Disclaimer: El universo de Harry Potter pertenece a J. K. Rowling y a la Warner (Bros). La trama es mía, en cambio, no robes. No publiques en ningún sitio sin mi permiso expreso. No escribo con ánimo de lucro.

Notas: Un ascazo, lo sé, pero el quinesob me llama!

UNA JUGADORA DE PRIMERA

Ginny es una jugadora de primera.

No es que destaque como cazadora, bateadora o buscadora. Mucho menos como guardiana. Pero es que hemos dicho que es una jugadora de primera, no hemos mencionado en ningún momento una posición en especial.

Es simplemente que lleva el quidditch dentro. El viento dándole en la cara, los callos en las manos de tanto agarrar la escoba. La sonrisa resplandeciente al bajar de ella. Lleva el uniforme como quién viste de calle, y cuando su pelo rojo ondea al viento todo el mundo nota que ha nacido para eso. Para los movimientos flexibles en pleno vuelo y los gritos secos de una punta a la otra del campo. Para luchar y vencer. Para jugar y ganar.

Todos se dan cuenta de eso, pero la que más, curiosamente, es Rolanda Hooch, profesora de vuelo en Hogwarts y encargada de arbitrar los partidos de quidditch. La ve volar y se acuerda de cuando se deslizaba por los aires de joven, lanzando la pelota justo en medio de los aros y ganándose ovaciones terribles de las gradas, que casi derrumbaban el estadio.

Quizás es por eso que algo en ella explota. Quizás es, realmente, por las semejanzas entre ambas, por el quidditch corriéndoles por las venas como la sangre. Quizás es precisamente por ese brillo en los ojos castaños al volar, que cierra la puerta detrás suyo, en el armario de las escobas, y le sonríe cuando la otra se gira sobresaltada.

-¿Qué ocurre, profesora? –acaba de cerrar la puerta, suavemente.

-Quería hablar contigo un segundo, Weasley.

-Oh, por supuesto. ¿Es por mi hermano? Es que es un poco impulsivo y a veces no puede contenerse cuando le provocan. Porque tiene que reconocer, profesora, que Draco Malfoy y sus compañeros le provocan. De hecho, nos provocan a todos. Gryffindor o no, juguemos al quidditch o no.

-Lo sé, Weasley, lo sé, pero no venía contigo a hablar de eso.

-¿Y entonces, profesora Hooch?

-Quería preguntarte si… Si te habías planteado el jugar profesionalmente al quiddich.

-¿Cómo? –la mira, shockeada, y Rolanda sabe que ha ido a dar en el clavo.

-Preguntaba que si te habías planteado el jugar profesionalmente al quidditch. Estoy segura de que si practicas duro las Holyhead Harpies te aceptarían como suplente un par de años después de salir de Hogwarts.

El silencio se hace en ese pequeño cobertizo para guardar las escobas y Rolanda sabe que se acaba de ganar el afecto de esa jovencita por mucho tiempo. Sólo necesita fortalecerlo, seguir animándola. Impulsarla a seguir jugando y alentarla. Hacer que ese brillo que sólo aparece en los partidos esté siempre allí, siempre visible, impulsando todas las acciones de la vida de esa muchacha.

Así, sólo así, mientras esté pensando siempre en quidditch, conseguirá que piense siempre en ella.

Los meses pasan y, efectivamente, la joven Weasley empieza a desarrollar un extraño interés por el quidditch y, a la vez, por ella. La visita por las tardes y hablan de técnicas de juego, de la compenetración entre jugadores (y jugadoras, sobre todo jugadoras), y de lo estupendo que sería que ella ingresara, realmente y al cabo de unos años, en un equipo profesional.

Todo iba perfectamente hasta ese catorce de abril. Rolanda lo recordará durante mucho tiempo, como uno de los más grandes fallos que cometió a lo largo de toda su vida.

La había acompañado a volar por vez primera, como maestra, indicándole sus fallos, sus defectos y sus virtudes. Más sus virtudes que no otra cosa, si tenía que ser sincera, aunque de eso Ginny Weasley no se percató.

Hasta aquí todo bien. Correcto. Pero fue justo en el mismo cobertizo en el que empezó todo, dónde las cosas se acabaron de desmoronar. De un momento a otro habían chocado, no tenían muy claro como salir de allí y Rolanda empezó a ponerse nerviosa. Flashes de su pelo, de sus mejillas y sus manos callosas.

Y, después de tanto tiempo, la besó. Así, de bote pronto. Juntó sus labios con los suyos y la apretó contra su cuerpo. Se restregaron unos segundos y ella sonrió satisfecha, lo había conseguido, Esta enredando los dedos entre las guedejas de pelo de la joven Weasley, cuando se desencadenó el huracán.

-¿Qué hace? –chilló la chica, apartándose.

-Yo, yo no quería hacer-

-Está loca. Loca –murmuró por lo bajo, para si misma y con los ojos abiertos a más no poder-. Apártese, quiero salir.

-Pero Ginny, escucha, yo-

-¡Apártese, joder! –chilló, y al final ella tuvo que hacerlo.

Mientras la veía alejarse por el campo húmedo, aún con las ropas sudadas, sólo pudoo encaminarse mecánicamente hacia los vestuarios. Un paso, dos pasos y tres pasos. Catorce pasos después y unas cuantas prendas de ropa en el suelo, Rolanda Hooch sólo tenía un pensamiento en la cabeza; uno sólo:

La acababa de cagar.

Ginny Weasley no volvió a entrenarse con ella a altas horas de la noche, y nunca más nadie habló de los planes de futuro de una joven pelirroja en el despacho diminuto de la profesora de vuelo.

La acababa de cagar.