¡Hola! ¿Qué tal? Aquí estoy, con el siguiente capítulo. Esta vez mi tardanza no ha sido culpa mía, sino de mi querido internet, que va como le sale de las narices jeje xD

Muchas gracias por los comentarios, me alegra que os esté gustando ^^ Me hacéis muy muy feliz ¡GRACIAS! (:

¡Ah! Y también muchas gracias a barbiiie por decirme que había ganado ese concurso Dramione. No tenía ni idea, nadie me lo había dicho jajaja ¡Gracias! *-* Se me pasó agradecértelo en el anterior capítulo, lo siento mucho n.n

Bueno, ahora sí, os dejo con el capítulo. ¿Recordáis dónde lo dejamos? Sí, exacto, dejamos a nuestros protagonistas a punto de cruzar un peligroso río pasando por encima de un inestable árbol. ¿Cómo acabará todo? :O


11

Gracias, Granger

En fin, para qué retrasarlo más —sentenció Harry, para después respirar profundo y lento. Se armó de valor y trepó a lo alto del tronco, comenzando a avanzar a cuatro patas sobre él—. Que sea lo que Merlín quiera…

—Si no hay otro remedio —bufó Ron, inspirando profundamente y yendo tras su compañero.

—Os odio —farfulló Draco entre dientes, trepando al tronco, arrodillándose sobre él con dificultad y avanzando tras ellos.

Hermione y Ángela se miraron, angustiadas.

—Tú primera —ofreció Ángela con un gesto de la mano, sonriéndole débilmente.

La castaña trató de devolverle la sonrisa y asintió con la cabeza un par de veces. Introdujo a Max dentro de su mochila para que no corriese peligro de caer al agua, tomó aire al igual que sus amigos y subió también al tronco por delante de su amiga.

—No mires abajo, Hermione, no mires abajo… —susurraba Hermione para sí misma, avanzando temblorosa y torpemente.

—Ay, Dios —jadeó Ángela, apresurándose tras su amiga.

El tronco en un principio parecía sólido, pero, de vez en cuando, se oían pequeños crujidos que paralizaban de pánico a los chicos. El ruido del agua cayendo en las cascadas era ensordecedor. Después de varios tensos minutos, casi habían llegado a la mitad del tronco.

—¿Cómo vais por ahí detrás? —preguntó Harry, a la cabeza del grupo, gritando para hacerse oír por encima del ruido del agua.

—¡¿Cómo crees que voy? —gritó la inconfundible voz histérica de Ron.

—¡Yo estoy por montar aquí un picnic! No te digo… —respondió la voz de Draco, tan irónica como la del pelirrojo.

—Yo tengo vértigo… —balbuceó la espantada voz de Hermione.

—Pues yo estoy aterrada —contestó Ángela, cuya voz apenas llegó hasta donde estaba Harry.

—Genial —suspiró el moreno, lacónico, ante esas respuestas—. Entonces sigamos.

Hizo ademán de seguir gateando pero de pronto se quedó totalmente inmóvil, mirando fijamente hacia delante. Ron se vio obligado a detenerse, al ver que su amigo no seguía.

—¿Qué ocurre? —Preguntó el pelirrojo, inclinándose hacia un lado con toda la cautela que pudo reunir para no resbalar, intentando mirar lo mismo que el moreno—. Oh, oh…

—¿Qué pasa? —Inquirió Hermione, asustada, incapaz de moverse para ver lo mismo que sus amigos—. ¿Hay algún animal salvaje?

Un fuerte ruido respondió a la chica, quien comprendió automáticamente lo que sucedía: el extremo del tronco al cual se dirigían, apoyado sobre una de las orillas del gran río, había empezado a resquebrajarse.

—¿Qué sucede? —Preguntó Ángela, que iba la última en la fila—. ¿Por qué no seguís?

—El tronco se está rompiendo por ese extremo —informó Draco con absoluta resignación.

—¡¿Qué? —chilló la morena, soltando un gallo.

—Tenemos que retroceder —balbuceó Harry, reaccionando tras unos segundos de estupor—. ¡Rápido, volvamos!

Todos giraron con el máximo cuidado, invirtiendo sus posiciones en la fila, de modo que Harry quedó el último y Ángela la primera.

—¡Date prisa, Ángela! —urgió Harry, mirando atrás, nervioso.

—Imposible —jadeó la morena, totalmente inmóvil.

—¡¿Cómo que imposible? —vociferó Draco, impaciente.

—Este extremo también se está rompiendo —consiguió decir Ángela, sacudida por fuertes temblores.

—¡Maldición! —exclamó Harry, desesperado.

—¡Os dije que no saldría bien…! —intervino Ron, a voz en grito.

—¡Oh, cállate, Weasley! —escupió Draco, perdiendo los nervios.

—¡Callaos los dos! —exclamó Hermione, furiosa, respirando agitadamente—. ¡No es momento de perder la calma! ¡Tenemos que pensar qué hacemos ahora!

Un crujido hizo que el tronco descendiese unos centímetros con ellos encima. Ángela chilló.

—Sólo podemos esperar a caer al agua —farfulló Harry, alzando la voz, tratando de que sus compañeros lo oyesen por encima del sonido del agua—. Es lo único que podemos hacer.

—¡Pero nos ahogaremos! —gritó Hermione.

—Te recuerdo que los troncos de árbol flotan, lista —espetó Draco, con inesperado desdén—. Si nos sujetamos bien no tenemos por qué caer al agua.

—Tiene razón —coincidió Harry rápidamente—. Esa podría ser nuestra salvación ¡Sujetaos todos fuerte! ¡Agarraos a la persona que tengáis más próxima!

Todos se apresuraron a obedecer y se aferraron con fuerza a las frágiles ramas que decoraban el tronco, abrazándose los unos a los otros para protegerse. Harry se aferró con una mano a una de las ramas y pasó el otro brazo sobre Ron y Draco que eran los que estaban más cerca a él. Se oyó un nuevo crujido y el tronco descendió casi medio metro.

—¡Sujetaos con fuerza! —gritó Harry de nuevo, alzando levemente la cabeza para asegurarse de que todos estaban agarrados a algo. Vio que Hermione estaba medio escondida, protegida por el cuerpo de Draco, y apenas veía a Ángela, pues estaba fuertemente agarrada a la castaña, bajo uno de los brazos de Malfoy—. ¡Allá vamos…!

Con un fuerte estruendo, el tronco terminó de separarse de las orillas del río y cayó con violencia contra el agua. Hermione y Ángela chillaron al sentir el fuerte impacto del árbol contra la superficie del agua. Al principio todo fue muy confuso, pues sólo veían agua por todas partes y notaban el tronco balancearse con fuerza. Oleadas de agua los empaparon por completo y los hicieron gritar. Lo único que notaban con seguridad era el agarre de sus compañeros, y a eso fue a lo que se aferraron. Por suerte, al cabo de unos segundos desconcertantes y aterradores, el tronco dejó de moverse y se dejó arrastrar suavemente por el agua.

Todos alzaron la cabeza, confusos y atontados, y se miraron para constatar que no alucinaban.

—¡Estamos vivos! —exclamó Ángela, saliendo de debajo del brazo de Draco, y sonriendo llena de alivio. Todos estaban empapados hasta los huesos.

—No me lo creo, no me lo creo… —jadeaba Ron, mirando alrededor muerto de miedo.

—No cantéis victoria —intervino Hermione con voz temblorosa, espectralmente pálida—. Os recuerdo que vamos directos a una cascada…

El corazón de todos se paralizó al instante. Hermione tenía toda la razón. El río los arrastraba irremediablemente hacia una gigantesca cascada. Era imposible que saliesen vivos de allí.

—No, no, no, no… —balbuceaba Ángela, sacudiendo el brazo de Draco, sin siquiera mirarle, como instándole a hacer algo. Pero el rubio estaba totalmente paralizado.

—¿Qué podemos hacer? —gritó Ron, aterrado—. ¿Qué hacemos?

—No lo sé… No lo sé… —jadeaba Harry mirando de un lado y a otro, intentando inútilmente buscar una salida. Era incapaz de pensar con claridad oyendo los sollozos de Ángela y los desesperados «¿Qué hacemos?» de Ron.

Harry se secó el agua de la cara con el dorso de la mano y miró fugazmente a Draco, con la desesperada esperanza de que al menos él tuviese alguna buena idea. Pero el rubio también miraba alrededor con visible desesperación, incapaz de pensar. Hermione jadeaba, y sus ojos se movían rápidamente en sus cuencas, mientras reflexionaba a toda velocidad buscando una solución. Ron no paraba de gritar. Y Ángela se limitaba a sollozar, muerta de miedo.

La corriente era demasiado fuerte y sacudía el tronco sin piedad. Estaban cada vez más cerca. No había escapatoria posible.

—¡Potter! —exclamó Draco de pronto, abriendo mucho los ojos, señalando algo a su espalda.

Harry se giró a toda velocidad, casi resbalando y cayendo en el intento, y sintió un maravilloso e irreal estremecimiento de felicidad.

Unas lianas. Unas delgadas lianas colgaban de uno de los árboles de la orilla, lo suficientemente cerca como para alcanzarlas.

De pronto, el tronco se detuvo con una brusca sacudida y dejó de moverse y balancearse. Todos gritaron por la impresión, pero lograron sujetarse y evitar caer al agua. Contemplaron, estupefactos, cómo el tronco había chocado contra una roca que sobresalía del agua, casi al borde de la cascada.

—¡Rápido, Potter! —le urgió Draco, arrancándolo de su estupefacción. Esa era la oportunidad que esperaban.

Harry se apresuró a gatear sobre el árbol, resbalando varias veces por la mojada superficie, y aferró una de las húmedas y frágiles lianas con ambas manos. Tiró un poco de ella, asegurándose de que resistiría.

—¡Dadme vuestras mochilas! —gritó el moreno. Todos se apresuraron a obedecer, y Harry fue arrojándolas una por una hacia la orilla, tratando de disminuir su peso.

—¡Cuidado con Max! —suplicó Hermione al tenderle la suya, dentro de la cual estaba el pequeño monito.

—¡Daos prisa, daos prisa! —rogaba Ron a voz en cuello.

Una vez libres de las mochilas, Harry se aferró a una de las lianas y comenzó a trepar, tratando de alcanzar la rama que las sostenía. Las lianas eran finas, pero con un poco de suerte divina podrían aguantar el peso de todos.

—¡Subid por ellas, rápido! —ordenó Harry, mirando a sus compañeros por encima del hombro mientras trepaba.

Vio de soslayo como las grandes manos de Ron se aferraban a otra liana, para después hacerlo las de Draco en otra. Hermione trató de sujetarse a una, pero sus manos resbalaron sin remedio, y volvió a caer al tronco de rodillas. De no ser porque Ángela la sostuvo, hubiera caído al agua sin remedio.

—¡No puedo! —Exclamó Hermione, desesperada—. ¡No tengo fuerza para trepar!

—¡Inténtalo, Hermione, vamos! —gritó Ron, ya sentado sobre la rama, igual que Harry. El moreno ayudaba en ese momento a Draco a alcanzar la rama tirando de él con todas sus fuerzas, pues el rubio no podía apoyar la pierna herida para darse impulso.

—¡Sujétate a una! —Le gritó Malfoy, cuando logró sentarse sobre la rama, tratando de recuperar el aliento—. ¡Nosotros te subiremos, pero tienes que sujetarte!

Hermione lo contempló durante un instante, desconcertada ante su consejo, pero después se apresuró a hacer lo que le indicó. Se aferró como pudo a una resbaladiza liana, y al instante sintió cómo ésta ascendía lentamente. Al mirar hacia arriba vio cómo sus tres compañeros tiraban de la liana con todas sus fuerzas, entre jadeos, tratando de subirla hasta la rama.

—¡Tú también, Ángela, deprisa! —le gritó Ron, casi sin voz. La morena aguardaba a que Hermione ascendiese lo suficiente como para tener ella espacio para trepar.

Sin embargo, antes de que Ángela lograse moverse, el tronco se partió en dos mitades con un fuerte y repentino crujido, consecuencia de estar golpeando constantemente contra la roca, y ambas partes continuaron su recorrido sobre el agua. La chica perdió el equilibrio y cayó de bruces sobre el tronco.

—¡Ángela! —gritó Harry, alarmado.

—¡Salta a una liana, Ángela, corre! —bramó Ron, presa de pánico.

La chica vaciló, aterrada, pero al final, demostrando gran valor, saltó a una liana en el último segundo antes de que la parte del tronco en el que ella se encontraba se alejase demasiado. Ángela resbaló por la liana hasta casi caer al agua por culpa del impulso, pero logró sujetarse a duras penas. El tronco continuó su camino para después caer por la cascada, desapareciendo de las vistas de los jóvenes.

—¡Subidla, rápido, subidla! —exclamó Harry.

En cuanto Hermione quedó lo suficientemente cerca de la rama como para que los jóvenes la sujetasen con sus propias manos, Ron se apresuró a sujetar la liana de Ángela y a tirar de ella tratando de alzarla.

—Vamos, Hermione, ya casi estás... —jadeaba Harry, tirando de la joven hasta lograr sentarla sobre la rama. Cuando estuvo a salvo, Hermione se aferró a los brazos de un agotado Harry, temblando, muy asustada. Él le devolvió el abrazo, sin poder apenas tomar aire. Draco, tras contemplarla de arriba abajo fugazmente, asegurándose de que estaba razonablemente bien, se dio la vuelta y ayudó a Ron en su tarea de subir a una aún más asustada Ángela. La morena se derrumbó sobre la rama, temblorosa y aterrorizada, gimoteando débilmente. Ron la rodeó con sus brazos y ambos permanecieron así, tratando de respirar.

Cuando todos estuvieron a salvo sobre la rama, aferrándose unos a otros muertos de cansancio, se limitaron a mirarse, mudos, con idénticas caras de sufrimiento. Sus fuertes respiraciones se oían por encima del sonoro ruido del río.

—¿Bajamos? —sugirió Harry con voz inestable, tras concederse unos segundos para recuperar parte del aliento y normalizar sus pulsaciones. Nadie le respondió, pero todos se apresuraron a descolgarse a la orilla con miedo de que la rama se rompiese bajo su peso.

Al pisar tierra firme, todos se dejaron caer, mojados y exhaustos, sobre la hierba, en cualquier postura. Ninguno tenía fuerzas ni para hablar. El inocente sonido del río era lo único que rompía el silencio. Sus mochilas estaban amontonadas a un lado, pero ninguno fue capaz de recogerlas.

—No recuerdo la última vez que lo pasé tan mal —musitó Hermione, jadeante, estirando un brazo haciendo un tremendo esfuerzo y abriendo la cremallera de su mochila para dejar salir a un tembloroso pero ileso Max. El monito emitió un chillido y le lamió el rostro ávidamente.

Ángela temblaba bruscamente, con la cabeza apoyada en el estómago de Harry, buscando protección. Parecía estar siendo sacudida por un profundo llanto, pero trataba de no emitir ningún sonido. El moreno le acariciaba suavemente el mojado y desarreglado cabello, tratando calmarla.

—Yo, por desgracia, sí que me acuerdo —repuso Harry para después suspirar, incorporándose hasta quedar sentado con cuidado de no hacer daño a Ángela. Observó a sus compañeros con inquietud—. ¿Estáis todos bien? ¿Hay algún herido?

—Creo que no —murmuró Ron, contemplando con rostro demudado a una afligida Ángela. Se acercó a ella arrastrándose sobre la hierba y le acarició la espalda, tratando de serenarla. Ésta se encogió más sobre sí misma, sin dejar de sollozar en silencio.

—No puedo seguir —gimió la joven morena, sin dejar de ser sacudida por un intenso llanto. Su voz sonaba amortiguada por tener el rostro hundido en el regazo de Harry—. No puedo. Quiero irme a casa, no soy capaz de… —se interrumpió y sollozó con renovado ímpetu.

Harry cerró los ojos durante unos instantes, sin decir nada. Todos habían enmudecido. Los abrió de nuevo y trató de encontrarse con la mirada de Ron, pero éste contemplaba fijamente a Ángela, con expresión desolada. Sus ojos azules parecían vacíos de pronto, cargados de dolor.

Hermione se incorporó lentamente al escuchar las palabras de su amiga, pero tampoco pudo decir nada, y se limitó a mirarla con desolación. Después, casi por instinto, giró la cabeza y buscó con la mirada a Malfoy. Éste estaba casi a su lado, ya sentado sobre la hierba, examinándose con expresión de fastidio el empapado vendaje de su herida. Al sentir la mirada de la chica sobre él, alzó la vista y se encontró con sus ojos. Ninguno de los dos hizo ningún tipo de gesto; se limitaron a sostenerse la mirada en silencio.

—No podemos obligarte a nada —dijo Harry de pronto, en un murmullo serio. Draco y Hermione fijaron sus miradas en él—. Eres libre de irte si así lo quieres. No vamos a reprochártelo. No tenemos derecho a hacerte vivir esta tortura…

Volvió a acariciar suavemente su mojado cabello negro, cálidamente. Harry escuchó un jadeo tembloroso a su lado, y tardó un segundo en comprender que había sido Ron el que lo había emitido. Su amigo estaba lívido, y sus ojos estaban más abiertos de lo normal. Y le pareció que más cristalinos.

—No puedes irte, Ángela —musitó Ron, como si no pudiese concebir tal hecho—. No puedes abandonarnos… Te necesitamos.

—No podemos obligarla, Ron —protestó Harry. Tragó saliva duramente y añadió—: Las varitas no funcionan, ergo no podemos desaparecernos. Entonces tendremos que acompañar a Ángela de vuelta a la playa y…

—¡Oh, por favor! —exclamó Draco, repentinamente desdeñoso. Las miradas de Harry, Ron y Hermione se posaron en él—. ¿No hablarás en serio, no Potter? ¡No podemos volver a la playa ahora! ¡Todo el tiempo que hemos pasado en este maldito lugar habrá sido en vano, y tendremos que empezar de cero! ¿Y de dónde pretendes sacar las provisiones?

—Si Ángela quiere irse nuestro deber es acompañarla —repitió Harry, firme y desafiante.

—Ángela, no puedes irte —replicó Draco, ahora dirigiéndose a ella, con total convicción—. No puedes abandonarnos ahora, cuando ya hemos llegado hasta aquí. ¡Te estás comportando como una niñata!

—¡No te metas con ella! —rugió Ron de pronto, enderezándose con un brillo asesino en los ojos.

—¡Es la pura verdad! —gritó Draco, indignado—. ¡Está siendo egoísta! ¡No se da cuenta de lo que supone querer abandonar ahora! ¡Oh, por Merlín, si no he abandonado yo con todo lo que me ha pasado, ¿cómo va a hacerlo ella?

—Malfoy, basta —intervino Hermione, decidida—. Estás siendo muy duro.

—Me da igual —replicó éste, cortante. Se volvió hacia Ángela de nuevo—. Tú no te vas, y se acabó. Vas a seguir, igual que todos nosotros, ¿entendido? Nos comprometimos a esta misión, y la vamos a cumplir. Nos guste o no.

—¡Bueno, ya está bien…! —bramó Ron, haciendo ademán de ponerse en pie para abalanzarse sobre el rubio.

—¡No! —exclamó de pronto Ángela, incorporándose para detener a Ron. Estaba sonrojada por el llanto y sus ojos estaban muy brillantes, pero parecía haberse serenado—. No —repitió con decisión—. Tiene razón. Estoy siendo… estúpida —se cubrió el rostro con las manos y exhaló lentamente—. No sé qué me ha pasado, perdonadme. Voy a seguir. Claro que seguiré. No pienso dejaron tirados —elevó el rostro y les sonrió con más convicción.

Sus amigos le devolvieron la sonrisa ampliamente, aliviados. Ron suspiró hondamente, jubiloso, mientras Harry le revolvía el negro cabello con una mano. Hermione rió suavemente, más animada. Draco, por su parte, chasqueó la lengua con impaciencia y siguió examinando su vendaje.

—Venga, vamos a secarnos y a descansar un rato —sugirió Ron, acercándose su mochila y sacando una manta—. Después continuaremos tranquilamente hasta que no podamos más —añadió, quitándose la camiseta empapada y escurriéndola—. Hermione, ¿no tendrás por casualidad algo de díctamo, verdad? Es que tengo las manos fatal por culpa de esas dichosas lianas…

Hermione le señaló su mochila con un gesto de cabeza y, mientras sus amigos se liberaban de sus empapadas ropas y se curaban las manos, ella se acercó a Draco y le hizo un rápido reconocimiento del estado de su herida.

—Se te va a infectar —comentó en voz baja—. La venda está muy mojada —giró el rostro y pidió con voz más fuerte—: Ron, alcánzame mi mochila, por favor.

El pelirrojo la obedeció y le acercó su mochila, algo más pesada de lo normal por estar mojada. La chica rebuscó en ella y sacó el rollo de venda.

—Está húmedo —admitió, apesadumbrada, palpándolo—. Pero no tanto como la que tienes puesta —resolvió, comenzando a retirar la empapada venda del chico para colocarle la nueva. Éste se limitaba a mirarla trabajar sin decir nada—. Son las últimas que quedan…

—¿Te duele mucho, Draco? —quiso saber Ángela, mirándolo con aprensión. Parecía más tranquila, y se había colocado una gruesa manta por encima para entrar en calor, igual que Harry y Ron.

El rubio compuso una mueca de resignación y se encogió de hombros sin definirse mucho.

—Tanto que ni lo siento —admitió, mientras Hermione le colocaba la venda seca, que ardía en comparación al frío de su piel.

Anduvieron por la selva durante dos días más sin que ocurriera ninguna novedad digna de mención. Se pasaban el día caminando bajo un sol abrasador, deteniéndose de vez en cuando para recuperar el aliento y alimentarse. El agua se les terminó pronto, y se veían obligados a rellenar las cantimploras en algún río o manantial ocasional, sin estar del todo seguros si el agua era potable o no. Las temperaturas no disminuían ni un solo grado durante el día, pero por la noche se volvían gélidas. No podían dormir en la tienda, pues su magia seguía sin funcionar, de modo que se veían obligados a pasar las noches a la intemperie, en claros de la selva, a la luz de alguna hoguera, haciendo turnos para mantener alejados a los animales salvajes.

Al cuarto día deberían llegar a su próximo punto; pero todavía les quedaban dos días más de dura caminata.

—¿No os llega un rumor como de agua? —comentó Ángela de pronto, dos días después del incidente en el río. En ese momento recorrían un tramo de selva especialmente caluroso y espeso.

—Posiblemente sea el de otro río —opinó Hermione, contemplando distraída cómo el pequeño Max se balanceaba por encima de sus cabezas de rama en rama—. Qué suerte. Así podremos llenar las cantimploras.

—No, no es ningún río, soy yo —se disculpó la voz de Ron, detrás de ellos—. Es que ya no aguantaba más.

—¿Cómo que no aguantabas más? ¿Qué dices? —se extrañó Harry, sin comprender, volteándose para mirar a su amigo. Draco, Ángela y Hermione se giraron también, confusos. Tardaron unos segundos en distinguir a Ron, varios metros más atrás, medio escondido detrás de un árbol. Solo asomaba la pelirroja cabeza.

—Me estaba meando —explicó Ron, con las orejas coloradas—. No me miréis, que no me sale…

—Ay, Ronald; eres increíble —suspiró Hermione, dándose la vuelta al tiempo que se pinzaba la nariz con dos dedos—. No hace falta que vayas proclamándolo por ahí…

—No lo estoy proclamando… ¡Y tú no te rías, Malfoy! —añadió Ron, repentinamente enfurecido.

—No me estoy riendo —negó el rubio, mortalmente serio. Al cabo de un microsegundo tuvo que girarse, sin poder ocultar por más tiempo la sonrisa maliciosa que ansiaba curvar sus finos labios—. Me estoy descojonando —añadió por lo bajo. Ángela ahogó una carcajada con una mano.

—Ron, cada día me recuerdas más a Teddy —comentó Harry, también conteniendo la risa.

—¿Y eso qué quiere decir? —protestó el pelirrojo, abrochándose por fin el pantalón.

—Olvídalo...

—Aún así, a mí me sigue llegando un ruido como de agua —insistió Ángela, llevándose una mano a la oreja, tratando de mejorar su audibilidad. Todos se esforzaron en escuchar.

—Oye, pues creo que tienes razón, viene de más adelante —dijo Harry, apresurándose a adelantar a todos. Tras atravesar una gran planta con enormes hojas, emitió un grito de triunfo—: ¡Tenías razón, Ángela!

Los demás fueron tras él a toda prisa y, al llegar a su lado, sonrieron pletóricos.

—¡Agua! —exclamaron todos a la vez.

Frente a ellos, un gran lago de agua cristalina proveniente de una pequeña cascada, iluminaba el ambiente con destellos brillantes producidos por el sol. Era una visión paradisiaca.

—Por Merlín, por Dumbledore, y por Gwenog Jones, espero que no haya pirañas aquí —suplicaba Ron con las manos entrelazadas en actitud de rezo, mientras se aproximaban al bello lago.

—No hay —informó Draco, observando el agua con ojo crítico.

—¿De verdad? ¿No hay? —exclamó Ron, mirándolo sonriente. Estaba tan eufórico que olvidó momentáneamente su odio hacia el rubio—. ¡Bien! ¡Tengo tanto calor ahora mismo que soy capaz hasta de fiarme de ti! ¡Abrid paso, que vooooy!

—¡Pero, Ron, antes quítate la ropa! —saltó Ángela, conteniendo la risa.

Su consejo fue inútil: Ron soltó su mochila, se quitó los zapatos con una sacudida de pies, retrocedió para coger carrerilla y se lanzó de cabeza al agua con ropa incluida. Lo demás retrocedieron un par de pasos, entre risas, para evitar la gran salpicadura.

—¡Espérame, Ron, que yo también voy! —gritó Harry, exultante, imitando a su amigo y zambulléndose también vestido en el agua fresca.

—¡Vaya dos! —rió Ángela. La joven se quitó sus prendas rápidamente hasta quedar en ropa interior y se tiró al agua tras sus compañeros.

Hermione sonrió ampliamente y, tras depositar su mochila en el suelo, también se dispuso a quitarse la ropa; pero de pronto la asaltó un extraño sentimiento, como si se estuviese olvidando de algo. Se detuvo y miró alrededor, inquieta. En efecto, su desasosiego estaba justificado:

Draco se había dirigido en silencio hacia una gran roca que había justo al lado del lago, había dejado su mochila en el suelo y se había sentado a su lado, con la espalda apoyada en la roca y la mirada ensombrecida. No parecía tener la menor intención de meterse al agua.

Hermione lo observó con desconcierto y, tras vacilar, se acercó a él. Max la siguió dando saltitos. El animalito llegó hasta el rubio antes incluso que la chica y al instante se subió de un salto a su regazo, chillando felizmente.

—¿No vas a bañarte? —quiso saber Hermione con inseguridad, cuando llegó a su lado.

—No —contestó Draco secamente, empujando con un dedo al monito y susurrándole—: Bájate de aquí…

—¿Por qué no? —insistió la joven, inclinándose para coger a Max en brazos y así evitar que molestase al chico.

—No creo que pueda con esto —masculló Draco, sin mirarla, señalando con un ademán el grueso vendaje que ocultaba la herida producida por el jaguar—. Además, dudo que ellos quieran —señaló con un gesto de cabeza desdeñoso al resto de compañeros—, y no quiero aguarles la diversión.

Hermione enmudeció, sin saber qué decir, y se mordió el labio. Malfoy tenía parte de razón. No podría nadar bien con la pierna herida, y además el lago parecía profundo. Aun en el caso de que pudiese meterse en el agua, no tenían más vendas con las que sustituir las mojadas después del baño. Por otro lado, no creía que a Harry y a los demás les molestase que se bañase con ellos. No eran amigos, y posiblemente nunca lo serían, pero el grado de tolerancia iba creciendo poco a poco cada día que pasaba. Bueno, menos en el caso de Ron…

Hermione contempló a Draco durante unos segundos, con expresión indescriptible, y después desvió la vista hacia donde Harry, Ron y Ángela chillaban y reían salpicándose agua. Titubeó un instante más y después, tras inspirar hondo, soltó a Max y se sentó en el suelo para quitarse las zapatillas y los calcetines. Draco la observó de forma distraída, preguntándose a sí mismo si sería indecoroso o inmoral contemplarla mientras se quitaba la ropa. Aunque tampoco se lo preguntó durante mucho tiempo…

Ella no se quitó nada más que el calzado. Una vez colocadas sus zapatillas ordenadamente en la orilla del río, se sentó en la hierba al lado del rubio, también con la espalda apoyada en la roca, y metió los pies dentro del agua, estremeciéndose ante el agradable y frío contacto.

Draco la contemplaba en silencio, esforzándose por no frotarse los ojos de puro desconcierto.

—¿Qué se supone que haces? —preguntó al final, perplejo, sin lograr disimular su extrañeza.

—Pues mojarme los pies, ¿es que no lo ves? —contestó Hermione, con una tenue sonrisa en los labios, agitando levemente los pies dentro del agua como para reforzar su explicación.

—Hasta ahí ya llego —refunfuñó Draco—. ¿Qué pasa? ¿Es que no vas a bañarte con ellos, o qué?

—Creo que es evidente que no —contestó ella con simpleza, sacando la cantimplora de agua de su mochila y vaciando el resto de su contenido de un trago.

—¿Por qué? —insistió él, cada vez más confuso.

—No me apetece —respondió Hermione, encogiéndose de hombros, inclinándose para llenar la cantimplora en el agua cristalina.

—¿Que no te apetece? —repitió Draco, aún más incrédulo que antes—. ¿Me estás diciendo que no te apetece darte un baño helado después de dos días de interminable caminata a cuarenta grados a la sombra?

—Exacto, eso he dicho —corroboró Hermione, sin borrar su misteriosa sonrisa, volviendo a guardar la cantimplora en la mochila—. Dame tu cantimplora.

Al ver que seguía mirándola totalmente paralizado y que no le hacía caso, la chica suspiró con pesadez y se estiró por encima de las piernas del rubio para alcanzar su mochila y sacarla ella misma. Draco no se movió mientras Hermione llenaba en lugar de él su cantimplora con agua fresca del lago. Seguía observando a la joven con el ceño fruncido y los engranajes de su cerebro trabajando a mil por hora. Que le echasen una maldición si Granger no era la mujer más extraña que había conocido nunca.

No la entendía. Por Merlín que no la entendía. Era imposible que no quisiese darse un chapuzón; él estaba ardiendo de celos viendo bañarse al resto de sus compañeros. Una idea aparecía y desaparecía de sus pensamientos, pero era tan absurda que el chico no le prestaba importancia. Simplemente era inverosímil. Pero no estaba de mal asegurarse… Por no quedase con la duda, más que nada…

—¿Por qué haces esto? —preguntó Draco bruscamente, sin perder detalle de las reacciones de ella. Hermione, que estaba saludando con una mano a Harry, Ron y Ángela, volteó para mirarlo con sorpresa.

—¿De qué hablas? —preguntó, visiblemente confusa. Max se había metido dentro de la mochila de la chica en busca de algo para comer, y emitía amortiguados chillidos.

—¿Por qué no te bañas? ¿Por qué te quedas aquí conmigo? —aclaró el rubio, mirándola fijamente a los ojos. Ella apartó la mirada.

—Ya te he dicho que no me apetece bañarme —insistió Hermione, sacando a Max antes de que arrasase con toda su comida. Añadió con una sonrisa divertida—: Pero si te molesta mi compañía me voy a sentar a otro sitio.

—Cállate y contesta mi pregunta —espetó él, ignorando sus últimas palabras—. ¿Por qué lo haces?

Hermione bajó la mirada, contemplándose el regazo con visible incomodidad, ya sin sonreír. Parecía repentinamente desarmada, como si le hubieran retirado un escudo invisible.

—Yo tengo la culpa de que estés así —murmuró ella, sin alzar la vista—. Así que lo menos que puedo hacer es quedarme a tu lado, ¿no? Te lo debo.

—Me da igual que vayas con ellos. No tienes por qué hacer esto —le aseguró Draco, cuya voz no sonó ni la mitad de fuerte de lo que él pretendía. La chica lo había dejado momentáneamente desconcertado.

—Ya lo sé —aseguró Hermione, mirándole a los ojos y esbozando una nueva sonrisa—. Pero quiero hacerlo.

Draco mantuvo la mirada clavada en los redondos ojos de la chica durante un instante más, antes de apartarla bruscamente. Su mente seguía sin poder asimilar todo lo que ella era capaz de hacer por él. Hermione también apartó la mirada sin dejar de sonreír, y comenzó a rebuscar en su mochila. Sacó un grueso libro, el único que al parecer no había guardado en su bolsito de cuentas, y lo abrió sobre su regazo, con Max a un lado jugueteando con un insecto.

Draco volvió a girar los ojos con disimulo para contemplarla, aunque en realidad no la veía, pues estaba perdido en sus pensamientos. Se sentía extraño. Ni él mismo sabía en qué sentido, pero no se sentía normal. Una sensación ardorosa lo estaba invadiendo como si lo llenasen de agua caliente y sentía el corazón acelerado, como si acabara de enfrentase de nuevo al jaguar. Sintió arder sus orejas y se apresuró a ladear el rostro para que ella no lo viese. Cerró los ojos y trató de respirar hondo. Era ridículo. Su repentino nerviosismo no estaba justificado de ninguna manera.

La confusión se adueñó de él. Por mucho que lo intentase, no encontraba definición a las sensaciones que provocaba en él aquella chica. ¿Eso era normal? A pesar de conocerla desde hacía muchos años, sentía que ahora estaba empezando a conocerla de verdad. Y lo que estaba descubriendo de Granger no se parecía en nada a la idea que él tenía antaño de ella; y eso lo desconcertaba y perturbaba.

Hermione Granger tenía algo especial. Algo que ni el propio Draco sabía decir qué era. Pero, en ese momento, no le importó no encontrar las palabras adecuadas. No había por qué encontrarlas. Las cosas estaban bien así.

Gracias, Granger —se sorprendió pensando Draco para su propia alarma, observando de soslayo cómo la chica fruncía los labios, concentrada, mientras pasaba una página del libro—. Gracias.


¿Qué tal me ha quedado? Como veis, Draco comienza a darse cuenta de que la idea que él tenía forjada de Hermione Granger se está viniendo abajo ante los amables gestos que ella está teniendo con él. Y también podemos ver que nuestros chicos están al límite de sus fuerzas; sobre todo la pobre Ángela, que ha estado a punto de rendirse totalmente…

Espero que os haya gustado *-* Dejadme un comentario con vuestra opinión, ¿vale? Me haréis muy muy feliz :)

¡Gracias por leer! Un beso :D