Capitulo 10

Harry esperaba antes el altar. Llevaba unos elegantes vaqueros negros, brillantes botas negras, chaqueta de esmoquin y camisa blanca.

El pianista había tocado la marcha nupcial tres veces. Los invitados se movían en sus asientos, mirando con gesto expectante hacia las escaleras.

Ronald, nervioso e incómodo, esperaba junto a él. En el fondo de la habitación, Hugo chupaba un pétalo blanco de rosa de la cesta de flores y Rose, con un pequeño almohadón blanco en las manos, se balanceaba de un pie a otro, impaciente.

El pastor, con la biblia abierta en las manos, se aclaró la garganta y alzó las cejas.

Harry lanzó una mirada a Hermione. Ésta se encogió de hombros y se la devolvió con gesto impotente.

"Ginny me va a dejar plantado" aquel pensamiento pasó como un rayo por la mente de Harry, haciendo que se le encogiera el estómago. "No. Eso no. Todo menos eso"

El reloj que se hallaba sobre la repisa de la chimenea sonaba con fuerza, expectante. Harry sintió que se ponía pálido. De repente, mientras todos los ojos se posaban sobre él, notó que hacía un excesivo calor.

-Tal vez convendría que fueras a por la novia susurró el pastor.

Asintiendo, Harry se movió con el piloto automático en marcha. Pasó junto a sus amigos y subió las escaleras, sabiendo muy bien que era el centro de atención. Sin ni siquiera haber mirado, sabía qué encontraría cuando llegara al dormitorio que Ginny y él iban a compartir como marido y mujer.

A pesar de todo, la realidad del vacío dormitorio fue como un auténtico puñetazo en su plexo solar. La ventana estaba abierta y la cortina se movía con la brisa. Olía su perfume, pero Ginny no estaba allí.

-¿Ginny? - dijo Harry, aún sabiendo que no obtendría respuesta - ¿Por qué? - susurró.

Aquella palabra reverberó en su mente sin obtener respuesta. "¿Por qué, Ginny, por qué? ¿Es qué no me quieres?"

Se acercó a la ventana y miró hacia los coches había abajo. El viejo Sedán de Ginny se hallaba entre los demás vehículos. Sí había huido, lo había hecho a pie.

Sintió que su estómago ardía y su pecho se encogía. Se puso a caminar de un lado a otro, tratando de alejar la niebla que parecía querer envolver su mente. Su bota pisó algo.

Un pendiente, pequeño, blanco, delicado. Se puso de rodillas y lo toó. La pequeña perla blanca parecía incongruente sobre su mano grande y encallecida.

Deteniéndose junto a la ventana abierta. Harry se pasó una mano por el cabello y trató de pensar. Tenía que haber una explicación. Ginny no habría cambiado de opinión tan rápida y dramáticamente sin un buen motivo. ¿Pero qué podría justificar su abandono?

Recordó la noche en que le pidió que fuera su esposa. El recuerdo se alzó agridulce y profético en su mente. Debería haber comprendido que algo iba mal, algo que se ocultaba en el interior de Ginny. Ese día también había tratado de dejarlo.

-¿Harry? - Ronald estaba en el umbral de la puerta -, te encuentras bien, hermanito?

-Se ha ido – replicó Harry apretando con fuerza el puño en que sostenía el pendiente -, Ginny me ha dejado.

Ronald se acercó a él y apoyó una mano en su hombro.

-Lo siento. Habría apostado cualquier cosa a que estaba verdaderamente enamorada de ti.

-Lo malo es que ni siquiera sé porque me ha dejado. Estas últimas semanas han sido un paraíso. Nunca peleábamos. Nos llevábamos muy bien. Supongo que debí imaginar que era demasiado bueno para ser cierto.

-No sé que decir.

-Tengo que encontrarla. No puede haber ido muy lejos. Su coche sigue ahí.

-¿Y tu todo terreno?

Harry miró por la ventana y localizó su vehículo.

-No. ahí está.

-¿Crees que se habrá ido andando?

-No sé que pensar. Podría estar escondida aquí mismo, en la casa, esperando a que todo el mundo se fuera – aquel pensamiento produjo a Harry un escalofrío. Ginny podía estar debajo de la cama.

-No – dijo Ronald, que se había asomado a la ventana-, hay huellas de botas en el polvo. Ginny a salido por aquí -alzó la mirada y frunció el ceño -, ¿No habías dejado a Buckbeak, ensillado en el corral?

Harry asintió.

-Eso creo.

-No quiero asustarte, pero, no está

-¿Crees qué se habrá ido a caballo? Preguntó Harry a su hermano.

Hermione se asomó en ese momento al dormitorio

-¿Qué pasa? Los invitados empiezan a inquietarse. ¿Dónde está Ginny?

-Se ha ido – dijo Harry con tristeza.

Hermione frunció el ceño y miró su reloj.

-He hablado con ella hace quince minutos. ¿Dónde puede estar?

Harry se volvió hacia su cuñada.

-¿Cómo se comportó? ¿Qué dijo?

-Estaba nerviosa, como todas las novias. Traté de tranquilizarla.

-Tengo que encontrarla -dijo Harry – si se ha ido con Buckbeak, aún debe estar en el rancho. No se habría arriesgado a que le vieran en el camino dirigiéndose hacia el pueblo.

Había bajado la mitad de las escaleras antes de recordar que la sala de estar estaba llena de invitados. Todas las miradas se volvieron hacia él. Harry respiró profundamente. No tenía tiempo de mostrarse avergonzado. Debía encontrar a Ginny antes de que desapareciera de su vida para siempre.

Evidentemente su expresión debió delatarlo, porque los asistentes, rompieron en un especulador murmullo en cuanto lo vieron. Harry estaba a punto de decir a todo el mundo que se fuera a casa cuando se abrió la puerta delantera y Narcisa Malfoy cruzó el umbral como una exhalación, con su cabello revuelto y un manojo de hojas en la mano.

-¡Paren la boda! - exclamó – ¡tengo pruebas de que la novia es un fraude!

Ginny cabalgaba como si perros de presa la siguieran. Buckbeak galopaba por la llanura, con su amazona inclinada en la silla.

Todo había acabado. La ternura, la compasión, el amor, perdidos para siempre. Había engañado a Harry Potter de la peor forma posible. Después, porque era una cobarde, tanto como lo fue su padre cuando se enfrentó a James Potter aquella funesta noche, había multiplicado sus pecados permitiendo que planearan la boda.

Dejando a Harry en el altar, Ginny lo había humillado frente a sus amigos, y a su familia. Había sido mucho mejor no haber aceptado su propuesta el cuatro de julio, en lugar de dejarse llevar por la euforia del momento.

Entonces se dijo que todo iría bien. Que su amor podría conquistar cualquier cosa. Cualquier cosa excepto prometerle casarse con él con segundas intenciones.

Harry se merecía a alguien que lo amara libre e incondicionalmente, sin motivos ulteriores. Pues, en el fondo de su alma, Ginny no sabía con seguridad si se había enamorado de Harry el hombre, o de Harry Potter el dueño de la Madriguera.

No se había dirigido conscientemente hacia la cabaña, pero su corazón la llevó hacía allí, magnetizada por el pasado. Algo en ella seguía buscando respuestas, esperando descubrir aún realmente Ginevra Molly Weasley, alias Ginny Black.

Buckbeak respiraba agitadamente mientras redujo el paso al trote. Casi había oscurecido cuando Ginny detuvo al caballo frente a la cabaña. Confundida, dolida, desmontó al animal y se encaminó hacia el pequeño santuario. Allí podría descansar y revisar su vida. Ya que su sed de venganza se había evaporado y nunca sería dueña de la Madriguera, necesitaba encontrar un nuevo propósito para seguir adelante. Preferiblemente, un propósito desinteresado.

Abrió la puerta y pasó al interior, con la vista nublada por las lágrimas. Encendió la luz y parpadeó, mirando a su alrededor.

El lugar ya no se parecía en nada al que la recibió el día que ella y Harry limpiaron la cabaña juntos. El recuerdo de aquel día invadió su imaginación, negándose a abandonarla.

Pudo ver a Harry con tanta claridad como si lo tuviera delante, con aquellos diminutos calzoncillos rojos. El contorno de su bien proporcionado trasero atrayéndola, el perfil de sus anchos hombros tentándola, su varonil aroma envolviéndola…

-Harry… susurró y cerró los ojos, deseando que la erótica visión disipara. ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que olvidara el sabor de su boca, la textura de su piel, el sonido de su voz, grave y tierna?

Abrió los ojos vagó por la casa, fijándose en los cambios experimentados. Los dos dormitorios estaban inmaculadamente limpios y ordenados. Todo lo que había. Todo lo que había antes amontonado de cualquier manera se hallaba metido en cajas debidamente etiquetadas. Libros, material, adornos de navidad, vajilla, ropa de cama, cosas personales de mamá, papeles de James.

Deslizó los dedos por ésta última caja, temblando ante la idea de revisar los papeles de su mortal enemigo. Sin saber bien por qué, alzó la caja y la llevó hasta la cama, donde la abrió. Sentándose, empezó a revisar los papeles que contenía. Facturas del médico, cartas de bancos, una felicitación de cumpleaños firmada con todo mi amor, Lily… siguió revisando, sin saber muy bien por qué buscaba. Una notificación de una agencia fechada el año que James ganó el rancho a Arthur Weasley, una vieja foto de la Madriguera tomada desde la carretera y una carta dirigida a su padre pero, nunca enviada.

Los dedos de Ginny temblaban tan furiosamente que dejó caer la carta al suelo. Inclinándose, la recogió y abrió el sobre. Estaba fechada tres semanas antes que su padre se suicidara.

Querido Arthur

Tengo una confesión que hacer. No me siento orgulloso de lo que hice, pero tuve mis motivos para ello. N o sé si comprenderás, y estoy convencido de que no me perdonarás, pero tengo que liberar mi conciencia y contarte esto. Me estoy muriendo y quiero dejar mis asuntos aclarados. ¿Recuerdas la noche en que perdiste la Madriguera? ¿Pero qué estoy diciendo? ¿Cómo vas a olvidar el día en que perdiste tu casa? Bueno, lo cierto es que hice trampa. Saque aquel as de espada de mí manga. Estaba desesperado, y los hombres desesperados hacen cosas desesperadas. Estaba a punto de ir a la cárcel por haber utilizado unos cheques sin fondos para alimentar a mi familia. El juez dijo que sí podía demostrar que tenía un lugar de residencia permanente y un modo de ganarme la vida, me dejaría en libertad provisional. Además Lily estaba a punto de dejarme. Se había cansado de vivir en cuartuchos y de soportar mis malos hábitos. Sé que esto no es excusa. Os eché a ti y a tu hija a la calle para que no me sucediera a mí lo mismo. Siempre lo he lamentado y desearía no haberlo hecho, pero, lo hice. Tengo algo de dinero y me gustaría enviarte un poco. No servirá para reparar el daño causado, pero tal vez, tu hija podría utilizarlo para ir a la universidad.

James Potter.

Además de la carta, el sobre contenía una oferta para enviar veinticinco mil galeones.

Ginny siguió mirando la carta mientras asumía el significado de lo que había escrito en ella. James Potter había buscado el perdón en los últimos meses de su vida. Sin embargo, no envió la carta. ¿Por qué no? ¿Se enteraría del suicidio de su padre y decidiría que ya no tenía sentido hacerlo?

En el fondo de la caja había una gastada baraja sujeta con una goma. Ginny supo que aquellas eran las cartas que James utilizó para robar la Madriguera a su padre.

En ese instante, toda su rabia regresó. Se agitó en su interior, punzante y virulentas, dejándole un amargo sabor en la boca. Tomó la baraja y la arrojó contra la pared. Aquello le hizo sentirse tan bien que rompió la carta en mil pedacitos y la tiró.

Jadeando, se puso a dar patadas a la cama y a gritar su rabia. Gritó por su infancia perdida, por el hogar del que fue arrojada, por el padre que había desaparecido de su vida y para siempre.

Pero y sobre todo, por haber perdido a Harry.

James Potter la había desposeido de todo. Si no hubiera estado ya muerto, en ese momento habría podido estrangularlo con sus manos. ¿Cuántas vidas había destrozado aquel miserable? La de su esposa, la de sus hijos, la de ella y la de su padre.

El odio, aquella vieja y conocida emoción, hirvió dentro de Ginny, abrazándola como un amigo.

-¡No! Gritó una parte de ella. La parte que durante los últimos meses había aprendido a sustituir el odio por el amor se negaba a no dejarse oír.

Entonces, con tanta rapidez como había llegado, s ira desapareció, disipándose por completo. ¿Qué sentido tenía alimentarla? Hacerlo no cambiaría nada. Buscar venganza sólo había servido para empeorar las cosas. Por priemera vez en quice años, Ginny Molly Weasley vio el pasado en forma imparcial.

Todo aquel tiempo malgastado en alimentar su odio. Sí, había soportado una gran injusticia, había sufrido. Sí la vida no era justa. Pero la venganza no resolvía nada. Sólo se ponía al nivel de James. ¿Acaso quería acabar como aquel jugador, alcoholizada y enferma, repudiada por su familia y la comunidad, buscando el perdón los últimos días de su vida sin que nadie la escuchara?

Incluso aunque James hubiera hecho trampas, su propio padre había sido igualmente responsable. Nadie lo obligó a beber, nadie sostuvo una pistola contra su cabeza y le dijo que apostara su casa a una mano de poquer.

Todos aquellos años había estado buscando un culpable al que responsabilizar de sus desgracias. James Potter no fue una buena persona, pero sólo era humano. Su comportamiento tendría alguna explicación. Bajo aquella actitud cínica desapegada, debía ocultarse un hombre solitario y triste, incapaz de afrontar sus responsabilidades.

Aferrarse al odio no haría que su padre volviera. No borraría el dolor que había sufrido, ni la absorveria del daño que había causado a Harry. Se había equivocado al hacerlo responsable de los actos de su padre. Harry no tenía porque responder por James, como ella no tenía porque hacerlo por Arthur.

Aunque supusiera un supremo esfuerzo de voluntad, perdonaría a James Potter por lo que hizo, esperando y rogando que algún día Harry la perdonara a ella por haberlo dejado plantado ante el altar. Ese pensamiento fue lo único que dio cierto consuelo a Ginny.