Algunos personajes pertenecen a M.S. La historia es mía... y todo lo demás que tengo que decir, No plagios, SaveCreative... etc etc etc.
Capítulo beteado por Melina Aragón, Beta de Élite Fanfiction (www. facebook groups / elite. fanfiction)
You talk of love but you don't know how it feels
Oh you'd better stop before you tear me all apart
You'd better stop before you go and break my heart
Ooh you'd better stop
Time after time I've tried to walk away
But it's not that easy when your soul is torn in two
Now all I can do is to leave it up to you
Stop if love me (you will remember)
Now's the time to be sorry (that day forever)
I won't believe that you'd walk out on me
You talk of love but you don't know how it feels
I gave you all the love I had in me
Stop —Sam Brown
TIERRA DE NADIE
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Isabella se había recargado sobre uno de los muros temiendo caerse por falta de aire.
El hábito de quedarse sin aire por alguna razón, que podía ligar a Edward Cullen, comenzaba a ser desagradable. Un mal hábito, de esos de los que no se puede deshacer, incluso si se quería.
A veces, la vida le cobraba cada respiro que daba. De manera difusa, casi imperceptible. Al igual que tres golpes en la puerta, de gruesa madera, la hicieron respirar con mayor profundidad. Eran golpes secos y precisos.
Con total sinceridad no recordaba sentirse más indecisa en toda su vida. Por ahora se debatía entre alizar el último cabello del prolijo tocado de su cabeza, pellizcarse un poco las mejillas para darles un color rubí adorable en lugar del pálido fantasmal de su tez; o usar uno de los cinco planes de reserva que había preparado para huir de último momento. Cada uno era mucho más desordenado que el anterior, el último había rayado en lo incoherente.
Huir estaba descartado. No podía y, en cierto punto, no quería hacerlo.
Desde el pasado noviembre, cuando conoció al demonio con tacones, llamaba así a Victoria Van Iveren.
Sí a ella le cobraban el aire que respiraba. Isabella se encargaría, como fiel promesa, hacerle pagar cada segundo dentro de su familia de la misma manera.
El abuelo secundaba a una pelirroja con sonrisa de miel y la espalda de polilla. Isabella, Tanya y Emmett eran un frente en común. Un frente con cero posibilidades. Ningún apoyo y, por sobre todo: nada de planes.
Entre los tres, Isabella era un cero en lo alto de la escala, Emmett era el cero a la izquierda y Tanya sólo contaba como el cero informativo. Su madre, Agatha hermana de Alexander, había vuelto de sus vacaciones invernales para hacerse cargo del pequeño batallón en contra de Victoria. Cosa que por el momento se desarrollaba como tácticas informativas.
De nuevo otro golpe le arrebató el pensamiento que tenía.
—Pasa —dijo con la voz entrecortada.
¡Carajo, si ni siquiera había empezado el circo y la garganta la tenía completamente cerrada! Alzó su rostro y lo fijo en el espejo frente al muro a su espalda. Su piel casi traslucida le devolvió la vista mientras la puerta se abría con una lentitud aterradora, dejando pasar a la organizadora de todo.
Edward había tenido el hábil y acertado gesto de llegar con ella una tarde de enero. Al conocerla, le parecía más una de esas bohemias locas que una organizadora. Con la cabeza llena de rizos de color oscuro, tan apretados que parecía un pequeño nido, capaz de empollar un buen par de pichones. La piel más morena que hubiese visto nunca, casi como el chocolate y, una cintura angosta para las prominentes caderas que poseía. Le observó con las zapatillas de aguja alta, tan finas como un alfiler.
Marielle Olivier usaba unas gafas que se alargaban al final de sus ojos, haciéndolos ver mucho más pequeños de lo que eran en realidad. Cuando los retiraba de su cabeza, un par de enormes reflectores congelarían a cualquier persona.
Edward las introdujo y, de pronto, Isabella se encontró sumida en un vórtice a fondo. Perseguida por ese par de reflectores. Una total hazaña en su mundo.
La señorita Olivier, que parecía maestro de ceremonias dispuesto a mandar a los payasos, controlar a los leones y patear el trasero de la mitad de las bailarinas y quizá, de paso, tomar una copita de ron. Le colocó los puntos sobre las «ies» al evento del año, según People UK de ese mes.
Miss Oliver se había dedicado, por los últimos veinte años de su vida, a organizar eventos de una gran índole. Había participado en el embalaje de la última boda real, era una experta consultora dentro de toda Europa. Era conocida por su ferocidad e inigualable estilo.
Su trabajo era ser eficiente y discreta. Dos cosas en las que se llevaría todos los galardones posibles. Había crecido como un pequeño y estrafalario ratón de biblioteca, pasar desapercibido bajo un enorme estante era su especialidad.
Marielle y su secretario particular habían traído ideas por millón. Doo como le gustaba llamarlo. Su verdadero nombre era Dooders; demasiado extenso para la boca de alta velocidad de Marielle, que decidió acortarlo cuando el tiempo que usaba para pronunciarlo se consumía en dos segundos, el sonido que salía era similar a un «du» por lo que se le quedó de ese modo.
Marielle, Doo y Alice se plantearon como el equipo estrella de administración del jodido desastre sin nombre.
Isabella en un principio se sintió acosada por ellos. Tener una mujer de piel más quemada que tostada, junto a un fiel seguidor, que parecía más un poste negro al lado de ellas; le parecía en suma molesto. Ojear revistas nunca había sido su fuerte, ni siquiera por curiosidad.
Al paso de los días, se resignó a la presencia momentánea de ambos africanos. Incluso, llegaba a extrañar el modo particular de Marielle para referirse a Dooders. Con un grito entre la histeria y el susto, quizá combinado con algo de asombro.
Era bastante cómico el observar a Dooders, un hombre muchísimo más alto que su jefa, asentir fervientemente a los mandatos inquisidores de esta. Tenía la piel tan negra que cuando la mujer llegaba al clímax de su histeria y comenzaba a gritar, los sonrojos (totalmente comprensibles) no podían siquiera dilucidarse. De ojos oscuros, mente cuadrada y un sentido de la lealtad que rayaba en la obsesión. Doo solía ser el que complacía el genio nada dulce de Marielle.
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—Está todo listo —enunció la mujer firmemente. Con un sentido funesto, uno que ninguna esperaría escuchar el supuesto mejor día de su vida.
Lo único que verdaderamente lograba era el escalofrío recorriendo como electricidad por toda su columna. Como manos invisibles, heladas y vibrantes, que ascendían por ella hasta enroscar los dedos entre su cuello; asiéndose con la posibilidad de cerrarlas y cortar el flujo vital a sus pulmones.
Fuerza, se dijo a sí misma. Todo es cuestión de fuerza.
Podía recordar una reacción similar, pero de una fuente completamente diferente.
Tiempo atrás, Jasper mantuvo la asombrosa idea de participar en un concurso dentro de la Facultad de Medicina del King's Collage; cuando él los inscribió, no creyó posible que llegarían mucho más allá del auditorio principal. Ni siquiera fuera del escritorio del decano.
Jasper había entregado el trabajo final al decano, Reeves, al final de su tercer año. No imaginó nunca a aquél sobre viejo y algo arrugado, que contenía tan sólo cinco hojas de un artículo para una de las muchas revistas a las que la facultad se suscribía, les llevaría directo a la reunión anual de la unión europea de Escuelas de Medicina. La publicación de dicho trabajo y, el miedo mortal de Isabella a caerse en la mitad de la presentación, fue otra ocasión donde los nervios le habían jugado una mala pasada.
El mismo efecto: alucinación, sacudida y ahogo, la habían embargado el viaje entero hasta el momento en que un hombrecito pequeño, calvo y con apenas unos mechones de cabello cano por encima de las orejas, anunciaba sus nombres para subir al pódium donde una imaginaria arpía esperaba por ellos. Isabella había hecho resonar sus zapatos detrás de la espalda de un Jasper mucho más excitado que exaltado. Bella, había podido jurar sentir las garras entre su cuello, amenazando con cortar su vida de un momento a otro.
Jasper solía decir que no se veía de la manera que los demás lo hacían. Pero, ¿cómo demonios no lo harían? ¿Qué acaso no se daban cuenta que ella sucumbía debajo de sí misma? Todos la proclamaban como La Reina del Hielo, Isabella se describía más como un cubito en la mitad del verano, que se derretía bajo la presión.
De manos temblorosas, ojos impasibles y voz fuerte, en conjunto escondían un temor inmaduro; era ella la Icy—Queen favorita del Kings.
Se recordaba con las manos sudorosas mientras enrollaba el folleto del evento. Haciéndolo tan pequeño y apretado, que la fuerza impresa la hacía pedazos, la pila de papelitos en su falda estrecha daba fe de ello, destrozados debajo de la agitada presencia de Bella Swan y el congreso de la unión. Su sentimiento era brusco, impulsivo, inquieto.
En ese momento no había un Jasper a su lado mientras cruzaba descalza los carboncillos en llamas, cual ritual antiguo. Tenía otra presentación por el frente, una más cobriza que rubia, mucho más exigente y dura; tenía que formar su mejor interpretación, el doppelgänger dentro de ella también había sido reformado para la ocasión. Si querían salir de esto… debían hacerlo juntas. Ella y su yo malvado.
Caramba… tendrás que ser algo así como Grace Kelly
El pensamiento de la otra Bella, la cara frente al abismo, sería su escudo y su sombra. La representación de una fuerza que aún no había liberado. No por voluntad, sino por temor.
Hay que hacerlo… podemos hacerlo. Se repetía a sí misma.
Un mantra olvidado, que resucitaba a la vida. No iría a la guerra en ese momento, sin embargo, algo dentro del pequeño cuerpo de una Isabella para nada segura de lo que fuese a hacer; ese punto de franca venganza para Victoria —cual grito de ataque— era lo que la mantenía dispuesta a seguir adelante.
Recuerda Bella, somos Grace Kelly. Por nuestro propio pellejo, tenemos que ser la jodida niña bonita. Interrumpió la otra voz de su cabeza.
Regresando a la realidad. Isabella giró su cuerpo hasta mirar directamente los pozos profundos de Marielle que la esperaba con la puerta abierta para ella. Tenía un ajustado vestido de color purpura y un par de brillantes en los oídos. Bella soltó el aire de sus pulmones y cuadro sus hombros dispuesta a dejarse el maquillaje sobre sí a manera de sonrisa dulce y gestos elegantes.
La otra mujer tomó el rodete de orquídeas que llevaba en las manos y, acercándose a ella se lo entregó. Marielle no conocía el mundo tras los pozos chocolate de Isabella Swan, sin embargo, intuía la feroz intención de sortear una unión para nada deseada.
—Gracias —le susurró arrepentida de haberla hecho pasar un buen par de tardes con la caprichosa Isabella, la malcriada niña Swan y la odiosa mujer antipática—. Por todo, me refiero. En serio gracias, no sé qué hubiésemos hecho sin ti.
—Probablemente un desastre. —Bella soltó una risa amarga al deshacer las inexistentes arrugas de la fina seda de color marfil. Marielle sostuvo sus manos antes de que la fuerza contenida lograra rasgar el exquisito tejido.
—No lo arruines, Bella. Está perfecto.
—No hay nada perfecto, mucho menos esto. —Toda su piel, al igual que la antártica, despedía nieve tras los poros igual que la que sentía en lugar de corazón en el pecho. Las palabras golpeadas no sorprendieron a Marielle que se limitó a negar con la cabeza y esbozar una mueca por sonrisa.
—Dos minutos y tu abuelo vendrá por ti.
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Marielle había hecho un gran trabajo con la "boda" si bien sabía que nada era real, se había encargado de que así pareciera.
Ella hubiese elegido el registro civil y su ropa de siempre. Pero aquella obstinada mujer la había arrastrado a las tiendas que solía frecuentar, le obligó a probarse más vestidos de los que alguna vez tuvo. La acompañó en absolutamente cada detalle y, ahora se encontraba el fruto de su trabajo.
Edward hizo que tanto ella como Dooders firmaran un acuerdo de confidencialidad. Tan cerrado y para la opinión de la organizadora estúpido, ya que ella no revelaba nada de sus clientes; que en una de sus cláusulas estipulaba explicativamente su renuncia a cualquier otro evento durante el plazo que dedicara a la boda.
Todo parecía tan real a sus ojos que la hacía querer correr. Algunos meses a cambio del bienestar de su familia y todo aquel que perteneciera al grupo empresarial. Sí, de verdad creía que era un buen trato. A pesar de ello, ¿por qué había preparado salidas de emergencia? ¿Por qué huir a lo que Edward calificó como indispensable e imposible de evadir?
Bien, tal vez hubiese factores dentro de esa compleja ecuación que no había calculado con precisión. El tipo de pequeños puntos que echarían a perder todo un procedimiento. No había sido planeado de manera metódica y objetiva por su parte. Sus planes en realidad, eran más del tipo de improvisar y mantener la finta de un régimen casi militar, la frialdad del más experto cirujano o bien la sonrisa marca registrada Swan. Mantener el temple y fingir estar a cargo de todo. Como si cada problema, acierto o falla fuesen previstos con puntualidad y minuciosidad. Ciertamente, el requisito indispensable era ingeniárselas a modo de que la prueba y error no llevaran a un desastre calamitoso.
Que interrumpieran la maldita boda en ese caso. Por mucho que fuese ella misma quien deseara hacerlo.
Después planteaba, los factores no previstos; como el que Edward Cullen le dijera cada cinco putos minutos que la amaba, eso era uno de los factores de mierda nunca antes vaticinados.
¡Ay, por favor!
La mañana… madrugada en realidad, después de la cena en casa de los Cullen fue incluso romántica. Algo atemorizante también.
Despertar con la calidez de su cuerpo tras su espalda había disipado las mil y un preguntas que solía tener en la mente. Por primera vez, en todo el tiempo que habían compartido, no le importó permanecer más de cinco minutos junto a él. No por obligación, no por mentir, no por amor. Sólo por esa sensación de plenitud post orgásmica y celestial. Como un punto donde nada la podía tocar. Uno donde ella no era Bella, problemas, Swan. Un momento de calidez, incluso paz.
Lo había sentido jugar contra su ombligo desnudo, con esos enormes dedos que se habían dedicado la noche entera a recorrerla con delicadez y lentitud. Asegurándole devoción y éxtasis.
Isabella cortó su propio recuerdo antes de que la espina de culpa comenzara a pelear contra la espina de gusto. Tal cual ella había pronosticado, esto la llevaría al borde de la locura. ¿Cómo era posible? ¿Se podía adorar estar a su lado, y al mismo tiempo mantener la necesidad de escurrirse lejos?
Decidió dejar su pelea mental para otro día. En ese momento, su doppelgänger y ella no debían eclipsarse uno al otro, sino mantenerse como un yo único. Había suficiente por hacer como para deliberar la batalla mental constante.
Después de ese día, la primer noche a su lado, el día en que comenzó a caer, se habían sumergido en un vértice de preparativos, caricias fugaces pero sinceras, besos robados y, la maldita y estúpida necesidad del uno por el otro. Redescubrir la pasión que les unía y caracterizaba. Reinventarse en sí mismos. Volver a confesar y evocar cada poro de su piel, como un territorio inexplorado y a ellos como navegante veneciano agregando y formulando nuevas rutas hacia los puntos más recónditos de sí mismos.
Esa situación, era quizá, la efectora del desarrollo de los planes de huida. No querer amor y, tener constantemente el recordatorio de él… era un poco humillante, quizá irónico.
Edward, en cambio, se mostraba mucho más interesado en la nueva vida que les esperaba, los problemas para los cuales mantenía una solución ya formulada y el cuerpo suave de la mujer que lo esperaba abierta de piernas, brazos y puertas sólo para él, todo ello delataba un deseo escondido, poniéndole los pelos de punta.
Isabella siguió caminando por la habitación, marchando a un ritmo inconstante, intranquilo y por sobretodo problemático. Sólo empezaba a tomar conciencia de los pequeños o inexistentes detalles, cuando estaba a punto de saltar por la borda para convertirse en la señora de Edward Cullen.
El pequeño trastorno compulsivo y perfeccionista se evidenciaba a la hora de alisar la tela del vestido. Encontrarlo había supuesto un dato más de lo extraño que era el universo. Cosa del destino o simple coincidencia, no lo sabría… pero interiormente le sorprendía y alegraba.
«—¡Solo tendrás un primer vestido, falso o no, será único! —gritó harta de las excusas que daba.
Es muy blanco, es demasiado largo, no debe ser tan corto, es feo, anticuado, no me gusta y un sinfín más.
Fue ella misma la que encontró el faltante principal para la boda, sacó un vestido de una pequeña y escondida tienda, liso, con pequeños apliques de encaje en las mangas y el tallo.
—¡Mira, este casi tiene mi nombre! —se burló ella misma. Era incluso algo sardónica la vida. Eran casi las seis de la tarde y esa chica le había hecho recorrer la mitad del Londres y, casi se había inventado un Londres mágico, para buscar un simple vestido—. ¡Curioso!... Isabel Swire.
—¿Qué has dicho?
Doo, que sostenía el frappé macacino latte descafeinado de su jefa, la miró con los ojos tan abiertos como una cámara antigua. Marielle tenía entre las manos un pequeño vestido de color mango para las damas de honor, corrió a su lado sin importarle haber tirado el último para quitarle de entre las manos un delicado porta trajes de color beige.
—Isabel Swire... —saboreó Isabella en los labios. Sonaba raro, como decir tu nombre con la forma en que un niño lo haría—. ¿Te suena familiar?
—Es imposible... —aseguró Marielle al colocar el delicado envoltorio sobre una de las sillas del almacén. Miró por sobre los ojos, directamente a ambos. Isabella se sentía como en una película de aventura, a punto de abrir un sarcófago de faraón antiguo y descubrir una momia maldita. Al contrario, Doo daba un par de brinquitos a su lado, tan entusiasmado como niño en Disneyland. Mar regresó la mirada a su nuevo y descubierto tesoro.
—¿Quién es ella? —preguntó algo impaciente de querer descubrir el secreto. No comprendía tanto alboroto por un vestido. Decidió no decir nada, conocía los ataques de indignación de los amantes de la moda.
—Ese es su verdadero nombre —susurró por lo bajo—. Por estos lares, en los que me muevo, se llama Vivienne Westwood.
—Lo siento Mar... no la conozco. Tienes que explicarme con lentitud y en inglés, de preferencia.
Marielle acostumbrada a la acidez, casi inmune a la grosería, le dio una mirada de reproche y añadió.
—La moda siempre tiene algo que ver con el sexo.
Sacó de un lado del vestido un pequeño trozo de tela, que si bien al inicio no tenía ni forma alguna, cuando ambas manos de ella la estiraron la mitad de una tanga de encaje blanco se dejó observar.
—Ah... ¿así que también lleva bragas? —se burló Isabella—. Y, son sexys... —Ella alzó los ojos algo sorprendida.
—Espero que les des un buen uso... sería una lástima que se desperdiciara.
—No te apures por ello... intentaré hacerlo.
Vivienne, una pelirroja de ojos vivaces. Conocida como la madre del punk. Vivienne Westwood y Let It Rock, en Kings Road, fue el inicio de una vida estridente. Isabella esperaba, que de igual manera su vida no dejara de ser estridente.
Era un vestido muy bello. Algo desastroso, poco entendido y desordenado en otro tanto. Marielle aseguraba que el vestido tenía más años de los que Isabella podía recordar. Aún y a pesar de ello la delicada prenda de seda y gasa reflejaba una nostalgia de amor joven, de esos que vivían demasiado aprisa y se consumían de manera lenta.
Vive rápido, muere joven.
—Una relación tormentosa... Ellos eran eternos amantes, con una personalidad arrolladora... alguna vez lo dijo "Porque una vez le amé, y a mi manera fui fiel a Malcom hasta su muerte" —Marielle comenzó a explicarle una historia un tanto extraña—. Vivienne y McLaren eran completamente absorbentes. Tenía un modo increíblemente cruel de ser, según la propia Vivienne…
Marielle conocía tan íntimamente la historia de toda su vida, de principio a fin, de pies a cabeza. De la misma manera le contó sobre cómo lo quería y sería fiel a él hasta que muriera. Su poder sobre ella. La tristeza y melancolía que generaba en la mente de una mujer no juzgada como normal porque nunca lo sería, como si quisiera drenar su sangre y con ello la chispa de su creatividad.
Isabella tenía cierta necesidad de compararse con la diseñadora. Necesitaba saber el final de la historia, como si de esa manera pudiese conocer la suya misma. El relato, en boca de la africana, no era para nada una historia de cuento de hadas. Era más un drama medieval sobre celos, posesión, destrucción y un supuesto amor arrasador.
No los juzgaría.
No cuando ella pudo sentir eso en la piel. La necesidad de fundirse con el otro y la devastación al no verse completada. En algún momento entendió su necesidad voraz, el arquetipo perfecto de la obsesión y la tortura, al igual que la tibieza que les acompañaba, como sutil engaño y perpetuadora de tal tortura.
La semilla de ese hombre se plantó en el fondo de su pecho y, cual enredadera amenazaba con colapsar todo desde el fondo, ahogándola en su propia marea de amor, desamor y decepción a su partida. Al haber transcurrido ese periodo, igual que la propia Vivienne, se blindó emocionalmente.
—Costará una fortuna. —Isabella soltó un suspiro algo preocupado, por lo que Mar la miró con los ojos entornados y las manos en la cintura. La pose de una maestra del instituto a punto de zapatear el piso—. ¡Oh vamos! Tengo casi cuatro años viviendo por mí misma...
—¡Pues, acostúmbrate a gastar una fortuna! —Isabella se había obligado a no rodar los ojos enfrente a las personas, intentó reprimir el impulso… pero fracasó y lo hizo—. El señor Cullen…
—Podríamos alimentar a un país entero por un día… con lo que gana Edward —Isabella susurró rápidamente su respuesta a Doo, que continuaba a su lado, más emocionado por las perlas bordadas en los bordes del vestido, que en la plática entre Marielle e Isabella. Otro punto a favor de la primera, era su oído supersónico. Los alcanzó a escuchar justo cuando Doo iniciaba una carcajada e Isabella sacaba su móvil del pantalón.
—¿Sí? —le inquirió irritada—. Pues, ahora tú eres su país personal. —Marielle arrancó el vaso de su café a Doo antes de darle un ligero pellizco en el hombro. Sorbió maléficamente y la miró a los ojos—. Eres el territorio del Sr. Cullen. Y por favor deja el maldito sexting… esto es igual de importante que tu plática sobre qué tan dentro lo quieres de ti. Edward Cullen y su polla pueden esperar.
No era que no estuviera haciendo sexting… en realidad… era el nuevo pasatiempo favorito. Mucho más cuando llegaba a casa y Edward se encargaba de realizar la pequeña lista de tareas en la que se volvían sus mensajes.
—Eso no es de tu incumbencia. Edward y yo mantenemos una sana relación sexual… muy aparte de toda esta maraña.
—Por supuesto... —La ironía se coló en sus palabras, el sabor agrio aún se conservaba en sus labios—. Acércate, quiero que te pruebes este.
Isabella, soltó un suspiro de niña pequeña. La miró mal y arrastró los pies al probador. Sabía el maldito proceso, desabrochar el pantalón y salvaguardar su nuevo juguete favorito, el teléfono. Relegar su ropa en un rincón, darle una cara de fastidio al espejo que le devolvía su figura desnuda y dejar que la tela del vestido se deslizara como un guante.
Salió del cubículo sin verse esta vez. Esperando que Marielle se diera por vencida y ella pudiese retrasar el evento a falta de un vestido apropiado. Qué bien sonaba aquello.
—¿Y bien?
—Te gustaría. —Marielle tomó su cabello suelto y lo levantó para amarrarlo sobre sí mismo. Un truquito que Isabella se prometió aprender para el quirófano—. La mujer que lo diseñó es especial. Mírate.
—¿La conoces? —preguntó Isabella antes de mirar su imagen, había aprendido a obedecer a la organizadora.
—Sólo por la leyenda... pero intuyo que algo del alma rebelde e innovadora mimetiza con la tuya.
Bella miró el espejo de tres caras. Podía ver casi la totalidad del vestido en su cuerpo. Era impresionante de esa manera. Si esa mujer era una leyenda, pues seguramente se lo habría ganado, pensó en su cabeza.
Era sencillamente fantástico. En cuanto Bella lo vio, quedó fascinada, disfrutó el suave tacto de la fina tela y, muy secretamente, deseó con tanta fuerza que no hubiera más vestidos después de él. Le gustaba el movimiento de la tela, la suavidad de su toque. Los botones pequeñitos y ocultos de las mangas. Las perlas apenas visibles junto a la gasa. Las delicadas curvas de su cuerpo sobresalían de una manera que no conocía. Ella no recordaba tener ese cuerpo, podía jurar que el bendito vestido tenía algún tipo de push—up por todos lados, y un buen corsé al estilo medieval en su cintura… cosa imposible pues se sentía más como una algodonosa nube contra sí misma.
—¿Así qué... soy rebelde?
—Y un poco estúpida —añadió Marielle de voz firme. Aquello la hizo soltar una risa cómplice.
Era estúpida… ya lo tenía asumido. Pero a veces tenía que reírse de su propio chiste.
—Los perros del mismo lado de la calle ladran al mismo tiempo. —Bella giró frente al espejo infantilmente. Se volvió a Marielle de nueva cuenta para indicar con su mirada que era ese… y si no era ese vestido, no sería ningún otro.
Doo soltó una mueca satisfactoria en los labios. Del poco tiempo junto a ella, la satisfacción de Isabella dentro de la prenda era inevitable. Deslumbraba como un brillante. Se ajustaba como si hubiese sido confeccionado para ese momento y, de manera mística, hubiese esperado hasta el momento en que la fina mano de Isabella Swan lo sacó del olvidado anaquel de un almacén perdido en la calle más recóndita de la ciudad estrella de la mancomunidad.
—Una vida irreverente, una mente quebrantadora...
—Es bello —concedió bajo su fachada indiferente.
—Es arte —Mar pronunció cada silaba con fuerza, como si quisiera grabarla a fuerza de cincel en su memoria—. No es sólo bello.»
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El museo de historia natural tenía un programa especial sobre las bodas y otros eventos. En realidad, Marielle tenía un amplio catálogo de opciones para ello. Jardines, más museos, hasta la casa de Swansea salió a colación. Lo último había sido un no rotundo de Isabella.
El Hintze Hall, donde podías bailar debajo de un dinosaurio, un diplodocus si fuesen exactos; era uno de los salones en el Museo de Historia Natural. Era enorme cuando estaba vacío. Impresionante cuando lo vio decorado. Intimidante si caminaba a través de él en un ensayo. Triste cuando se daba cuenta que nada de eso era verdad.
Isabella no había vuelto al museo desde aquella vez en que Ethan preguntó sobre él y aprovechando la proximidad del lugar a su casa, tomó la mano de Ethan de nueve años y lo llevó a conocer a los dinosaurios, los cavernícolas y la evolución. Podía recordar el frío característico de los museos, la corriente del aire acondicionado y la oscuridad de las salas. Su parte favorita era ese sentimiento de complicidad y misterio que desencadenaban. Intentó infundir eso en Ethan, así que desde ese día, tomaba cada espacio libre, durante el fin de semana para mostrarle parte del por qué amaba la ciudad.
No supo, con exactitud su dirección, hasta verla impresa en las excepcionalmente blancas invitaciones. En letras doradas y un prendedor por regalo. Cromwell Road, SW7 5BD. Habría un total de setecientas personas en el evento. A ella le parecían excesivos, convenientemente las invitaciones ya habían sido enviadas por correo, con el delicado sello de letras entrecruzadas. I&E.
Ella había entregado escasas cinco, forzada y a regañadientes por Marielle.
Jasper y Alice por supuesto, su amigo Ty del hospital de cardiología, una vieja amiga y colega la Dra. Heart, y por último una más, como repuesto.
Entre la familia y los amigos en común o propios de cada uno, no serían más de cincuenta personas. Los otros seiscientos, eran los contactos necesarios, los contactos estratégicos y los invitados obligados.
Asistirían los socios más allegados a la empresa. Varios embajadores, el dueño de una flota griega, múltiples magnates y hasta el dueño de un circo. No podían faltar los accionistas, los banqueros, los economistas, incluso el arzobispo.
Circo… circo es lo que tenemos aquí. Al menos si alguno tiene un infarto, tendremos un cardiólogo, dos pediatras, y algunos periodistas.
En resumen eran una panda multicultural y, multifuncional.
Mantener memoria para cada rostro, cada nombre y saludo de todos ellos sería una tarea por encima complicada, la parte buena era que ella no tendría que enfrentarlo. Si Edward quería boda, al menos le haría cargar con el peso total de ella.
Era una mentirosa descarada, por lo general con buenas intenciones. Pero, esta vez sería la niña sonrisas que todos perdieron de vista hacía casi diez años. La niña de Charlie y Renée. De hermoso vestido blanco y el alma negra. De ojitos brillantes bajo el disfraz.
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Allí, atrapada en el último piso de la casa Swan, el santuario de su abuela, a punto de partir en un viaje en coche de cinco minutos sin retorno, se sentía a punto de cruzar la línea del sí y el no. El poder y el valor que confería un sólo paso. Un pequeño y minúsculo esfuerzo físico.
Respiró el dulce aroma de las flores, algo agitada y a punto de sostenerse de la pared y dejarse inundar por los muchos fantasmas que guardaban en la casa de Eton Sq.
«—Abuelo, me casaré con Edward así tenga que convencer a la mismísima reina de ir al evento. Te estoy invitando, eres mi familia y quiero que estés allí.
Congraciar, perdonar y olvidar no eran sinónimos. Claro que no. Isabella estaba congraciada con él, nunca dejaría ese puesto por nadie ni por nada; por sobre todo perdonada, pero olvidado… ¿olvidado el asunto que los separó? Jamás. Alexander era ese tipo de personas rencorosas. De las que no te permitirían una segunda oportunidad, por mucho que te amaran, por mucho que la necesitaran.
—No me quieres allí, eso lo sabemos ambos. —Alexander tomó ambos lados de su revista de economía mundial y se dispuso a leer. Ignoró la mueca de Isabella y su ceño fruncido. Tomó sus lentes redondos y los hizo resbalar hasta su frente. Su visión lejana era un total desastre, pero en verdad la cercana, no había mermado ni un sólo segundo durante estos ochenta años. Por todo ello prefería leer sin sus anteojos.
—¡Dios, abuelo! —Isabella suspiró antes de poder continuar. Hizo que sus manos bajaran la revista y sus enormes, cálidos y gatunos ojos la miraron hasta el fondo de sus pupilas y se vio reflejado en ellas—. No seas un niño, yo te adoro.
—Tú… tú no me quieres, odias que Victoria esté aquí. —Isabella no rodó los ojos, sólo hasta que estuvo fuera de la vista del mismo hombre.
—Eso es un tema aparte —comenzó a explicar, casi agitando la cabeza y poniendo las manos en la cintura, señal de mentira—. No tienes por qué mezclarlo.
—Si yo voy….ella va. —Alexander, señor de negocios internacionales, criminales y pasionales. Había convencido a la mismísima dama de hierro, sobre los impuestos y el Polltax; ¿Qué oportunidad tendría Isabella contra él?—. Ninguno irá, campanita.
¡Joder, pues entonces trae a la maldita hija de puta! Su mente gritó en el interior. No había pronunciado una mala palabra frente al señor Swan y no empezaría ahora.
—Está bien, abuelo, Victoria puede ir... —Isabella tragó grueso para no soltar las verdaderas palabras de su cabeza—. Ella, al fin y al cabo, es parte de la familia.
Los Swan, en los tiempos de antes y en la actualidad, eran conocidos por su sagacidad en el negocio. Alexander cerró de nuevo los ojos y le preguntó sobre su casamiento.
—¿Podré entregarte?
—¿No podría ser de otra manera, no te parece? —Bella que mantenía la careta de felicidad por su falso matrimonio y el enojo borboteando contra sus dientes, no pudo esconder el sarcasmo de su oración.
—No, por supuesto que no. Es sólo que pues... ahora eres amiga de Carlisle Cullen, pensé que quizá…
—Abuelo, Carlisle es el padre de Edward y lo adoro. Pero tú... tú eres mi mundo. Te amo abuelo... eso no lo va a cambiar ni la física cuántica»
…
—Bella —la voz dubitativa de Alexander llamó su atención desde la puerta de cristal—. ¡Mírate, estás preciosa!
Ella asintió y bajo la cabeza con desesperación, había escuchado el calificativo por mucho tiempo, unos días más que otros y ahora… no era importante, no era ella.
Irse o no irse, ser o no ser, decir sí o decir no, era ese el dilema.
Tengo que hacerlo… son unos meses, se repetía constantemente en su cabeza.
—Estas lista, ¿cierto? —El viejo lanzó su típica y complicada pregunta.
¿Lista...? Más que aterrada es un mejor calificativo.
Avanzó con cuidado de no caer, parecía que flotaba a pesar del enorme objeto que se instauró en su estómago de manera permanente. Respiraba con dificultad y las manos le picaban. Sostuvo con más ímpetu el ramo hasta que la cinta que lo mantenía anudado se marcó en su piel irreversiblemente. ¡La argolla luciría preciosa sobre sus manos pálidas, sudadas y marcadas en líneas rojas! Tomó el grueso brazo del abuelo a causa de la gabardina negra que usaba.
En el jardín, gracias a la cúpula de cristal pudo observar el cielo gris de Londres. Estaba lloviendo, de qué manera sino, era una ligera, ligerísima llovizna que empezaba a acumularse en los techos de todos. No quería llegar al museo que sabía tendría un ligero estilo mediterráneo, los manteles blancos y las flores exóticas proporcionando tranquilidad al evento. La luz clara y artificial, además de una ligera música combinaría a la perfección con las bajas conversaciones de los invitados. Los meseros repartirían copas con jugos y bebidas refrescantes justo antes de la entrada a otra de las salas.
Su madre solía decir que al mal paso había que darle prisa, quizá bajo ese pensamiento Isabella esperaba caerse de las escaleras cuando bajó los tres pisos de la casa, lo más rápido que el vestido le permitió.
El abuelo la esperaba en la entrada de la casa Swan, con su paraguas en cuadritos de color rojo, negro y beige. Le dio la más esplendorosa sonrisa que pudo y abrió la puerta, haciendo que el frio aire revoloteara la fina tela del vestido, le diera la mucha fuerza que le faltaba para hacer esto y la impulsara a caminar al majestuoso Mercedes que la llevaría a la horca, a su boda.
Desde la ventana, antes de salir del automóvil, podía ver la fachada que parecía una iglesia antigua o un palacio. De torres altas, largos pasillos, ventanas colosales y adornos por doquier. Pudo ver a Tanya y Alice, con vestidos parecidos, vidas distintas y cariños conjugados. Isabella sonrió un poco de verlas platicando alegremente, podía apostar, sobre el color de la tela y todo lo demás.
Algunos años atrás había jurado no hacer un circo de su boda. En ese momento, basándose bajo los altos estándares de ambas familias y la enorme ayuda de Marielle, tenía una enorme boda con grandes e importantes invitados, el grupo de chismosas, cortesía de Tanya y fotógrafos de una revista de sociedad (apostados a ambos lados de la puerta principal, enojados y furibundos de la primicia a la revista de Alice). Comparado con lo discreto de su personalidad la ocasión la sobrepasaba.
Cada uno de ellos tenía un papel, un rol a cumplir. Todo el mundo debía ocupar su lugar para la abertura del telón. Así que ella sólo dio un profundo respiro, calmó su ritmo cardiaco, se deslindó de toda sensación en la piel y abrió la puerta del automóvil.
Había dos partes durante el evento. La ceremonia con el ministro y la fiesta bajo el dino. Antes de entrar, asomada tras la rendija de la puerta de madera del primero, observó cómo los presentes se acomodaron en las sillas frente al estrado, gracias al cielo había convencido a todos que la ceremonia era un asunto de familia, la recepción era el plato fuerte, era allí donde había que enfrentarse al mundo bajo los pies de su futuro marido.
Edward se quedó frente al juez. ¿Cómo es que conseguía estar tan tranquilo? Se veía impasible. Aunque odiara reconocerlo no era ciega ni inmune a su coqueta galantería, ni sus bellas facciones.
Por desgracia, se dijo a sí misma,
Verlo saludando a todos con frescura, como si no fuese el día de inicio de su tortura personal, era envidiable. Él la había orillado a esta tontería, él mismo sacrificó, como bien se había preocupado por hacerla entender, su tan valiosa libertad. Tenía que decir que su inalterable neutralidad la dejaba algo fría.
¿Acaso era Victoria la mujer frente a él? Bella entrecerró los ojos para enfocar al inconfundible incendio con patas, confirmado su identidad sintió que el bello recogido de su cabeza era jalado con toda la perversidad posible. Por ella estaban en tan incómoda situación y él parecía estar riendo con sus malos chistes.
Escondida detrás de una puerta, Bella tenía unas ganas intensas de sacarla, aun cuando Victoria se había comprometido a no acercarse más de lo absolutamente necesario a ella. No era un secreto su enemistad jurada, capaz de armar un numerito de lucha en lodo. No lo haría y, por desgracia no podía, el abuelo la detendría antes de llegar a un metro de ella. Desde el inicio de esa "hermosísima relación" Alexander se había hecho cargo de comunicar, que por mucho que le desagradara ella también era su hija.
Alexander tiró del brazo de su nieta y cerró con fuerza. Empezaba a temblar, tal cual niña asustada. Nadie podía explicar tal comportamiento bajo una lupa de nerviosismo, si habían sido ellos quienes apresuraron todo, tan sólo cuatro meses después de su compromiso estaban casándose. Pero así eran los jóvenes, todo querían que fuera rápido.
—Vamos campanilla, es hora.
Bella cerró los ojos, como si fuera una montaña rusa y estuviera a punto de bajar. Escuchó las bisagras al doblar y abrir sus hojas de puerta, el ruido de fondo cuando los pocos y allegados se levantaron de las pequeñas y coquetas sillas doradas. Escuchó la misma marcha que su abuela le había hecho jurar haría tocar en su boda.
Experta canalla, caminó vacilante y colgada de un anciano de sonrisa satisfecha. Como si hubiese esperado ese momento toda una vida.
De su condición de médico aprendió muchas cosas. Aprendió a ser fuerte, tenía que serlo. Fuerte, para no derrumbarse a la mitad de todo. Fuerte de soportar cada hora debajo de un estrés atroz. Fuerte contra esa fuerza maligna que prometía calcinar cada uno de los sueños de estudiante incauto, cada hueso frágil, y cada resquicio de bondad en ella.
Cuando estaba allí, debajo de la nube y la tormenta, cuando el primer golpe le fuera asestado debía mantenerse preparada y, recibirlo como un viejo amigo, uno que se quedaría allí por siempre.
Un primer golpe para soportar todo el maldito camino. Debía hacerlo. La Dra. Hearth se había hecho cargo de ensañarle eso: "La fuerza es lo único que nos llevará lejos del limbo. Es la única manera de redimirnos".
Guardar las pasiones humanas era un arte de perfección. El clamor de la victoria se debía reducir a una sonrisa amena y complaciente. La ira desbordante a una cara impávida y la voz firme. La tristeza… la tristeza no tenía cabida en ningún lugar.
Por todo ello, cuando llegó al frente, junto a él. Cuando llegó y confesó sus más profundos deseos, se convirtió en un verdadero reto quitarse el entrenamiento y el disfraz, tan sólo para volver al simple hecho de permanecer humano. Para intentar darle lo poco, quizá lo único que quedaba. Cariño. Para decir sí y consolidarse como una pareja. No Isabella lejos de Edward. No Edward perdido en alta mar. Eran un dúo, iban juntos, e inseparables. Unidos por el hombre, por la pasión y lo que sea que quedaba dentro de ambos.
Edward más Bella. Cullen—Swan.
Dentro de su frío mundo de cámara lenta sintió los cálidos y suaves, exigentes labios de su ahora esposo, socio, amante y cómplice.
Estaba hecho.
Era la Señora Cullen.
Eran el socio principal.
Eran el frente común.
Era la mujer de la torre de Edward Cullen por el siguiente año de su vida.
Alice gritó sacándola del pequeño estado de confusión post—Edward.
Si no hubiese sido por los fuertes brazos de Ed rodeando su cintura y acercándola a su pecho, como si quisiese pegarla junto a él; estaría rodeada por todos los abrazos y felicitaciones de los demás.
Escuchó su risa cantarina y sedosa en el oído, causando una corriente de aire que le provocó cosquillas en el cuello e hizo que se removiera junto a él.
—¡No seas grosero, Edward, compártela! —Emmett se carcajeó frente a los otros, y provocó la risa del grupo.
—Es mía, Emmett —le bromeó también—. ¿No es así, Bella?
La ronda de abrazos y besos y fotos siguió a la fría estatua de Isabella. Ethan, conociendo sus mil cara de "estoy a punto de explotar, aléjese", disimuladamente se acercó y jaló de la falda del vestido.
—Te quiero, Bella.
—También te quiero, bebé. —Isabella recibió con necesidad el reconfortante abrazo de Ethan de acero indestructible. Dentro, su marea de maldad se aquietó hasta casi desaparecer—. ¿Te estás divirtiendo, tienes hambre?
—¡Bella! —Ethan se acunó bajo sus brazos como siempre lo había hecho—. ¿Puedes dejar de preocuparte por mí, aunque sea sólo hoy?
—Bien, chico listo, no te prometo nada.
Alice, que apenas si le dio un beso y siguió tomando cuantas fotos quiso. Rose y Emmett se acercaron juntos, Isabella observó la mano firme de Rosalie protegida bajo el traje azul oscuro de su primo favorito.
Jasper llegó para felicitarla. Le abrazó con demasiada ímpetu transmitiendo un poco de esa paz interna característica de él.
—Swan, me has traicionado —alegó con falsa indignación. Intentó alborotar el cabello medio recogido. Isabella infantilmente corrió detrás de la espalda de Edward.
—¿De qué hablas? —le gritó escondida. Sintió a Edward fracasar al ocultar una risa. Lo miró darle la mano y agradecer los buenos deseos de Jasper.
—Dijiste que a los treinta y cinco te casarías conmigo y tendríamos un niño, juntos.
También sintió a los músculos de Edward tensarse como la cuerda de un arco.
Mentalmente gritó: ¡Corre Jasper… corre!
—¡Ay, Jasper, por favor! —Isabella salió de su escondite para encontrar a Jasper sosteniéndose las caderas en su pose de regaño. Sabía que por dentro estaba casi orinándose de risa—. El niño iba a ser guapo como yo. —Se señaló a sí misma mientras daba una mini vuelta con el vestido a su alrededor—. Sería inteligente como… —Simuló señalarlo a él, antes de volver a clavar su fino índice sobre su pecho—, ¡yo!
—¿Y él, qué? —La interrumpió Edward antes de que casi cayera al piso.
—Tendría una bonita tía, como Rose. —Isabella se encogió de hombros restándole importancia. El último toque de la broma a Jasper.
Edward la regresó al suelo, hasta estar seguro de que no se caería de nuevo. Se disculpó y caminó lejos de este par.
—Te odio —confesó Jasper.
—Yo te amo, Hale. —Ed comenzó una charla con Carlisle a varios pasos de distancia, lejos, donde no podía escucharlos. No dijo nada más pero, sabía que esa última declaración la guardaría Edward y le haría explicarla hasta su última oración—. ¿Cómo la universidad? Jaz, en ese época, de verdad, ¿creerías qué llegaríamos a donde estamos ahora?
—Nos odiábamos —le dijo en tono bromista—. Es más, creo que fuiste mi némesis personal.
—¡Claro que no! Eras tú el que todo el tiempo buscaba maneras para que fuera molestado.
—Cállate, Swan, por mucho que me desagrade tu marido, no pienso dejarlo viudo la primer noche. —Le puso una mano en la cara y la hizo dar un paso atrás de manera suave—. Es un compromiso con todos los penes de este mundo. Ahora… ¿me dirás la verdad, o tendré que sacarla a la fuerza?
—¿El lado oscuro de la fuerza? —Le sonrió cómplice Isabella.
—No, Swan. Tú estás suficientemente dentro de eso como para echarte más.
—En tal caso, el chocolate no supone ningún tipo de problema para mí. No conflicto de intereses —le anunció cual niña de comercial.
Jasper negó fervientemente. Obtendría sus respuestas, así tuviera que emborrachar a su querida amiga. Así tuviera que hostigar y hacerla confesar. Incluso, si debía increpar a su marido nada agradable.
Dos minutos después Ed regresó junto a Tanya. Tanya, con su vestido de sirena rosado, brincaba por todos lados. Les dio un abrazo en conjunto y dirigió su mirada perdida al hombre que llegaba después que ella. Detalle que Isabella se hizo prometer investigar después.
Ed estrechó la mano fuerte del esposo de Tanya, agradeció sus buenas intenciones y se interpuso un poco cuando Garrett intentó abrazar a Isabella. Bella rodó los ojos y confidentemente, con el secreto y el privilegio de falsa enamorada lo abrazó para darle un buen pisotón bajo el vestido.
Edward sujetó con fuerza su cintura, cuando la cabellera de fuego de Victoria se acercó con sus acentuadas curvas y los ojos azul centellante.
—Me alegro mucho por ustedes, Edward. —Su voz profunda caló en lo más hondo de Bella. Ed imprimió más fuerza a su costado—. Serán un dúo fantástico.
—Ya lo somos. Gracias.
Victoria se rió por lo bajo. Casi disfrutando del enojo de su sobrina.
—Es… evidente —acertó con su sonrisa de labios rojos—. Me encantará ver qué sucede a partir de aquí, cariño.
Bella se desconcertó bastante de sus palabras. Ella, que sentía todo el poder en sus garras de uñas borgoña, no conocía el plan de Ed. Ella, Victoria… ese era su fin. Con la pequeña y delicada firma de Isabella en el contrato, con el trazo de su mano sobre el papel que enunciaba la unión de Isabella Marie Swan y Edward Anthony Cullen, ¿no era así?, ¿de tal modo… por qué esa mujer lograba hacer que los vellos de su espalda se erizaran con terror?
Anticipando cualquier mala palabra de Isabella, que sabía tenía una larga lista en la cabeza tras los ojos brillantes de revancha contra su tía, le besó los labios fugazmente, para provocar una risa aún más falsa de parte de Victoria.
—Son encantadores.
—¿Verdad que sí? —El abuelo se acercó a interrumpir. Cinco minutos atrás meneaba la cabeza, incrédulo de ver como Isabella era intolerante a Vicky, ni por cinco minutos—. He esperado esto mucho tiempo. Victoria, debes saber que estos dos tienen una historia muy interesante.
—¿En serio? —Victoria se sonrojó un poco, casi alegre de las historias perdidas—. Me encantaría saberlo.
—Y yo vomitaría si te lo contara.
Edward sin saber cómo tapar la animosidad de Isabella y esperando que sus susurros no llegaran a los oídos de la pelirroja. Se lanzó a besarla frente a todo el mundo.
El viejo Alexander soltó una carcajada que sobrepasaba cualquier conversación del pequeño salón.
—Deja algo para la noche, Edward. —Carlisle le interrumpió—. Alexander. —Agitó la cabeza en señal de saludo. Y besó la mejilla de porcelana de su adorable tía Victoria—. Victoria, un placer, como siempre.
Isabella que había creído acabar con los abrazos y felicitaciones, se quejó un poco al observar la fila que faltaba.
Carlisle y Esme no agregaron más a la ya repetida intención de los demás. Odette, una de las socias del consorcio y su hijo mayor Oliver fueron los siguientes. Luego los Lafayett, amigos cercanos a Carlisle y al final su amigo Jacob, que antes de poder decir algo fue sacado por la marea de gente. El ministro que presidió el enlace despidió a todos hasta la puerta.
La hora del show ni siquiera había empezado y su cabello era un pequeño nido de problemas. Marielle acomodó uno de los mechones sueltos del cabello de Isabella.
—Bendita la hora en que te lo has cortado. —Bella sabía que renegaba, en señal de falsa disculpa y algo de tregua, se encogió de hombros—. Al menos las extensiones te quedarán por las próximas semanas. Debo irme, pero por favor… no se maten en mi ausencia. Y, sr. Cullen, no arruine el maquillaje.
—Ve sin cuidado, señorita Olivier… no nos moveremos ni un centímetro.
—Faltan treinta minutos, después los anunciaré y bajarán al Hintze Hall.
.
Edward tiró de su mano hasta el sillón acolchonado cerca de la entrada.
—Tienes calcetines de colores… —Isabella quiso reírse al encontrar ese detalle—. ¡Mira! —Le mostró sus zapatillas de color azul pálido.
Ambos supieron quién era la culpable de aquella coincidencia. No la nombraron, pero la negra con faceta de directora general, había preparado cada detalle de esa boda, como si fuese ella quién la disfrutara.
—Papá quería una boda para mí —le dijo en voz baja. Casi como un lamento—. Le hubiese gustado caminar junto a mí y sostener mi mano cuando... —Obligada tuvo que interrumpir su mini discurso, algo a la mitad de su garganta comenzaba a formarse, como un nudo extraño de arrepentimiento y vergüenza—. Cuando fuese cierto. Mamá hubiese hecho una de esas cosas locas que ella sólo sabía hacer.
—No nos hubiesen dado el juego de té en cristalería —concordó Ed—. Hubiese sido algo hecho por ella, ¿no es verdad?
Bella asintió con la cabeza y se esforzó por ocultar su sonrisa. Recordar a sus padres con Edward, era más fácil y divertido, al menos con él salían las cosas grandiosas, no las lágrimas a raudales.
—¿Recuerdas esos broches de metal que hizo para mi cumpleaños número diez? —preguntó con algo de gracia, casi riéndose de su chiste. Isabella soltó una de las pinzas de su cabello, provocando que un par de finos rizos cayeran a su alrededor. Cerró el puño y, delicadamente y despacio abrió la sorpresa a sus ojos.
Dentro de ella, una libélula del tamaño real, reposaba serena y brillante. No era costosa, no era de un valor económico elevado. Pero para Isabella, era una de las pocas cosas que conservaba de su niñez. Tenían un enorme significado para Renée, que las creía libres, pequeñas, delicadas y con una leyenda tras su paso.
Esos pequeños detalles, eran su manera de traerlos a ella. No era real, sin embargo, era lo único que podía darles en ese momento. Y se sentía mal mentir. Mentir a los que amabas. Si Charlie hubiese sido el hombre a su lado en la marcha nupcial. Si hubiese sido su madre la que le dio el primer beso... no hubiese podido seguir. Pero, allí estaban los dos. Mintiendo, estafando y caminando sin mirar atrás. Era la manera de no traer a su familia a cuestas en un plan infernal.
—¿Estás lista? —Edward tomó su mano y le dio un apretón. Mantenía las facciones angulosas pero divertidas, casi enamoradas.
—Hay que hacerlo.
—Funcionará, Bella, no será tan malo, ya lo verás.
Él miró su Rolex negro, uno de los cinco que le legó el padre de su madre, Lord Masen. Que ahora, con casi ochenta y siete años encima, parecía más una pasita dulce, que el hombre firme y aristocrático que solía ser en el pasado. Isabella lo había visto al final de la sala, sentado en su silla eléctrica y con esa sonrisa rancia que caracterizaba a toda su estirpe. Se acercó con su guardaespaldas detrás, le dio la mano a Edward, felicitó a Isabella y salió sin más, como si estar en ese lugar no le agradara en lo más mínimo.
—¿No podemos saltarnos todo esto?
—¿Y dejar de lado tu excelente actuación de esposa abnegada? —Ella guardó silencio. Si él quería hacerle daño, debía traspasar muchas capas hasta el fondo—. No, Isabella. Ahora, prepárese señora Cullen, el mundo espera por su debut.
…
Lo siguiente pasó con demasiada rapidez para ella. Las escaleras del edificio estaban adornadas con delicados lazos y flores de múltiples colores. El juego de luces en el salón cambiaba constantemente entre el rosado, el rojo, el violeta y el azul.
La muchedumbre estaba lista para cuando ambos pusieron el primer pie en el Hintze Hall. Descender de la escalera, ataviada con el apellido de otra persona, la unión de una sociedad y la argolla que parecía más un lazo invisible en su cuello, habían supuesto un reto personal. Lo sorprendente fue descender con la facilidad de siempre. Como si ese día no estuviera pasando.
Marielle se acercó a su espalda, acompañada de un Dooders en smoking y moño púrpura, a juego con el vestido de su jefa. Tenía una bandeja con dos copas de cristal cortado, con un líquido amarillo, champaña supuso Bella.
Ed levantó su copa y anunció con la voz de importancia. Se supone, ese era uno de los recuerdos que todas las personas desearían almacenar en su memoria. Para ella, era una de las cosas que quería vivir deprisa, con tal de librarse de una buena vez del apretujo.
—Te tengo por toda una vida. —Ed, la miró directamente a ella. No a los invitados esplendidos que sabía bien estarían escuchando atentamente cada palabra. No las luces despampanantes. No su servicio secreto en las esquinas de la habitación. Sólo Isabella—. Y sé que esto no es suficiente para ti. Mereces más, pero ahora… sólo somos tú y yo. Te amo y ni siete años en el humo podrán deshacer eso. Ni un incendio con pies. Ni un huracán a la mitad de la ciudad. Eres mía y soy tuyo. Y te prometo, que haré todo lo que esté en mis manos por que seas feliz.
.
…
—Hola, cariño.
La fría y despectiva voz le recorrió hasta el último cabello. Se sintió desplazada al inicio de todo, del desastre de su vida. Arrancada de la realidad, como cada vez que él tocaba su piel o respiraba a su lado. A mala hora se había ido a esconder a una de las salas vacías del museo.
Sentir el frío aliento recorrer la piel desnuda de su cuello la empujó tres metros a la distancia.
Hacía años que no escuchaba su voz. Hacía varias semanas que sentía su presencia en la casa, como los viejos tiempos. Sabía que de nada servía hacerse la madura, la colosal, la inalterable. De sobra estaba visto que la habían tomado con la guardia baja.
Lentamente giró su cuerpo. Y con cada segundo que pasaba las chispas de la presencia arrolladora de él se colaban en su piel. Su corazón se saltó un latido, por miedo y verdad.
Los ojos profundos de Isabella buscaron la presencia de la sombra de James en la pared. Oculto por las sombras y con apenas un haz de luz en su ojo derecho. Helado, metálico y asesino.
Ya no era calvo, ni con esa fina capa de pelo que podía asemejarse al pasto recién cortado, Isabella podía asegurar tenía la dejadez del invierno. Aún mantenía ese rubio como rayos de sol. La piel blanca que casi lucía transparente. Tenía un elegante traje, ajustado en los lugares correctos y ensombrecido debido a su escondite.
—James… ¿qué haces aquí?
No esperaba verlo, no tan pronto, mucho menos allí. Sabía, por sus constantes asedios que llegaría a ella. Quizá en el momento menos indicado, como ese, quizá a la mitad de la noche, o simplemente como una visita normal. Él tenía esa cualidad. Múltiples modus operandi. Era un ser impredecible, muy complejo y con una inteligencia un poco peligrosa.
—Tal pareciera que no te alegras de verme.
—No es eso… sólo me tomas de sorpresa. Como siempre.
—Isabella, te he tomado de todas las maneras posibles… y mírate, casada y arrullada por alguien que no soy yo. —James salió de las sombras. Y bajo la luz, se aproximó a ella—. ¿Quieres saber por qué estoy aquí? Tu tía, Victoria, me ha invitado.
James le había seguido la pista por años. Pero nunca había sentido la curiosidad de volver a ella, no tan cerca. Saber por la boca de Victoria, que la pequeña de los Swan se casaba… era algo que no esperaba perderse.
Él e Isabella habían dejado muchas cosas pendientes desde la última vez en aquél bar donde solían encontrarse.
James que la había seguido, estudiado y memorizado como absceso. James que aceptó su origen y aun cuando lo repudiara, debía aceptarlo. James que descubrió la verdad tras de Amelia… James que llegó a la Isabella de carne y hueso, la verdadera, la única.
Seguirla siempre había sido su hobbie favorito. Había vivido en la casa de Isabella sin que esta se diera cuenta. Se había mantenido en las sombras todos esos años que pasó junto a su último novio. Conocía a Bella Swan como la palma de su mano.
Saber de los planes de Victoria le activó ese sexto sentido llamado Bella Swan, ese arcano sentimiento de protección que se mantenía sobre ella. A Victoria le convenció de su utilidad dentro de su obra, podría decirse incluso que fue él quien le impulsó en su plan asesino del clan Swan. Así que allí estaba a la mitad de una recepción, vestido de gala y más guapo y aterrador que nunca. Dispuesto a salvaguardar el suculento trasero de ella, aun cuando sabía… no estaría a su alcance nunca más.
—Edward es un buen hombre, James.
—Lo sé… sino no estarías aquí. Te conozco, Amelí.
—No me digas así. Sabes que mi nombre no es Amelia.
—Siempre serás Amelia, mi Amelia… la única forma en que puedes ser mía.
Bella caminó a la puerta dispuesta a cerrarla con el pestillo y que nadie descubriera el pequeño secreto de su vida. James, por interesante que fuera ser otra persona, fingir y suplantar una identidad, no era el momento para que alguno se enterara. Se asustarían, le acusarían… toda la torre de naipes que cuidadosamente había construido a lo largo de los años caería irremediablemente.
Justo antes de cerrar la puerta, una sandalia de piedras relucientes se interpuso. El andante vestido verde pitón de Victoria se coló a la habitación. Mantenía esa mueca desagradable y amistosa. Como esos jarabes para la tos, que aún mezclados con miel prevalecía el sabor amargo.
—¿Interrumpo?
—En lo más mínimo, el señor estaba perdido…
—¡James! —llamó ella, con algo de complicidad que a Isabella no le gustó ni un solo segundo—. ¡Al fin te encuentro! Ven, conoce a mi sobrina preferida… te he hablado de la dulce Bella.
—Oh… Victoria —disimuló no sorprenderse al tocarse el pecho conmovida—. Veo que aún no te has retirado la piel de víbora… entiendo, puede ser difícil. El sanitario está en el segundo piso… por si deseas un lugar privado. Yo conduzco a tu amigo a la fiesta.
—Pequeña Isabella, lamento haber robado tu disfraz del día…
—Para nada —le interrumpió—. En realidad has tomado mi uniforme, pero no te apures. Somos familia, ¿qué más da?
—Zorra —alegaron los ojos furiosos de Victoria. La muchacha tenía la facilidad de alterarla con una sola mirada. Lo habían comprobado desde el inicio.
—También lo tengo…son de colección.
—Bien, bien señoras… creo que es tiempo de parar esto. —James tomó el codo de Victoria que estaba por respirar forzadamente—. Vamos.
—Adiós, Vicky. —Bella se obligó a darle una sonrisa y un ademan de despedida.
—Eres una imbécil, Isabella… no sabes quién soy… no sabes de lo que soy capaz.
—Tú tampoco…
.
…
Rose y Jasper tenían unos ojos aguamarina, gatunos y embriagantes. Rose con su piel de melocotón, sedosa y hambrienta de ser tocada mantenía el ritmo de baile de su hermano. Desde la mesa cercana Emmett podía ver sus labios de botón de rosa. Ligeros, delgados y pequeños. Riendo con las bromas de su mellizo que la conocía tan bien como a sí mismo y al mismo tiempo se le escapaban los detalles importantes.
Tenía bastante tiempo batallando contra ella. El gran problema con Rosalie era que no debía ir en su contra, sino con ella, y en ocasiones eso se convertía en un enorme reto. Costó aprenderlo. Mucho más buscar la manera de llevarlo a la práctica.
Jasper continuó en la pista junto a una mujer diferente, mientras la rubia regresaba con Emmett muerta de risa.
—¿Osita? —inquirió el joven pintor casi con miedo. Llevaba un buen par de días intentando adivinar un sobrenombre para ella. Rosalie, que tenía un don especial para ser cruel y un poco malévola se rio de él.
—Dios Emmett, no me digas así. Es odioso.
—Pero mi vida… —Rose rodó los ojos haciendo que el cabello rubio, cual finos hilos de oro se movieran en una danza sugerente.
—Nada. Rose, Rossie… Rosalie —Ella enumeró sus apodos con los dedos. Se sentó a su lado y tomó su mano gentilmente—. Mi padre pasó bastante tiempo en elegir el nombre, querido.
—¿Ángel? —hizo un último intento con sus ojos infantiles.
—Ni de coña —Royce solía llamarla así. Nunca jamás en la vida dejaría a ningún otro llamarla por un nombre tan vil, tan común… tan hiriente.
—Vamos, Rose... debe haber alguno —insistía Emmett
—Busca algo que sea inquebrantable. —Rose intentó que dejara atrás el tema. Con ser Rose, la Rose cercana a Emmett estaba conforme, no podía decirlo en voz alta por temor a equivocarse, pero con ser la Rose, la única Rose de Emmett estaba bien.
Emmett, que gustaba de la música movida, de esas que hacían ver las luces corriendo en el piso, jaló a su no—novia a la pista debajo del esqueleto del dinosaurio en el Museo de Londres. Le hizo mover las caderas y soltar varias carcajadas por sus muecas y pasos de baile inventados. Las personas alrededor también disfrutaban de la presencia arrolladora de él.
Emmett observó el rostro de esa rubia con complejo de cachorro enojado. Relajada y libre de preocupaciones se convertía en una niña de casi veintiséis años, envuelta en un montón de flores coloreadas en el vestido ondeante. Fruncía los labios y guiñaba los ojos a una Alice que se la pasaba sacando fotos por aquí y por allá. Emmett no había sentido amor antes. Recordaba sentir las chispas que le recorrían cuando quería una mujer en su cama, incluso cuando intentó el sexo opuesto durante la universidad ¿Era eso amor?
Con Rose las cosas eran diferentes, deprisa e impredecibles. Con Rose quería seguir teniendo esas tardes en el cine, mucho más cuando se aburriera de sus películas japonesas, incluso si Rose se quedara dormida a la mitad de las mejores escenas de acción.
Le gustaban las noches de regreso del trabajo, compartiendo la cena y las vivencias del día. Saber qué hizo, qué le gustó, a quién estaba a punto de matar. Odiaba sus enormes viajes, a no ser que fuera él quien la acompañara, a menos que fuese él quien la esperara en el aeropuerto.
—¿Mi amor?
—¿De qué hablas, loquito? —consiguió decir ella entre vuelta y vuelta, a la mitad del dilema mental en Emmett Swan.
—Es ese. —Emmett suspiró satisfecho, con la sonrisa que hubiese tenido el mismísimo Alba Edison con la primera bombilla—. Mi amor por ti es inquebrantable. Eso eres: mi amor.
—Déjalo en Rose.
.
.
…
Isabella había salido con total tempestividad de la habitación donde había encontrado un par de alacranes destilando su ponzoña. De James se encargaría más tarde, estaba muy segura ese no sería el último encuentro; de ahí en adelante su guardia debería estar muy en alto. Estaba obligada a hablar con él.
—Hay que irnos. —Edward la interceptó en su camino al bar.
—Tengo que decirte algo. —En un principio ella pensó en confesar esa parte. Necesitaba advertirle de la presencia psicópata de él. Cuando observó los ojos verdes de Edward, algo felices y bastante tranquilos, decidió guardarse la información. No era como si una rata más o una menos dentro de un batallón hicieran mucha diferencia ¿cierto?—. Ethan se quedará con Emmett mientras termino de mudar nuestras cosas.
—Perfecto, tengo grandes planes para hoy.
—No te adelantes mucho, Cullen. —¿Nerviosa? Para nada—. Sólo deja que me despida de él.
No pasó mucho para que encontrara a Ethan, sorprendentemente activo para la media noche, junto a Emmett y Rose y bailando un poco. Era lindo verlo bailar con su pequeño smoking y su sonrisa perfecta. Con su rubio cabello, las muecas y filtreo inocente con Rose y cuanta chica se atravesara, alentado por supuesto por su alocado tío, Emmett.
Buscó a Jasper, más nunca le encontró, pensaba que su rubio amigo se encontraba perdido en las faldas de cualquier invitada, decidió tomar la salida cuanto antes.
Los invitados se quedaron tras ellos y la nueva ronda de abrazos. Bella era arrastrada tras el brazo de un sonriente Edward. El abuelo la esperó a la salida del Hall con una enorme sonrisa y un sobre en la mano. Le instó a abrirlo y enseguida se arrepintió. Un crucero por el Atlántico no era viable. No era en lo más mínimo posible. Cruelmente su mente la mandó a callar. Edward agradeció a su abuelo y le dio un fuerte apretón de manos.
Quince minutos después, varias personas de por medio y la sonrisa más falsa que alguna vez logró, llegaron al automóvil de Edward. Él abrió su puerta y en cuanto pudo salió con las llantas chirriando tras de sí.
.
.
…
—No me gusta lo que hacemos…
—Hubo un momento en nuestras vidas en el que podría jurar que me amabas. —Ed colocó su mano entre las rodillas de Isabella, aún cubiertas por el vestido en blanco marfil.
—Es posible —aceptó—. Pero no me refiero a eso. Esto es un crimen… estamos estafando a mi familia.
—No querida, es probable, tengo pruebas irrefutables de ello. Sin embargo, mientras ninguno habrá la hermosa boquita… nada saldrá mal.
—Hubo ocasiones en que me suplicabas por hacerme abrir la boca.
—¡Ya deja de recordármelo! No quiero parar a la mitad de la carretera.
Bella mordió su labio inferior y le dedicó una de esas miradas incitantes que guardaba tan bien. Sorprendentemente así era la vida con Edward Cullen, rápida y muy… ¿feliz? ¿Era normal un minuto tener un estrés entero, con la histeria incluida; y al siguiente mirarle seductoramente?
—Nuestra noche —dijo él, cómo si no quisiera que le quitara esa mirada de encima.
—A diferencia de ti, Ed, yo puedo mantener mis manos fuera —aseguró confiada. No, no podía, pero debía mantener un poco de frescura y no dejarle saber la verdad de su cuerpo. El maldito era un traidor, capaz de tirarla por la borda y directo a los brazos de Edward.
—Te reto. —El auto tomó la autopista.
—Ganaré. —Isabella miró la ventanilla algo desconcertada de la nueva ruta—. ¿Edward… adónde vamos?
Sorprenderla no era difícil. Lo complicado era convencerla de aceptar un plan. Para ser una talentosa mujer, solía sobrepensar un poco las decisiones poco importantes, en cambio a las que debía dárseles un doble pensamiento… bueno eran las que ejecutaba sobre la marcha y pensaba en las soluciones de los problemas que podrían germinar de ellas.
Al explicarle que debían pasar un fin de semana en Swansea para despistar a los periodistas no esperaba ver la cara de terror de ella. Edward no sabía que desde la muerte de sus padres y, posteriormente la de su abuela, ella no había puesto un pie en el lugar. Isabella guardó silencio, incapaz de comunicar nada más que un par de bufidos nerviosos.
Ed tomó su estado de confusión por uno de impresión. Felizmente siguió por la autopista mientras ella se movía inquietamente y enrollaba la seda del vestido en sus dedos.
—Te ves hermosa… en serio lo digo. —No habían permanecido mucho tiempo juntos, desde que eran marido y mujer. Golpeó el volante con ambas manos, como buscando un tema por hablar—. Entonces ¿Qué esperas que hagamos todo este tiempo?
—Diez preguntas.
—¿Disculpa?
—Diez preguntas, formula las que quieras, de lo que quieras. —Bella aseguró fervientemente. Casi maquiavélicamente y cómo si supiera que preguntar—. No se vale no contestar
—Bien. Inicio yo. ¿Quién es James?
¿Cómo mierda te enteras de cada puta cosa que hago Ed? ¿Cómo coño lo haces?
—Ed… no esperarás que te conteste.
—No se vale no contestar. —La atrapó con sus mismas palabras.
—James es un hombre que conocí hace varios años. Lo conocí cuando solía caminar por la ciudad.
—¿Y ya… sólo eso me dirás?
Bella agradecía que las autopistas no tuvieran semáforos y gracias a ello no tendría que soportar los ojos verde jade penetrante y buscador en sus pupilas.
—¿Esa es la segunda pregunta? Bueno, entonces. Sí, sólo diré eso. No es que haya mucho detrás de él te lo aseguro.
Edward poco conforme de la respuesta movió la cabeza asintiendo e instándola a preguntar ella.
—¿Hay alguien más? Estos siete años han sido largos… ¿Te espera alguien?
—¿Está celosa mi adorada señora?
—Deja de gastar tus preguntas absurdamente. ¡Contesta!
—No Isabella, sólo tú. Siempre tú.
Mentiría si dijera que ella no sonrió por lo bajo, ocultando su cabeza en la ventanilla y la noche de las afueras de Londres. Soplando su aliento al frio y disfrutando de hacer figurillas. Ed sin descanso siguió el interrogatorio, con mucho más interés.
—¿Por qué no seguías viviendo con tu familia?
—Mi mente solía jugarme malas pasadas, te veía en cada cosa, cada objeto… cada persona. No podía estar en donde tus fantasmas me rodearan. —Verdad… si omitía a Aaron, todo era verdad—. Y bueno, correr a la universidad se hizo más complicado. Eran dos pájaros de un tiro. Sigo yo, ¿Por qué tardaste tanto en volver?
—No pensaba hacerlo —le confesó, causando algo de asombro en su copiloto—. Yo quería seguir viajando, luego a tu abuelo se le ocurrió la grandiosa idea de jubilarse… tuve que volver.
—Así qué… ¿volviste por el trabajo?
—Cuando llegué a S&C las cosas estaban mal. —Ed comenzó a desmenuzar la complicada situación en sus manos. Mientras la cabeza de Isabella no podía creer muchas de sus palabras.
¿Sabes cuantas veces me vi persiguiendo a otros hombres? Ja… corría hasta alcanzarlos, insegura de saber si eras tú… pero cuando llegaba a ellos ¡Plop!… la burbuja se rompía y allí estaba otra persona que no conocía, otro hombre más, alguien que no eras tú.
—…hay mucho detrás de la empresa, Bella. En realidad, me gustaría mostrarte las cosas con los papeles en la mano.
—¿Con el toro por los cuernos?
—Exactamente. Hay que ser cautelosos desde este momento. Sospecho que tu encantadora tía empieza a tomar prestados los recursos de la empresa. Pero… nuestras preguntas son más interesantes, mi amor, ahora voy yo dime, ¿por qué estuviste con Aaron?
—Vamos Ed… un tema a la vez, ¿te parece?
—Bien… —Edward disminuyó la velocidad del automóvil, sólo para poder escapar de la vista de la carretera y mirar su reacción. Una maravillosa mueca desconcertada lo esperaba—. Sigo esperando, mi vida.
—En primera, deja de llamarme así. —Isabella suspiró antes de soltar la respuesta—. ¿Qué esperabas, que me mantuviera célibe todo ese tiempo? No iba a quedarme en la mitad… intenté seguir.
—Sinceramente Isabella, sí, eso esperaba.
—Lo hice después de algún tiempo —aceptó ella, el tiempo oscuro como le gustaba llamarlo a Jasper—. Al inicio… intenté seguir… lo hice. Pero cada par de ojos que veía se volvían de color espeso… jade, cada sonrisa que me daban se tornaba en unos labios carnosos y rosados. Cada movimiento, cada respiración. Allí estaba de nuevo, una persona que no eras tú… convirtiéndose en ti.
Isabella estaba hablando más de la cuenta, y esa no era su intención, respiró profundo para continuar su relato pero, esa vez, cambió de rumbo.
—¿Te acuerdas cuando me dijiste adiós? —Se interrumpió ella misma. Cortando la pequeña explicación de su vida. Rogó mentalmente porque le dijeran que no, que era un tema en blanco para su mente.
—Lo siento, no fue la mejor forma de hacerlo.
—¿Tú crees? —ironizó lo más que pudo, causando algo más que turbación en el carro, volviendo la atmósfera mucho más densa—. Bueno Ed, te encontré al otro lado del mundo a la mañana siguiente. Y mientras… yo estaba parada a la mitad de la guerra.
Ambos guardaron silencio por un pequeño espacio. Un muy necesitado breve espacio.
—Te necesito…
—¡No, qué cosa más rara eso de la necesidad! —ella intentó no gritar, lo intentó… todo lo que pudo—. Tú no me necesitas, ni quieres hacerlo, yo tampoco. Antes teníamos veinte y el mundo amenazaba con acabarse. Puedo entender el desenfreno… no la necesidad.
—Te quiero para mí, Bella. Te estoy reclamando.
—¿Reclamando? ¿Cómo objeto?… ¡Qué primitivo eres!
—Deja de engañarte… no nos engañes. —Isabella se negó a verlo a la cara, más cuando sabía que él le miraba de reojo—. Te voy a decir qué es lo que estás tratando de hacer, estás tratando de iniciar esto bajo tu control, para que esta vez salgas tu indemne. Y yo sea el que salga mal.
—¡¿Qué locuras dices?!
—Es verdad, Bella, tú quieres que yo sufra en dado caso que las cosas terminen.
—Las cosas van a terminar —afirmó ella—. Esto es temporal, Ed… te lo he dicho ya… yo no siento lo mismo que hace siete años… mis sentimientos hacia a ti cambiaron. Parte por lo que hiciste, parte por lo que he vivido…
—¿Y parte por Hase?
—Deja a Aaron a un lado… no tiene nada que ver aquí. —Edward gruñó y apretó el acelerador. Bella comenzaba a odiar interpretar sus emociones a través de esas pequeñas señales confusas—. Sí… no… No lo sé… ya no sé nada.
—Los vivos merecen respeto, los muertos la verdad.
—Tú estás muy vivo… ¿te digo la verdad? Bien… recuerdo cuando llegaste a mí, como me sentía temblar… vivir. Tuve esperanza, tuve inspiración… comencé a amarte… y, cuando estaba por decírtelo, tú desapareciste. Si supieras lo que se siente caminar y que todo se deshaga a tu paso… sabrías cómo me sentía todo ese tiempo. Entenderías lo que pasa ahora.
—No me voy a deshacer, Swan.
—Lo mismo decía yo… hasta que te fuiste —confesar sus más profundos deseos era atemorizante. Darle el poder de la verdad, darle armas contra ella, eso era relatar cada espacio de su vida—. Entonces pensé que había sido mi culpa. Después te culpé por haberlo hecho.
—Ya nena… olvídalo. Déjalo atrás, Swan. Solo seremos tú y yo.
Bella lo ignoró. Maravillosamente Edward dejó de hablar y desistió de su búsqueda implacable.
Siete años… siete años me hiciste creer que estabas en otro lugar… en otro mundo. Me hiciste saber lo inalcanzable que eres. Y ahora… ahora estás aquí y ¿esperas que yo haga tu voluntad? ¿Esperas que no proteste por ello? ¿Me quieres tuya? Si supieras que ni siquiera me conozco…
—Dime dónde quieres ir, qué quieres… nómbralo y será tuyo, Bella.
¡Quería a Edward Cullen con ella! Lo deseaba, había un apetito voraz por él. Un huracán dispuesto a devorarlo. Lujuria… sed de su cuerpo y su fuerza inagotable.
—Creo que tu presencia me golpea cuando menos la espero… soy una adicta. Me obligo a olvidarte la mayor parte del tiempo y cuando algo me tienta… cuando me muestran algo de ti… correré a tenerte sin preocuparme por cuánto maldito tiempo gaste tratando de no hacerlo.
—Eso me encanta… no voy a negarlo.
Isabella comprendía de las adicciones. Conocía a las personas que se derrumbaban por ellas. Sabía de los momentos en los cuáles las odiaba y, sabía del momento en el cuál sentía que no podía vivir sin ellas. Ella era una adicta en potencia. ¿Qué diferencia entre un heroinómano y ella?
Isabella sabía sobre lo que era sentir esas enormes y emergentes ganas de correr por el objeto de tu adicción. Sabía, que aun cuando a un alcohólico en remisión le ofrecían un licor delicado y esplendido o una baratija de esas que solían consumirse cuando apenas si se tenía dinero para comprarlas, él elegiría sin distinción una de otra. Sólo por sentir de nuevo la acumulación de sensaciones.
Sin embargo, Isabella también podía llamarse masoquista. Sería del tipo de personas que inhalaban o profanaban. Heroína, cocaína, meta… lo que fuera.
De todos comprendía su adicción. Había momentos en que sólo podía pensar en consumirla, momentos en los cuales sentía que su vida corría un riesgo mortal de no ser por esa insignificante sustancia en su sistema.
Isabella era una persona de adicciones. O todo muy bien o todo muy mal.
Su adicción al amor le hizo sentir mil muertes. Su adicción a la medicina le hizo suicidarse y renacer. No comer, no dormir, no salir, sólo ella y el objeto del que alguna vez, en ese punto de su vida, fue adicta.
Otro tipo de drogas también entraron en ella. El alcohol, el sexo, el éxtasis. Su persona era enganchante. Del primero, el alcohol, se deshizo con el segundo y el tercero. Pero su adicción al sexo sólo se resumía a una persona. Tener sexo con Edward era una adicción y una de la cual no se quejaría. Pero cuando cambió a Edward, la necesidad de follar también lo hizo. Así que, en realidad, no era adición a ser follada, consumida o amada. Era adicción y adhesión a Edward.
Sabía sobrellevarlas, y como sustituir una por otra. Pero nunca supo cómo lidiar sin ellas. Su mayor temor era no saber cómo lidiar sin Edward.
—¿Has dormido bien los últimos días? —Edward tenía una socarrona mirada al llegar a la calle principal de Swansea—. No lo harás por el siguiente fin de semana, Bella, sólo espero que lo resistas.
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…
"El día que la mujer pueda amar con su fuerza y no con su debilidad, no para huir de sí misma sino para encontrarse, no para renunciar sino para afirmarse… entonces el amor será una fuente de vida y no un mortal peligro".
Simone de Beauvoir
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Chicos, y chicas
Lamento la tardanza, les había comentado lo difícil de la escuela. Pero, esto seguirá, tardado o no... pero allí irá.
Muchas, muchas gracias a todos por seguir leyendo HD.
A las chicas silenciosas que sé que están por allí (¡vamos! animense a dejar un comentario :D).
A la señorita mejor beta del mundo, la que es un amor de persona.
A todas las personitas hermosas que han dejado sus comentarios. Es muy lindo leerlos. Ya saben, lo que necesite, gusten aportar, teorías conspirativas, u otros, poden dejarlas.
Gracias por todo. :D Bonita semana muchachones.
Desde la caótica CDMX
V O'H
PS: Me encanta esa frase de Simone ;)
