Capítulo 11: Una cueva casi vacia.

Llegó el día. Harry, Neville, Draco y Minerva se hallaban con las varitas listas, rodeando un viejo pedazo de papel periódico que serviría de traslador. El resto del E.D. y de la Orden los miraban con aprehensión. Se encontraban en la cocina de Grimmauld Place, unos en silencio, otros conversando en voz baja.

-Recuerden, si en 10 minutos no hay noticias de nosotros, Luna, Hermione, Bill, George y Charlie vendrán en el siguiente traslador. Si cinco minutos después no saben nada de nosotros, los demás cogerán este último traslador y vendrán en nuestra ayuda lo más pronto posible. ¿Entendido?- dijo Harry, mientras se acomodaba la capa de viaje.

Todos los presentes asintieron. Se empezaron a escuchar los últimos consejos y despedidas antes del viaje.

-Ten mucho cuidado. Pero sobre todo, ten fe en ti. Yo lo hago- dijo Ginny, abrazando a Harry.

-No te preocupes, no se me escapará dos veces- dijo su esposo, devolviéndole el abrazo. No lo quería admitir, pero Harry tenía mucho miedo. Estaba a solo segundos de un posible enfrentamiento contra el asesino de su mejor amigo. Las cosas podían llegar a salir muy, muy mal.

En ese instante, el traslador empezó a brillar con un color azulado. Los cuatro primero viajeros se apresuraron a tocarlo. Un momento después, sintieron el característico jalón que indicaba que estaban viajando a una gran velocidad. Sin embargo, debido a la gran distancia que separaba Londres de la costa de Escocia, la sensación duró muchísimo más de la cuenta.

Finalmente llegaron. Los cuatro adultos cayeron al suelo, adoloridos. Los viajes a grandes distancias pueden ser muy peligrosos si se utilizan métodos como la Aparición, los trasladores o la Red Flú. El cuerpo humano no puede resistir mucho tiempo dentro de aquel espacio inexistente en el que se encuentra cuando está viajando por estos medios.

-Harry, recuérdame por qué no nos aparecimos en lugar de usar el traslador- dijo Neville, jadeando en el suelo.

-Hubiéramos muerto asfixiados. Lo mejor hubiera sido viajar en escoba, pero nos hubiera tomado varios días de viaje.- El auror se levantó, y vio a su alrededor. El viento de la fría noche escocesa golpeó su cuerpo y le erizó la piel. Escuchaba el sonido de las olas golpeando contra un acantilado. La imagen le recordó a la cueva donde fue con Dumbledore a recuperar un Horrocrux de Voldemort. De hecho, si no hubiera sabido que estaban en Escocia y no en Inglaterra, Harry hubiera jurado que se hallaba en el mismo lugar.

-¡Profesora! ¿Está bien?- la voz de Neville sacó a Harry de sus pensamientos, y se regresó para ayudar a la directora. Ella todavía estaba en el piso, tratando de levantarse con gran dificultad.

-Sí, sí. Solo… Denme una mano- Harry y Neville ayudaron a levantar a la profesora, quien todavía respiraba con dificultad.

-Estoy muy vieja para estos viajes… Me tomaré unas vacaciones después de esto…- Los dos hombres sonrieron, y empezaron a caminar junto a la directora, para ayudarla si fuese necesario.

Draco se había adelantado, y se encontraba parado al borde del acantilado, como si deseara saltar hacia el mar que se hallaba varios metros más abajo. Sus acompañantes llegaron hasta donde él estaba.

-Aquí acababa el rastro- dijo Draco, mirando hacia el borde del acantilado, buscando alguna cueva, puerta o entrada que estuviera camuflada entre las rocas.

-La entrada a la cueva de Voldemort estaba por debajo del agua, deberíamos tener eso en cuenta- dijo Harry, mirando a su alrededor.

-¿Están seguros de que es aquí? Pensé que íbamos a encontrarnos con una casa o un castillo fortificado. Pero aquí no hay nada más que rocas- apuntó Neville, viendo a su alrededor.

-Sí, es aquí- dijo McGonagall, sorprendiendo a todos. La mujer los miró y continuó hablando:

-Hay marcas de magia muy antigua y muy poderosa. Tengan cuidado. La guarida debe estar justo bajo nuestros pies- aclaró la directora.

-Todavía no sé cómo pueden darse cuenta si hay marcas de magia en el aire o no…- dijo Harry, pensando en cómo Dumbledore entró a la cueva de Voldemort.

-Con el tiempo te darás cuenta de eso, Potter- respondió la anciana, caminando sobre las piedras. Alrededor no había ni árboles ni animales ni casas ni nada. Solo la fría y desnuda piedra, y el mar azotándola.

-Por aquí es la entrada- dijo la profesora, arrodillándose sobre un pedazo de roca que no se diferenciaba en nada de las piedras a su alrededor. Ciertamente, McGonagall podía ver cosas que los demás no.

-¡Bien! Será mejor que entremos a echar un vistazo- dijo Neville, arremangándose la túnica y preparando su varita.

-¿No será mejor esperar a los otros? Nuestro chico puede estar ahí adentro, y seguramente no estará muy contento de vernos- aclaró Harry, también con la varita lista.

-Deberíamos entrar de una vez y acabar con esto- apuntó Malfoy.

-De todas formas, en unos minutos ya vendrá el siguiente grupo. Podemos entrar de una vez- siguió hablando Neville.

-¡Bien! Entraremos de una vez. Recuerden, si vemos a este maldito, primero atacamos, luego preguntamos. Profesora, ¿puede abrir la entrada?- preguntó Harry.

-Eso espero. Es magia muy fuerte la que está sellando la entrada. Si lo logro, no creo que tenga fuerzas para bajar. Pero veamos qué sucede de todas formas…-

La directora de Hogwarts respiró hondo, y empezó a hacer complicados movimientos con la varita, mientras murmuraba entre dientes. El suelo a los pies de los adultos empezó a temblar, y por un momento temieron que fueran a perder el equilibrio y caer por el acantilado hacia el mar.

La piedra que escondía la entrada secreta empezó a iluminarse ligeramente. Después, empezó a levitar varios metros por encima del suelo. Varios segundos después, con una ruidosa explosión, la roca estalló en miles de pedazos.

La profesora McGonagall, exhausta, cayó al suelo. Los tres hombres se apresuraron a ayudarla a levantarse, pero la anciana gritó desde el suelo:

-¡Rápido! Entren y atrapen al maldito. El ruido debió haberlo alertado. Yo estaré bien…-

Sin pensarlo dos veces, Harry, Neville y Draco fueron hasta la abertura que dejó la directora en el suelo. Ahora se podía ver una larga escalera de caracol que descendía hasta el centro mismo del acantilado. Sin perder tiempo, empezaron a descender por las gradas.

No tenía sentido intentar ser silenciosos, pues el estruendo de la explosión había sonado con demasiada fuerza. Bajaron con las varitas listas para atacar a cualquiera que se interpusiera en su camino. Tras varios segundos de descenso, llegaron al final de la escalera. Acababa frente a una gran puerta de roble que estaba cerrada desde adentro. Harry miró a sus dos acompañantes y preguntó en un susurro:

-¿Listos?- Los otros dos asintieron. El auror apuntó su varita hacia la puerta y la abrió rápidamente. Los tres entraron, preparados para atacar. Sin embargo, lo que encontraron los dejó sorprendidos. Era una estancia amplia, cavada en medio de las rocas. Varios escritorios estaban agolpados contra las paredes, con pilas de pergaminos sobre ellos. Una cama en una esquina y varios estantes llenos de libros acababan con los muebles ahí dentro. Pero lo que más llamó su atención fue la cantidad de animales ahí dentro. Una serpiente salió reptando por debajo de un escritorio. Un Thestral masticaba tranquilamente un pedazo de pergamino en un rincón. Varias salamandras de fuego caminaban por las rocas, humeando al andar. Finalmente, gran cantidad de conejos, ratones y palomas andaban por ahí.

-¿Esto es un zoológico?- preguntó Draco, sin saber dónde se habían metido.

-Esta es su habitación, me apuesto lo que quieras- dijo Harry, mirando alrededor. –Seguro que estos animales son todos frutos de sus transformaciones. Ahí hay otra puerta, sigamos avanzando- señaló el auror, encaminando a sus amigos hasta la siguiente habitación.

Nuevamente abrieron la puerta y vieron una nueva escalera de caracol que continuaba bajando. Sin pensárselo, los hombres bajaron rápidamente. Decenas de escalones más tarde, se encontraron frente a otra puerta. Harry la abrió, y lo que vieron los dejó completamente sorprendidos.

A pesar de hallarse a casi cincuenta metros por debajo de la tierra, la habitación en la que entraron estaba encantada para mostrar un paisaje hermoso en sus paredes. La luna brillaba por encima de un mar calmado, iluminando una playa de arena blanca y unos montes verdes e infinitos en el horizonte.

-¡Padre!- gritó Draco, sacando a Neville y a Harry de sus pensamientos. Ahí se encontraba Lucius Malfoy, con su negra capa, que ahora se hallaba toda sucia y descuidada. Tenía su canoso pelo igual de ruinoso. Sin embargo, esto no pareció importarle. Los dos Malfoy corrieron y se abrazaron.

-¿Cómo me encontraste?- preguntó entre lágrimas Lucius.

-El Mapa de los Malfoy. Fue pura casualidad que haya visto hacia este lugar. Pero ahí encontré tu rastro y vinimos en cuanto pudimos- respondió Draco, todavía sin separarse de su padre.

-Un momento, ¿dónde está el chico?- quiso saber Harry, interrumpiendo el emotivo momento entre los Malfoy.

-Se fue hace algunas horas- dijo Rita Skeeter, levantándose de una cama en una esquina y acercándose a los hombres. A diferencia de Lucius, ella parecía muy bien cuidada, con el cabello rizado y las uñas recién pintadas.

-¿A dónde?- quiso saber Neville, mientras inspeccionaba la habitación, sin encontrar nada interesante más que un escritorio, dos camas y cuatro sillas en el centro.

-A dar una vuelta por Egipto- respondió Lucius.

-Luego pensaba pasar una temporada en Iraq- acotó Skeeter.

-¿Estamos hablando de la misma persona?- preguntó extrañado Harry.

-¿De un chico megalómano con deseos de construir un mundo mejor? Pues sí- respondió Rita, acercándose a Lucius, el cual parecía un poco incómodo junto a ella.

-¿De verdad se fue?- preguntó otra vez, incrédulo, Neville.

-Sí. Vino a despedirse de nosotros. Esperaba que, en el mejor de los casos, demorarse solo unos meses. En el peor de los casos, tardaría varios años en regresar.-

-¿Por qué se fue?- quiso saber Harry, revisando los pergaminos sobre el escritorio. Tomó algunos y los guardo en una maleta que cargaba en reemplazo de aquella que Sebastian le robó hace algunos días.

-Busca el libro de Thot- mencionó Lucius. El hombre había empezado a recoger las pocas pertenencias que tenía y se aprestaba a marcharse de su prisión.

-¿Qué es el libro de…?- iba a preguntar Harry, pero Rita lo interrumpió.

-¿Te marchas, Lucius?- preguntó con sorpresa la escritora.

-¿Qué esperabas? ¿Que me quede a darle la bienvenida a Sebastian? Tiene grandes ideas, no lo niego. Pero no pienso estar en el grupo revolucionario otra vez. Ya pasé mucho tiempo en Azkaban por eso, no pienso repetir la experiencia- sentenció Malfoy.

-¡Pero prometimos seguir a Sebastian! Íbamos a fundar con él un nuevo mundo…- Skeeter empezó a sollozar.

-Sí, claro. ¿Viste lo que le pasó a Slughorn por oponerse al loco muchacho ese? No pienso llevarle la contra a quien tiene una varita en la mano. Pero ahora él no está, así que me largo- Malfoy acabó de recoger sus cosas y se dirigió hacia la puerta, junto a Draco.

-¿Harry? ¡Harry!- Un grito de mujer y varios pasos se escucharon por la escalera de caracol. Un instante después, Hermione, Luna, Bill, George y Charlie entraban con la varita en la mano. Al ver que no había nadie desconocido, la mujer corrió y estrechó entre sus brazos a su amigo, quien le devolvió el abrazo.

-Estábamos preocupados… ¿Qué sucede?- preguntó Granger, mirando primero la habitación, y luego a Lucius y a Rita.

-No está aquí. Será mejor que avisemos a los demás en Londres para que no vengan- dijo Harry.

-Yo me ocupo de eso, dijo George, saliendo de la habitación.

-De hecho, creo que acabamos aquí por ahora. Tomemos todos los pergaminos que encontremos, y llevémonos a Malfoy y a Skeeter. Podrán darnos información sobre el muchacho- Harry empezó a dar las órdenes, pero Rita lo interrumpió.

-Estás equivocado, Potter. Yo me quedo. Prefiero mil veces seguir a Sebastian que seguirte a ti y a tu asquerosa amiga- la escritora señaló a Hermione. Todavía recordaba que fue ella quien la envió a Azkaban por publicar mentiras.

-Dejémosla, Harry. No tengo la menor intención de regresar con esta arpía- dijo Hermione, dirigiéndose hacia la puerta.

-No. Debemos llevarla. No podemos permitir que le cuente nada al muchacho. Rita, de verdad, debes venir con nosotros- empezó a pedirle el auror, pero la mujer se sentó en su cama, cruzó los brazos y empezó a negar con la cabeza.

-Voy a construir un nuevo mundo con Sebastian. Ustedes no me lo impedirán…-

-Oh, cállate, idiota. ¡Desmaius!- gritó Hermione, apuntando a la periodista. Un rayo rojo voló y golpeó a la mujer, dejándola inconsciente sobre su cama. A continuación, Granger agitó otra vez su varita, haciendo que el cuerpo de Rita levitara. La sacó por las escaleras de caracol, sin preocuparle que su cabeza se golpeara en más de una ocasión con las paredes. A Harry incluso le pareció que lo hacía adrede.

-Bien, larguémonos de aquí- dijo Harry, pero se detuvo. Se le olvidaba algo.

-Lucius… ¿No estaba con ustedes Slughorn?- preguntó el auror en voz baja, con miedo de lo que fuera a responder el ex mortífago.

El aludido se detuvo en medio de las gradas y se dio la vuelta. Miró a Harry con un cara de tristeza, y el corazón de Harry se paralizó.

-Lo siento, Potter. Él intentó detenerlo, pero no pudo. Fue muy valiente…-

-Lo sé, lo sé…-

Harry tenía los ojos rojos y gruesas lágrimas todavía cruzaban su rostro cuando regresó finalmente a Grimmauld Place, varios minutos más tarde.