Clarke
No dormí esa noche. Yací despierta en el pequeño trastero, contemplando el techo y reconstruyendo paso a paso los dos últimos meses a la luz de lo que sabía ahora. Todo había cambiado de lugar, se había fragmentado y acabado en otro sitio, en una forma que a duras penas reconocía.
Me sentí engañada, la cómplice tonta que no sabía en qué se había metido. Imaginé que se habrían reído en privado de mis tentativas de dar de comer verduras a Lexa o de cortarle el pelo..., esas pequeñas cosas que le harían sentirse mejor. ¿Qué sentido tenían, al fin y al cabo?
Rememoré una y otra vez la conversación que había escuchado, en un intento de interpretarla de otro modo, de convencerme a mí misma de que había comprendido mal sus palabras. Pero Dignitas no era exactamente un lugar al que se iba de vacaciones. No podía creer que Anya Woods considerase hacerle eso a su hija. Sí, me había parecido una mujer fría, y se portaba, sí, de manera poco natural ante su hijA. Era difícil imaginarla prodigándole arrumacos, como solía hacer mi madre con nosotros (intensa, gozosamente) hasta que nos desprendíamos de sus brazos, rogándole que nos soltara. Si soy sincera, al principio pensé que así trataban las clases pudientes a sus hijos. Al fin y al cabo, acababa de leer un libro de Lexa, Amor en clima frío. Pero ¿ser partícipe, de modo voluntario, en la muerte de tu propia hija?
Al pensar de nuevo en ello, su comportamiento resultaba aún más frío, sus acciones imbuidas de una intención siniestra. Estaba furiosa con ella y estaba furiosa con Lexa. Furiosa con ambas por obligarme a participar en una farsa. Estaba furiosa por todas las veces que me había sentado a pensar en cómo mejorar las cosas para ella, cómo lograr que estuviera más cómoda o feliz. Cuando no estaba furiosa, estaba triste. Recordé cómo se le quebró la voz a la señora Woods cuando trató de consolar a Ontari y sentí una tristeza insondable por ella. Se encontraba, no me cabía duda, en una encrucijada imposible.
Paradójicamente, al día siguiente Lexa estaba de buen humor: más habladora que de costumbre, vehemente, provocadora. Creo que habló más que cualquier otro día. Daba la impresión de que quería discutir conmigo y se quedó decepcionada cuando no le seguí la corriente.
—Entonces, ¿cuándo vas a terminar de trasquilarme?
Yo estaba ordenando la habitación. Alcé la vista del cojín del sofá que tenía en las manos.
—¿Qué?
—El corte de pelo. Está a medio hacer. Parezco una huérfana victoriana. O una imbécil de Hoxton. -Giró la cabeza para que yo viera mejor mi obra
—. A menos que sea una declaración de estilo alternativo tuya.
—¿Quieres que termine de cortarte el pelo?
—Bueno, parecía que te gustaba. Y estaría bien no parecer recién escapada de un manicomio.
Fui en busca de una toalla y de tijeras en silencio.
—Lincoln está mucho más contento ahora que parezco una persona decente —dijo—. Aunque, según él, ahora que mi cara ha vuelto a su estado normal, voy a tener que maquillarme todos los días.
—Oh —dije.
—No te importa, ¿verdad? Los fines de semana tendré que lucir fea.
No lograba hablar con ella. Me resultaba difícil incluso mirarla a los ojos.
Era como descubrir que tu novio te había sido infiel. Sentí, de un modo extraño, que me había traicionado.
—¿Clarke?
—¿Mmm?
—Estás desconcertantemente callada. ¿Qué le pasó a esa mujer tan habladora que llegaba a ser un poco irritante?
—Lo siento —dije.
—¿Otra vez el Hombre Maratón? ¿Qué ha hecho ahora? ¿No se habrá ido corriendo?
—No. —Tomé un suave mechón de pelo entre el índice y el dedo medio y alcé las tijeras para recortar las puntas que sobresalían. Me quedé inmóvil. ¿Cómo lo harían? ¿Le darían una inyección? ¿Una medicina? ¿O le dejarían en una habitación junto a unas cuchillas?
—Pareces cansada. No iba a decir nada cuando llegaste, pero, qué diablos, tienes un aspecto horrible.
—Oh.
¿Cómo ayudaban a alguien incapaz de mover las extremidades? Me descubrí a mí misma contemplando sus muñecas, cubiertas siempre bajo las mangas. Durante semanas, había dado por hecho que era más sensible al frío que nosotros. Otra mentira.
—¿Clarke?
—¿Sí?
Me alegró estar detrás de ella. No quería que me viera la cara.
Lexa vaciló. Allí donde la nuca estaba cubierta por el pelo, la palidez era incluso más intensa que en el resto de su piel. Parecía suave y blanca y extrañamente vulnerable.
—Mira, siento lo de mi hermana. Estaba... Estaba muy alterada, pero eso no le daba derecho a ser una grosera. A veces es demasiado directa. No es consciente de cuánto molesta a la gente. —Se detuvo—. Por eso le gusta vivir en Australia, creo.
—¿Quieres decir que allá se dicen la verdad?
—¿Qué?
—Nada. Levanta la cabeza, por favor.
Corté y peiné, metódicamente, hasta recortarle el pelo por completo, lucia unas capas muy lindas, y no quedó más que un montoncito de mechones alrededor de sus pies.
Al final del día, todo se volvió muy claro para mí. Mientras Lexa veía la televisión junto a su padre, tomé un folio de la impresora y un bolígrafo de un frasco de la cocina y escribí lo que quería decir. Doblé el papel, encontré un sobre y lo dejé sobre la mesa de la cocina, a nombre de su madre.
Cuando me fui al acabar la jornada, Lexa y su padre conversaban. En realidad, Lexa se reía. Me detuve en el pasillo, con el bolso sobre el hombro, a la escucha. ¿Por qué se reiría? ¿Cuál sería el motivo de esa alegría, apenas unas semanas antes de acabar con su propia vida?
—Me voy —dije ante el umbral y comencé a caminar.
—Eh, Clarke —dijo Lexa, pero yo ya había cerrado la puerta detrás de mí.
Pasé el corto trayecto en autobús pensando qué le diría a mis padres. Se pondrían furiosos al saber que había dejado un empleo que les parecía bien pagado y perfectamente razonable. Tras la impresión inicial, mi madre, con aspecto dolido, me defendería, sugiriendo que era demasiado. Mi padre me preguntaría por qué no me parecía más a mi hermana. Lo hacía a menudo, aunque yo no era quien había echado a perder su vida quedándose embarazada y pasando a depender del resto de la familia en lo económico y en el cuidado del niño. No era posible decir algo así en la casa porque, según mi madre, daría a entender que Thomas no era una bendición. Y todos los bebés eran una bendición de Dios, incluso aquellos que decían capullo sin parar, y cuya presencia suponía que la mitad de los trabajadores en potencia de nuestra familia no podían tener un empleo decente.
No podía decirles la verdad.
Todas estas ideas revoloteaban en mi cabeza cuando salí del autobús y caminé colina abajo. Y entonces llegué a la esquina de nuestra calle y oí los gritos, sentí una ligera vibración en el aire y, por un momento, me olvidé de todo.
Una pequeña multitud se había reunido alrededor de nuestra casa. Avivé el paso, temerosa de que hubiera ocurrido algo, pero entonces vi a mis padres en el porche, mirando hacia arriba, y comprendí que no era nuestra casa el centro de atención. Era tan solo la última de esa serie de pequeñas batallas que caracterizaba la relación matrimonial de nuestros vecinos.
Que Richard Grisham no era el más fiel de los maridos no era precisamente un secreto en el barrio. Pero, a juzgar por la escena que transcurría en su jardín delantero, tal vez lo hubiera sido para su mujer.
—Habrás pensado que soy tonta de remate. ¡Esa golfa llevaba puesta tu camiseta! ¡La que te hice yo para tu cumpleaños!
—Cariño... Dympna... No es lo que piensas.
—¡Fui a buscarte esos huevos rebozados de mierda! ¡Y ahí estaba ella, con la camiseta! ¡La muy caradura! ¡Y a mí ni siquiera me gustan los huevos!
Caminé más despacio, abriéndome paso entre la multitud, hasta que al fin logré llegar a la puerta de casa, sin dejar de mirar a Richard, que esquivó un reproductor de DVD. A continuación, le tocó el turno a un par de zapatos.
Cuando mi madre entró en casa, reparé en un coche. Fue tan inesperado que al principio ni siquiera lo reconocí: era el Mercedes de la señora Woods, azul marino, de suelo bajo, discreto. La señora Woods aparcó, contempló la escena y dudó un momento antes de bajar. Se quedó ahí, mirando las casas, tal vez en busca de los números. Y entonces me vio.
Salí del porche y bajé por el camino antes de que mi padre tuviera ocasión de preguntarme adónde iba. La señora Woods estaba al lado de la muchedumbre, observando el incidente como María Antonieta habría mirado una revuelta de campesinos.
—Una disputa doméstica —dije.
Ella apartó la vista, casi como si le avergonzara que la hubiera sorprendido mirando.
—Ya veo.
—Es bastante constructiva, para lo que nos tienen acostumbrados. Se nota que han ido a terapia de pareja.
Su elegante traje de lana, el collar de perlas y el sofisticado corte de pelo la destacaban en plena calle, entre el gentío ataviado con chándales y prendas baratas de colores brillantes compradas en supermercados. Su aspecto era rígido, peor que el de aquella mañana en que me descubrió durmiendo en la cama de Lexa. Caí en la cuenta, en un rincón distante de mi mente, de que no iba a echar de menos a Anya Woods.
—Me preguntaba si podríamos hablar un momento. —Tuvo que alzar la voz para hacerse oír entre los gritos.
La señora Grisham había comenzado a arrojar los caros vinos de su marido. Cada botella que explotaba era recibida con alaridos de júbilo y nuevos arrebatos y ruegos sinceros del señor Grisham. Un río de vino tinto se extendió a los pies de la multitud hasta llegar a la alcantarilla.
Eché un vistazo al gentío y otro detrás de mí, a la casa. Ni se me ocurrió llevar a la señora Woods a nuestro salón, con su follón de trenes de juguete, el abuelo, que estaría roncando frente a la televisión, mi madre, que rociaría el ambientador para ocultar el hedor de los calcetines de mi padre, y Thomas, que aparecería para llamar capulla a la recién llegada.
—Mmm... No es buen momento.
—¿Tal vez podríamos hablar en mi coche? Mira, solo cinco minutos, Clarke. Sin duda, nos debes por lo menos eso.
Un par de vecinos nos miraron cuando subí al coche. Por fortuna, los Grisham eran el acontecimiento de la noche o yo habría acabado en todos los chismorreos. En nuestra calle, si alguien se subía a un coche caro, o bien se había acostado con un futbolista o bien le había detenido un policía de paisano.
Las puertas se cerraron con un ruido amortiguado y caro, y de repente se hizo el silencio. El coche olía a cuero y no contenía nada salvo a la señora Woods y a mí. No había envoltorios de caramelos, ni barro, ni juguetes perdidos, ni ambientadores para disimular el olor del cartón de leche que se había caído hacía tres meses.
—Creía que tú y Lexa se llevaban bien. —Hablaba como si se dirigiera a alguien situado frente a ella. Como no respondí, añadió—: ¿Hay algún problema con la paga?
—No.
—¿Necesitas más tiempo a la hora de comer? Soy consciente de que es un descanso corto. Le podría pedir a Lincoln que...
—No es el horario. Ni el dinero.
—Entonces...
—En realidad, no quiero...
—Mira, no me puedes entregar una renuncia de efecto inmediato y esperar que ni siquiera te pregunte qué diablos ocurre.
Respiré hondo.
—Las oí. A usted y a su hija. Anoche. Y no quiero... No quiero ser parte de ello.
—Ah.
Guardamos silencio. El señor Grisham trataba de abrir a mamporros la puerta de entrada mientras la señora Grisham le arrojaba a la cabeza todo lo que encontraba. La elección de los proyectiles (papel higiénico, cajas de tampones, la escobilla del váter, frascos de champú) indicaba ahora que se encontraba en el baño.
—Por favor, no te vayas —dijo la señora Woods, en voz baja—. Lexa está a gusto contigo. Más de lo que le he visto en mucho tiempo. Yo... Sería muy difícil para nosotros encontrar a otra persona con quien se sintiera así.
—Pero... la van a llevar a ese lugar donde la gente se suicida. Dignitas.
—No. Voy a hacer todo lo que esté en mis manos para que no vaya.
—¿Como qué? ¿Rezar?
Me lanzó lo que mi madre habría descrito como una mirada de los viejos tiempos.
—A estas alturas, supongo que ya sabes que si Lexa decide retraerse en sí misma los demás no podemos hacer gran cosa al respecto.
—Ya lo comprendo todo —dije—. Yo estoy ahí para que no les engañe y lo haga antes de los seis meses. Es eso, ¿no?
—No. No es eso.
—Por eso no le importaba mi experiencia laboral.
—Pensé que eras inteligente, alegre y distinta. No parecías una enfermera. No te comportabas... como las otras. Pensé... Pensé que la animarías. Y no me equivoqué: está más animada contigo, Clarke. Al verla ayer sin esa mata de pelos espantosa... Parece que eres una de las pocas personas a quien escucha.
La ropa de cama salió por la ventana. Cayó hecha una bola y las sábanas se extendieron con elegancia antes de llegar al suelo. Dos niños cogieron una y comenzaron a correr con la sábana por encima de la cabeza.
—¿No cree que habría sido justo mencionar que yo estaba ahí para evitar un suicidio?
El suspiro de Anya Woods fue el sonido de alguien obligado a explicar algo con amabilidad a una imbécil. Me pregunté si sabía que todo lo que decía hacía sentirse como idiotas a sus interlocutores. Me pregunté si era un rasgo que cultivaba deliberadamente. No creía que yo fuera nunca capaz de hacer sentirse inferior a alguien.
—Tal vez eso fuera así al principio..., pero tengo plena confianza en la palabra de mi hija. Me ha prometido seis meses, y eso es lo que me va a conceder. Necesitamos ese tiempo, Clarke. Necesitamos ese tiempo para inspirarle la idea de que hay una posibilidad. Esperaba plantar la idea de que existe una vida que podría disfrutar, aunque no fuese la vida que ella había planeado.
—Pero es todo mentira. Me ha mentido a mí y se están mintiendo unos a otros.
No dio muestras de haberme oído. Se giró para mirarme, al tiempo que sacaba la chequera del bolso. Ya tenía un bolígrafo en la mano.
—Mira, ¿qué quieres? Te voy a doblar la paga. Dime cuánto quieres.
—No quiero su dinero.
—Un coche. Prestaciones. Extras...
—No...
—Entonces..., ¿qué puedo hacer para que cambies de opinión?
—Lo siento. Yo no...
Hice ademán de salir del coche. Su mano salió disparada. Y se quedó ahí, en mi brazo, extraña y radiactiva. Ambas la miramos fijamente.
—Firmó un contrato, señorita Clarke —dijo—. Firmó un contrato en el que prometía trabajar para nosotros durante seis meses. Según mis cálculos, solo han pasado dos. Lo único que le exijo es que cumpla con sus obligaciones contractuales. —Su voz se crispó. Bajé la vista a la mano de la señora Woods y vi que estaba temblando—. Por favor. —La señora Woods tragó saliva.
Mis padres nos miraban desde el porche. Los vi, con las tazas en las manos, y eran las únicas dos personas que daban la espalda al teatro de la puerta de al lado. Se dieron la vuelta, torpemente, cuando notaron que los había visto. Mi padre, me fijé, llevaba las zapatillas a cuadros con manchones de pintura.
Giré la manilla de la puerta.
—Señora Woods, no puedo quedarme de brazos cruzados y mirar... Es demasiado raro. No quiero ser parte de ello.
—Piénsalo. Mañana es festivo: le voy a decir a Lexa que tienes un compromiso familiar si necesitas tomarte un tiempo. Cuentas con el fin de semana para reflexionar. Pero, por favor, vuelve. Vuelve y ayúdale.
Volví a casa sin mirar atrás. Me senté en el salón, con la mirada puesta en la televisión mientras mis padres me seguían adentro, intercambiaban miradas y fingían que no me estaban observando.
Pasaron casi once minutos hasta que por fin oí el coche de la señora Woods arrancar y alejarse.
Me tumbé y pensé en Lexa. Pensé en su furia y en su tristeza. Pensé en lo que había dicho su madre: que yo era una de las pocas personas a quien escuchaba. Pensé en cuando trató de contener la risa al escuchar la Canción de Molahonkey una noche en que la nieve caía dorada tras la ventana.
Pensé en la piel cálida y el cabello suave y las manos de alguien muy vivo, alguien mucho más inteligente y divertida de lo que sería yo nunca y que aun así no veía un futuro mejor que borrarse de la faz de la tierra. Y, por fin, la cabeza hundida en la almohada, lloré, porque de repente mi vida era mucho más lóbrega y complicada de lo que habría imaginado, y deseé volver al pasado, cuando solo me preocupaba si Jaha y yo habíamos pedido bastantes panecillos.
Tenía que contárselo a alguien.
Había muchas cosas de mi hermana que no me gustaban. Hace unos pocos años mantenía una lista donde garabateaba con ganas mis razones. La odiaba porque tenía el pelo liso y grueso, en tanto que al mío se le abrían las puntas en cuanto me llegaba al hombro. La odiaba porque era imposible contarle nada que no supiera ya. La odiaba porque, a lo largo de mis años escolares, todos los profesores insistían en explicarme en voz baja qué inteligente era mi hermana, como si esa inteligencia no me condenase a vivir para siempre a su sombra. La odiaba porque a los veintiséis años yo aún dormía en el trastero de un adosado para que ella y su hijo ilegítimo descansaran en la habitación más amplia. Pero de vez en cuando me alegraba de que fuera mi hermana.
Porque Octaviano gritaba horrorizada. No se escandalizaba, ni insistía en contarle todo a mamá y a papá. No me dijo ni una vez que me había equivocado al marcharme.
Asi que ahi estabamos en mi habitacion con una botella de vino. Tomó un generoso sorbo de su taza.
—Caramba.
—Ni más ni menos.
—Además, es legal. No se lo pueden impedir.
—Lo sé.
—Mierda. Ni siquiera sé qué pensar.
Nos habíamos tomado dos tazas mientras le narraba la historia y sentí que tenía las mejillas acaloradas.
—Odio pensar que le estoy abandonando. Pero no puedo ser parte de esto, O. No puedo.
—Mmm. —Mi hermana estaba pensando. De hecho, tiene una «cara de pensar». Al verla así, la gente espera para no interrumpirla. Mi padre dice que cuando yo pongo cara de pensar parece que tengo que ir al baño.
—No sé qué hacer —dije.
Alzó la vista y su rostro se iluminó de repente.
—Es muy sencillo.
—Sencillo.
Sirvió otras dos tazas de vino.
—Huy. Parece que nos la hemos terminado. Sí. Sencillo. Tienen dinero, ¿verdad?
—No quiero su dinero. Me ofreció un aumento. Pero no se trata de eso.
—Cállate. No es para ti, niña tonta. Ellos tendrán su dinero. Y Lexa tendrá un montón por el seguro, tras el accidente. Bueno, diles que quieres un presupuesto y emplea ese dinero, y esos..., ¿cuánto era?, esos cuatro meses que te quedan. Para que Lexa Woods cambie de idea.
—¿Qué?
—Para que cambie de idea. Dijiste que pasa casi todo el tiempo en la casa, ¿verdad? Bueno, comienza con algo sencillo, y luego, una vez que ya esté cómodo al salir, piensa en todas las cosas fabulosas que podrías hacer por ella, todo aquello con lo que le entrarían ganas de vivir (aventuras, viajes al extranjero, nadar con delfines, lo que sea) y hazlo. Yo te ayudo. Voy a buscar cosas en Internet en la biblioteca. Te apuesto algo a que encontraremos cosas maravillosas para ella. Cosas que le harían feliz.
Me quedé mirándola.
—Octavia...
—Sí. Lo sé. —Sonrió, al mismo tiempo que yo—. Soy un puto genio.
