K de Kilogramo.
—Agua, treinta y cinco litros. Carbono, veinte kilogramos. Amoníaco, cuatro litros. Lima, uno punto cinco kilogramos.
A la edad de once años, Edward Elric estaba determinado a cumplir con la promesa que hizo ante su tumba. Luego del fatídico día que marcó sus vidas, él y Al habían conseguido ser aceptados por una estricta maestra para aprender todo aquello que los libros de alquimia no explicaban. Y, ahora que habían regresado a su humilde pueblo, era el momento de revivir a su madre.
—Fósforo, ochocientos gramos. Sal, doscientos cincuenta gramos. Salitre, cien gramos. Azufre, ochenta gramos.
Así que reunieron todos los ingredientes necesarios y en las proporciones exactas para trasmutar a un humano adulto. En el sótano, ajenos de la lluvia que se desataba afuera, dibujaron cada tramo del círculo para cumplir su meta. Lo tenían todo, calcularon cada material, estaban preparados. Entonces ¿por qué habían fallado en el último momento? ¿en qué se habían equivocado en su investigación?
—Flúor, siete punto cinco gramos. Hierro, cinco gramos. Silicio, tres gramos.
Ambos creían en la ley de la equivalencia de intercambio, confiaban en que si reunían los componentes y daban de su parte podrían resucitarla. Pero no fue así. En su lugar, terminaron creando un ser horrible e inhumano y ellos acabaron con sus cuerpos mutilados. Y todo para aprender de la peor forma que los tabús existían por algo, que jugar a ser dioses tenía sus consecuencias. Que no podían dar viva a aquello que ya no existía.
—Y otros quince elementos más —finalizó Ed, cerrando aquel viejo libro. Los recuerdos de aquel día se arremolinaron en su mente, impidiéndole recordar el juramento que había grabado en su reloj de alquimista.
Porque intentar revivir a Trisha fue un completo error y ahora lo comprendía. La alquimia era un ciencia y debía respetarse sus leyes, si se quería crear algo primero se debía dar un pago equivalente para obtenerlo. Así es como funcionaba y como siempre lo haría. Pero ese principio tan fundamental jamás podría aplicarse a la vida humana, jamás el pago de una vida sería equivalente al de otro ser. Y por eso habían fallado, porque tardaron en entenderlo.
Mas Edward no podía quedarse de brazos cruzados y resignarse a una merecida por sus pecados. Su deber de hermano mayor era mucho más fuerte. Él obtendría la piedra filosofal sin importar qué y le devolvería a Alphonse todo lo que perdió aquella noche por su culpa. Cuidaría del último familiar que le quedaba con su vida.
