Esta historia es una adaptación a los personajes de Digimon Adventure y Adventure Zero Two del libro "¿A quién odias, Dani?" de Forero. Si te interesa la original, búscala en internet ;)
Esto está hecho sin fines de lucro ni nada parecido.
Cuando debo llorar pienso en Bridget Jones.
.
.
.
Matt está en mi habitación, pasando de mano a mano mi frasco de canicas, tararea alguna canción.
Lo miro y no soy capaz de decírselo, no le digo que mis manos deforman las cosas, les brindan otra identidad. No le digo que siento acabar con la belleza pura y natural con la que las cosas habitan el mundo. No le digo que Willis me tiene contra las cuerdas. No le digo que su silencio me amenaza, su estúpida mirada inexpresiva me tortura. No le digo que no puedo esquivar a ese monstruo como lo hago con Hikari. Tengo que encontrarme con Willis en los pasillos de la universidad, después de clases, en todo lugar, a que me recuerde que me tiene bajo su poder. Que sabe lo que soy. Me arrincona, como si fuera a abusar de mí, y me murmura:
– Necesito ver tu espíritu en esto.
La gente cruza a su espalda, ninguno de ellos deja de hablar, un murmullo horrible anega la facultad, y sólo puedo oír a Willis diciéndome:
– Dame algo que evidencie el valor de lo que haces, dame una muestra para que valga la pena no delatarte.
Willis ha encontrado a su fenómeno personal y no lo dejara ir, no me dejará ir, no lo hará, no sin una recompensa.
– No te entiendo.
– Toma un objeto y transfórmalo en un diamante – dice – no me importa. Quiero algo valioso. Un rubí. Convierte un lago en petróleo. Muéstrame el agradecimiento merecido por guardar tu secreto.
– Estás enfermo.
– Sólo quiero un poco de lo que haces, nada más, lo merezco.
– No mereces una mierda.
– No olvides con quién hablas.
– No puedo hacer eso ¿estás demente? ¿Crees que si pudiera crear piedras preciosas estaría aquí contigo?
– Eres demasiado cobarde para huir, no importa lo que puedas hacer, no puedes irte.
– No puedo hacerlo ¡entiende! Eso es imposible.
– Inténtalo.
– No puedo controlarlo.
– Aprende.
– Eres un imbécil.
– Escúchame – Willis me toma del rostro, apretando mi mentón. Acerca su boca tanto a la mía que siento su helado aliento entrometiéndose en mis labios, lamiendo mi lengua. Y susurra – Hazlo o no dudaré en anunciar tu particularidad a los medios por una buena suma de dinero.
– No puedes comprobar algo así.
– ¿Quieres arriesgarte?
«¡Arriesgarme! ¡Adelante! ¡Muéstrame! imbécil. ¿Quien demonios crees que eres? Te tocaré con la punta de mis dedos y serás mierda que todo el mundo ingorará»
– Ah... – eso es lo que digo – No.
Willis sonríe, y me suelta el rostro de un empujón.
Me masajeo la cara y guardo los miles de sentimientos hirientes en mi pecho. Él me da una palmada en la mejilla y dice:
– Tienes una semana para traerme algo, corazón. Estaré en contacto.
Willis no debería atermorizarme. No debería ser una amenaza. No es más que materia fácil de transformar.
Willis se aleja y yo quedo helado contra una pared de ladrillos que sostiene viejos afiches que anuncian el próximo cine foro en el edificio de Sociología. Me quedo mirando a la nada, sintiéndome vacío, completamente usado, como una muñeca inflable en un jodido batallón.
Nada de esto se lo digo a Matt.
Mi hermano me mira y sigue tarareando.
Where is my mind?
Balancea el tarro lleno de canicas entre sus manos, como si quisiera dejarlo caer, pero a la vez no.
Estamos en mi habitación y él no deja de cantar con su horrible voz. Finalmente se calla, quizá notando que no tengo humor siquiera para respirar,
y dice:
– ¿Y ahora qué te pasó? ¿Hikari no te dirigió hoy la palabra? ¿Hikari te dijo que eras sólo un buen amigo? ¿Hikari está más hermosa que ayer?
– Muy gracioso, pero no. No tiene que ver con ella.
– Sí, claro. Entonces ¿qué es?
– Nada.
Miro en otra dirección, lo que en nuestro idioma significa "sígueme preguntando que te lo voy a contar eventualmente".
– ¿Tiene que ver con tu nariz? ¿Crees que Hikari te va a llamar adefesio o algo por el estilo? ¿Odias tu reflejo en el espejo?
– Ni siquiera voy a responder a eso.
– Olvídalo. Ya se pasará, es una herida, sanará.
– No tiene que ver con mi nariz.
– Eso dijo Michael Jackson.
– Déjame solo.
– Por Dios, Takeru, deja de actuar como bebé… sólo cuéntame.
Suspiro. Y no estoy seguro de cómo decírselo.
– ¿Puedo hacerte una pregunta? – empiezo.
– Ajá.
– Nunca… – pienso en mis palabras con cuidado antes de continuar – ¿Nunca te ha pasado algo extraño? Es decir… algo fuera de lo normal.
– Sí – dice – tuve un hermano con muchos problemas mentales. Un tipo fastidiosamente perturbado.
– Hablo en serio.
– ¿Qué te hace pensar que yo no?
– ¡Matt!
– No te entiendo ¿algo fuera de lo normal? ¿Cómo qué? ¿Haber visto un fantasma? ¿Un ovni?
– Puede.
– Nunca. ¿Tú ves fantasmas?
– No, no veo fantasmas.
– ¿Entonces por qué preguntas estupideces?
– No lo vas a entender.
Me levanto de la cama y me encamino a la ventana, como si allí ya estuviera muy lejos de mi hermano.
– Ya… ya… lo siento – dice Matt a mis espaldas – ¿qué fue lo que te pasó? ¡Suéltalo!
Suspiro y niego con la cabeza.
– Es complicado.
– Adoro lo complicado.
– Puede que no me creas.
– Sólo hay una forma de averiguarlo.
Le vuelvo a dar la cara.
Mi hermano tiene puesta una camisa vieja que todavía se ve bien.
– Lo que sucede es que… – comienzo – cuando yo toco algo… cuando está entre mis manos…
– ¿Cuándo qué está entre tus manos? – interrumpe al verme vacilar.
– Algo.
– ¿Qué?
– Cualquier cosa… una vara, una hoja, un vaso de plástico… cambia de forma… lo cojo y cambia de forma.
– ¿Qué cambia de forma?
– ¿Es que no me estás escuchando? ¡Todo! Cualquier cosa que coja… creo enloquecer, algo ocurre, algo me ocurre y… se transforma, ese objeto se transforma. Distorsiono la realidad.
Matt está mirándome como si estuviera loco, su boca está abierta y sus ojos empequeñecidos. Odio que me mire así. No lo hacía desde que éramos niños, cuando él se sentía mucho mayor que yo, y se mofaba de mi forma infantil y ridícula de ver el mundo.
– Sabía que había olido marihuana en tu ropa la otra noche – dice mirándome tan serio como se le es posible.
– ¿Qué?
– Fumaste, en el Neri Boca. ¿Has vuelto a fumar?
– Lo sabía, esto es una pérdida de tiempo. No lo vas a entender.
– ¿Qué quieres que entienda? No has soltado una frase coherente. Dime algo fácil de captar ¿quieres?
– ¡¿Coherente?! ¿Qué no ves que ése es el jodido problema? No hay nada coherente ¡Estoy enloqueciendo!
– Oye, oye. No tienes porqué gritarme.
– Convierto las hojas en arena, mi dinero en piedra… ¡casi mato a un tipo en el baño de un bar! Y resulta que puedo convertir el plástico en oro – lo digo y me acerco a mi mesa de noche, abro el último gabinete y saco el trozo pesado y opaco de oro que le arrojo a mi hermano. Él lo recibe y queda atónito.
– ¿Qué diablos es esto?
– Oro.
– ¿De dónde lo sacaste?
– Yo lo hice. Solía ser un vaso de plástico que recogí del suelo junto a una autopista, lo tomé y se transformó.
Matt se queda mirándome, luego mira el oro. No está parpadeando y los pensamientos que deben estar cruzando por su mente en estos momentos no deben ser más irracionales que los míos, si es que puede pensar en algo justo ahora. Por mi parte comienzo a golpearme la cabeza contra una pared, a ver si puedo embrutecerme un poco y dejar de pensar tanto mientras digo una y otra vez "mierda".
«¿Cómo esperas que alguien más te crea cuando para ti es imposible que suceda?»
«¿Será que si me tocó la cabeza lo suficiente la puedo convertir en una bomba de tiempo?»
Un par de días después marco al celular de Willis y le digo gimoteando que tengo lo que quiere. Así, prácticamente, me declaro el esclavo de ese imbécil escuálido postmoderno.
Su voz suena agitada, como si tuviera una erección enorme, y creo que babea sobre el teléfono. Siento náuseas, y agradezco al cielo por no haber desayunado ese día.
– ¿Dónde quieres que nos veamos? – le pregunto sin aliento, mientras mis propias palabras me duelen.
– En un lugar escondido del campus, donde podamos hablar tranquilamente.
– Bien.
«¿Bien?»
¿Qué?
«No está para nada bien»
¿Qué se supone que debía hacer?
«No lo que estás haciendo. No puedes dejarte controlar por el ser más patético y repulsivo de este antro que osan llamar universidad»
Estoy atrapado.
«¿Atrapado? Si quisieras podrías tocarlo y convertirlo en una estatua de sal.»
Ése es el problema.
El lugar en donde me encuentro con Willis es en una zona verde, de altos árboles y colillas de cigarrillo en los agujeros de los viejos troncos. Incluso antes de llegar comienzo a temblar y con el tiempo empiezo a sentirme dé frío es tan intenso que creo sentir trazos de aire congelado rozarme las mejillas.
Entonces Willis aparece a la distancia, camina mirando hacia los lados y sobándose a sí mismo las extremidades intentando entrar en calor. Sólo se oye al viento cruzar y a las bonitas zapatillas de Willis romper las hojas secas regadas por el suelo.
– Asqueroso clima – solloza a penas se acerca.
– Aquí tienes – digo pasándole el trozo de oro que había estado guardando para esa ocasión.
– Oh, mi Dios ¿esto es…? ¿Lo que creo que es?
– Sí.
Willis se queda mirando sin parpadear el magullado pedazo de oro, probablemente cree que aún está durmiendo en su abarrotada habitación disfrutando de un grato sueño.
– Vaya. Esto es… esto es… increíble – dice sobando la arrugada superficie de su nuevo tesoro – Te dije que podías hacer cosas de este tipo. Te lo dije… esto es… ¡Dios!
Willis reduce su espacio a la pieza brillante. Incluso siento su vida partirse en dos mientras sus manos palpan llenas de éxtasis lo que acogen. Me quedo callado por varios minutos, esperando a que Willis reaccione de una vez por todas.
– ¿Cómo lo hiciste? – pregunta.
– No lo sé. Sólo… sólo tocando.
– ¿Sabes cómo hacer más?
– Ya te dije que no tengo control sobre esto, no puedo crear lo que yo quiera.
– Pero ahora sabemos que existe la posibilidad de que puedes crear cosas valiosas.
Creo ver una lágrima caerle del rostro y humedecer el oro, pero no podría asegurarlo.
Miro de reojo a la gente cruzando a lo lejos, esperando que nadie conocido me vea escondiéndome en aquel agujero selvático en el que se reúnen esos fumadores de mierda.
– Ahora quiero que me dejes en paz – le digo – no más amenazas, no quiero que me arrincones ni me susurres nada. Se acabó todo esto. No más basura.
Willis levanta su rostro pálido y drogado por la ambición que se le desborda de los ojos reflejando el opaco y brilloso tono del oro entre sus dedos.
– No me llames, no me busques – digo – no quiero tener nada que ver contigo.
Creo que me he sonrojado, y las palabras salen de mi boca con algunas gotas de saliva llenas de ira, aprieto los puños y las venas en mis brazos y en mi cien se inflan tornándose grotescas.
– ¡Quiero que te alejes de mí de una vez! – grito.
– No puedes esperar que yo haga eso – dice Willis.
– Vete a la mierda. Esto se acabó, tienes el puto oro, déjame en paz.
– Esto hasta ahora empieza, mi amigo.
– No soy tu amigo, no soy nada tuyo, imbécil. Me largo de aquí, y mantente alejado.
– ¿Qué crees que haces? No puedes irte. No tienes elección.
– Esto es una maldita pesadilla – susurro.
Intento calmarme, cierro los ojos y escucho a Willis reírse con un tono algo escalofriante que nunca antes le había oído.
– Seguimos en esto– dice Willis– seguimos hasta que acabe.
«Mierda, mierda, mierda»
Es sólo una pesadilla.
El pecho se me infla y se vacía ante cada palabra que evoca Willis.
Capturo más aire y luego siento ahogarme en algo parecido a la rabia. Las uñas de Willis brillan ante un rayo que escapa de las oscuras nubes en el cielo. Tiene esmalte, Willis. Parece que va a llover. Y mi celular empieza a timbrar.
– Aún queda mucho por hacer – dice resguardando el oro entre sus brazos, aferrándose a él con su alma.
Busco mi celular y contesto.
– Esto no es un final – dice Willis justo cuando coloco el teléfono contra mi rostro.
– ¿Takeru? – suena una voz femenina y dulce al otro lado de la línea.
Sólo una pesadilla.
«Tenemos que despertar»
– Hola, Hikari ¿Cómo estás? – digo dándole la espalda a Willis, mientras éste se encoge abrazando su pedacito de paraíso.
– No muy bien – dice ella.
Abro y cierro los ojos. El pasto bajo mis pies me hunde ligeramente y tambaleo hacia un lado mientras Willis se ríe y da vueltas sobre sí mismo.
– ¿Qué ocurre? – pregunto sobándome la sien.
– Es Daisuke.
– ¿Daisuke? ¿Qué pasó?
– Está en la estación de policía… creen… no lo sé.
Creen que golpeó a ese tipo en el Neri Boca, que casi destroza su descomunal cuerpo con algún objeto contundente o a puño limpio, mientras la música seguía sonando al otro lado de la puerta. Pero él no lo hizo. Daisuke no hizo nada. Yo lo sé, porque fui yo quien lo hizo. Pero todo eso ustedes también lo saben. Saben que casi asesino a esa pobre criatura en un baño oscuro. Saben que el aire me golpea y no permite que me aleje de Willis y de su risa, de sus frases perturbadoras, de su esmalte, y su fleco.
Saben que iré hacia Hikari porque me siento culpable de que Daisuke esté metido en un calabozo en la estación de policía, y en un futuro hipotético en una prisión acusado de intento de homicidio. Siento culpa de una posible tragedia entre barrotes y drogas de contrabando en los patios de la penitenciaria. De un enorme tipo sodomizando a Daisuke para demostrar poderío y establecer el lugar del chico nuevo como perra de los verdaderos culpables.
Puedes verme creando hielo a partir de un lavamanos. Embriagándome de la voz de Hikari en mi teléfono.
Y heme aquí, un par de horas después, sentado en un bonito café enchapado estratégicamente con baldosas que recuerdan la forma de las flores, de ningún tipo en especial, sólo flores. Me toco la nariz porque Hikari acaba de preguntarme qué diablos fue lo que me ocurrió, por qué mi tabique parece un cráter volcánico que ruge chirriante con su ceniza y lava hirviente.
Mi celular vuelve a sonar así que no le contesto a la chica, sólo digo "disculpen" y le hablo a mi celular:
– Tienes que dejar de huir de aquella forma – dice Willis algo distorsionado – no hemos planeado lo que vamos a hacer.
– Ahora no – le digo alejándome un poco de la mesa en la que se encuentra la parejita feliz – estoy ocupado.
– ¿En serio? ¿Qué estás haciendo?– el escandaloso ruido de los platos chocado entre sí en la cocina ocultan por un momento la voz de Willis en el celular, aun así siento su presencia escabulléndose entre mis oídos, mordiendo mis pensamientos y vomitando sobre mis sueños – Oh, espera, no me lo digas. Estás con ella ¿cierto?
Música vieja es lo que resuena por los parlantes arropados en cajas de madera situados en las esquinas del café. No reconozco ninguna melodía, ni letras, ni sensaciones, ni mundo. La onda que se esparce por entre el espacio se entrelaza con un cosquilleo que me recorre la nuca y me hala los pequeños pelos aferrados a mi piel.
– Es Hikari – dice Willis, y ríe – Es ella. Estás con ella. ¿Están solos?
Suelto un resoplido por la nariz, el aire ardiente choca con el teléfono y enmudece a Willis por un momento.
– Claro que no están solos – dice él – están con el otro tipo, el tipo que la acompañó al bar la otra noche, su novio.
No hay mucha clientela en el dichoso café. Desde la entrada hasta la caja registradora se pueden ver varios cuadros e imágenes alusivas a la zona cafetera. Y de pronto hace mucho calor. Todavía quedan unos cuantos minutos para que me encierre en el baño y congele el lavamanos.
– ¿Cómo era su nombre? – Pregunta la voz de Willis proveniente del teléfono – Daisuke ¿no? Sí, se llamaba Daisuke. Un tipo bien parecido, muy atractivo, cuadra muy bien con la chica. – Creo escuchar una risa, pero puede que no sea Willis, sino algún ente malévolo de los muchos que revolotean a su alrededor – ¿Qué diablos haces tú con ellos? Te gusta estorbar, ¿no, amigo? Ser el tipo que sobra en esas salidas de tres.
– Cállate.
– ¿Acaso disfrutas la tortura? ¿Ver al tipo que toda mujer quiere acompañado de la mujer que todo tipo quiere, incluido tú? Eso debe doler. Imagino. Y, a todas estas, ¿Qué haces ahí? No me digas que ahora los tres son muy amigos. Que tú animas la fornicación en la que ese par debe deleitarse… los muy cerdos. Disfrutando de su juvenil belleza y su alocada humanidad.
– Y una mierda, Willis. Jódete.
– Tú eres mejor que eso, corazón. Puedes crear montañas doradas con el aire, avivar fuego del agua, podrías traer al jodido cielo si se te diera la puta gana. ¿Qué haces con una mujer que prefiere estar con un idiota atlético y simpático cuando podrías estar con alguien que valore todo tu potencial? Deja a esa inútil…
Cuelgo y queda impregnado en mi pecho una horrible sensación, quizá miedo o desespero, un poco de las dos, que me ha dejado Willis. Siento que repentinamente ese pobre idiota a la moda ahora es más peligroso que una jodida bomba nuclear. Si el mundo se acabara en ese instante no me quejarí asiento y bebo un poco de café, está caliente.
– ¿Todo está bien? – pregunta Daisuke.
Cherry no es real.
.
.
.
No, no soy amigo de Daisuke Motomiya. La verdad, ni yo mismo sé qué es lo que hago en su bonito apartamento de decorado auténtico y poco común que lo encasilla en ese grupo de personas sin categoría.
Lo que me mira desde la puerta de la nevera es el hocico de un perro húmedo por la lluvia que le cae encima muy rápido pero en la fotografía luce estática y voraz, la lluvia, y hace que el pelo del can caiga uniforme sobre sus colmillos.
– Qué buena fotografía – le digo a Daisuke que prepara algo de comer a mis espaldas.
– ¿Eso? – Exclama él mirando por un breve momento en mi dirección – No, para nada. Fue una toma rápida a un perro callejero que se rehusaba a quedarse quieto.
– Me gusta.
– Eres el público de esa fotografía.
– ¿Qué?
– Como toda obra artística una fotografía va tener alguien a quien le va a gustar… tú eres el público de mi fotografía, el único. Y está bien.
– Oh – digo asintiendo – qué gran responsabilidad.
Dejo atrás la nevera y me acerco a la ventana en la cocina, la abro y observo la calle vacía.
– Espero que te guste comer crepes condimentados – dice Daisuke muy concentrado en el sartén.
– Claro, todo me gusta.
– Qué bien.
Creo que todo esto se trata de retribución, la forma en que Daisuke se remunera con la vida y conmigo. Sí, así es. Esto se trata de lo que pasó en la comisaría y que yo ayudé al muchacho a salir de prisión. Claro que eso no fue lo que ocurrió, yo no ayude a nadie a salir de ningún lugar, y en teoría fui yo quien ocasionó que lo acusaran de casi matar a ese tipo en primer lugar.
Pero nadie más lo sabe y me gusta comer crepes condimentados.
Es casi medio día y lo único que tengo claro es que Daisuke ha llamado a mi casa y ha dejado un mensaje con mi madre quien me ha dicho cuando estuve fuera de la ducha: "un amigo tuyo quiere que vayas a su casa a comer, dice que sabes de quien se trata". Lo realmente sorprendente es que la primera persona en quien pensé fue en él, Daisuke.
Me quedo mirando su enorme y bien formada espalda que seguramente Hikari acaricia cuando él la atrapa en un caluroso e inesperado abrazo amoroso. Eso es en lo que pienso cuando lo veo. No me imagino las horas que Daisuke pasó en el gimnasio, ni la envidia que tal vez despierta en los otros hombres. No. Me imagino a Hikari pasando su pequeña mano por sobre su camiseta, lo único que separa la mano de Hikari de la piel bronceada y varonil de Daisuke.
– Perdona que pregunte, pero ¿a qué se debe esto?
Inquiero sin dejar de ver la musculatura que se le ve por sobre su camisa.
– ¿De qué hablas? – pregunta Daisuke sin darme la cara.
– ¿De qué hablo? Que prefieres pasar un sábado conmigo a estar con tu novia.
– Que tenga novia no quiere decir que deba estar con ella todo el tiempo, Takeru.
– ¿Sabe ella que estoy aquí?
– ¿Qué? Deja de pensar en Hikari. Ella no le preocupa que esté contigo – Daisuke gira su cabeza y me mira a los ojos –Tú le caes bien.
Agacho la cabeza y no sé por qué lo hago pero simulo no haber oído eso. Y no, no me siento cómodo con esta situación, no quiero estar en ese lugar, no quiero ser atendido por quien veo como enemigo. Lo que necesito en estos momentos son dos espadas y desafiar a este galán a un combate a muerte por el amor de la querida doncella. Pero no.
En cuestión de minutos estoy desayunando en la misma mesa en la que esta la ensoñación de Hikari. Daisuke come más rápido de lo normal y hace ruidos al masticar que no son desagradables, pero que estorban en mi cabeza porque sólo puedo pensar en besos y lenguas enredadas, en aquel par de almas solas en esa misma mesa a la luz de las velas.
Todo está muy silencioso aunque creo escuchar las fotografías y cuadros hablándome desde las paredes. Les siento gritar como sirenas alocadas deambulancias acercándose a un accidente en donde ya todos están muertos. Me dicen que han visto a Hikari modelar para Daisuke. La han escuchado ser tan sincera como no lo ha sido con nadie más. Y en un intento de no escuchar más a esas fotografías parlantes, hablo.
Le pregunto a Daisuke como fue que consiguió un lugar como ese en pleno caos económico. ¿Cómo hizo para ganarse aquella hermosura que le rodea? Daisuke me mira por un instante y me dice que de la peor forma posible. Lo dice muy enserio. Deja de masticar la comida que sigue en su boca, y me dice "no estoy orgulloso de lo que hice, pero necesitaba dinero. No tuve otra opción".
No dejo que ninguna emoción se apodere de mi cara porque no sé si está diciéndome la verdad y quiere confesarme alguna calamidad que acabaría para siempre con la imagen de perfección e inmacularidad que tengo sobre él, o si está a punto de sonreír y aceptar que recibió el dinero de su padre, hombre adinerado y bien parecido con canas que le dotan de distinción y un toque de sabiduría.
– No siempre fui un artista – dice Daisuke – en algún momento fui una maldita bestia de la modernidad.
Bebo un poco de jugo para no lucir tan interesado en las palabras de Daisuke, y él me dice que se vio a si mismo pobre y solo en un mundo que le importa una mierda el arte y la liberación sentimental interna del hombre, la expresión que nos diferencia de los animales y los estúpidos. Dice que había perdido las ganas de seguir en aquella búsqueda de la belleza pura que había empezado desde la primera vez que tomó una fotografía. "Me decían que nunca vendería nada si seguía con mi arte egoísta, que nada bueno saldría de ello. Todo lo que hacía lo hacía para mí mismo, no iba dirigido a ningún público, no era para nadie más, solo yo la podía contemplar, era yo el único que lo podía apreciar. Sí, era egoísta, pero era sincero".
Yo asiento con la cabeza sin decir nada porque no se me ocurre nada elocuente que decir al respecto.
– Pero eso no es suficiente en este mundo, ¿no es así? – dice Daisuke sonriendo y cerrando sus ojos por un instante.
– No, no lo es.
Que todos los meteoritos me caigan encima y me aporreen hasta que mis tripas sean polvo esparcido por todo el mundo, mezclado con el aire que los niños respiran. Nada de lo que Daisuke dice o de lo que yo digo tiene algún punto.
– ¿Qué fue lo que hiciste? – Le pregunto al galán luego de su pausa sonriente – ¿qué es lo terrible que hiciste?
Vamos dime, dime qué es. Quiero destruirte ahora, pedazo de perfección hecho a la medida del país de las maravillas. Que Hikari lo sepa, que te mate, perro miserable. Daisuke levanta su mirada y ninguno de los dos parpadea, ninguno de los dos respira. Y todo este silencio se hace insoportable.
Soy un jodido traidor, lo sé.
Daisuke dice que hizo lo que todos en su posición harían, lo que todos hicieron. Dice que vendió su alma y su verdad, me dice que se vendió él mismo.
– Propaganda. Portafolio de modelos. Revistas.
Eso es lo que dice.
– Eso fue lo que hice – dice Daisuke.
Le pondré de título a esta parte de mi vida "el día en que Daisuke Motomiya osó en mostrarse a sí mismo como la víctima de la realización moderna en la cultura occidental".
Los crepes a medio comer en mi plato liberan un cálido olor que no me dejan perder los estribos ante tan patética concepción que tiene Daisuke de pecado.
Lo que hizo fue fotografiar modelos. Chicas jóvenes, nuevas en el oficio que necesitaban que alguien las capturase en una escena tan perfecta que ninguna revista pudiera decirles que no. Una tras otra. El terror de su pasado es lo que muchos hombres sueñan tener. Es un hombre tan humilde y respetable que se infamó así mismo consiguiendo lo que muchos se matan por hacer, la oportunidad de fotografiar a una mujer semidesnuda.
Él es un artista de verdad, él quiere imprimir imágenes de florecitas y abejitas en vez de culos y labios carnudos. La idea que tiene de éxito es lo que el resto considera estupidez, algo de locura. El éxito que todos aguardan es humillación para él. Es un jodido héroe.
– ¿Me estás hablando en serio?
Daisuke no me responde con palabras, sino con una mirada que muestra algo de vergüenza. Y le creo.
– Fueron muchas mujeres – dice.
Ni siquiera sé si está alardeando o confesándose.
– Me había jurado a mí mismo que nunca haría algo así – se lamenta Daisuke casi dándose golpes en el pecho – pero cuando vino el momento de la prueba, la jodida crisis, caí. Me di cuenta de lo débil y patético que era.
– Sí – respondo mirándolo algo aburrido – eres una vergüenza para nuestra sociedad.
– Lo digo muy enserio.
– Yo sé que sí.
Quisiera reírme ante su dramática forma de revelarse como mártir de la era moderna, pero mi boca permanece estática demostrando lo tedioso que me resulta todo.
Basura. Él y toda su santidad artística.
–De los peores crímenes que me han confesado – digo y bebo algo de jugo de un vaso que Daisuke dejó junto a mi plato.
–Puedes ser sarcástico, pero no tienes idea de lo que es.
De pronto los crepes ya no huelen tan bien, y yo le pregunto a Daisuke que cómo es eso:
–¿Cómo es eso?
Daisuke remoja un trozo de pan en su caliente leche achocolatada sin mirarme, y luego lo coloca en su boca despacio, saboreándolo con cuidado y percibiendo cada detalle. Y sin dejar de masticar me dice:
–¿Crees que es el jodido cielo?
Aún tiene ese trozo de comida en su boca cuando me dice:
–¿Crees que estar tras una cámara, tomando fotos a cada una de esas chicas es el cielo? ¿Crees que me siento realizado cuando una de ellas inclina su enorme culo hacia mi lente como si le fuera a hacer una exploración rectal? – De pronto los crepes ya no se ven tan bien. – Todo es un maldito atentado contra ti, tu mente y tu bolsillo, mi amigo.
Abandono cualquier posibilidad de seguir comiendo, y no creo que a Daisuke le importe o esté al tanto del asunto. Toma su tenedor que tiene un trozo de crepe en el otro extremo y lo agita en el aire hacia mi dirección, como si me estuviera señalando con él.
–Después de lo que había vivido, estar allí, tomando fotos tan decadentes, tan humillantes, me hizo sentir como lastre. Lastre del puto consumismo. Me hizo darme cuenta que no soy mejor persona que todos esos extraños que caminan por la calle, comprando esas revistas, ya sabes, alimentando su morbo. Todo eso. Masturbándose con esas lindas caras de portada y pechos impresos.
Yo sólo parpadeo, Daisuke se ríe, no estoy muy seguro de qué.
– Y yo deposité mi esfuerzo, mi tiempo, mi experiencia, mi pasión en ello. Todo en lo que creía lo reduje a un montón de basura que se compra en un kiosco. Yo ayudé a rebajar el arte a un montón de hombres tocándose a sí mismos – mira en varias direcciones, agitando el tenedor que tiene en su mano –Yo hice parte de todo eso. Estuve en medio de un montón de jodidas descerebradas que no dejaban de llamarme "lindo" o "cariño".
Estoy pasmado, créanme.
–No te estoy tomando del pelo – dice Daisuke – no valen un carajo. ¿Cómo puede valer alguien que vende su propia imagen? ¿Que alimenta la depravación de todo esos tipos que se me quedaban al lado de la cámara masajeándose por entre el bolsillo mientras ellas seguían posando sin ninguna humanidad o más dignidad que vender?
Las palabras de Daisuke empiezan a salir con ira, y él se come su trozo de crepe mientras dice:
–Ahí te encuentras frente a esa realidad de la actualidad; todos tienen su precio. Si te ofreciera unos cuantos millones ya estarías mostrándome la raja de tu culo en este instante. Así como ellas. ¿Quién necesita pensar cuando eres visiblemente abusable? Dime ¿Para qué me esforzaría creando algo valioso cuando puedo ganar dinero siendo fornicado mentalmente por un montón de extraños? Son las putas de la imaginación, Takeru. Les pagas para poder comértelas en la mente. Les pagas para que te den una probada visual de lo que sería abusar de ellas. Maldición. Te lo digo, Takeru. No es gracioso, no es el jodido cielo. Es la cruda verdad de que ahora todos nos podemos vender. Yo, con mi cámara capturando a esta mujer tapándose la entrepierna con un balón de futbol. Y ellas llenándose de cheques con solo tener la bragueta de su pantalón abierta.
Ya nadie respira en esta habitación.
Y con la poca serenidad que le queda, Daisuke dice:
–Y el maldito mundo popular nos disfraza esta mierda de porno suave con glamur y con moda. Me cago en la moda. En el puto glamur. – Me mira a los ojos – Habían niñas de quince años mostrándome sus tetas para que algún caza talento las encontrara. Niñas que no tienen más futuro que tener sexo salvaje en los sueños eróticos de todos esos tipos que compran sus revistas y las ven por internet. ¿Lo ves? Niñas de dieciocho en ropa interior frente a mi cámara. Niñas que dependen de tener una imagen sexual agradable, niñas que quieren lucir. Ahí tienes el paraíso del día de hoy. Ahí lo tienes. ¿Estoy loco? Puede, pero al menos siento lo puedo juzgar.
Puede que sí, que esté loco. Está centrado en su ira contra la humanidad por algo que puede que no tenga relevancia más que para él, pero al menos no va a estar en mi lugar, en un futuro no tan lejano transformando mis objetos personales y cosas al azar en bolas de fuego.
–Tengo una colección entera de una chica que le gustaba posarme en bragas, sobándose el ombligo y seduciendo la cámara. Lo único que producía tal producto "artístico" era erecciones al unísono. Y dime ¿quién va a limpiar después todo ese semen?
La verdad, con todo esto, sólo puedo sentirme más cercano a Daisuke, sólo puedo sentirme más identificado.
La única expectativa que me queda ahora respecto a esta historia es que pueda tocarme el pecho y convertirme en él. Quiero transformarme en Daisuke Motomiya.
Abordad a los bandoleros, atacadlos con alegorías y atadlos como perros.
.
.
.
Aún no sabía el significado de la palabra "vacilaciones" cuando traicioné a mi hermano de la peor forma posible. Se podría decir. O de la peor forma posible entre las posibilidades que se me habían presentado.
Tal vez más que traición fue cobardía, un temor innato que me reducía a una altura poco mayor al metro y veinte centímetros acompañada de un respeto completo que sentía por mi padre. Sea como sea, Matt lo vio como traición, cual daga clavada por la espalda.
–A ver, en realidad no entiendo, no lo entiendo en absoluto, y quiero que me ayuden a entender. Les he dado su espacio, les respeto su privacidad mientras cumplan con las normas de la casa. ¿No es así? Díganme ¿no se sienten lo suficientemente libres? ¿Ah? ¿Qué es lo que buscan? Quiero enterarme para ver cómo solucionamos este problema.
Mi padre nos mira fulminándonos con sus retinas, mientras Matt y yo permanecemos estáticos frente a él, con la cabeza gacha por la vergüenza que nos produce decepcionarlo.
–¿Todavía se sienten niños? ¿Ah? ¿Takeru? ¿Yamatto?
Matt tuerce los ojos porque odia que lo llamen por su nombre de pila, pero esa es su menor preocupación justo ahora.
–Últimamente no les había reprendido por nada, ustedes saben cómo deben comportarse y como llevar sus cosas, así que sinceramente no entiendo por qué este tipo de situaciones se tienen que presentar. De la nada vienen ustedes y rompen la regla de oro, y es realmente decepcionante. No lo esperaba de ustedes. O por lo menos, de quien lo hizo.
Aprieto mis puños y espero a que ocurra. Soy solo un niño, una minúscula partícula que todavía tiene sucio el rostro, pero sé lo que viene.
–No puedo pasar por alto esta situación. Es bastante delicada, así que es mejor solucionarla de una vez por todas. Pienso preguntar esto sólo una vez. Y espero una respuesta pronta y sincera, nada de vacilaciones o pérdidas detiempo. ¿Quién entró a la habitación mientras yo trabajaba?
Yo no miro a mi hermano ni él me mira a mí.
Esto es antes de que papá se callara para siempre, antes de que cerrara su negocio y se quedara como un vegetal frente al televisor. Esto pasó antes de que fuéramos a la playa, cuando aún éramos una familia normal. Antes de que lo abandonáramos todo, la enorme casa en donde crecimos, el viejo auto, la vajilla, las joyas de mamá, todo eso que se volvió algún recuerdo borroso que ya no importa. Antes de que llegáramos a esta nueva vida, en donde papá hace silencio, donde Matt sigue obstinado a no mirarlo a los ojos, donde nuestro mundo está comprimido en esta casucha de puertas quebradizas y una señal televisiva a todo volumen.
–Yamatto, Takeru. Díganme quien de ustedes lo hizo – insiste papá utilizando la voz más escabrosa de toda la historia.
Y con lágrimas de niño tonto y cobarde en los ojos, chillo el nombre de mi hermano por mis labios.
–Matt.
Le digo.
–Matt lo hizo.
Así son las cosas. Matt me mira de reojo, y yo no puedo encararlo, sólo chillo como si alguien acabara de morir, como si estuviera metido en un campo de guerra. Papá toma a mi hermano por el hombro.
–¿Es eso cierto?– le pregunta con algo de calma.
Cierro mis ojos para no percibir visualmente la ira de papá, pero no puedo evitar seguir produciendo lagrimones que me empapan el rostro.
–Si – dice mi hermano – lo siento.
Mi padre suelta un largo suspiro que no sé cómo interpretar, dice "muy bien, muy bien", y empuja a mi hermano por el corredor, y se lo lleva con él hasta el fin del mundo mientras yo me quedo a mitad de esa lejana tarde rojiza llorando descontroladamente con los ojos cerrados.
Según mis sueños y recuerdos de ese momento chillé por horas, por toda la tarde, sin moverme de mi lugar, aterrado al darme cuenta de la cruda y horrible naturaleza que me acechaba ya desde una temprana edad. Pero aquello no era traición. No lo era.
–¿Puedes acordarte de eso? – le pregunto a mi hermano en la terraza.
No hace tanto frío y se puede ver un atardecer algo gótico al final de las colinas. El viento citadino contamina la bonita escena, tornándola tétrica ydesabrida, no, más bien con bastante sentimentalismo y mucho drama, pero eso no es lo importante. Lo importante es que mi hermano no ha soltado el primer informe de sus pensamientos. Luce impávido en la orilla de la terraza, como si de verdad estuviera observando la panorámica. Su cabello golpeando su rostro y sus ojos vacíos, como si no estuviera allí; complementan la sádica imagen que percibo estando aquí sentado en una silla de madera que ya está podrida.
Estoy muy asustado. Necesito saber lo que piensa.
–¿Matt?
Permanezco ansioso en mi asiento, agitando mis piernas como si estuviera en la agonía del síndrome de abstinencia.
–¿Recuerdas esa semana en la playa? – Pregunta Matt – Fue de las mejores semanas de nuestras vidas… como familia. – Sonríe como si pudiera ver en el horizonte la imagen vívida de aquellas memorias caminando por la arena caliente y perdiéndonos entre las olas. – Recuerdo bajándonos del auto y quitándonos los zapatos al instante para sentir la playa bajo nuestros pies. Estábamos descalzos y comenzamos a correr emocionados hacia el mar, gritando como locos. Asombrados por la imponente presencia del océano y con unas horribles ganas de hacer parte de él. Saltamos al agua a gran velocidad, con tal urgencia como si el mar se nos fuera a ir a algún lado. – Niega con la cabeza riendo – La primera sensación que se me viene a la cabeza es el sabor salado. El agua se me estaba metiendo dentro de la boca porque yo estaba gritando de la emoción. Es decir, todos sabemos que el agua del mar es salada, pero sólo comprendes ese concepto hasta saltar en ella; esa idea se vuelve real para ti hasta que das tu primer paso dentro del mar y lo pruebas tú mismo.
–Matt – digo con una voz algo tímida – quiero saber lo que piensas acerca de… tú sabes, lo que pasó el otro día.
Me refiero al oro que le arroje a las manos, ese oro que yo mismo creé. Matt ni siquiera se inmuta. Se acomoda mejor en la baranda, encorvándose un poco y mirando hacia la carretera en frente de la casa.
–Es tan extraño recordar todo eso. – dice su voz escapando de entre sus brazos que están cruzados por sobre su boca – Pareciera que hace parte de la vida de alguien más, como si fueran recuerdos ajenos o algo así. Lo que vivimos en ese entonces y lo que estamos viviendo ahora no tiene nada en común, como si a mitad de nuestras vidas como familia, como esa unidad de la que hacemos parte, algo se hubiera quebrado, cambiando el mundo comolo conocemos. ¿Lo recuerdas? Abandonamos nuestro hogar, nuestra ciudad, toda nuestra vida, y él nos trajo a vivir a este horrible agujero. Papá cerró su estúpido negocio y ahora ni siquiera nos habla y mamá… mamá está ahí. Pasan los años y no me puedo acostumbrar a eso. Es como si… no lo sé.
–Pero tú ni siquiera vives con nosotros – lo digo con la intención de acusarlo, acusarlo de habernos abandonado él también, como todos.
Matt no dice nada. Ya no puedo ver qué expresión tiene. Se refugia en sus brazos, sin darme la cara, sin mirarme a los ojos, puede que sea por miedo a encontrarse con la mirada de un monstruo en vez de la de su tierno hermano menor, encontrarse la mirada de algo ajeno a la humanidad, una entidad anónima que tal vez ni siquiera sea hermano suyo, sino parte de una enorme mentira. Por lo que yo comprendería que él no me mirase.
–¿Te acuerdas del día en el puente? – dice Matt levantando de nuevo el rostro, pero sin voltear. – ¿Si lo recuerdas? Tú debías tener unos trece años y yo unos dieciséis.
–Matt, necesitamos hablar de lo que pasó la otra vez, lo que pasó en mi habitación – digo poniéndome de pie – acerca de lo que te conté.
Camino hacia mi hermano despacio, viendo su alto cuerpo, su rubio cabello y una espalda encorvada hacia el abismo al borde de la terraza.
–Fui un completo desgraciado – dice – te hice ir hasta allí sólo porque sabía que le tenías miedo a las alturas. Quería atormentarte, sólo eso. ¿Te acuerdas?
Claro que sí. Claro que me acuerdo. Lo puedo ver tan claro como en el momento en que ocurrió. Yo en un extremo del puente y Matt en la mitad, igual a como está ahora en la terraza, recostándose contra la baranda, mirando el tráfico cruzar bajo sus pies. Me acuerdo que su rostro estaba completamente transformado, serio, sombrío. Su cabello, algo largo y desordenado, se agitaba hacia un lado. Fue la primera vez que lo vi como un hombre con poder, grande y maduro, y la primera que sentí terror de él.
Recuerdo que giró un poco su rostro y me encontré con sus penetrantes ojos que se me clavaron en el cerebro. Yo no parpadeé y me quedé frío al ver lo que él tenía entre sus manos. "¿Matt?" susurré con temor, con voz de niño angustiado. Y él, sosteniendo su inexpresiva mirada, me dijo "es tiempo de crecer".
–Tengo miedo – le digo a mi hermano, ahora, en la terraza, ocho añoscdespués de aquel lejano momento en el puente. Me detengo unos metros tras él y le digo: – No sé qué más pueda hacer, qué más pueda cambiar… y no puedo, no puedo soportarlo. No sé qué es lo que me está pasando, y estoy aterrado. Tengo miedo de pensar, de sentir euforia, del descontrol, porque puede que destruya al mundo entero.
–Lloraste – dice mi hermano.
–¿Qué?
Sólo puedo oír su voz, no puedo verle el rostro.
Matt dice:
–Lloraste ese día en el puente.
La puerta de la terraza se abre y mi madre sale al exterior, con sus manos juntas en su regazo, sobre su viejo y manchado delantal que me recuerda que esta vida es una mierda, y pronuncia mi nombre entre interrogación:
–¿Takeru?
Me quedo mirándola sin decir nada, aun pensando en lo que Matt acabó de decir.
–Hay un muchacho en la puerta que está preguntando por ti. – dice mamá entrecerrando los ojos por el viento.
–¿Qué muchacho?
–No sé. No parece del sector.
–Mierda.
–¡Takeru!
–Lo siento, mamá.
–¿Qué pasa? ¿Tienes problemas?
–No. Bajo en un momento… dile que espere.
Mamá desaparece y me vuelvo para volverme a enfrentar con la espalda de mi hermano.
–También quería contarte esto – le digo – necesito tu ayuda. La necesito desesperadamente. – Él no dice nada y me altero – Ese tipo que está allá abajo, esperando por mí, me quiere someter. Me quiere como su esclavo ¿No lo entiendes? Estoy completamente jodido. – Matt no responde.
Empiezo a caminar hacia la puerta enojado, soltando un rugido al aire porque mi hermano se niega a aceptar lo que me está pasando.
–¡¿Lo vas a permitir?! – Grito – ¡¿Ah?! ¿Es que no lo puedes ver? No se trata de lo que ése imbécil me pueda hacer – digo en el umbral a un paso de entrar a casa – ¿no lo entiendes? Él no puede hacer gran cosa. Te necesito – le digo con ese horrible tono antecesor al llanto – para que no me dejes matarlo.
Matt agacha la cabeza, encorvándose aún más, acercando su rostro al pavimento que ésta a tres pisos de distancia.
–No quiero matar a nadie. – digo y entro a casa.
Cuando bajo al primer piso me encuentro con la puerta principal cerrada y el televisor encendido transmitiendo colores pobres. Mi papá está en su sofá, lleva un esqueleto amarillento y una mirada inocua perdida en la pantalla.
–¿Dónde está el muchacho que vino a buscarme? – Pregunto mirando en todas las direcciones, sin ver al idiota de Pablo por ningún lado – ¿dónde diablos está?
Mi papá me mira a los ojos y sigue sin decir nada. Tiene una dispareja barba de unos cuantos días y luce algo triste.
–¡Papá! ¡¿Dónde está?!
Su boca, al igual que sus ojos, no me dice nada.
–¿Es que nadie quiere decirme nada en esta casa?
–Takeru, cálmate por el amor de Dios – dice mamá que aparece de improviso en la sala.
–Mamá ¿Dónde está el muchacho que vino preguntando por mí?
–Lo dejé subir a tu habitación, le dije que te esperara allá. Fue muy amable.
–¿Qué?
Salgo corriendo por las escaleras, enloquecido por la idea de tener a Willis fisgoneando en mis objetos personales, mirándose en el pequeño espejo que tengo en mi habitación y dejando plasmado en el reflejo su pegajosa imagen para siempre. Me da terror no más de pensar que cada mañana al levantarme veré el rostro de Willis en mi espejo personal, sonriéndome con su pálido rostro desde el otro lado del cristal, el muy infeliz.
–¿De qué rayos te ríes? – le preguntaría al espejo. Y todo lo que obtendría por respuesta sería aquella risa sin sentido que me destroza los nervios y se me mete por las venas hasta tornar mi sangre azul, como la de ese metrosexual patético que se ríe. Mi cuerpo me dolería tanto que me haría llorar como aquella noche afuera del Neri Boca.
Yo sería Willis, riéndome a un lado del espejo y llorando en el otro.
Abro la puerta de mi cuarto y lo veo allí, de pie, observando algunas de las cosas que tengo en el estante que está atornillado en la pared. Tiene unos oscuros pantalones entubados y escurridos, una bonita camisa a cuadros azul que cubre con una chaqueta de cuero, cuero probablemente real. Acaricia condos dedos el tarro de vidrio lleno de canicas sobre el estante, dejando sus huellas marcadas en el polvo.
–Un hombre que puede crear oro a partir de basura colecciona canicas – dice mirando fijamente el tarro – no me desconcierta viniendo de ti.
–No puedes estar en mi cuarto.
Me acerco unos cuantos pasos, y luego me detengo, casi incapacitado de enfrentarlo de verdad.
–De hecho me parece muy apropiado – dice dándose la vuelta, caminando hacia mí – ya era hora de que conociera en dónde vivías, tu hogar, tu familia, toda la escena. Después de todo, vamos a pasar un largo tiempo juntos y, pues, debo saber quién eres.
–No puedes venir aquí.
–No tengo que pedirle permiso a nadie para hacer lo que quiera, Takeru.
–Sal de mi casa, Willis – digo tomándolo del brazo con fuerza, notando por lo fría que está su chaqueta que estoy ardiendo, casi al punto de consumirme en fuego. – No quiero que te vuelvas a aparecer aquí ¿entendido?
–Suéltame, Takeru. – Dice muy tranquilo – no simules la ira que no puedes expresar. Se requiere más que palabras para creerte.
–No me retes a hacer algo sino sabes si soy o no capaz de hacerlo. Puede que te sorprenda.
–¿Qué serías capaz de hacer? – pregunta emitiendo un halo frío.
Los ojos de Willis son oscuros, en ese momento lo son. Me miran fijamente sin moverse en lo más mínimo, tragándose la poca luz que desprenden los míos.
–Vamos – susurra la voz de Willis – quiero oírte decirlo.
El muy desgraciado revela una sonrisa con sus labios color púrpura muerto. Y siento una corriente helada cruzarme por la cabeza y bajar por mi espalda, recorriendo mis piernas mientras estimula los pequeños cabellos que se erizan, choca con el suelo, traspasando la madera y el cemento, llegando hasta el primer piso donde mi madre lava los platos. Ella, dándose cuenta de lo que ocurre, mira a la pared por la que caen las líneas grisáceas de escalofrío que saltan de estante a estante, hasta llegar al grifo del agua, se mezclan con la corriente y se le meten por las manos, a mi madre, quien tiembla al instante y deja de hacer lo que está haciendo para quedarse mirando hacia el techo con una expresión torpe. Queda paralizada y con una sensación poco agradable en su abultada espalda llena de pliegues de piel.
El agua sigue corriendo en el lavaplatos.
–Dímelo – dice Willis en mi habitación, aun mirándome a los ojos, al alma, si es que puede.
–No quieres oírlo, porque me veré obligado a hacerlo.
–O tú no quieres decirlo, porque te verás obligado a hacerlo.
Se suelta de mi mano y camina hacia a la ventana desde donde mira la calle, la misma que Matt observa desde la terraza. Está desgastada y el pavimento está agujereado, como enormes cráteres que acumulan la lluvia de octubre.
Esto es una mierda de barrio.
–Te di el oro – le digo – te di el maldito oro.
–¿Por qué la cabecera de tu cama no está contra la pared?
–Jódete, Willis… ya te di lo que querías.
–No, no, no, Takeru. Esto va más allá de un trozo de oro, de un poco de dinero, de lo que quieras. Es más grande. Eres más grande. La realidad ya no tendrá ninguna diferencia con los sueños gracias a ti. Este es el momento de traspasar los límites de lo que es posible y a aprovechar el universo, todo el jodido universo y el tiempo. Cada estrella. El espacio. Toda la verdad que tenemos al frente la puedes convertir en mentira, si queremos.
–¿Si queremos?
–Tú y yo.
«No es oscuridad lo que veo cuando cierro los ojos, todos es más brillante y poderoso cuando mis ojos no ven. Nuestro interior se ilumina y se enciende tan fuerte que nos damos cuenta que todo es posible. Sólo cuando los abrimos, los ojos, vemos la oscuridad, nos hallamos en el centro de la nada, de la crueldad, nuestra fría naturaleza, negra y roja y ardiente, sincera, real, y viva. Somos el resultado de la porquería que nos rodea. ¿Verdad? Por este tipo de cosas es por las que deseamos destrozar con nuestros dientes la carne humana de cerdos perfumados y lamer su sudor tibio muerto»
–No hay tú y yo, Willis. No te hagas ideas. No llegarás más lejos conmigo, no daré un paso más.
–Olvídate del silencio – dice Willis mirándome de nuevo, golpeando el aire con su mano – olvídate de la discreción y los secretos, de callarnos. Vamos a gritar. Es tiempo de romper con todo, con las paredes que nos retienen como simples mortales, esclavos de un sistema social y ciudadanos comunes. Señala con tu dedo y partiremos el cielo en dos para siempre. Nadie podrá contenerte u olvidarte. Tenemos que romper con la historia.
«No finjas que no lo ves, TK. Conoces tu interior, como yo y como yo lo veo, tú también lo ves. Vivo en él, siento el aire que respiras, lo veo tornarse gris y repulsivo y atroz. Sé quién eres, y sé que no tienes un dueño. No escuchas más voces que la tuya. No eres una jodida marioneta. No finjas que no lo ves. Sabes lo que tu mano te impulsa a hacer, y sabes que lo harás, que alimentará cada poro de tu ser y te enaltecerá por sobre la naturaleza humana»
–No tocaré nada nunca más – digo – no para ti, Willis.
–Nadie te ve en realidad – dice Willis con voz desolada, algo áspera y lejana – sólo yo. Puedo verte, puedo sentir el peso en tus dedos, en tu piel. Quiero que se lo enseñes a todos, que les demuestres que puedes abrir el suelo y levantar murallas de agua por sobre cualquier ciudad, inundar los hogares y ahogar la vida de la tierra. – Sus ojos desalmados se oscurecen aún más, hacen que mi sangre se congele – No eres una persona, Takeru. No eres un hombre. Tu vida no tiene limitaciones, no estás encasillado en un instante preciso de la existencia. No eres una estadística ni un punto en un conjunto uniforme de puntos pusilánimes. Eres poder. Eres la tierra misma. La naturaleza. Tu voz se oirá en cualquier lugar, y todos te escucharán, y todos caerán al suelo, y todos abrirán los ojos. Eres la muerte misma.
«No finjas que no lo ves. Abre los ojos y enfrenta esa oscuridad. Esa oscuridad que tú mismo proyectas, de la que haces parte, la que te ha creado. No puedes prescindir de ella. No podemos. Abre los ojos y acéptalo. Ves el futuro. Ves el mañana y lo que tendrás entre tus manos, lo sabes. No finjas que no lo ves, maldición.»
–Cállate, cállate – susurro, creo que agachando la cabeza, colocando mis manos sobre ella.
–Takeru, no te encierres a ti mismo en la dimensión de lo normal, no te prives de lo que eres, de lo que puedes hacer, deshacer, rehacer, reordenar. Rectificar. Eres el reinventor de la vida. No serás una simple referencia de la historia, serás una grieta de una era. El dueño de una generación.
No. No. No tengo poder, no soy un renovador de lo ya hecho. No soy la derivación de una cábala surreal existente para redimir la irregularidad de lo existente. No soy un enviado divino que ha de purgar esta horrible condición del mundo físico y superficial. No soy el dedo que ha de agilizar la verdad transitoria de las cosas y su inevitable cambio. No. No soy un impulsador de la evolución y la redención de lo corpóreo. No pretendo llevar a la humanidad al éxtasis espiritual fuera del ínfimo encierro de lo tangible.
–Estás completamente demente – le digo a Willis dando un par de pasos hacia atrás – desquiciado.
–¿Por qué no aceptas el poder que tienes y confrontas tu naturaleza superior? Estás tan aterrado de quién eres que te has negado a ti mismo. Quieres huir de tu más relevante verdad, de lo que te hace especial ¿Por qué lo haces, Takeru?
–Vete al puto infierno, Willis. ¿Me has oído? ¡Ah! ¡¿Me has oído?! ¡Jódete!
–Puedes ser el comienzo del final, maldita sea – dice Willis levantando sus manos, como si estuviera profetizando una evidente revelación – Eres el rostro del nuevo siglo.
–¿Y tú quieres estar ahí? Eso es ¡¿Quién eres tú?! Dímelo, Willis ¡¿quién eres para decir todo eso?! ¿Vas a ser mi subordinado? ¿Quieres ser el dueño de la vida junto conmigo?
–Eres un niño aterrado en medio de una autopista.
–Eres un cerdo sediento.
–Soy yo quien he venido ¡Mírame! – Grita Willis caminando con violencia por mi habitación – ¿a quién más ves aquí? He probado tu poder, lo he visto… lo he saboreado… soy tu testigo, soy tu seguidor. Soy yo el único que cree en ti. Nadie más dará un peso por tu potencial…sólo yo.
«No finjas que no lo ves. Yo lo veo claramente. Está entre tus manos, caliente y muriendo. Dime lo que es. Está reposando entre tu mano, perdiendo vida mientras se va pudriendo. ¡Tú lo ves! ¡No finjas! Lo ves. Dime qué es»
«Es el corazón de Willis»
«Es el corazón de Pablo aun latiendo en tu mano. Su podrido corazón inhumano. Ahí está, mojando tus manos, ahí está ahogándose con el aire libre, fuera del pecho de ese bastardo»
Me dan náuseas pero estoy hambriento.
«Ése es tú futuro, ése es el futuro de ese idiota. Su corazón en tu mano»
–Willis, por favor, no sigas – digo mostrándole la palma de mi mano enfatizando mi petición – detente, te lo pido.
–Esto lo vamos a hacer juntos, Takeru. La concepción de día y noche nunca volverán a ser la misma.
–¡Cállate de una vez por todas!
El corazón de Willis sigue latiendo entre mi mano, pero pierde el aliento y comienza a consumirse, a corroerse y a tornarse negro, púrpura, y pierde calor.
–Eres el dueño del mundo ¡Abre los ojos!
«Lo único que puedo ver cuando abro los ojos es oscuridad»
–Por favor, Willis ¡no sigas! ¡No sigas! O… yo…
–Eres el dueño del apocalipsis, de la última palabra.
El corazón no se mueve más y emite un silbido que suena como si perdiera aire, como si se estuviera desinflando. Entonces se arruga y se convierte en una masa podrida y retorcida en la palma de mi mano.
–¡Mira quién eres! – dice Willis.
–¿Quién soy?
«Mi naturaleza innata no es sombría. Es la suma de cuan corrompido se vuelve el aire que respiro. De las manos que toman las mías y de aquello que escupen en mis ojos. Soy la venganza de lo que han hecho conmigo»
–¿Quién soy? – pregunto levantando la mirada. – ¡¿Quién soy?! ¡¿Quién soy?!
No sé lo que Willis está viendo en mi rostro pero su mirada se hace más débil y aterrada, y comienza a rodearme para poder hallar la salida de la habitación.
–Mi nombre es Takeru Takaishi – una voz profunda y negra sale de mi boca, poderosa y pesada – ¿Quieres un monstruo? ¿Quieres verme poderoso?
Willis camina hacia atrás, con la boca cerrada y las manos apuntando en mi dirección, quizá esperando que me calme.
Y grito:
–¡Aquí tienes tu maldito monstro!
Agarro un libro que está sobre mi mesa de noche y se lo arrojo a la cara.
Un instante antes de que choque con el rostro de Willis, el libro pierde su contextura y se desbarata en trozos de carbón. Willis se cubre el rostro al recibir el impacto. Cierra los ojos y se inclina. El pedazo se destroza en muchos más.
–¡Tú serás el primero en caer cuando me levante! – grito.
Tomo un par de lápices que reposan en la mesa y se los arrojo. En el aire se transforman en cristales brillantes que golpean el cuerpo de Willis reducido en sí mismo. Veo como uno de los trozos hiere la mejilla de Willis.
Una línea de sangre se le escurre hasta la boca, pero él permanece inmóvil, sujetando su cabeza. Soy yo el grande, soy yo quien torna la vida en paraíso o infierno. Soy yo.
«Si quieres verme como un monstruo, en eso me convertiré»
Arrojo una pieza de porcelana, un bailarín demasiado delgado y pálido que parece recién salido de un cementerio, y lo arrojo. En un momento, mientras viaja por el aire, hacia donde se encuentra Willis, se convierte en una centelleo intenso, una irradiación hirviente. Es fuego.
«Oscuridad es todo lo que veo»
La esfera incandescente alcanza a disiparse un poco antes de golpear a Willis y quemar su elegante chaqueta de cuero, cuero probablemente real. Él reacciona en un instante y ve las llamas sobre sus brazos y su espalda. Se quita la chaqueta y la arroja al suelo espantado. La chaqueta sigue quemándose en el suelo, y el fuego se va consumiendo poco a poco.
–Aléjate de mí, Willis, o verás al monstruo surgir de verdad. Y nunca más volverás a ver con tus preciosos ojos. Borraré el mundo para ti. Te dejaré ciego.
Estoy respirando más calmado, he recuperado mi postura tranquila. Luego tomo mi almohada, la aprieto entre mi mano con fuerza, suelto un rugido espantoso que hace vibrar las ventanas y la madera, y la arrojo con todas mis fuerzas en dirección a Willis. Éste alcanza a saltar a su derecha en un segundo, cayendo de costado al piso, un instante antes de que la almohada cambie en un parpadeo a un enorme pedazo de acero que atraviesa mi habitación a gran velocidad y se estrella con la pared del pasillo, destrozándola casi por completo y traspasándola hasta estrellarse en el suelo del patio trasero.
Por el enorme agujero que está en el pasillo frente a mi habitación entra una ráfaga de viento que mueve los cristales y los fragmentos de carbón que hay en el suelo.
«No escuchas más que tu propia voz. No eres una marioneta. No tienes dueño. Eres perpetuo, eres inalterable»
Camino fuera de mi habitación, observando el enorme agujero que me revela la ciudad al otro lado de la pared y un enorme trozo de acero arrojado a mitad de nuestro patio.
Mi pecho sigue creciendo y comprimiéndose, asimilando la vida que entra en mi sistema y me hace más grande.
Veo a Willis arrojado en el suelo, con su camisa azul a cuadros humeando en algunas partes, y su bonito rostro sangrando por montones. Está completamente aterrado. Paralizado. Sus ojos han perdido su brillo, su oscuridad.
Me acerco un poco y lo veo sin parpadear. Un nuevo calor me recorre el cuerpo y creo que mi rostro se transfigura.
«La verdad soy débil y estoy asustado. Estoy apartado de la realidad, soy un ser ausente de comprensión incluso de sí mismo, condenado entre sus propias manos. Aun llorando en aquel puente, aun pidiéndole a mi hermano que no lo haga. Aún lloro. Todavía»
–Mi mano arrancándote los ojos será lo último que veas si vuelves a este lugar.
.
.
.
.
.
Lo prometido es deuda y aquí está el capítulo. Un gran agradecimiento para sslove y su constante apoyo en la historia!
Espero les guste y nos leemos en el próximo capítulo.
Saludos!
