17/09/2009
Ya está más cerca el fin de semana y eso me llena de energía. Antes de que se me olvide, me gustaría dedicarle este capítulo a todas las que me habéis dejado algún comentario (y digo todAs porque creo que sois chicas, no sé...) y en especial al Ginna, que me ha comentado cada capítulo y a la que no puedo responder porque no tiene cuenta en la web y a Yami no Nariel (me encantan tus teorías...). Muchas gracias por todo, guapas.
Con este capítulo intetaré compensar un poco el despropósito del anterior (gracias por no atentar contra mi vida ni nada XP). Ahora, como siempre ¡a leer bajo vuestra propia responsabilidad! XD
11
Oyó el teléfono. Quería cogerlo, pero estaba tan cansado... A lo mejor ni siquiera sonaba, a lo mejor era un sueño. Siguió soñando. Cosas muy raras. Primero, que trabajaba en una fábrica y su misión era mantener las bolsitas de té dentro de las tazas con agua caliente el tiempo justo para que saliera perfecto y que por hacer aquello le daban una medalla o algo así. Después, ese tipo de pesadillas en las que alguien o algo te persigue y por más que intentas correr e ir deprisa, no puedes, y justo cuando ese alguien o algo te va a atrapar, te despiertas pegando un bote en la cama.
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Se despertó sudando y con escalofríos. Sacó un poco la cabeza de entre las sábanas, miró a su alrededor e hizo una mueca de contrariedad. "Vaya, esta sí es mi habitación". Extendió el brazo hasta el cajón de la mesilla de noche, lo abrió y empezó a revolverlo. "Mierda". Allí no estaba lo que andaba buscando. De cualquier forma, tampoco era tan importante, o sí, pero no tenía la menor intención de salir de la cama para buscarlo. Tenía demasiado frío. Volvió a taparse. Se acurrucó todo lo que pudo, pero el frío ya estaba ahí, metido hasta los huesos. En todas partes, excepto en la frente, que le ardía como si la cabeza le fuera a estallar. "Me parece que hoy tampoco iré a clases…" Así, se volvió a quedar dormido.
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Sonó el teléfono. ¿Qué hora era? No sabría decirlo, y tampoco si había pasado la mañana despierto o había conseguido dormir después de despertarse con aquellos sueños. El teléfono sonó un rato y luego paró, pero volvió a sonar al momento. Naruto sabía perfectamente que Sasuke no dejaría de llamar. Porque era Sasuke, eso lo sabía aún mejor. "Joder, Sasuke, deja de llamar y ven de una vez". Se tapó los oídos con las manos, pero siguió escuchándolo. Por fin, se levantó y lo descolgó.
–¿Sí?
–¿Dónde estabas?
–En la cama.
–¿A estas horas? ¿Con quién?
–Muy gracioso.
–¿Te encuentras bien? Tienes una voz muy rara.
–No, Sasuke, no me encuentro bien y no me apetece hablar, sólo quiero estar tumbado.
–… ¿Quieres que vaya a tu casa?
–Haz lo que quieras –suspiró–. Total, siempre lo haces…
–Espérame, ¿vale?
Naruto asintió y colgó el teléfono. "Lo que yo te decía… Vale, ahora date prisa, por favor".
Al momento, él estaba allí, llamando a la puerta.
–Hola –abrió envuelto en una manta.
–Hola.
–Pasa –Naruto se dio la vuelta y subió las escaleras hasta su cuarto. Él cerró la puerta y lo siguió.
–¿Te has tomado la temperatura? Parece que tienes fiebre.
–No. He buscado el termómetro, pero nada, no sé dónde puede estar.
Sasuke le puso la mano en la frente y confirmó la idea de la fiebre.
–Bueno, no pasa nada. Voy a llegarme a comprar uno ahora mismo.
Dicho y hecho. Se acercó a la farmacia de guardia y compró uno, además de paracetamol, una bolsa de agua caliente y un bote de alcohol; y con todo esto volvió a casa de Naruto. Antes de subir a su cuarto, trasteó un rato en la cocina y calentó un poco de agua para llenar la bolsa y para una sopa de sobre de pollo con fideos que había traído de su casa al oír la extraña voz de Naruto por teléfono. Después, subió.
–¿Cómo te encuentras? –se lo encontró en la cama, encogido.
–¿Dónde has estado? He oído ruido abajo.
–Calentando agua para esto. Toma, entrarás un poco en calor –metió la bolsa entre las sábanas–. Además, he comprado un termómetro digital, ¿lo ves? Así será más fácil, nunca he sido bueno leyendo el de mercurio.
–Yo nunca he sido bueno sujetando un termómetro entre mis manos, todos van a parar siempre a suelo. Irremediablemente. Recuerdo que un día, cuando era pequeño, llevé un tarrito con mercurio a clase –Naruto sonrió febril mientras lo contaba–. La señorita cogió un poco sin darse cuenta de que tenía un anillo de oro en el dedo, era el anillo de su boda. Acababa de casarse hace poco con el profesor de... bueno, no recuerdo de qué, pero el caso es que se quedó sin anillo, ya sabes –mientras contaba esto, Sasuke le puso el termómetro–. Fffff... está frío.
–No tanto como tus manos –las cogió y las frotó entre las suyas hasta que el termómetro pitó–. Veamos, tienes… ¡treinta y nueve!
–Sasuke, tengo mucho frío –y en verdad estaba tiritando.
–He preparado una sopa caliente. Es de sobre, pero te sentará bien. Vamos, incorpórate un poco –ayudó a Naruto a sentarse con la espalda apoyada en el cabecero de la cama. Le colocó la almohada para que estuviese más cómodo y le acercó el tazón de sopa.
–Gracias. Esto es una mierda; odio estar enfermo –tomó una cucharada de sopa y notó el calor bajándole por la garganta hasta llegar al estómago.
Sasuke sacó una pastilla y se la dio a Naruto.
–Esto te bajará la fiebre. Tómala con un poco de caldo.
Naruto hacía todo lo que le pedía el moreno, sin fuerzas para contradecirle lo más mínimo. Por un lado, le gustaba tenerlo allí ocupándose de él, le hacía sentirse menos solo, pero por el otro…
No se dio cuenta de que estaba llorando hasta que notó los dedos de Sasuke en su mejilla, secándole una lágrima. Agachó la cabeza limpiándose el resto, agobiado porque Sasuke lo viese llorar de nuevo. "Joder, por eso odio estar enfermo".
–Lo siento.
–¿Por qué? –Sasuke le quitó el cuenco vacío y lo dejó sobre la mesilla. Su voz sonaba tranquila, al igual que la del rubio.
–No deberías estar aquí. Apenas nos conocemos.
–¿Y? –Sasuke se imaginaba lo que diría después, pero quería oírlo.
–No quiero que te sientas obligado a cuidar de mí… No lo necesito.
–Lo sé, sé que puedes cuidarte solo. Aunque ahora mismo pareces una niñita desvalida –sonrió con superioridad, seguro de que eso enfurecería al rubio.
–Los cojones. ¿Quieres ver cómo esta niñita te…?
Naruto se vio interrumpido por los labios de Sasuke.
–¿Qué haces? –lo apartó de un leve empujón y se llevó la mano a la boca con el ceño fruncido.
–Aprovechándome de tu falta de reflejos –volvió a sonreír de esa manera–. Parece que te ha bajado algo la fiebre. Vamos, túmbate.
–¿Q-qué?
Sasuke le retiró la almohada para que se recostara y se la volvió a colocar bajo la cabeza.
–Tranquilo, sólo voy a ponerte un paño con alcohol en la frente. ¿En qué estabas pensando?
–En lo imbécil que eres –murmuró mientras se tapaba la cara con el edredón.
El moreno empapó en alcohol el trozo de tela cuidadosamente doblado que había cogido antes de la cocina y se lo colocó en la frente.
–Naruto –su voz sonó seria y suave.
–¿Hm? –lo miró. Tenía los ojos brillantes, más que de costumbre, por culpa de la fiebre.
–Soy consciente de que acabamos de conocernos, pero debes tener en cuenta que siempre he hecho lo que he querido…
–Eres un niño mimado. Ahora dime algo que no sepa –cerró los ojos. El alcohol le molestaba.
–Lo que intento decir –pasó por alto el comentario del otro. Supuso que no podría discutir con él en ese estado– es que si estoy aquí ahora mismo es porque quiero.
–¿Sabes? Aunque seas un idiota, en realidad me alegro mucho de que hayas venido –agarró con fuerza la mano de Sasuke–. Quédate aquí si no tienes nada que hacer.
–Claro que sí.
Definitivamente era un idiota, un idiota sin fuerza de voluntad ni escrúpulos. ¿Cómo podía estar ahí cuando apenas hacía un día y medio se había acostado con Sakura? Y, además, actuando como si nada hubiese pasado. Trató de echar la culpa de su actitud a la fiebre de Naruto. Claro, este no era el momento de hablar y tratar de explicarle que un cabrón con pintas se había enamorado hasta las trancas de él, que había tenido sexo con otra persona simplemente como polvo de despedida y que ahora se sentía tan miserable que lo único que le daba fuerzas eran esos ojos azules y esa sonrisa verdadera que calmaba su espíritu. Sintió una presión en el pecho, y ante unos pensamientos que, violentamente, acudían a su cabeza, sólo pudo cerrar los ojos y tratar de evitarlos.
Naruto se quedó dormido al instante, y Sasuke aprovechó para hacer lo mismo. Se sentó en la alfombra y apoyó los brazos y la cabeza sobre la cama. "Si Gaara me viera en esta situación, pensaría que el que está enfermo soy yo".
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A eso de las tres de la mañana, Naruto se despertó. Aún tenía la mano de Sasuke cogida. Él se despertó también.
–¿Cómo te sientes?
–He tenido un sueño horrible. Estábamos tú y yo en un centro comercial y unas mujeres vestidas con túnicas me lanzaban pétalos de rosa y decían que eso era signo de muerte. Y luego un hombre me tendía la mano y me preguntaba si podía ayudarle y yo me ponía histérico y te decía que ese hombre era la esencia del mal, pero tú me ignorabas y...
–Shhh... tan sólo ha sido una pesadilla por culpa de la fiebre. ¿Qué íbamos a hacer tú y yo en un centro comercial? –Sasuke soltó su mano y se levantó–. Vamos a ver si te ha bajado la fiebre.
Alcanzó el termómetro y se lo puso. Marcaba treinta y siete y medio. Suspiró bastante más aliviado.
–Sasuke, dame otra manta, por favor.
–¿Tanto frío tienes? Bueno, pues dime dónde están.
Naruto señaló un armario enfrente de la cama y después se tapó completamente la cabeza con el edredón. Sasuke abrió la puerta del armario y echó un vistazo. Los armarios ajenos siempre eran interesantes. Vio una manta de color verde y tiró de ella. Al hacerlo, una cajita de lata cayó al suelo y rodó hasta pararse junto a la pata de la cama. Él se agachó y la cogió. La agitó un poco; dentro sonaba algo como pequeñas piedras, o caramelos, o...
–Sasuke, ¿vas a echarme la manta?
–Claro, ya voy.
Después de hacerlo, se sentó a los pies de la cama y la abrió. ... o pastillas –"No sé, anfetaminas... o tranquilizantes, supongo"–. Allí había dos tipos de pastillas, tan contradictorias como el propio Naruto. Sabía de aquella parte de él, pero encontrar eso marcaba la sutil diferencia entre saber que te ponen los cuernos, por ejemplo, y encontrarte a tu pareja follando con otro. –"No puedo perder el tiempo contigo, tengo que suicidarme, ¿vale?"–. Mierda, desde ese día no había vuelto a pensar seriamente en aquello y ahora la realidad le golpeaba en el estómago sin piedad. Cogió la cajita y se la guardó en el bolsillo del pantalón. Tomó la determinación de que hablaría seriamente con él en cuanto estuviese mejor. Ahora era mejor dormir un poco. De madrugada todo se piensa 'disléxicamente'.
En esa ocasión, fue Sasuke el que soñó: Naruto estaba sentado delante de él con un montón de pastillas entre las manos y no paraba de decir que en esta vida hay que probarlo todo. Entonces, le ofrecía algunas con una sonrisa, pero aquella no era su sonrisa, sino la expresión de una persona que sabe que puede dominar a otra y cuya vida está en sus manos. Así estuvo durante toda la noche. Es curioso cómo un sueño tan simple y tan corto en apariencia puede durar horas.
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Por la mañana, cuando Naruto se despertó, no lo encontró allí. Bajó a la cocina para ver si Sasuke estaba por ahí trasteando, pero no. En ese mismo instante, escuchó el tintineo de unas llaves y luego la cerradura y la puerta al abrirse.
–Joder, qué susto me has dado, Naruto. No te esperaba levantado.
–Tenía hambre.
–Pues no sé qué ibas a comer. En la nevera tan sólo había helado y zumo de naranja. Ah, y doscientos botes de ramen instantáneo en la despensa.
–Me encanta el helado y el zumo de naranja… y no se te ocurra decir nada malo del ramen. ¿Por qué pones esa cara?
–Porque es muy raro –dejó un par de bolsas del súper sobre la encimera de la cocina y se acercó a Naruto, poniéndole la mano sobre la frente–. ¿Cómo te encuentras hoy?
–Mejor, creo que ya no tengo fiebre… –completamente sonrojado, se apartó de esa mano y empezó a curiosear en las bolsas–. Mierda, si sigo faltando a clase, tendré que liarme con más de un profesor para aprobar.
–Eso no estaría bien. Bueno, con uno ya es bastante, si te tienes que liar con más… –comenzó a sacar todo lo que había comprado ante la atenta mirada del otro–. Lo mejor será que descanses. ¿Es que tenías algún otro examen?
–¿Hm? –se había quedado mirando a Sasuke comportándose de esa manera tan natural en su casa después de lo que había pasado–. No, supongo que si hago un poco de teatro pasarán por alto las faltas. No creo que haya problema. De todas formas, voy bastante bien en los estudios. ¿Y tú, no vas a clase?
Sasuke negó con la cabeza.
–Tenemos un par de semanas libres para estudiar antes de los exámenes cuatrimestrales. No pasa nada.
–Pero entonces deberías estar estudiando…
–No te preocupes, aunque no lo parezca, yo también voy bastante bien en los estudios –sonrió de medio lado–. Además, ¿quién iba a cuidar de ti con lo insoportable que eres?
–Gilipollas… –murmuró lo suficientemente alto como para que el moreno lo escuchara–. Oye, ¿qué vas a hacer?
–Espaguetis.
–Entonces me veo en la obligación de decirte que esta casa no está asegurada contra incendios.
–¡Te has levantado graciosillo, eh! –se metió la mano en el bolsillo y sacó un paquete de tabaco. Al hacerlo, una cajita cayó desde sus pantalones hasta el suelo y se quedó allí. Naruto la miró en silencio y después miró a Sasuke sin entender nada.
–Sasuke, ¿qué haces con...?
–Salió de tu armario al coger la manta –respondió él tan bajo que hubiera sido imposible oírlo de no ser por el silencio que se había creado.
–¿Cómo has dicho? –lo había oído perfectamente.
–Naruto…
–Mierda –el rubio se agachó, mirando la caja que ahora daba vueltas entre sus dedos, y se dejó caer en el suelo, apoyando la espalda contra la pared.
Sasuke hizo lo mismo, sentándose a su lado sin decir una palabra, sin mirarlo siquiera.
–Oye…
–Por favor, déjame solo.
–Naruto…
–¡¿Qué?! Sea lo que sea lo que vayas a decirme, ya lo sé. Me lo he dicho mil veces a mí mismo, así que, por favor, vete. Déjame solo –su voz perdía fuerza por momentos, terminando la frase con un simple susurro ahogado.
Sasuke se miró la pulsera de cuero que siempre llevaba. Negra, de unos cuatro dedos de ancha, con un par de hebillas y tachuelas metálicas, y empezó a quitársela despacio, enfrentándose a sus propios demonios que le gritaban que no lo hiciera. Naruto lo miraba de reojo, y arrugó el entrecejo mordiéndose el labio cuando vio ante sí lo que el moreno trataba de mostrarle.
–Sasuke…
–Mi hermano mayor siempre ha sido el mejor en todo. Desde pequeño… sacaba las mejores notas, destacaba en los deportes, tenía a todas las chicas a sus pies. Mi padre es la persona más estricta y más déspota que conozco. No permite un solo desliz y mi hermano cumplía todas sus expectativas. Sin embargo, su otro hijo…
Naruto lo miraba. ¿De verdad Sasuke le estaba contando todo aquello? Siguió escuchando el relato del moreno, que hablaba con indiferencia, como el que cuenta algo que no le incumbe para nada.
–No había forma de alcanzar a mi hermano. Lo intenté con todas mis fuerzas, pero hiciera lo que hiciera, mi padre seguía tratándome como si fuera basura. Alguien a quien no merece la pena tener en cuenta. Entonces, cuando fui lo bastante grande como para comprender ese comportamiento, decidí pasar de todo. Si no podía ser como él, sería todo lo contrario. Empecé a sacar malas notas, a salir de noche, a probar todo tipo de drogas… Mi madre lloraba todas las noches por mi culpa, pero yo seguía con mi idea de autodestrucción. Culpaba a todo el mundo. A mi hermano por ser perfecto en todo, a mi madre por ser débil y acatar todo lo que dijera mi padre como si fuera ley divina, a él por ser… a él por ser el causante de todo mi dolor –dobló las piernas y apoyó los brazos en las rodillas, escondiendo la cabeza–. Una noche decidí acabar con todo y bebí hasta perder el conocimiento. Gaara llamó a mi casa cuando me ingresaron en el hospital con un coma etílico, pero sólo estaba mi hermano, así que cogió el coche y salió hacia el hospital… No pudo hacer nada cuando un chaval puesto de coca hasta las cejas arremetió contra su coche –apretó los puños con toda la fuerza de la que era capaz–. Ambos murieron en el acto.
El rubio metió su brazo bajo los de Sasuke y le agarró la mano, intentando transmitirle algo de la fuerza que seguro necesitaba en ese momento. Sasuke suspiró y tragó saliva antes de continuar.
–Cuando mis padres se enteraron de lo que había pasado… Dios, mi madre entró en una depresión de la que aún trata de salir y mi padre… cuando desperté en el hospital, me dijo que todo era culpa mía, que debería haber muerto yo en lugar de mi hermano y que no volviera a acercarme a ninguno de los dos, que yo ya no era su hijo. Hmf, como si alguna vez lo hubiera sido… Fue entonces cuando… –levantó la cabeza y giró la mano que tenía sujeta por Naruto, recorriendo con la mirada aquella cicatriz.
Naruto la acercó a sus labios y la besó, acariciándola con la lengua como si con ello pudiera hacerla desaparecer, junto con todos los malos recuerdos.
–No fue culpa tuya.
–Lo sé…
–No, no lo sabes. No debes torturarte así. Nadie debería pasar por lo que tú has pasado. No fue culpa tuya –entre cada frase besaba la muñeca de Sasuke con mimo, mirándolo a los ojos que ahora aparecían empañados, reteniendo las lágrimas que pugnaban por hacer acto de presencia.
–Naruto…
–Yo… no tengo padres. Mi única familia ahora es mi abuelo. Él me quiere mucho y siempre ha cuidado de mí, pero no puedo evitar pensar que yo maté a su hija… –mientras hablaba, recorría la cicatriz de Sasuke, esta vez con los dedos, como hipnotizado–. Mi madre murió al poco de nacer yo, por algo relacionado con el parto… y mi padre se suicidó cuando no fue capaz de afrontar la tristeza de su pérdida. Yo no quiero hacer sufrir más a mi abuelo, por eso sonrío y finjo que todo va bien. Siempre. No quiero volver a ser el causante del dolor de nadie. Yo… tengo que ser… tengo que parecer feliz, aunque ese ánimo sea artificial, adulterado químicamente por un puñado de pastillas… Pero es agotador, y para descansar y olvidarlo todo aunque sólo sea por unas horas, también echo mano de las pastillas. Todo lo que soy es un contenedor vacío con sentimientos prestados por píldoras mágicas y medicinas sintéticas.
–No es verdad. La sonrisa que yo he visto no es falsa ni vacía.
–Sasuke…
–Tú nunca podrías hacer sufrir a nadie. No tienes que esforzarte en parecer nada. Sólo tienes que ser tú… Naruto.
Miró de nuevo la cicatriz de Sasuke y después su propia mano, que había permanecido cerrada todo ese tiempo. Fue abriendo los dedos despacio, viendo por primera vez con otros ojos la cajita de lata en su palma. La abrió, cogió al moreno por la muñeca y volcó la caja en su mano.
–Tíralas.
Él asintió, lo agarró de la mano y lo ayudó a levantarse para acercarse juntos hasta la encimera de la cocina. Allí, las dejó caer en el fregadero y abrió el grifo... y vieron cómo, una a una, iban cayendo por el desagüe.
–Gracias. Quiero que sepas que acabas de tirar lo que sería la solución a todos mis problemas si tú no... si no... –cogió aire–. Gracias.
"¿La solución? Vamos, Naruto, dime que no es cierto. Dime que nunca lo has pensado en serio, dímelo".
–¿Qué vas a hacer ahora?
–No lo sé, pero no quiero estar aquí –no dejaba de mirar el fregadero–. Necesito salir, despejarme...
–Vamos, ven conmigo –Sasuke sonrió tímidamente y tiró de él hacia la calle.
–¿Adónde vamos?
–Tú sólo ponte el casco y agárrate fuerte.
Subieron en la moto, arrancó y después dejaron atrás la casa de Naruto, la calle, la ciudad. Cogió una salida, que estaba sin señalizar, a la derecha, bajó una cuesta y paró. Habían llegado a una pequeña cala, rodeada de grandes riscos, completamente vacía.
–La gente no suele conocer este sitio. Piensan que no se puede bajar, por las piedras.
–Es muy, muy bonito –se bajó de la moto, se quitó los zapatos y los calcetines, se remangó los pantalones y se acercó a la orilla.
El agua estaba fría y la primera ola lo hizo dar un respingo y retroceder rápido, chocando con Sasuke, que estaba detrás con la intención de hacer lo mismo.
–Perdona, es que el agua está helada –se rió.
Él sonrió, ya había pasado todo. Ahora Naruto volvía a ser el de siempre. "¿Hasta cuándo?"
–¿Nos bañamos? –preguntó Sasuke bromeando.
–¡Estás loco! Ahora me dirás que te va el nudismo.
–Pues es una opción… –enarcó una ceja y Naruto se rió y lo empujó.
–Eres un payaso.
–No cuela, ¿no?
–Nooo.
–¡Qué lastima!
Se apartaron de la orilla y se sentaron en la arena, que estaba un poco húmeda porque aún no daba mucho el sol.
–Estás muy callado, ¿en qué piensas? –odiaba aquella pregunta, sobre todo cuando se la hacían a él, pero no pudo evitar soltarla al ver esos ojos azules compitiendo con el mar, con el cielo.
–Es una tontería. Si te lo digo, te vas a reír de mí.
–Venga, cuéntamelo.
–Me estaba acordando de todas esas películas de terror en las que una pareja va a un sitio apartado al caer el sol y entonces deciden bañarse desnudos y tal... y un psicópata asesino los mata brutalmente... y tú lo ves y piensas: ¡pero, imbéciles, salid de ahí ya! ¡No os bañéis! –sonrió–. Ya te dije que era una tontería.
Sasuke lo miró –"¿Una pareja?"– y sonrió también.
–¿Te gustan las pelis de terror? –el moreno parecía sorprendido, pero encantado a la vez.
–Me encantan.
–¿Y cuál es tu favorita?
–Uf, no sé... 'Al final de la escalera'. Sí, esa.
–Tienes muy buen gusto. Ahora hay muchas películas que son una mierda. Los que las hacen se dejan influir demasiado por los efectos especiales y olvidan lo más importante.
–¿Y qué es según tú lo más importante?
–Jugar con la mente del espectador, por supuesto. Hacer que sueñe con la película, que no se atreva a levantarse del sofá ni para ir al baño, hacer que relacione cosas habituales con la película creando en él un miedo constante. Lo que yo llamo 'efectos secundarios'. Como cuando ves 'El resplandor' y en todos los pasillos te imaginas a aquellas encantadoras niñas llamándote –se acercó a Naruto y le susurró al oído: "Ven". Y lo hizo de tal modo que a él le dio un escalofrío.
–¿Te han dicho alguna vez que eres una persona muy retorcida?
–Bueno, eso da mucho morbo –sonrió.
–¿Morbo?
–Sí, todo lo que se sale de lo que se considera normal y se acerca a eso que llamamos 'el lado oscuro' suele dar mucho morbo. ¿Has visto 'La naranja mecánica', de Stanley Kubrick?
–Claro.
–Pues no te gustaría saber la cantidad de chicas que encuentran tremendamente atractivo al protagonista. Y eso sin contar a todos los chicos malos que pululan por la televisión y la gran pantalla. Les dan morbo, nada más.
–No vayas a decirme que tu pasión por ese tipo de películas se debe a tu parecido con los protas y que ahora aquí el único que está verdaderamente en peligro soy yo…
Sasuke se rió.
–No estás en peligro… por ahora.
–Es una pena.
Lo miró. De repente le apeteció muchísimo besarlo..., empujarlo y tumbarse sobre él..., besarlo como nunca había besado a nadie...
–Bueno, ¿y qué piensas de películas como 'Pesadilla en Elm Street', 'Viernes trece' o 'Psicosis'? –Naruto seguía preguntando, intrigado por esa nueva afición que parecían tener en común.
–¿Qué?
–¿No me has oído?
–... Sí... sí... –el momento había pasado–. Pueees... me gusta mucho Freddy Krueger, es un buen personaje. No puedo decir lo mismo de Jason. Lo siento, pero todas las partes son demasiado parecidas y bastante malas. Además, ese sí es el tipo de película en la que tú dices: ¡No entres ahí, gilipollas, que te van a matar! ¿Y cómo se te ocurre ir solo, de noche, si ya han asesinado a la mitad de tus amigos? –Naruto se rió–. Y en el caso de 'Psicosis'... bueno, la escena de la ducha... ¡eso sí que produce 'efectos secundarios'! Anthony Perkins clava el personaje y Hitchcock es un maestro.
–¿Y Stephen King?
–Buenos argumentos y buenos libros, pero con finales siempre bastante flojos.
–¿Y los clásicos? Ya sabes: Drácula, Frankenstein, La momia, el doctor Jekyll y mister Hyde...?
–Buenos personajes, sí señor, buenos personajes creados por mentes retorcidas.
–Vale, ya veo que te gusta el tema.
–Entre otras muchas cosas.
–¿Cómo qué?
–No te hagas el tonto. Sabes mejor que nadie qué es lo que más me gusta.
Naruto se quedó callado, mirando a lo lejos.
–Está subiendo la marea. Además, se está haciendo tarde.
–¿Quieres que nos vayamos?
–Sí –se sacudió los pies y se puso los calcetines y los zapatos. Sasuke hizo lo mismo.
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Aquel beso lo pilló desprevenido. No es que no le gustara, en absoluto, pero aún tenía que aclarar muchas cosas y la lengua del rubio dentro de su boca no lo ayudaba a decir lo que tenía que decirle. Su primer impulso fue el de cerrar los ojos y dejarse llevar por esas manos que acariciaban su nuca, esos labios suaves y esa lengua que se movía como si hubiese sido creada especialmente para eso, para dar placer y cambiar el rumbo de los pensamientos distractores y llevarlos directamente hacia el hedonismo más radical.
Apoyó las manos sobre los hombros del más chico y lo apartó despacio, viendo cómo éste lo miraba con extrañeza y de pronto se sonrojaba, bajando la cabeza algo desconcertado.
–Yo… me gustaría darte las gracias por todo. Te has portado tan bien conmigo que…
–Me acosté con Sakura.
