N/A: ¡Buenas!
¿Qué tal todo?
De verdad espero que esté todo de maravilla. Bueno, es Jueves a las 2:16 AM y como tengo cero por ciento de sueño, vengo a dejarles el nuevo capítulo de Perfidia. Así de casual lo mío. Espero que les sea de su agrado.
Quiero agradecerles, en verdad agradecerles como ya no sé de que manera. GRACIAS por todo el apoyo y la buena onda... no se dan una idea como me impulsan a meterle para adelante. GRACIAS a todas las personas que siempre comentan, con muchas hablo por WhatsApp o por Facebook, incluso por acá por PM. GRACIAS también a aquellas bellas personas que comentan y que no tienen una cuenta en FF, sepan que sus palabras me tienen siempre sonriendo.
Bueno, como les dije Perfidia tiene 20 capítulo así que oficialmente estamos entrando en la segunda mitad de la historia. Espero que sigan disfrutando del viaje. Sepan que yo lo hago con mucho amor.
Ahora si, les dejo un beso enorme,
Albertina
PERFIDIA
CAPÍTULO ONCE
Su silencio me confirma que me ama.
No sé si en verdad es así, pero me gusta pensar que esa es la situación. Los ojos marrones de Hermione están fijos en los míos, meditando la respuesta que quiere darme. No me dejes solo, le pedí como si fuera un niño en una noche de tormenta. Si estoy intentando engañarme no lo estoy consiguiendo, porque soy plenamente consciente que minimizar la sensación de terror y pánico es absurdo. Estoy tan asustado como cualquier niño puede estarlo y ella es la luz que mantiene a los monstruos alejados. Para alguien tan necesitado me arriesgué al llamarla mi amor, porque ella jura y recontra jura que en verdad no es amor. No me importa lo que opine, un mes puede pasar, dos, cien o un millón y no voy a cambiar de opinión. La amo.
─¿Quieres pasar la noche conmigo? ─suelta con un suave susurro.
Si, quiero pasar todas las noches que me quedan en esta vida de mierda con ella. Quiero hacerle el amor y quiero follarla. Quiero seguir escapando en la mitad de una fiesta como si fuéramos adolescentes o el rol que tan perfectamente hemos jugado: el de amantes. Quiero enamorarla y conocerla cabreada. Quiero sentirla pegada a mí en las altas horas de la madrugada y quiero sentirla lejos cuando acabe durmiendo en el sofá. Quiero una vida con ella y eso implica todo, lo bueno, lo malo, lo maravilloso y el infierno.
─¿Cambiaste de idea? ─esta vez el susurro nace de mí.
─No hablemos más ─pide suavemente y sé lo que eso significa. ─No por un rato. ─asiento, porque no me creo capaz de contradecirla. No ahora al menos. ─Te extrañé ─termina de decir antes de tomarme de la mano y dirigirnos fuera de su oficina.
Ella lo resume diciendo que me extrañó. ¿Cuán patético quedo si le confieso que no puedo respirar sin ella? Seguro encuentra mil razones más para decir que se aproxima a algún sentimiento, pero que al final del día sólo funcionamos a base de lujuria. Al carajo con eso, la lujuria es sencilla. Esto… mierda, no hay palabras que expliquen lo difícil que es esto.
─Yo también ─acepto.
La veo sonreír una vez más y no es solamente su sonrisa la que me vuelve débil, es saber que está dirigida a mí. Avanzamos por el pasillo en completa oscuridad hasta la chimenea. La enclenque caja de cartón en la que una buena cantidad de polvo flu está depositada, parece la más hermosa llave que puedo tener a mi disposición. Es un viaje de ida, un aliciente, una bocanada de aire helado en un día agobiante, es paz mental por tanto tiempo como elija tomarla.
─¿Te acuerdas la dirección? ─pregunta sin soltarme de la mano. Asiento sin decir nada. ─Ve tú primero, yo estaré detrás tuyo.
Le hago caso y a pesar de no querer hacerlo, le suelto la mano para tomar el apropiado polvo flu y avanzar hasta la chimenea. Menciono la dirección de la casa de sus padres y en medio de llamas verdes estoy pestañeando para encontrarme en Kent. La casa tiene las luces encendidas, de algún sector de la planta baja siento la suave melodía de una canción y algún tipo de calefacción artificial parece estar manteniendo el ambiente templado y agradable. No sé qué esperar, no sé si hay alguien allí y en especial si ese alguien es Ronald Weasley. Siempre estuve listo para enfrentar la caída cuando nos llegara, pero esta noche, justamente, no soy capaz de enfrentarme a nadie. En cambio me corro de donde estoy parado y avanzo hasta dejarme caer sobre el pulcro sofá.
Ella aparece enseguida. Su rostro está extenuado y un tanto preocupado, pero la veo esconder perfectamente sus emociones cuando nota que la estoy estudiando. En cambio me sonríe una vez más, una sonrisa tímida y predispuesta. Quiero hacerle preguntas, quiero extenderle el brazo y pedirle que se acerque a mí, quiero largarme a llorar, quiero dormirme y que alguien me despierte cuando todo haya pasado. No es la medida adulta y madura, pero cierro los ojos y dejo caer mi cabeza hacia atrás de modo que descanse sobre el duro respaldo.
Hermione se mueve por la sala, puedo sentir el repiqueteo de sus zapatos con cada pisada y sé que está cada vez más cerca mío. Suelto un alivio de suspiro cuando la siento acomodarse sobre mis piernas. No está ubicada a horcajadas, del modo sexual y dominante y que tan familiar nos es, está sentada de lado, de manera inocente y cariñosa. Sus brazos me rodean el cuello justo antes de sentirla depositar un beso sobre mis párpados cerrados. No tardo en ser yo el que la rodea con los brazos, en mi caso por la cintura. Su aroma, su calidez, su cercanía, todo me confirma que esta mujer es todo lo que quiero en mi vida por tanto tiempo como respire. Siempre fui un cobarde, demasiado asustado para hablar en voz alta y luchar por aquello que no se supone que desee, pero a la mierda con todo. La quiero a ella y a nadie más que ella. Los sangre pura, la etiqueta, las opiniones, cada reverendo hijo de puta que va a querer destrozarme por esto puede tirarme con lo más brutal que tenga, ya estoy hastiado.
─¿Hay alguien más aquí? ─recuerdo preguntarle mientras sus labios siguen dejando suaves besos sobre la piel de mi rostro.
─No ─responde lentamente. ─Vine más temprano a encender las luces y la calefacción.
─¿Cómo te fue en tu viaje? ─pregunto, intentando iniciar una conversación.
Al fin vuelvo a abrir mis ojos y me concentro en cada línea de su rostro. Es hermosa. Sé lo quiero decir, pero no es la noche para pelear por tener razón.
─Te extrañé. ─me vuelve a repetir como si eso fuera todo lo que importa. ─¿Comemos algo?
La situación es extraña de todas las maneras que algo nuevo puede serlo. Encuentros hemos tenido en demasía, muchos más de lo que me animo a decir en voz alta, pero siempre se trató de sexo o de alguna disputa a resolver, nada más. Esta noche es nueva, impredecible tanto o más de lo que días atrás la hubiera calificado de improbable. Cena, besos, caricias y hasta confesiones de aquellas que bordean lo romántico para dos hijos de puta.
─No tengo hambre.
─Ni se te ocurra ─me regaña como si fuera una criatura. ─Lo que tienes por delante te va drenar, necesitas estar entero.
─Soy demasiado cobarde para enfrentar lo que se viene ─susurro.
No sé si me ama, pero quiero que el día en que lo haga no tenga nociones de príncipes azules y corceles blancos. Tengo tantos defectos que a veces cuesta ver las virtudes. Cualquiera diría que es la situación de todo pobre condenado en este mundo, pero los defectos son más feos cuando son los de uno mismo.
─Entonces crece y aprende a armarte de valor. ─lo dice con la decisión que la caracteriza y no es una crítica, porque sus ojos marrones están fijos en los grises míos e instantes después me está besando con fuerza. ─Omelettes de portobellos y queso gorgonzola.
Le doy una tibia sonrisa antes de verla ponerse de pie y dirigirse a la puerta de la cual sale la música. Medito dejarla cocinar un rato y ahogarme en mis propios pensamientos, en mi propia miseria y en mi propio pánico. Tengo derecho, tengo el derecho de sentirme como la mierda por un rato, porque mi mejor amiga, mi mujer y confidente parece estar condenada y a pesar de no estar enamorado de ella, no quiero vivir en un mundo donde no la voy a tener cerca. Sé que si le digo que la voy a dejar por alguien más me va a odiar, va a llorar, a gritar y a patalear, pero cuando la tormenta pase, me dirá que me ama y que me desea lo mejor. Ahora se va a morir sin saber nunca la verdad y yo voy a recibir una expiación que Salazar sabe que en mi puta vida he sido merecedor de.
Decido la contrario, decido ir a verla cocinar, decido estar cerca de Hermione Granger porque en medio de toda esta oscuridad ella es lo único que brinda un halo de luz. El tiempo, las circunstancias, nuestra cobardía, todo está en contra nuestro y si soy verdaderamente honesto, no sé si saldremos victoriosos. Si fuera un hombre que apuesta diría que no.
Se está moviendo en la cocina con la determinación que sólo he visto en ella. Es intoxicante de la manera que un whisky caro puede serlo. El ambiente es más bien pequeño, con dos mesadas de mármol blanco, electrodomesticos que jamas he visto y una pequeña y rústica mesa de madera con dos sillas de cada lado. Es la cocina típica de una familia muggle en un tranquilo suburbio, y por un segundo me planteo lo que debe haber sido una pequeña niña demasiado inteligente para su edad corriendo por esta misma cocina de un lado al otro.
─¿Cocinabas con tu madre? ─pregunto mientras dejo caer mi silueta contra el marco de la puerta. Brazos cruzados y pies cruzados a la altura de los tobillos.
─Jamás ─responde sonriendo. ─Mamá trabajaba la mayoría del tiempo y a mi nunca me ha gustado demasiado.
─¿Estás por envenenarme, Hermione Granger? ─pregunto, juntando la mayor cantidad de humor que puedo en un momento así. Sueno mas bien agobiado y espero que entienda que es un comentario jocoso.
─Me ahorraría muchos problemas ─responde mientras pica algo sobre una blanca tabla de plástico.
No digo nada, porque sé a lo que se refiere pero no puedo lidiar con ello ahora. En cambio la veo cocinar por unos buenos minutos, totalmente en silencio y abstraído por el actuar de su cuerpo. Me estoy familiarizando con un nuevo matiz de ella, una nueva realidad que no sé si alguna vez imaginé ver. Decido hablar cuando escucho una canción que trata del dolor, en la radio, porque Merlín sabe que no quiero escuchar hablar de dolor en este momento.
─¿Cual es tu canción favorita? ─pregunto.
─No la conoces ─responde ella de manera automática. ─A menos que te hayas familiarizado con los cantantes muggles. ─niego con la cabeza, por más que sé que no me verá.
─¿De qué trata?
─De ser aceptada con los defectos e inseguridades que una mujer puede tener. De recibir cariño.
La miro concentrada en sus propias ideas, es como si mi pregunta le haya abierto la cabeza a ideas que hace mucho tiempo que no se planteaba. O tal vez abrí la tapa del baúl de los recuerdos, no lo sé, pero sí sé que la he hecho pensar. Sonrío ante mi propia ocurrencia y abro la boca antes de distraerme con algo más.
─Cántala ─pido.
─¡No! ─exclama horrorizada ante la idea. ─No soy capaz de afinar ni aunque mi vida dependa de ello.
─Hermione Granger tiene un defecto… ─bromeo mientras me adentro en la cocina. ─Cántala ─susurro mientras la tomo por la cintura.
─Tengo muchos defectos ─aclara de manera decidida.
─¿Me harás rogar, Granger?
─¡De acuerdo! ─exclama antes de dejar la cuchilla sobre la tabla y limpiarse las manos en un trapo. ─Tú lo pediste.
La honestidad siempre ha estado presente en nuestra relación y cuando la escucho cantar me doy cuenta que una vez más no ha faltado. La voz es suave y rasposa a la vez, incapaz de seguir una melodía y con agudos que no me caben dudas están muy fuera de lugar. Hermione Granger no sabe cantar, pero Merlín sabe que lo está intentando. Sus ojos están cerrados y su pie derecho se eleva hacia arriba y hacia abajo en busca de mantener el ritmo apropiado. No me puedo ver pero sé que estoy sonriendo como un estúpido. En medio de toda la mierda, de toda la oscuridad y la miseria ella me tiene sonriendo a partir de su incapacidad absoluta de entonar. No hay mucho que pensar, es rápido y fácil saber que lo que tengo que hacer es besarla y eso es lo que hago.
El agarre que mantengo en su cintura se agudiza y mis labios están devorando los suyos de manera desesperada. Ella me imita, rodeando mi cuello y atrayéndome aún más contra ella. Nunca hicieron falta palabras que expresen lo posesivos que somos con el otro. Así, en la intimidad, en el deseo y la pasión ella es mía y yo soy suyo.
─Sofá ─susurra entre respiro y respiro.
Recuerdo el camino, es salir por la puerta y avanzar derecho hasta la sala. Se me hace más sencillo ver cuando sus dientes están concentrados en marcar la piel de mi cuello y sus manos se deslizan por mi cabello. Meses atrás la hubiera tirado sobre ese sillón sin pensarlo dos veces, le hubiera sacado la ropa de rápidos tirones y la hubiera follado sin pensar en nada más que no fuera el placer de un glorioso orgasmo. Esta noche no quiero hacer eso.
La deposito con lentitud y me acomodo encima suyo, entre sus piernas y con mis ojos alineados con los marrones de ella. Hay algo, un brillo, un entendimiento, algo que le deja saber que el pedido que hice hace mucho me lo quiero cobrar hoy. Le dije que quería una cita, para demostrarle que no era parecido al amor lo que sentía, que era condenado amor como es aquel que te consume por dentro y te deja raquítico de sentido y racionalidad. Por un segundo temo que no me deje, pero cuando sus manos son delicadas al desprender los botones de mi camisa y sus labios se sienten como suaves gotas en el rocío del amanecer confirmo que me está dando una oportunidad.
Nos besamos tanto como es posible besar a otra persona. Cada rincón de su piel, cada lunar, cada marca, cada cicatriz, cada defecto glorioso que cuenta una historia he descubierto y he revelado. Su ropa está entremezclada con la mía en el suelo y sus extremidades están entremezcladas con las mías en el sofá. Deslizo mi mano derecha por entre sus senos, por su abdomen hasta llegar a la delicada piel de su pierna. Allí clavo mis dedos para guiarla hasta que rodea mi cintura y con un movimiento decidido estoy entrando en ella.
El calor, la humedad, el sudor, el aroma, todo en el ambiente es intoxicante, pero en especial lo es la sensación. Estar dentro de esta mujer siempre ha sido y siempre será una experiencia reveladora. Estoy tan dentro como es posible y me quedo allí por un momento hasta que la veo volver a abrir los ojos. Hay algo raro en ellos, tal vez es miedo o tal vez es incertidumbre, no lo sé y por esta noche no quiero saberlo.
─Te extrañé ─digo hablando el mismo idioma que ella.
Su respuesta es un letárgico sonido que dura lo que tardo en salirme prácticamente en su totalidad. La siguiente embestida es igual de lenta, igual de seductora y sensual. Es una novedad para ambos y cuando ella cierra los ojos y levemente despega la espalda del sofá sé que algo bien estamos haciendo. Quien mierda hubiera dicho que tener sexo en la posición más clásica y aburrida de todas podía sentirse tan condenadamente delicioso.
Mis movimientos se repiten y lo mismo ocurre con sus gemidos. Sus uñas se están familiarizando con la piel de mi espalda y de manera esporádica lo están haciendo sus dientes con la piel de mi hombro. Es en cambio mi lengua la que está teniendo una comunión con su cuello y sus senos.
─Más hondo. ─la escucho murmurar. ─más rápido ─agrega a la par que sus talones se clavan en la parte baja de mi espalda.
Le hago caso y acelero mis movimientos a la par que busco llegar tan profundo como pueda. La tensión en cada parte de mi cuerpo se incrementa con cada perfecto roce y como un maldito prepuberto le estoy susurrando de manera ininteligible que espero que esté cerca porque un mes sin ella ha destrozado por completo mi resistencia. No sé si me entiende o si siquiera me está escuchando entre cada gemido que suelta, pero me responde de la mejor manera posible. La siento contraerse alrededor mío con más fuerza de lo que sentí alguna vez, lo mismo ocurre con el gemido que nace de su garganta, es grave y lento y proyecta un liberación propia de aquellos orgasmos que te sacuden el piso debajo de tus pies. Yo la estoy siguiendo como un perro sin hogar e instantes después el gruñido que domina el silencio del ambiente es el que nace de mi garganta, mientras que me siento estallar dentro de ella como el maldito dominado que soy.
Te amo. Dime que esto no es amor. Júrame que no somos asquerosamente perfectos juntos. Mirame a los ojos y asegúrame que no quieres hacer esto todas las noches de nuestras vidas hasta que el mundo arda o lo hagamos nosotros. Anímate, contradíceme.
Quiero gritarle esas palabras en el rostro, discutir, pelear, pegar un portazo y volver a intentarlo el día siguiente si hace falta. En cambio me acomodo entre el respaldo y su cuerpo, la atraigo aún más contra mí y cierro los ojos con mi nariz enterrada en su cuello. No digo nada, sólo intento dormir con ella a mi lado. La última noche que lo haré en al menos tres semanas. La última noche que lo haré hasta que Tori se recupere o hasta que Tori me deje de manera permanente.
─Nunca te voy a dejar solo ─susurra con la voz entrecortada. Está respondiendo a mi pedido y agradezco tener los ojos cerrados de lo contrario estaría llorando como un maldito estúpido una vez más.
No sé en qué momento se fue la noche o en qué momento aparece la mañana. Es el olor a té el que me despierta y luego es una caricia de ella en mi pelo. Estoy en el sofá de la casa de sus padres, mi cuello está duro y dolorido y la imagen de ella bañada e impecable frente a mí me tiene desorientado.
─Están por ser las seis ─dice con lentitud. ─Desayuna que tienes que ir a la clínica.
─Tengo que avisarle a Daphne y a los padres de Astoria ─suelto con la voz rasposa. ─Tengo que ir a armarme un bolso para quedarme en la clínica.
Sus ojos brillan con la decisión de una mujer capaz de llevarse al mundo por delante. Cuando me dijo que no me va a dejar solo, lo dijo enserio. No es que alguna vez lo haya dudado, por supuesto que lo dijo enserio. Le mentimos al mundo, pero no a nosotros, por más retorcido que suene.
─Pégate una ducha, desayuna y vete a la clínica ─ordena. ─Yo iré hasta la mansión a prepararte un bolso, le aviso a la familia de Astoria y me comunico con la gente correspondiente para ver que se puede hacer y cuales son las opciones disponibles. ─asiento. ─Si alguien pregunta viniste a pedirme ayuda porque fui la única persona que se te ocurrió. Nada más que agregar.
─Gracias.
─Te prometí que no te voy a dejar solo. ─me recuerda.
─Estoy aterrado, Granger ─confieso mientras me siento en el sofá.
Hermione se agacha frente a mí, mirada decidida, postura rígida y predisposición dominante. Su mano se mueve hacia delante, hasta tomarme del mentón. Puedo sentir la fuerza en su agarre que me obliga a mirarla a los ojos. Por Salazar, me da asco lo débil que soy. Tengo que pestañear numerosas veces para disipar la fina capa de lágrimas que amenaza con caer una vez más.
─A cada instante me tienes a tu lado ─asegura. ─Y cuando sientas que no das más, aférrate al hecho de que todo este tiempo has tenido razón.
