CONTRAMEDIDAS
Y así fue cómo Izana se coló de rondón en su vida diaria.
Por si Shirayuki no tuviera ya suficiente con verlo en las sesiones del Consejo Real. Ni con los encuentros aparentemente fortuitos en los jardines. Ni con las reuniones de trabajo. No, por lo visto no era suficiente. Ahora lo tenía a diario.
Venía siempre con su sonrisa puesta. Esa prepotente y sabihonda. Esa sonrisa que parecía decirle 'soy más listo que tú'. Se sentaba en la cabecera de la mesa frente a ella, y empezaba a comer, rodeado de hijos y sobrinos.
Si Izana lo hubiera hecho por pasar más tiempo con sus hijos, ella no hubiera tenido nada que objetar. Bien saben los dioses que los niños atesoran cada momento con su padre… Es el rey, y como tal, muchas son sus obligaciones y escaso su tiempo. Siempre ha sido un padre un tanto distante. No frío, eso no, aunque no del todo cálido. Es atento y se preocupa por sus hijos, claro que sí. Pero no juega con ellos. No se llena las rodillas de polvo ni se arrastra por túneles secretos hechos con dos sillas y una sábana. No les cuenta historias de terror en las noches de tormenta. No les cura los arañazos y raspones después de una tarde de juegos y aventuras. Eso lo hacen otros. Eso lo hacía Zen…
Pues lo dicho, si lo hubiera hecho por sus hijos, Shirayuki se hubiera mordido la lengua porque a los niños les encantaba tenerlo allí. Hasta Kain perdía un poco de su seriedad cuando su padre entraba, y se permitía seguir siendo un niño. Él les sonreía y les preguntaba por sus planes para el día mientras les revolvía el pelo. Y ellos se los contaban con grandes aspavientos y los ojos brillando de ilusión. Incluso Hanako, que siempre le había tenido un poco de 'miedo' por lo grande y serio que era, intentaba hacerse oír en medio de la barahúnda de voces en que se habían convertido los desayunos de los infantes.
¡Cómo si no los supiera ya! Izana supervisaba cuidadosamente la educación de hijos y sobrinos y prestaba atención a sus horarios y actividades. Siempre sabía dónde estaban. Siempre lo sabía todo de todos. Y ahí te lo ves, fingiendo inocencia y sorpresa cuando ellos le decían que ya tenían clases de esgrima, y echándole a ella miradas traviesas por encima de los niños…
Cualquier otra se derretiría con esa escena hogareña… Pero es que lo hacía tan solo para que ella lo viera con otros ojos, para que viera qué hermosa estampa familiar formaban todos ellos. O para burlarse de ella. No lo hacía de verdad.
Ah, ¿conque quería vida familiar? Pues vida familiar le daría…
Una mañana, a Hanako se le cayó un diente mientras comía una manzana y empezó a llorar desconsolada, más por el susto de sacarse un diente de la boca que por el dolor, pobrecilla. Shirayuki salta de su asiento con los primeros sollozos, hace una evaluación rápida de la situación, rodea luego toda la mesa y sienta a la pequeña Akari en el regazo de Izana.
—Que coma en lo que atiendo a Hanako —le dice ella con esa voz profesional que no admite réplicas.
Izana se queda mirando a la pequeña, que a su vez lo mira a él. Mientras Shirayuki le está examinando la encía a su niña, los varones le hacen chanzas y bromas, olvidándose que hasta hace poco eran ellos los que lucían generosos huecos en la dentadura.
Izana alza la mirada hacia ellos. Los mira, los observa… La sangre Wistalia. El futuro de Clarines. Unos niños que aún ríen a pesar de la desgracia, a pesar de la ausencia. Con cierto remordimiento (que le toma por sorpresa), Izana se da cuenta que apenas recuerda nada de Zen en aquellos días que siguieron a la muerte de su padre. ¿Lloró? ¿Buscó refugio en su madre? ¿Lo buscó a él? Lo más seguro es que aquel niño que fue su hermano lidiara con la pena y el dolor a solas, porque quienes más debían estar con él, estaban demasiado ocupados con su propio duelo y con los asuntos del reino. Y luego está la forma en que educó a su hermano. Siempre a distancia, delegando en Mitsuhide, como si tuviera miedo de ver en sus ojos sus propias dudas. O quizás era porque no quería que Zen viera en él al muchacho abrumado por las cargas del trono. Era mucho más fácil mantener esa aura de misterio e inaccesibilidad. Ya era bastante que tuviera que ser él quien le enseñara las dolorosas lecciones que vienen con el apellido Wistalia…
Estaba haciendo lo mismo con sus hijos.
Se estaban convirtiendo en desconocidos, creciendo al otro lado del muro que él mismo había creado. Si bien es cierto que procuraba saberlo todo, encomendando su crianza a Haki primero, luego a Shirayuki, sin faltar nunca ayas, profesores e instructores en las más diversas áreas, poco era lo que él aprendía de primera mano de sus hijos. En estos desayunos conocía lo que jamás vendría escrito en ningún informe. Las risas por su última travesura, el dolor de tripa por robar dulces en las cocinas, las misiones de rescate a doncellas en apuros… Pero sobre todo, se estaba perdiendo los pequeños detalles. Las caras ridículas de Armin para hacer reír a Akari, la pequeña sonrisa de orgullo feliz en el rostro de Kain cuando su tía lo felicitaba por algún logro en sus estudios, o sus caras de sincera alegría cuando lo veían entrar para desayunar con ellos. Se lo estaba perdiendo todo…
Quizás no estuviera mal deshacerse de algunos muros…
Kain le alcanzó el plato de Akari y se le quedó mirando, con la cabeza ligeramente inclinada y los ojos llenos de curiosidad, como desafiando a su padre a desobedecer una orden directa de su tía. Izana enarcó una ceja. Pero tomó la cuchara.
—Tienes los ojos de tu padre, pequeña —le dijo mientras le daba la papilla.
La pequeña, ignorante de las tragedias de su vida, solo sonrió. Pero su sonrisa fue deformada por un repentino fruncimiento de nariz seguido de un estornudo escandaloso para alguien tan menudo y que envió algunas mucosidades y babas a la casaca del rey. Sí.
Shirayuki, que aún estaba con Hanako, gira la cabeza para ver quién había estornudado, y antes de volver a la encía de su pequeña, tan solo dice:
—Límpiale los mocos.
Y ya está.
Una servilleta de hilo aparece mágicamente ante su nariz. Tras la servilleta, su hijo mayor. Kain ya no se molesta en disimular esa sonrisa torcida suya tan igual a la de su padre y la diversión baila en sus ojos.
"Ah… ¿Así es cómo se siente al otro lado de esa sonrisa?", se dice Izana, un poco sorprendido por este descubrimiento.
Al rey le lleva un par de intentos despejar las fosas nasales de la niña. O eso cree él… Shirayuki llega a su lado, le arrebata la servilleta y se agacha frente a la pequeña. Con mano experta, vuelve a hacer que se suene y la niña suelta entonces un suspiro de satisfacción cuando por fin puede respirar bien.
—Por los dioses, Aniue, ni que no lo hubieras hecho antes —le reprocha ella antes de darse la vuelta y volver a su silla, al otro lado, reinstaurando el orden en la mesa con un simple carraspeo y una mirada de esas que tienen todas las madres.
Pues no.
Nunca lo había hecho.
Se había perdido tanto…
Pero eso se acabó. Quería ver crecer a sus hijos, quería verlos convertirse en hombres dignos, en personas que lo llenaran de orgullo como ya lo hacían. Pero no quería hacerlo desde las ventanas de su despacho, no. Había recuperado a sus hijos y se lo debía a Shirayuki. No de una manera consciente, desde luego, pero había sido ella quien le había permitido volver a conectar con sus hijos. Tendría que darle las gracias de alguna manera.
Ah, sí. Haciéndola su esposa.
Fue una suerte para él que Shirayuki no advirtiera la intensidad de su mirada.
—Kain, acércate —le pidió a su hijo a la mañana siguiente.
—¿Sí, padre?
—Entrégale esto a tu tía Shirayuki —el niño tomó el sobre y caminó al otro extremo. Intentaba aparentar indiferencia, pero la curiosidad en las caras de sus primos y de su hermano no se lo estaba poniendo nada fácil.
Shirayuki se envaró cuando su sobrino le dio el sobre. Nada bueno podía venir del hombre sentado al frente, que la observaba, con la mano en el mentón, como si quisiera descifrar cada reacción suya. Trató que sus manos no temblaran cuando rompió el lacre con el blasón de los Wistalia. Sentía sobre ella las miradas de todos. Hasta la pequeña Akari miraba a un lado y a otro…
Sus ojos pasaron rápido sobre las letras sin reparar en la elegante caligrafía. Sintió cómo la sangre le ardía en llamas.
Estoy seguro de que delante de los niños no montarás una escena.
Míralos.
Solo les quedamos nosotros.
Dales una familia.
Cásate conmigo.
Efectivamente, Shirayuki se contiene por los niños. Ellos no tienen la culpa de tener el padre que tienen, arrogante, presuntuoso, sordo y necio. Inspira para hacer retroceder el enojo. Sin embargo, no puede hacer nada por disimular las chispas de fuego de sus ojos cuando alza la mirada de la nota. A Izana ese fuego siempre le altera y le fascina. ¿Es orgullo? ¿Es determinación? ¿Pasión? ¿Qué es ese fuego en los ojos de Shirayuki?
Ella aparta sus ojos de él, no dignándose a darle una segunda mirada. Poco a poco, con deliberada lentitud, empieza a romper la nota, reduciéndola a un montoncito de trozos minúsculos sobre el mantel de la mesa. Solo entonces se permite un resoplido airado, y alza el mentón, desafiante, pero mirando a cualquier sitio de la habitación que no fuera Izana.
—¿Qué es, mamá? —le pregunta Toshiro, algo receloso. Ha visto el silencio incómodo de su madre y no le gusta nada.
—Eso tía, ¿qué decía? —pregunta Armin, mirando a su padre y a su tía alternativamente.
—Nada que haya que tomar en serio, niños —responde ella, tratando de aparentar una calma que no siente en absoluto—. Cosas suyas. Solo me está gastando una broma.
¿Una broma? ¿Su padre? ¿Una broma como las que se gastan con sus primos? No. Kain no recuerda haberlo visto nunca haciendo tal cosa.
Y si era una broma, ¿por qué su padre no reía?
