Capítulo 11: La ecuación matemática de mi primo y mejor amiga
Su primo la acompañó la mayor parte del trayecto, puesto que tenía que ir al despacho del profesor Longbottom y éste quedaba en el mismo corredor de la biblioteca.
-¿Vas a reunirte con Malfoy? –la respuesta fue una gélida mirada-. Solo preguntaba. No tienes que morderme.
-Ay, Albus, ¿cuándo les dará amnesia y dejarán de hablar de la fiesta?
-Cuando algo más jugoso ocurra –a su lado, unos niños de tercero hacían levitar el corpiño de una chica de sexto que gritaba que la ayudaran-. Siempre pasa algo interesante y se les olvidará.
Los últimos días no habían sido de los mejores. Todos seguían empeñados en suponer que de un momento a otro, Malfoy y ella saldrían del armario heterosexual y declararían que se casarían. O que vivían un tórrido romance secreto del cual solo se enteraría el siguiente curso, en la graduación, cuando Malfoy la engañara con otra y ella lo revelara todo en una escena de celos.
-No sé qué es más asqueroso: tener cerca a Malfoy, debido a que en la biblioteca hay que murmurar para comunicarse y no tengo tan buenos oídos, que la gente nos una en una oración sin que haya alguna expresión de repulsión o que realmente crean que, en el muy hipotético caso, que estuviéramos juntos, él me engañaría –pisoteó cada escalón con ira-. Por favor, es tan poco hombre que le sería infiel en dos segundos. Sería la primera en ser desleal a la relación.
-¿Alguna vez te he dicho lo mucho que le das vueltas y vueltas a las cosas en tu cabeza? –Albus rió-. ¡Me mareas, Rosie! En esta última hora no has parado de hablar sobre Malfoy.
-¿Será porque James me interrogó todo el almuerzo? –ofreció con sarcasmo. Subió de un salto los tres últimos escalones y se giró para mirar a su primo-. Nueva regla: esperar un mes para almorzar en Gryffindor.
-Para lo inteligente que te crees, fuiste muy estúpida por aceptar la invitación de Dominique.
-Gracias por el apoyo.
-De nada, cuando quieras te subo el ánimo –llegaron a la mitad del pasillo justo donde nacía otro y era el que conducía hacia el despacho del Jefe de Casa de Gryffindor-. ¿Vas a estar bien? –Rose suspiró y dijo que lo intentaría-. Lo digo porque me preocupa que lo mates. Tus instintos asesinos se triplicaron en los últimos cinco minutos –antes que la pelirroja replicara, le dio un rápido abrazo y se fue.
El día había sido una reverenda mierda desde el inicio: el despertador se había descompuesto, no hizo los deberes de Defensa Contra las Artes Oscuras y se ganó un buen reproche del profesor, James y Dominique la llenaron de preguntas en el almuerzo sobre lo sucedido el sábado mientras que Lily disfrutaba de su suplicio, y ahora tenía que estar, como mínimo, una hora con su archienemigo.
Pero ahora se sentía un poco más alegre. Albus no era bueno con las palabras y más bien permanecía ajeno a todo, pero sus abrazos eran la muestra fehaciente que estaba con ella para apoyarla ante cualquier dificultad. Y cuando parecía que el mundo se había alineado en su contra, ese gesto era realmente gratificante.
Rose llegó a la biblioteca y buscó con la mirada la cabellera platinada en las mesas apiladas junto a la puerta. Dudaba que estuviera en otro lugar, ya que no habían acordado específicamente dónde se encontrarían y lo más obvio era verse allí.
De repente todo se volvió oscuro. Unas manos le tapaban los ojos y sintió un cuerpo presionándose con suavidad al suyo por detrás.
Por un momento iba a reír y preguntar quién era cuando aquella colonia que le perforó la nariz hacía exactamente ciento diez horas atrás, la hizo tensarse.
-¿Buscándome con desesperación?
-Pegándote con desesperación –corrigió, tratando de incrustarle el codo en el estómago, pero él anticipó su reacción y retrocedió. La chica crispó la boca-. ¿Qué crees que haces tapándome los ojos y murmurándome al oído?
-Ponerte nerviosa, claro –respondió con una de esas sonrisas perfectas-. Y ahora, vamos a trabajar.
-Imbécil –dijo en voz baja Rose antes de seguirlo.
La sección de novelas Muggles era la más olvidada de toda la biblioteca. Las mesas siempre estaban vacías y los libros, si no fuera por el encantamiento impermeable, estarían llenos de polvo y telarañas.
De mala gana Rose dejó su mochila encima de una mesa y buscó el pergamino donde tenían la lluvia de ideas para la redacción.
-Nos quedaría terminar una lista de novelas y hablar en sí del romance en los libros, cómo éstos dan indicios de la manera en que se percibía el rol del hombre y la mujer en esos tiempos –releyó lo que habían escrito la última vez-. También sería importante rescatar cuándo aparecieron las menciones a parejas homosexuales. Se trata de un gran cambio cultural y…
-Una duda, ¿no me vas a saludar ni a preguntar cómo estoy?
-¿No vas a dejar de darle vueltas y hacer preguntas estúpidas? –levantó la mirada y lo encontró frente a ella apoyado en un estante-. Mientras más pronto acabemos con esto, más pronto estaré lejos de ti y mi vida podrá tener el calificativo de "apacible".
A pesar del frío, el rubio tenía abierta la túnica y se subió las mangas. Se cruzó de brazos y a nuestra protagonista le dieron ganas de pegarle por posar como si estuviera en una sesión fotográfica. ¿Acaso se creía modelo o qué?
Y fue entonces cuando él lanzó una bomba:
-El sábado no parecía que desearas que estuviera lejos de ti…
La cara de Rose era un poema. Pasó por todas las gamas de colores hasta llegar a un fucsia en el centro de sus mejillas. Tensó la mandíbula y levantó el mentón, ofendida y enojada por traer a colación aquella infame noche.
-Es increíble que tu persona me arruine lo que debería ser el recuerdo de cuando pasamos a la semifinal de la copa –lo apuntó con la pluma-. Eres asqueroso, ¿sabías? Y para tu información, si no me alejaba de ti, ibas a estar con la cazadora de mi equipo e ibas a arruinarle su perspectiva de vida.
-Vaya, parece que lo has pensado mucho para decirlo de esa forma –asintió con una sonrisa.
-Por favor, tengo una vida y no pienso en ti –de narradora a lectores, sabemos que esto es una gran mentira y ella tampoco la cree-. Sigue soñando, estúpido.
-¿Y qué te hace pensar que quiero que pienses en mí? –con un ligero movimiento, dio tres pasos y se inclinó sobre la mesa-. Dije que pensaste en la situación en general, no en mí. ¿Toqué una fibra sensible, quizás?
-¿Por qué no pruebas si puedes volar? Lánzate desde la ventana –la señaló, a la vuelta del estante de poemas-. O como diría alguien haciendo alusión a tu obra favorita: ¿por qué no tomáis una daga malhechora y os la claváis en el pecho, caballero?
Se sostuvieron la mirada por largos segundos hasta que Rose se apartó reclinándose en su asiento y volvió a concentrarse en las notas de la redacción.
La siguiente hora fue provechosa aunque un poco rara. Ninguno se miraba directamente a los ojos cuando comentaban qué debían decir de cada libro, y cuando uno terminaba de hablar, el otro asentía educadamente y no tenía ninguna crítica a lo anteriormente expuesto. Eran demasiado corteses, lo cual era un precedente para creer que de verdad el mundo llegaba a su fin.
Pero la condescendencia establecida se vio drásticamente amenazada por la discusión de otra popular novela británica:
-Déjame adivinar –dijo Malfoy dando una suave palmada a la mesa y cruzándose de piernas-. Me vas a decir que "Orgullo y prejuicio" es una decadencia para los muggles, ¿no? Y que Austen usaba el mismo tema una y otra vez para todas sus obras.
-¿Te iba pésimo en Adivinación, no? –sonrió y lo miró por primera vez en sesenta minutos-. Es la única obra de Austen que me gusta. Siento que es la que mejor refleja que a finales del siglo XIX las personas querían creer en el amor, pero los títulos nobiliarios predominaban a aquel deseo.
-¿En serio?
-Darcy no es el pedófilo que era Romeo y Lizzie tiene cientos de defectos que la hacen un personaje muy real. ¿Te cuesta tanto creer que me guste la historia de odio y amor que viven?
La mueca en su cara expresaba que era así, y la pelirroja frunció el ceño, molesta.
-Sí, porque no te gustan las historias de amor –respondió después de meditar lo que diría-. Por lo que he notado hasta el momento, te gustan las tramas dramáticas, llenas de simbolismos y tortura por el amor perdido. Pero no por encontrar el amor.
Rose miró hacia el punto donde estaba el lomo de "Cumbres borrascosas", en parte porque a eso se refería Malfoy y porque se sentía incómoda sosteniéndole la mirada por tanto tiempo.
Fue uno de los primeros libros muggles que leyó estudiando en Hogwarts. Su madre le había dicho que era uno de los clásicos y que debía leerlo si quería mantener una mínima parte de conocimiento del mundo muggle. A diferencia de ella, Rose adoró la trágica historia de amor de Heathcliff y Cathy y se pasó una semana entera de aquel verano buscando cuánta interpretación de la novela había en Internet.
Despejó su cabeza de los recuerdos y volvió al presente. A uno donde dos pupilas grises estaban clavadas sobre ella.
-Me importa un pimiento lo que pienses. No tengo por qué darte explicaciones –se defendió y le tendió el pergamino. Mientras lo leía, la chica prosiguió:-. Solo nos queda dar una conclusión de cómo percibimos el amor y la importancia de estas novelas en la historia.
-Eso es fácil. El romance es el principal recuerdo para la mayoría de historias…. Toma –le devolvió el pergamino-. ¿Redactarás bien todo esto tú sola?
-¿Y perderme tu maravillosa compañía por, tal vez, tres horas, que me demore en armarlo? –preguntó con una amplia sonrisa-. No, gracias. Hasta Flint sería más soportable.
-¿Flint? –lanzó una carcajada-. ¿De verdad?
-No, me suicidaría –admitió, y también rió.
Tomaron exactamente diez segundos para que Rose se diera cuenta que se estaba riendo con Malfoy. Los dos, juntos, encontraban divertido cierta situación mencionada en uno de sus comentarios. No se reían maléficamente uno del otro. No, sino que se reían de lo mismo.
Detuvo aquella extraña acción y ordenó todas sus cosas. Él la miraba con una sonrisa, algo extrañado por su repentina prisa por irse.
-Me encargaré de entregarle la redacción a la profesora –anunció, guardando tan apurada el tintero, que no se percató que estaba abierto y volteó la tinta en el interior de la mochila.
-Tienes tinta en la mochila…
-Oh, bueno. No importa –metió el pergamino y la cerró.
-Eres demasiado rara, Weasley –dijo en un tono divertido.
Ni se molestó en mirarlo, sino que se colgó la mochila en un hombro y se puso de pie.
Oficialmente no tendría más Scorpius Malfoy en su vida. Bueno, no exactamente. Todavía serían compañeros por un año y medio más, por lo que debía verlo en el Gran Comedor y en ciertas clases y todavía necesitaba derrotarlo en las calificaciones. Pero ya no iba a estar a su lado por más de diez segundos sin que la razón fuera un pequeño intercambio poco amable de insultos en la salida de alguna clase.
La vida parecía ser de color rosa. Todo tenía un aroma delicioso y hasta la mugre en las esquinas de los libros parecía estar hecha de diamantes brillantes. No le sorprendería encontrarse con un arco iris a la salida de la biblioteca y con un gnomo invitándola a la travesía de llegar al caldero lleno de oro. Y seguramente había mariposas, aunque estuvieran en pleno invierno, revoloteando por todo…
-¿Ahora qué? –gimió, desesperada.
Malfoy le había bloqueado la salida.
-Se te quedó la pluma.
-Qué considerado –se la quitó de la mano-. Hasta nunca, imbécil.
-¿Siempre eres tan vulgar para hablar?
-Oh, por la mierda, déjame tranquila. Soy la feminidad en persona. Y bien… -dio un paso hacia adelante pero retrocedió de inmediato-. Quiero irme.
-Te faltó algo…
-Si crees que te voy a decir "por favor", entonces te van a crecer raíces esperando.
Un segundo. Tres segundos. Un minuto. Un minuto y medio y contando…
-Hazte a un lado –ordenó tratando de empujarlo pero él permaneció en el mismo lugar-. ¿Qué rayos te pasa? ¿Por fin has muerto?
Todos los intentos de Rose, incluido el de trepar por uno de los estantes y correr por encima de estos hasta la salida, fallaron. El rubio estaba allí, observándola en silencio y con una sonrisa que la volvía más loca. Y no loca de amor, sino una loca psicópata con ganas de alargar las manos y apretar su cuello hasta que él no pudiera clamar misericordia.
Le repitió muchas veces con distintos tonos que se hiciera a un lado y dejara que se fuera, pero él seguía diciéndole que le faltaba algo por hacer.
En un arrebato de cólera y desesperación, Rose se le acercó y pegó su cuerpo al de él:
-¿Acaso tanto quieres volver a tenerme así que me acorralas? –acercó peligrosamente la boca hacia su mentón-. ¿Me faltó besarte, acaso? –retrocedió de improviso al notar que los ojos de Malfoy estaban en sus labios-. Fue un error de una noche donde ninguno de los dos estábamos bien. Y si vuelves a hacer algún comentario haciendo alusión a que no me podía despegar de ti, verás que te estrangulo por dos razones: uno, por ser un insufrible, y dos, por mentiroso. Tú no podías despegarte de mí, perdedor –se señaló y puso las manos en las caderas-. Ahora, si no te mueves en tres segundos, te haré el tan ansiado favor de dejar al mundo sin la posibilidad de esparcir tus genes.
El chico hizo una pequeña reverencia y dio un paso hacia el lado, dejando la salida libre.
Antes de irse, Malfoy le dijo que solo le faltaba agradecerle. El muy imbécil se está riendo de mí, pensó mientras seguía con su camino.
Todo el resto del día Rose estuvo de un humor de perros. Ni Kate se atrevió a preguntarle qué le ocurría cuando era bastante obvia la respuesta si había pasado más de dos horas con su mayor enemigo, prácticamente a solas. Consideraba un milagro que Malfoy estuviera vivo sin haber sufrido algún daño corporal por parte de su amiga.
Mientras cenaban, el tema de conversación en Ravenclaw eran las vacaciones navideñas. Dentro de una semana y media la mayoría volvería a casa y muchos contaban sus planes para aquellos días donde podían "olvidarse" de la presión de los exámenes. Sí, olvidarse entre comillas porque todos mostraban orgullosos sus planificaciones para estudiar en las vacaciones. Unos se jactaban de aprovechar en adelantar materia para las clases más difíciles y otros en leerse libros de práctica avanzada para los exámenes finales.
Cuando Thomas Roswell preguntó a Rose en qué aprovecharía para adelantar faena, Kate le tapó la boca y le advirtió que no se atreviera a hablarle. Había sido un día muy duro y no estaba de buen humor para mencionar "estudio" y "vacaciones" en una misma frase.
-Oye, Kate, ¿me das la sal? –preguntó Adeline Logan.
-Me tendría que levantar para alcanzarla. Hazlo tú –dijo con una sonrisa mientras se servía más ensalada de tomate en el plato.
De la nada, una mano tocó el hombro de la morena y ésta volteó el rostro y dijo:
-Hola, Albus.
-Hola, chicas –saludó el muchacho. La mesa de Gryffindor estaba junto a la de Ravenclaw-. Oye, Rosie, ¿me alcanzas la sal? No sé por qué aquí no hay.
-¿Y no puedes pararte y buscarla en tu mesa? –Rose frunció el ceño-. Eres un maldito flojo…
-Vaya, estás más amable de costumbre…
-Tuvo un mal día. Dos horas en la biblioteca con Malfoy la dejaron así –ambos sonrieron mientras que la pelirroja refunfuñó-. Yo te la doy –Kate se levantó y estiró el brazo para alcanzar el frasco-. Toma.
-Gracias, Kate –se giró y luego de un rato apareció tras la morena-. Disfruten la cena.
Normalmente Kate era bastante cómoda cuando se trataba de estar sentada comiendo. Cualquier movimiento que requiriera estirar su brazo completo era objetivo de una negativa por su parte. Un día Rose se lo hizo ver y ella dijo que comer era un acto sagrado en la vida humana, por lo que interrumpirlo con peticiones imposibles de lograr sin hacer un esfuerzo físico considerable era todo un pecado mortal.
-¿Qué acabas de hacer, Kate? Acabas de hacer un esfuerzo físico cuando… cuando… Por Merlín y todos los magos importantes del mundo mágico… -si hubiera estado mascando cualquier alimento, éste habría caído sobre la mesa. La quijada de la pelirroja cayó como una piedra mientras sus ojos se agrandaban-. No me digas que… a ti… a ti…
-Te preguntaría si estás bien, Rose, pero estoy tan acostumbrada a que tengas repentinos ataques de locura que no sé si preocuparme o no –dijo la morena observándola, curiosa.
De repente, todo tuvo sentido. Era como si al sumar en una ecuación matemática a Albus más Kate, el resultado fuera el más obvio de todo el universo.
-A ti… a ti te gusta… te gusta… -levantó la mano y señaló la espalda de su primo, detrás de Kate-. A ti te gusta Al…
Para ser la reina del sedentarismo, Kate hizo un acto que podría sorprender al más brillante físico muggle: al escuchar las dos primer letras del nombre que la pelirroja mencionaba, sus sentidos se agudizaron y con una velocidad de reacción sorprendente, llenó su cuchara con puré de patatas, estiró el brazo y lo introdujo en la boca de su amiga.
Rose parpadeó varias veces, demasiado impactada por todo lo que acababa de ocurrir en menos de dos segundos.
Los que rodeaban a Rose y Kate miraban extrañados a la segunda. Hubieran esperado cualquier comportamiento excéntrico por parte de la primera, pero Kate era la centrada del dúo.
-¿Verdad que está delicioso el puré? –preguntó la chica con una tímida sonrisa. Rose masculló algo como "ándate a la mierda, sabes que odio las patatas"-. Sí, los elfos deben estar usando una nueva receta –asintió, acomodándose en su asiento.
Luego de un largo silencio, las conversaciones volvieron a inundar alrededor de las chicas. Sin embargo, no entre ellas. Kate empezó a jugar con la comida en su plato, evidencia clara que ya había perdido el apetito. Y de plano, Rose hizo a un lado el suyo y miraba fijamente a su amiga mientras tamborileaba los dedos sobre la mesa.
Kate dijo que estaba cansada y le preguntó a Rose si había terminado. Ella se puso de pie como respuesta aunque por toda su cara estuviera escrito: "exijo una explicación".
Una vez fuera del Gran Salón, Rose tomó por la manga de la túnica a su amiga y se giró:
-¿Albus? ¿Albus, mi primo? –preguntó rápidamente. Ella asintió, avergonzada-. ¿Cómo no me di cuenta antes? ¿Desde cuándo te gusta?
-No sé… Desde tercero, supongo –se encogió de hombros evadiendo la mirada sorprendida de su amiga-. No eres la persona más observadora del mundo, Rose.
-Pero, tú, él… -se quedó con la boca abierta sin saber bien qué decir-. ¿De verdad? Digo, Albus es… es tan… idiota la mayoría del tiempo. Le gusta ser el centro de atención y que lo alaben, tiene esa horrible manía de desordenarse el pelo, se queja por todo y… es tan… ¿Inerte? No sé, no tiene ninguna característica especial que lo haga resaltar. Solo está esa típica pose de soy-el-rey-del-mundo, y su pelo y esa sonrisa…
-Me gusta todo eso –el rostro de Kate estaba rojo. Le tomó las manos a Rose y las apretó con cariño-. Me gusta mucho Albus.
Ahora muchas cosas tenían sentido. Kate siempre animaba a Albus cuando había hecho algo sumamente estúpido, tan estúpido que era imposible negar que estuviera en lo equivocado por completo y decirle un comentario positivo. Pero Kate lo lograba. También, los únicos partidos a los que iba Kate eran los de Ravenclaw y Gryffindor. Cuando no jugaba ninguno de los dos, se quejaba que el quidditch era un deporte egoísta y Rose iba sola al estadio. Y extrañamente nunca tenía que obligarla para acompañarla a ver a los leones jugar. Y estaba el hecho que Kate detestaba que se hablara mal de una persona sin buenos fundamentos, pero no detenía a Rose cuando hacía una lista de defectos de la novia de Albus. Se quedaba callada y a veces, cambiaba de humor cuando se hacía mención de Julie o la misma aparecía en escena.
¡Por las casposas barbas de Merlín, a Kate le gustaba su primo!
-¡Esto es genial! –la pelirroja se abalanzó sobre ella y la estrujó en un abrazo de oso-. ¿Mi mejor amiga y mi primo? Seríamos como familia, seríamos casi cuñadas, sería perfecto. ¡Perfecto!
La sonrisa de Kate flaqueó un poco y bajó la mirada.
-¿Por qué estás triste? –preguntó la pelirroja, separándose.
-Albus tiene novia…
-Ah, se me había olvidado Golliat –dijo, ligeramente sorprendida por haber olvidado aquel detalle. Ante la atención de su amiga, empezó a buscar algo en los bolsillos de la túnica-. No lo tengo aquí, pero sé que todavía debe existir esa lista con cien formas de librarnos de aquel detestable ser. Podríamos probar con la número quince. Si mi memoria no falla, necesitaríamos una botella de vidrio, cuerdas y…
-Y no vamos a hacer nada de eso –le interrumpió. Rose frunció el ceño-. Tu primo la… la quiere, e intervenir sería una catástrofe. Solo le haríamos daño.
-Pero estás tú para consolarlo, casarse y tener hermosos hijos del cual seré madrina de alguno. Preferentemente mellizos. Una niña y un varón.
-Rose… Estoy hablando en serio –suspiró-. Lo único que te pido es que no hagas nada. He vivido con este sentimiento por mucho tiempo. Ya sé vivir teniéndolo como un amigo.
Mil maneras de deshacerse de Julie Godiat aparecieron en la cabeza de nuestra persistente protagonista. No solo le haría un favor a su primo, sino también a la humanidad. Hasta tío Harry haría una fiesta porque su hijo no saldría con una cabeza hueca.
Lo que no le hacía sentido a Rose era por qué Kate no quería hacer nada al respecto. Su primo no estaba casado ni tenía una situación legal difícil como para separarlo de su novia. Al parecer, a Kate de verdad le gustaba mucho, y si tal era el caso, debería luchar por conseguir que el sentimiento fuera mutuo.
Sin embargo, optó por guardar silencio y abrazar a su mejor amiga.
-Está bien. No haré nada –dijo mientras abría los ojos y observaba su reflejo en uno de los espejos de la pared.
Nada que tú sepas, pensó. Una sonrisa se dibujó en la pelirroja de cabello rizado en el espejo.
La misión de separar-a-la-serpiente-de-Lily quedaría en una pequeña pausa para dar paso a un estado de emergencia: el plan seré-madrina-de-los-mellizos-de-Albus-y-Kate daría inicio cuanto antes posible.
N/A: Esta rápida actualización es una compensación por mi larga demora anterior (además que participa en la comunidad del quinesob, pero eso es un secreto que no deben saber para que se sientan exclusivamente los responsables de esto).
La verdad es que no quería explotar mucho el cliché de hacer un trabajo juntos para unirlos, pero sí habrá mucho más Scorpius/Rose pronto… y por montones, así que solo queda esperar. Y cabe destacar que Rose metiendo sus narices entre Albus y Kate, causará una serie de cambios.
¡Muchas gracias por sus reviews! Y como siempre, espero sus comentarios porque me alegran el día.
Cuídense, chau.
