Capítulo XI

"Razones para luchar"

Deambuló a través del salón, arrastrada por Kouga, intentando concentrarse en la insulsa conversación de los invitados. Recibiendo felicitaciones que consideraba vacías e ilusorias. Hechas tan sólo para congraciarse con su poderoso prometido y con ella. No en vano, a lo que le llamaban alta sociedad, siempre le había provocado asco. A pesar de pertenecer a la clase alta, su riesgoso estilo de vida le había abierto los ojos desde hacía mucho. Sabía que la gran mayoría de aquellos poderosos, que se decían señores y damas, ocultaban su perversidad y pecados tras el sucio dinero, debido al poder que éste les otorgaba.

Volvió a refrenar el deseo de salir corriendo con todas las fuerzas que sus piernas le quisieran proveer, pero se negaba rotundamente a flaquear, por lo que su comportamiento fue políticamente el correcto, como era de esperarse para una muchacha de su posición social, aunque en su interior la ira y el rencor, que era dirigido a más de alguno de los presentes pugnaba por emerger.

Observó con resentimiento la demostración de satisfacción plena, en el estado anímico de su tío. Le parecía imposible que fuera el mismo hombre que se encargó de ella, cuando no tenía a nadie más en el mundo. Administraba los bienes de su herencia para que no le hiciera falta comida, cobijo y educación. Jamás detectó diferencias entre cómo trató a sus propias hijas y a ella. Siempre creyó que para él, lo más importante sería la felicidad de las tres. Era paradójico haber estado tan equivocada, y sobre todo tener que haberlo descubierto gracias a sus propios enemigos.

Recordó cuando en un segundo mostró su oscura naturaleza, un hombre frío y calculador, que no estaba dispuesto a transgredir su voluntad ni ambiciones, por preocuparse de algo tan trivial como la felicidad de la muchacha a la que crió. Y ello la hacía preguntarse con mucha desconfianza… ¿Qué era lo que encendió a tal grado la codicia en Mioga Hurley, para estar dispuesto a transar a su sobrina para conseguirlo?.

Los negocios que su tío pudiera tener con el Gobernador Naraku y su hijo, debían ser en extremo importantes y muy lejanos de la legalidad, y presumiblemente de la moralidad.

No era una mujer ilusa, mucho menos estúpida. Además, no caería en algo tan patético como defender lo indefendible. Aunque su identidad secreta la obligara, en más ocasiones de las que quería recordar, a dudar del camino que había escogido recorrer, las aberrantes atrocidades que se les infringían a los más débiles, y que con sus propios ojos había tenido que presenciar, pudieron ser suficientes como para haber mermado sus buenas intensiones, sin embargo, aquello sólo le había dado más valor, aumentando su convicción para luchar contra quienes ejercían ese poder oscuro y viciado, y sobre todo contra aquellos que le habían arrebatado lo que más amó.

A pesar de todo, no conseguía deshacerse de la aflicción, ya que cuando llegara el momento de hundir a los Breindbill, cabía la posibilidad que su tío se hundiera tras ellos. Tenía claro que debía destruirlos, sin importar qué tuviera que sacrificar, aún si era su propia vida. Pero había comenzado a cuestionarse si sería capaz de tomar la decisión correcta. Y si luego de tomarla, podría volver a mirar a los ojos a su querida prima Rin. Aquello la llenaba de congoja y temor.

Me alegra que por fin dejara de jugar a la niña rebelde, Lady Kagome —dijo una voz junto a ella— Mi hijo ha esperado largo tiempo por este momento. Una angustiosa espera, debo añadir. Que como padre ha sido muy amargo el presenciar —señaló Naraku sin intentar disimular la recriminación.

Lamento haber prolongado tal angustia en su hijo. Sin embargo, milord, debe comprender que a mi parecer, mí felicidad está por sobre la de cualquiera —contrapuso dirigiéndole una mirada serena pero intensa.

Me dará gran placer presenciar cuando se convierta en la fiel y abnegada esposa de mi hijo. Una esposa cuya única preocupación deberá ser darle los cuidados apropiados, procurando su felicidad —indicó en tono de advertencia— Aunque Kouga se sentiría feliz, por el sólo hecho de que una mujer tan hermosa sea quien lo espere en su… casa —agregó viéndola de pies a cabeza. Kagome sintió asco por su velada insinuación, y sobre todo cuando su lasciva mirada se detuvo más tiempo del necesario a la altura de su escote. Tuvo que morderse la lengua para no soltar un insulto, y controlar sus manos para no golpearlo, pero era muy difícil.

Kagome —la llamó Rin. Llegó junto a ella haciendo una ligera reverencia a Naraku— Lamento interrumpir. Varios invitados desean felicitarte.

Olvidé que la prometida debe socializar con los invitados. Será mejor que se apresure —indicó Naraku con una dura sonrisa.

¿Quién quiere felicitarme? —preguntó Kagome, mientras caminaba con su prima.

Nadie en especial —contestó Rin, recibiendo la extrañada mirada de Kagome— Me percaté de que te sentías muy incómoda hablando con ese hombre y pensé que necesitarías mi ayuda —explicó. Recibiendo un beso en la mejilla de parte de su prima.

Gracias —expresó Kagome aliviada.

Unas horas más tarde despedían al último invitado, y ella aprovechó de excusarse argumentando cansancio, por lo que se retiró a su cuarto, antes que su estúpido prometido se lo impidiera. A decir verdad, ya había agotado toda su capacitad de tolerancia, por aquella noche.

Entró en su oscura habitación cerrando la puerta y apoyando la espalda en ella. Exhaló un profundo suspiro que paulatinamente fue transformándose en un sollozo. Llevó ambas manos a su rostro haciendo un esfuerzo para controlarse.

Un potente trueno estalló a lo lejos, en ese momento sobresaltándola. Se acercaba una tormenta. Qué más podía esperar, era el toque perfecto para una noche de pesadilla.

Luego un rayo iluminó por unos segundos su cuarto. Recién ahí notó la figura que se encontraba semiculta en el balcón. Abrió los ojos desmesuradamente, reteniendo el aliento.

No te atrevas a gritar —la amenazó una gutural y rabiosa voz.

Kagome se estremeció al percibir la fuerza de su ira en aquella escueta orden. No lograba verlo con claridad, pero podía adivinar con total certeza, la colérica mirada que Inuyasha le dirigía, por segunda vez en esa misma noche.

Bajó la cabeza tragando en seco. Sólo una persona antes había conseguido intimidarla de aquel modo, y no fue otro más que el Conde Taisho, ahora de manera irónica, el hijo de éste, le hacía sentir un escalofrío de temor que recorrió a lo largo de su espina.

¿Disfrutaste de tu fiesta de compromiso? —inquirió es voz baja, pero cargada de ira, mientras se acercaba a paso lento, como un felino acechando a su presa— Me excuso por llegar sin haber sido invitado —agregó llegando hasta ella. Agachó un poco la cabeza entornando los ojos. Kagome alzó la mirada hacia él, pero continuó en silencio — Creo que has jugado y te has burlado de mí lo suficiente —expelió apretando la mandíbula y con las manos empuñadas con excesiva fuerza, como si reprimiera a duras penas el deseo de estrangularla— Dime qué es lo que pretendes… Primero te acostaste conmigo y al día siguiente te comprometes con ese maldito infeliz. Que te recuerdo es tu enemigo y el mío…

No discutiré mis planes contigo —señaló la joven procurando sonar calmada.

Esa no es la respuesta que quiero —señaló peligrosamente tranquilo.

No te daré otra —contestó mirándolo con soberbia.

Estas poniendo a prueba mi paciencia, Kamoge —advirtió arrastrando cada palabras— Y te aseguro que ya me es muy difícil contenerme.

Tú no tienes nada que ver con esto… Es algo que inicié sola y sola voy a terminarlo —respondió al fin, luego de un largo silencio.

¿Dime qué significo yo en tu vida Kagome? —preguntó con amargura. La joven vio como el enojo se esfumaba de sus ojos ambarinos, dando paso a una expresión dolida.

Tú lo sabes. Por favor no cuestiones algo así —respondió abatida.

¿Es que acaso me dejas opción? ¡Maldita sea! Haces todo a tu manera. Ni siquiera te importa lo que yo pienso… o siento… —reprochó alzando la voz.

Baja la voz… te lo suplico —rogó la joven, asustada de que alguien notara que no estaba sola en su cuarto.

¿Por qué? ¿Temes que llegue algún rumor a oídos de tu prometido, y se manche tu inmaculada castidad? —se burló con cruel sarcasmo.

¡Basta Inuyasha! —musitó herida por su ofensivo comentario.

Tienes razón… ¡Ya basta, Kagome! —asintió, pasó con frustración una mano por sus cabellos revueltos, luego dio media vuelta y caminó de regreso al balcón del cuarto.

Inuyasha… —lo llamó caminando tras él.

No desperdiciaré más tu tiempo ni el mío —declaró con voz dura sin volverse a verla.

Espe… —guardó silencio al escuchar el suave toque de la puerta.

Se le heló la sangre. Si alguien descubría a Inuyasha en su cuarto y la noticia llegaba a oídos de Kouga… Ese hombre no dudaría en matarlo.

Iba a dirigirse a la puerta, cuando ésta comenzó a abrirse, se detuvo en seco. Sólo cuando vio a Sango entrar al cuarto, soltó un el aire que había retenido. Volteó para ver si el joven se había ocultado y seguía ahí, pero no, él ya se había marchado.

Kagome ¿Te encuentras bien? —preguntó Sango. Arrugó el ceño al ver que la joven miraba con fijeza hacia el balcón. En ese momento otro rayo iluminó el cielo nocturno seguido unos segundos más tarde por un potente trueno— Se acerca una tormenta —murmuró temerosa, mientras se caminaba hacia la mesita junto a la entrada y encendía una lámpara quinqué. Se aproximó a la joven, extrañada de no recibir respuesta. Vio su rostro bañado en lágrimas— ¿Qué sucede? Kagome ¿Ha pasado algo? —preguntó asustada.

Él estuvo aquí… —musitó sin quitar la vista del balcón.

¿Él? ¿Te refieres al joven Taisho? Entonces sí alcanzaste a verlo —comentó acongojada— Llegó justo antes del brindis. Se quedó observando un par de minutos y se marchó. Se veía muy enojado, Kagome.

Me refiero que estuvo aquí…. en mi cuarto. Acaba de marcharse —aclaró sin mirarla— Y sí… está furioso y herido.

¡¿Acudió hasta tu cuarto?! —exclamó horrorizada, acercándose al ventanal para observar al exterior— Pero cómo se atrevió a tanto. Si alguien llegara a verlo, sería terrible.

Lo perdí —murmuró casi para sí misma— Inuyasha ahora me detesta —sollozó cayendo arrodillada al suelo— Lo peor es que me lo merezco.

Kagome… Es cierto que debe estar molesto y confundido. Acabas de comprometerte con otro hombre. Y sólo ambas sabemos que eso es parte de un descabellado plan tuyo… Pero cuando le expliques cómo son las cosas en realidad, te aseguro que va a entenderlo —intentaba tranquilizarla torpemente.

No —negó ocultando el rostro en sus manos— Esto es más complicado de lo que piensas Sango.

Le reveló lo sucedido la noche pasada. Que había revelado su identidad a Inuyasha y le había contado todo lo sucedido en su pasado, además de quienes eran los verdaderos culpables de la muerte del Conde Taisho. También le confió que se había entregado a él, mientras Sango la miraba con ojos desorbitados por la sorpresa.

Ya veo… —murmuró la joven, luego de un largo silencio— Es comprensible que esté tan furioso. En cierto modo lo traicionaste.

¡Pero qué dices! —exclamó enojada— Este compromiso es sólo un ardid. Jamás me casaría con ese hombre.

No me refiero a eso. Estoy segura que el joven Inuyasha sabe que es un ardid —replicó Sango con seriedad— El te ama Kagome, quiere protegerte y también quiere ayudarte. Sin embargo, tú lo has excluido, como si fuera alguien sin valor en tu vida. Como si lo sucedido entre ustedes no tuviera importancia para ti.

Pero no es así… lo amo, es sólo que… —musitó sin lograr concluir la oración.

Por supuesto que lo amas. Mucho más de lo que imaginé —afirmó acariciando con dulzura los bucles azabache— Debes comprender que ahora ya no eres sólo tú. Ha llegado alguien que quiere formar parte de tu vida, con todo lo que eso implica —la joven la observó turbada, aún con los ojos llorosos— Kagome… es momento que dejes de luchar sólo por los demás, o por venganza. También tienes el deber de luchar por tu propia felicidad y por la del hombre a quien le has estregado tu corazón.

Luego de un largo silencio Kagome se puso de pie, asimilando las palabras de su amiga. ¿Luchar por ser feliz?, ¿Luchar por Inuyasha?. Ella tenía razón.

Dejó a Inuyasha al margen de sus planes, por culpa de sus propios y más secretos temores. Debía admitir que en el fondo no confiaba en él, aun cuando le había demostrado que era un hombre fuerte y decidido.

En su empeño por hacer las cosas a su manera y proteger sus objetivos, había lastimado a la persona más importante, a la persona a la que más debía proteger. Todo lo que había hecho hasta ahora era un completo error.

Otro relámpago ilumino el cuarto seguido por el estallido del trueno. Una fuerte ráfaga de viento se coló a través de la ventana sacudiendo las cortinas. El frío aire golpeó el húmedo rostro de la joven. Sango se apresuró a cerrar los ventanales.

Debo ir con él… —musitó con un brillo decidido en sus ojos chocolate.

Inuyasha entró a su estudio. Se quitó la chaqueta de terciopelo azul y el pañuelo de seda, arrojándolos sobre una silla cerca del escritorio, desabotonó su camisa blanca hasta la mitad de su pecho. Caminó hasta la licorera, sirviéndose un trago y luego se dejó caer derrotado en un mullido sillón. Observó pensativo el crepitar de los leños que ardían en la chimenea, mientras bebía un sorbo de su bebida que hizo arder el interior de su garganta, pero que esta vez no le otorgó una sensación de reconforte.

La furia aún permanecía contenida en su interior, quemándolo. Unido al dolor de sentirse tan lejano e insignificante hacia la mujer que amaba… Aquello lo estaba destrozando.

Al regresar la mañana del día anterior, se había encontrado con la noticia del ataque a las cabañas de algunos lugareños, incluida la de la anciana Kaede. Por fortuna, los hombres a los que les había ordenado mantenerse vigilando los movimientos del Gobernador y su gente, le habían advertido a Miroku, quien acudió a la cabaña para prevenirlos. Para su sorpresa había sido Sesshomaru quien sugirió llevarlos y ocultarlos en el castillo.

Estuvo todo aquel día esperando que ella le hiciera llegar un mensaje para encontrarse. Sin embargo, con el correr de las horas no había señal alguna. Se sintió esperanzado cuando le informaron que habían llegado dos damas a visitar el castillo, pero fue enorme su decepción al ver que se trataba de la señorita Sango, acompañada de la prima de Kagome, Rin Hurley.

No entendía por qué no había ido ella en persona. Al preguntar a Sango, ésta no le dio una explicación convincente, por lo que cada vez se hacía más nítida la sensación que ella lo estaba evitando.

Durante el día estuvo ocupado escuchando informes de sus hombres y transmitiendo nuevas órdenes, en base a los últimos acontecimientos. Ya entrada la tarde fue interrumpido por Miroku, la expresión de suma preocupación de su amigo, le anticipaba muy malas noticias.

¿Sabes lo que está ocurriendo en casa de Lady Kagome Higurashi? —inquirió con cautela.

Bien sabes que no, así que no des rodeos y ve al grano Miroku —advirtió entornando los ojos.

En el pueblo escuché a un par de damas conversando… y bueno… —señaló, rascándose la nuca con nerviosismo— decían que hoy habría una importante recepción en casa de Hurley…

¿Una recepción? —inquirió arrugando el ceño.

El viejo Hurley, anunciará el compromiso de… su sobrina —concluyó expectante de la reacción de su amigo.

Inuyasha palideció y sus ojos se abrieron desorbitados, se levantó de su silla y golpeó fuertemente con las manos el escritorio de caoba. Soltó un par de improperios mientras caminaba dando grades zancadas hacia la salida. Miroku fue tras él y lo tomó del brazo para detenerlo.

Inuyasha, por favor, primero debes calmarte —le pidió alarmado por su mirada llena de cólera.

¡Suéltame! —rugió liberando su brazo con rudeza. Saliendo en busca de su caballo.

Cegado por la ira, cabalgó a toda velocidad hacia la mansión de Kagome. En qué demonios estaba pensando esa maldita mujer… Si esperaba que él se quedara impávido, observando de brazos cruzados los acontecimientos, mientras ella hacía lo que se le pegaba la gana, por Dios que estaba muy equivocada, pensaba encolerizado.

Al llegar a su casa notó que habían varios carruajes, apretó los labios desmontando el caballo y entregándole las riendas a un paje que iba presuroso a su encuentro.

Entró y nadie pareció advertir su llegada, ya que se encontraban observando hacia las escaleras. Alzó la vista y la vio…

Lucía verdaderamente hermosa, tanto que se le estrujó el corazón, toda la furia se disipó en un instante. Bajaba las escaleras con lentitud, seguida por su prima. Sus suaves bucles azabaches danzaban con gracia ante cada movimiento. Su bello rostro se mostraba sereno, pero logró percibir con claridad, que sus ojos chocolate no mostraban aquel brillo que él conocía tan bien.

Vio que el viejo Hurley iba a su encuentro, y nuevamente comenzó a invadirlo un sentimiento de angustia, que poco a poco se convirtió en pánico al recordar el porqué Kagome era el centro de atención, y sobre todo el motivo de aquella celebración. Todo pareció apagarse en torno a él cuando Mioga Hurley anunció encantado, el compromiso de su sobrina con el infeliz malnacido de Kouga Breindbill.

Una sensación intensa y siniestra se iba apoderando de él, era rencor, un profundo y punzante rencor. Y no hacia Breindbill, sino hacia la mismísima Kagome, quien no negó ese maldito compromiso, sino por el contrario, brindó junto con los demás por ello. Y luego la fría mirada que le dirigió le heló la sangre y la convirtió en hiel.

Si continuaba observando aquello vomitaría, o se lanzaría sobre Breindbill para matarlo con sus propias manos, por lo que optó por alejarse de ese maldito lugar.

Salió de la mansión, y no encontró al paje, bajó los escalones con rapidez, dio una mirada a su alrededor asegurándose de no ser visto, y comenzó a rodear la mansión. Sabía muy bien por donde debía escabullirse, para llegar hasta el balcón de la habitación de Kagome.

Esperó durante un par de horas tras la ventana, hasta que escuchó el sonido de la puerta. Su vista estaba acostumbrada a la oscuridad por lo que distinguió perfectamente su figura.

Muy bien, al menos no parecía una novia rebosante de felicidad. Pensó con cierto grado de satisfacción al escuchar un sollozo y verla tan abatida. Aún así, aquello no logró menguar lo suficiente la furia que aún ardía en él.

Finalmente no había logrado aclarar las cosas, la rabia y el dolor, eran más fuertes y lo dominaron. Sólo pensaba en desquitarse, lastimándola y humillándola. No era sensato continuar así, tan sólo conseguiría aumentar el daño de ambos.

Tuvo que hacer acopio de madurez, comprendiendo que lo más prudente era alejarse, y hablar después que ambos lograran asimilar la situación y tranquilizarse, aunque no estaba del todo seguro que aquello fuera posible.

Por milésima vez maldijo para sus adentros. Suspiró inclinándose para apoyar los codos en sus rodillas. Bajo la cabeza descansando la frente en sus manos, que aún sostenían el vaso de licor. Se sentía derrotado, era muy difícil ignorar la dolorosa sensación de ser excluido de manera tan implacable y fría. Kagome creó sus propios planes sin molestarse en compartirlos con él. Después de todo, no parecía prodigarle la menor confianza. Olvidó por completo que él también tenía una misión y era tan o mucho más capaz que ella. Y a final de cuentas compartían los mismos objetivos.

Giró su cabeza mirando hacia la ventana al escuchar como el viento y la lluvia comenzaba a azotar con fuerza contra el vidrio. El clima parecía ser un fiel reflejo de lo que ocurría en su interior.

Miroku entró en la habitación, interrumpiendo sus pensamientos.

Inuyasha, al fin llegaste. ¿Qué ocurrió? —inquirió agitado— Espero que no hayas cometido ninguna locura.

¿Locura?. ¿Te refieres a matar al maldito de Breindbill? ¿O algo así? —preguntó con desgano, terminando de golpe el contenido de su copa, levantándose para ir en busca de la botella. Regresó con ésta al sillón y se sirvió otra copa, dejando la botella en la mesita junto a él. Miroku sólo lo observó en silencio— Llegué en el momento preciso. Observé de lejos el brindis por el feliz acontecimiento y me retiré sin llamar la atención. No tienes de qué preocuparte —aclaró con amarga ironía.

Inuyasha…

Quiero estar solo, Miroku. No tengo deseos de hablar ahora —interrumpió bebiendo de golpe el amargo licor.

Está bien, comprendo —accedió el joven mirándolo con preocupación. Pero siguiendo los deseos de su amigo salió del cuarto.

La tempestad azotaba fuera del castillo, al parecer sería una noche demasiado larga. Soltó una nueva maldición y se levantó a recoger un par de leños, los que arrojó a la chimenea, observando cómo eran abrazados por el fuego.

Regresó al sillón y se sirvió un tercer trago. Dejó caer su cabeza hacia atrás, apoyándola en el mullido respaldo y cerró los ojos.

Kagome había entrado en un terreno muy peligroso. No lograba entender del todo el absurdo plan que tenía en mente, mucho menos por qué éste debía incluir un supuesto compromiso con ese maldito.

Breindbill ahora podría ser una amenaza aún mayor para una sumisa y virginal jovencita. Era evidente que Kagome estaba lejos de ser sumisa, y mucho menos virginal. Lo último gracias a él, pensó esbozando una débil sonrisa, la cual desapareció al instante.

Conservar aquella fachada ante ese malnacido, significaba lidiar contra el supuesto derecho que tiene un prometido de baja calaña como lo era Breindbill. Y no tenia duda alguna que ese hijo de perra querría aprovechar su posición, para obligarla a someterse a él.

Soltó un enojado bufido, pero permaneciendo en la misma posición. Maldición, intentaba serenarse, pero tan sólo pensar en ese maldito infeliz atreviéndose a propasarse con su mujer, lograba reavivar su instinto asesino.

Abrió los ojos de golpe al sentir un frío y húmedo ventarrón invadir la habitación. ¡Perfecto!. Habían olvidado asegurar la ventana en un día de tormenta. Masculló un improperio, poniéndose de pie. Se iba a dirigir a los ventanales pero se detuvo en seco. Ahora estaba cerrado, y de pie junto al lugar, una delgada figura vestida de negro.

Continuará...