Reto 11: Primavera
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Alergia primaveral
Personajes: Albafica y Manigoldo
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Podía observar a todos sus compañeros desde lo alto del friso de su templo. De hecho, le encantaban esas vistas de todo el Santuario, ya que podía otear sin peligro.
Tranquilamente se tiraba horas desde aquel lugar, curioseando en las vidas de los demás, viendo cómo interactuaban entre ellos, los gestos de cariño que se profesaban…actitudes vetadas para él.
Albafica apretó contra su piel la rosa que sujetaba entre sus manos. Las espinas perforaron sus dedos. Inmediatamente después, apretó aquellos orificios para que la sangre comenzara a brotar.
Una gotita de sangre afloró y fue creciendo a medida que el líquido vital se apelotonaba. Finalmente, aquella gota se escurrió dejando tras de sí un reguero en la palma, de donde colgó unos instantes, hasta que terminó estrellándose contra la piedra.
Tras esto, el caballero de Piscis se lamió cuidadosamente la herida y los restos de sangre de su mano.
Saboreó unos instantes, percibiendo el metálico sabor del hierro que contenía su sangre y un componente extraño.
Ni siquiera sabía igual que las de los demás. Todo su sistema circulatorio había sido emponzoñado para enaltecer el poder que guardaba en su interior.
¿Alguna vez deseó poder recibir un abrazo sin peligro? ¿Poder acariciar a alguien sin temor a intoxicarlo? ¿O incluso estampar un beso en la mejilla de alguna de esas gentes que tanto le admiraban?
Un gesto de amabilidad, de cortesía, era imposible para él.
Aquel que traspasara los límites, se veía rechazado inmediatamente por aquel misterioso caballero dorado.
Aquello le granjeó una reputación de frío y distante, por no decir maleducado e irrespetuoso.
Pero los que conocían su historia trataban por todos los medios de mantener su reputación intachable, aunque Albafica no llegara a enterarse.
Por eso, aquella mañana de mediados de mayo, mientras mantenía su puesto de control en el friso de su templo, se percató de que un compañero traspasaba el templo de Acuario y seguía avanzando hasta el suyo.
Albafica aguardó unos instantes para ver cuánto tiempo tardaba en atravesarlo, pero aquel caballero no apareció por detrás, subiendo las escaleras que daban al templo del Patriarca.
Muy al contrario, escuchó que esa persona le llamaba a grito pelado.
El caballero de Piscis se asomó al borde, y parpadeó un par de veces debido a que la luz del sol le impedía abrir bien los ojos.
—Estoy aquí— dijo de vuelta, esperando una respuesta, tras escuchar su nombre retumbando por el interior del templo de Piscis, como un eco.
El caballero intruso salió fuera del templo y miró en todas direcciones. Confuso, se rascó la cabeza.
—Vamos Albafica, no juegues conmigo que tengo prisa— protestó el caballero de Cáncer, buscando entre algunas de las columnas derruidas—. ¿Dónde estás?
El caballero de Piscis suspiró suavemente y esbozó media sonrisa.
—Ya te dije que estoy aquí— respondió el aludido, proyectando la sombra de su brazo sobre Manigoldo y agitándola—. Arriba, mira hacia arriba.
Finalmente, el caballero de Cáncer se percató de la ubicación de su compañero y alzó la cabeza.
—¿Puede saberse cómo narices subes ahí?— exclamó Manigoldo—. Sage va a regañarte por erosionar el patrimonio del Santuario…por cierto, me han dado esto para ti— dijo alzando un ramo de peonías y otras florecillas.
A continuación, el italiano comenzó a estornudar sin cesar sobre aquel hermoso ramo que unos aldeanos le habían entregado para que se lo diera al caballero de Piscis.
Albafica compuso una mueca de desagrado y frunció el ceño.
—¿Ahora que has escupido sobre él? No, gracias— respondió su compañero, cruzándose de piernas y observando a Manigoldo.
El italiano tenía los ojos hinchados y enrojecidos, aparte de los enormes mocos que llevaba colgando de la nariz, que asomaban como cascadas.
—¡O lo coges o destruyo este arma de destrucción masiva!— gimió Manigoldo, estornudando de nuevo un par de veces más, esta vez, apartando el ramo de flores de su trayectoria.
—¡No te atreverás a destruir un regalo que han hecho expresamente para mi!— amenazó el caballero de Piscis contrariado, pero sin hacer amago de descender para recogerlo—. Tíramelo.
Manigoldo alzó una ceja y sorbió los velones que le llegaban hasta la comisura del labio superior.
—Estoy un poco harto de tu manía de "no me toquéis, soy venenoso", ¿sabes? Baja tú a por él, o mejor, te lo dejo aquí, a la puerta de tu templo, y ya lo recogerás cuando te de la gana. Que llevo aguantando los estornudos que me dan estas flores desde que me las dieron… Hala, hasta más ver.
Y con gesto de despedida, el caballero de Cáncer fue a depositar el ramo donde dijo que lo haría, pero frenó en seco cuando escuchó a Albafica.
—¡No!— gritó el caballero de Piscis—. Aún tengo que seguir aquí un poco más y si dejas el ramo ahí, lo van a pisotear al pasar por mi templo. Te digo que me lo lances, que lo atraparé.
Albafica escuchó de nuevo el sorber por la nariz de su compañero.
—Joder…última vez que acepto ejercer de mensajero— protestó Manigoldo—. A ver, prepárate, que va…
Dicho esto, Manigoldo arrojó el ramo por los aires, con tan mala puntería que a su compañero no le dio tiempo a atraparlo, por lo que se escurrió entre sus dedos, a excepción de una peonía.
El resto del ramo se desparramó sobre la cara del caballero de Cáncer, quien comenzó de nuevo una sarta de estornudos intercalados con blasfemias dirigidas a la primavera, las flores, los aldeanos que le entregaron el ramo y el mismo Albafica, provocando que el caballero de Piscis comenzara a reírse.
Viendo Manigoldo que era objeto de las chanzas de su compañero, rápidamente retiró los restos de hierbas y flores de su cuerpo. Sorbió por la nariz y comenzó a trepar por una de las columnas del templo de Piscis.
Al alcanzar la altura adecuada, alargó la mano izquierda y tiró de la capa blanca que llevaba Albafica, hasta que se soltó.
—¡Eh!— se quejó el caballero de Piscis—. ¡Devuélveme mi capa!
Manigoldo se escurrió por la columna rápidamente y recogió el largo paño, llevándoselo a la cara.
—¡No serás capaz!— exclamó Albafica, al tiempo que veía como su atuendo era mancillado por la nariz de su compañero, quien expulsó el abundante contenido de la misma sobre la tela.
—Por reírte de mi desgracia— soltó el caballero de Cáncer, arrojando la capa al suelo—. Cógela si te atreves…qué alivio…
Albafica miró consternado el ramo desecho y su paño.
—Ya no la quiero…— musitó contrariado—. Qué mal les sienta la primavera a algunos…
*Nota: el término "alergia" fue acuñado en el siglo XX, por lo que Manigoldo no sabe qué es lo que pasa con esas flores.
