Nota del autor:

Bueno, ya van casi cinco meses desde que no actualizo. Mil disculpas. Finalmente, logré terminar el último capítulo de la fase 'introductoria', diría yo, de la historia. Simplemente, me encargué de cerrar algunas cosas que habían quedado abiertas (intenten averiguar cuáles son, si quieren), y no me dispuse a abrir nuevas cuestiones. Dejaré eso para los siguientes capítulos.

Me gustaría probar algo nuevo para el siguiente. Lo verán cuando lo vean.


Capítulo 10

Cuando la noche hizo su aparición, fue mayormente ignorada en Pueblo Pasaje. Incluso después de varias horas del impactante incidente de los Arcanine, los pobladores, junto a los refuerzos de Raicueva, trabajaban sin cesar para remover escombros, apagar incendios, o atender heridos; todo en un frenesí que al parecer estaba quitando horas de sueño a más de uno. Se había enviado mensajeros a las ciudades cercanas, para hacer correr la voz del ataque, y prevenir alguno inminente en otras localidades. También se mandó una procesión de Pokémon a Ciudad Risco para anunciar el deceso y llevar el cuerpo de uno los Bagon guardianes que había muerto durante el ataque.

El Alcalde ya no dormía. Permanecía sentado en su cama, ya que se le negó salir a lanzar órdenes al pueblo en su estado de salud. Por supuesto, la Sra. Gabite le hizo compañía toda aquella tarde, y también un buen número de sus hijos. En un punto, el Alcalde pidió que se anunciara que, a la mañana siguiente, habría una asamblea general en la fachada de la Alcaldía para discutir los eventos recientes, y quizá las soluciones. Luego de aquello, el Alcalde se dispuso a mantener una conversación trivial (casi sombría) con su pareja, con la ocasional participación de alguno de sus hijos.

En el toldo de la enfermería, estaban Momo, Otto, y el resto de los heridos. Varias antorchas pequeñas habían sido encendidas al lado de los tapetes de cada paciente para que el local no quedara a oscuras. Los Raichu habían recomendado a los heridos que durmieran, ya que así acelerarían su proceso de sanación. A diferencia de Otto, aquello no fue un problema para Momo, ya que ella todavía dormía desde hacía varias horas atrás. La nutria permanecía con los ojos bien abiertos, sin poder dormir, lanzando eventuales miradas impacientes al tapete de su amigo que aún no había vuelto de su paseo.

Tarde o temprano tendría que ponerse de pie para extender las patas, pensó él, así que se levantó y se dirigió a la entrada. Uno de los médicos lo interceptó, pero después de dar una breve explicación de su salida, lo dejó pasar, y emergió en la destrozada y oscura Segunda Avenida. El ambiente no estaba tan quieto y silencioso como él se imaginó que estaría: el Sr. Electivire, junto a un Granbull y el Sr. Ambipom, removía escombros de una casa cercana; mientras que, más abajo en la avenida, podía ver a la Sra. Floatzel lanzar agua a un montículo de restos humeantes. También vio a un Raichu acercarse, trayendo medicina y vendas para tratar a los heridos.

Lanzó una mirada hacia la destrozada fachada de la Alcaldía, de la cual solo una ventana despedía luz del interior. Se imaginó que ese podría haber sido el destino seguro de su hermano, pero una corazonada le dijo que no se encontraba allí; más bien, aquella corazonada le proveyó del lugar exacto en donde Tyler seguramente estaría. Era un lugar secreto para la mayoría. Tan secreto, la verdad, que ni siquiera Momo estaba al tanto de su existencia. En realidad, de no haber sido porque Otto había espiado al Tepig acudir a ese escondite, jamás lo hubiera sabido él tampoco.

Recordó aquel día, hacía más o menos un año, en que siguió a Tyler hasta aquel confidencial lugar. No había sido la época más alegre de su vida, y el Sr. Garchomp siempre solía decir que los peores días son los más fáciles de recordar. Había sido durante la estación fría, a finales de otoño, y en una de las épocas más gélidas que pudo recordar en su vida. Aunque el clima siempre había sido agradable en Pasaje, aquel tiempo había sido una excepción; en las mañanas, los techos y las calles del pueblo aparecían cubiertos de una fina escarcha blanca que se derretía inmediatamente con las primeras lamidas del sol. A eso se le sumaba una helada brisa que soplaba y entraba por las ventanas y orificios de las puertas en las horas de la madrugada. Todo el pueblo tuvo que trabajar sin descanso para traer leña y madera seca del bosque cercano para encender fogatas en las casas, ya que se había vuelto imposible continuar con los cultivos debido a la temperatura.

Entonces, Otto y Tyler todavía vivían en la Alcaldía, y no en la cueva en los límites de Pasaje. Ambos dormían en tapetes con Momo y el resto de sus hermanos. En esas noches difíciles de olvidar, el viento traía consigo una temperatura glacial, y los niños terminaban acurrucándose junto a la Sra. Gabite cuando era la hora de dormir. Conforme avanzaba la estación hacia el invierno, el sol pareció perder gradualmente su calidez, y solo servía de alivio momentáneo antes de las nuevas horas de fría tortura nocturna.

Y con todo eso en la mente, Otto comenzó a caminar en la dirección contraria a la Alcaldía, dirigiéndose hacia las afueras del pueblo, hacia donde pensaba que su hermano se encontraba. A su alrededor todavía podía ver aquellas pilas de madera y leña que no se habían usado en las chimeneas durante aquella helada, quedando como reserva o simplemente como un recordatorio de esos tiempos de adversidad. En ese momento, la noche otoñal era agradable y fresca, casi como una tarde de primavera, y no era nada parecida a las noches de la helada del año pasado. Se acordó de que algunos pobladores habían dicho que fue un castigo de Articuno, pero no recordó la razón.

Sumergiéndose nuevamente en su memoria, Otto se vio a sí mismo y a Tyler como pequeños de uno o dos años de edad: inexpertos, frágiles y necios. Otto, aunque joven, ya era capaz de leer y escribir, y ya había adquirido cierto control sobre su elemento acuático, gracias a las enseñanzas de Sealern, el ayudante de su padre. Tyler, por otro lado, no conocía a nadie que pudiera enseñarle sobre su propio elemento, el fuego. El único Pokémon con afiliación al fuego que tenían cerca era otra de sus hermanos adoptivos, una Vulpix de cola blanca llamada Faia. Según lo que Otto había leído, los Vulpix tenían la cola blanca hasta que eran capaces de usar su fuego correctamente, o hasta que llegaban a la adultez, por lo que Faia era tan inexperta como Tyler.

Por supuesto, no tener a nadie que le pudiera enseñar era muy frustrante para Tyler. En sus peores momentos, el Tepig se enfurruñaba en su tapete, y se negaba a salir a jugar. Incluso había ocasiones en las que el cerdito desaparecía completamente, sin volver a aparecer hasta casi al final del día (con los ojos hinchados y enrojecidos).

Continuando con su camino, y antes de llegar al quemado arco de entrada del pueblo, Otto dobló a la derecha en una calle lateral. Divisó una silueta oscurecida en la entrada de la última casa antes de la línea de árboles (la casa de los Electabuzz, a simple vista, por la arquitectura de la edificación), y al mirar mejor se dio cuenta de que era Ray el Elekid. El pequeño estaba intentando transportar un gran balde de aspecto muy pesado. Entre gemidos y gruñidos de esfuerzo, el pequeño había dejado un rastro de agua desde el estanque a varios metros de distancia en su intento de transportarlo. Otto, desviándose por un momento, se acercó con intenciones de ayudarlo.

—Oye, Ray, ¿necesitas una mano con eso?

El pequeño se levantó la cabeza y lo saludó, sonriéndole.

—¡Oh, Otto! Ya estás de vuelta. No, no, solo lo llevaba hasta allí —señaló una madera que todavía echaba humo, pero que no tenía llama visible—. No me gustaría que se encienda de la nada y queme algo. Además, está muy cerca de las flores de mamá... —indicó un montículo de tierra con algunos tallos secos y pisoteados—. O lo que queda de ellas.

El Oshawott se aproximó, frotó las manos una con otra, sujetó el borde de la cubeta con el Elekid, y lo ayudó a llevarlo hasta la ardiente madera. Entre los dos lograron ladear el contenedor y echar el agua, acabando con el latente peligro.

—¡Vaya! Gracias, Otto —exclamó Ray, soltando una chispa entre sus dos antenas—. Eres fuerte. ¡Apuesto a que estás a punto de evolucionar!

Otto rio ante la declaración y casi se sonrojó—. Pues, no sé... —hizo un gesto evasivo con la mano—. Oye, Ray, has estado aquí todo este tiempo, ¿no? Por las dudas, ¿no has visto a Tyler? Digo, ¿no ha pasado por aquí o algo?

—Eh... Sí, creo que lo vi pasar por aquí hace mucho —dijo el Elekid. Luego señaló el bosque—. Se fue por allí. Le dije 'hola', pero estaba corriendo y no me escuchó. A mí no me dejan ir allí...

—¿Por allí? —quiso confirmar la nutria, chasqueando los dedos mentalmente. Bingo. Estaba confirmado. Ya sabía con seguridad dónde se encontraba el Tepig—. Iré a buscarlo ahora mismo, ya es tarde. Gracias, Ray.

—¡De nada! —exclamó el Elekid, echando a correr hacia su casa—. Mamá me regañará si no me encuentra en la cama... ¡Suerte!

Otto retomó su camino, dirigiéndose esta vez más seguro hacia la línea de árboles que albergaba la ubicación de su amigo. Se adentró lo suficiente para perder de vista al entusiasta Elekid.

Por supuesto, aquel no era un camino que frecuentaba mucho. Su cueva hogar no se encontraba por allí. Si quería llegar a su casa, simplemente tenía que ir al bosque que comenzaba justo al final de la Segunda Avenida. Pero esta parte del bosque era diferente, sin camino distinguible que seguir. Tenía un aire distintivo, parecía un poco más frondoso, de alguna forma, al no tener un sendero marcado. Una fría brisa barrió desde el interior, causando que un escalofrío bajara por su espalda. Sin darle otra vuelta más al asunto, se internó aún más.

La verdad, sentía la misma incertidumbre que aquella vez cuando siguió a hurtadillas al Tepig en su huida, durante la terrible helada. Aquella vez, en uno de los días más fríos que recordaba, Tyler, Otto, Momo, y algunos más de sus hermanos habían estado jugando en el dormitorio en la Alcaldía, cuando escucharon una conversación que vino de la habitación contigua, tal vez una que no deberían haber oído. En un arrebato de furia durante una conversación con su esposa, el Alcalde se había descontrolado.

"¡¿Cómo es que nos cuesta tanto encender un simple fuego?!", había gritado el Garchomp, golpeando la pared con el puño. "¡Los pobladores sufren por el frío! ¡Los cultivos ya no sirven! ¡¿Sabes lo que esto le está haciendo a nuestra economía?! ¡Ni siquiera podemos mantener calientes a todos estos niños!", continuó, para luego agregar en un potente gruñido. "Y ese Tepig... ¡El día en que un poblador, UN poblador, amanezca muerto por hipotermia, echaré toda la culpa a ese niño! ¡Es un Pokémon de fuego, por un demonio! ¡¿Cómo es que el único Pokémon de tipo fuego que existe en este pueblo no pueda hacer fuego?! ¡Es ridículo! ¡Un chiste!"

En realidad, no solo Tyler había escuchado el griterío del Garchomp; quizá también el pueblo entero. El pobre Tepig había sentido tanta vergüenza cuando todos giraron la cabeza hacia su dirección. Había salido corriendo de la habitación, con las lágrimas ya incontenidas, antes de que cualquiera pudiera detenerlo. Lanzándole una última mirada a la Gible, Otto había hecho una carrera para seguirle el paso a Tyler. No estaba seguro si su amigo sabía o no que él lo estaba siguiendo, pero eso no interesaba. No tenía que perderlo de vista.

El cerdito había corrido casi a ciegas, apenas esquivando a los pocos Pokémon que pasaban trayendo madera del bosque. Al salir del edificio, Otto logró divisarlo justo cuando doblaba hacia la derecha en una calle lateral. El Oshawott empezó a correr con todas sus fuerzas, en un intento de que no se escapase de su campo de visión. Finalmente, al doblar en la misma esquina, vio que ingresaba al bosque. Otto lo imitó, y también entró. Esquivando los árboles justo a tiempo mientras intentaba no tropezar, la nutria distinguió más adelante una enorme roca de color arcilla, pero ya no vio al Tepig. La roca tenía por lo menos cuatro metros de alto y diez de longitud. Notó algo peculiar en la roca: estaba partida a la mitad, con una enorme grieta corriendo desde el suelo hasta su cima, creando una separación entre ambas partes lo suficientemente ancha como para poder apretujarse para entrar.

Sin ponderarlo demasiado, hizo todo lo posible para achicar su cuerpo y empezó a arrastrarse por la grieta. Aunque había sido bastante estrecha en un comienzo, notó que no solo se ensanchaba, sino que también subía en pendiente. En un punto, la roca se unía, tapando el cielo sobre él, pero el túnel continuaba más adentro en perpetuo ascenso. Podía ver el interior del túnel, ya que al final había como una abertura que dejaba entrar la luz solar. Apuró un poco más su avance, resbalándose en la húmeda superficie de la piedra. Una o dos veces tuvo que sacarse arañitas que intentaban subir por sus brazos.

Cuando llegó a aquella apertura, lo primero que vio fue la Planicie del Este, aquel prado que se extendía por kilómetros en la base de las montañas y en donde se asentaba Pueblo Pasaje. Luego, al levantar la mirada, notó que había un techo de piedra. Al verificar sus costados y abajo, se dio cuenta de que era como la boca de una cueva. Pero, lo que más lo impresionó fue que, aparentemente, no era accesible desde el nivel del suelo, sino que estaba elevada. ¡Era como un balcón natural con vista a la Planicie del Este! Y, posando su vista en el medio de la escena, vio a un desmoronado Tyler, con la cabeza entre las patas delanteras.

La entrada del balcón, lugar en donde se encontraba Otto, estaba a un metro del suelo de la cueva. El Oshawott no había notado aquello, por lo que al bajarse sin mucho cuidado, cayó de cabeza. Al escuchar el estruendo, su amigo se volvió hacia él con brusquedad. Con los húmedos e hinchados ojos como platos, el Tepig se acercó al Oshawott.

"¿Q-qué estás haciendo aquí?", le había preguntado con voz quebrada. Otto levantó la cabeza del suelo, con una pequeña lágrima cayendo por el dolor. El Tepig desvió la mirada. "Pensaba que... este lugar era..." había agregado en un murmullo.

"Ty...", le había dicho el Oshawott, levantándose del suelo. "Te seguí... porque no quería que estuvieras solo otra vez".

El Tepig se dirigió nuevamente a su posición anterior, ante el espléndido paisaje del prado. Su amigo lo siguió.

"Sé lo que has pasado estos días", había continuado el Oshawott. "Pero si te comportas así, es más difícil para todos ayudarte". Como el cerdito no le había respondido, continuó. "Podemos hablarlo tranquilamente ahora. Soy tu amigo, y también tu hermano, después de todo".

"... Tú...", se había esforzado por decir. "Tú... no lo entiendes".

"Vamos, Ty...", había intentado Otto, "sé que es duro... No es tu culpa. Controlar nuestros elementos es algo difícil".

"Es fácil decirlo para ti, ¿no?", había respondido el Tepig, con la voz temblorosa. "Es fácil decirlo cuando tú si puedes usar el tuyo".

Otto se quedó callado, ya que era cierto.

"Pero es cierto, ¿v-verdad?", había continuado Tyler. "Se siente genial poder usar tu agua. Se siente genial que alguien con experiencia te enseñe a hacerlo... Siempre estás con el Sr. Floatzel, y él te enseña... No lo entiendes, en el fondo".

"No digas eso..."

"Es ridículo, ¿no lo crees?", el Tepig había empezado a elevar ligeramente la voz, ignorándolo. "Es un chiste, como dijo papá. ¿Cómo es que un Tepig, un cerdo de fuego, no sea capaz de usar su fuego? Y justamente cuando más necesitamos fuego, en este frío, yo... no soy capaz de compartirlo". Tyler había mirado a Otto a los ojos, y luego hacia su pecho. "Lo siento dentro: está ahí, calentándome... Pero, por alguna razón, no puedo hacer que salga... cuando quiero..."

Una vez más, las lágrimas habían empezado a caer por sus mejillas. Otto lo comprendía. Comprendía cuán frustrante era aquello. Quería ayudarlo con todas sus ganas, pero no sabía cómo. Aquello estaba definitivamente fuera de su alcance como el Pokémon de agua que era. Si tan solo fuera un Pokémon de fuego, tal vez podría darle consejo, asistirlo. Pero no era el caso. Miró con tristeza al Tepig, buscando en su mente qué podría hacer para mejorarle los ánimos.

"No le hagas caso a papá...", había intentado Otto. "Sabes que no lo dijo en serio".

"Yo... estoy cansado de él", le había respondido el Tepig. "Estoy cansado de que sea de esa manera. Él no sabe lo que es este sufrimiento. No sabe cuánto duele no poder encontrar tu naturaleza. ¡Se supone que soy un Pokémon de fuego! ¡Tengo que hacer fuego!"

"Sabes, hagamos una promesa", había dicho el Oshawott, sacándose la vieira de su vientre. "Por la marca que pondré en esta vieira, prometemos que algún día nos mudaremos de la Alcaldía y tendremos nuestra casa propia. Así no tendremos que soportar las reprimendas de nadie".

Tyler lo miró con los enrojecidos ojos como platos. Finalmente, dio un asentimiento de conformidad. Otto procedió a agarrar una roca cercana y a dejar una pequeña rajadura en la parte interior de la almeja. Luego, puso otra marca justo al lado.

"¿Y para qué esa otra?", le había preguntado el Tepig, cuyo torrente de lágrimas ya se había detenido.

"¿Esta? Esta otra... es porque no descansaré hasta lograr que controles tu fuego", le había dicho el Oshawott con un guiño. Luego se puso de pie y le extendió la mano. Tyler lo miró con asombro, y sonrió.

Y ahora, en aquella fatídica noche, todo parecía diferente. Sacándose la vieira de su posición, Otto pasó la mano por las dos pequeñas marcas que había hecho ese día. Luego, levantó la mirada hacia la enorme roca fisurada, distinguiendo la silueta en la oscuridad de la noche. Al tantear por un momento la superficie de la piedra, encontró con rapidez la fisura que le llevaría a su extraviado amigo. Antes de apretujarse para ingresar, se colocó la vieira en el vientre. Fue un poco más complicado subir esta vez, por las condiciones de luz, y varias veces se golpeó la cabeza con salientes.

Al llegar a la entrada del balcón, presenció la enorme y brillante luna llena rodeando la inmóvil silueta de un Pokémon: Tyler. Se bajó con cuidado, aterrizando con suavidad, y se dirigió hacia su amigo. El Tepig ni se inmutó cuando la nutria se sentó a su lado. Tenía la mirada fija en el blanco astro, que se reflejaba como una pequeña perla en sus ojos, y estaba inmerso en su propio mar de pensamientos.

—No sé cómo, pero me imaginé que estarías aquí —dijo Otto con la voz rasposa, contemplando también la luna.

—Debes ser psíquico —comentó categóricamente Tyler, quebrando su ensimismamiento y echándole un vistazo al Oshawott. Otto no estuvo seguro si su intención fue la de hacer una broma, ya que la voz de Tyler parecía monótona—. Veo que este lugar ya no será jamás privado de nuevo...

El Tepig desvió la mirada. Pero luego, entristecido, bajó las orejas. Otto pensó que lloraría, y se preparó.

—Ty... —comenzó. El cerdito levantó los ojos, pero no había tristeza; era algo más.

—Otto, yo... —dijo Tyler, abriendo y cerrando la boca varias veces—. Yo... he pensado en todo lo que nos pasó hoy, y... creo que no es justo. Nada de lo que pasó hoy es justo. Yo... solo quería que esto fuera la mejor aventura de mi vida, y quería compartirla con ustedes, y...

—No, Ty... —intentó decir Otto.

—Es en serio... —continuó—, lo único que logré fue que nos peleáramos... Siento tanto que te haya tratado así allá en la montaña, tú no eres un cobarde...

—Ya te disculpaste por eso, no hace falta...

—Si solo no hubiéramos salido, tal vez Momo no se habría roto el brazo, y... Y tal vez... esos Arcanine...

—No lo digas —le cortó Otto, consciente de lo que quería decir en aquellos momentos—. Ya hemos hablado sobre esto.

—¡Pero ella es un bebé!

—¡Y tú eres mi amigo! —le dijo enojado Otto, levantándose. Estaba harto de que pensara de esa forma, de que él fuera el que debiera sufrir en el lugar de los otros—. Yo no quiero perder a nadie, ni a ti, ni a Momo, ni a mi familia. No me digas que tú deberías haber ido en su lugar. ¡No lo digas! ¡No lo digas o te golpearé! —agregó elevando una de sus patas—. ¡Y no! ¡Tampoco pienso que esté bien que Estela fuera en tu lugar!

—Pues, suena a que sí... —dijo Tyler, casi en un murmullo.

—¡No! —exclamó la nutria—. ¡No y no! Te lo dejaré claro: lo que yo deseo es que esos Arcanine jamás hubieran venido aquí. No digas las cosas como si fueran algo irremediable... Eso no es cierto...

—¿Qué quieres decir? —le preguntó ahora Tyler, frunciendo un poco el ceño—. ¿Quieres decir que nosotros podríamos haber evitado esto? ¡Somos una baya en comparación a esos monstruos! ¡Nos habrían aplastado sin vacilar! Lo mejor para todos hubiera sido que yo fuera en lugar de ella, ¡y no me interesa si me golpeas!

Ambos se miraron por unos momentos, pero luego Otto soltó un suspiro y volvió la vista nuevamente hacia la luna.

—Ya lo sé —dijo Otto en una voz suave—. Ya sé que nos habrían hecho papilla... Pero, lo mejor para todos no hubiera sido que tú fueras; sino que nada de esto hubiera pasado en primer lugar...


—Comandante Atlas, lo llaman a Centro de Comandos. Se ha confirmado el resultado de la prueba de misiles, señor —habló una voz desde el teléfono de un escritorio. El militar se arregló el gorro mientras presionaba el botón para responder.

—Entendido.

Levantándose con tranquilidad, rodeó su escritorio de roble y se dirigió hacia la puerta. Cruzando el pasillo de los ventanales, echó un vistazo a las luces de la nocturna Azafrán mientras se encaminaba hacia el ascensor.

Luego de bajar hasta el sótano y salir del desierto elevador, dio reverberantes pasos hasta llegar a las puertas dobles de metal más adelante. Puso una mano en una caja al costado de la entrada, y, unos pitidos y ruiditos después, la puerta se abrió. Por un momento, pudo ver el enorme salón circular que se extendía ante él, antes de ser ocultado por la cabeza de su secretaria, que le pasó un interminable informe y lo guio hasta el Jefe de Operaciones.

El hombre, al verlo, hizo el saludo militar de Rocket. Su cabello azul oscuro estaba cubierto por la negra gorra de Rocket, y su distintivo uniforme le quedaba un poco holgado. No parecía haber llegado a los treinta, porque su cara mostraba cierta adolescencia. Sin embargo, no había llegado a Jefe de Operaciones por nada.

—Jefe Storm —saludó Atlas, haciendo un pequeño asentimiento con la cabeza. Se quedó mirando por un momento el informe, hojeando en un intento de cuantificar la extensión del documento—. ¿Y bien?

El Comandante miró al callado jefe de operaciones, notando algo de nerviosismo en su mirada y expresiones. Una pequeña gota de sudor se escurrió de su sien cuando habló con un timbre que rozaba lo agudo.

—Comandante, la primera prueba del misil F-01 fue prácticamente exitosa, señor —dijo el Jefe, con la mano todavía sobre la frente en son de saludo. Atlas escrutó por un momento al hombre, quien evitaba su mirada a toda costa—. Pero...

El Oficial de Rocket enarcó una ceja—. ¿Pero qué?

Storm intentó proferir algo, pero los nervios le jugaban una mala pasada. Atlas, por su parte, omitió todas las hojas hasta la sección final, la de los resultados. Pasó los ojos por cada línea de la página, chequeándolas.

—Veamos... El tiempo de ignición del combustible fue perfecto; reacción al comando de lanzamiento, bastante rápido... Excelente... Genial... —Atlas entornó los ojos en una línea particular—. Jum... Esto es raro... aquí dice que el misil no alcanzó el objetivo establecido. ¿Me puedes explicar qué significa eso?

Finalmente, el Jefe de Operaciones logró destrabar el nudo en su garganta—. B-bueno, eh... El misil iba en el curso indicado, pero por alguna razón, estalló antes de tiempo. Pero solo fue un margen de cinco segundos...

Atlas había levantado la mano para hacerlo callar. Dejó el informe sobre un escritorio, al lado de un ordenador, y miró al Jefe Storm con dureza.

—A ver... Storm —empezó a pasearse ligeramente en frente del Jefe, que ya había bajado la mano de la frente—. Tú sabes por qué te elegimos. Eres una persona capaz, que sabe apreciar las cosas como son, y que tiene una visión impresionante. La verdad, me impresionaría mucho que llegaras a ser peso muerto en nuestra organización, ya que sé que eres una persona proactiva. Si no nos fueras útil, estarías todavía en Sinnoh, paseándote por el Monte Corona mientras tu tío se burla de ti a tus espaldas. Eres un líder, un visionario, alguien que puede hacer cosas grandes. Nosotros vimos eso en ti.

Storm tragó saliva con fuerza, sosteniendo la respiración. Atlas detuvo su vaivén para mirarlo fijamente.

—Ahora, eres Jefe de Operaciones. Tu trabajo es hacerte cargo de toda esta sala —Atlas hizo un ademán, abarcando el salón circular entero—, y asegurarte de que todo funciona a la perfección. Todos tus trabajadores tienen que cumplir sus horas de trabajo, todos tienen que realizar sus asignaciones con precisión, y demás. Porque si solo una cosa sale mal, todo puede quedar en peligro de venirse abajo. Yo sé que no eres tonto, y sabes que tenemos a una organización de al menos tres mil hombres intentando echarnos del gobierno. Estos imbéciles no quieren dialogar o negociar; ellos quieren guerra. Y nosotros tenemos que darles guerra, ¿no crees?

Storm asintió. Atlas se acercó hasta que estuvo a centímetros de su rostro. Le habló en una voz muy sedosa; venenosamente sedosa.

—¿Y cómo, dime, cómo piensas dar una guerra con misiles defectuosos? ¿Cómo piensas dar una guerra con armas que estallan en tus manos al usarlas, o con granadas que explotan sin sacarles el seguro? Se supone que es tu trabajo asegurarte de que todo el armamento bélico se encuentre listo, porque una maldita guerra está a punto de estallar en las ciudades de Johto. Un solo defecto puede arruinarlo todo, Storm.

El Comandante se arregló el gorro mientras alejaba su semblante del sudoroso Jefe de Operaciones.

—Y ahora, si me permites, tengo que visitar el Cuartel de Inteligencia. Storm, volveré en una semana, y quiero otra prueba. Esta vez en otro lugar —al pasar al lado del hombre, le dijo en voz suave—. Soluciónalo, o en serio serás peso muerto.

Con reverberantes pasos, el Oficial se alejó del hombre, dirigiéndose hacia la puerta al otro extremo de la habitación.