Mis queridos, porque se merecen otro capítulo por hacerlos esperar tanto esta última vez, aquí va otro!

Espero que disfruten el capítulo después de todo. Un abrazote y mil gracias


XI. Ronda por el Ministerio

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—¿Qué ha pasado? —pregunté sentándome al lado de Ojoloco.

—Dumbledore nos ha mandado un mensaje para que nos reuniéramos —gruñó Sirius —. Algo no anda bien.

—Desde luego que algo no anda bien, el chico Potter cree que Sirius está muerto —soltó Ojoloco.

—Amenazado de muerte —corrigió Kinglsey.

Remus se giró hacia mí. No era la ocasión para sentir cosquillas en la panza, pero así fue.

—Snape se apareció hace un rato en la chimenea para cerciorarse que Sirius estuviera vivo, dado que Harry afirmaba fervientemente que, en una visión, había visto a Sirius siendo torturado.

—Pero… Harry ya sabe que Sirius está bien, ¿no?

—Estamos esperando a que ese zoquete lo confirme —dijo Sirius, evidentemente preocupado.

Miré hacia la chimenea, expectante y con una revolución de sentimientos en mi interior.

Creo que pasó cerca de una hora cuando la cara pálida de Snape apareció entre las llamas de la chimenea, haciendo que mi corazón se acelerara, pero no supe si de miedo o de verlo a él. Todos nos sobresaltamos y Sirius se puso inmediatamente de pie.

—¿Qué ha…?

—Potter ha escapado hacia el Ministerio —escupió cabreado —, ¡aún cree que estás allá!

—¿Cómo escaparon? —salté yo. Había vigilado todo el rato el pueblo y no había visto nada.

Snape me miró apesadumbrado.

—¿Importa cómo escapó? —gruñó. Tuve ganas de patearle la cara. Era tan sencillo… Meterla la punta de la bota hasta la garganta.

Sirius abrió los ojos como platos.

—Esto tiene que ser una trampa…

—¡Por supuesto que es una trampa! —vociferó Snape. Si no hubiese sido por el tono verdoso que le daban las llamas, habría estado rojo como frutilla.

—¡Hey! ¿Tardaste una maldita hora para darte cuenta que Harry había escapado? —rugió Sirius.

La mirada de Severus se ensombreció.

—Tuve la esperanza de que el chico no fuera tan idiota, y me quise asegurar de que no estuviera en el castillo. Créeme que no ha sido fácil cuando la mitad de los estudiantes están revolucionados…

—¡Al demonio con tus excusas! Y no trates a Harry de idiota…

—Por favor —Remus se adelantó y colocó una mano en el hombro de Sirius para calmarlo —. Tenemos que hacer algo, tenemos que ir al Ministerio. Si esto es una trampa de Voldemort, no podemos estar perdiendo el tiempo aquí.

—Ya lo creo. Debo informar que Potter huyó, si mal no están mis suposiciones, con los Weasley, Granger, Lovegood y Longbottom, de quien me asombra saber que ha tenido un ataque de valentía…

—Demonios… Molly se va a poner como loca —dije nerviosa —Estoy adentro —dije sin dudarlo dos veces —. Hay que actuar.

Los ojos de Snape se toparon con los míos por una fracción de segundos.

Ojoloco gruñó y asintió, Kinglsey también estuvo de acuerdo.

—Bien. Black, debes quedarte acá —ordenó Severus como si le estuviera hablando a un perro.

—¿Quedarme? —dijo Sirius —¿Estás de broma? ¡Es mi ahijado! Vete de aquí, Snape, ahora nos encargaremos nosotros. Gracias por nada.

—Claro… luego no digas que no te advertí —comentó implacable y desapareció.

En el aire se respiró un aire de profunda intranquilidad. De pronto todo se había vuelto patas arriba. De nada sirvió que vigilara tanto el castillo, Harry y sus amigos habían encontrado la forma de huir de todas maneras, y huir por algo que ni siquiera era cierto.

Algo me indicaba que en esa noche algo iba a terminar terriblemente mal.

Si tengo que morir… No puedo morir, no ahora.

Miré a Remus de reojo, apenada, sintiendo que no había logrado nada en mi vida. Tuve las súbitas ganas de abrazarlo.

No seas ridícula, Tonks, no te le vas a declarar ahora. Lo único que conseguirás será complicar las cosas a última hora.

Kingsley agitó su varita para enviar un patronus a Dumbledore y enterarlo de lo ocurrido.

—¡Kreacher! —gritó Sirius de pronto, asustado.

El elfo doméstico apareció casi al instante, como si hubiese estado oyendo tras la puerta de la cocina.

—¡Fuiste tú! Maldito animal… —nuevamente Remus detuvo a Sirius, quien iba directo a descargarse con el elfo. Éste tenía una mirada de triunfo y estaba completamente silencioso. No entendí a qué se refería precisamente Sirius, pero no era bueno y definitivamente ese elfo era demasiado siniestro.

—No tenemos tiempo, hay que irnos —apuró Ojoloco —, antes que maten a Potter —añadió de forma muy alentadora.

Sirius respiró profundo y asintió al momento que una pluma roja caía de la nada. Eso significaba que Albus iba en camino.

—Kreacher, te ordeno que le digas toda la verdad a Dumbledore cuando aparezca aquí. Toda la verdad de la estupidez que cometiste a propósito —recalcó con profundo odio.

—Como usted diga… amo —hizo una reverencia profunda y burlona.

—¿A qué se refiere Sirius? —susurré a Remus.

—Kreacher le dijo a Harry que no había nadie en la casa… eso le terminó por confirmar que Sirius estaba en problemas.

Miré a Remus preocupada y éste me devolvió el gesto.

Kingsley encabezó el escuadrón. Una vez afuera del número 12 de Grimmauld Place, se giró hacia nosotros.

—Con Tonks iremos por la entrada de empleados, ustedes vayan por la de visitas. Nos reuniremos en el Atrio.

Estaba demasiado silencioso. La calle principal estaba casi vacía de autos, y lo único más colorido que alegraba la noche eran los cambios de luces de los semáforos.

Con Kingsley nos separamos para cada uno ir por el baño que le correspondía. Iba con la varita en alto, encendida, procurando no tropezar y con todos mis sentidos activos. Podía oír mi corazón acelerado, mis oídos bombeando, un poco arrepentida de no haber dado ninguna señal a mis padres de que estaba viva desde la noche anterior. Andrómeda debía de estar preocupada, pero ya era demasiado tarde para enviar algún mensaje.

Con Kingsley llegamos primero. Sirius, Remus y Ojoloco se nos unieron segundos más tarde, al lado de la fuente de agua. Era lo único que hacía ruido.

—Aparentemente no hay nadie —masculló Kinglsey —. Casi siempre somos Tonks y yo los que nos quedamos más tarde a trabajar. Los demás se retiraron temprano.

—Tenemos el camino libre —confirmó Alastor moviendo su ojo falso frenéticamente en su cuenca.

—Vamos —apresuró Sirius. Estaba despeinado y sudoroso. Bueno, creo que todos estábamos greñudos, excepto el morenazo, que no tenía pelo.

Tomamos el ascensor, la única vía para llegar al Departamento de Misterios de una forma más expedita. Sirius iba rezongando en voz baja, maldiciendo porque no podíamos ir más rápido.

Estábamos preparados para atacar cuando las puertas del ascensor se abrieron. No había nadie por los alrededores.

—Maldita sea —gruñó Ojoloco —no están acá —apuntó la puerta negra que estaba al final del pasillo, al lado de una escalera —, lo más probable es que estén ahí adentro y mi ojo no puede ver nada.

—¿Cómo es eso? —inquirí sorprendida — Pensé que eso podía verlo todo.

—No, la magia es demasiado poderosa, veo nublado. Tal vez sea mejor conseguir más refuerzos…

—Nada de refuerzos —intervino Sirius con voz impertérrita, adelantándose —. Es demasiado tarde y Harry necesita mi ayuda, no tenemos tiempo para charlar.

Ojoloco le dirigió una mirada neutra y los demás asentimos fervientemente. Creo que, por primera vez, Alastor se aguantó de decir algún mal augurio como "todos vamos a morir". No sabíamos quiénes y cuántos habían en el lugar.

Si bien Kingsley y yo trabajábamos en el Ministerio de Magia, ninguno de los dos nunca había tenido la oportunidad ni el deber de entrar a esa sala. Desde luego, era algo prohibido para nosotros dado que no nos correspondía estar en ese lugar, y una vez adentro, en aquella extraña sala circular de color negro de suelo a techo, tenuemente iluminada por velas de fuego azul, creí comprender por qué estaba prohibida para todos excepto los Inefables y, bueno, Fudge probablemente. La luz que se reflejaba en el suelo de mármol confería un efecto de movimiento, lo que me mareó un poco.

—¿Dónde están? —farfulló Kingsley, girando sobre sus pies y mirando la serie de puertas sin picaporte que se encontraban a nuestro alrededor.

Sirius se adelantó y empujó una puerta que no pudo abrir.

—¡Maldición! No podemos darnos el lujo de ver puerta por puerta, ¡dónde está Harry! —exclamó con energía, lo que definitivamente dio resultado. Debió haber sido gracias a su desesperación.

La pared de la sala giró alrededor del suelo, frenando segundos más tardes, para que justo Sirius quedara frente a una de las puertas.

Sirius, decidido, empujó la puerta. Esta se abrió de inmediato, y apenas lo hizo, gritos amortiguados se oyeron desde el interior. Mi corazón se aceleró, y me imagino que a todos nos sucedió lo mismo. Con Remus y Kingsley intercambiamos una mirada para infundirnos valor y asentimos con seguridad.

Entramos a un pasillo pobremente iluminado, que tenía una puerta simple y una doble. Sirius no dudó ni una sola vez y empujó la puerta doble, abriéndola con estruendo de par en par.

Mis cinco sentidos jamás se habían hallado más alertas. En cosa de segundos me fijé que estábamos en el borde de un anfiteatro y había Mortífagos enmascarados y encapuchados por doquier.

Mis ojos se dirigieron hacia un arco con un velo que se ubicaba en el centro de la sala, y luego, a Harry que estaba estirando el brazo para entregar algo a un hombre de pelo largo y rubio, a quien podría reconocer a un kilómetro de distancia. Todos los ojos de los demás se dirigieron hacia nosotros, completamente sorprendidos. No me entretuve más y le lancé un hechizo aturdidor antes que Harry cometiera la locura de entregarle la Profecía. El chiquillo estaba con el brazo estirado hacia el sujeto.

El hechizo alcanzó a darle a Lucius Malfoy en la pierna, haciéndolo dar una pirueta en el aire, pero no fue suficiente para derribarlo, logró caer arrodillado. Entonces, todos nos lanzamos hacia abajo, corriendo y saltando los escalones, como si estuviéramos en una batalla. Bueno… era una batalla.

Espero no morir esta noche. Aún hay mucho que quiero hacer. Además, mi madre será capaz de revivirme para matarme por morir.

Pensé antes de concentrarme por completo.

Traté de llegar al pie de las gradas, pero una mujer de cabellera espesa, negra y revoltosa se interpuso cerrándome el paso con agilidad. El corazón me dio un salto.

—¡Una perfecta reunión familiar! —chilló con una voz desagradable, mirándome como un león observa a su presa. Sus ojos estaban muy abiertos, saltones en aquella cara demacrada. Se parecía un montón a mi madre, pero no había nada de vida en ella. Un zombie hubiera sido más atractivo.

Subí un escalón con una ligereza que me sorprendió y le lancé un encantamiento que logró bloquear. Estaba a pocos metros de mi querida tía Bellatrix, una cercanía nunca lograda antes. Si alguna vez habíamos estado más cerca que eso, no lo recordaba.

—Ni en mis mejores sueños me lo imaginaba así —le contesté con ironía y le lancé otro hechizo, alejándome un poco más.

—Eres igual a mi querida hermana —comentó con desprecio, desviando el rayo. Me dio la impresión que podría hacerla hablar horas y ella seguiría peleando sin cansarse ni concentrarse —. Ese pelo no contrarresta el parecido, lo que me da repugnancia. ¡Me gustaría ver la cara de tu madre cuando sepa que hice estallar a su hija!

Si me parezco a mi madre, y si mi madre y ella se parecen, quiere decir que yo me parezco a ella, ¿no? ¡Qué horror!

—¡No si yo te veo explotar primero! — espeté con ira. La única que podía hacer sufrir a Andrómeda Tonks, era yo, nadie más.

Nos enfrascamos en una lucha igualada por varios minutos. A mí alrededor oía gritos, burlas, voces desafiantes y violentas y, si por un segundo me detenía a observar lo que estaba sucediendo en mi entorno, correría el riesgo de encandilarme por la gran cantidad de haz de luz que cruzaban la sala de un extremo a otro a una velocidad indecible. Ni siquiera pude darme el lujo de preocuparme por Remus.

Tal vez fue la súbita coordinación que tenía mi mente con mi cuerpo —por primera vez en la vida parecían estar de acuerdo en la lucha, sin tropiezos ni pasos en falso —, o el sencillo hecho de que todos parecíamos estar bajo control, lo que hizo que tuviera un exceso de confianza en mí misma. No debí haber hablado, sólo debí haberme limitado a luchar.

—Créeme que este será el peor error que has cometido en tu vida: debiste haberte quedado en Azkaban, segura…

Pensé que sería como en las películas que veían mis abuelos, o como en los cómics: el villano y el héroe se sentaban prácticamente a charlar sobre la vida y exponían sus pensamientos casi como en un debate, girando en círculos, en una situación dramática. Se me olvidó que estaba en la vida real y que permanecía frente a Bellatrix Lestrange, una mujer despiadada, quien era completamente capaz de matar a su familia entera si era necesario por seguir sus ideales. Bueno, yo no la conocía muy bien, pero mi madre siempre hablaba de ella como si jamás en su vida hubiese dado a torcer su brazo en algún aspecto.

Creí que saldría airosa, que podría socorrer a mis demás compañeros, pero mientras hablaba, mientras me jactaba de mi Bellatrix y Azkaban, ella aprovechó el momento: puedo apostar que ni siquiera me escuchó, pero también sé que pudo haberme matado en ese mismo instante, y no lo hizo. Tal vez sólo quería verme sufrir un poco antes de hacerlo: un rayo rojo brillante fue directo hacia mi estómago. Sentí un dolor irresistible, como si una llama se encendiera en mi interior, o como si un cuchillo me desgarrara de adentro hacia afuera. En el momento en que sentía mi cuerpo irse hacia atrás, perdí la consciencia.

No sé cuántos minutos transcurrieron, cuando oí un grito desgarrador, y abrí los ojos levemente. Sentí un dolor en el pecho, y volví a dormirme.

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El tiempo pasaba de forma irregular: había momentos en que oía nada más que el silencio y presentía la oscuridad, y otros en que oía la voz de mi madre, de mi padre, cargadas de preocupación, y otras voces familiares. Sentía el calor inconfundible de la mano de mi mamá en mi cabeza, y al momento volvía a oír mi pesada respiración. De a poco fui volviendo a mi consciencia —poco más tarde me enteré que estuve tres días dopada y en tratamiento—, logrando distinguir los segundos de los minutos y el día de la noche. Mi mente rememoraba confusamente rayos y luces de colores yendo y viniendo de un lado a otro en el oscuro anfiteatro del Ministerio. Escuchaba gritos, maldiciones y tenía un mal sentimiento…

Un olor a perfume femenino muy pesado me hizo volver a la realidad.

La lucha en el Ministerio… ¡Harry! Los muchachos, la Orden del Fénix… Remus, ¿estará sano y salvo?… Severus… ¿Habrán tomado preso a Sirius? ¿Se enteró el Ministerio de lo que hicimos? ¿Del desastre? ¿Habrá muerto alguien? Bueno, definitivamente yo no; evidentemente estoy en San Mungo…

—Debería despertar pronto —oí como si yo estuviera bajo el agua —, se le ha dejado de suministrar poción para dormir.

Luego, el olor desapareció. Oí que alguien masticaba algo, como un caramelo. También, el pie de ese alguien, chocaba frenéticamente contra el piso, pero de manera suave. Era casi como oír el corazón de un colibrí. Segundos más tarde, oí el ruido de una página ser cambiada, como si estuvieran leyendo un periódico.

El Profeta, probablemente.

El hombre carraspeó y mis ojos se abrieron lentamente para acostumbrarse a la luz del sol que penetraba débilmente por la ventana, como si lo tapara una neblina. Me quedé mirando por unos segundos las motas de polvo que flotaban en el haz de luz que llevaba a la altura de mis rodillas. Un leve aroma cítrico y agradable me llegó a las fosas nasales, muy familiar.

Sentí el estómago vacío y un leve dolor en las costillas, pero estaba cómoda y calentita, y aliviada de estar en su compañía.

Oí un suspiro dramático y otra página del periódico ser cambiada.

Miré hacia el lado lentamente y sonreí al ver que mi pensamiento no estaba errado: era Remus quien estaba al lado de la puerta, sentado en una silla, leyendo con el ceño fruncido, pasando las hojas con la mano derecha, mientras que con otra mano sacaba caramelos diminutos de una bolsa que tenía guardada en el bolsillo. Su rostro estaba pálido y tenía unas heridas recientes en esa mejilla, la izquierda. Estaba sombrío, pero su presencia me alegraba de sobremanera.

—Hola —dije con voz ronca.

Remus se sobresaltó y dobló El Profeta, dejándolo sobre mi mesita de noche. Vi su cara demacrada, pero no de forma usual. Noté que algo no andaba bien. Me senté apoyando mi espalda en la almohada.

Sonrió con esfuerzo y se sentó a mi lado. Sus ojos se veían hinchados, brillosos y sus ojeras se marcaban con profundidad. Estaba despeinado y pálido.

—¿Cómo te sientes?

—Hambrienta, la verdad. ¿Qué ha sucedido? ¿Cuánto tiempo ha pasado…?

—Tres días.

—Vaya —susurré —. Entonces, me debo haber perdido de un montón. ¿Qué hay de nuevo? ¿Ganamos? ¿Perdimos? ¿El apocalipsis está cerca?

Remus frunció el ceño y miró hacia un punto indefinido, entre mis manos que yacían apoyadas en mi abdomen.

—¿Qué? —mi sonrisa se borró automáticamente al no oír respuesta.

—Sirius murió —me lanzó sin avisarme previamente que sería una noticia dolorosa.