¡YAHOI! ¡Y van once!

¡Que lo disfrutéis!

Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.


Tribadism


Gruñó. Estaba cansada, tenía los pies hinchados, le dolía la espalda y parecía una ballena andante. Y, lo peor, estaba frustrada.

Frustrada sexualmente.

Siempre había oído que las hormonas durante el embarazo provocaban un desorden descomunal, convirtiendo hasta a la más tímida de las mujeres en auténticas ninfómanas.

Y ahora lo entendía, porque ella misma se había convertido en una de esas ninfómanas.

Lástima que su marido no parecía querer complacer sus deseos y necesidades.

―No es seguro―repetía, como un disco rayado―. Podríamos hacerle daño al bebé. ―De nada sirvió que le dijera una y otra vez que era todo lo contrario, que en su época todos los ginecólogos recomendaban sexo durante el embarazo porque eso ensanchaba el canal vaginal y hacía más fácil después la dilatación en el parto, para que el bebé saliera sin mayores contratiempos.

Pero InuYasha, terco como era, no quiso ni escucharla. Y ahora, como resultado de la cabezonería de su esposo, tenía el cuerpo a punto de explotar de pura frustración sexual.

Observó como su medio demonio entraba en casa, sacudiéndose las gotas de agua de su largo cabello plateado, con el torso desnudo tras haberse dado un baño refrescante en el río. Esperó a que se sentara en el suelo de espaldas a ella y entonces se le acercó a gatas. Las orejitas caninas que adoraba se movieron, pero eso no la disuadió. Lo abrazó por detrás, aplastando con cuidado sus hinchados pechos contra la recia espalda masculina.

―Kagome… ―suspiró él, con cansancio.

―Quiero hacerlo―dijo ella, besando su cuello y su mejilla―. Lo necesito, te necesito. ―InuYasha volvió a suspirar.

―No podemos…

―Sí podemos―rebatió ella―. Por favor―suplicó, frotándose con sutileza contra su cuerpo, rozándolo con sus senos. Un estremecimiento recorrió a InuYasha. Él también lo deseaba pero… ―. ¡No me quieres!―exclamó ella de pronto, separándose de él. InuYasha parpadeó y se volvió a mirarla.

―¿Qué?

―¡Es eso! ¡Ya no me quieres! ¡Estoy gorda y fea y-y… ―Estaba a punto de llorar e InuYasha entró en pánico.

―¡No es eso, joder!―Se apresuró a abrazarla―. ¡Claro que te quiero!

―¡Mentiroso!―Unas lágrimas le bajaron por las mejillas e InuYasha sintió crecer su ansiedad.

―¡Kagome!―El labio inferior empezó a temblarle e InuYasha supo que, si no hacía algo, ella empezaría a llorar. Así que la besó. Kagome ahogó una exclamación por lo sorpresivo del movimiento pero enseguida comenzó a corresponderle, de forma apasionada. InuYasha gimió al sentir la anatomía femenina pegarse contra él―. Kagome… ―gimió al separarse de su boca, sintiendo los pechos de su esposa frotarse descaradamente contra su torso desnudo.

―¿Te gusta?―Le dijo ella, en tono seductor. InuYasha tragó saliva, luchando por controlarse, a él y a sus instintos, que clamaban por fundirse en el cuerpo de la mujer que amaba. El embarazo la había convertido en toda una bomba sexual de relojería, y él siempre temía esos arranques, porque lo obligaban a escapar de ella. No quería hacerle daño, ni a ella ni al bebé de ambos, si algo llegara a ocurrirle…

Gimió de nuevo, echándose hacia atrás. Pero Kagome lo persiguió, quedando medio recostada contra él, a horcajadas sobre una de sus piernas.

Como una dulce gatita, empezó a restregarse contra su cuerpo, con los ojos cerrados y las mejillas sonrojadas, gimiendo ante la fricción. InuYasha cerró los ojos, sintiendo escalofríos al percibir como su pantalón se humedecía cada vez más al tiempo que su miembro se hinchaba.

―Kagome…

―Sí, sí, sí… ―Apretó los dientes, intentando por todos los medios ignorar el hecho de que su esposa estaba prácticamente violando su pierna. La vio arquearse hacia adelante, apoyando las palmas en el suelo y provocando que sus senos volviesen a rozarse contra su torso.

A la mierda, pensó, si eso era lo que ella necesitaba…

La agarró de los hombros, ayudándola ahora con los movimientos rítmicos, con la respiración de ambos acelerándose con cada roce placentero.

―Más… más… ¡Oh, sí!―Kagome empezó a convulsionarse sobre él; con cada sacudida, la intimidad femenina volvía a rozarse contra su pierna, mojándola todavía más.

La observó disfrutar el orgasmo, con esa cara descompuesta por el placer que él y solo él era capaz de proporcionarle.

Un gruñido escapó de su garganta cuando al fin todo terminó y Kagome se dejó caer contra él, exhausta pero con una sonrisa satisfecha en su rostro.

Sí, puede que hubiese solventado las necesidades de su mujer.

Pero ahora el del problema era él.

Fin Tribadism


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Acosadores no.

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¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.