La rutina y la intensificación de las sesiones de estudio hacen que los días transcurran lentos y aburridos. No obstante, cuando quiero darme cuenta, las clases del primer cuatrimestre han finalizado y me encuentro conviviendo con Eren entre carpetas, apuntes ilegibles y restos de envoltorios de chocolatinas. La biblioteca está atestada durante la época de exámenes y apenas hemos sido capaces de encontrar dos huecos vacíos entre toda esa marea de gente.
Aparto la mirada de la pantalla al detectar movimiento por el rabillo del ojo. Es la tercera vez que Eren cabecea en menos de veinte minutos. Intento concentrarme de nuevo, pero no puedo evitar distraerme con las caras que pone.
Le golpeo por debajo de la mesa.
—Estaba memorizando —protesta.
—Y una mierda.
La puerta corredera se abre a nuestras espaldas y el sonido de unos tacones invade la sala. Frunzo el ceño molesto cuando la propietaria pasa a nuestro lado, impregnando el aire con un aroma dulzón que me provoca arcadas. La miro de arriba a abajo sin disimular mi hostilidad. Es posible que el estrés por el estudio sea la condición idónea para que algunos bajen la guardia, pero me parece absurdo pretender ligar en un sitio como este.
Justo cuando estoy a punto de abrir la boca para murmurar un comentario al respecto, la chica se gira y saluda en nuestra dirección. Después, se acerca hacia nosotros con paso decidido y yo no varío ni un ápice mi expresión. Lleva el cabello sujeto en una larga cola de caballo, de un rubio alejado de esos tonos artificiales. Sus ojos son azules, casi transparentes y su rostro ovalado, como una jodida modelo de revista.
—Eren —murmura con acento marcado.
Se sienta al lado de mi amigo y lo saluda con dos besos antes de murmurarle algo más. En ese instante siento que la bilis trepa por las paredes de mi estómago y tengo que hacer un considerable esfuerzo por apartar la mirada y centrarla en mis apuntes. Me incomoda el cuchicheo que intercambian y la manera en la que ha acaparado la atención de Eren con tanta facilidad.
Los celos son una auténtica mierda. Rara vez he tenido que lidiar con este tipo de sensaciones, y eso que Farlan también era un chico llamativo. No obstante, no puedo evitar sentirme en desventaja frente a esta chica. Quizás es porque llevo días bajando la guardia con Eren, quizás se trata de su predisposición a pasar tanto tiempo conmigo. De una forma u otra, empiezan a calar en mí las palabras de Erwin, las de Armin, incluso las de mi madre, tan sutiles, escondidas tras esa sonrisa suya.
Eren chasquea los dedos delante de mí rostro, sacándome de mis pensamientos. No hay ni rastro de la rubia.
—¿Descanso?
Asiento aún algo distraído y guardo mi portátil para dirigirnos al área donde están las máquinas expendedoras. Se trata del descansillo de las escaleras que conducen a la biblioteca, donde se han dispuesto tres máquinas con diferentes productos y un par de mesas redondas con taburetes anclados en el suelo. La mayor parte de los estudiantes realizan los descansos en la zona exterior de la facultad, sobre todo los que necesitan una buena dosis de nicotina para no perder los nervios.
—Necesito otro café —declara mientras selecciona un café con leche con extra de azúcar—. ¿Quieres algo?
Meneo la cabeza y me apoyo contra el cristal de la máquina contigua con los brazos cruzados.
—¿Compañera de clase?
El estruendo de la máquina se impone por encima de mi voz. Eren asiente distraído.
—Sí, es una alumna de intercambio, lleva aquí tres días.
—Oh.
—Viene de Polonia. Le está costando un poco adaptarse, me ofrecí a dejarle unos apuntes.
—Bien.
Da un sorbo de su café y arruga el rostro con disgusto.
—Joder, ni con extra de azúcar.
Da media vuelta y se dirige hacia una de las mesas para acomodarse. Coloca el café en el centro y rodea el vaso de plástico con ambas manos sin despegar la mirada de su contenido. Yo permanezco de pie.
—Es asqueroso, pero es lo único que me mantiene despierto. ¿No te sientas?
—Llevo demasiado tiempo sentado.
—¿Estás bien?
Lo miro confuso.
—¿A qué viene eso?
—No sé, estás serio.
—Siempre estoy serio.
—¿Es por lo de mañana? —pregunta tras dar un sorbo—. Yo estoy un poco cagado si te soy sincero.
—No es para tanto.
—¿Duele?
—Depende de la zona y de la sensibilidad de cada persona. Oye, haces artes marciales, estás acostumbrado a las palizas, ¿no? Una aguja no es nada.
Me muerdo la lengua al advertir la palidez de su rostro en cuanto menciono la palabra aguja. Me acerco para sentarme a su lado y apoyo los codos sobre la mesa para mirarlo fijamente.
—Eren, estaré contigo. Pixis hará las pausas que le pidas, como si necesitas otra sesión para terminarlo. No pienses en eso.
Da otro sorbo de su café y frota sus manos en un intento de tranquilizarse.
—Llevo dos noches sin pegar ojo —confiesa—. El diseño es genial pero, ¿no crees que es demasiado grande?
Dejo entrever una sonrisa.
—A la larga te parecerá pequeño. —En un acto inconsciente apoyo mi mano sobre su antebrazo—. Oye, no le des más vueltas. Ya tomaste una decisión.
Me lanza una mirada indescifrable, de esas que últimamente me dejan sin aliento. A pesar de lo expresivos que son esos ojos, y de lo mucho que he llegado a conocerlos, a veces me siento incapaz de averiguar lo que se le pasa por la cabeza.
—Gracias.
Su mano cubre la mía y da un ligero apretón para afianzar sus palabras. Sin embargo, no la retira de inmediato. Las palabras se atascan en mi garganta mientras me pierdo en la intensidad de su mirada. De nuevo ese silencio, esa conexión hipnótica que se estableció entre nosotros bajo aquella marquesina. Es algo que cada vez sucede con más frecuencia y debo reconocer que me crispa los nervios.
—Hasta luego, Eren —escucho a mis espaldas.
Eren se inclina hacia atrás y libera mi mano para saludar a su compañera. Los tacones vuelven a resonar a mis espaldas conforme asciende por las escaleras que conducen al primer piso. De repente, Eren parece muy concentrado en el contenido de su vaso, mientras lo remueve de vez en cuando con un giro de su mano.
Suspiro y echo un vistazo a un reloj que pende de la pared por encima de las puertas correderas que dan acceso a la biblioteca.
—Deberíamos entrar ya, tenemos que aprovechar hasta las cuatro.
—Odio la época de exámenes —declara con hastío.
—Ya te irás de juerga cuando acabe.
Hago el amago de incorporarme pero sus palabras me detienen.
—En realidad estaba pensando en traer la juerga a casa. ¿Qué opinas?
—¿No fue eso lo que ocasionó problemas con Reiner? —digo mirándolo con escepticismo.
Eren resopla molesto.
—No voy a meter en casa a nadie que pueda liarla demasiado. Terminaremos justo antes de las fiestas de Navidad, ya lo he hablado con Armin y con el cara de caballo.
—Tu casa es una ratonera.
—Tenemos patio.
—Un patio de mierda, apenas cabe el tendedero.
—Seremos pocos, solo los de más confianza —explica—. Podríamos hacer una cena navideña y relajarnos con algo de música para celebrar el fin de exámenes. ¿Qué me dices? ¿Te apuntas?
Lo miro con expresión divertida. Parece bastante emocionado con la idea de organizar algo en su casa, sus palabras suenen algo atropelladas.
—No será tan elaborada como las de Erwin, pero así variamos un poco. Había pensado en invitar a un par de compañeros de la facultad, Armin tampoco traerá a mucha gente. Jean dudo que tenga amigos.
—No seas cabrón.
Se muerde el labio y sonríe con cierta malicia.
—Vendría Erwin, también Hange. Armin la ha conocido y dice que le cae muy bien. Vamos, apúntate.
Vacilo un instante.
—Tanto interés… No pretenderás que me ponga a servir copas.
Niega de forma exagerada.
—Desconectar y pasarlo bien, eso es lo único que te pediría. Sé que las fiestas no te van, pero nos estamos dando una paliza aquí por las noches y nos merecemos un poco de diversión. Apenas hacemos planes fuera de la facultad. Ven, sin ti no será lo mismo.
Maldito Eren y sus frases de mierda. Detesto las fiestas y más aún cuando se trata de reunir gente en un espacio tan pequeño. Apenas pueden estar a sus anchas ellos tres, no sé qué pretende.
—Oye, aún faltan unas semanas para eso.
—Lo sé, pero piénsalo, ¿vale? Me gustaría que estuvieras. —Descarta el vaso de plástico en una papelera y se aproxima hacia mí—. ¿Vamos? —añade señalando con un cabeceo la puerta.
Avanzo detrás de él hasta llegar a nuestra mesa. Por suerte, nadie ha intentado usurparnos el puesto.
La noche de estudio transcurre con calma. Eren se concentra por fin en el temario que tiene delante, sin distraerme con sus bostezos y resoplidos. Pienso un instante en esa fiesta que quiere organizar y chasqueo la lengua ganándome un par de miradas acusatorias.
Quizás no sea tan mala idea después de todo.
Abro mis ojos para toparme con un resquicio de luz que se cuela a través de mi persiana, demasiado tenue. Siento un dolor en un costado cuando alargo el brazo para comprobar que aún faltan unos minutos para que suene la alarma. Anoche estaba tan agotado que ni siquiera di vueltas en la cama.
Me incorporo y elevo un poco la persiana con gesto rápido. Apenas hay luz en la calle pero se intuye el amanecer en la creciente claridad del cielo. Estiro mi espalda y realizo un par de asanas sencillas que hacen crujir mis articulaciones. Apenas llevo dos semanas asistiendo al centro de yoga, pero siento que estoy recuperando fuerza y flexibilidad.
Desconecto la alarma antes de que suene y aprovecho esos minutos para despertar a Ratatouille e interactuar un poco con ella.
—Vamos a ver cómo se comporta Eren hoy —murmuro.
Bostezo mientras dejo que Ratatouille haga ejercicio y aprovecho para desayunar y arreglarme con calma. Siento un cosquilleo característico en mi estómago. No importa las veces que me tatúe, es inevitable sentir cierta expectación unas horas antes.
Mientras me visto, recibo una llamada de Eren.
—¡Buenos días!
Su tono entusiasmado me obliga a separar el auricular de mi oreja unos centímetros.
—Buenos días, ¿ya estás listo?
—Sí, estoy llegando a tu casa, esta vez soy puntual.
Resoplo con el móvil apresado entre mi hombro y mi mejilla mientras me ato los cordones de los zapatos.
—Más te vale.
—En diez minutos estoy en la puerta.
Después de colgar, guardo a Ratatouille en su jaula, disculpándome por no estar prestándole demasiada atención esos días. Las temporadas de exámenes y proyectos exigen una dedicación absoluta y siento que las ojeras que siempre adornan mi rostro están más marcadas de lo habitual.
Agarro mi ropa de abrigo y bajo en el ascensor tarareando parte del repertorio que tengo en el mp3. Abro la puerta con brusquedad y casi le rompo la nariz a Eren en el proceso.
—Joder —murmuro tras comprobar que ha escapado por los pelos.
—Fuera hace frío, una vecina me ha abierto la puerta.
Observo que mientras habla es incapaz de detener un balanceo sobre sus pies. Reconozco las mismas líneas moradas bajo sus ojos, aunque en su caso resultan más chocantes.
—No has dormido una mierda, ¿verdad?
Él me lanza una de esas irresistibles sonrisas y esconde las manos en los bolsillos de sus pantalones. Camina más rápido que de costumbre y casi puedo sentir que me falta el aliento cuando llegamos a la parada de autobús.
—Oye, tranquilo —le digo mientras menea una de sus piernas con inquietud mientras esperamos sentados.
—Estoy tranquilo.
Le lanzo una mirada perspicaz y aprisiono su rodilla entre mis dedos con cierta rudeza. Eren detiene su movimiento de inmediato y me mira avergonzado.
—Lo siento.
Retiro la mano y también la mirada, notando algo de calor en mis propias mejillas. Decido distraerlo con un poco de conversación insustancial.
—¿Has comprado la crema que te recomendé?
Asiente despacio.
—Es un poco cara pero es la que mejor cicatriza —empiezo a explicar.
El repentino sonido de sus tripas me distrae y frunzo el ceño ante una ligera sospecha.
—Has desayunado, ¿verdad? —pregunto.
Eren se muerde el labio y niega con la cabeza.
—Joder, Eren. —Pongo los ojos en blanco y lanzo un suspiro—. ¿A quién se le ocurre?
—No quería llegar tarde —se excusa.
—Claro, es mejor que te de un bajón en el estudio —respondo con sarcasmo.
Nuestro transporte llega en ese momento y compartimos un silencio extraño mientras vamos sentados en los asientos del fondo. De vez en cuando lo miro de reojo, algo preocupado ante la ausencia de la verborrea con la que suele abordarme. Observo sus manos, apoyadas sobre los muslos, como un crío que ha sido castigado en un rincón. Siento el impulso de entrelazar mis dedos con los suyos, de acariciar su piel en un intento de despojarlo de tanto nerviosismo, pero el gesto muere en mi cabeza.
En lugar de eso, le golpeo el brazo con suavidad. Intercambiamos una mirada en la que intento transmitirle cierta calma. Sus ojos se alternan entre mis pupilas, incapaces de centrar la vista en un punto concreto. El movimiento inquieto de su pierna comienza de nuevo, pero en esa ocasión no lo detengo.
Da un respingo cuando el vehículo frena de manera brusca, agarrándose a duras penas del respaldo del asiento delantero. Las puertas emiten un estridente chirrido y me incorporo como movido por un resorte al advertir que se trata de nuestra parada.
Avanzamos en silencio por las calles hasta enfilar la que conduce hacia el estudio de Pixis. Observo la hora en mi móvil y decido que tenemos tiempo suficiente para ir a una cafetería.
A nuestro alrededor, los comercios empiezan a levantar sus pesados enrejados para abrir sus puertas al público. Los primeros transeúntes invaden las calles y el tráfico se intensifica acompañado de improperios y bocinazos. La cafetería ya tiene sus mesas dispuestas en la acera, pero la amenaza de lluvia nos hace decantarnos por el calor artificial del interior.
Un camarero nos atiende con rapidez y Eren pide café con leche y unas tortitas con miel. Indico con un gesto que no deseo consumir nada y me distraigo al intentar discernir algo a través del empañado cristal de la ventana.
No intercambiamos palabras hasta que le traen el desayuno. Su rostro se ilumina ante el delicioso aspecto de las tortitas, incluso parece recuperar dos tonos de su color de piel.
—Que aproveche –murmuro.
—Gracias. ¿No quieres un poco?
Meneo la cabeza y me cruzo de brazos. Desvío la mirada de nuevo hacia el exterior para no incomodarlo mientras mastica, pero parece que las ganas de conversar se han despertado junto con su apetito.
—Oye, Levi, quería preguntarte algo. No te lo tomes a mal.
Observo como abre la boca un par de veces, como si se debatiera en escoger las mejores palabras. Carraspea un poco antes de dar un sorbo de su café y espero con paciencia a que se decida a arrancar.
—Tu diseño… Lo que te vas a tatuar, lo hizo tu ex, ¿no?
Lo miro con desconcierto y él continúa de forma atropellada.
—Quiero decir, es una pasada, pero, ¿no te hará pensar en él cada vez que lo mires? No sé, es como tatuarse el nombre de alguien —añade.
Frunzo el ceño de inmediato. No esperaba una pregunta como esa. Me tomo unos segundos antes de responder, recapacitando una vez más sobre ello. Por supuesto que la idea me ha pasado por la cabeza.
—No. —Hago una pausa y clavo en él mi mirada—. Pixis me ha diseñado los otros y no pienso en el viejo cada vez que los miro. Este diseño se lo pedí a Farlan hace tiempo, no tiene nada que ver con él, ni con la relación.
—Sí, pero… —vacila—. De alguna manera es como tener un pedazo de él.
Lo miro impasible.
—Tampoco tengo problema con eso. Ha sido una persona muy importante en mi vida, no es algo que pueda ignorar. Me ha diseñado un tatuaje que tiene un significado para mí, eso es todo.
—Perdona, Levi. Sé que no te gusta hablar de estas cosas, pero a veces… —se detiene antes de finalizar, como si se arrepintiera de nuevo por abrir la boca.
—¿A veces? —insisto levantando una ceja.
Mi actitud parece acobardarlo. No puedo negar que la conversación me hace sentir incómodo, no es lo que esperaba minutos antes de ir a tatuarnos.
—Parece que no dejas de tenerlo en cuenta. Cuando dijiste que no habías salido con nadie desde entonces... No sé, no es sano.
Si supiera lo que realmente me frena de salir con otros tipos…
—Me cuesta conocer gente —digo con simpleza.
—Aún así...
—No, Eren, no lo entiendes —añado de forma cortante—. No es tan fácil para mí saber a quién puedo entrarle y a quién no. Tengo ojos en la cara, hay chicos que me parecen atractivos, pero no puedo hacer como tú: sonreír, soltar alguna mierda de piropo y esperar no llevarme una hostia por ello.
Creo que es la segunda vez que le hablo con tanta franqueza acerca de mi sexualidad.
—Lo siento, no quería incomodarte.
—No importa —Miro la hora y hago un gesto para pedir la cuenta—. Vamos, no quiero llegar tarde.
Eren paga la cuenta y se instala entre nosotros otro de esos asiduos silencios que últimamente me hacen temer que nuestra confianza se está resintiendo por algún motivo.
Entramos en el local de Pixis y escucho su voz detrás de una de las cortinas mientras improvisa la letra de la canción que se está sonando por los altavoces. Me acerco al mostrador y apoyo mis brazos sobre el cristal con paciencia.
—¡Buenos días, pareja! —saluda tras retirar la opaca cortinilla con un gesto—. Llegáis justo a tiempo.
Eren traga saliva a mi derecha y me siento algo culpable por haber sido tan cortante con él.
—Creo que es mejor empezar por el novato, ¿no te parece, Levi? —propone el viejo—. Así evitamos que salga corriendo.
El rostro de Eren pierde por completo el color y me aproximo a su lado para palmearlo en la espalda.
—Sí, creo que será lo mejor.
Pixis se echa a reír y aparta del todo la cortina para indicarnos con un cabeceo que accedamos al interior de la sala.
—Puedes dejar el abrigo y la camiseta ahí —dice mientras mira a Eren y señala una silla—. Voy a traer el diseño.
Cuando Eren y yo nos quedamos a solas, enfoco mi mirada en algunos de los premios que hay enmarcados en la pared. A Pixis le encanta participar en eventos de tatuadores, gracias a ellos puede invertir una buena suma en cursos para mejorar su técnica.
Escucho que Eren se desviste a mis espaldas y me atrevo a echar un vistazo rápido por encima de mi hombro. Mis ojos recorren los músculos marcados de sus brazos, que tienen la piel de gallina en ese momento, sigo por ese abdomen tan trabajado, convencido de que debe ser la envidia de muchos en el gimnasio. Por último, quedo prendado de un lunar que tiene cerca del pezón izquierdo. Justo cuando Eren está a punto de pillarme, Pixis irrumpe zarandeando en el aire el diseño de las alas.
—Date la vuelta. —Acompaña sus palabras con un giro de su mano y Eren le da la espalda—. Eso es, yo creo que esta altura… ¿Cómo lo ves, Levi?
No sé por qué mierda me lo está preguntando a mí, pero doy un cabeceo antes de que coloque el gel antiséptico y el papel hectográfico sobre el omóplato de mi amigo. El viejo me guiña un ojo y le pide a Eren que se acerque a un espejo para mirar el efecto. Las alas resaltan sobre su piel con un tono azulado y veo que una tímida sonrisa asoma a sus labios.
—¿Lo ves bien? —pregunta Pixis antes de colocar la bandeja y las bolsas con el material esterilizado.
Eren evita en todo momento mirar hacia la bandeja. Se tumba boca abajo en la camilla y puedo ver que aferra los bordes entre sus dedos. Pixis me dedica una mirada elocuente.
—Esa silla es para ti, Levi —indica mientras la mueve con el pie—. Hoy serás mi ayudante.
Dejo mi abrigo junto a la ropa de Eren y tomo asiento en la silla desplegable. Percibo que Pixis ha bajado un poco el volumen de la música, probablemente para que podamos conversar con mayor facilidad. Estoy seguro de que ha sido capaz de leer el miedo en el rostro de Eren nada más entrar en el local. Con cuidado, abre el material esterilizado sin tocar nada con sus manos y se enfunda un par de guantes antes de comenzar a trabajar.
—Cuando necesites un descanso me lo dices, pero no te muevas.
Eren murmura y trata de mirar en mi dirección desde esa posición. Le guiño un ojo e incluso le coloco algunos mechones que le molestan en los ojos. Los músculos de su espalda se tensan levemente al escuchar el zumbido de la máquina y su mano se aferra a mi antebrazo cuando siente el primer contacto.
—¿Todo bien, Eren? —pregunta Pixis al hacer una pequeña pausa.
—Sí.
—Buen chico —murmura antes de continuar—. Dime, Levi, ¿cómo te va la carrera?
—Bien, ahora estoy de exámenes —hago una pausa antes de matizar—. Estamos de exámenes.
—Ah, bueno, es lo que toca —dice Pixis mientras bordea una de las alas—. ¿Tú que estudias, Eren?
—Comunicación audiovisual.
—Oh, es parecido a lo tuyo, ¿no? —indaga Pixis en mi dirección.
—No exactamente.
El intercambio consigue su efecto. Eren se relaja poco a poco, incluso interviene en varias ocasiones hasta que acaba acaparando gran parte de la conversación. Pixis sonríe sabiendo que lo ha llevado a su terreno. En un momento dado, cuando nota cierta incomodidad en su rostro, hace una pausa y cambia la aguja.
—Está quedando que te cagas —le dice para infundirle ánimos.
Eren sonríe y parece percatarse en ese momento de que aún tiene apresado mi brazo. Lo suelta de inmediato y entierra un poco más el rostro en la camilla. Pixis aprovecha para comenzar con los últimos detalles. La piel de Eren está algo enrojecida, pero soporta el proceso con bastante entereza.
—Oye, Levi —dice Pixis de improviso—. Hazme un favor. Ve al mostrador y trae un rollo de papel film.
Lo miro extrañado. Hay un rollo empezado sobre un soporte giratorio a su lado. Pixis sigue el recorrido de mi mirada y se encoge de hombros.
—A ese le cayó producto. Anda, hazme el favor.
Me dirijo al mostrador y encuentro varias filas de paquetes sin estrenar en un cajón. Cuando regreso, veo que Pixis ha apagado la máquina y está refrescando la piel de Eren con un chorro de agua a través de un difusor metálico. Mi amigo desvía la mirada en ese momento, tiene las mejillas encendidas, supongo que debido a la presión de su rostro sobre el cuero de la camilla.
—¡Listo! —exclama Pixis con tono triunfal.
Extiende la mano para que le entregue el papel y tapa el tatuaje de Eren después de depositar una generosa cantidad de vaselina. El diseño reluce impecable, una obra maestra, aunque el lienzo también ayuda.
Mientras pixis le da unas indicaciones a Eren, remango mi pantalón por encima de la rodilla, dejando a la vista el gemelo donde va a ir mi tatuaje. Eren ocupa mi lugar y Pixis me pide unos minutos para fumarse un cigarro.
—¿Estás contento? —le pregunto.
El asiente repetidas veces con una sonrisa de alivio plasmada en su rostro.
—No me creo que haya estado dos horas, no se me ha hecho tan largo. Pixis es buen profesional.
—Ya te lo había dicho. —En ese momento el viejo reaparece frotándose las manos—. Me toca.
Unas horas más tarde, ambos abandonamos el estudio recién entintados. Eren no para de hablar por los cuatro costados, dando rienda suelta a todas las palabras contenidas por los nervios. Decide invitarme a comer en un restaurante chino que hay por la zona y sonríe cada cinco minutos, encantado con el trabajo del viejo y su propia valentía.
Permanecemos toda la tarde juntos, conversando acerca de trivialidades, recuperando un poco la normalidad entre nosotros. Pasamos por mi casa para jugar con Ratatouille y después nos dirigimos a su facultad para buscar sitio en la biblioteca.
—Qué mierda —mascullo entre dientes tras recorrer por tercera vez todo el perímetro de la sala, sin éxito.
—Vamos a mi casa —propone Eren en un murmullo.
Cuando llegamos a su vivienda, Armin nos saluda entusiasmado y Jean apenas levanta uno de sus brazos desde el sofá. Asciendo con rapidez la escalera de caracol que conduce a los dormitorios, detestando el temblor que sufre la estructura con cada paso.
Una vez en su cuarto, sorprendentemente limpio, me ofrece su escritorio mientras él se lleva los apuntes a la cama. Nos concentramos durante dos horas hasta que escucho que murmura algo a mi espalda. Cuando me giro, veo que está de pie sin su camiseta.
Definitivamente no pasaría un electrocardiograma con el día que llevo.
—Según Pixis tengo que lavarlo ya —murmura antes de dirigirse al baño—. Ahora vuelvo.
Suspiro y trato de concentrarme en mi pantalla, pero Eren ha dado al traste con la capacidad de raciocinio de mis neuronas. Cierro el portátil dándome por vencido cuando escucho que regresa.
—Me he puesto la crema como he podido —dice mientras se gira para mostrarme su espalda.
Lo miro con desdén.
—Joder, Eren. Te dijo una capa fina, ¡fina! —digo mientras me incorporo—. Así no va a respirar la piel. ¿Qué mierda, has gastado el bote?
—¡Claro que no! —contesta con el ceño fruncido—. Me da cosa que roce con la ropa.
Chasqueo la lengua y me dirijo al baño para lavarme las manos. Observo el tubo de crema apretujado a un extremo y pongo los ojos en blanco.
Regreso a la habitación y me lo encuentro sentado en el borde de la cama, tratando de arreglar el pegote que tapa por completo la tinta. Aparto su mano y me coloco justo detrás de él.
Paso el dedo con delicadeza sobre su piel, evitando ejercer cualquier tipo de presión hasta dejar una capa fina de producto. De nuevo me pierdo en esa espalda musculada con la sensación de que no le hago justicia en mis sueños. Cuando se gira, entrecierro los ojos con gesto burlón y, sin pensarlo, deposito un pegote de crema sobre su nariz.
—Eres un desastre —susurro con media sonrisa.
Eren parpadea boquiabierto.
Intento alejarme, pero su mano aprisiona mi brazo, deteniendo mi movimiento. Me tenso, convencido de que va a reprocharme ese leve coqueteo.
—Levi... —murmura muy cerca de mi rostro.
Alguien aporrea la puerta de su dormitorio y no puedo sentirme más agradecido por ello.
—¡Estamos haciendo pizzas! —vocea Jean.
—¡Ya vamos! —responde Eren mientras se incorpora de un salto—. Será mejor que baje, no me fio del cara de caballo.
Asiento en silencio y él desaparece de la habitación. Joder, ¿qué mierda acaba de suceder?
Me dirijo al baño para lavar mi tatuaje y poner una cantidad razonable de crema, mientras no dejo de darle vueltas a mis propios actos. Cuando desciendo las escaleras todos me están esperando sentados a la mesa. Sin embargo, Eren está más callado que de costumbre.
Decidimos no retomar el estudio y aprovechar esa noche para descansar y reponernos de toda una semana de horarios imposibles. Sentado en un solitario autobús, le doy vueltas a lo que ha pasado en su habitación, llegando a la conclusión de que me encuentro en un punto sin retorno.
El gélido aire nocturno traspasa mis pulmones y araña mi piel en cuanto pongo un pie en mi barrio. Una brisa desapacible sacude las ramas de los árboles, que crujen a mi alrededor dejando caer las pocas hojas anaranjadas que aún conservan. Camino midiendo cada paso, como si estos me condujeran a una resolución en lugar de a mi domicilio.
Estoy cansado de fingir, cansado de robar caricias, cansado de desear besar sus labios cada vez que me regala una de esas sonrisas suyas.
Cansado de reprimirme.
Me detengo debajo de una farola a escasos metros del portal y apoyo mi espalda contra el soporte metálico. Observo la sombra que se proyecta sobre la acera, la sombra de un chico que siempre ha sido pragmático, directo, decidido.
Estoy cansado.
Me concentro en la nube de vaho que expulso con cada respiración. La nariz y las orejas me arden debido al frío, pero permanezco unos minutos más en esa reconfortante soledad. El sonido de unos tacones me hace elevar la mirada. Una chica aminora el paso en cuanto detecta mi presencia y cruza la calle con gesto desconfiado.
En ese momento el frío me cala hasta los huesos con impunidad. Doy unos pasos mientras intento desentumecer mis piernas y saco las llaves de mi bolsillo para ingresar a la calidez del apartamento.
Me recibe una estancia a oscuras, sin rastro de mi compañero de piso. Avanzo con cautela por el pasillo para evitar despertarlo y me desvisto nada más llegar a mi habitación. Saco a Ratatouille de su jaula y me siento sobre la cama con las piernas cruzadas.
—¿Qué harías tú?
Mordisquea uno de mis dedos con suavidad antes de comenzar a asearse la cabeza con sus patas.
—No sé para qué te pregunto. Tú lo adoras —le recrimino mientras acaricio su cabeza—. Hablaré con él.
Libera un chillido.
—Pero no ahora, después de exámenes. Antes de las vacaciones. Quizás en su fiesta de mierda. Sí.
Mi rata trepa por mi hombro y se acerca a mi barbilla para olfatearme. Consigue sacarme una débil sonrisa con el cosquilleo de sus bigotes e inclino mi rostro para acariciarla con mi mejilla.
—Está decidido.
