Historia Original de Kristine Rolofson

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Estaré en casa para Navidad.

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CAPITULO ONCE

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− ¿Cuáles son las mejores vacaciones de tu vida?

Zafiro levanto la vista del entrecot que tenía en el plato. El restaurante sin duda hacía honor al cartel que anunciaba «Los filetes más grandes de Iowa». La mujer que tenía enfrente podría haber sido de otro país. A pesar de los largos días de viaje en coche, estaba tan elegante y preciosa como si acabara de salir de un centro de belleza. Mientras esperaba su respuesta tomó la copa de vino.

− Adivina – la desafió, esperando sacudir aquella omnipresente compostura.

− De campada. Escalando una montaña. Pescando truchas – dijo –. ¿Si o no?

Él sacudió la cabeza.

− Frío, my frío.

Mina tomó un sorbo de vino y continuó mirándolo a los ojos.

− Mmm. ¿En el club Med, tal vez? ¿En una isla exótica con una mujer especial?

− Todavía no, pero estoy dispuesto – le sonrío –. ¿Eres aficionada a las playas y la arena caliente?

Mina se encogió de hombros.

− A veces.

Zafiro ahogó un repentino ataque de celos. Se imagino a Mina haciendo topless en alguna playa mientras algún musculitos descerebrado le aplicaba loción en…

− Estoy esperando – dijo ella –. Será mejor que nos conozcamos un poco, ya sabes.

Se le ocurrían unas cuantas maneras más interesantes de hacerlo aparte de hablar de las vacaciones, pero Zafiro se comportó.

− Estaría entre un viaje a Boston y cuando fuimos toda la familia a Disneylandia. Yo tenía diez años.

− ¿Por qué a Boston?

Deslizo los dedos por el tallo de la copa de vino y Zafiro aspiró hondo y le miró los labios.

− Gané un concurso en el colegio. El premio era ir a Boston a competir a nivel nacional. Era la primera vez que veía una ciudad tan antigua – sonrió al recordar la emoción que había sentido cuando había visto la tumba de Paul Revere.

− ¿Qué tal te fue?

− Conseguí el octavo lugar.

− ¿Y lo de Disneylandia? Esto quedaba también muy lejos del rancho, ¿no? – Mina tomó una patata frita.

− Sí. Lo mejor del viaje fue cuando vimos un cocodrilo – anunció, riéndose de lo que había sentido entonces –. Darién lo vio primero, en un canal que estaba en la parte de atrás del camping. Yo estaba jugando en una tubería muy grande que colgaba sobre el agua, pero Darién me agarró antes de que me cayera.

− Quieres mucho a tu hermano – dijo Mina.

− Que puedo decir… Soy un hombre muy familiar – bajo la vista y tomó de nuevo el cuchillo.

− Sin embargo, no estás casado.

La miró de nuevo y sonrió brevemente.

− No. Cuando me case, será para toda la vida – Zafiro esperó un segundo y entonces le hizo la misma pregunta a ella –. ¿Y tú?

− La primera vez que Serena y yo fuimos a Londres.

− Quería decir si has estado casada alguna vez.

− Ah, no – respondió, y seguidamente se terminó el vino y se limpio los labios con cierto nerviosismo.

− No me suena demasiado convincente, cariño – le hizo una señal a la camarera para que les rellenara las copas.

− Estuve prometida una vez, hace mucho tiempo.

− Cambio de opinión – le explicó ella.

− ¿Y te rompió el corazón?

− Durante un tiempo. Luego se me pasó.

− Bien.

− No te pongas tan serio o no te contaré ningún secreto más. Seguro que a ti también te han roto el corazón.

− En realidad no.

Se alegro de que llegara la camarera. Le evitó tener que explicarle que nunca se había enamorado. Cambió de tema y le preguntó qué habían hecho Serena y ella en Londres.

Al final de la velada, la besó en el vestíbulo que había delante de su puerta. Solo fue un beso pequeño de buenas noches, nada que pudiera volver loco de deseo a nadie. Sin embrago su cuerpo reaccionó como si Mina le hubiera metido la mano por el pantalón.

Aquello fue lo que pasó en Iowa, pensaba Zafiro mientras se metía en la cama con Doris. La perra tampoco estaba muy contenta, pero Zafiro había insistido en que durmiera con él. Si tenía que salir, no quería que Mina tuviera que salir de noche al estacionamiento.

Y al menos el perro le calentaba los pies.

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Pasaron el jueves conduciendo desde Iowa hasta Omaha, al oeste del límite con Nebraska. Aparte de salir ya un poco tarde, la lluvia los obligó a ir más despacio. A Zafiro no le importó pararse más temprano, cuando la lluvia se convirtió en granizo y la visibilidad empezó a ser muy mala. Esa vez se hospedaron en el segundo piso de un motel de lujo que permitía la entrada de animales, y tomaron dos habitaciones que se comunicaban por una puerta.

− Así Doris podría ir y venir – le explicó Zafiro mientras le daba la llave a Mina.

− Buena idea.

Zafiro decidió que tal vez lo fuera. O tal vez no. Sería fácil abrir la puerta y hacerle el amor a Mina Briggs. No pensaba que fuera a rechazarlo, al menos no en un principio. La había sorprendido mirándolo en algunas ocasiones, como si intentara entender cómo era; como si le gustara mirarlo pero prefiriera no reconocerlo.

Como seguía granizando, Zafiro dejó a sus compañeros de viaje en el motel y cruzó la calle al Pizza Hut. Después de pedir la comida, entró en un pequeño supermercado que había al lado y compró cerveza, vino, un abrebotellas, galletas para perro y una caja de donas cubiertas de chocolate. Cuando volvió a su habitación del motel, que por cierto era muy bonita, estaba mojado, helado y muerto de hambre.

− Mi héroe – dijo Mina, sosteniendo a Doris a la puerta para que no saltara sobre Zafiro.

− No te acerques mucho – le dijo Zafiro –. Estoy empapado.

Mina fue al cuarto de baño y le sacó una toalla.

− Toma – le puso la toalla en la cabeza y le quitó la caja de la pizza.

− ¿Sabes? Esta vida de viajes no está mal. ¿Qué hay en la bolsa?

− Alcohol. ¿Quieres cerveza o vino?

Zafiro dejó la bolsa sobre una mesilla delante de la ventana. Mina había corrido las cortinas, dándole un ambiente cálido e íntimo a la habitación.

− Vino, por favor. Iré por los vasos.

Zafiro dejó su cazadora sobre el respaldo de una silla y le lanzó a Doris una galleta. Después le sirvió una copa de vino a Mina, se abrió una cerveza y se comió cuatro pedazos de pizza antes sacar a Doris a pasear.

− Nos gustaría quedarnos contigo – le dijo a Mina, que los había seguido hasta la puerta.

− Tómate una ducha caliente – contestó ella, ignorando la oferta –, para que no pilles un resfriado.

− No voy a resfriarme.

La besó, algo que se estaba convirtiendo en una agradable costumbre. Le agarró la cara con las dos manos y la besó con ganas, deslizando su lengua sobre la de ella mientras notaba que el calor aumentaba entre los dos. Esa vez ella se pegó más a él y le deslizo sus manos elegantes por los costados mientras emitía leves gemidos de placer. Cuando Zafiro apartó su boca de la de ella, fue de muy mala gana, pero sintió que era una mujer a la que no se le podía meter prisa. Desde luego no era una mujer fácil de seducir.

− Ya sabes donde estoy – le dijo –. Si me necesitas.

− Te lo agradezco.

Su sonrisa casi lo empujó a besarla de nuevo, pero Mina se metió en su habitación antes de que él pudiera agarrarla.

− Dejaré la puerta entornada – dijo –, por si Doris quiere entrar.

− Sí. Para Doris.

Se pasó la mano por la cabeza mientras contemplaba la puerta entornada. En ese momento se abrió de nuevo y Mina le pasó el resto de la cerveza.

− Por si te entra sed.

De modo que al final del día estaba solo en la habitación del motel, sin siquiera la compañía de Doris. Abrió otra cerveza, encendió la televisión y escuchó el parte meteorológico. Caería una buena tormenta de nieve. La ventisca los obligaría a quedarse en aquel motel. Se iría la luz y tendrían que calentarse metiéndose juntos en la cama.

Se figuró que el cuerpo de Mina generaría mucho calor. Pensó que le gustaría saber qué la complacía, dónde le gustaba que la acariciaran, cómo le gustaba que la besaran. Pensó en varios sitios de aquel cuerpo sensual que le gustaría explorar con la boca y las manos antes de poseerla. Bajo aquel exterior sereno y equilibrado se escondía una mujer que besaba como si también estuviera pensando en acariciarlo.

O tal vez solo fuera su imaginación. Darién se reiría si lo viera en ese momento. Le diría que se había enamorado hasta la médula.

Sí. No sabía qué pasaría con Mina Briggs cuando llegaran al rancho. No podía imaginarse diciéndole adiós y no volviéndola a ver nunca más. Maldición. Tal vez estuviera de verdad enamorado.

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Mina no creyó que debiera estar pasándoselo tan bien. Conducir por el Medio Oeste en el mes de diciembre era peligroso; conducir con un extraño, una locura.

Tal vez fuera una locura, pero se estaba divirtiendo de lo lindo. Serena no se lo creería si la viera. En realidad, Mina no había contestado adrede los mensajes que su prima le había enviado. Mejor que Serena la creyera bebiendo ron y comiendo cocos en un crucero por el Caribe.

A veinte minutos al oeste de Omaha se encontraron un almacén de antigüedades muy grande. Debió de quedarse boquiabierta al ver el letrero que los anunciaba, porque Zafiro aminoró la velocidad.

− ¿Qué pasa?

Señaló el almacén.

− Mi idea del paraíso.

− Solo llevamos quince minutos en la carretera.

− Hay una cafetería al lado. Podrías desayunar mientras yo hago unas compras.

− Podría, aunque ya me he comido tres donas de chocolate hace una hora mientras tú te duchabas – dijo Zafiro –. O podría continuar conduciendo hasta Montana. ¿Sabes lo grande que es Nebraska?

− No. No tengo la fascinación que tienes tú por los mapas – sonrió al ver que Will iba a tomar la salida siguiente, una carretera de acceso que los llevaría al almacén de antigüedades –. Qué pena no haber sabido que estaba esto aquí. Podría haber venido de compras ayer.

Hubiera sido mejor que quedarse despierta buena parte de la noche solo porque Zafiro dormía al otro lado de la pared de su cuarto.

− En Omaha no vas a encontrar la clase de antigüedades que hay en Francia – la avisó.

− Me arriesgaré – arropó a Doris que dormía, con la manta mientras Zafiro avanzaba hacia la entrada del edificio –. Dame una hora.

− Treinta minutos.

− Cuarenta y cinco.

Él suspiro.

− De acuerdo.

Se inclinó y lo beso en la mejilla antes de salir del coche.

− Te debo una.

− Nunca le digas eso a un hombre que te ha visto en camisón.

Mina sintió que se ponía colorada.

− Quería decir…

− Anda, ve – le ordeno Zafiro –. Pero si no estás aquí fuera en cuarenta y cinco minutos, me marcho sin ti.

Ella agarró su bolso y echó a correr.

Muchas horas después, cuando habían llegado ya hasta North Platte y estaban en uno de los moteles que salpicaban la Autovía 80, Zafiro dejó a Doris dormida en su habitación y llevó a Mina a un restaurante que había visto desde la carretera.

− Mira – dijo después de dar un sorbo de su whisky con agua –. Tenemos que empezar a movernos un poco más de prisa.

− ¿Cuánto hemos avanzado hoy?

Pidió un solomillo y un Martini con vodka. Se sentía con ánimo de celebrar después de comprar cuatro colchas, una funda de colcha, ocho fundas de almohadones y suficientes complementos de cocina de estilo art decó para que sus clientes de Arlington lloraran de alegría. Al final Zafiro no le había dejado solo cuarenta y cinco minutos. Había sacado a Doris a dar un paseo y después se había metido en el almacén con ella mientras ella compraba. Mina sabía que podría amar a un hombre como él.

− Ni siquiera quinientos kilómetros – frunció el ceño y miró alrededor del oscuro restaurante –. No puedo creer que solo hayamos llegado hasta North Platte.

− Es el hogar del Buffalo Bill – dijo Mina –. Incluso hay una tienda de regalos que parece un fuerte. ¿La has visto?

− Si. Y ni se te ocurra pensar en eso.

− ¿Qué paso con el vaquero encantador…?

− Ranchero.

− Con ese ranchero encantador – continuó – que decía: «Eh, tengo una idea estupenda; alquilemos un coche y conduzcamos hasta Montana.»

− Estaba lleno de deseo en ese momento.

− ¿Estaba? – la revelación la complació, lo cual era una tontería, sin embargo…

− Está. Estaba. Qué más da – Zafiro se encogió de hombros –. No te preocupes.

− No estoy preocupada – dijo después de apurar su Martini con vodka –. Renuncié al sexo hace un año, de modo que ese tipo de cosas no me preocupan.

Él la miró con intensidad.

− ¿Qué tipo de cosas?

− La seducción. El sexo. ¿Debería o no debería preocuparme?

Después de algunas citas horribles con candidatos falsos a Príncipe Azul, había decidido trabajar más y jugar menos. Washington D.C. estaba llena de hombres guapos que sabían utilizar su encanto para conseguir lo que querían, lo cual significaba que una mujer inteligente tenía que reconocer las tonterías cuando las oía. Y había oído muchas.

− Me cansé de los juegos, de modo que renuncié a ellos. Sigo saliendo, por supuesto.

− Por supuesto – repitió con expresión más que de asombro.

− Pero, ¿el sexo? No merece la pena.

− Debes de estar saliendo con los tipos equivocados.

«Sí», pensaba Mina mientras miraba al ranchero. No le cabía ninguna duda de que ningún hombre de su pasado podría compararse con el que tenía en frente. Ya estaba medio enamorada de él, pero sabía que no duraría. Eran demasiado distintos, vivían en mundos muy diferentes y…

− Renunciaste – hizo una pausa cuando la camarera les llevo la ensalada –. ¿Renunciaste al sexo? – se inclinó sobre la mesa –. ¿Por qué?

− Para simplificar mi vida – tomó una pinchada de lechuga, mientras Zafiro la miraba como si pensara que estaba de broma –. Que rica. ¿No tienes hambre?

− Mucha – pero no agarró el tenedor inmediatamente; en lugar de eso llamó a la camarera y le pidió otra ronda de bebidas –. ¿No has querido nunca cambiar de opinión?

Oh, sí. Por ejemplo, desde hacía tres noches, cuando un vaquero la había besado en Chicago.

− ¿Mina?

La pregunta de Zafiro la fastidió.

− No creo que eso sea asunto tuyo.

Pero en lugar de retirarse, el ranchero sonrió. Fue una sonrisa de satisfacción, muy masculina, como si supiera con toda seguridad que ella había pensado en hacer el amor con él cada noche que habían estado juntos.

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− ¿Quién se queda con Doris esta noche?

− Yo – contestó Zafiro mientras la seguía por el pasillo en dirección a sus habitaciones, que esa vez estaban una frente a la otra.

Mina se paró delante de su puerta.

− Estuvo contigo anoche.

− Bueno, claro. Porque no quería que te despertara a mitad de la noche y tuvieras que salir con ella tú sola…

− Zafiro.

Él dejó de hablar.

− ¿Qué?

− ¿Te despertó anoche para salir?

− No.

Aunque había albergado la esperanza de que lo hiciera, solo para al menos tener la excusa de salir a tomar un poco el aire. Últimamente no estaba durmiendo nada bien. Soñaba con seda azul y pechos blancos, cabello dorado y unas piernas esbeltas alrededor de…

− Entonces, hecho.

Zafiro abrió la puerta de su habitación y Mina lo siguió dentro y cerró la puerta.

− Doris, vamos, chica.

El perro la saludó como si llevara una semana sin verla. Mina se arrodilló y le acarició la cabeza, y Doris se revolvió encantada. Zafiro supo en ese momento que había perdido.

− De acuerdo – dijo –. Tú ganas. Pero primero la voy a sacar.

− Gracias.

Su sonrisa le provocó cierta tensión en la entrepierna.

− Te la traeré en un rato. No abras la puerta si no estás segura de que soy yo.

Cuando Mina salió, Zafiro gimió. Pasearía al perro, se daría una ducha fría y después llamaría a la puerta de Mina. ¿Qué faltaba allí?

Todo. Porque una hora después, cuando Mina abrió la puerta de su habitación, llevaba puesto ese camisón azul de seda. Pero esa noche tenía encima el abrigo a modo de bata, dándole la apariencia de una mendiga muy seductora. Tenía el móvil pegado a la oreja, y cuando abrió la puerta se llevó el dedo a los labios para indicarle que no dijera nada.

− Se lo diré, te lo prometo – dijo –. Lo haré mama, no te preocupes.

Zafiro soltó a Doris de la correa y vio cómo pegaba un brinco para montarse en la cama de matrimonio. La colcha estaba algo revuelta, como si Mina ya hubiera estado en la cama. Los almohadones estaban contra la cabecera, y al otro lado de la mesilla, estaba la maleta de Mina abierta sobre la otra cama. Se sentó junto al perro e intentó no fijarse demasiado en una tanga de seda rosa que había tirado sobre la bolsa de aseo. En realidad, volvió la cabeza adrede porque no le apetecía darse otra ducha de agua fría.

− No – dijo Mina –. Va a ser maravilloso. Tenemos planeadas un montón de cosas. Cosas del Oeste.

Zafiro la miró. ¿Cosas del Oeste? Ella lo miró y se encogió de hombros.

− Sí, yo también te quiero. Adiós.

Cerró el teléfono. Se sentó en la cama frente a él, de modo que le rozaba las rodillas con las suyas. Zafiro notó que había cerrado la tapa de la maleta.

− Demasiado tarde – dijo Zafiro –. Lo he visto.

Mina fingió no enterarse de lo que estaba hablando.

− Era mi madre.

− ¿Todo va bien?

Le pareció extraño que Mina no quisiera pasar las navidades con su familia, pero no era asunto suyo más de lo que lo era la tanga rosa.

− Toda va bien.

− He visto que te has arreglado para mí.

Movió las piernas para que las suyas rodearan las de Mina. Imaginó que la cosa no iría a más, de modo que era mejor disfrutar mientras pudiera.

Ella alzó la cabeza.

− Tenía frío.

Zafiro le tomó las manos. Tenía los dedos fríos, de modo que se los frotó con suavidad.

− ¿Mejor?

− Sí, pero…

− ¿Qué? – se llevó las manos de Mina a los labios y le besó cada dedo; fue un gesto tonto y por la cara que ponía Mina, Zafiro supuso que tenía ganas de echarse a reír –. Vamos.

− ¿Mmm?

− Ríete de mí. No me importa.

− Me haces cosquillas – confesó, y retiró las manos, pero solo para echárselas al cuelo –. ¿Si te doy un beso de buenas noches y después te echo de mi cuarto, me odiarás por la mañana?

− ¿Por qué iba a ser distinto mañana? – tiró de ella hacia delante, la sentó sobre su regazo.

A Mina no pareció importarle estar allí entre sus brazos, con el trasero pegado a sus muslos. Él acercó sus labios a los de ella y la besó durante varios y anhelantes minutos. Era dulce, apasionada e irresistible. Pero seguía con su abrigo de invierno encima.

− Me encanta besarte – dijo él – pero ¿no quieres quitarte el abrigo?

− Es algo arriesgado.

− Bueno, sí – sonrió y la besó en la oreja –. Eso es lo divertido.

− No me gustan demasiado los riesgos – le confesó mientras le acariciaba la nuca con un dedo y la erección se apretaba contra la tela de sus pantalones –. Exceptuando este viaje.

− Los últimos días han sido de lo más extraño – comentó, y mientras lo hacía consiguió quitarle el abrigo de los hombros y los brazos, dejando al descubierto el camisón de seda sobre su piel pálida y sedosa –. Como por ejemplo, esto.

− ¿El qué?

Lo sorprendió cuando le deslizó la mano por el pecho.

− ¿Qué estás haciendo?

− No lo se

− Pues yo si – la levanto y la dejo en la cama –. No estas tramando nada bueno, cielito. Y creo que quieres torturarme antes de echarme de tu habitación.

Zafiro le miro los labios, voluminosos y algo hinchados, listos para ser besados de nuevo, pero no sabía cuanto mas podría controlarse. Aquella mujer en particular lo había calado hondo, y tenía miedo de que cuando saliera de su vida, seguramente en unos cuantos días, él iba a sufrir. Y mucho.

− Tú empezaste – señalo ella, que lo miro y se echo a reír.

Se quito de encima el abrigo que tenia sobre el regazo y se volvió para mirarla de frente.

− No es cierto.

− Fue besarme los dedos. ¿Le gusta eso a todas tus chicas?

− Si – contesto él –. Hacen cola para probar la experiencia.

Ella se echo a reír de nuevo, lo cual debería haberlo enfriado un poco, pero no lo hizo. Tenía una risa muy sexy, y así tumbada en la cama, con aquella melena dorada esparcida sobre los almohadones, era algo que no le importaría en absoluto contemplar toda la vida.

Caramba, esa idea le dio miedo, aunque merecía la pena reflexionar sobre ello. Pero lo dejaría para el día siguiente.

− No puedes resistirte a mí, así que si eso de "nada de sexo" de que has hablado antes va en serio, será mejor que no me lo digas.

Mina suspiró y se puso seria.

− Se complicaría mucho, Zafiro. No soy de las que les van los encuentros sexuales para pasar el rato.

− ¿Y crees que yo si lo soy? – deslizo la mano por la manta y agarró un bulto, que era su dedo gordo del pie.

− No lo se. Espero que no, pero…

− Quieres estar segura.

− Sí.

Zafiro de dio cuenta de que era una mujer muy serena. Y también de que le tembló la mano cuando fue a retirarse un mechón de cabello de la cara. Él no la afectaba tan poco como quería demostrarle. Y eso era buena señal, porque él también temió que pudieran temblarle las manos a él. Aquella mujer había empezado a ser muy importante para él.

− Será mejor que me marche – dijo él, pero cuando se puso de pie se inclinó hacia adelante y le rozó los labios.

Su intención había sido un beso de buenas noches, pero enseguida se convirtió en uno apasionado.

Su intención había sido besarla y marcharse. Pero eso le resulto más difícil de lo que habría esperado, porque ella se puso de rodillas y le echo los brazos al cuello. Él deslizo las manos por la espalda, le acarició la cintura y avanzó hacia arriba para acariciarle los pechos cubiertos de seda. Al tocarla, los pezones se le pusieron duros y Mina gimió suavemente sin dejar de besarlo.

Zafiro se aparto un poco.

− Cariño, tal vez este sea el mejor momento para decirme que me vaya.

− Voy a arrepentirme de esto – murmuró Mina, pero se incorporó un poco más y lo abrazó.

− No, si yo puedo evitarlo – dijo Zafiro tras un beso largo y ardiente que termino con los dos semidesnudos.

Zafiro pensó que el corazón debía de latirle a cien pulsaciones por minuto, pero de algún modo consiguió pasar a una gruñona Doris a la otra cama, apagar la luz, terminar de desnudarse y sacar los condones de la cartera nueva que había comprado antes de salir de Chicago.

Y entonces, un ranchero muy excitado y totalmente desnudo se metió en la cama con Mina.

Ella estaba tumbada de lado, de frente a él, con su camisón suave rozándole los muslos desnudos y provocándolo aún más.

− ¿Podrías hacerme un favor? – le susurro mientras le acariciaba el pecho.

− Lo que quieras.

Se acercó a ella y le acarició el lóbulo de la oreja con la nariz mientras aspiraba el sutil aroma a vainilla de su champú. Le deslizo la mano por la cadera y más abajo, y le subió el camisón hasta que quedo desnuda de cintura para abajo.

− Hace mucho que no practico.

− Lo haremos despacio – murmuró él, sabiendo que estaría un poco nerviosa.

− Sería mejor deprisa.

Él dejo de acariciarla unos segundos.

− La verdad es que me gusta tomarme mi tiempo – movió la mano y con el pulgar la acaricio en un sitio que la hizo estremecerse – Por ejemplo, con esto.

Le separó los muslos con la mano y se inclinó sobre ella para besarla en el cuello y continuar descendiendo hasta alcanzar la cumbre de un pecho turgente. Retiró la tela y se metió el pezón en la boca.

− Zafiro…

Mientras le tiraba del pezón amorosamente, le deslizó un dedo entre los muslos. Estaba muy apretada y lista para él, y pensó que se moriría de las ganas que tenía de de estar dentro de ella; pero le encantaba tocarla, sentir como sus dedos se deslizaban por el interior de su sexo, escuchar los gemidos que emitía mientras él le daba placer. La dejó unos segundos para ponerse el condón, y entonces, con un movimiento pausado la penetró. Apoyo los codos a los lados de su cabeza y esperó a que abriera los ojos.

− Mina – le susurró –. Cariño.

Ella levantó las caderas y lo tomó también, mientras lo miraba a los ojos, jadeando levemente.

− Me gusta como te tomas tu tiempo.

− Espera – le dijo mientas la penetraba más, mientras la llenaba por completo –. Lo mejor está aún por venir.

Ella soltó un gemido entrecortado cuando él se retiró despacio unos centímetros para volver a embestirla con seguridad. Buscó su boca y ella se agarró a sus hombres. La estaba besando cuando ella alcanzó el clímax, que lo urgió a buscar también su liberación. Cuando le llegó con fuerza. Apartó su boca de la suya para emitir un gemido sentido.

Mina se tomó su tiempo para hablar, pero Zafiro sentía los latidos de su corazón bajo su cuerpo.

− Caramba – dijo –. Nunca me había acostado con un vaquero.

− Con un ranchero – le susurró él, que apenas podía respirar –. Bueno, llámalo como quieras, con tal de que podamos volver a hacerlo.

− Podemos. ¿Cuándo?

Él se volvió de lado, cerró los ojos y oyó que Doris roncaba sobre la otra cama.

− Tienes que darme unos minutos.

− No tengo que irme a ningún lado – Mina le acaricio el muslo, la entrepierna, que la poco empezó a responder con interés renovado.

− Vaya – dijo con voz ronca –. Esto parece interesante.

− Mmm – se volvió de lado, apretándose contra su pecho –. No tenemos que levantarnos temprano mañana, ¿verdad?

− Cariño – dijo él, deseando más que nada hundirse de nuevo entre sus piernas –, a este paso, nunca saldremos de Nebraska.

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