la capucha de su sudadera, en su vano intento por dejar de temblar.

—Tú no la mataste —dijo la voz a su espalda.

Se sobresaltó, girando para ver a Logan. El hombre se dejó caer junto a él, enfrentado a las lápidas.

—Charles quiere verte. Prefirió no meterse en tu cabeza —agregó el mayor.

—¿Cómo lo sabe? —masculló, intentando tragarse su llano y secar sus lágrimas—.Usted no está con la Hermandad —le señaló, ignorando olímpicamente la última indicación.

—Porque lo hice yo.

El niño dio un respingo, irguiéndose un poco para ver mejor la expresión del mayor.

—¿Qué?

—Yo asesiné a Jean —dijo calmo, dolido, sin quitar la vista de las lápidas.

—Pero… —masculló asombrado.

—Ella ya no era nuestra Jenie —le explicó—. Era Phoenix y estaba haciendo daño a las personas. Debía detenerla.

John guardó silencio. Él quería saber más, pero no parecía un tema que Logan tocara seguido. Y él no se sentía con la fuerza para presionar.

"Phoenix. No Jean Grey". —No entendía del todo. Pero era la segunda referencia a Phoenix.

—Fue la primera en darse cuenta de lo que me habían hecho —confesó Pyro, imitando al mayor: mirada al frente. Sentía que le debía algo, luego de lo que le confió. Tal vez la implosión hizo que todos los muros se cayeran realmente, en él—. Ningún maestro antes… Ningún profesional me prestó suficiente atención como para notar las señales —le contó con voz neutra. Recordaba cuantas veces había caminado magullado por ahí, sin recibir atención—. Pero la doctora Grey tardó diez minutos en comprender. —Sonrió ante el recuerdo—. Hizo temblar todo lo de la habitación. Estaba muy enfadada.

Logan sonrió en respuesta. Sonaba algo tan del estilo de su Jean, que no pudo evitarlo. Luego miró la otra lápida.

—Scott fue el primero —le contó al niño—. Phoenix lo desintegró partícula a partícula —había algo frío en su voz. Como si intentara desapegarse de la idea.

—Él siempre fue un idiota —le tocaba a él.

Logan sonrió. No podía evitarlo, solo lo hizo. Hablar de amigos caídos no era común en él.

—Pero él me trajo aquí ¿sabes? —continuó el niño—. Era de noche y me metí a un depósito abandonado, que en realidad no estaba abandonado; pertenecía a una pandilla. Me magullaron un poco y hablaban sobre matarme para tirarme a un río. —Cerró los ojos esta vez—. Pero uno de ellos tuvo la grandiosa idea de encender un cigarrillo. —Ambos sonrieron en esa ocasión—. El incendio atrajo a Scott y Storm. Me estaban buscando, luego de que el Profesor me encontrara con Cerebro —se explicó—. ¿Sabes lo genial que se ve una ventisca empujando llamas y laceres rojos golpeando tipos?

Logan rebuscó en su bolsillo para sacar un cigarrillo, mientras aún sonreía, pero no encontró el mechero.

—¿Una ayuda por aquí? —pidió, señalando el cigarrillo que colgaba en sus labios.

Pyro chasqueó el mechero para encenderlo y lo acercó al cigarrillo. No sentía que pudiera manipular el fuego sin caer desmayado.

—Gracias —dijo en una exhalación—. Ya puedes ir con Charles… Y no te molestes en fingir que no sabes nada. Él lo descubrirá. Ya se me ocurrirá alguna buena excusa para que no se enfade —le prometió.

El niño asintió, poniéndose de pie con dificultad y dejando caer un agradecimiento antes de irse. Logan fingió que no se percataba de la dificultad que tuvo, prefirió salvar algo de la dignidad del niño; los tipos como ellos lo necesitaban.

—¿Cómo hacían para ser maestros hace tanto? —preguntó a las lápidas, cuando se halló solo—. Es agotador.


John hubiera adorado hacer un berrinche.

El Profesor había explicado la situación con Phoenix. Calmo, sin señalar a nadie con el dedo. A pesar, de que ante los ojos de Pyro, Charles Xavier y Erik Lehnsherr le parecían dos bastardos manipuladores, que usaron a personas como peones en su juego de ajedrez imaginario.

Hubiera adorado tener una rabieta. Pero estaba tan cansado. Se sentía enfermo y sentía al Profesor en su cabeza; calmando, manteniéndolo consciente, tratado de evitar el colapso que, tristemente, John esperaba que lo alcanzara de una vez.

Charles sabía que estaba pidiéndole demasiado a ese jovencito. Pero su responsabilidad estaba en protegerlo, porque él había confiado en su criterio alguna vez, cuando aceptó ir a su escuela. Su deber era aclarar ese malentendido que Bobby, llevado por su resentimiento, había desatado. Después de todo, Charles seguía siendo el adulto allí, a pesar de los diecinueve años de los niños. Él los había metido en eso.

—¿De acuerdo? —le preguntó al fin al niño.

—De acuerdo —aceptó en un murmullo.

—El analgésico te debe estar comenzando a hacer efecto —dijo como si no lo supiera, por simple amabilidad—. Debes querer ir a recostarte un momento.

John asintió silencioso, cuando alguien llamó a la puerta.

—Adelante, Storm.

—Profesor —dijo la mujer, sin caminar dentro de la oficina—. Solo quería informarle que llevaré a los niños pequeños a comprar un árbol de navidad.

—Está bien, Storm. Muchas gracias ¿Primero, podrías, por favor, acompañar a John a su habitación? Necesita descansar —le pidió.

Storm torció los labio en una mueca por una fracción de segundo, haciendo que algo se torciera en John… ¿Storm también?

—Por supuesto —aceptó casi de inmediato, acompañándolo hasta su habitación.

Storm era la maestra preferida de John. Lo fue casi desde siempre. Tal vez por ser niños de la calle que hicieron lo necesario para sobrevivir. Ellos se entendían. Les gustaba leer, les gustaba hablar sobre nuevas historias.

¿Le había fallado a ella también?

—¿Puedes meterte en la cama? ¿O necesitarás ayuda? —le preguntó ella, ya en la puerta. Fue amable, fue distante.

—Estoy bien —masculló él.

Cuando Storm se dispuso a marcharse, John solo no se contuvo.

—Lo siento —soltó el chico, haciendo que la mujer se detuviera para mirarlo.

—¿Por qué? —preguntó. Porque de verdad no lo entendía.

—No lo sé —aceptó—. Pero hice demasiadas cosas malas que no recuerdo —se explicó, bajando la mirada—. Lamento si te hice algo malo, Ororo.

—¿Por qué crees que me hiciste algo malo a mi? —No estaba segura de a lo que se refería.

—Hice cosas malas… —su voz estaba quebrada a ese punto. No podía creer que siguiera llorando. De verdad necesitaba esconderse debajo de mantas—. No me hablas desde que llegué, supongo que también te hice daño.

La morena sintió compasión por el niño. Notó que se estaba recargando en la puerta mientras hablaba y temblaba.

—Debes acostarte —recordó suave. Tomó el brazo libre de Pyro y abrió la puerta para acompañarlo hasta su cama. Lo ayudó a quitarse la chaqueta, mientras él pateaba sus zapatos, luego lo cubrió con las mantas.

A esa altura, a Pyro no le importaba qué tan bajo estaba llegando. Solo quería estar metido en su cama, hasta que el mundo parara. Deseaba dejar de ser consciente de todo el desastre a su alrededor; de manera indefinida.

—No me hiciste daño —le dijo Storm, sentada junto a él en la cama. Ella se comprometió a ayudar a los mutantes. No podía dejar que esto siguiera—. Tomaste decisiones diferentes —le explicó—. Y eso no es malo, John. —Extendió la mano para enjuagar las lágrimas del rostro ajeno—. Pero… te extrañaba. Y de repente estás aquí, de nuevo… Y tal vez, luego vuelvas a irte.

John guardó silencio, a pesar de desear decirle que él no estaba seguro de querer volver a ser ese John-de-diecinueve-años otra vez.

—Debes entender —ella hablaba suave. Casi una caricia. John no sabía si era ella o el hecho de que la bruma lo estuviera alcanzando finalmente—. Fue difícil acostumbrarse a que te fuiste. No creo estar lista para engañarme con la idea de que estás aquí, para luego dejarte ir otra vez. Creo que sería muy doloroso para mí —reflexionó—. Por eso pedí estar al margen de esto, a no ser que realmente me necesitaran.

—Lo siento —susurró John, con voz adormilada. Sus ojos se habían cerrado. Oyó una pequeña risa de Storm.

—No lo hagas —le pidió pasando sus nudillos por la mejilla del niño—. Solo creciste. Eso no es malo. No puedo obligarte a creer en lo mismo que yo.

Pyro se durmió con esa última frase.


—¿Alguna vez me enseñarás a usarla? —le preguntó Chuck.

Lisie estaba limpiando su arma. Tal vez era un hábito tonto, pero prefería tener algún hábito que solo esperar a que le dijeran qué y cuándo hacerlo.

—Tal vez cuando crezcas —replicó sonriendo, sin levantar la mirada.

—Ya tengo edad para usar un arma —protestó el rubio. Solo quería hacer algo para dejar de pensar por qué había robado el celular que tenía en las manos, si no tenía con quién hablar.

—Solo si tus tutores te dan permiso… y no te daré permiso —bromeó.

—No eres mi tutora —replicó rodando los ojos.

—Soy mayor que tú, vives conmigo —dijo en un encogimiento de hombros—. Soy casi tu madre, Chuckie.

—Si lo fueras, estarías durmiendo con algún bastardo —Martin cortó la conversación amigable. Tenía un humor demasiado pesado.

Chuck se preguntó por qué había contado ciertas cosas a Martin. Tal vez porque necesitaba ayuda cuando escapó de su casa y no tenía idea de adonde ir.

—Deja de ser un idiota un rato —le pidió Lisie de mala gana.

—Oh, no creo que eso suceda —replicó con desinterés—. Dejaron de buscarnos —anunció luego.

Los otros dos dieron respingos ante eso.

—Eso es bueno ¿no? —preguntó Chuck tímidamente.

—Ya no tengo jaqueca, eso es genial —dijo Martin.

—¿Crees que solo esperan a que bajemos la guardia? —Lisie conocía suficiente al tipo de cabello verde como para saber que no estaba tranquilo.

—No lo sé —aceptó—. Pero es probable. Insistieron demasiado como para solo rendirse.

—¿Eso qué quiere decir? —Chuck estaba asustado, pero se atrevió a hablar de cualquier forma.

—Saldremos de aquí esta noche. —No fue una sugerencia—. Estén listos, seremos discretos.

—¿Qué ocurre si eso es lo que quieren? Podrían estar esperando que hagamos eso para encontrarnos.

—Por eso dije que estén listos —gruñó—. No dejaré que nadie nos atrape —habló como si fuera un juramento. Luego salió.

—Vamos, Chuckie —Lisie hablaba, mientras en algunos movimientos rápidos armaba su revólver—. Preparémonos. En el nuevo lugar comenzaremos con las clases de tiro —le prometió, en un intento por sacarlo de su cabeza. El rubio parecía algo asustado.

Chuck sonrió un poco antes de caminar fuera para prepararse.

—Lamento que se haya roto la racha de paz, Chukie —se disculpó Lisie.

—No te preocupes —la consoló—. Creo que tengo más miedo en los momentos de paz, que cuando sé a qué temerle. —Le dedicó una breve sonrisa, demasiado triste para ese bonito rostro que tenía—. Cuando hay paz es como si… algo esperara en cada rincón para saltar sobre mi, en el momento más inesperado.

Lisie suspiró, cuando el niño salió. Era triste que se entendieran tan bien con esas cosas.

Hasta Martin debía admitir que ellos tres eran una familia, en términos retorcidos y patéticos.


John se despertó algunas horas más tarde. Se duchó y comió lo que le dejaron en una bandeja junto a su cama. No supo quién lo había hecho y tampoco le importó.

Luego volvió a acostarse para dormir el resto del día y la noche. No estaba listo para salir de su cama. Solo deseaba dormir por ahora y tal vez para siempre.


Un beso en su frente, mientras la mano derecha era estrechada por encima de su cabeza.

Sentía la piel cálida y el peso del cuerpo ajeno sobre el suyo. Pietro saboreaba cada sensación.

Otro beso, esta vez en la sien. Y un suave gemido escapó de su garganta.

Los ojos grises brillaban ante la luz de la lámpara de noche. El contorno de las facciones se enmarcaba por la luz anaranjada.

Un nuevo beso, esta vez en la mejilla, siguiendo su camino hacia abajo. Y el gemido se volvió un sollozo, porque la rápida mente del velocista había comprendido la triste verdad.

—¿Voy demasiado lento? —susurró la voz grave de Pyro.

—No estás aquí… —sollozó Pietro—. No estamos aquí, Johnny…

Pietro abrió los ojos, encontrándose en la oscuridad de la habitación que los X-men le habían otorgado. Un ronquido a su lado le indicó que Coloso, su carcelero personal, yacía dormido.

Otra vez había tenido uno de esos sueños que le hacían odiar su propia realidad. Porque los recuerdos eran tan dulces en comparación a la soledad que sentía embargar su pecho. Peor aún, luego de lo que le ocurrió a John ese día. Se preguntaba cómo se encontraba.

Observó la hora: Tres de la mañana. Resopló. Era pésimo horario para despertar. Sabía que no volvería a dormir.


—Estaba durmiendo cuando dejé su comida —dijo Rogue. No quiso hacer ningún comentario sobre el mal aspecto que tenía Pyro para ese momento. No parecía algo que le correspondiera.

—Debemos ser la peor generación de X-men —refunfuñó Kitty por su lado.

Los X-men más jóvenes hicieron una reunión rápida para ponerse al tanto de la situación. Al ser los menores, parecían ir de la mano, transitando el trabajo de héroes. Casi parecían alumnos en clases de apoyo extracurriculares. Solían hacerlas, incluso luego de las reuniones de todo el grupo. Storm y Logan eran demasiado lejanos a ellos en cuanto a compartir la experiencia de no saber qué hacer; siempre tan seguros, siempre líderes, desde que Scott y Jean faltaban.

—Dije que lo sentía —se defendió Bobby, sin expresión aparente. El rubio había compartido su equivocación y dado una vista panorámica de su conversación con Xavier. No había vuelo a la habitación compartida con Pyro esa noche. El sofá parecía oportuno.

—Lo sabemos, pero se supone que estamos en esto para defender a los mutantes —sostuvo Shadowcat—. Y creo que debemos recordarlo, si queremos seguir.

—No estás en la escuela, Kitty —replicó Jubilee, con un tinte amargo. Estaba sentada en un sofá con los codos apoyados en sus rodillas—. Nadie te dará una "A" por repetir correctamente el lema X-men del Profesor —la punzó—. Especialmente porque lo usas a tu conveniencia, mientras juegas a que recuperaste a tu viejo amigo.

La chica de cabello castaño pareció dolida por las palabras de la pirotécnica.

—Jubilee —Coloso le habló, pareciendo pedir paz con su tono amable. Él estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas—. Estamos tratando de aprender cómo hacer esto, juntos —recalcó bien la última palabra.

La de chaqueta amarilla apretó los labios en una fina línea. No había dejado de pensar desde su encuentro con Pyro. Tenía demasiadas cosas en la cabeza.

—Oigan, sé que es difícil —volvió a arremeter Kitty, como si solo estuviera deteniendo una pequeña riña de amigos, riendo suave—. Pero…

—No, no sabes un carajo, Kitty —la cortó Jubilee, enfadada—. John era mi mejor amigo. Y ya no lo es y de repente tengo que verlo aquí, fingiendo que nada ocurrió —se quejó, hablando rápido, triste, enfadada—. No digas que sabes cómo es —le ordenó—. Tú no esperabas ver a John en el Ave negra. Tú no te preocupabas por él, mientras tu vida pendía de un hilo —la acusó.

—Jubilee… —la llamó Rogue, en un tono suave.

—¡No! —la cortó—. Él no lo recuerda… y sé que estamos siendo malos con él, pero esto no es ni la mitad de difícil de lo que creen.

—Al menos a ti no intentó matarte —comentó Bobby mirando al suelo. Su voz era plana. El rubio no hablaba mucho sobre el tema, solo parecía molesto con todo, pero no hablaba realmente al respecto.

Jubilee se detuvo un segundo a mirarlo, sabiendo cómo se sentía. Se contuvo de tomar su mano, porque ella no era de ese tipo de niña y su amistad con Bobby no iba de esa manera.

—Sé que no estamos siendo los héroes de la historia —aceptó para todos, sabiendo que Bobby estaría apoyando sus palabras—. Pero cuando acepté retrasar mi estúpida vida universitaria para hacer esto, el Profesor no me dijo que debería tener a los malos en mi hogar, o a John abriendo viejas heridas —dijo, recordándoles a todos que seguían en esa mansión, sin hacer sus propias vidas, por el Sueño de Xavier—. Se suponía que sería solo un año y ya tengo diecinueve… Nadie me advirtió de estas cosas cuando firmé el contrato. —Sus ojos estaban llenos de lágrima—. Y no es justo. Ni para mí, ni para ustedes…

—¿Qué quieres decir? —le preguntó Peter. Suave, tan suave como su acento le permitía. La conversación se estaba yendo a temas que nunca se habían planteado y era confuso tratar de entender a la pirotécnica.

—No puedo seguir en esta mierda —susurró bajando la mirada.

—¡Sin el Profesor no tendrías nada! —gritó Kitty. No podía creerlo. Jubilee no podía estar dudando de su posición de X-men. Ese había sido su sueño desde que cada uno se enteró de la existencia de ese equipo. Cuando Xavier les pidió algo de su tiempo, luego de terminar la escuela, para recuperar la estabilidad que se perdió con las muertes de Jean y Scott, e incluso la resurrección del mismo Profesor, ninguno dudó, se lo debían después de todo.

—¡Lo sé! —aceptó Jubilee—. ¡Y lo agradezco más que nadie! Pero esto no es justo...

—Sabes muy bien que estás mezclando las cosas, Jubb. —Kitty tenía las manos cerradas en puños y las mejillas sonrojadas—. John nos traicionó a todos, no…

—¿Nos traicionó a todos? —cuestionó incrédula—. John no los traicionó —le recordó—. Él me traicionó a mí. Él traicionó a Bobby. —Señaló al criogénico que mantenía la mirada fría clavada en el suelo, con los dedos de ambas manos entrelazados—. Fue nuestro mejor amigo… Ustedes solo deben adaptarse a que piensa diferente —los punzó con rabia—. Para ustedes es malditamente fácil jugar a recuperar a un amigo que solo cambió de intereses —soltó sonando más patética que cruel.

Los demás niños guardaron silencio, como aturdidos por la actitud de Jubilee.

Entonces, Kitty se puso de pie de sopetón.

—Kitty… —jadeó Rogue, asustada. Había contenido el aliento mientras la pirotécnica hablaba.

—Debo hacer mi trabajo para buscar a los mutantes —anunció encaminándose a la salida. Ya les había informado del pedido del Profesor para trabajar con Mystique—. Soy una X-men. Yo sí estoy segura sobre eso.

El silencio embargó el lugar por un eterno minuto, posterior a la salida de Kitty. Cuando fue Jubilee la que se dispuso a marcharse, Peter habló:

—Cuando algo duele… —comenzó, haciendo que la pirotécnica dudara— la solución no es alejar a los que te quieren.

La pirotécnica tensó las fracciones del rostro y luego salió dando zancadas. Ninguno entendía realmente.


Nota: Trato de reconciliarme con Logan; ayuda mucho haber leído cómics y tratar de olvidarme cómo lo sobre explotaron en las pelis, y Apocalipsis. Pueden decirme qué opinan de mi manejo.

¡Todo está difícil! Demasiado sentimiento removido... Y si quieren saberlo, sí me gusta la Hermandad. Soy una creyente de que lo único que los diferencia de los X-men es su ideología diferente.

Comentario, crítica, ¿algo? Ya saben que leo y respondo todo... además es mi única paga.

Saludos. Be free, be happy.