Varekai: "en cualquier lugar"
Autor: PauYh796
Número de palabras del capítulo: 4.826
Nuestra historia.
Hace tiempo, mucho tiempo, en un país lejano y en guerra, dos personas soñaron con un mundo mejor.
—No, por enésima vez no —Kushina frunció el seño.
—Pero, cariño, piénsalo ¡imagínate las posibilidades!
El disparo de un arma sonó, y Kushina se encogió hacia adelante, nunca te acostumbras al sonido de los disparos. —¿Si ves? Kushina, no tenemos que aguantar esto por más tiempo.
—Pero… Minato… lo que dices es una locura.
Un grito de fondo bastó para que Kushina se abrazara a Minato, temblando levemente, como odiaba estar así de aterrada. —Quiero llevarte a vivir una vida buena, sin tener que asustarnos de los asesinos, de las armas, del ejército.
—No puedo abandonar a mi familia de ese modo.
Con delicadeza Minato tomó el mentón de Kushina y la obligó a mirarlo. —Tu familia estaría feliz de que puedas escapar de este lugar.
—Déjame pensarlo ¿vale?
Minato asintió más enérgico que antes, otros disparos sonaron lejos pero ahora ninguno de los dos se asusto; Minato asomó la cabeza desde la puerta y vio que no había nadie cerca. —Tengo que irme —anunció con pesar, Kushina asintió—, nos vemos esta noche— y Minato echó a correr, cuidando a su alrededor por si alguien se aparecía.
Kushina se quedó mirando a la nada.
Estaba en una cabaña abandonada —fijo ahí habían matado a alguien en algún momento—, no tenía puerta y a duras penas se mantenía en pie, pero ese era el escondite que poseía con Minato, su novio y puede que el amor de su vida.
Gritos, peleas, disparos, muertes, militares, aviones, bombas, llanto… el pan de cada día para Kushina no era más que aquellas palabras, viviendo una guerra por la que nadie se interesa, viendo morir a las personas queridas. Tan solo la noche anterior una bala se había cobrado la vida de un tío de Minato.
Kushina no tenía donde ir; no quería volver con su familia, era atemorizante pensar en "salir a dar un paseo", lo único bueno que ella tenía era a Minato, aquel hombre la había sacado de más de un problema; como esa vez que terminó metida con una pandilla, y Minato llegó a salvarla ganándose un disparo en la pierna. Estaba enamorada de él, y al parecer él también de ella. Aquello bastaba.
La cabaña tenía un pequeño sofá casi a ras de piso, pero que bastaba para que el frío del suelo no se te metiera a los huesos, y Minato había conseguido —quien sabe dónde— un pequeño televisor de antena y a blanco y negro. Podían pasar horas y horas sentados mirando la horrible imagen. Kushina prefería los libros, pero desde que la guerra había acabado con todas esas cosas simplemente le había quedado su imaginación, y el pequeño televisor.
Dormir mucho también ayuda cuando odias tu realidad.
De cariño Minato siempre le decía a Kushina que era un koala, por esos largos letargos en los que se sumía; un día alcanzó a dormir unas dieciocho horas sin ser interrumpida por los disparos y conflictos. Quizá durmió tan bien porque Minato había estado junto a ella.
La cita estaba planeada para el anochecer, y Minato nunca se retrasaba con sus citas, por lo que Kushina nunca se fue de la cabaña, sentada a un lado de la puerta esperó y esperó, durante horas, con frío, pero a sabiendas de que Minato aparecería a penas la luz se fuera.
Cuando fue de noche Minato no apareció.
—Ya llegará.
Una hora, dos horas.
Vale, puede que durante el día haga un calor insoportable para medio universo, pero durante la noche hace tanto frío que alguien puede morir en medio de él, y estando las cosas como están Kushina no tiene la ropa más abrigada del mundo, de hecho, aquello que está usando lo tomó de una turista —periodista— amistosa que optó por regalarle lo que llevaba puesto.
Minato nunca se retrasaba con sus compromisos. Kushina, aterrada, se echó a llorar contra sus rodillas; iba a salir a buscarlo, lo iba a hacer, pero que tal que Minato llegara mientras ella no estaba. Tenía tanto miedo que su cuerpo se petrificó, ¿sería el frío? ¿Será el cansancio?... Será la ausencia de su otra mitad.
Era de madrugada (más de siete horas de retraso) cuando Minato entró a la cabaña como un torbellino, tropezó con la figura asustada de Kushina y cayó al suelo con un ruido sordo.
—¡Minato! —gritó Kushina saliendo de su ensimismamiento.
—L-Lo siento, llego tarde.
A pesar de que Kushina sonrió su vista estaba fija en la mano derecha de Minato, sosteniendo su hombro izquierdo, luego, con ayuda de la luz de la luna vio como delicadas gotas de sangre se resbalaban hasta el suelo.
—¡¿Qué te pasó?! —gritó aterrada, por fin su cuerpo se movió y ayudó a Minato a quedar sentado en el suelo, le obligó a quitar su mano para poder verle el hombro.
—Me metí en problemas —Minato le restó importancia mostrando una de esas sonrisas dignas de su familia—. No te preocupes —agregó viendo los ojos preocupados de Kushina—, la bala impactó en el hueso y fue fácil sacarla, no estoy sangrando tanto.
—¡¿Pero qué dices?! Mírate, llevas la camisa toda empapada de sangre. Déjame ver.
Con delicadeza ayudó a Minato a despojarse de su camisa, él quedó con el pecho desnudo y se estremeció de frío pero no mencionó nada. Kushina pudo comprobar que lo que Minato decía era cierto, y que no tenía la bala en su cuerpo, pero la herida no dejaba de sangrar. Sin represalia se quitó su saco, lo rompió con facilidad y lo ató en el hombro de Minato a modo de venda improvisada para detener la hemorragia.
—Estaba preocupada —aceptó Kushina al terminar la curación.
—Perdóname —Minato volvió a sonreír—, pero valió la pena. —Sin esperar respuesta llevó su mano izquierda al bolsillo de su pantalón, reprimió el gemido de dolor que osó con salir, y de su bolsillo sacó una bolsita de piel que le extendió a Kushina.
Ella la tomó, la abrió, y dentro de ella había una pulsera plateada. —¿Eh?
—Feliz aniversario —dijo Minato sonriendo—. Hoy hace dos años que formalizamos nuestra relación —su sonrisa se extendió—, claro que ya son más de cuatro años desde que nos gustamos, pero esa es otra clase de aniversario.
—¿Tú… fuiste a conseguir esto para mí? —Kushina miró ensimismada la pulsera, pese a que de seguro no era de plata real era tan hermosa como si lo fuese. Sonrió.
—Aja. No importan las heridas que me hice, te pude traer esto.
—Pero no tengo nada para ti.
—Eso no importa. Es suficiente con todo el amor que me das —ahora sin importarle el dolor de su hombro Minato se acercó a Kushina y la abrazó con fuerza contra su pecho.
Pudo sentir las cálidas lágrimas de Kushina sobre su piel, no le dijo nada, sólo la abrazó con más fuerza.
Esa noche ninguno de los dos se preocupó por volver con sus respectivas familias. Ambos tenían frío, y por eso mismo no dejaron de abrazarse en toda la noche restante, se brindaron calor, se sintieron felices uno con el otro. Aunque aún sonaban disparos de fondo Kushina se sentía feliz.
Al amanecer se despidieron en la puerta inexistente de la cabaña y cada uno cogió rumbo propio.
Caminar escondiéndose de las personas era usual, porque cuando todos van armados una sola mirada puede costarte la vida, y Kushina bien lo sabía por experiencia propia. No fue mucho tiempo para llegar a su propia casa, con toda su familia.
Desde la entrada se podía sentir que las cosas no estaban del todo bien, había un aura diferente. Preocupada entró a la casa, dentro todos se movían afanosamente de lado a lado; nadie se percató de su presencia allí hasta que Mito Uzumaki —abuela de Kushina— se tropezó con ella.
—¡Kushina! —exclamó aliviada—. Qué bueno que por fin llegas, ve y recoge tus cosas importantes. Nos vamos.
—¿Qué?
—Tu abuelo consiguió a alguien que nos puede sacar del país ¿no estás cansada de la guerra? Tenemos que irnos ahora mismo.
—Pero yo… —a su mente vino un solo pensamiento— Minato —mencionó preocupada.
—¿Tu novio? Olvídate de él.
Pero Kushina no podría hacer eso. Nunca. Miró su mano y la pulsera por la cual Minato se había ganado un disparo. —¡Permítanme llevar a Minato! —suplicó.
—Imposible. Esa persona aceptó llevar a los Uzumaki debido a que su familia fue amiga de la nuestra generaciones atrás. No sabemos cómo fue la relación con los Namikaze ¡no podemos perder tiempo! —sentenció Mito, que pese a su edad aún se mantenía imponente respecto a los demás miembros de la familia.
—¡Entonces no iré con ustedes! —chilló Kushina aterrada.
—Irás con nosotros —ordenó—. No te quejes, lo hago por tu bien.
Cabizbaja Kushina fue hasta su pequeña habitación, no había ningún objeto que debiese llevar consigo, ella sólo quería ir con Minato.
—¡Kushina! —gritó y llamó Mito pasados unos cuantos minutos—. ¡Nos vamos!
Kushina amaba a Minato, pero también a su familia y a su clan, separarse de ellos sería por mucho de lo más doloroso que le podía pasar. Llegó hasta donde estaba su abuela con los ojos bañados en lágrimas. —Déjame ir a despedirme de él —pidió.
—No hay tiempo —se negó Mito con voz firme.
—Pero yo…
—No hay tiempo —interrumpió con voz amenazadora, luego tomó a Kushina del brazo y la jaloneó fuera de la casa donde había un gran camión parqueado, junto a él un hombre bajito y feo esperaba por la familia, al ver a Mito el hombre se inclinó.
—Mito-sama, lamento las condiciones del vehículo pero no hay tiempo, ahora por favor suba.
Sin responder Mito volvió a jalar a Kushina hasta la parte trasera del camión y casi que la obligó a subir. Kushina lloraba en silencio. Dentro del camión ya todos los Uzumaki estaban preparados; sólo faltaba el abuelo de Kushina, y una vez él subió el camión arrancó.
Fueron largos minutos en los que Kushina lloró amargamente repitiendo "Minato, Minato" una y otra vez, toda su familia la ignoraba magistralmente, y ella no dejaba de pensar en el amor que dejaba atrás, siguió viendo la pulsera plateada mientras lloraba.
El camión frenó, y aunque ninguno podía ver nada escucharon a la perfección la voz demandante del ejército.
—¿Tiene licencia? —preguntó una voz firme.
Kushina reconoció la voz del hombre bajito cuando respondió. —Claro que sí, tuve que hacer una entrega en el país y ahora voy de vuelta —Kushina supo que se encontraban en la frontera del país, a escasos pasos de la libertad.
—¡Déjenlo pasar! —gritó el militar. Los Uzumaki se sintieron aliviados por unos segundos, pero una tercera voz les quitó las esperanzas.
—Antes de dejarlos pasar deben revisar el camión —ordenó el soldado, y al parecer era uno de rango alto porque nadie replicó su orden, y le pidieron al hombre bajito que abriera el camión por detrás.
Mito sabía que el plan había sido un fracaso, miró a su familia; esposo, hijos, sobrinos, nietos… todos terminarían muriendo ahí mismo. El hombre bajito no tuvo opción, en silencio se disculpó con los Uzumaki y abrió la puerta trasera del camión.
La cara de los militares fue todo un poema.
—¡Es ilegal sacar personas del país en medio del conflicto! ¡Abran fuego! —ordenó sin piedad alguna.
Kushina vio todo en cámara lenta, los militares alzaron sus rifles, apuntaron a los Uzumaki, Mito gritó un "los amo" y la balacera comenzó. La primera en caer fue la misma Mito, cabeza de la familia, y su esposo, ambos líderes, muertos. Y después de ver a las cabecillas de la familia caer todos los Uzumaki bajaron a trompicones del camión. Militares bien entrenados no fallan tan fácil, uno tras otro fueron heridos y cayeron al suelo.
—¡Seju! —gritó Kushina al ver a su primo caer muerto—. ¡Abuela! ¡Abuelo! —de sus ojos comenzaron a caer aún más lágrimas. Detrás de ella, junto a la puerta del piloto el hombre bajito ya estaba muerto, así que Kushina se echó a correr; tropezó con la bota de uno de los soldados.
—¿Intentas escapar? —cuestionó burlón. Kushina se levantó afanada, uno de sus zapatos se salió pero poco le importó; el militar la sostuvo de la muñeca, tan fuerte que Kushina soltó un jadeo de dolor.
—Su-suéltame.
—Co-rre —ordenó el militar sonriente, Kushina vio la burla en los ojos del hombre, no dijo nada y se soltó de la mano del hombre, pero al soltarse del agarre del soldado la pulsera, regalo de Minato, se rompió y sus partes salieron volando en todas direcciones, pero no había tiempo de recogerla. Lo sopesó pero un dolor lacerante en su abdomen se lo impidió; le habían disparado, entonces echó a correr.
Mientras Kushina corría con una de sus manos apretando su abdomen escuchó las risas del ejército. No dejó de llorar mientras corría, con un solo zapato, dejando atrás a toda su familia muerta sólo podía pensar en una persona a la cual acudir, sólo una persona.
Cuando volvió a llegar al pueblo corrió sin frenar hasta donde Minato solía trabajar cortando leña, lo vio de lejos trabajando con su mano derecha puesto que su hombro izquierdo aún estaba lastimado, estaba de espaldas y no se percató de la presencia de Kushina hasta que ella se abalanzó sobre él y lo abrazó por la espalda todavía llorando.
Tardó unos segundos para que Minato se ubicara. —¡Kushina! —giró para verla y quedó estupefacto varios segundos—. ¿Qué… pasó?
—Minato, Minato, Minato —repitió Kushina sin dejar de llorar.
Y Minato sólo atinó a abrazarla, cuando intentó sostenerla de la cintura sintió su mano húmeda, y cuando se la miró vio la sangre, se apartó de golpe para mirarla. Sus ojos rojos, no tenía un zapato, la sangre en su abdomen, y la marca de una mano grande en su brazo.
—¡¿Qué pasó?! —repitió ahora alterado.
—Los mataron a todos —Kushina agachó la cabeza y siguió llorando.
Sin importarle el trabajo Minato alzó a Kushina en su espalda y se la llevó a su casa, con su familia; un lugar bastante cercano. Entró y Jiraiya —su padre— se alteró de ver a la chica que su hijo cargaba.
—¿Quién es?
—Mi novia —contestó Minato, luego sin decir más la llevó hasta la cama y la recostó, una vez ahí, bajo la atenta mirada de su padre, revisó la herida de bala y se alegró de ver que sólo había sido un roce.
Horas después, cuando Kushina por fin se había calmado, Minato volvió a preguntar, y ahora Kushina si estuvo en todos sus sentidos para contar lo sucedido, derramó unas cuantas lágrimas en medio del relato pero no se volvió a alterar. Minato se quedó sin palabras y Jiraiya dio el pésame por los Uzumaki.
Kushina miró a Minato fijamente. —Acepto —dijo firme.
Minato sí sabía a qué se refería Kushina, y sonrió con pesar. —Duerme un poco y cuando te levantes hablamos con más calma. —Pese a todo Kushina no chistó y se volvió a acostar en la cama, donde se quedó dormida en cuestión de minutos.
—¿Qué aceptó? —cuestionó Jiraiya a su hijo.
—Le propuse que nos fuéramos del país.
—¿En serio?
—Sí, ahora que la veo así quiero sacarla de esta asquerosa vida, y de este asqueroso país, quiero que viva como se lo merece —miró a su padre—. Ustedes deberían venir con nosotros, papá, vámonos con mamá, todos estaríamos mejor en otro país.
Jiraiya sonrió. —Tienes diecinueve años, puedes recomenzar tu vida en otro país, pero yo he vivido acá desde siempre, conozco a muchas personas que ahora no sería capaz de dejar abandonados. Tu madre pensará igual.
—¿Qué me intentas decir?
—Vete —murmuró Jiraiya—. Llévate a Kushina y vivan una vida feliz, olviden la guerra y vivan en paz.
—¿Y ustedes?
—Algún día los alcanzaremos.
Minato siempre había vivido bien, la relación con sus amorosos padres siempre había sido buena, y sólo bastaban pequeñas palabras para que se trasmitieran mil emociones; Minato asintió.
Al anochecer, cuando su madre llegó Minato le explicó la actual situación, y como era de esperarse Tsunade le dijo las mismas palabras que Jiraiya; "soy doctora, y quiero ayudar a los heridos de la guerra, no puedo irme". Pero en pocas palabras le desearon a Minato toda la suerte del universo.
—Descuida —dijo su madre—, cuando la guerra acabe nos aseguraremos de volverte a encontrar, de ver cómo va tu vida, quién eres, qué tan feliz eres.
—Gracias —musitó Minato.
Cuando Kushina despertó Minato estaba junto a ella.
—¿Cómo estás?
—Mejor —respondió ella sonriendo levemente.
—¿Puedes caminar? —Kushina asintió—. Acompáñame.
Salieron de casa de Minato y fueron hasta la cabaña, ahí estaba el pequeño televisor, y se sentaron en el viejo sofá, Minato señalizó un canal. Y se quedaron ahí viendo la imagen casi toda la noche, era una película, de amor y otras cosas lindas, ambientada en un gran país con avances tecnológicos, con un buen gobierno, sin guerra.
—¿Qué te parece si nos vamos para ese país? —propuso Minato.
Aunque al principio Kushina se sintió cohibida recordó lo bueno que había visto de ese lugar. —Me parece excelente, huyamos.
No fue necesaria ninguna despedida, porque no había nadie de quien despedirse; Minato estaba seguro de que volvería a ver a sus padres, y tenía a Kushina junto a él. Por eso mismo al amanecer caminaron hasta la frontera del país, fue un largo viaje puesto que Kushina debió parar de vez en vez debido a su herida, pero para eso de las diez de la mañana se saltaron una reja sin seguridad del ejército y por fin habían escapado de la guerra.
La vida fue otra clase de lucha desde ese momento.
Para llegar a su país soñado aún debían atravesar una gran extensión de terreno, prácticamente un país completo, y sin nada de dinero sólo se debieron valer de sus propias capacidades, trabajando durante el día para comer, dormir en asquerosos moteles, o en la calle cuando no había dinero…
Dos meses después de que salieran del país en guerra lograron llegar a ese lugar de ensueño, donde todo era posible.
En un principio alquilaron una pequeña habitación con el dinero ahorrado de los dos meses de travesía, eran felices pese a todo.
—Ahora que llegamos —dijo Minato—, ¿qué haremos para inaugurar nuestro hogar?
A Kushina se le subieron los colores a la cara. —¡Pervertido!
Minato abrió los ojos desmesuradamente. —¡No había pensado en nada así! ¡Tú eres la pervertida! ¿En qué tanto piensas? ¿Te traigo loca?
—P-para nada ¡presumido!
Juguetón Minato comenzó a acercarse lentamente, y Kushina a retroceder, pero la habitación eran tan pequeña que se vio acorralada entre la pared y Minato. Pero aún así Minato no era de tan mal pensamiento, simplemente abrazó a Kushina.
—Gracias —musitó contra su oído.
—N-no hay por qué.
—Cásate conmigo —pidió sin dejar de abrazarla.
Kushina no se lo tenía que pensar mucho tiempo. —Sí —respondió firme.
Cuando se separaron Minato se acercó y le dio un beso como la inauguración de su nueva vida. Conseguirían un buen trabajo, serían felices, y luego buscarían la manera de traer a los padres de Minato, sólo así la familia estaría completa.
Los planes iban bastante bien. Se casaron civilmente y consiguieron la residencia en el país, Minato trabajaba como cartero, y Kushina se había convertido en mesera de un restaurante familiar; el dinero les alcanzaba para lo necesario y de vez en cuando se daban un capricho, se amaban como el primer día, se alegraban por los logros del otro.
Aunque no todos los días eran tan felices. Ni Kushina, ni Minato entraban en el estereotipo del país, sus rasgos eran demasiado extranjeros y eso les había traído problemas de vez en cuando pese a que eran residentes legales del país, pero aquellas cosas eran fáciles de superar, sobre todo después de que Kushina recibiera una enorme noticia.
—¿Estás bien? —preguntó el gerente del restaurante a Kushina—, te ves pálida.
—¡No se preocupe! —respondió Kushina enérgica—, estoy bien —siguió atendiendo mesas pero pese a todo se sentía mareada.
—¿Kushina? —preguntó una de las compañeras de trabajo minutos después con cara preocupada—, en serio parece que vas a desmayarte en cualquier segundo ¿seguro estás bien?
—Sólo me siento mareada —dijo con una leve sonrisa.
—¿Debería decirle al jefe que te deje ir temprano a casa?
—No creo que sea necesario.
—Ah, pero no te preocupes por eso, hoy no hay tanto movimiento en el restaurante y conmigo es suficiente para atender mesas —sin esperar respuesta de Kushina la chica se fue y habló todo con el gerente, quien de manera amable le dio el permiso a Kushina para irse temprano.
Kushina llegó a casa y Minato estaba ahí.
—¿Por qué llegas temprano? —preguntó a sabiendas de que ese día Kushina salía tarde de trabajar.
—No me siento muy bien… —bastó que Kushina dijera esas palabras para que sus fuerzas cedieran y cayera de rodillas al suelo semiinconsciente, Minato corrió a socorrerla.
—¿Estás bien?
—Sí, creo que necesito dormir…
La noche pasó tranquila; Minato miraba a Kushina de vez en vez para comprobar que siguiera viva, pero como el color en la cara de Kushina ya se había recompuesto no se preocupó mucho más. Eso hasta la mañana siguiente cuando Kushina se levantó de golpe, corrió al baño y devolvió toda la comida.
—Vamos a un hospital —sentenció Minato, y como Kushina no estaba en todos sus sentidos no puso mayor resistencia.
Nada más llegar al hospital Minato armó todo un alboroto.
—Dígame que sucede —preguntó una enfermera con voz amable e intentando calmarlo.
—Es mi esposa… está vomitando, está pálida, dice estar cansada… ¡creo que está muy enferma! ¿Se va a morir? ¡Dígame que no se va a morir!
La enfermera sonrió. —Le haremos unas pruebas de sangre, no se preocupe.
Le cedieron a Kushina una camilla y le sacaron sangre, esperaron ahí mismo por los resultados; la cara preocupada de Minato daba el aura de estar esperando resultados de una enfermedad terminal. Cuando llegó el médico con los resultados Minato se levantó precipitadamente.
—¡Dígame que no se va a morir! —replicó de nuevo.
—Tranquilo —el doctor sonrió por la inocencia de Minato—, su esposa no se va a morir, sólo está… embarazada.
Minato no digirió la noticia rápidamente, en cambio Kushina mostró una sonrisa resplandeciente de una vez y se llevó una mano al vientre donde, puede jurar ella, sintió algo por primera vez. Para cuando Minato por fin reaccionó Kushina ya estaba llorando de la felicidad, y Minato la abrazó.
—Esto era lo que faltaba para completar nuestra familia.
—Los remitiré a un ginecólogo, felicidades.
Así comenzó otra etapa en la vida de ambos. Minato comunicó la noticia a todos sus conocidos del trabajo, Kushina hizo lo mismo, y todo parecía ser alegría. Minato mandó una carta a sus padres, pero no sabía siquiera si la recibirían; últimamente la guerra había estado en su auge y ni siquiera había certeza de que siguieran vivos. Minato rogaba porque sí.
Aunque no tenían mucho dinero el embarazo fue como cualquier otro; más de una vez Minato tuvo que salir corriendo en la madrugada porque a Kushina se le había antojado algo, y vaya suerte que podías correr como no se lo dieras; para el cuarto mes de embarazo Kushina por fin renunció al trabajo en el restaurante.
Para el quinto mes descubrieron que tendrían a un niño, estaban felices, aunque esa misma noche Minato confesó que quería tener una niña, pronto se acostumbraron a que el pequeño molestara bastante, y a que le diera constantes patadas a su madre.
No hubo complicaciones durante el embarazo y para el séptimo mes comenzaron a decidir el nombre el futuro hijo.
Nunca se ponían de acuerdo y siempre terminaban viendo televisión, fingiendo estar enojados uno con el otro cuando en realidad morían por darse la mano y comerse a besos. Un día mientras veían un programa de variedad a Minato se le ocurrió una idea.
—¡Tengo la solución! —anunció con una sonrisa, Kushina lo miró a la expectativa—, no vamos a tener un solo hijo ¿verdad?
Kushina negó con la cabeza. —Sería un poco triste si nuestro hijo no tuviese ningún hermano para jugar con él.
—Exacto… ¿entonces qué te parece si escoges el nombre de nuestro primogénito?
—Me parece bien, pero… ¿qué te parece a ti?
—Yo escogeré el nombre de nuestro segundo hijo. Además confío en ti para el nombre del bebé.
—De acuerdo, entonces ya sé qué nombre le pondré.
—¿En serio? ¿Cuál?
—Te lo diré el día que dé a luz —Kushina sonrió con malicia.
—¡Dime! ¿Por favor?
—Nop —sonrió—, será sorpresa —luego acarició su barriga de ocho meses y sonrió con complicidad—. ¿Verdad? Sorprenderemos a tu papá.
—Es injusto que te puedas comunicar con él de esa forma tan cercana —se quejó Minato.
—Es lo que ganamos por llevarlos en nuestro cuerpo —Minato le sacó la lengua a Kushina y Kushina hizo lo mismo sonriendo cual niña pequeña.
—Te amo —dijo Minato y Kushina se sonrojó, no respondió nada pero Minato sabía que eso era una respuesta de "yo también te amo".
Fue exactamente un mes después cuando Kushina entró en trabajo de parto.
Estaban con Minato almorzando cuando el bebé comenzó a pedir salir; corrieron al hospital y ahí Kushina se sometió a lo más doloroso a lo que se puede someter una mujer: el hecho de dar a luz. Aunque dolía mucho más que los disparos en la guerra lo hizo gustosa, y horas después de ser hospitalizada una nueva vida sonaba; sonaba muy chillona, un llanto que le sacó lágrimas a ambos padres.
Después de comprobar que el bebé no tenía nada malo lo dieron a brazos de su madre.
—¿Cómo se va a llamar? —preguntó Minato.
—Nagato —respondió Kushina sonriendo.
Minato lo aceptó e incluso le gustó bastante.
Ser padres no era fácil, pero ambos se las arreglaron como pudieron, renunciando a horas de sueño y reduciendo sus comidas para que el pequeño Nagato tuviese de todo en la vida. Desde bebé fue un niño muy despierto, siempre mirando a todos lados, y creció muy bien; para cuando tenía un año ya balbuceaba cosas entendibles, era el orgullo de sus padres.
—¡No me canso de darte las gracias! —gritó Minato viendo a su hijo dar sus primeros pasos unos meses antes de cumplir los dos años.
—¡Papá! —gritó el niño llegando a los brazos de su padre.
—¡Ven acá! —alzó a Nagato por el aire y él niño rió por lo alto, Kushina miraba desde un lado sonriendo.
—Cuidado lo tiras al piso —advirtió con la típica preocupación de madre.
—No te preocupes.
—¡Mamá! —gritó Nagato, y Minato lo bajó. Nagato corrió a brazos de su mamá—. Te quiedo —dijo sonriendo.
—Yo mucho más —alardeó Kushina.
—Yo los amo a los dos —intervino Minato sonriendo.
Seguían viviendo en la misma habitación que habían alquilado recién llegados al país, pero eso bastaba para los tres, era un hogar pequeño pero seguía siendo un hogar. Nagato era un niño de ojos verdes y cabello rojo, la réplica de su madre pero varias de sus actitudes fueron parecidas a las de Minato. Eran una buena familia.
Entonces la historia volvió a repetirse.
Estaban cenando y Minato le daba de comer a Nagato cuando Kushina soltó la bomba. —Minato, estoy embarazada.
El primero en reaccionar fue Nagato que aplaudió alegremente. —¿Tendré un hermano? ¡Qué bien!
Minato sonrió. —¡Otro hijo! Por fin, ya nos estábamos tardando —sentían la misma felicidad del embarazo de Nagato, y Minato abrazó a Kushina, le dio un casto beso en la frente y su última preocupación fue el dinero, aunque ya iban ajustados de él se las podían arreglar para vivir en buenas condiciones.
El embarazo fue parecido al primero, a excepción de que el nuevo bebé era mucho más calmado que Nagato, casi no pateaba y en cierto punto eso preocupó a sus padres, pero el ginecólogo aseguró que aquello no era nada malo.
En la fecha de parto preparada por el médico Kushina dio a luz a otro niño, que lloró mucho menos que Nagato, y era menos pesado, pero de nuevo eso no significaba nada lo suficientemente malo, simplemente debían darle suplementos alimenticios.
—¿Es mi hermano? —preguntó Nagato cuando vio al bebé.
—Sí —dijo Minato—, tienes que cuidarlo porque es tu hermanito ¿vale?
—¡Sí! Siempre lo cuidaré.
—Minato —llamó Kushina.
—¿Sí?
—¿Recuerdas lo que dijiste antes de que naciera Nagato? —Minato lo pensó unos segundos, y al no obtener respuesta Kushina continuó—. Ahora es tu turno para darle nombre a nuestro segundo hijo.
—¡Verdad! —recordó—. Su nombre va a ser... —Minato sonrió—. Naruto.
Años después ese niño crecería para ser infeliz, muy infeliz.
Yo sé qué se están preguntando…
Primero, ¿por qué diablos este capítulo fue así? Y Segundo, ¿qué putas pasó con Nagato?
Pues les tengo la respuesta de la primera pregunta, es simple, porque aunque no se lo crean minato x Kushina es de las parejas principales del fic, y debía contar su historia. En los siguientes capítulos tomarán más protagonismo, ya sé yo por qué.
Si quieres la respuesta a la segunda pregunta lee el siguiente capítulo ;)
Yo voy a terminar ganándome una crucifixión como siga dejándolos con esa intriga de saber qué pasó; ahora sin jodidas esperas para el siguiente capítulo les tengo eso, aunque no sé si eso se dividirá en dos caps más, esperemos a ver qué pasa.
Pero yo sé que les gustó mi Minato x Kushina :3 ¡si se querían! ¿Y por qué ahora su relación es "así"?
Admítanlo, el capítulo estuvo rapidísimo; eso en compensación por lo que me tardé con anteriores capítulos *guiño, guiño*
Nos leemos en el sig cap, eso si no me secuestran unos unicornios terroristas (planean conquistar el mundo)
Adiós.
Pd. Ahora sé que ninguna/o sintió lástima por Kiba; haré que se echen a llorar por el pobre *risa malvada*
