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Paraíso Unipersonal

-Capítulo 11-

Disclaimer: Los personajes son propiedad de sus respectivos autores. No busco un fin comercial al usarlos, si no satisfacer un fin meramente ocioso.

Para cuando todos cayeron finalmente en la cuenta, ya habían pasado casi seis meses desde que Saga y Kanon llegaron a aquel hogar en la ciudad de Corinto. Pero, muy a pesar de los buenos deseos e intentos de aquel matrimonio, nada había cambiado en la conducta de Kanon: el mayor de los gemelos seguía recibiendo castigos y regaños gracias a él, y las discusiones entre ambos se habían vuelto cada vez más frecuentes… el detonante principal era Kaname, quien era constantemente disputada entre ambos.

La dinámica entre los tres niños se transformó en algo sin precedentes frente a los ojos de Soterios, quien no podía entender cómo habían podido construir aquella relación obsesiva en tan poco tiempo: ninguno de los gemelos dejaba ir a Kaname a ningún lado sola, de la misma manera en que ella rompía en llanto cada vez que debía separarse de alguno. Exceptuando el momento de ir al baño o asearse, realmente no había actividad que no realizasen juntos… Nada de eso podía ser normal y definitivamente estaría rebalsando el límite pronto.

—Ya saben niños, ¡tengan cuidado en la vuelta a casa…!

Como todas las tardes una de las maestras de la escuela despedía a sus alumnos con fervor, parada frente a la puerta de la institución. Muchos niños de la zona provenían de hogares carenciados por lo que, con algunas excepciones, no solían recibir mucho apoyo por parte de sus familias, teniendo que realizar actividades solos tales como regresar a sus casas o preparar sus comidas.

—Saga, Kanon, Kaname, no se olviden de la tarea para mañana. — les recordó ella con una sonrisa.

Kanon sostenía a Kaname del brazo mientras cruzaban el umbral de la puerta, pero Saga se dio vuelta para responderle a aquella maestra:

—Por supuesto, me encargaré de ello.

El mayor la saludó levemente con la mano y corrió para acomodarse junto a Kaname tomándola de la mano con suavidad, como siempre hacía.

—¿Qué tal si vamos un rato a la plaza? — preguntó Kanon, mientras caminaban por el sendero habitual a casa. — Tengo unas galletitas que me sobraron del almuerzo.

—No podemos Kanon, ya lo escuchaste, tenemos que terminar los deberes. — habló Saga con tranquilidad.

—Saga no seas aburrido… ¿o no que quieres que vayamos, Kaname?

Kaname se mantuvo en silencio por unos segundos, dubitativa… este tipo de cosas siempre le sucedían, no quería llevarle la contra a Kanon pero tampoco a Saga. Debía admitir que estar en esa posición constantemente la estaba comenzando a poner algo nerviosa, cosa que antes no le sucedía.

—Bueno… podríamos ir por un rato. — balbuceó. — Pero nos volvemos rápido, como dijo Saga, hay tarea de matemática… y ya saben que no se me da muy bien.

—¡Sí! — gritó el menor, eufórico, dando algunos saltitos.

Por suerte aquel parque que siempre frecuentaban sólo se encontraba a unas pocas cuadras de su hogar, por lo que no les tomaría mucho tiempo volver. Los tres corrieron hacia los columpios, meciéndose por unos minutos; y luego se sentaron en el pasto bajo la sombra de un gran árbol, quedando Kaname en el medio como era usual.

Kanon finalmente se quitó su mochila y la abrió, tomando aquella bolsita transparente de galletitas. Más su rostro se cubrió por la tristeza, al verlas completamente hechas migajas.

—Yo quería compartirlas… —dijo con un hilito de voz.

—No te preocupes, ahora vemos cómo las comemos. — Kaname colocó su mano en la rodilla del menor.

Para Kaname había una gran diferencia entre ambos hermanos: Kanon era por lejos el más demandante de los dos, haciéndola partícipe de sus ocurrencias y necesitando su aprobación constantemente. Saga también requería atención por parte de ella, pero desde el primer momento que compartieron pudo comprobar que lo que más le hacía falta era contacto físico, siempre estaba esperando alguna caricia, beso o abrazo, casi como si esperara que ella adoptase una actitud maternal.

Para no hacer esperar más a Kanon, ella tomó la bolsita y volcó una pequeña parte del contenido en la palma de su mano, llevándosela a la boca directamente.

—De esta manera no se desperdiciará. — le dijo con una sonrisa.

Kanon y Saga la copiaron, terminando las migajas en cuestión de segundos. Ya no pasaban hambre pero aún tenían hábitos que eran difíciles de erradicar.

—Disculpen niños, ¿podrían ayudarme…?

Una voz masculina algo acongojada sonó por detrás de ellos, acercándose rápidamente al grupo. Kanon tomó a Kaname del brazo y la acercó hacia él, protegiéndola por puro instinto. El mayor de los gemelos dirigió sus ojos hacia aquel desconocido: era un hombre calvo, de contextura mediana, con el rostro sumamente compungido vaya a saber por qué motivo… cuanto más se adentraba en aquellas facciones tristes más podía sentir, de alguna manera inexplicable, la energía desesperanzada que brotaba de su interior.

—¿Quién diablos eres? — preguntó Kanon de manera extremadamente agresiva, aferrándose a Kaname: un poco más y podía enterrar sus dedos en los brazos de ella.

—¡Kanon! No seas así… — interrumpió el mayor, sin entender bien por qué estaba intercediendo entre ellos. —Perdone usted los modales de mi hermano…

Aquel hombre cabizbajo sacudió la cabeza en resignación.

—No, discúlpenme a mí… aparecí de repente y seguro los asusté. — continuó hablando mientras se agachaba. — Estoy muy preocupado, mi hija salió a jugar y aún no ha vuelto… somos nuevos en el pueblo, tengo miedo de que se haya perdido.

—¿Hace cuánto tiempo que salió? — inquirió Kaname.

—Casi cinco horas… — aquel hombre balbuceó con pesadez. — ¿No la han visto? Tiene pelo marrón y ojos verdes, es casi de la misma edad que ustedes… Vestía un enterizo color azul y botitas marrones…

Saga no tenía pruebas pero algo raro había en todo aquello. De la misma manera en que pudo palpar el sentimiento de ese extraño, el mismo ambiente se había vuelto pesado: le era difícil respirar.

—Discúlpenos, realmente no la hemos visto… ¿A qué casa se ha mudado? Si la llegamos a encontrar podemos acompañarla hasta allí.

—También podríamos ir a buscarla ahora…

La voz finita de Kaname sólo trajo unos segundos de silencio, y al intentar levantarse para acercarse a aquel señor la cara de Kanon se transformó, aferrando a la niña por la cintura y tirándola hacia atrás sobre él: también podía sentir algo fuera de lo común… ¿qué pasaría si algo malo le ocurriese a Kaname? No se lo perdonaría nunca.

—Kanon… me duele…

—¡NO! Tú no te vas a ningún lado. —exclamó el menor, desencajado.

Kaname intentó forcejear pero a los pocos segundos se rindió, aflojándose entre aquellos pequeños brazos que la aprisionaban. El corazón le latía a mil por hora, angustiada… tenía miedo de contradecirlo, no quería herirlo, pero aquel agarre le hacía daño.

El mayor de los gemelos se mordió el labio inferior e insistió nuevamente con su pregunta: sólo quería que aquel hombre se alejase lo más pronto posible.

—Señor, por favor, díganos donde vive. Si la vemos la acompañaremos de vuelta a su casa.

—L-lo siento… solo estaba pensando en mi niña, si algo llega a pasarle… — dijo apenado. — Mi casa está cerca de la entrada al barrio, es la única de fachada roja. Por favor, les ruego, si saben algo, avísenme, por más pequeño que sea… Estoy desesperado.

—Tranquilo, cualquier cosa le avisaremos. — contestó Saga con rapidez.

El hombre agachó la cabeza, ocultando sus lágrimas, y comenzó a correr en dirección a la avenida principal para continuar buscando a su hija. Cuando la silueta se perdió en la lejanía, Kanon finalmente pudo suspirar y aflojó sus brazos, ahora sí permitiéndole a Kaname respirar con normalidad.

Los días siguientes pasaron sin inconvenientes para los tres niños, quienes dejaron atrás lo sucedido en el parque. Jamás volvieron a cruzarse con aquel señor ni oyeron algo acerca de la desaparición, pero a partir de ese incidente un oscuro rumor comenzó a expandirse por la ciudad entera: se comentaba que, lentamente, otras niñas pequeñas habían comenzado a faltar en sus hogares.

Aquel episodio terminó convirtiéndose en la gota que rebalsó el vaso, puesto que ahora la obsesión de ambos hermanos con Kaname se volvió algo serio: invadieron todo aspecto de su vida y la niña no podía siquiera ir al baño sola, ellos debían estar presente a cada segundo… en especial Kanon, quien en varias ocasiones le provocó marcas en la piel con sus agarres, completamente posesivo.

Era obvia ante los ojos del matrimonio la enorme carencia afectiva y emocional que dominaba la vida de los gemelos, y ambos estaban de acuerdo en que aquella carga era demasiado para una niña de sólo ocho años… si a ellos mismos como adultos los superaba, no podían imaginar la enorme presión que Kaname debía estar sintiendo. Y a pesar de que Aure moría de ganas de llamar a Denae y que todo se termine de una buena vez, esa definitivamente no era una opción para Soterios: el mismo contrato aclaraba que aquella sería la última oportunidad de Saga y Kanon antes de ser llevados a un reformatorio del Gobierno, acabándose así para siempre cualquier oportunidad de que ambos pudieran acceder a una vida normal.

Dado que hablar con ellos era imposible Soterios y Aure no podían hacer más que ver, impotentes, cómo Kaname se iba hundiendo cada vez más en la miseria misma de su existencia. La felicidad que alguna vez la había inundado ahora la enterraba lenta y dolorosamente, sin escapatoria, presa del egoísmo de aquellos adultos que deberían haber protegido a Saga y Kanon. Oh diablos, ahora sí que podía entender completamente aquel odio irracional del menor: ella terminó convirtiéndose en el chivo expiatorio de la desidia, del hambre, de la pobreza del amor.

Y desesperada por huir su sonrisa se apagó una fría tarde de noviembre, bajo una llovizna casi tan imperceptible como sus lágrimas.

Kanon nunca pudo entender en qué momento Kaname logró escaparse de entre sus brazos, pero tal como luego se volvería costumbre en su adultez, era mucho más fácil culpar a Saga de lo ocurrido.

Ese viernes los tres habían ido juntos hacia la escuela como de costumbre, pero en un descuido de ambos ella logró escabullirse entre los otros niños, corriendo como si su vida dependiese de ello, escapándose entre la maleza que cubría el jardín trasero de la institución. Ambos la buscaron por todos lados, Saga logrando mantener un poco más la compostura, pero era imposible, no había rastro de ella por ningún lado… era casi como si se la hubiese tragado la tierra.

El camino de vuelta a casa se hizo kilométrico y vacío para los dos, sus mentes repletas de sentimientos y pensamientos que ningún niño de ocho años debería tener, pero todavía mantenían la esperanza de encontrarla allí esperándolos en la puerta con una gran sonrisa, casi como un enorme y expectante recuerdo vívido que habían malogrado, dándolo por sentado.

Más la realidad era muy diferente: no hubo ni una sola persona que devolviese sus saludos al entrar.

—¿Quizás haya salido con Aure…? — balbuceó el mayor, todavía intentando buscar otras opciones.

En la mente de Saga no cabía pensar en que quizás Kaname hubiese desaparecido, era imposible, después de todo ellos se habían esforzado tanto en protegerla, ¿o no…? Realmente no podía ser, aquello no podía estar pasando. En cambio, la ausencia fría del hogar terminó de detonar lo peor dentro de Kanon, sus ojos desencajados, sin poder concentrarse en otra cosa que no fuese culpa ante lo sucedido.

Dolía, quemaba, flaqueaba… ¿Había valido la pena?

—Al fin y al cabo no servimos para nada… — sollozó el menor, quebrándose frente a su hermano. —Y-ya no está… se fue… s-si sólo la hubiéramos cuidado más…

Kanon ya no tenía energías para seguir fingiendo ser fuerte, ahogándose de pena aferrado a la cintura de Saga quien jamás había visto a su hermano de aquella manera.

—Y-ya no puedo más…

La lluvia seguía cayendo sobre todo Corinto, cada vez más intensa, como si los sentimientos de aquel par de niños fluyesen directamente a través de ella. Y algunas horas más tarde, ya en la oscuridad de la noche, el matrimonio Labropoulos volvió a casa después de un largo día de trabajo sólo para encontrarse a Kanon llorando, casi sin voz, abrazado a Saga.

Soterios ni lo pensó, corrió hacia ellos y los abrazó con fuerza, por primera vez Kanon aceptando aquella muestra de afecto sincera. Aure se mantuvo parada al lado de la puerta sin decir nada, dubitativa ante aquella escena extraña, completamente fuera de lo común: Kaname no estaba, los gemelos lloraban… no había que ser muy inteligente para saber que algo malo había ocurrido. Ya no podía tolerarlos más.

—¿Qué ha sucedido…? —preguntó Soterios, angustiado.

—N-no está más… s-se ha ido… —gimoteó Kanon a lagrima viva, aferrado a la campera del hombre. —¿Qué h-haremos ahora…?

Saga clavó los ojos en la puerta intentando mantener su respiración… definitivamente aparecería. Tenía que estar ahí, detrás de Aure, del otro lado… Sonriéndoles, extendiendo sus manos hacia ellos, llenándolos de besos. Y finalmente les diría que estaba todo bien, que sólo habían pasado unos pocos minutos…

—Aure… por favor, ábrele la puerta a Kaname. — habló despacio, regalándole su sonrisa más compradora. —Hace frío y llueve, se va a enfermar...

Aquella mujer hizo caso a la petición del gemelo, abriendo la puerta de par en par ante los ojos desencajados de Kanon. El vacío era helado y grande, oscuro, derrotando al mayor por completo. Saga cayó de rodillas, comenzando a temblar sin parar… No quería entenderlo, si lo hacía sería real y ya no habría vuelta atrás.

—¿D-dónde está Kaname…? —balbuceó, su voz quebrándose sin reparo.

—No lo sé, ¿no estaban ustedes siempre con ella? — respondió ella con frialdad.

Soterios clavó los ojos en su mujer, su pulso disparándose hacia el infinito. No era posible: la conocía muy bien y no sería capaz…

El tono de la voz de Aure no hizo más que incrementar la tristeza de Kanon, quien reaccionó violentamente, sintiéndose ultrajado ante aquella bajeza.

—¿¡D-dónde está!? ¿¡Qué hicieron con ella!? — Kanon comenzó a gritar entre los brazos de Soterios, empujándolo con fuerza y corriendo hacia Aure. — ¡Son unos malditos! ¡Devuélvanmela!

—¡Ya basta Saga! — exclamó ella con rabia, agarrándolo del hombro. —¡Tú no eres así!

De verdad, ya no podía soportarlos más. Debían irse para siempre.

—¡Maldita sea, SOY KANON! —su voz dio un salto, rasposa. —¿¡Dónde diablos está Kaname!?

—¿¡Qué diablos voy a saber yo!? ¡Si siempre está con ustedes!

El mayor de los gemelos interrumpió la discusión, blanco como un papel. Aún no podía quitar los ojos de la puerta.

—Kaname no volvió a casa… P-pensamos que quizás había ido con ustedes a-a algún lado…

—No, no la hemos visto desde la mañana, cuando los tres salieron para el colegio… — Soterios acotó. —Aure… tenemos que llamar a la policía. Ya sabes lo que ha estado sucediendo este último tiempo…

Y por primera vez en su vida Kanon estaba lo suficientemente devastado como para no poder pronunciar palabra alguna. Su mente quedó en blanco, su voz rasposa inexistente: como si nunca hubiese deber existido. Comprendió muy bien que en ese momento de nada servía, ya no tenía nada más que decir.

—Soterios, ¿estás loco? No ha sucedido nada, ya sabes que este par de niños no la han dejado en paz… en unas horas volverá. — contestó ella, restándole importancia.

¿De verdad le importaba si volvía…? Pensándolo bien, si realmente desaparecía podría culpar a los gemelos por haberla puesto al límite y finalmente los alejarían de allí. Aure sonrió enormemente, cambiando su semblante con rapidez.

—De verdad, estás exagerando… — continuó, caminando hacia su esposo y dándole un beso en la mejilla, ayudándolo a reincorporarse. —Tranquilízate, todo saldrá bien, seguro está en lo de alguna amiguita…

—¿Realmente no van a hacer nada…? — preguntó Saga con un hilito de voz, tremendamente angustiado. Estaba comenzando a sentirse pésimamente mal.

Aure se mordió el labio con fuerza, intentando no volver a perder la paciencia.

—Ustedes dos saben muy bien que han estado asfixiándola así que seguramente necesitaba estar sola un tiempo. Déjenla en paz y verán como nunca más se escapa de vuelta.

¿Qué estaba diciendo esta mujer? Ellos jamás la habían asfixiado. De la misma manera en que ambos tomaban de Kaname lo que necesitaban, le brindaban a ella lo que le hacía falta… ¿O no?

¿Había sido realmente así? Por Dios, dudar era lo que menos necesitaban en ese momento…

—¿Nosotros… asfixiarla? — dijo el mayor, con los ojos rebalsando de lágrimas.

—¿Eres sordo Kanon? ¿No escuchaste? Claro que la asfixian, jamás la han dejado tranquila desde que llegó. — espetó Aure con resentimiento. —Ahora déjenme de molestar y váyanse a la habitación, tengo cosas más importantes que hacer que preocuparme por una mocosa molesta.

Ellos ya estaban acostumbrados a las vejaciones por lo que el hecho de que los insultasen no les causaba ninguna diferencia pero ¿Por qué a Kaname? ¿Qué había hecho ella? No, no se lo merecía en lo más mínimo… Cuánta crueldad, aquella mujer indiferente había terminado de retorcer el puñal dentro del mayor de los gemelos, quién ya no pudo tolerarlo más.

El cuerpo de Saga comenzó a temblar frenéticamente, preso de una ira que había elegido ignorar gran parte de su vida… finalmente se había roto y algo extraño comenzó a fluir dentro de su cuerpo, dirigiéndose hacia su cabeza.

Kanon podría haber jurado que el cabello de su hermano cambió de color por unos segundos, y una sensación extrema latió dentro de él. Sacudió su cabeza y negó otra vez más… era imposible: aquellas cosas no sucedían en la vida real.

Al menos no dos veces.

—¿E-entonces n-no la van a ir a b-buscar…? — insistió Saga otra vez, con un tono de voz poco natural en él.

Aure se agarró la cabeza, hastiada… al cuerno con esos niños inútiles.

—¿¡Kanon eres imbécil!? — comenzó a gritar desencajada. —¡Vete a tu cuarto de una maldita vez! ¡Estoy harta de tu actitud nefasta, sólo nos has traído problemas desde que llegaste! ¡Ojalá no los hubiésemos traído!

Sólo pocos segundos le tomó a Saga salir corriendo por aquella infernal puerta gritando sin control, a corazón abierto, sin saber que su vida estaba a punto de cambiar para siempre. Dentro de su pecho golpeteaba algo que jamás había sentido antes, algo que le causaba un dolor insostenible… su mente estaba completamente bloqueada, su visión borrosa, sus extremidades quemaban como nunca pero de alguna manera sus pies se movían solos, adentrándose en la ciudad. La lluvia los envolvía, junto con el barrio salpicando aquellos ropajes que alguna vez habían disfrutado.

Kanon seguía su paso como podía, ¿desde cuándo su hermano corría tan rápido? Algo raro estaba pasando con él, Saga siempre era el único que mantenía la compostura pero ahora parecía una persona completamente diferente, avanzando como si supiese directamente a dónde ir, desencajado… Definitivamente algo iba a pasar y pensar en eso hacía que su interior se desborde de expectativas.

—¡Saga! ¡Espera, Saga! — el menor lo llamó, pero estaba yendo tan rápido que le faltaba el aire. — ¿¡A dónde vas!?

Su hermano no le respondió, no podía dejar de gritar a viva voz… Saga estaba totalmente desconsolado y no entendía nada de lo que estaba pasando, lágrimas brotando de sus ojos como si la ira lo hubiese intoxicado por completo. Imágenes varias asaltaban su cabeza guiando sus piernas, sus orbes ardiendo como jamás lo habían hecho antes: podía sentirla… podía sentir a Kaname, no sabía por qué pero sí, era claro que ahora estaba muy cerca.

Saga frenó sus pasos de golpe, sin darle a Kanon tiempo de reacción para frenar. El menor chocó contra él y cayó al piso, tremendamente agitado. Se tomó el abdomen sintiendo unas punzadas terribles e intentó controlar su respiración, pero con todo el ejercicio que había realizado sin preparación alguna era difícil.

—Kanon…

Géminis menor lo miró desde el piso, exhausto: su hermano también estaba agitado, pero de alguna manera podía hablar.

—…Por favor no me tomes por loco, pero Kaname está aquí adentro. — habló Saga, señalando la casa que se encontraba frente a ellos. El mayor temblaba y jadeaba a más no poder. —N-no sé cómo lo sé, pero sé que está aquí. Estoy seguro.

Algunos segundos de silencio pasaron entre ambos, la lluvia aun cayendo sin piedad inundando las calles de tierra. Un Kanon empapado en agua y barro se levantó como pudo, todavía respirando agitadamente.

—Saga… ¿de verdad estás seguro? — inquirió Kanon, arrastrándose hasta la puerta con dificultad.

—Sí Kanon, ella está aquí. — el mayor confirmó mientras se agarraba la cabeza, sintiendo una enorme presión dentro que estaba a punto de volverlo loco.

Aquella respuesta positiva sólo sirvió para renovar las energías de Kanon, quien tomó el picaporte con entusiasmo: esta vez no la dejaría ir, así tuviese que quebrarle las piernas.

—¡Entonces entremos!

—¡No! Esp- —quiso hablar el mayor, pero fue interrumpido por acto reflejo de su propio cuerpo, ahora en clara rebeldía contra él.

Saga se dobló hacia adelante violentamente, agarrándose el estómago y llevándose la otra mano a la boca por instinto: de sus arcadas provino una gran cantidad de saliva, que se escurría entre sus dedos, viscosa.

—N-no, Kanon… —continuó como pudo, usando la pared como apoyo. — T-tenemos que llamar a la policía…

Su hermano menor se acercó a ayudarlo, posando su mano en el hombro de Saga. Al verlo de cerca pudo notar que tenía los ojos muy rojos, extremadamente irritados. Jamás había visto una cosa así: estaban casi completamente rojos, casi como inyectados en sangre.

—¿Estás bien? — balbuceó Géminis menor, sintiendo algo de impresión ante aquel descubrimiento.

—S-sí, estoy bien… eso creo. — Saga no podía evitar dudar, se sentía extremadamente enfermo y extraño. — Kanon por favor, hay que ir a buscar a la policía…

—Saga, ¿de verdad piensas que nos van a creer? — arremetió el menor nuevamente sin poder salir de sus propios prejuicios. —Sabes muy bien lo mierda que son los adultos… se van a reír en nuestras caras, ¿no entiendes eso?

Kanon miraba a su hermano con el ceño fruncido, molesto por la impotencia que le causaba pensar en eso… pero todo pensamiento se disipó súbitamente al notar como Saga volvía a contraerse de forma violenta, ahogando en un grito de dolor que le fue imposible contener.

—¡Y-ya lo sé Kanon! Sé bien a qué te refieres…— susurró Saga con bronca.

—¿Entonces qué esperas? — El menor tironeó a Saga del brazo, decidido. —Kaname no es la primera que desaparece, ningún adulto se ha molestado en hacer algo ¿y tú quieres ir a buscarlos?

—No lo sé… es peligroso…

La dualidad de aquel geminiano se hizo presente en aquel instante: tenía un muy mal presentimiento sobre todo aquello, pero a la vez algo en su interior se lo rogaba, le pedía que por favor entre, gritaba a viva voz por su libertad. Kanon podía escuchar su lamento con claridad por lo que no perdió un solo segundo en intentar convencerlo:

—Saga, vamos… tú sabes que somos los únicos que podemos hacer esto.

El mayor se mantuvo en silencio por unos segundos, aún dubitativo, masticando las palabras de Kanon. Sabía que nadie iba a prestarles atención sólo por el hecho de ser niños, como si cada palabra que saliese de su boca sólo fuese una fantasía tonta… definitivamente, nunca iba a volverse un adulto como ellos.

—Está bien Kanon, tienes razón. —contestó Saga con decisión, para luego repetir las palabras de su hermano. —Solo nosotros podemos.

Es que, realmente… ¿quién iba a creerle sin pruebas? Saga no entendía bien cómo pero la sentía, sabía que Kaname estaba ahí dentro, podía palpar la energía que su cuerpo emanaba de la misma manera en la que aquella vez visualizó la tristeza de aquel hombre en el parque.

Finalmente miraron hacia los costados con precaución, corroborando que no hubiese nadie y Kanon tomó de sus bolsillos un pedazo de plástico de tamaño mediano, similar a un recorte de botella, el cual colocó entre el marco de la puerta y la estructura de madera.

—Si con esto no abre te juro que la tiro a patadas, Saga…

Kanon movió la tarjeta hacia adelante con suavidad, al mismo tiempo girando despacito el picaporte, su rostro iluminándose al ver la puerta cediendo bajo sus manos mágicas y aquel truco de ratero.

—No voy a preguntarte dónde aprendiste eso… — dijo el mayor con algo de resignación ante la sonrisa de su hermano.

Ambos gemelos entraron rápidamente con una inconsciencia puramente infantil, sin medir ningún tipo de consecuencia o peligro. Apenas puso pie allí adentro, Saga fue invadido por una ráfaga de sensaciones que laceraron aún más sus sensibles sentidos, sin entender nada de nada… en él confluían decenas de energías entrelazadas pidiendo ayuda, rogando que alguien las salve: ¿qué diablos era todo esto? La sobrecarga en su interior era inminente, habiendo sobrepasado su límite hace rato ya, pero si se esforzaba un poco más… si lograba concentrarse nuevamente, sabía que podría sentir a Kaname con más claridad.

Pero aquello tenía un precio y su cuerpo se lo estaba cobrando con creces: Saga tambaleaba de un lado a otro, notablemente mareado, y su hermano lo rodeó con su brazo para ayudarlo a mantener el equilibrio.

—Gracias Kanon. — susurró el mayor, cerrando los ojos con fuerza.

Se adentraron en aquel pasillo sucio, estrecho, que ni siquiera servía para brindarles resguardo de la lluvia dado que no tenía techo. Ya la noche se había expandido bastante causando que las temperaturas bajen, y los dos avanzaban a paso lento, chapoteando entre las baldosas rotas. Y de pronto un grito resonó en su mente, calándole los oídos en desesperación… Su pulso se disparó, su adrenalina aumentó considerablemente: Kaname definitivamente estaba ahí y ahora sólo restaba encontrarla.

Kanon se dirigió hacia una de las puertas que estaban a la izquierda, entreabiertas, y se asomaron lo más sigilosamente que pudieron. El mayor aún trastabillaba y su hermano se encargaba de sostenerlo firmemente para que no desfallezca.

—¿Escuchas algo Saga…? —preguntó el menor en voz baja.

—Suena como estática…

La habitación estaba completamente a oscuras, con excepción de un televisor encendido que no sintonizaba ningún canal. No podían divisar mucho, pero tampoco sentían la presencia de alguien más allí dentro.

—No parece que haya alguien. —agregó Kanon, ya sin prestar tanto cuidado.

Y nuevamente un inmenso sacudón de energía brotó dentro de Saga, como si una gran corriente estuviese a punto de explotar dentro de él. Su corazón se aceleró a límites poco humanos, aferrándose con fuerza a su hermano mientras volvía a reprimir aquellas ganas violentas de vomitar.

—Saga, no entiendo qué te está pasando…

Kanon otra vez volvía a sentir aquella anticipación que lo inundó minutos antes, expectante ante el desarrollo de todo lo que sucedería: ya no sentía miedo, al contrario… sabía que algo iba a pasar y necesitaba verlo.

—…estás raro.

—Vamos Kanon, no hay nadie. — lo interrumpió Saga, avanzando hacia adentro como pudo: el camino era más claro que nunca ante sus ojos ciegos de dolor.

Aquella sensación incómoda no hizo más que acrecentarse en ambos, mientras Saga caminaba con decisión dentro de esa casa desconocida, entre la oscuridad que los envolvía por completo. Géminis mayor se refregó los ojos, ignorando que cualquier dejo de sus blancas córneas ahora había sido reemplazado por un rojo profundo, y tragó saliva: estaban cerca de Kaname. Por fin… por fin podrían volver a verla.

¿Qué sería lo primero que le dirían…?

Subieron al primer piso lentamente, con cuidado de no caerse, y de a poco un olor extremadamente desagradable comenzó a penetrar sus orificios nasales: era fétido y profundo, como si llevase tiempo caldeando el ambiente.

—Qué asco… — espetó Kanon con desagrado, llevándose la mano a la nariz.

Fue en ese exacto momento en el que todas las molestias de Saga desaparecieron súbitamente: no había rastro de aquella presión que sentía adentro de su cabeza, ni del ardor de sus ojos, y menos que menos de sus nauseas… mágicamente, de un segundo para el otro, todo había terminado. Y una nueva mezcla bizarra de sensaciones lo inundó, de un mundo que jamás había conocido, que jamás había palpado... algo había ocurrido. Algo había terminado de gestarse y brotó de él, explotando su cuerpo en miles de pedazos.

—Kanon.

El menor jamás olvidaría el pavor que sintió aquella noche al escuchar el lado oculto de Saga. No hubo pelo de su cuerpo que no se erizase, que no respondiese al miedo, al terror que lo inundó. Aquella voz era grave, profunda, gutural, se erguía sobre él con decisión, innatamente sabiendo qué hacer.

—Espérame aquí. — le dijo Saga. —Ni se te ocurra venir.

Los últimos escalones que los separaban del pasillo eran tenuemente iluminados por la luz proveniente de la habitación al final de aquel corredor, donde Kaname se encontraba. Las piernas de Kanon respondieron al comando de su hermano, doblegándose ante su orden, incapaz de moverse un solo centímetro… ¿su hermano? No, aquel niño que caminaba decidido no era más el Saga que alguna vez había conocido: era poderoso, gigante, como si fuese a cargarse el mundo entero él solo.

Kanon escondió su rostro entre sus manos, temblando sin control, su cuerpo sacudiéndose involuntariamente sin darse cuenta que la sonrisa se le rebalsaba de entre los dedos.

Saga entró a aquella habitación como si nada sucediese, desarrollándose ante él el horror: ahí estaba Kaname, su Kaname... pero poco podía ver de ella, sobre su pequeño cuerpo atado a la cama se encontraba un hombre a horcajadas, tocando su asqueroso miembro con pasión viril y decadente. De su boca brotaba un aliento pungente, podrido, y de su pene escurría un líquido viscoso blanco entre gemidos ahogados. Kaname estaba ida, amordazada y casi completamente desnuda, con los ojos perdidos en un mundo al cual ninguno de los gemelos podría acceder; su cuerpo brillaba, golpeado, cubierto en aquella descarga impura.

—Perdóname por haber tardado tanto. — habló Saga, su voz grave, sonando completamente falta de vida.

Aquel sucio adulto se sacudió del susto ante las palabras de Saga, estaba tan compenetrado en su juego que no había escuchado a nadie entrar a la casa. Se dio vuelta con furia, dispuesto a saltar sobre aquel niño metido que había aparecido.

—¡Te voy a matar, mocoso de mierda! — gritó con furia, abalanzándose sobre él.

Las extremidades del menor se llenaron de fuerza al sentir el escándalo, impulsándose hacia el pasillo con necesidad de ver qué estaba ocurriendo: su hermano se lo había prohibido pero tenía que hacerlo, debía verlo… quería ver hasta dónde llegaba esta vez. Ya poco le importaba Kaname, su mente se había inundado de un placer inmundo, de ambición, de poder.

El mayor de los gemelos esquivó al hombre con facilidad. Bajo su estado normal hubiera sufrido todos aquellos golpes pero en esa ocasión los movimientos le resultaban tan lentos como una tortuga, Saga sentía fluir en su interior una fuerza que jamás había conocido, un sentimiento que lo embriagaba… ya no podía parar. Tomó envión para asestarle una patada en los tobillos, haciéndolo caer con violencia de bruces entre la habitación y el pasillo, frente a los ojos de un emocionado Kanon. Un grito gutural se expandió por la casa, aquel hombre lloraba a los gritos abrazado a sus piernas, sintiendo un dolor terriblemente agudo: sus tobillos habían sido fracturados sólo con un golpe y le era imposible ponerse de pie.

Súbitamente y alertada por los gritos Kaname despertó de su sopor y al ver a Saga allí dentro comenzó a volver en sí, sacudiéndose e intentando hablar a pesar del trozo de tela mugroso que tenía atado alrededor de su cabeza. Allí mismo tomó consciencia de lo que estaba sucediendo frente a sus ojos… oh diablos, ¿qué había pasado? Ese no era su Saga, esa era otra persona violenta, con una terrible pulsión de oscuridad que brotaba de entre sus ojos tan rojos como la sangre, rasgados en ira y carentes de humanidad. No había otra razón: todo era su culpa, si no se hubiese escapado, si hubiese aguantado un poco más, si hubiese intentado hablar con los gemelos… tantos remordimientos cruzaron su mente, inundándola de arrepentimiento.

—Ya falta poco Kaname… —susurró el mayor. — Por favor, espérame unos minutos más.

Saga no había reparado en que su hermano se encontraba a pocos metros mirando con emoción aquel espectáculo violento. En aquel momento sólo reconocía toda la fuerza que se estaba concentrando dentro de él, muriendo por hacerla fluir a través de su cuerpo… se sentía inmortal, ciego de ira ante aquel adulto bastardo: sólo quería hacerlo desaparecer de este mundo.

El hombre no podía quitar sus ojos de encima de Géminis mayor, observando con pavor cómo se encontraba cada vez más cerca de él… sentía un terror excepcional ante la fuerza del chico, podía ver en sus ojos a la misma muerte sonriéndole. Gritó aterrado a todo pulmón, extendiendo los brazos para evitar que se acerque más, su orina brotando involuntariamente de la punta deformada de aquel miembro sucio.

—¡NO! ¡Por favor…! ¡Juro que no lo volveré a hacer!

—Gritas como el cerdo asqueroso que eres… — dijo Saga, escupiendo su rostro con desprecio. —No pienso escuchar tus quejidos ni una sola vez más.

La garganta del hombre se silenció para siempre al recibir otra patada del niño, causándole una ruptura completa de la tráquea cervical e impidiéndole respirar.

—Estás demente si crees que te dejaré ir tan rápido...

El menor se colocó sobre la espalda de aquel pederasta y pisó con fuerza ambas articulaciones de los hombros, fracturándolos. El hombre intentó gritar desesperado, muerto de dolor, mientras que el poco aire que le quedaba se disipaba en segundos, comenzando a asfixiarse.

Kanon observó todo con una enorme sonrisa, sintiendo una alegría inconmensurable brotar dentro suyo: ese adulto maldito sí que lo merecía, estaba recibiendo todo lo que le correspondía. Era tan real que podía palparlo con sus pequeñas manos… si contaba con Saga, definitivamente podría mostrarles a todos esos adultos de mierda lo que se merecían… Saga ya no era más su hermano: se convertiría en la herramienta con la que podría tener el mundo a sus pies. Sí, allí mismo lo había decidido y haría hasta lo imposible por conseguirlo.

Sentado sobre aquella espalda espástica Saga tomó con parsimonia los cabellos de aquel sucio hombre y sin vacilar comenzó a estrellar su cara contra el piso, sin medir su fuerza, dejando fluir todo su odio, todo su resentimiento, todo ese poder nuevo que lo inundaba. Era tan veloz que Kanon, anonadado, no podía llevar la cuenta de cuántos golpes habían sido ejecutados: era como si una gran galaxia de energía hubiera acudido a Saga, a su comando. La sangre brotaba sin parar de entre el rostro desgarrado del hombre, los globos oculares totalmente desprendidos y aplastados colgaban de él cada vez que su cabeza era levantada a la fuerza; los dientes disparados hacia las paredes y el techo, el cráneo fragmentado, materia gris y blanca decorando todo a su paso.

Ninguno de los tres supo cuánto tiempo pasó hasta que Saga dejó de golpearlo, pero ese hombre ya estaba más que muerto, con su rostro aún más arruinado, totalmente irreconocible. Finalmente se paró, dirigiéndose en silencio hacia Kaname, quien lo observaba llorando y temblando a más no poder: también se había orinado, presa del pánico.

—P-perdóname… —balbuceó Saga, acercando sus manos hacia ella y arrancándole las ataduras.

El mayor lo había visto antes, pero ahora que la tenía cerca pudo comprobar realmente qué tan lastimada estaba. Se llevó una mano a la cabeza, con los ojos desorbitados de culpa, sintiéndose morir… Había vuelto a la normalidad.

—¡Perdóname! — gritó a viva voz, llorando desconsoladamente mientras se abrazaba a ella con fuerza. —¡No pude protegerte…!

Kaname respondió al abrazo sin importarle si se llenaba de sangre de ese sucio hombre, verlo así la desgarraba aún más y necesitaba consolarlo. Quería llenarlo de cariño, de amor, de todo eso que nunca tuvo… ya nunca más se quejaría, jamás volvería a renegar, de ahora en adelante viviría exclusivamente para ellos, para satisfacerlos en lo más mínimo que necesitasen: lo había decidido, si con eso podía evitar causarles tanto sufrimiento entonces valía la pena perderse a sí misma para siempre.

Kanon se acercó lentamente, trastabillando, también salpicado de todo tipo de fluidos corporales sin poder contener su emoción.

—¡Lo hiciste! ¡Saga, lo hiciste! —gritó extasiado. —¡Pusiste en su lugar a ese adulto! ¡Lo mataste!

Al tomar reparo en las últimas palabras que pronunció su hermano, el mayor soltó a Kaname e intentó darse vuelta, pero ella no se lo permitió.

—¡NO MIRES! — exclamó desesperada: tenía que protegerlo. —Por favor, Saga…

El labio inferior de Saga comenzó a sacudirse sin control, ignorando la súplica de la joven. Giró sobre sí, lentamente, sus ojos completamente desencajados posándose sobre el cadáver: automáticamente se dobló, vomitando profusamente todo el piso de la habitación.

—P-p-por D-dios… ¿Lo m-maté…? —balbuceó el mayor, desencajado, agarrándose con fuerza la cabeza. —¡Por Dios! ¿¡Qué hice!? —comenzó a gritar fuera de sí.

Ahora la cabeza volvía a estallarle, más fuerte aún que antes, induciéndolo a la locura. Se agachó y se colocó en posición fetal, temblando sin parar. No podía creerlo, no podía ser real… ¿Él lo había hecho? ¿Cómo? ¿Por qué no recordaba nada…?

—¿Qué estás diciendo Saga? ¡Con tu fuerza podemos cargárnoslos a todos! —El menor seguía en un estado de éxtasis, loco ante lo que había presenciado. —¡Ya nunca más nos dirán qué hacer! ¡Sólo tienes que sacar ese poder e ir cargándotelos de a uno…!

Con la poca cordura que le quedaba Kaname se tragó las lágrimas y se acercó al menor de los gemelos, propinándole una cachetada.

—¿¡Qué mierda estás diciendo Kanon!? ¿¡No puedes ver lo mal que está Saga!?

—¡Nos han manipulado por tanto tiempo y a ti también! ¡Esta puede ser nuestra venganza…!

Kaname se arrodilló junto a saga y lo estrechó entre sus delgados brazos, en un vago intento de consolarse a sí misma.

—¿De qué estás hablando…? —susurró Kaname con el último hilo de voz que le quedaba. —Yo lo único que quiero es que seamos grandes y podamos vivir los tres juntos, en una misma casa… S-si nos separan no podré tolerarlo.

Más allá de todo sentimiento corrupto que estuviese inundando a Kanon, la realidad era que sólo era un niño de ocho años que jamás había conocido lo que era el amor, creciendo en un ambiente lleno de maltrato y odio. La única que alguna vez le había brindado algo parecido era ella, la única que lo había abrazado, acompañado, querido… No quería perderla, no podía darse ese lujo y ese mismo pensamiento fue el que causó que Kanon lentamente vaya cayendo en la gravedad de lo sucedido y en lo destrozado que estaba su hermano. Aunque si tenía que ser sincero, no sentía en lo absoluto pena ni remordimiento ante lo que había presenciado, jamás se le pasó por la cabeza evitarlo… ahora que había podido sentir una pizca de poder quería más, tenía una sed de venganza inagotable que lo carcomía intensamente. Quería volver a sentir todo otra vez y si él no lograba hacerlo, sólo bastaba con volver a manipular a Saga a su antojo.

—¿Qué diablos hice…? — continuó lamentándose el mayor, sin entender nada de nada, comenzando a tirar de sus cabellos: no podía quitar sus ojos del cadáver. — ¿Lo maté…? ¿Yo lo hice…? Díganme que no, por favor… Yo no lo maté, ¿no?

—Kanon por favor, tenemos que salir de aquí ahora… — rogó Kaname, Kanon observando los golpes que ella tenía en su cuerpo.

Entre los dos tomaron a Saga como pudieron, quien se rehusaba a salir de la habitación, y lo arrastraron hacia la salida.

—¿¡Yo lo maté!? ¿¡Yo lo hice!? — Saga no dejó de gritar en todo el camino, completamente desbordado.

Finalmente habían regresado a aquel pasillo sin techo pero ahora directamente estaba diluviando, el agua cayendo pesadamente sobre ellos quitando gran parte de sangre de sus pieles, más no así de sus ropas. Y aun cargando a Saga, los tres salieron de aquella casa, para no volver a poner un pie dentro de ella nunca más en sus vidas.

Si decían que no lo sabían en realidad estarían mintiendo… eran conscientes de que las marcas físicas eventualmente desaparecerían, pero en cambio las internas jamás se borrarían. Aunque el tiempo pasase dentro de ellos quedaría el recuerdo de lo sucedido, se mantendría para siempre aquella unión simbiótica y obsesiva, de necesidad mutua y fatídica.

Aquel amor enfermo en su estado más salvaje.

—Kanon… — balbuceó Saga con la voz quebrada. — ¡Es todo tu culpa! ¡Te dije que debíamos llamar a la policía…! ¡Ahora yo-

El menor soltó a su hermano bruscamente, enfurecido ante las palabras que profería, y lo golpeó en el rostro sin piedad dejando que Saga al suelo con un golpe seco. El agua y el barro saltaron en todas las direcciones, hundiéndose el mayor en el piso inundado.

—¡Saga por favor! ¿¡Qué mierda dices!? — exclamó el mayor, completamente fuera de sus casillas, muerto de miedo ante lo que deberían enfrentar. — ¿¡Qué es mi culpa!? ¡Tú fuiste el que decidió ir tan lejos! ¡Ya maldita sea, hazte hombre de una buena vez! — continuó a los gritos, ahora la lluvia enmascarando sus lágrimas.

Nuevamente, no podía contenerse: Kanon volvió a derrumbarse por completo. El peso de aquella despedida era inmediato y no sabía cómo expresarlo.

—Ya lo sabes… — sollozó Saga desde el piso, sus ojos azules brillando a través del agua.

—¡NO LO DIGAS!

—…Ya sabes que van a separarnos. —La sonrisa inerte se elevó llorando hacia el cielo.

—¡NO! ¡NO, BASTA! ¡NO QUIERO ESCUCHARLO!

Kaname se agachó junto a Saga, arropándolo con cariño una última vez con aquellas extremidades frágiles y derrumbadas. Cómo hubiese deseado tener otra oportunidad de brindarle el afecto maternal que tanto les hacía falta…

—Saga, no digas eso… ¿Y si nos separan qué pasa? —comenzó a hablar ella, conteniéndose para no romperse aún más. Tenía que ser fuerte por ambos, era su deber. — Cuando seamos grandes, quiero que vivamos todos juntos en una gran casa… una casa enorme, con pileta, jardín… todas esas cosas que tienen las familias, todo eso que nunca tuvimos. Sólo nosotros. — su voz la traicionó, una vez más, pero no podía fallarles: ahora la necesitaban más que nunca. —Es una promesa, ¿o no…?

El cuerpo de Kanon se aflojó por completo, mentalmente destruido, con su corazón asfixiándose ante aquella inminente despedida. Se abalanzó sobre ambos abrazándolos con todas sus fuerzas; sus gritos desgarradores perdiéndose entre aquel diluvio helado, infinito, que los calaba hasta el fondo de los huesos.

Saga, Kanon y Kaname a sus ocho años habían vivido cosas que jamás un niño debería enfrentar y menos aún experimentar; presenciando en primer plano toda la suciedad y la miseria humana, la pobreza, cada uno desarrollando diferentes mecanismos de supervivencia ante la tristeza que los rodeaba. Pero en ese momento, y aunque los gemelos no quisiesen admitirlo, ambos deseaban por una única vez que aquellos adultos que tanto odiaban pudiesen llegar a entenderlos… más sabían que, ante lo que debían enfrentar ahora, la vida no se comportaría de esa manera.

En el mundo marginal en el que les había tocado nacer, la palabra "justicia" era inexistente para niños miserables como ellos.

Y el hecho de que Aure los estaría esperando en la casa, lista para darles su merecido, era algo obvio para ellos por lo que no esperaban una bienvenida precisamente amable.

—¡Saga! ¡Kanon! Por Dios, ¿Kaname…? ¿¡Qué diablos pasó!? — exclamó Soterios, extremadamente preocupado ante el estado en el que habían llegado.

Si bien ya no contaban con tanta sangre en su cuerpo, estaban empapados en agua y la ropa estaba prácticamente teñida de rojo, los tres sucios de barro. Kaname en particular era la que peor estaba, apestando a orina y con el olor pungente y vomitivo propio del semen impregnado en su pegoteado pelo; su cuerpo completamente magullado, lleno de moretones y marcas de ataduras.

Aure se acercó rápidamente hacia la puerta, sin creer lo que estaban viendo sus ojos: definitivamente esto había ido demasiado lejos. Aquella mujer se acercó hacia Saga y lo cacheteó con fuerza, sin titubear en ningún momento.

—¡Kanon de verdad ya me tienes cansada! ¿¡Qué diablos le hiciste a Kaname!?

Kanon iba a intervenir pero el mayor, ya cansado de toda esa pantomima, no lo dejó hablar.

—¡NO SOY KANON! — gritó Saga a todo pulmón. —¡Si hice algo fue rescatarla de un enfermo que estaba haciéndole cosas malas…!

—¡Es cierto! ¡Saga no me hizo nada! — Kaname exclamó mientras se abrazaba a la pierna de Aure, intentando frenarla.

—¡Ya basta!

Harta de todo Aure se sacudió a Kaname con fuerza, causando que se caiga de costado contra las baldosas frías.

—¡YO LO MATÉ! — volvió a gritar Saga como loco. —¡LO MATÉ, LO MATÉ Y LO HICE SUFRIR TODO LO QUE PUDE! ¡PORQUE NINGUNO DE USTEDES SE PREOCUPÓ POR ELLA!

La habitación se mantuvo en silencio por unos segundos, Kanon reprimiendo una sonrisa ante la confesión de su hermano. Kaname volvió a sollozar, mientras que Soterios se llevó ambas manos a la cabeza agarrándola con fuerza: había fracasado enormemente, ya no había punto de retorno. Toda su vida se estaba yendo al diablo sin remedio alguno, arrepentido hasta la raíz. Él lo sabía, Denae se los había advertido.

No era la primera vez que pasaba…

…pero Saga nunca recordaba.

—Aure… Por favor, llama a la policía. — pidió Soterios con voz seria, completamente derrotado.

—¿No entienden que ustedes también lo mataron…? —balbuceó el mayor de los gemelos, cubierto nuevamente en oscuridad y tristeza. —Ustedes también tienen la culpa.

—¿Saga? ¿Qué estás diciendo…? Nosotros no hicimos nada… — respondió el hombre de la casa.

—Los adultos también pueden matar con la indiferencia.

Aquella fue la última vez que Kaname vio a los gemelos. Minutos más tarde la policía llegó junto con Denae y ambos se marcharon con ella sin queja alguna, totalmente doblegados ante el rostro compungido de aquella niña a la que habían defraudado: La primera, la única, la última ante la cual se entregarían de aquella manera.

Tras algunas pocas semanas de investigación finalmente pudo corroborarse que Saga había cometido ese asesinato, comprobándose que era un pedófilo buscado en toda Grecia por los crímenes aberrantes que había cometido, teniendo varios casos de abuso y asesinato en su poder. Debido a que Saga era menor de edad nadie presentó cargos contra él, pero ambos hermanos fueron derivados a un reformatorio de menores alejado de las ciudades. Y dada la alta peligrosidad en la que fueron catalogados, algunos pocos meses después el Gobierno decidió deshacerse de ellos enviándolos al Santuario: sabían que los entrenamientos eran tan arduos que contaban con altas chances de morir en el intento… lo que ellos querían, pero sin tener que ensuciarse las manos.

Kanon jugueteaba con un envoltorio de caramelo sobre la mesa de Milo, con un semblante digno de la historia que acababa de contar.

—Y bueno, luego ya sabes el resto de la historia… —dijo el Caballero de Géminis, moviendo aquel envoltorio de papel plateado, con sus orbes fijas en el reflejo de la lámpara sobre el. —¿Estás contento ahora Milo?

Escorpio tragó saliva, algo agitado ante la crudeza de aquella historia que rebotaba en su mente. Sus pensamientos absortos en esos personajes tan jóvenes, tan diferentes a la realidad amena que durante todo ese tiempo se había desarrollado frente a él… Claramente necesitaría algo de tiempo para poder procesar todo aquello.