Música recomendada: Amy Macdonald (slow it down) y Lana del Rey
Capítulo 11
¿Quieres que me vaya?
- ¿Quién anda ahí?
Christine y Erik se separaron asustados. La voz venía de fuera. Tal vez era un conserje, que dormía en el mismo teatro. Poco importaba: tenían que salir de allí rápidamente. El problema era que la luz de la vela había muerto mientras estaban ocupados... en cualquier caso la cuestión es que se habían quedado completamente a oscuras.
- ¡Dame la máscara! -susurró Erik, apremiante.
Christine palpó a tientas el suelo, pero lo único que encontró fue el rasposo tacto de un antifaz. Se lo pasó a Erik, esperando que no le molestara el cambio de atuendo.
- ¿Qué es esto? -replicó Erik, notablemente molesto.
- ¡No encuentro la máscara!
- Ya, ya... -repuso él, incrédulo.
Otro golpe afuera obligó a Erik a tragarse su orgullo y dejar la discusión para más adelante. Cogió a Christine de la mano, la ayudó a levantarse y la llevó hasta el otro extremo del vestuario. O eso intuía ella, porqué poco podía ver.
- Espera aquí -le ordenó él, dejando ir su mano. No tardó mucho en volver, pero para entonces Christine ya se había dado cuenta que aún no se había cambiado e intentaba encontrar infructuosamente su ropa. Por suerte Erik sabía moverse fácilmente en la oscuridad y recuperó su mano fácilmente-. Vayámonos -la urgió, estirándole levemente.
- ¡Mi ropa! -cuchicheó ella, tratando de volver atrás. Justo en ese momento, la puerta del vestuario se abrió y la luz penetró en él. Erik obligó a Christine a agazaparse tras un baúl para esconderse del visitante.
El conserje tan solo estuvo unos segundos en el lindar de la puerta, ni siquiera se molestó en entrar en el vestuario. Pronto se convenció a sí mismo que había cumplido con su labor y cerró la puerta. Erik volvió a estirar de Christine cuando se hubo asegurado que el hombre ya se había alejado. Sin embargo, ella insitía en que tenía que recuperar su ropa.
- ¿No ves que podría volver? Tenemos que irnos -dijo él, sin dejar lugar a discusión.
Entonces se metieron por una portezuela que conducía a un pasadizo subterráneo. Anduvieron un buen rato en silencio, con el sonido de sus propios pasos como única compañía. Todo había sido demasiado rápido y extraño para que ninguno de los dos sintiera la necesidad de decir algo al respecto. Christine estaba demasiado ocupada pensando en su ropa, y en cómo explicaría a Raoul su cambio de vestuario. Erik se preguntaba qué calle sería más oscura para poder esconder el ridículo antifaz que se había visto obligado a vestir. Ninguno de los dos quiso siquiera recordar lo que acababa de ocurrir entre ambos, aunque el hecho de ir en aquel momento cogidos de la mano era un recordatorio bastante efectivo.
Tal vez debieran hablar sobre ello.
Llegaron hasta unas escaleras. Erik indicó con un gesto a Christine que subiera, mientras iba tras ella. Salieron al exterior y entonces Christine se dio cuenta de que estaban muy cerca de su casa. Cuando Erik la acompañaba era justamente allí donde solían despedirse.
Apenas una farola iluminaba la sombría calle, pero cuando Erik se colocó frente ella, pudo vislumbrar el vistoso atuendo al que lo había sometido. Es decir, la máscara veneciana que le había dado en lugar de su saco de patatas. Christine tuvo que llevarse la mano a los labios para disimular la risa.
- ¿Qué ocurre? -preguntó él, desconcertado.
Ella se limitó a negar con la cabeza.
- Nada, nada. Te queda muy bien el... antifaz.
Erik gruñó, mostrando su fastidio.
- Adiós -fue lo único que dijo, escueto, dándose media vuelta para marcharse.
- ¡Erik! -le detuvo ella, borrando la sonrisa de su cara y mostrándose ansiosa.
- ¿Qué?
- Mañana nos vemos, ¿no?
Entonces pareció que él recordó todo lo que acababa de acontecer... entre ellos. Sin embargo, el tema era demasiado reciente para "hablar de ello". Unas horas de reflexión le vendría bien a ambas partes. Algo había cambiado, y la tensión que acababa de instalarse en aquella breve despedida era una clara evidencia. Porqué ni siquiera sabían cómo decir un simple "hasta mañana" en la situación actual.
- Ah... sí -carraspeó Erik-. Mañana, a la misma hora, donde siempre.
Erik alargó un brazo como para... ¿para qué? Una vez colocado allí, no sabía que hacer con él. Dio unas palmaditas en el hombro de Christine.
- Buenas noches -murmuró Erik, y, con uno de sus movimientos de capa, desapareció en la oscuridad.
Christine suspiró.
- Vale.
Se quedó allí plantada unos segundos, hasta que una corriente de aire frío le recordó su escaso atuendo y fue corriendo hacia su casa. Con el corazón encogido empezó a repasar mentalmente las excusas que podía dar a Raoul por su increíble retraso. Las cosas entre ellos últimamente habían estado un poco tensas, no quería ni imaginarse la cara que le haría Raoul por su despreocupación horaria. Y mucho menos sabía con qué cara mirarle después de...
Una extraña sorpresa interrumpió sus pensamientos. Las luces de su casa estaban apagadas. Normalmente cuando llegaba estaban siempre abiertas y algún sirviente le había la puerta. Aquel día, sin embargo, tuvo que hacer uso de sus llaves. No tenía ni idea si aquello era un buen presagio, pero entró en la casa con precaución. Estaba en el más absoluto de los silencios. ¿Debía preocuparse? El corazón empezó a latirle con fuerza. Solo podía haber un motivo por el que... pero, ¿era posible? ¿Hasta ese punto había llegado a aborrecer Raoul sus retrasos? Con cierta culpabilidad, se dio cuenta de que, a pesar de lo "anormal" que pudiera parecerle, era perfectamente natural que llegado tal punto Raoul decidiera dejar de preocuparse por ella. Se había ido a dormir sin esperar que volviera.
Christine subió las escaleras y fue hacia la habitación de Raoul. Entreabrió la puerta y vio que, efectivamente, dormía. Con una desagradable sensación en el pecho, cerró la puerta y se fue hacia su habitación. Cuando entró y frente ella vio su propio reflejo, con aquel rojo atuendo fue rápidamente hacia el espejo y lo tapó con un chal.
- Oh, Raoul. ¿Qué he hecho?
A la mañana siguiente, Christine se levantó pronto, aborrecida de estar en la cama para nada. No había dormido un ápice en toda la noche, pensando en Erik, tratando de dejar de pensar en él y no consiguiéndolo. Todo lo que deseaba aquella mañana era volver a verle. Su música le martilleaba en la cabeza, le pasaba siempre que quería estar con él, sus notas, sus letras y melodías revoloteaban dentro de ella.
Baila conmigo hasta el amanecer.
Se encontró con Raoul en el comedor, desayunando. Era la hora en la que él solía desayunar. No tenía muy buen aspecto, aunque Christine sabía que el suyo no debía ser mucho mejor. Tan cansada como estaba, Christine ni siquiera se planteó cómo enfrentarse a su marido, cómo mentirle una vez más, y esta vez, por algo verdaderamente reprobable.
Bajo la luz de la luna.
Christine se sentó al otro lado de la mesa sin ni siquiera decir "buenos días" a Raoul. Un sirviente llegó y le sirvió el café a Christine tal y como le gustaba a ella, con mucha leche, poco azúcar y un toque de canela. Qué bien la conocían. En ese breve interludio de tiempo el matrimonio no se había dirigido una sola palabra.
- ¿Dónde estuviste a noche? -preguntó suavemente Raoul, con una voz gélida como el cristal.
Christine levantó la mirada, sorprendida. Creyó que el peligro había pasado. Se equivocaba. Optó por la media verdad.
- En el teatro.
- ¿En el teatro? ¿Tú sola?
- Sí -fue lo único que se le ocurrió contestar.
Raoul suspiró, con algo de exasperación.
- Christine, ¿qué está pasando?
Christine vaciló. ¿Qué podía decirle? "Sí que pasa. Hace ya unos meses que vuelvo a dar clases con el Fantasma de la Ópera, ¿Te acuerdas? Ése que intentó matarte. Ah sí, y ayer nos besamos."
- Lo siento -murmuró ella, bajando la mirada.
- ¿Qué sientes? -preguntó él con impaciencia.
- No ser la esposa que tú querías.
- No sé qué se supone que significa eso, pero no podemos seguir así.
- ¿Qué quieres decir?
- Pues que estoy cansado de esta situación. Últimamente no hablamos nunca, no vamos a ninguna de las fiestas que nos invitan y hace meses que no dormimos juntos. El otro día me dijiste que no querías tener hijos y ni siquiera podemos hablar de ello. Te pasas el día fuera de casa, no sé dónde estás, ni con quién. ¿Qué quieres que piense?
Christine asintió, compungida.
- Tienes razón, lo sé. Sé que he estado... distante. Es que me agobia eso de tener hijos. Ya sé que la mayoría de las mujeres quieren tener hijos, pero yo... yo quiero cantar Raoul. Cantar es mi vida. Y sé que si tengo hijos no volverá a ser lo mismo.
- ¿No quieres tener nunca hijos?
Tal fue el desasosiego con el que le habló Raoul que Christine sintió la necesidad de rectificar sus palabras.
- No he dicho nunca, nunca... solo... de momento.
Raoul asintió, sin que la sombra de preocupación desapareciera de su cara. Entonces por primera vez en mucho tiempo Christine volvió a mirar realmente a su marido. Ya no era aquel joven muchacho que había conocido en la ópera. Antes era jovial, siempre sonriente... pero ahora, su rostro solo mostraba tristeza. Ni siquiera recordaba la última vez que la había visto sonreír. Y todo era culpa suya. Le hacía infeliz. Porqué nunca había estado realmente con él. Siempre había habido... otro. Christine meneó la cabeza, tratando de sacudir dichos pensamientos de su cabeza por enésima vez. Christine se levantó, rodeó la mesa y fue hacia Raoul. Se sentó a su lado y le tomó la mano.
El tiempo de bailar pasa.
- Perdóname, perdóname, ¿qué puedo hacer?
- No tienes que disculparte, Christine -repuso Raoul con cansancio-. Yo solo quiero estar contigo. No quiero ser uno de esos maridos que controlan sus mujeres, sé que eres honesta y confío en ti. Pero me gustaría hiciéramos cosas juntos, ¿sabes? Compartir nuestra vida.
- Claro -dijo ella, con un hilo de voz, sintiéndose la persona más horrible del mundo por mentir de aquella manera a un hombre tan bueno.
- Esta noche hay un baile en casa de los Laurent. No te había dicho nada porqué últimamente no hablamos... pero realmente me gustaría que fuéramos.
- Entonces iremos -sentenció ella, tratando de aparentar seguridad-. Pero voy a tener que comprar un nuevo vestido.
- ¡Por supuesto! Pediré que te preparen un carruaje para que puedas ir al centro a buscar algo...
Raoul se levantó con entusiasmo y empezó a dar órdenes a los sirvientes para que complacieran a su esposa. Christine suspiró. Por aquella vez había salido bien, pero sabía que, tal como había dicho Raoul, aquello no podía seguir así.
Y sé que el cielo está fuera de mi alcance.
Erik deambulaba por las calles de París sin rumbo. La noche anterior había vuelto a casa del Persa solo para cambiarse el dichoso antifaz por una de sus medio-máscaras (mucho más discreta que aquel colorido antifaz, hay que decir). Había querido tocar el piano, pero nada se le ocurrió. No podía dormir, así que volvió a salir a la calle y empezó a andar y andar. Sin ir a ningún sitio en concreto. El día había llegado y su ámbito de paseo se había quedado bastante limitado a las calles estrechas y sombrías. Pero no sabía qué otra cosa hacer. Sin realmente quererlo, aunque deseándolo calladamente, fue acercándose a la casa de Christine. Sabía que era peligroso estar tan cerca de su casa y a esas horas, mas no pudo evitarlo.
Necesitaba verla, hablar con ella, entender qué había pasado.
El corazón le dio un vuelco cuando la vio salir de casa completamente sola. El carruaje la esperaba, pero habló con el sirviente y se fue sola andando calle abajo. La siguió de cerca manteniéndose en la sombra, temeroso de que alguien conocido pudiera encontrarla. La siguió durante un buen rato y cada vez más desconcertado, pues no entendía hacia donde se dirigía. Entonces se planteó que, tal vez, tan solo tal vez, le ocurriera exactamente lo mismo que a él, y que no iba a ningún sitio en particular, solo andaba.
Entonces llegaron al Sena, en una de las orillas más solitarias y apartadas y ella se sentó en un banco. Una vez se hubo asegurado que no había nadie alrededor, Erik salió de su escondite y se sentó a su lado. Ella no pareció sorprendida de verle.
- Esta noche no podremos ensayar. Tengo que ir a un baile -suspiró ella, apesadumbrada.
- Bueno -se limitó a contestar él.
Ninguno de los dos dijo nada más. Un soplo de aire removió las hojas de los árboles y ninguno dijo nada. Se oía el rumor de la ciudad a lo lejos, el pasar de los carruajes, la gente hablando, y ninguno de los dos había hablado aún.
- Debería irme a comprar un vestido -finalmente dijo Christine.
- ¿Debes irte?
- Sí, debo -asintió ella, inmóvil.
- Ah, el deber -suspiró Eric-. Qué extrañas palabras. Tan importantes para la raza humana cuando solo producen dolor.
- Por supuesto, ¿qué sabes tú de las normas?
- Que han sido impuestas por los fuertes para someter a los débiles.
- Ya -asintió Christine. Meneó la cabeza, con cansancio-. ¿De qué se supone que estamos hablando, Erik?
Erik se acercó un poco hacia Christine, bajando la voz como si tratara de hacer una confidencia.
- De romper normas -susurró él, en lo que detectó Christine, debía ser un tono travieso. Christine no pudo evitar sonreír levemente-. ¿Te parece divertido?
Christine trató de ocultar la sonrisa con la mano.
- Eres malvado. Te gusta confundirme.
- Puede que ya estés confundida y yo solo te ayude a hacer aflorar esa confusión.
- Hoy estás particularmente filosófico.
- Debe de ser porqué llevo toda la noche pensando.
- Yo también.
- ¿Y has llegado a alguna conclusión? -trató de decir Erik con desinterés, aunque para ella fue evidente el deje de ansiedad en su voz. Le conocía demasiado bien como para no conocer las emociones que dejaban traslucir su voz.
- A varias, pero ninguna me convence.
Volvieron a caer en el silencio, sin que ninguno de los dos supiera muy bien qué decir. Finalmente Christine se decidió y se levantó.
- Me voy.
- Espera.
- ¿Qué?
Erik dudó.
- ¿Podemos hablar de lo que ocurrió ayer sin rodeos? -soltó Erik, claramente aliviado al decir lo que le había estado carcomiendo durante toda la noche.
- ¿Resolverá algo hablarlo? -respondió ella escéptica.
- Por lo menos será mejor que callarlo. ¿Puedes volver a sentarte?
Christine se cruzó de brazos y se quedó donde estaba. Viendo la actitud de Christine, Erik decidió levantarse él mismo para ponerse a la misma altura. Instintivamente, Christine se alejó un paso de él.
- ¿Ahora me tienes miedo?
No, a ti no. A mí misma. Pero Christine prefirió mantener aquel pensamiento para sí misma. Ahora que ya le había... ya habían estado tan cerca el uno del otro, le resultaba mucho más fácil acercarse a él... y más difícil alejarse. Christine hizo una mueca. ¿Qué le estaba ocurriendo? Nunca se había sentido así con Raoul.
- Ahora comprendo porqué pusiste aquellas absurdas normas.
- Tampoco han servido de mucho.
- Me equivoqué, ¿vale? En aquel momento, no sé, ocurrió, pero ahora... esta mañana, cuando he visto a Raoul me he sentido fatal. Y no quiero hacerle daño.
- Por lo menos él sigue siendo guapo -resopló Erik con amargura.
- ¿Qué se supone que significa eso?
- Es un vizconde joven y guapo que se encaprichó contigo, pero si quisiera podría estar con cualquier otra mujer. Incluso podría estar ahora mismo con otra mujer, y tú ni siquiera lo sospecharías, o no, no lo sé... Pero yo... yo jamás, ni siquiera imaginé que... -Erik calló-. Es igual. No, no quiero comparar, no quiero compasión...
- ¿Compasión? -repitió Christine suavemente. Poco sospechaba Erik que dicha palabra encendería de aquella manera a Christine- ¿Compasión? ¿¡Compasión! ¡Compasión! ¡Ja! -Christine apretó los puños, dio media vuelta furibunda, y entonces le dio un puñetazo en el brazo a Erik.
- ¡Ay! ¿Se puede saber qué...?
- ¡Idiota! Después de manipularme, amenazarme y chantajearme, ¿de verdad crees que puedo sentir compasión por ti? ¿De verdad? ¿Después de saber todo lo que hiciste en la Ópera? Si de verdad crees eso, es que me conoces muy poco...
- ¿Entonces por qué me besaste?
- Porqué quería besarte -respondió ella de forma impulsiva. Contestó in meditar, sin pensarlo, y nada más pronunciar aquellas palabras se arrepintió. Porqué vio la esperanza en los ojos de Erik, y sabía que ahora sería mucho más difícil echarse atrás o intentar fingir que nada había ocurrido. Pero, ¿a quién quería engañar? En el momento en qué le quitó la máscara supo que no podría volver atrás. Había dado el paso sin ni siquiera estar segura de querer seguir aquel camino.
- ¿Y eso dónde nos deja?
- A mí, desde luego, como una mala persona -atajó Christine, cruzándose de brazos y alejándose un paso más de Erik-. He vuelto a hablar demasiado, debería irme.
Antes de que Christine pudiera marcharse Erik alargó el brazo y le tomó una mano. Christine le miró suplicante. Déjame ir, déjame ir, ahora que puedo. Algo a lo que no estaba dispuesto Erik, ahora que había reunido el valor para sincerarse.
- Dios sabe que he intentado dejar atrás mi oscuro pasado, Christine. Te juro que lo he intentado, y todo por ti. Haces que quiera ser mejor persona, haces que crea que vale la pena. Y Dios sabe que intenté aceptar tu decisión y enterrar mis sentimientos hacia ti. No soporto verte sufrir, y menos por mi culpa, y lo último que desearía es volver a verte infeliz. Intenté hacerte creer que había muerto y mantenerme alejado de ti. Pero tú seguías volviendo y seguías buscándome... y tus ojos... Dios sabe que no habría regresado si hubiera sabido que eras feliz, Christine. Pero no lo eras y me fue imposible mantenerme al margen. Lo he intentado, Christine, lo he intentado con todas mis fuerzas. Intenté autoconvencerme y autoengañarme, y creer que ya no te amaba. Pensé que solo era la música, que solo necesitabas mi música. Pero cada mirada, cada lágrima y cada palabra tuya ha reavivado lo que creí haber olvidado. Porqué nunca he dejado de amarte. Nunca. Por eso te pido que no juegues más conmigo y que seas sincera. No me repliques, y escucha atentamente -le advirtió él, al ver la cara que hacía Christine de desacuerdo-. Si tú me aseguras ahora que si te dejo y me voy para siempre serás feliz, me iré. Sin embargo, si eres incapaz de prometerme que serás feliz... entonces no me pidas que pase por alto lo que acabas de decir, porqué no te lo permito, Christine. Así que, contéstame: ¿quieres que me vaya?
Christine bajó la mirada al suelo, con un nudo en la garganta, incapaz de hablar. Erik posó suavemente su mano enguantada bajo su barbilla y la obligó a mirarle.
- ¿Quieres que me vaya?
- No -susurró ella, en voz casi inaudible.
- ¿Por qué? ¿Por qué no? ¿No quieres ser una esposa modelo? ¿No es eso lo que deseas? ¿Complacer a tu marido? ¿Por qué no debería irme si estoy entorpeciendo tu matrimonio?
Christine le devolvió la mirada, con desesperación, pero vio en los ojos de Erik una determinación imposible de eludir. Sabía qué quería oír Erik, mas ella no sabía si sería capaz de decirlo en voz alta. Al fin y al cabo, era una cuestión que había tratado evitar durante tanto tiempo que se había convencido a sí misma de su inexistencia. Creyó que podría mantener esa situación de indefinición para siempre, pero ahora se daba cuenta de lo doloroso que había sido para Erik. Y para sí misma, por más que tratara de engañarse. Pero las viejas costumbres son extremadamente difíciles de deshacer.
- No sé qué quiero, Erik. Solo sé que, aunque te pida que te quedes y que te diga tú me das algo que Raoul no tiene... seguiré estando casada con él. Tomé una decisión, y debo acarrear con las consecuencias. Hice una promesa y no puedo incumplirla. ¿He sido egoísta? Puede. Cierto, no me he portado bien contigo. Pero tú tampoco es que seas un santo.
- Tienes miedo de la verdad.
- ¿Y cuál es la verdad, Erik? -suspiró ella, con cansancio.
Erik le cogió ambas manos a Christine y se acercó a ella. Esta vez Christine no retrocedió. Ambos se miraron unos segundos, Christine con escepticismo, Erik desafiante. El suspense empezó a inquietar a Christine, pero esperó impasible hasta que Erik habló nuevamente.
- Que Raoul es tonto. Es un niño bien, soso y aburrido. Bonachón, sí, pero simplón. Te arrepientes de tu decisión cada segundo de cada día porqué cada segundo de cada día con él es exasperantemente aburrido.
Christine se deshizo de las manos de Erik con brusquedad.
- Y tú eres cruel, insensible y malo -replicó ella, indignada-. El destino quiso maldecirte con ese rostro para rebajar tu soberbia y prepotencia. ¡¿Qué te da derecho a insultar de esa manera a mi marido?
- Tú, Christine, tú y tu meliflua voz desde que estás con él. No hay pasión en tu voz, no hay nada. Porqué él te coarta y te oprime. Tienes miedo de dejarte llevar, de ser quien realmente eres. Tienes miedo hasta de vivir.
- ¿Y precisamente tú, el valiente que se oculta tras una máscara, tienes que decirme que tengo miedo?
- Yo ya me he quitado mi máscara ante ti, puesto que eres la única persona que deseo que me acepte. ¿Qué te retiene a ti?
- ¡No lo sé, no lo sé! ¿Es que esta conversación no tiene fin? ¿Qué quieres Erik, qué quieres? ¿Qué puedo hacer? ¿Es que no lo ves? ¿No ves que estoy atrapada, que no puedo hacer nada? Tal vez para ti la conciencia sea un concepto abstracto sin sentido, pero para mí es importante. Es demasiado tarde, ya no puedo echarme atrás.
- ¿Acaso tu religión y tu costumbres te prohiben ser fiel a ti misma? ¿Sentir? ¿Vivir? … ¿amar? Nadie te lo ha prohibido, Christine, más que tú misma.
- Estoy demasiado cansada para seguir discutiendo sobre esto.
- De lo que estás cansada es de luchar contra ti misma.
- Lo que sea. Ya es muy tarde. Debo irme.
Erik meneó la cabeza, decepcionado.
- Por supuesto, es lo que mejor sabes hacer.
- Erik, no tengo fuerzas para seguir discutiendo contigo.
- ¿Entonces qué hacemos?
- De momento, despedirnos.
- ¿De momento? No has contestado a mi pregunta. ¿Qué razón tengo para volver? ¿Qué me impide irme? Puede que fuese lo mejor, así dejarías de luchar, así dejarías de tener dudas y de estar confusa.
- Erik, de verdad que estoy cansada.
- Puede que esa excusa te sirva con tu marido, pero no conmigo.
Christine se apretó los puños y se mordió la lengua. Intentó no volver a caer una vez más en sus provocaciones, pues sabía que cada vez que se alteraba estaba más cerca de dar la razón a Erik. Además, Erik había dado en el clavo: precisamente aquella era la táctica que utilizaba para evitar a Raoul. Y que Erik supiera algo así no hacía sino molestarla más.
- ¿Por qué insistes en amargarme?
- ¿Por qué insistes en resistirte?
- Te crees muy listo, pero no sabes nada. No tienes ni idea de cómo me siento.
- Pues explícamelo.
- ¡Erik, tengo prisa!
- Y yo desde que nos besamos lo único que deseo es volver a besarte, y sin embargo me aguanto.
Christine no pudo evitar sonrojarse al oír estas palabras y en un vano intento de evasión trató de sobreponerse respondiendo con un frío sarcasmo.
- Oh, qué caballeroso.
- Sí, pero empiezo a pensar que en este tipo de situaciones valen más las acciones que las palabras. Disculpa mi ignorancia, querida, per me temo que la inexperiencia me ha jugado una mala pasada -repuso Erik con tranquilidad, acercándose felinamente hacia ella.
- Erik, espera, lo de ayer no te da derecho a... -le advirtió Christine, señalándolo con un dedo, retrocediendo.
Erik se plantó junto a ella en dos zancadas, a escasos centímetros.
- Dime que pare y lo haré.
Christine boqueó varias veces, tratando de decir algo, pero ningún sonido articulado salió de sus labios. Estaba demasiado cerca de él como para poder pensar racionalmente, o siquiera como para moverse. Erik la tomó de la cintura y la besó. Christine apenas reaccionó, de la impresión que le había causado la rápida resolución de Erik. Entonces Erik volvió a separarse levemente de ella, para dejarla respirar y la miró fijamente, esperando su respuesta.
- No -murmuró Christine, apenas consciente de sus palabras- no pares.
Entonces Erik sonrió, y volvió a besarla, pero esta vez con más fervor, olvidando cualquier precaución anterior. Esta vez ella sí reaccionó, con igual pasión, apretándose a más a él, intentando saborear cada sabor, cada caricia. Erik casi creyó enloquecer al sentir la febril respuesta de ella, pero una vez más supo sobreponerse a su propio deseo y se separó de ella, aunque sin dejar de rodearla con sus brazos.
- ¿Y bien?
- Te juro que te mato si se te ocurre marcharte, Erik. Oh, Dios, para antes de que hagamos alguna insensatez -le rogó Christine, sin aliento, al ver que intentaba volver a besarla.
- ¡No puedes decirme algo así y pretender que me mantenga impasible!
- Lo siento, pero sigo teniendo que ir a comprarme un vestido.
- Otra vez con...
Christine le puso un dedo sobre los labios.
- Tenías razón. Pero no puedo cambiar sin más toda mi vida. Es imposible que decidamos ahora qué vamos hacer y menos... así -repuso ella, al reparar en lo "abrazados" que seguían estando-. Así que de momento voy a ir a ese maldito baile y mañana ya pensaremos algo.
- Tu pragmatismo es desesperante. ¿No podrías, simplemente...?
Christine le calló nuevamente con un beso. Ninguno de los dos se resistió a abandonar las palabras por el placer de aquel simple beso. Esta vez Christine fue la que intentó ser más fuerte y separarse definitivamente de Erik. Su resolución se tambaleó peligrosamente al ver los ojos anhelantes de Erik, pero supo sobreponerse nuevamente con su "pragmatismo".
- Hasta mañana.
Erik no respondió a la despedida y se limitó a cruzarse de brazos y observar como Christine se marchaba. El pequeño tambaleo de ella y su mirada hacia atrás fue lo único que compensó a Erik la desagradable sensación de tener que dejarla ir. Veinticuatro horas parecían una eternidad. Hm... ¿dónde se celebraría aquel "maldito" baile?
Continuará...
N.A: Como compensación de mis continuos retrasos, hoy tenemos capítulo extra :)
Muchísimas gracias por todos vuestros reviews, son precisamente vuestros comentarios los que me animan a continuar con esta historia. Espero que os haya gustado este capítulo.
