"Mi mente a tu mente"

Sincerarse con Jim hizo a Spock sentirse mucho más liviano, tanto que su cabeza fue incapaz de concentrarse en su propia meditación cuando regresó a sus habitaciones. Hasta en tres ocasiones intentó poner en blanco su mente, pero allí había algo que horas atrás no estaba: un leve rumor, similar al que el mar hacía en la orilla cuando las olas abrazaban la arena. A pesar de que el sonido no parecía cesar no era incómodo, de hecho Spock se encontró abrazándolo con su propia mente ya que aquel rumor procedía de la mente de Jim, muestra del ir y venir de pensamientos que ahora acechaban al capitán.

La sensación de tener otra mente cerca de la suya no le era extraña a Spock pues con Nyota experimentaba contactos diarios aunque de una forma bien distinta: la presencia de Uhura era similar a un roce, una caricia que de vez en cuando tocaba sus pensamientos y que siempre devolvía de la misma forma haciéndole saber a la mujer que él seguía allí, con ella. Pero Jim volvía a demostrarle que era diferente, ya no sólo en la forma de su mente, sino también en cómo las ideas y pensamientos parecían sucederse sin descanso en ella.

No queriendo llamar la atención de Jim sobre su presencia, Spock prosiguió escuchando el tranquilizador murmullo hasta casi las tres de la mañana momento en el que Jim debió de quedarse dormido pues el ruido disminuyó hasta casi hacerse inaudible. Pero continuó, cómo si una parte del joven fuese incapaz de descansar un hecho, sin duda alguna, fascinante.

Tiempo después el primer oficial cayó en un leve estado de tranquilidad mental que fue alterado cuando la mente de Jim volvió a resonar en la suya. Spock calculó que aún quedaba una hora y veintitrés minutos para que el turno alfa se iniciase por lo que Jim sólo había dormido tres horas y seis minutos. Irremediablemente se preguntó si el sueño del capitán era siempre tan efímero o si las preocupaciones recientes que recaían sobre sus hombros le habían empujado a despertar a tan temprana hora.

Decidió que él también debía iniciar su día y dejó a un lado su meditación.


A diferencia de lo que Spock pensaba el turno alfa se desarrolló con normalidad, incluso el trato de Jim hacia él fue cómo siempre. De no haber sido por el resonar de los pensamientos de Jim en su mente Spock no hubiera sabido del aturdido estado del capitán cuyas ideas iban y venían produciendo un auténtico estruendo dentro de sus sienes. Decidido a poner fin a aquel caos en el que Jim había caído el oficial le invitó a pasar esa tarde por sus habitaciones para conversar junto a Nyota tras el turno alfa. Jim no pudo más que asentir.

La comida de Spock fue amena pues en su mesa se sentaron Chekov y Scotty junto a Uhura, así que la ciencia, principalmente la mecánica, no tardó en colarse en sus conversaciones. Mientras participaba de la charla no pasó por alto que el capitán no había asistido al comedor, algo que a nadie le parecía extrañar pues era habitual encontrarse al capitán tomando un bocadillo mientras revisaba algún departamento. En cuanto el turno beta dio comienzo Uhura y Spock se excusaron y regresaron a la habitación del vulcano. Después de media hora conversando en voz baja alguien llamó.

Tras la puerta estaba Jim, incapaz de ocultar su nerviosismo mientras se frotaba las manos.

–Creo que he venido varios minutos antes de la hora indicada– se disculpó Jim.

–No importa, adelante.

Jim entró en los cuartos de su primer oficial y saludó a Uhura, al principio con un gesto de su mano, luego con una inclinación de cabeza y finalmente con un balbuceo que cortó tras un largo suspiro.

–Esto es ridículo– dijo el capitán sentándose en la silla que Spock le había acercado y que le situaba frente a la mujer. Antes de que nadie pudiera replicarle Jim volvió a hablar con rapidez–. Uhura, lo siento. Desearía que tú fueses la persona que completa a Spock en todas sus facetas y que…

–Lo sé Jim– dijo Uhura tomando las manos de su capitán entre las suyas y dedicándole una tranquilizadora sonrisa–. Entiendo que estés confundido, yo también lo estaba.

–¿Y ahora?

–Lo admito. Si me hubiese negado a aceptar los sentimientos de Spock no sólo le habría hecho daño al poner en duda la veracidad de su amor por mi, sino que encima le haría elegir entre tú y yo. La idea de compartir a Spock no me entusiasma pero si he de hacerlo con alguien: me alegro de que sea contigo.

–Compartir– repitió Jim con una risa nerviosa–. Es muy extraño.

–Eso es debido a que la concepción humana de los sentimientos es muy limitada– dijo Spock que había permanecido atento al movimiento de ambos–. Para vuestra especie el amor se fundamenta en dos planos: el conyugal y el social. Para los vulcanos esas distinciones son vanas, nosotros basamos nuestras relaciones en la compatibilidad. Tal y cómo te dije, Jim, Nyota llena mi corazón y tú mi mente.

–Perdona que te interrumpa– dijo Jim riendo– pero dicho así suena cómo si nuestras mentes fuesen a darse un revolcón.

La risa del rubio fue apagándose a medida que el gesto de Spock continuaba impertérrito.

–Espera, espera… me estás diciendo… ¿qué nos vamos a acostar?

Spock profirió algo parecido a un suspiro mientras Uhura trataba de ocultar su risa.

–No es algo tan simple Jim– dijo el Vulcano–. Ayer nuestras mentes se rozaron, yo pude ver la forma en la que tu mente se proyecta, pero ni tú entraste en la mía ni ambas se conectaron. Si aceptas llegar hasta el final con esto, y nos fusionamos, mis pensamientos serán tuyos y viceversa.

Tu mente a mi mente– musitó Jim recordando las palabras de Spock. Se removió incómodo–. Eso implica que vas a ver toda mi mente.

–Y tú la mía. Para los vulcanos es una ceremonia comparable con el matrimonio: una vez que dos vulcanos se fusionan quedan unidos el resto de sus vidas.

–Cómo una boda…– musitó Jim–. No sé… no sé si estoy preparado para eso– admitió Jim.

–La decisión es tuya– le recordó Spock con suavidad–. Yo esperaré el tiempo que quieras. No es necesario fusionarnos ahora mismo, sólo cuando tú estés preparado.

Alternativamente Jim miró al Vulcano y a Uhura y asintió.

–Voy a pensar sobre ello– apretó con afecto las manos de Uhura–. Eres increíble Uhura.

–Me lo dicen mucho– rió la mujer en broma–. Gracias Jim por hacer esto, es muy importante para Spock y, por ende, para mi.

–No hay nada que agradecer– dijo Jim brindándoles a ambos una sonrisa.


Cómo era de esperar, tras la conversación en el cuarto de Spock, Jim corrió a la enfermería y entró en el despacho de Bones. El médico se mofó al verle allí por su propio pie pero apenas pudo continuar su parloteo pues Jim empezó a contarle lo que había pasado en las últimas horas dejándose caer pesadamente en la silla frente a su escritorio. Cuando acabó, agotado, miró a su amigo que ahora le contemplaba con el ceño fruncido.

–Resumiendo: eres el alma gemela de Spock y este quiere unirse a ti– Bones soltó una carcajada–. ¿Estás de coña?

Jim le miró con gesto serio.

–Ojala.

Su seriedad hizo a Bones sopesar la veracidad de lo que acababa de oír y entonces maldijo en voz baja.

–Cielos Jim, ¿es que no puede haber anda sencillo en tu vida?

–Por lo que parece: no.

–Dime entonces qué es lo que te preocupa

–Nada Bones.

–Venga Jim, ¿a estas alturas vas a tratar de engañarme? Puedo leer en ti a través de ese gesto de "soy el capitán de la puta mejor nave de la flota estelar y nada me perturba". Te recuerdo que te he recogido borracho del suelo, te he ayudado a vomitar litros de alcohol que intoxicaban tu sistema digestivo e incluso te he puesto dos enemas.

–¡Oh Bones! ¡No era necesario que recordases todas mis miserias!– gimió Jim hundiéndose en su silla.

–Pues dime que es lo que ronda tu cabeza.

–Todo este asunto… no sé, es una locura. Pero entiendo que puede que Spock tenga razón.

–Admites que hay posibilidad de que sea tu alma gemela– sentenció Bones.

–Puede. No sé Bones– Jim resopló–. La presencia de Spock no me disgusta, al contrario, me siento muy tranquilo cuando anda cerca, a veces extraño que no esté en el puente cuando miro hacia su estación. Pero… no es un anhelo físico, entiéndeme.

–Creo que lo hago: hechas de menos su presencia, no revolcarte con él.

–Algo así dije yo– rió Jim recordando la conversación que había tenido en la tarde en los cuartos de Uhura.

–Entonces, ¿qué te hace dudar?

–¿Sabes en que consiste la fusión?

–Cómo su nombre indica, deduzco que se trata de unir en una misma mente dos.

–Exacto. Yo podré ver la mente de Spock y él la mía. Y ya sabes que mi vida no ha sido precisamente un sendero de rosas.

Recapitulando alguno de los hechos más importantes en la vida de Jim, el segundo matrimonio frustrado de su madre, la huída de Sam, los incidentes de Tarso, su recuperación posterior… Bones comprendió la vacilación de su joven capitán.

–Estoy seguro de que a Spock no le importará tu pasado, incluso lo admirará, cómo hago yo– sus palabras hicieron que su amigo le mirase con el ceño fruncido–. A pesar de todo lo que has vivido has seguido hacia delante, has luchado por sobreponerte a los acontecimientos que han marcado tu vida y, finalmente, has logrado llegar hasta aquí: a la Enterprise como el más joven de los capitanes de la flota estelar. Eso, Jim, es admirable.

–Gracias Bones pero creo que una cosa es lo que yo puedo contar y otra el que alguien pueda revivirlo– la mera idea hizo que Jim se estremeciese.

El médico apoyó su mano en el hombro del rubio y le sonrió con franqueza.

–Da igual, Jim. Todos los que te rodeamos y queremos lo hacemos conscientes de que eres cómo eres gracias a todo lo que has vivido. Y jamás deberías de avergonzarte de ello.

Algo vacilante, Jim apoyó su propia mano sobre la del médico y se aferró a ella.


Esa noche Jim decidió tomar la cena en sus habitaciones, a mitad de su comida llamó a Spock y le pidió reunirse con él en su cuarto. Cuando el Vulcano apareció en su puerta Jim trató de sonreírle, pero estaba muy nervioso.

–Adelante– la puerta se cerró y Jim se removió inquieto–. He estado pensando y… creo que debemos fusionarnos.

–¿Estás seguro?

–Sí, soy consciente de que verás mis recuerdos, yo los tuyos, y que será algo que nos mantendrá unidos el resto de nuestras vidas. Estoy conforme con todo ello. Aunque he de advertirte que puede que haya cosas que veas en mi mente que… no van a ser agradables.

–No me preocupa lo que puedes mostrarme, Thy'la.

–Pues empecemos– dijo Jim mirando a su alrededor–. Yo no sé que hay que hacer o si necesitas algo. Así que tú dirás.

–Será mejor que nos sentemos en la cama.

–Y decías que no era nada sexual.

La broma de Jim hizo a Spock alzar una ceja, más con diversión que con ironía.

–Podríamos estar de pie, pero creo que tu resistencia se verá mermada tras la fusión e intuyo que no te gustaría caer al suelo y tener que ser recogido por mi.

–A veces eres un romántico, Spock.

–No pretendía.

El suspiro de Jim fue audible, pero el rubio se sentó en la cama al lado del oficial. Sin necesidad de hablar, Spock extendió sus piernas, Jim hizo lo propio sobre las de su compañero y ambos quedaron el uno frente al otro. La cercanía de ambos hacía posible que Jim sintiese el calor que manaba del cuerpo del Vulcano mientras este percibía el olor de Jim, una mezcla que ahora nublaba su mente con el recuerdo del té y del limón. Alzó su mano derecha y presionó con suavidad los puntos de unión en el rostro de Jim.

–Mi mente…

–… a tu mente.


Tal y cómo había sucedido día y medio atrás, Spock se encontró en un remolino de oro, pero esta vez Jim estaba frente a él.

Hola.

Hola Jim.

Mirando a un lado y a otro, el rubio volvió a mirarle.

¿Qué hacemos ahora? Nada parece distinto.

Spock le tendió las manos.

No tengas miedo.

No lo tengo.

Jim tomó sus manos y ambas mentes se abrieron...


Risas, alguien acariciaba la barriga de un bebé rubicundo que no podía dejar de reír mientras veía el rostro de una mujer de cabellos dorados.

Oh Jimmy, te amo tanto…


Esto está mal.

Los brazos se aferraron con más fuerza a su alrededor.

No Spock, esto nunca estará mal.

Pero los vulcanos no tenemos permitido tender al contacto, madre– replicó el pequeño de cuatro años relajándose en el abrazo.

La risa de una mujer cruzó la habitación.

Afortunadamente para nosotros: yo no soy vulcana.


¡Sam!

Tú no te metas mocoso.

Un hombre pegaba a un niño mientras otro trataba de evitarlo. Tras un breve forcejeo el hombre lanzó al más pequeño hacia atrás y el cuerpo del niño golpeó una mesa que volcó tras el choque. De inmediato se hizo el silencio hasta que el niño que había sido golpeado corrió hacia el pequeño.

Jim, Jim, ¡Jim!

Sam…– el pequeño se aferró con fuerza a los hombros de su hermano y rompió a llorar.


Caer en las provocaciones de otros es un error humano.

Ahora lo sé y lo entiendo, padre.

Pues nunca lo olvides, Spock.

¿Mis acciones han causado tu deshonra?

El adulto Vulcano clavó sus ojos en los del niño y, sin emoción alguna, se levantó y se fue dejándole solo con una ardiente sensación de angustia en su estómago.


La reacción de Frank tras perder su coche fue tan desproporcionada cómo Jim esperaba y los golpes no tardaron en cubrir su cuerpo cuando ambos regresaron tras su declaración en los calabozos de la policía. Tras arrastrarse hasta su habitación, Jim se dejó caer en la cama y volvió su mirada hacia la ventana, contemplando el infinito mando de estrellas que se extendía en la noche. Cerró los ojos y deseó irse de allí, dejar la Tierra y perderse en ese espacio infinito que ahora parecía tan inalcanzable lejos de la Tierra, lejos de Frank…


La negativa de Spock a suprimir por completo sus sentimientos golpeó el núcleo de sabios de Vulcano. Pero al joven no le importaba pues la parte irracional de sus pensamientos le repetía constantemente que acababa de hacer lo correcto, que sentir no era ninguna tara, que las emociones no debían olvidarse. Con pasos firmes Spock dejó atrás al consejo Vulcano y salió al exterior dispuesto a enfrentarse al nuevo reto que la flota estelar planteaba ahora en su vida.


Hambre, hambre, hambre. Spock sólo tenía hambre, un hambre cómo nunca antes había sentido, pero aquella sensación no era suya, provenía del recuerdo en el que ahora estaba inmerso. Parpadeó un par de veces y vio a Jim, pero no era Jim sino una sombra de lo que había sido: famélico, magullado, agotado.

El muchacho estaba frente a un hombre de túnica amarilla que sonreía con su visión.

Que le maten.

Mas, a pesar de la rotunda orden, Jim no bajó su barbilla y, con una desafiante mirada, siguió la imagen de Kodos hasta que los soldados le sacaron de la sala.


Las interacciones eran innecesarias para Spock por lo que los primeros días de academia no sintió especial interés en frecuentar los sitios que la mayoría de oficiales y cadetes habituaban. Su sorpresa fue que él no parecía el único ya que se encontró con una inesperada compañía en sus visitas a la biblioteca de xenolinguística. Se trataba de una joven humana de piel morena, largos cabellos negros y unos profundos ojos oscuros. La humana siempre ocupaba una apartada mesa, cubierta de manuales abiertos y padds. Fue la rutina de encontrarse en la misma estancia casi vacía lo que le hizo saludarla la primera vez. La respuesta de la joven mujer fue un asentimiento de cabeza y una brillante sonrisa que hizo que algo, en el interior de Spock, se removiese pues, en cierto modo, algo le incitaba a interaccionar con aquella mujer cuyo nombre descubrió dos días después: Nyota Uhura.


Tú padre fue capitán de una nave estelar doce minutos y salvó ochocientas vidas. Te reto a que seas mejor.

El capitán Pike dejó el bar mientras Jim mantenía su mirada fija en una pequeña Enterprise de juguete. Toda su vida había huido: de la sombra de su padre, de su ex padrastro, de la soledad, de los recuerdos… pero tal vez aquella huída sólo tenía un propósito: huir de si mismo.

Jim tomó aire.

"Te reto a que seas mejor".

¿Podía llegar a serlo? Se pasó la lengua por los labios golpeados. Tal vez valía la pena intentar tomar otro camino pues el que él había elegido le había terminado llevando a ensuciar un bar con su propia sangre. Soltó una carcajada, tomó las llaves de su moto y salió del bar mientras calculaba cuanto podría tardar en llegar a ser capitán de la flota estelar.


Si Spock había tenido alguna duda de su servicio en la Enterprise en ese momento quedó olvidado cuando Jim Kirk entró en el puente de mandos, con su camisa de oro, sus cabellos rubios, y su perenne sonrisa. Se sentó en su asiento y dio varias órdenes antes de girarse hacia él. Cuando ambas miradas se cruzaron Spock se encontró alzando levemente sus labios en una pequeña pero incontrolable sonrisa.


Bienvenido a bordo, capitán.

Aquellas cuatro palabras hicieron que un torrente de felicidad abrasase el pecho de Jim mientras subía por primera vez a la Enterprise cómo su capitán, una alegría que se completó cuando sentado en su silla, en el puente, se volvió hacia la estación científica y su mirada se encontró con la del primer oficial.


Y ambos recuerdos se fundieron: el dolor de los momentos pasados se alivio con el hombro ajeno, la soledad vivida quedó reconfortada con la recién llegada presencia, las dudas se disiparon con la nueva seguridad y la felicidad que habían experimentado se volvió incontenible con la dicha del otro.

Cuando Spock separó su mano del rostro de Jim este jadeó. Los brillantes ojos azules del capitán se clavaron en los suyos y, antes de poder preguntarle si estaba bien, Jim unió sus frentes.

El tiempo pasó, pero no pareció importarle a ninguno de los dos: Jim disfrutaba del calor que manaba del oficial, y Spock se deleitaba respirando el aliento de Jim.

Los dedos del capitán llegaron hasta la mejilla del Vulcano y la acariciaron haciendo que, de inmediato, Spock sintiese todo el amor y la gratitud de Jim hacia él. La cantidad de sentimientos que el rubio era capaz de proyectar con tan sólo un roce era abrumadora y henchía el corazón de Spock.

El único movimiento de Jim fue abrir los ojos y contemplar a su oficial mientras este le ayudaba a recostarse en la cama y movía el edredón para cubrirle con él, casi al mismo tiempo los ojos de Jim se cerraban. Spock ordenó al ordenador de abordo disminuir la intensidad de la luz y se dispuso a irse, pero la mano de su compañero le detuvo al cerrarse entorno a su muñeca. Sin pronunciar palabra alguna, Jim tiró del brazo del Vulcano y se giró para envolverse con él. El movimiento hizo que Spock tuviese que tumbarse a su lado.

–¿Jim?– preguntó Spock tentativamente.

Al no obtener respuesta alguna, el oficial científico se acomodó tras la espalda de Jim, abrazándole con el brazo que Jim aún mantenía aferrado. Salvo con Nyota, Spock no había compartido cama con ningún otro ser humano, por lo que la experiencia con Jim era nueva a la par que sumamente reconfortante. La presencia del rubio le transmitía una calma que no tardó en hacerle adormecer. Iba a cerrar sus párpados cuando sintió su alma envuelta en puro regocijo mientras la mente de Jim se abría paso en la suya a través de una única palabra:
"Thy'la".