La voz de mi corazón.

Capítulo 11

Por Lu de Andrew.

OoOoOoOoOoO

Candy observaba el crepúsculo desde lo alto de la colina de Pony, recargada sobre el grueso tronco del padre árbol. Después de regresar del pueblo en compañía de Tom, se dedicó por entero a atender a sus enfermos, la que mostraba mejoría era la hermana María. Pero estaba preocupada por los niños, su temperatura no descendía como ella lo deseaba. Se sentía impotente que siendo médico, solo podía tratar los síntomas de la enfermedad, pero no curarlos.

Se había mantenido ocupada y estaba exhausta, tanto física como mentalmente. Una ráfaga fría, acompañó un profundo suspiro, no dejaba de pensar en Albert. Se sentía culpable y sumamente tonta. ¿Qué estaría haciendo en esos momentos? ¿Estaba pensando en ella? ¿Le daría una oportunidad? O, al contrario, ¿la alejaría para siempre de él? Después de todo, no le brindó su apoyo cuando más lo necesitaba.

-¡Candy!

La voz potente de Tom la sacó de sus cavilaciones, y por un momento agradeció su interrupción. Se giró hacia él y le sonrió, no sabía por qué, pero había visto a Tom demasiado serio desde su llegada, y no creía que solo fuera por lo sucedido con Albert.

-Tom, ¿sucede algo? – Su rostro se ensombreció por un instante, temerosa de que alguien estuviera peor. Ella no quería separarse de sus pacientes, pero la señorita Pony le aseguró que ella, las maestras que estaban sanas, y el mismo Tom que había llegado un día antes para ayudarles, se encargarían de cuidarlos a todos en lo que ella se distraía un poco.

-No pasa nada. La señorita Pony dice que debes comer algo, te has saltado las comidas, así que acompáñame. –

Candy lo siguió en silencio. Observó entre las sombras de la noche, el rostro de su amigo y supo que algo andaba mal con él. Hacia meses que le había escrito platicándole acerca de su creciente relación con una joven de la ciudad. Era de buena familia y él estaba muy entusiasmado. Pero recordó de pronto que sus cartas se habían tornado un poco lejanas y cada vez menos comunicativas, y sobre todo, ya no mencionaba a su joven novia. Incluso se había excusado por no asistir a su fiesta de compromiso.

-Tom, ¿qué te pasa? – Tom detuvo su paso unos instantes, para verla con el ceño fruncido.

-¿De qué hablas, Candy? No me pasa nada. –

-Entonces, ¿por qué siento que hay algo roto dentro de ti? – Su amigo siguió caminando a pesar de que la rubia se detuvo a medio camino.

-No me digas, ¿ahora te volviste experta en corazones rotos? – Él habló con más brusquedad de la que quería pero no se pudo controlar.

-Yo no dije nada de corazón roto, ese fuiste tu... Y no, no soy experta en corazones, no soy cardióloga. –

Tom la observó como si tuviera dos cabezas, en parte por su intento de chiste en medio de su plática, pero sobre todo, porque supo que con lo de "corazones rotos", se había delatado.

-No quiero que pienses que solo me quiero enterar de lo que te pasa. Me preocupas, te exaltaste demasiado cuando te dije que había dejado a Albert, pero sé que tu actitud conmigo no se debe solo a eso. No quisiste asistir a mi fiesta de compromiso, y aunque no te perdiste de nada, ni siquiera me diste una explicación. Yo te platiqué lo que pasó en Chicago porque te tengo confianza, eres más que mi amigo, se podría decir que somos hermanos, ¿acaso no me tienes confianza? –

Candy se había acercado hasta su lado para verlo directamente a los ojos. El la miró unos segundos, pero apartó su vista para ver hacia el horizonte.

-¿Recuerdas a Ivonne? – Preguntó después de unos minutos en silencio, su rostro se contrajo duramente.

-Claro, tu novia. –

-Mi exnovia. –

-¿Qué quieres decir? Todo iba bien entre ustedes. –

-Eso fue antes de que su padre se enterara que soy hijo adoptivo y que provengo del hogar de Pony. Su aristocrática familia no puede mezclarse con alguien que no sabe quienes fueron sus padres. –

-Pero, ¿ella qué dijo? – Tom sonrió sombríamente.

-Que su padre tenía razón, sería la comidilla de la ciudad si alguien se enterase. Así que, a pesar de que hacia solo una semana que nos habíamos comprometido, me devolvió el anillo y terminó conmigo... así de fácil. No le importó absolutamente nada, ni siquiera me permitió decirle que nada le faltaría a mi lado, que le podía dar la clase de vida a la que estaba acostumbrada. Las cosas en el rancho van viento en popa, y con la inversión que ha hecho Albert aún más. Por eso cuando me platicaste la manera en que lo habías dejado, me molesté más de la cuenta...creo que te mereces una disculpa... -

-Nunca me dijiste que te habías comprometido. –

-Quería que fuera una sorpresa, tenía planeada una comida en donde le presentaría a la señorita Pony, a la hermana María, a Annie y a ti. Quería que conociera este lugar al que le tengo tanto cariño. Fue por eso que ella y su familia se enteraron de mi origen. No me arrepiento de haberlo hecho, ¿sabes? Pero me dolió su reacción, yo... yo la quería. –

Y Candy supo que seguía queriendo a esa mujer. Lo abrazó con fuerza.

-Lo siento tanto, Tom. Pero una mujer como ella, no vale la pena. –

-Lo sé, y eso es lo que me repito constantemente, pero no deja de doler. –

Candy ya no supo que responderle porque no quiso seguir martirizando a su amigo. Observaron las primeras estrellas del cielo y Tom por fin habló.

-Será mejor que entremos, la temperatura está bajando y la señorita Pony te está esperando para comer. –

Ella asintió y entraron a la calidez del recibidor. Gracias a Albert y a varios conocidos empresarios amigos suyos, el orfanato contaba con la solvencia suficiente para mantener a más niños y maestras. Habían agrandado las instalaciones y ahora contaba con todas las comodidades disponibles para que los niños vivieran dignamente.

Por fin encontraron a la señorita Pony que estaba preparando los alimentos junto con una señora del pueblo que les ayudaba en la cocina.

-¡Candy! Creí que Tom no te había encontrado –

La señorita inmediatamente le sirvió una sopa de pollo. Tom se quedó recargado en el umbral de la puerta, las manos dentro de los bolsillos de su pantalón en una pose despreocupada, pero se le veía un poco más relajado. Al verlo, Candy se prometió que una vez que se solucionara todo en el hogar y principalmente con Albert, lo invitaría a pasar una temporada con ellos en la ciudad. Tal vez lo que necesitaba era distraerse y conocer a otras jóvenes.

-Candy quiso ver las primeras estrellas, señorita Pony – contestó Tom, por si acaso Candy decidía meter la pata. Según él, la señorita Pony pensaba que todo iba bien después de lo sucedido.

-¡Oh, bueno! Anda, Candy, siéntate a comer que buena falta te hace. He dejado a la maestra Paula al cuidado de los niños. –

-¿Siguen igual? – Preguntó Candy inquieta.

-Al menos no les ha subido más la fiebre. –

-Debo apresurarme para refrescarlos antes de que anochezca más. –

-¿Quieres que lo haga yo? – Preguntó Tom. – Después de todo has dicho que serás tú quien los cuide en la madrugada. Así comes con tranquilidad y descansarás un poco. –

-Me parece bien, Tom, gracias. Pero por favor, si ves que algo va mal, házmelo saber. –

Tom asintió y salió rumbo a las habitaciones que Candy había escogido para poner en cuarentena a los enfermos para evitar los contagios. La señorita Pony, soltó un suspiro y se sentó a lado de Candy.

-Ha estado como sonámbulo estos últimos días. – Le comentó con preocupación a Candy. – Cuando llegó aquí, pensé que era por la enfermedad, pero algo más le preocupa, no ha querido decírmelo. – Evidentemente, Tom no quería preocupar a la señorita, o tal vez no quería decirle que su prometida lo había dejado por ser hijo de su hogar. En cualquier caso, ella no diría nada al respecto.

-Estoy segura que si algo muy malo le pasa, se lo contará enseguida. No debe preocuparse por eso. – Contestó quitándole importancia. –

-¿Y tú? Con todo el movimiento que se ha armado desde que llegaste, no te he preguntado por qué decidiste venir en persona. – Bueno, estaba más que claro que a la señorita Pony no se le pasaba nada, por algo era su madre.

-No sé que quiere decir, la verdad es que...usted me pidió ayuda. –

-Pues que yo recuerde, no es la primera vez que lo hago y has mandado a tu amigo el doctor Martin. Está vez no creí que hicieras una excepción. –

-Bueno, es que me preocupé demasiado y... -

-Espero que no se haya molestado el señor Andrew, Candy. No me pareció correcto que lo dejases después de lo le pasó. Sabes muy bien que cuando te pedí ayuda, lo hice pensando en que vendría el doctor. –

-No pasa nada, señorita Pony. Albert y yo no tuvimos ningún problema porque yo haya venido. – Contestó Candy, deseando que la señorita zanjara el tema.

-Pues sigo pensando que no hiciste bien. Has dejado de venir porque tus estudios o tu trabajo te lo impedían, creo que el tu prometido haya sido atacado y secuestrado durante su fiesta de compromiso, tiene más peso que todo lo demás. –

Bueno, si con las palabras de Tom, Candy se sentía arrepentida por su actitud tan infantil, ahora se sentía como una vil cucaracha. Decidió contarle todo a la señorita Pony, a riesgo de sufrir un regaño severo.

-Tiene razón, lo que pasó fue que... -

-Candy - Afortunadamente, Tom la interrumpió.

-¿Qué pasa? –

-La hermana María quiere dejar la cama y ayudar a cuidar los enfermos. Dice que se siente mejor y que ella los cuidará sin que nadie más se arriesgue a un contagio. –

Bueno, a leguas se veía que la hermana María todavía no estaba bien. Ella nunca diría eso en su sano juicio. Candy miró hacia el plato que tenía ante ella, ¿en qué momento había terminado de comer?

Sin decir más, Tom, la señorita Pony, y Candy, emprendieron el recorrido para ver a la hermana María. Candy supo de inmediato que sería una larga noche, administrando medicamento y refrescando a los enfermos. Pero al menos serviría para mantener ocupada su mente y no seguir pensando en Albert.

¡Dios!... Como lo extrañaba...

o-o-o-o-o-o-o-o

-No está, dice el mayordomo que salió por la mañana hacia el hogar de Pony. –

Annie estaba en su departamento. Había invitado a Terry a tomar el té y a cenar. A pesar de que aún se sentía extraña ante la idea de ser novia de Terruce Grandchester, no había ninguna incomodidad entre ellos.

Novia.

Hacia tantos años que esa palabra había dejado de tener significado para ella. Había sido la novia de Archie por muchos años y se regodeaba en ello. Pero siempre había existido una sombra entre ellos, una sombra imaginaria, creada por su propia inseguridad y un poco también a su madre. Y eso la había llevado a la ruina.

Y aún ahora, al recordar a Archie, sentía algo raro en su pecho. Pero estaba segura que no tenía nada que ver con algún sentimiento hacia él. Se vieron en la mansión Andrew, y todo se había arreglado entre ellos, así que tal vez solo fuera la mala situación que ella misma había creado.

-¿Al hogar de Pony? ¿Por qué dejaría Candy a Albert después de lo que pasó? – preguntó Terry. Al parecer era la pregunta del millón.

-No lo sé. –

-Tal vez lo sepa Hillary. –

Annie vio de reojo a Terry, y terminó de servir el vino. Un poco molesta le contestó.

-Tampoco está en la mansión. No viajó con ella, al parecer lo hará hasta mañana. – Lo dijo con cierta molestia e incomodidad que Terry no pudo pasarlo por alto.

-¿Qué ocurre? – Terry la tomó de la mano y la hizo que se sentara. Pudo ver en sus ojos una expresión atormentada.

-Candy y yo siempre hemos sido amigas, casi hermanas, yo solía saber todo acerca de ella y viceversa. Ahora le tengo que preguntar a alguien más, odio enterarme de lo que le sucede por terceras personas. –

-¿Sientes celos de Hillary? –

-Bueno...obviamente es más que eso. –

-¿Qué quieres decir? –

-Yo tuve la culpa de todo. –

-Annie, no sé de qué hablas. ¿En qué has tenido la culpa? –

-En que Candy se haya alejado de mí. – Hizo una pausa y empezó a relatar algo que solo Archie, Candy y ella sabían. – Cuando... Archie y yo estábamos comprometidos, yo... -Tragó saliva, aún le dolía recordar todo aquello. – Yo hice lo posible por arruinar nuestra relación, permití que mamá tomara las riendas de todo. Cuando nos veríamos, cómo nos veríamos, cuanto durarían sus visitas, siempre con ella presente, claro. Cuando él decidió proponerme matrimonio, se hizo como ella deseaba, organizó una horrenda fiesta e hizo que me lo propusiera delante de cien invitados. Pero la cosa no mejoró, ahora empezó a organizar lo que sería lo boda del año, no nos pedía opinión y yo le permití todo eso y más pensando que debía ser abnegada y sumisa, complaciente y una buena chica que había sido preparada como perro amaestrado, para ser la esposa de alguien como Archivald Cornwell. La gota que derramó el vaso, fue una ocasión en que peleamos y no quiso acompañarme a una cena a la que mamá insistía en que era perfecta para que fuéramos vistos como la pareja ideal. Así que, fui sola soportando la letanía de mi madre, reclamando la ausencia de Archie, martirizándome con la idea de que no era importante para él. Y no era la primera vez que lo hacía, siempre me recordaba que... Candy siempre estaría antes que yo. Cuando salimos de la cena, de camino hacia la casa, pasamos... pasamos por un restaurant y los vi... -

Terry se tensó, sabía de la amistad que unía a las chicas y por una milésima de segundo, se atrevió a pensar que había visto a Archie y a Candy en una situación comprometedora, solo así comprendería la reacción de Annie. Pero solo fue una milésima de segundo, porque entonces recordó qué clase de persona era Candy y en las pocas oportunidades que había convivido con Archie y Annie, mientras era novio de Candy, se había dado cuenta de que Archie ya no sentía nada por su prima. Él lo sabía, no perdía de vista a Archie y su manera de tratar a Candy, aún recordaba que "El elegante" había estado enamorado de ella en su adolescencia. Sin embargo, ese "análisis" metódico, había servido para darse cuenta que Archie ya estaba enamorado de Annie.

-¿Y qué hiciste? –

-En su momento nada... solo dejé que la cizaña de mi madre carcomiera la poca seguridad que tenía en nuestra relación. Me convencí de que Archie no me había acompañado porque había preferido estar con ella, o peor aún, porque tenía una cita con ella. –

No pudo continuar hablando, los recuerdos, hicieron que las lágrimas llegaran con violencia a sus ojos.

-El caso – Continuó perdida en sus penosos recuerdos. – Es que ni siquiera quise hablar con Archie los dos siguientes días. Pero...fui a buscar a Candy...a su escuela. – Annie dejó nuevamente de hablar, era claro que sentía una enorme vergüenza al recordar lo que había hecho a su mejor amiga.

-¿Qué pasó Annie? – La instó Terry.

-Armé un escándalo en su salón de clases, más adelante me enteré que estaba en un examen de fin de semestre, ¡por poco la expulsan, Terry! La acusé de quitarme a mi novio, siendo su propio primo. La llamé de lo peor y la ofendí con saña, descargué con ella toda la impotencia y dolor guardado durante años. Sus compañeros de clase solo nos observaban atónitos, mientras su profesor le exigía a ella que arreglara sus problemas personales en otra parte. Ella solo me veía como si no me conociera, con lágrimas en los ojos me suplicaba que la acompañara a un lugar más privado, pero lo único que yo quería es que todos la vieran como yo la veía, como una traidora que siempre tenía el amor de todos...quería que la dejaran de amar. –

Lloraba desconsoladamente mientras Terry sin decir una palabra permitía que ella llorara y hablara hasta desahogarse.

-Finalmente, una vez que descargué mi ira contra ella, regresé a casa. Archie fue a visitarme pues estaba preocupado por mi negativa a recibirle. Mamá ya me había felicitado por "poner a Candy en su lugar", y también me había adiestrado sobre qué decirle a él. Se suponía que me suplicaría que no lo abandonara, pero pasó todo lo contrario. Cuando le dije lo indignada que estaba por su conducta vergonzosa, por abandonarme por citarse con Candy. Me explicó todo, Albert había logrado encontrar tres empresarios, junto con él, dispuestos a donar recursos para hacer del hogar de Pony una institución de calidad para los niños que vivieran ahí, gracias a ello el hogar sufrió los maravillosos cambios que hoy podemos ver en el. Así que Albert le pidió a Candy que cenara con ellos para demostrar hasta donde podían llegar los niños con el apoyo necesario... él me abrazó, y me dijo que todo estaba bien. Pero yo en mi euforia, le dije que tenía que ofrecerle una disculpa a Candy...y le conté todo. – Annie se limpió la nariz de manera nada educada. – Creo que imaginarás como reaccionó él. Yo creí que lo tomaría como un error más de mi parte, pero salió hecho una furia de mi casa y cuando regresó por la noche, más que furioso, estaba desconsolado, decepcionado, ni siquiera me habló con rabia. Fue cuando me dijo que gracias a mi visita, el rector había estado a punto de expulsar a Candy. Le costó mucho trabajo convencerle de que no había nada entre ellos y que en realidad no tenían parentesco sanguíneo. Candy tuvo que enfrentar la humillación y el escándalo con sus profesores y sus compañeras. –

Terry la observó incrédulo, nunca se imaginó que Annie hubiera sido la causante de tantos problemas que Candy tuvo durante ese tiempo en la escuela. Ella no quiso decirle nada, y por lo que había comprendido hasta el momento ni siquiera Albert lo sabía.

-Fue cuando Archie me dijo que ya no soportaba más. – Lo interrumpió Annie de sus cavilaciones. – Había aguantado innumerables cosas, escenas, caprichos míos y de mi madre, me dijo que ni siquiera le importaba mi actitud posesiva e inmadura, pero lo que no me perdonaba era la desconfianza en él y su amor por mí; y el daño que le había causado a Candy. Terminó conmigo...yo le rogué y supliqué que me diera otra oportunidad, le dije que iría a la escuela de Candy y le ofrecería disculpas públicamente. –

-¿Y qué respondió él? –

-"Ya has hecho suficiente", me dijo, "el daño que querías causarle a Candy ya está hecho, afortunadamente he podido, por lo menos, arreglar la estancia temporal de Candy en la escuela. La han dejado a prueba, y tu presencia lejos de ayudarla la perjudicaría, a menos que eso sea lo que en realidad quieras. En cuanto a nosotros, puedes decir que fuiste tú quien rompió el compromiso, no me importa". Sentí que me moría y poco me faltó para arrodillarme ante él, pero se mostró firme y se fue dejándome para siempre. Esperé algunos días para buscarle, estaba segura que terminaría perdonándome, pero cuando fui a buscarlo, me dijeron que había partido indefinidamente hacia Europa y que no podían darme informes de su paradero. Fue cuando comprendí la envergadura de mis acciones y me encerré en mi casa. Todos se enteraron de que ya no habría boda por mi madre, mi papá no sabe cómo estuvieron las cosas, y gracias a su presencia en casa pude librarme de los reclamos de mamá. Meses después, mi padre tuvo que viajar a Francia y me pidió que lo acompañara, me fui con él para olvidar, pero terminé encerrándome nuevamente, mi vida social era nula, y sin la compañía de mi madre me sentía libre. Pero un día, papá organizó una cena con algunos de sus socios y sus esposas, una de ellas me invitó al día siguiente a un desfile de modas. Fue ahí donde conocí a Chantal, tuve la oportunidad de que me tomara entre sus amistades y me di cuenta de que, había pasado por una dura niñez, perdió a su madre de niña y después su padre la envió a un hospicio, definitivamente no tuvo una infancia fácil. Sin embargo, eso no significó que creciera llena de amargura o que convirtiera su orfandad en un estigma, ella utilizó su pasado para salir adelante sola y lo consiguió. Eso me llevó a preguntarme, ¿en qué me he convertido? Así fue como acepté el trabajo de asistente que me ofreció y cuando decidió expandir su empresa a América me propuso estar al frente. Ella y ese trabajo me ayudó a madurar. Y así llegué hasta aquí. –

-¿Y qué pasó con Candy? –

-No me pude en contacto inmediatamente con ella, lo hice unos meses después de establecerme y de que mi madre me dejara en paz, no le gustó la idea de verme trabajando y menos con alguien con los antecedentes de Chantal, y casi me deshereda, pero afortunadamente cuento con el apoyo de papá. En fin, cuando me puse en contacto con Candy, me recibió como si nada. ¿Puedes creerlo? Me dijo que me había extrañado y que todo estaba olvidado, yo le pedí que me perdonara, y me dijo que no hacía falta. Así recomenzamos nuestra amistad, pero a veces siento que hay una brecha entre nosotros. ¿Ves por qué digo que tal vez ella no me ha perdonado? –

Terry suspiró profundamente, entendía el temor de Annie pero conocía a Candy lo suficientemente bien para saber que no le guardaba resentimiento a Annie por nada de lo ocurrido en el pasado.

-Es lógico que sientas que haya una brecha entre ustedes Annie. – Le dijo Terry tan dulcemente que hasta él se sorprendió. – Cuando eran adolescentes, no hacían otra cosa que estar juntas, pero ahora las dos tienen responsabilidades y trabajos sumamente distintos, tan solo el día de ayer tuvimos que abandonar la mansión Andrew, porque los dos teníamos compromisos, ambos de trabajo. Si hubieras pasado ahí la noche, te habrías enterado de la causa por la que Candy salió con tanta premura hacia el hogar de Pony. El mismo motivo por el que Hillary se entera de todo, vive en el mismo hogar que Candy, no te sientas relegada, estoy seguro que en cuanto tenga oportunidad, Candy te platicará todo. –

-¿Eso crees? – Annie lo miró con tanta vulnerabilidad que le pareció una niña.

-Eso creo. –

-Perdóname por haberme desahogado contigo, no se lo había contado a nadie. –

-Eso demuestra que me tienes confianza y eso significa mucho para mí. Ahora si ya te sientes mejor, ¿por qué no descansas? Ya es noche y lo necesitas, ha sido un día muy largo. –

Annie solo asintió, se secó las mejillas con el dorso de la mano y sorbió nuevamente la nariz sin nada de glamour. Y a pesar de la escena, eso le gustó a Terry, porque por fin veía a Annie como una mujer común y corriente. La tomó de la mano, e inesperadamente la besó con ternura y delicadeza, trató de consolarla y lo logró, pues al terminar el beso Annie se apoyó en su fuerte pecho. Él la acompañó hasta su recamara y salió un momento mientras le permitía cambiarse la ropa. Minutos después se encontraba arropándola como si fuera una niña pequeña le dio un beso en la punta de la nariz y le susurró al oído:

-Descansa y duerme tranquila que yo velaré tu sueño. –

Esa noche algo cambió en el interior de Terry, permitiéndose tener una relación un tanto platónica con la única mujer en la tierra en la que alguna vez pudiera haber pensado en conquistar. Solo con Candy se había permitido respetarla, nunca una caricia de más o una proposición indecorosa. Su relación con las demás mujeres no era de manita sudada y ni siquiera podía ponerles algún nombre. Solo aventuras. Y ahora sentado en una silla a lado de la cama de Annie Britter, se dio cuenta que tal vez sí podía mantener una relación formal, soñar con casarse y tener hijos, como alguien normal. No sabía si eso sería con Annie pero no sería tan tonto como para desperdiciar la oportunidad.

o-o-o-o-o-o-o-o

Ethan permitió que el líquido ámbar quemara su garganta. Sentado frente a la chimenea había sostenido por una hora la copa de wisky durante casi una hora. De vez en cuando su mirada se dirigía a la amplia cama con dosel que se encontraba en medio de su enorme y elegante habitación. La joven que en ella descansaba se encontraba exhausta.

Su ceño se frunció más de lo debido y volvió a sentir la sangre hirviendo por sus venas.

Recordó con tranquilidad y pesar la extraña tarde que había vivido. Una ambivalencia de sentimientos que no se comparaba con nada.

Había comenzado con la llamada de parte de su abuelo, le exigía verlo para pedirle una explicación de su actitud en la reunión que sostuvieran con Albert. Con renuencia abandonó la misión que se había autoimpuesto de hacer que Hillary aceptara cenar con él. Así que, dejando a uno de sus hombres siguiéndola, se dirigió a casa de su abuelo para terminar por fin con el juego.

-¡¿Cómo es posible que no hayas intervenido, permitiendo que William se saliera con la suya?! – Le espetó Scott Fergusson, en cuanto cruzó la puerta. Etthan se encogió de hombros y cruzándose de brazos se recargó despreocupadamente sobre la puerta cerrada. Con una sonrisa de medio lado esperó a que su abuelo volviera a hablar.

-¡Se supone que para eso estabas presente! ¡Tenías que haber interpuesto alguna objeción cuando William se presentó como si nada...! ¡Tenías que haberme apoyado cuando le exigí que tenía que anunciar públicamente su compromiso, o de lo contrario tú asumirías la presidencia! Además... -

-Basta – Dijo Ethan calmadamente interrumpiendo los gritos de su abuelo, pero no logró nada así que tuvo que gritar - ¡He dicho que basta! –

Su abuelo se quedó viéndolo incrédulo, siempre había creído que su nieto era un pelele quien podría manejar a su manera, como había venido haciendo.

-Creo que ha quedado demasiado claro que no pienso intervenir en tus planes de conquistar la presidencia. A mí, eso me da igual. –

-¡¿Qué?! ¿De qué estás hablando? Tenemos un acuerdo, tú me apoyarías en todo lo que yo dijera e hiciera. ¡Te di mi apellido! –

-¿Tú apellido? ¿A caso crees que soy tan estúpido? Aclaremos las cosas de una buena vez señor Fergusson, ya me cansé de este juego. Será mejor que tome asiento, creo que lo voy a decirle le podría causar un colapso. –

-¡Qué rayos! No puedes venir... -

-¡Haga lo que le digo! –

Una vez que su abuelo tomó asiento, Ethan comenzó a explicarle.

-Estoy completamente consciente de que su gran acto de caridad fue un teatro. Desde un principio estuve enterado de toda la pantomima que organizaste para engañarme y que pensara que me reconocías legalmente. – Su abuelo abrió los ojos desorbitadamente. – Así que, ya puedes dejar de fingir. No es necesario. –

-Tenía que hacerlo, es decir, no quise pero me vi obligado. Esos trámites tardan demasiado tiempo y yo necesitaba estar en América con los papeles de tu adopción para actuar con el consejo. –

-Y yo nací ayer. Pero no se preocupe, en realidad nunca me interesó llamarme Arnold Fergusson. –

-No querrás que te devolvamos tu dinero. – Ethan soltó una amarga carcajada.

-Y yo pensando que estaría muriéndose de la pena. – Comentó con ironía. – Pero debes estar tranquilo, no te pediré nada, ya que no has recibido dinero mío. –

-Ah sí, lo olvidaba. Ese dinero provino de tus negocios con la naviera, contrabando, ¿no es así? –

-No lo sé, dímelo tú. –

-¿Y yo qué tengo que saber de eso? –

-Pues que has sido tú quien ha hecho tratos con ellos, mis negocios son tan legales como los de los Andrew. –

-¿Te has vuelto loco, acaso tu procedencia te hace desvariar? – Preguntó confuso Fergusson.

-Siempre sacando a relucir mi procedencia, ¿no? Creo que a mi ese tema ya me aburrió, mejor pasemos a un tema que me llena de excitación. Me parece apropiado decirle que cada que firme un documento se cerciore bien de qué se trata. –

-No te entiendo. –

-Comprendo...creo que en su afán por destituir a William Andrew, ni siquiera pensó en revisar los papeles que firmó en ese tiempo. –

-Claro que los revisé – contestó altivo el señor Fergusson. – Y en esos documentos lo único que aparecía era tu nombre. Así que si quieres que piense por algún momento que puedes incriminarme en tus sucios negocios con la naviera, estás muy equivocado. –

-No pusiste ninguna objeción cuando recibiste el dinero. Me parece que en esos momentos no eran "sucios negocios con la naviera". Sin embargo, ya me cansé de esta situación... Efectivamente, los documentos que firmaste tienen un nombre, Arnold S. Fergusson. Para empezar, yo solo figuro como Arnold Fergusson, y legalmente ni siquiera existo. Así que, creo que Arnold S. ó, Scott Fergusson, eres tú, querido abuelo. ¡Oh, perdón! Es usted señor Fergusson. –

El viejo Fergusson se quedó lívido.

-¡No puede ser cierto! ¡Tú, fuiste tú el que hizo el trato! ¡Yo no tuve nada que ver, yo soy una persona honrada, nunca he hecho tratos con ladrones, embusteros y estafadores! ¡Eso te lo dejo a ti! –

-Y a Frederick Robertson. – Mencionó Ethan con calma aparente. Al escuchar ese nombre, su abuelo reaccionó. Quiso abofetearlo. Pero el joven, tomó con firmeza la mano de su abuelo. – Ni siquiera lo pienses abuelo. Y no sé por qué te ofendes, después de todo, un tipo casado que abusa de la ingenuidad de una joven de diecisiete años, no es más que un embustero y estafador. –

-¡Estás hablando de tu padre! –

según él. A pesar de que ya pasaron tantos años, sigue sin reconocer que soy su hijo. Pero verdaderamente ni siquiera me importa. –

-¿Cuándo has hablado con él? – Inquirió Fergusson. Una sonrisa maliciosa se formó lentamente en el atractivo rostro del joven.

-¿No te conté? Antes de viajar a América, estuve en Londres. En una de sus prisiones, para ser exactos, digamos que ayudé un poco a la autoridad para acabar con los delincuentes que se esconden tras la aristocracia. Por cierto, mi...padre te manda saludos. –

-¡Lo enviaste a prisión! – Exclamó azorado su abuelo.

-¡Es lo menos que merece el hombre que utilizó y traicionó a madre! – Gritó furioso Ethan. – Y es a donde irás a parar tú. – Con solemnidad, tomó su abrigo y sombrero. Y abrió la puerta. – Será mejor que estés preparado, muy pronto vendrá a buscarte la policía por contrabandista. Yo aportaré las pruebas principales. – Y sin decir más, salió.

Al caminar rumbo a la entrada principal, solo escuchaba los gritos desaforados de su abuelo. Estaba tranquilo y se sentía realizado, por fin, la ambición de su abuelo lo había ayudado a hundirlo. Ahora podía estar tranquilo, por fin había vengado a su madre.

Al salir, se encontró con Christian, le pidió de inmediato que lo llevaran hasta donde estaba el hombre que había seguido a Hillary. Durante el camino, le relató a su amigo todo lo acontecido con su abuelo. El joven solo lo escuchó, Ethan sabía que su amigo no aprobaba las acciones que emprendió contra su padre y abuelo, por lo que, cuando Christian le dijo que lo pensara bien después de todo, su abuelo ya era demasiado viejo para estar en la cárcel, no le extrañó en demasía. Se disponía a darle replica, cuando llegaron a donde estaba uno de sus hombres.

Le informaron que Hillary se había alejado caminando del lugar pero que la habían seguido hombres estratégicamente dispuestos para informarles su paradero. De esa forma, llegaron hasta un barrio pobre. Ethan se preguntó qué hacía Hillary ahí.

Fue cuando se acercó uno de sus hombres, Hillary había sido arrastrada segundos antes a un callejón por un hombre.

Ethan no perdió tiempo, corrió hacia el lugar. Cuando llegó, parecía que estaba viendo una escena surrealista.

Un hombre obeso, estaba sobre Hillary. Ella luchaba contra ese hombre y solo tuvo tiempo para ver como él le azotaba la cabeza de la chica sobre el suelo. Sintió la furia correr por todo su ser. Sentía la sangre correr en sus venas y por primera vez supo lo que significaba la expresión "vio todo rojo". Con fuerza tomó al hombre de su chaqueta y lo aventó como trapo viejo contra la pared. Empezó a golpearlo con fuerza, solo veía como el hombre sangraba por todas partes. Al final solo fue consciente de que lo tenía sobre el suelo pateándolo sin miramientos.

-¡Déjalo ya, Ethan! – Christian lo tomó con fuerza por la cintura, alejándolo del hombre que yacía inconsciente.

-¡Es un infeliz, Chirstian! – Ethan trataba con desespero de zafarse del agarre de su amigo.

-Ya le diste su merecido, ya es suficiente, no puedes exponerte a que venga la policía. Además, ella necesita atención médica. – Con el recordatorio enfático de que Hillary podía estar muy mal herida, concentró su atención en el lugar donde se encontraba la joven.

-Ya la hemos subido al auto. Ahora está inconsciente. Solo estamos esperando por ti. – Le confirmó su amigo.

Llegaron rápidamente a la mansión que al llegar al continente había adquirido. No permitió que nadie tocara a la joven. La cogió entre sus brazos y subió hasta su habitación que era la que única que estaba amueblada. Con extrema delicadeza la depositó en la cama. Ella estaba reaccionando poco a poco cuando llegó el médico que habían llamado con anticipación.

Después de su auscultación y con la ayuda del ama de llaves la joven ya estaba cómodamente recostada. Su mirada la mantenía perdida cuando entró Ethan a la habitación. Se detuvo un momento en el umbral de la puerta esperando a llamar la atención de la joven. La observó unos instantes, su rostro tenía un moretón justo debajo del ojo, un labio roto y algunas laceraciones por su cuerpo, según le informó el doctor. Afortunadamente, el golpe que recibió en la cabeza al parecer solo ocasionó un grande chichón. Pero a él lo que más le preocupaba, era el estado mental de Hillary, seguía como si estuviera en otro lugar.

-¿Cómo se siente? – Preguntó por fin para llamar su atención.

Los ojos color miel de la joven se abrieron desmesuradamente al escucharlo. Inmediatamente Ethan observó como esos ojos se llenaban de lágrimas contenidas. Él se acercó con cautela, pero también con cierta preocupación. Se sentó al borde de la cama y algo en su interior lo llevó a tomarle de la mano. Se sorprendió que ella no lo rechazara.

-Gracias – Exclamó ella con voz trémula. Las lágrimas ahora estaban cayendo sobre su hermoso rostro. Ethan sintió que ella se aferraba a su mano.

-Ni siquiera lo mencione. – Contestó él con convicción. – ¿Quién era ese hombre? – Inquirió. De pronto, el recuerdo de lo acontecido llegó a él y sintió que su cólera se enardecía. Hillary se tensó unos momentos, retiró su mano de entre las de Ethan. – Por favor, creo que será mejor que hable de ello. Le hará bien. - El tono de su voz era tan suave que Hillary creyó que estaba soñando.

-Es... es alguien a quien ni siquiera conozco. – No quería mentir, pero tampoco quería que Ethan supiera en la ignominia en la había caído su familia. Y mucho menos quería dar tantas explicaciones.

-Es peligroso ese barrio... - Hillary lo interrumpió.

-Ya lo sé. – Contestó ella impacientándose, de inmediato recordó que el apuesto joven la había rescatado. – Es solo que me distraje mirando los escaparates y perdí la noción del tiempo y del lugar donde me encontraba. – Ethan ya no quiso mortificarla más, por eso decidió cambiar de tema.

-¿Quieres que informe a tu familia o a los Andrew? –

-¡No! – Gritó Hillary nerviosa. – No quiero que ellos sepan de lo ocurrido. Mamá me haría muchas preguntas y los Andrew... no, no quiero causar más problemas. –

-Entiendo. –

-Yo... yo podría...es decir... ¿crees que yo podría quedarme esta noche en tu casa? –

Habló tan rápido que Ethan con trabajos le entendió. Sonrió enternecido.

-Por supuesto. Pero creo que si me lo permites, avisaré a tu mamá que te quedarás en la mansión Andrew y viceversa, así nadie se preocupará. De paso mandaré por tu equipaje. –

-Eres muy amable. – Cerró los ojos pero no pudo evitarlo. Ella empezó a llorar descontroladamente. Se secaba las lágrimas, pero caían tantas que ni siquiera se notaba. Ocultó su rostro entre sus piernas para que él no la viera en ese estado, pero lo hizo con tanta fuerza que se lastimó su rostro golpeado. Gimió de dolor y solo sintió cuando Ethan la cobijó entre sus brazos.

Susurraba palabras consoladoras a sus oídos, mientras ella se aferraba a él con fuerza. Pocos minutos después, la sintió más relajada, su respiración acompasada le hizo darse cuenta que se había quedado dormida. Era lógico después del calmante que le administrara el doctor. Cuando la acomodó sobre la cama para que descansara, ella abrió sus ojos un poco para decirle en voz baja: "No me dejes sola". Se acostó a lado de ella, abrazándola, cuidando su sueño.

Y ahora...ahora después de arroparla con cuidado. Se había sentado en su sillón favorito observando a esa mujer que no sabía por qué le atraía más de la cuenta.

"Ironías de la vida" – Pensó divertido.

Nunca en su vida había sostenido a una mujer, consolándola, mientras lloraba. Nunca en su vida una mujer había estado en su propia casa, solo el ama de llaves, claro está. Nunca en su vida, nunca, se había acostado con una mujer en la misma cama de la manera más inocente que pudiera existir. Y nunca, jamás, había tocado a una mujer sin ninguna intención más íntima. Y lo peor de todo...es que se sentía tan reconfortado y tranquilo que si no supiera que cuando Hillary recordara todo lo acontecido, se mostraría más renuente al aceptarlo. Tal vez hasta le dejaría de hablar.

A la mañana siguiente, Hillary ya estaba lista para partir, había dormido bien, pero su cuerpo estaba dolorido. Confiaba en que el viaje le ayudara a superar ese trauma y a pensar qué debía hacer a su regreso. Podría quedarse y denunciar a la policía el intento de violación pero, ¿le creerían? Ese asqueroso hombre francés tenía influencias en la policía y lo único que lograría sería traer más vergüenza a ella y su madre. Además, Ethan le relató en qué condiciones dejó al hombre y no quería estar presente cuando se recuperara, si es que lo hacía. No. Sin duda, le haría bien estar lejos de la ciudad. Por su mamá no se preocupaba, porque el viejo tampoco se expondría a develar la causa de sus golpes.

-¿Está segura que se siente bien para un viaje de varias horas en tren? – Ethan interrumpió sus cavilaciones.

-Sí. Creo que me hará bien pasar unos días en el campo para superar lo sucedido. De nuevo le agradezco de corazón su ayuda, no sé dónde estaría en estos momentos si usted no hubiera intervenido. –

-Deje de agradecerme, lo hice porque no podía permitir que le sucedería algo. Y ya sabe que en mi tiene un amigo. – Extendió la mano para sellar su amistad. Hillary dudó unos segundos pero recordó la calidez de su abrazo y lo reconfortante de sus palabras. Sonrió de tal manera que Ethan pensó que habían iluminado la habitación, le extendió la mano y se despidió de él.

Ya en la estación, ella miraba por la ventanilla del vagón. Tenía miedo y coraje, quería llorar de la impotencia. ¿Cómo le había hecho su padre? Dejarlas a la deriva en manos de un hombre que no descansaría hasta verla hundida.

-¿Está ocupado? – Una voz demasiado familiar llenó sus sentidos.

-¿Usted? – Preguntó sorprendida. Muy sorprendida.

-Creo que olvidé comentarle que yo también viajo hacia, ¿cómo le llaman? ¿El hogar de Pony? Deseo hablar con la señorita Candy y ofrecerle una disculpa. –

Hillary quedó completamente muda. ¿Qué hacía él ahí? Sentía que era una excusa para que no viajara sola, pero interiormente se sintió tranquila y...¿feliz?

-Entonces creo que nos tocará viajar juntos, Ethan. – Él sonrió de lado haciendo que sus facciones se vieran más atractivas.

-Me gusta como se oye mi nombre mi nombre en sus labios. Espero oírlo más seguido. –

La chica bajó la vista ruborizándose de inmediato. Ese hombre estaba coqueteando con ella. Y le gustaba, pero sabía que no podía fiarse de él en ese aspecto. No quería volver a sufrir.

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-Ya sabía que esa jovencita terminaría mal. –

Elroy Andrew estaba tomando su desayuno junto a Archie, quien se hallaba en modo automático. Tomó el periódico que le enseñaba su tía y vio titular.

"A escasas horas de confirmar su relación con Annie Britter, gerente de las boutiques en el país de Chantal Dominé, el actor Terruce Granchester ha sido visto abandonando el día de hoy y a escasas horas de la mañana el departamento de soltera de la señorita Britter. ¿Significa eso que dejaron de ser "novios" tan pronto? Esperemos que la señorita Britter tarde en encontrarse en la larga lista de conquistas del atractivo actor."

-Creí que no te gustaban este tipo de chismes tía. – Contestó Archie aventando el periódico a un lado. – En todo caso, si es verdad lo que insinúan en ese estúpido periódico, nada tiene que ver con nosotros. Es la vida de Annie y lo que haga con ella es su problema, ya está bastante mayorcita tía. –

-¿Cómo puedes decir eso Archivald? ¿En dónde queda la moralidad y la buena educación? No creo que sea una buena influencia para Candice. –

-Mire tía, la verdad no me interesa lo que pase con Annie o Terry, o lo que piense usted. Ahora si me disculpa, tengo cosas qué hacer. –

Elroy se quedó paralizada por la forma en que reaccionó su sobrino. Solo pudo observarlo abandonar el comedor. Tomó nuevamente el periódico. Negó con la cabeza, ¿qué estaba pasando con esos jóvenes?

Archie salió molesto, pero no por la plática que sostuvo con su tía, o por las nuevas acerca de Annie, él sintió que no era nadie para juzgarla, como le dijo a su tía Annie ya era lo suficientemente grande para tomar sus propias decisiones. Además, ¿Quién era él? Ni siquiera tenía la fortaleza moral para hacerlo.

Con suspiró desganado, llegó hasta la puerta que daba al jardín. Sin evitar recordar lo que por poco, por muy, muy poco, llega a pasar entre él y Samantha. Había sido seducido por la hermosa chica, y gracias al cielo se pudo detener a tiempo. No negaba que había sido excitante, pero hubo algo que lo hacía sentirse incómodo.

Tal vez solo era que sentía que no era la mujer correcta. Y no sabía por qué, después de todo, antes de regresar a Chicago pensaba casarse con ella. En medio de todo su caos mental, decidió regresar a Francia. Hablaría con Albert en cuanto regresara de Washington.

-Joven Archivald. – El mayordomo lo llamó con su acostumbrada solemnidad. Archie lo miró interrogante. – La señorita Lincoln –

-Hazla pasar al estudio, James. – Con otro suspiro aún más profundo se dirigió al lugar mencionado. Ni siquiera se podía imaginar la causa de su visita, la noche anterior quedó demasiado acongojada. Se había desvivido en ofrecerle disculpas por lo sucedido pero al parecer ella sí quería que pasara algo más entre ellos.

Entró al estudió y ella ya estaba sentada frente al escritorio, y al parecer, estaba llorando. Se sintió mal, ¿cómo reparar el daño que le hizo a la pobre chica? No lo sabía, pero una cosa estaba clara, no pensaba casarse con ella.

-Sam, buenos días. – Saludó con corrección. La chica miró en su dirección, y sí, tenía lágrimas en los ojos.

-Buenos días Archie. Espero no molestar con mi presencia. – Su voz tenía un tono lastimero.

-Para nada, ¿cómo te encuentras? –

-¿Y lo preguntas, precisamente tú, que me rechazó categóricamente? –

-No lo veas de ese modo, no te rechacé solo preservé tu integridad y buena reputación. Te ofrezco mil disculpas por aprovecharme de ti, pero no puedo hacer otra cosa. –

-¿No te casarás conmigo? – Su voz chillona y lastimera taladró los oídos de Archie, puesto que su tono fue muy agudo. Archie se sentó sorprendido en el sillón junto a ella.

-¿Casarnos? Samantha, no creo que sea para tanto, después de todo, no pasó nada entre nosotros. –

-Pero casi pasa. –

-Pero no pasó. Reconozco que llegué demasiado lejos, y me siento muy mal por ello, pero no nos podemos casar. Por eso reaccioné a tiempo. –

Samantha sintió que un balde de agua helada caía sobre ella. Ahora veía que después de todo, no sería tan fácil chantajear por el lado de la culpa a Archie para que se casara con ella. Y, ¿cómo lo haría si se comportó como un caballero con ella después del "incidente" como lo llamó él?

-Ya veo. – Mencionó poniéndose de pie y caminando con parsimonia hacia la ventana. Se quedó ahí unos minutos en silencio. De pronto, se limpió las lágrimas y dirigió su vista a Archie que estaba observándola confundido. Ahora si rostro ya no denotaba tristeza abatimiento como en un principio. Todo lo contrario, demostraba determinación.

-Muy bien. Entonces pondré mis cartas sobre la mesa. Quiero casarme contigo. Desde que te conocí, he soñado con ser la señora Cornwell. Y si mal no me equivoco, antes de salir de Francia tenías esas intenciones. No sé qué cambió en el inter, pero no voy a permitir que me dejes así como si nada. –

-Así que ese era tu plan. Seducirme para poder obligarme a casarme contigo. –

-De hecho, mi plan consistía en seducirte para que dejaras al heredero de tu apellido en mi vientre. Pero eres demasiado caballero, creo que tendría que felicitar a tu tía por tan buena educación. –

-No me chantajearás con decirle a mi tía. Porque no me interesaría, puedes hacerlo si quieres. Y ahora, si me disculpas, tengo diligencias qué hacer. – Archie caminó hasta la puerta del lugar para que la chica saliera de su casa y de su vida, nunca se imaginó la clase de persona que sería. Siempre pensó que era una buena chica.

-Si te casa conmigo, estoy dispuesta a decir a la policía quien secuestró a tu tío. – Archie se quedó en su sitio. Y miró con cautela a Samantha.

-¿Qué quieres decir? –

-Yo sé quién lo secuestró. –

-Fue tu hermana, ¿no es así? –

-No puedo negar ni confirmar nada. Solo lo haré si te casas conmigo. –

-¿Y cómo sé que estás diciendo la verdad? Solo lo puedes hacer para convencerme y cuando estemos casados, no dirás nada. –

-No será así. Si nos comprometemos y casamos en mínimo dos semanas, iré hasta la policía y les daré algunas pistas, ellos te dirán si son ciertas o no. Y una vez que estemos casados, les diré a todos que nuevo plan para separar a tu tío y a Candice, han ideado. –

-¿Nuevo plan? No te creo Samantha. –

-Bien. Entonces has de saber que sí fue mi hermana quien puso en esa situación a tu tío. Y quien está urdiendo otro plan para que Candice decida definitivamente no casarse con él. No los dejará ser felices. –

-Puedo ir a la policía y decir que tú me estás diciendo todo esto –

-Y yo lo negaré todo. – Sin decir más se puso de pie. - ¿Qué tan egoísta puedes ser que no impedirás lo que tratará de hacer Jordan? Con solo decir las palabras mágicas delante de un juez, y cantaré como canario. Diré todo y salvarás a tu familia del daño colateral que ocasionará Jordan. Porque será algo grande, tenlo por seguro. – Hizo una pausa, mientras Archie se salía del shock. – Tienes una semana para darme tu respuesta, si en ese plazo no oigo las palabras que quiero, me embarcaré y saldré del país. Dejaré que el buen nombre de tu familia y la felicidad de tu tío y prima se vayan al caño. Adiós querido. –

Se puso de pie y le dio un beso en la mejilla. Salió tan elegante como siempre. Lo había dejado pensando y eso era lo que quería. Y de verdad no le importaba traicionar a su hermana. Después de contarle como había fracasado su plan de seducción, Jordan se había burlado de ella cruelmente. Pero su hermana no contaba con escuchar una conversación al teléfono, en donde Jordan detallaba su nuevo plan. Drogaría a William y ella se introduciría con él en su cama, haría lo posible para que no solo Candy lo viera, sino también su tía y algunos miembros de la sociedad. El cómo lo haría no lo dejó claro, pero al parecer ya tenía todo bien planeado. Y le daría una semana a Archie, mientras tanto, ella evitaría que Jordan llevara a cabo su plan. Esta vez tenía que salir como ella planeaba. Sería la señora Cornwell, sin importar que su esposo no la amara, ella no lo hacía.

Mientras tanto, Archie, solo en el estudio meditaba en el chantaje recibido. ¿De verdad sería muy egoísta de su parte no ceder a la petición de Samantha? ¿Podría casarse con ella y salvar a su tío y a Candy de los absurdos planes por separarlos? No lo sabía pero lo pensaría demasiado bien. ahora no podría irse tan tranquilo, no sabiendo el daño que les querían ocasionar.

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Eran las doce del día, y Albert estaba entrando junto a George al edificio donde aguardaba la reunión con sus socios. Ya tenía planeado lo que les diría, ni siquiera trataría de convencerlos de nada en absoluto, solo disponía de una hora para hablar con ellos y llegar a la estación del tren. Saldría esa misma tarde al hogar de Pony. Le tomaría viajar todo el día, al llegar a Chicago inmediatamente saldría en automóvil, pues no había salidas en tren por las noches. Tal vez llegaría de madrugada, pero no le importaba mientras pudiera llegar donde Candy lo más pronto posible.

Al entrar a la sala de juntas, tres hombres ya estaban esperándolos.

-Caballeros. – Dijo Albert a modo de saludo.

-William, hasta que por fin podemos verte. Creímos que no querías venir. – Acotó con molestia uno de ellos. Albert no pensaba seguirles su juego. Pondría las cosas en claro y que ellos decidieran qué hacer.

-Estaba George con ustedes que es como si estuviera yo presente. No sé por qué tanta impaciencia. Tenía cosas importantes que resolver en Chicago, antes de venir. –

-Sí, nos enteramos de ello. Al parecer últimamente las cosas no te están saliendo bien. –

-Eso no es de su incumbencia. He venido hasta acá con la clara intención de aclararles que aquí, el que tendría más que perder sería yo. No pueden pensar que vendí información a la competencia siendo el que más está invirtiendo en este proyecto. –

Tienes razón William, pero debes comprender nuestra desconfianza. Esa información que se filtró salió de tu empresa, y las investigaciones que hemos hecho apuntan a que, en efecto, vendieron esa información. –

-Lo comprendo, Rogers, pero debieron haber investigado quien hizo ese negocio. Nosotros ya estamos tras su pista y falta poco para que la detenga la policía. Sin embargo, concordarán conmigo en que la información que tiene la competencia, solo es la capa superficial del proyecto. No somos tan descuidados e indolentes al exponer información tan importante y relevante, a simple vista. Los documentos que detallan nuestros planes a futuro, están bien resguardados, y solo tienen acceso a ellos empleados de suma confianza. Así que, sí, se filtró información. Sí, salió de mi empresa y sí, esa información está en manos de la competencia. ¿Pueden hacer algo con ella? No. ¿Saben en realidad de qué se trata este negocio multimillonario? No. ¿Perderían ustedes tantos millones de dólares, como lo haría yo, el principal inversor? No. ¿Tiene alguna oportunidad alguna otra compañía de iniciar este proyecto con la información que poseen? No. Entonces, ¿cuál es el problema? Prácticamente, el que perdería en todos los aspectos, sería yo. George me comentó que exigían una garantía de nuestra parte. Siento poder decirles que no se las daremos. Como les recordé, somos nosotros quien más perdemos en todo esto, y si quieren demandarme, pueden hacerlo. Mis abogados estarán esperándolos. Si de lo contrario, quieren seguir adelante, confiando en las empresas Andrew, George los estará esperando en Chicago para seguir con el proyecto. Fue un gusto saludarlos, señores. –

Sin decir más, salió de la sala de juntas. No perdió el tiempo en tomar asiento u otras formalidades que exigía la ocasión. Solo les quería dejar claro que a William Andrew no lo amenazarían ni amedrentarían.

-¿Quieres que me quede para saber su decisión, William? – Fue la pregunta de George cuando salió de la impresión. No pensó que Albert llegara tan decidido a la reunión, que más que reunión, fue un ultimátum.

-No será necesario, George. Ya oíste lo que les dije, si desean seguir haciendo negocios, que sean ellos quienes vayan a nosotros. –

-¿Y si deciden demandar? –

-No procederá, y la verdad no me importa. Prefiero perder dinero a permitir que me traten como a un criminal. Además, ya estoy viendo algunos posibles negocios para poder recuperar lo perdido. – George sonrió orgulloso de Albert.

-Pensaste en todo, ¿eh? –

-Era eso, o permitir que trataran de manejarme igual que a un títere. –

-Entonces regresemos a Chicago. ¿Viajarás inmediatamente con la señorita Candy? –

-Sí George, es algo que tampoco puedo posponer por más tiempo. –

-Ya verás que todo saldrá bien. Tal vez le hizo bien esa distancia para que pensara con claridad las cosas. –

-Eso espero George. –

-Así será William. Mientras tanto yo me encargo de ver cómo van las averiguaciones de tu secuestro. Aunque sigo pensando que Jordan Lincoln tuvo algo que ver en ello. Y no estaré tranquilo hasta que no se aclare todo esto. –

Y en efecto, George aprovecharía la ausencia de Albert de la ciudad para averiguar por su cuenta la desaparición del rubio. Después de relatarle todo lo acontecido en Chicago, George empezó a quebrarse la cabeza para investigar y dar con los responsables de la desaparición de William.

Se dirigieron con presteza a la estación de trenes. Con sus maletas preparadas y todo listo para abordar, Albert deseó poder tener alas y llegar hasta Candy más rápido de lo que lo haría. Pero aún con la incertidumbre de lo que se encontraría en ese lugar, ya iba decidido a todo. Tocó con cuidado el bolsillo interior de su saco. Sonrió ante lo que sintió en él. En esa pequeña caja, se encontraban las dos cosas que unirían para siempre sus destinos. Solo esperaba arreglar todo con Candy y convencerla.

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Era más de media noche. En el hogar de Pony, los niños y algunas maestras ya estaba dormidas. Candy conversaba amenamente con Ethan y Hillary que habían llegado después del mediodía hasta el hogar. Había sido un largo y cansado día.

Después de su llegada, y aún con sorpresa evidente ante el acompañante de su amiga, Candy insistió en auscultar a Hillary al ver el estado en que se encontraba. Momento que aprovechó la rubia para preguntarle a su amiga qué había sucedido.

Se horrorizó cuando le contó detalladamente lo que había pasado el día anterior y unas lágrimas derramó ante el dolor de su amiga. No podía creer la maldad de ese hombre. La consoló y le dijo que en cuanto regresaran a la ciudad, vería la manera de ayudarla. Hillary se lo agradeció, pero interiormente sabía que no aceptaría ayuda de nadie, nadie tenía que cargar con sus problemas. Solo se tenía a ella misma, siempre había sido así.

Como afortunadamente lo que había empezado como una epidemia se convirtió solo en contagio colectivo y gracias a los cuidados exhaustivos, los enfermos ya se estaban recuperando. Sin esa preocupación, Candy ya estaba pensando reclamarle al doctor del pueblo su negativa a atender a los enfermos, ¿qué hubiera pasado si no los hubiesen atendido a tiempo? No quería imaginarlo.

A pesar de estar dolorida y con las imágenes de ese hombre sobre ella en su cabeza, Hillary le pidió a Candy que le permitiera ayudarla a cuidar a los niños. Quería quedar exhausta para poder dormir profundamente y ver si así no tenía pesadillas. Durante su trayecto al hogar, había dormitado dos veces, y las dos había despertado llorando y casi gritando. Fue un gran consuelo tener a Ethan a lado suyo. La cobijaba en sus brazos y le susurraba palabras tranquilizadoras, igual que la noche anterior. Y gracias a él, el viaje había sido ameno y tranquilizador, a pesar de todo.

Ethan por su parte, aprovechó que Candy descansó un momento para hablar con ella y disculparse por haber dudado del amor entre Albert y ella. Le platicó a grandes rasgos lo sucedido entre Albert y él el sábado por la mañana. Y cuando Candy comprendió todo, se dio de patadas mentales al darse cuenta una vez más de su actitud infantil, y su proceder arrebatado.

Después de eso, había trabajado todos juntos. Cuidando enfermos, cambiando sábanas, administrando medicamentos, preparando alimentos. Una tarea difícil, más no imposible. En esos momentos estaban haciendo sobremesa, disfrutando de una taza de café.

-Entonces, ¿piensas que ya no habrá más contagios Candy? – Preguntó preocupada la señorita Pony.

-No lo creo, la cuarentena que impusimos y la reacción de los enfermos me hacen notar que el contagio se acabó señorita Pony. Doy gracias a Dios por ello, temía que esto terminara en algo trágico. – La señorita Pony, asintió.

-Les agradezco a ustedes jóvenes por su ayuda prestada. Creo que ya deben ir a descansar, no han parado en todo el día y usted Hillary se ve exhausta. –

-Por mí no se preocupe, señorita. Estoy acostumbrado a trabajar a altas horas de la noche, hay veces que casi no duermo. Lo que hice hoy, lejos de cansarme, me fortaleció. Pero creo que tiene razón en que Hillary debe descansar. Vamos, te acompaño a tu habitación. –

Hillary asintió sin reclamar que le hablara con tanta familiaridad. ¿Qué más daba? Había sido su salvador y su consuelo, no podía reclamarle nada en realidad.

-Buenas noches. – Se despidió de los presentes.

-Recuerda tomar el medicamento que te prescribí. – Le dijo Candy. – Te ayudará a relajarte y a descansar.

-Gracias Candy, así lo haré. –

Los jóvenes se dirigieron a las recamaras que tenían asignadas. En tanto, el ruido de una carreta llegando al lugar, alertó a la señorita Pony. Inmediatamente salió a ver de quien se trataba. Candy se quedó descansado, en cuanto llegara la señorita, iría a dormir. Era tanto su cansancio que se podría quedar dormida de pie.

Pasaron algunos minutos, que a Candy se le hicieron eternos. Decidió salir a ver quién era el visitante nocturno. Pero conforme se acercaba a la puerta, alcanzaba a oír la voz preocupada de la señorita Pony.

-¡Oh, por Dios, Tom! ¿Está muerto? –

-No lo sé, señorita Pony. Lo encontré a lado del camino, al principio no lo reconocí, estaba demasiado oscuro. Solo pensé en traerlo para que Candy lo revisara, pero ahora... ¿qué le diremos? –

Algo en el interior de Candy se rompió. Empezó a sentir un cosquilleo en sus manos conforma más avanzaba a la carreta donde Tom estaba tratando de cargar el cuerpo inerte de un joven. Una figura demasiado familiar.

Demasiado.

-¿Qué pasó? ¿Quién es? – Preguntó la rubia con voz trémula. Rogando al cielo porque sus sospechas no fueran reales. Pero obtuvo como respuesta el silencio de los presentes y sus miradas atribuladas.

No esperó más tiempo y corrió hasta donde el hombre yacía recostado. Como todavía no lo acercaba Tom a la orilla, ella tuvo que ponerse de puntillas para alcanzar la sábana que tapaba el rostro del hombre.

Cuando lo hizo, no pudo menos que cubrirse la boca para no gritar. El hombre estaba golpeado, lleno de hematomas que a simple vista advertían la tremenda golpiza que había recibido. Sí, no era necesario ser médico para saber que no solo su rostro estaba maltrecho, sino también su cuerpo.

Lágrimas corrieron por sus mejillas mientras observaba que Tom tomaba al hombre en brazos y lo llevaba dentro del hogar. Sintió los brazos de la señorita Pony, rodearla y fue cuando despertó de su estupor. Solo pudo correr tras ellos mientras dos palabras salían de su boca...

-¡Albert, no!

CONTINUARÁ...