ADAPTACIÓN ESTA HISTORIA NO ME PERTENECE (MUNDO ALTERNO)

TITULO: DESEO SALVAJE

TITULO ORIGINAL: DESEO SALVAJE

AUTORA ORIGINAL HISTORIA: GENA SHOWALTER

AUTOR ORIGINAL PERSONAJES: KISHIMOTO - SENSEI

PROTAGONISTAS: ITACHI UCHIHA Y SAKURA HARUNO

SIN FINES DE LUCRO

Capitulo 11

Sé precavida. Siempre precavida. Un Tigre creará una distracción en un extremo de la jungla para atacarte mejor en el otro.

Por desgracia, media hora después seguíamos en el avión. El silencio se estiraba entre nosotros.

Había sido así desde que acabó el beso, y no sabía por qué. No sabía por qué me había apartado ni por qué me ignoraba. ¿Sabía algo que yo no sabía sobre el avión?

El miedo volvió a enraizar en mi mente. No podía luchar contra él. Cerré los ojos con fuerza. Veía imágenes de sangre y muerte. Me tensé. Íbamos camino de una muerte segura. Itachi seguía rígido, a mi lado. Sabía que el avión estaba a punto de estrellarse, el bastardo enfermizo, pero no cómo decírInoo.

¡Íbamos a morir! Lo sabía. Inspiré profundamente, solté el aire. Inspirar, exhalar. Inspirar, exhalar. Empecé a marearme. Hice un esfuerzo por calmar mi ataque de pánico. Pensé en un prado tranquilo con follaje verde, tal y como me había enseñado Kakashi. Nunca había funcionado, pero esa vez llegué a sentir una brisa acariciarme como una pluma. Sentí cierta paz hasta que el avión giró y se oyó un ruido.

Abrí los ojos de par en par y agarré el antebrazo de Itachi, temiendo caer por la ventanilla y estrellarme contra el suelo.

—Todo va bien —dijo él—. Ha sido una bolsa de aire, nada más —puso un brazo sobre mi hombro, pero arruinó el efecto «tranquilizador» de su acción al intentar desabrocharme el cinturón.

—¿Qué haces? —sujeté su mano con pánico.

—Ponerte cómoda.

—Eso no ocurrirá nunca si me quitas el arnés de seguridad —le di un manotazo en la muñeca.

—¿Arnés de seguridad, eh? —rió el—. Sakura, si el avión cayera en picado…

Gemí. Él cerró la boca, pero era demasiado tarde. El daño estaba hecho.

—Oh, Dios mío, oh, Dios mío, oh Dios mío —no podía respirar. Me pareció oler a humo. El avión estaba cayendo y yo iba a convertirme en una bola de fuego.

Él restregó el rostro por mi cuello. Pero no me relajé. No podía. Mirase donde mirase, veía mi muerte.

—Esto funcionó antes —dijo él.

—Pues ahora no.

—No hay razón para preocuparse —me dijo al oído—. No ocurrirá nada malo. Te lo prometo.

—¿Cómo puedes prometer algo así? ¿Eres vidente?

—No.

—Entonces cierra la boca.

Lo hizo. Seguramente porque yo tenía una expresión de comérInoo vivo. Prado feliz, prado feliz. ¿Dónde estaba mi puñetero prado feliz? «No voy a morir», canturreé. «No voy a morir». Antes tenía que matar a Kakashi. Dios me dejaría vivir hasta entonces.

Después de un rato, empecé a calmarme de nuevo. Aguas tranquilas, prado feliz. Yo era una mujer fuerte y el avión surcaba el aire suavemente.

Itachi debió notar mi nuevo estado de serenidad, porque señaló la ventana con la barbilla.

—Echa un vistazo —dijo—. Será una terapia para ti.

Yo ya había recibido toda la terapia que podía aguantar, gracias, pero sabía que él tenía razón. Tardé cinco largos y agónicos minutos en hacer acopio de coraje para mirar, pero al final lo conseguí. Miré.

Se me escapó un gritito y cerré los ojos con fuerza. Los abrí. Los coches de las carreteras me recordaron a hormigas paseando por una colina. Los edificios parecían manchas en el horizonte.

Me pregunté donde estábamos para trazar una misión de rescate mental. No pregunté porque me daba miedo que eso me gafara.

—Basta con eso —dije—. Estoy curada.

—Ahora que tenemos tiempo, podrías contarme qué te llevó a dedicarte a la planificación de fiestas.

Sabía que sólo pretendía distraerme, pero estaba más que dispuesta a seguirle el juego.

—Nada glamouroso —dije. Me sequé las manos sudorosas en el pantalón—. Nunca se me dio bien el trabajo escolar. Odiaba las matemáticas, odiaba escribir informes y estudiar, pero me encantaban los eventos sociales. Un día vi un anuncio en el periódico, pedían un ayudante de planificación y supe que era el trabajo para mí. Y como había trabajado en el negocio de catering de mis tíos, estaba preparada —suspiré—. Estaba haciéndome un nombre justo antes de dejar el negocio durante unos años.

—¿Por qué lo dejaste?

—Pensé, estúpidamente, que debía estar disponible para mi marido veinticuatro horas al día. Después de mi divorcio, resultó que Hinata se había hecho cargo del negocio de catering y las cosas empezaron a funcionar otra vez.

—Me alegra mucho que lo hicieran.

—¿Y tú? ¿Por qué pilotas dispositivos mortales?

—Al principio no fueron los aviones. Tenía unos ocho años cuando mi padre me llevó por primera vez a Aeronáuticas Uchiha. Vi a los empleados saltar para cumplir sus órdenes y supe que esa era mi meta. Quería que todo el mundo cumpliera mis órdenes.

—No se puede decir que me sorprenda —dije con voz seca, aunque risueña.

—Después de estar en una cabina por primera vez, dar órdenes a la gente dejó de ser mi prioridad.

—Además de pilotar aviones y dar órdenes, ¿qué haces?

—Compro y vendo aviones. Mi empresa también vende piezas y genera informes aeronáuticos.

—No puedo imaginar tener dinero suficiente para comprar un avión. Un cinturón, quizá, pero poco más.

—Siempre duplico la inversión inicial, así que no es tan difícil.

Ya. No era tan difícil. Imaginé una conversación comprador vendedor típica:

Comprador: ¿Sólo quiere un millón por el avión?

Vendedor: Sí. Pagué cuatro millones, pero ya no me gusta.

Comprador: (Risitas) Bueno, ¿acepta cheques?

No, no era tan difícil.

—¿Vas a comprar algún avión pronto? —pregunté.

—Hay un SJ30-2 al que le tengo echado el ojo. De hecho, podrías volar a Florida conmigo a finales de mes para echarle un vistazo.

—No, gracias —afirmé con cada fibra de mi ser.

—Podría decidir dar la fiesta en Florida —sus labios se curvaron levemente—. Entonces tendrías que ir.

—Eso podría colocarte en mi lista de personas que Debo Matar.

—Preferiría estar en tu lista de Debo Seducir —su sonrisa se volvió maliciosa.

Ya estaba en la lista. Era el único nombre que había, pero no pensaba admitirlo en voz alta.

—Esto es un hito para mí. Ni siquiera me gusta estar en una habitación de hotel con balcón. Nunca he entendido mi miedo a caerme, pero he aprendido a vivir con él. Ahora mismo me siento orgullosa. Es la primera vez que hago algo tan… digno de miedo.

—Aparte de que casi me has roto la muñeca cada vez que el avión ha botado, has estado fenomenal.

Bufé.

Poco después llegamos a una pista de aterrizaje privada, cerca del aeropuerto Tagle. Por fortuna, el avión aterrizó sin complicaciones. Si algo hubiera ido mal, estoy segura de que me habría arrancado un trozo de carrillo, en vez de limitarme a morderlo hasta dejarlo en carne viva.

Rígida, salí de la trampa mortal y pisé tierra. ¡Gracias, Dios mío! Itachi se echó mi bolso de viaje al hombro y me llevó a la limusina que nos esperaba.

—No ha estado tan mal, ¿no?

—Casi habría disfrutado.

Él me miró irónico.

—Si fuera masoquista —añadí.

—Ja, ja —movió la cabeza—. Tenemos media hora de viaje. Ya han equipado la cabaña con todo lo que necesitaremos. Sólo tenemos que relajarnos.

—¿La cabaña está aislada?

—Técnicamente no. Simplemente lo parece a veces. Está a un kilómetro y medio de Mountain Lodge, un complejo vacacional —explicó.

—¿Cuántos metros cuadrados tiene la cabaña?

—Unos ciento ochenta.

—Hum —imaginé a sus invitados en ese espacio, unos subidos encima de los otros—. Olvida la cabaña de momento y piensa en el complejo. ¿Tiene zonas destinadas a grupos grandes?

Entrecerró los ojos, ocultando un súbito oscurecimiento de sospecha, pero contestó de todas formas.

—Sí.

—Pues el complejo parece más apropiado para la fiesta que la cabaña. Vayamos allí.

—Prefiero la cabaña —frunció el ceño.

Ya estábamos en tierra y pensaba con claridad.

No iba a aceptar sus tonterías.

—Aún así, me gustaría ver antes el complejo, si no te importa.

—Sí me importa.

—Yo no quería volar hasta aquí, pero lo hice. Lo menos que puedes hacer tú es parar en el complejo.

—Diablos, Sakura.

Silencio. Yo no iba a dar marcha atrás, no iba a retirar mi solicitud.

—Diablos —repitió—. Pararemos en el complejo —se frotó la nuca—. No sé por qué aguanto tu autoritarismo. Yo soy quien está al mando. Trabajas para mí.

—Trabajo contigo. Hay una diferencia. Y, para que lo sepas, empiezas a irritarme de mala manera.

—Bueno, pues para que lo sepas tú, ésta es la última vez que te sales con la tuya.

Buff, menudo mal perdedor era.

—¿Qué te parece? —preguntó Itachi.

Lo miré un momento. Estábamos en un rincón apartado de un bar lleno de humo, bebiendo vino y con música de saxofón de fondo. Era una zona oscura, sólo iluminada por velas. Habíamos terminado de recorrer el complejo poco tiempo antes.

No quería discutir con él, pero comprendí que no tendría otra opción, porque lo que iba a decirle no era lo que él quería oír.

—Aunque este sitio es muy agradable, no servirá.

—¿Ya has hecho una lista de por qué no? —sus ojos chispearon divertidos. Al menos no estaba enfadado.

—De hecho —exhalé un suspiro de alivio—, sí.

—Esto tengo que oírlo.

—Primero, el edificio no es lo bastante grande y la cabaña, que es más pequeña, tampoco lo será.

—¿Y segundo? —intentó ocultar su sonrisa con la mano, pero me di cuenta.

Su frivolidad debería haberme irritado. Al fin y al cabo, si se empeñaba en dar la fiesta allí, no tendría otra opción que aceptar. Pero me sentía muy tranquila. No sabía si por el vino o por la compañía.

—Segundo —dije—, esto es demasiado rústico para nuestras «Mil y una noches».

—Podemos convertirlo en «Las Mil y una Noches conocen a una Vaquera Urbana».

—Tercero —seguí, como si él no hubiera hablado—, no quiero que la fiesta se celebre aquí.

—Eso no es una razón.

—Para mí lo es. ¿Cómo vas a traer a los invitados?

—Les encantará volar en mi jet, te lo prometo. Y mi madre adorará el aire limpio de la montaña.

—No puedes meter a trescientas personas en tu avión trampa mortal.

—Reduciremos la lista. Convertiremos la fiesta en una reunión pequeña y privada.

Tenía respuesta para todo.

De repente, se oyó una risa estridente. Un hombre de treinta y tantos años, con pelo castaño, largo y rizado, subió al escenario con un micrófono.

—Ha llegado el momento de nuestra hora de karaoke —dijo—. Sé que tenemos a gente que se muere de ganas de subir aquí y cantar una canción. Pues ésta es su noche de suerte. Tenemos una gran selección.

La gente vitoreó. Algunas personas incluso alzaron sus copas en brindis.

—¿Quién empieza?

Un joven se puso de pie. Por su bamboleo y sus ojos vidriosos resultaba obvio que había bebido demasiado.

—Yo empezaré —sus palabras sonaron pastosas, casi irreconocibles. La chica que había sentada con él se rió histéricamente y lo animó—. Quiero cantar una fanción celiz.

Muchas más risitas.

—Cualquier otra persona, por favor —suplico el presentador con evidente desesperación.

Silencio.

Miré a mi alrededor y me fijé en que todo el mundo hacía lo mismo.

—Te reto —oí un instante después. Me di la vuelta y miré a Itachi. Seguramente se había expresado mal. No podía haber dicho…—. Te reto —esbozó una sonrisa diabólica.

Yo no solía responder a los retos. Es decir, ¿quién quería salir a la calle desnuda y gritando «El cielo se está cayendo»? También sabía que Itachi no creía que fuera a aceptar su reto.

Mi endiablado sentido del humor, o quizá mi deseo de probarle que realmente poseía una Tigresa interior, me urgió a levantarme del asiento y saltar sobre el escenario.

—¿Qué recibiré si acepto tu reto? —pregunté, golpeándome la barbilla con un dedo.

—A mi —abrió los brazos con gesto de invitación.

Debería haber esperado esa respuesta. Sonreí y negué con la cabeza.

—Buen intento. Pero ese premio no me atrae —mentira—. Di otra cosa.

—Una noche de sexo salvaje.

—No —una mentira aún mayor.

—Hum —Itachi se frotó la mandíbula lentamente—, ¿Qué te tentaría, Sakura Haruno?

—Seguramente nada —la mayor mentira de todas. Rellené mi copa y tomé un sorbo de vino, saboreándolo y disfrutando del calor que me daba el coraje—. Intenta tentarme. Inténtalo.

—¿Y si te prometiera que la fiesta no se celebrará en ningún sitio que requiera subir a un avión? —sugirió—. ¿Te tienta eso?

¿No más viajes de avión? Estuve a punto de bailar encima de la mesa. Había elegido un premio que no podía rechazar. Aunque desafinara y se riera de mí, merecía la pena. No tuve ni que pensarlo.

—Trato hecho —dije. Antes de poder arrepentirme le ofrecí mi mano para cerrar el trato. Su palma callosa provocó una deliciosa fricción en la mía.

—Buena suerte —echó un vistazo a los inquietos clientes—. No parece una audiencia muy receptiva.

Estaba intentando disuadirme. Haría cualquier cosa para ganar la apuesta. Lo sorprendí levantándome.

—Yo lo haré —dije, lo bastante alto para que el hombre del estrado lo oyera. Le hice una mueca a Itachi. ¡Ja! Podría hacer el ridículo y escuchar risas y comentarios soeces, pero no saldría del bar como una perdedora.

De repente, los murmullos se acallaron. Todos los ojos de la sala se clavaron en mí. Empezaron a temblarme las rodillas. Itachi rozó mi cadera con la mano y lo miré.

—¿Qué? ¿Deseando haber mantenido la boca cerrada? —le pregunté.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —alzó las cejas burlón.

—Una apuesta es una apuesta y, sencillamente, no puedo permitir que ganes —giré sobre los talones y fui hacia el escenario, soltando mi moño por el camino y permitiendo que mi larga Inoena oscura cayera espalda abajo. Aunque me temblaba la mano, acepté el micrófono que me ofrecía el presentador.

—¿Tienes Achy Breaky Heart?

—No hay noche de karaoke sin esa canción —me ofreció una sonrisa de alivio.

Unos segundos después, la música inundó la sala y el súbito silencio. La letra de la canción apareció en una pantalla delante de mí.

Optando por divertirme, asumí una pose «Ríete-conmigo-no-de-mí»: una mano en la cadera y una sonrisa boba en los labios. Empecé a cantar.

Tras la primera nota, todo movimiento se detuvo.

Incluso el tipo borracho me miró como si el sitio adecuado para mí fuera un manicomio.

Pero recorrí el escenario como una profesional, agitando el pelo y contoneándome, hasta que por fin alguien se rió. Con eso hubo bastante.

—Oh, sí —gritó un hombre—. Dámelo a mí, nena. Me duele el corazón.

—Puedes rompérmelo cuando quieras —gritó otro.

Todos empezaron a dar palmas marcando el ritmo, animándome. Me entregué por completo a la representación. Aunque nunca lo admitiría en voz alta, lo pasé de miedo en ese escenario, gritando la letra y moviéndome.

Cuando llego el final, fui bajando el volumen de mi voz lentamente. Esperé una reacción. Hubo una emoción de aplausos y vítores alegres como campanas. Los silbidos y piropos abundaron.

Resistí el impulso de sacarle la lengua a Itachi.

Lo había hecho. Había ganado la apuesta. Ta, ta, ta, ta, ta, chínchese señor Itachi Uchiha, dios de los aeroplanos y superhéroe de lo sexual.

¡Ni un viaje más en avión!

Le hice una mueca y él alzó su copa.

Bajé del escenario y fui hacia él, dispuesta a pavonearme. Me ayudó a sentarme, pero no me dio tiempo a regodearme en mi victoria.

—Volveré en un momento —dijo. Antes de que pudiera protestar, se marchó sin mirar atrás. Fruncí los labios. Ese mal perdedor debería haberme halagado con todo tipo de cumplidos.

Unos minutos después, mi enfado por la brusca partida de Itachi se disolvió. Estaba demasiado ocupada deseando que Dios me hiciera invisible.

Un hombre muy desaliñado y borracho se acercaba a mí.

—Hola, nena —debía tener cerca de cuarenta años y olía como si llevara bañándose en Jack Daniels al menos una hora. Ocupó el sitio de Itachi. Tenía la ropa arrugada, los ojos rojos y perdidos—. Has estado genial. Creía que eras cantante profesional.

—Gracias —dije. Al menos parecía coherente.

—¿Puedo invitarte a una copa? —mientras hablaba clavó la mirada en mis senos, a pesar de su reducido tamaño.

—No, no tengo sed —contesté. Me moría de sed, pero no quería que ese hombre se quedara más tiempo del necesario. ¿Dónde diablos estaba Itachi?

Mi indeseado visitante no captó la indirecta.

Echó un brazo sobre mi silla, como si tuviera derecho a invadir mi espacio. Me dedico una sonrisa lujuriosa y yo me estremecí. Tenía algo negro entre los dientes.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—Sakura —me abaniqué con la mano para no desmayarme con el olor a alcohol que desprendía.

—Saakura —dijo, arrastrando las vocales—. Yo soy Rock Lee —hizo una pausa—. ¿Qué hace aquí sola una chica tan bonita?

Intenté no estremecerme. En realidad, solo había una manera de librarse de tipos como ése.

—Me alegro mucho de que hayas venido, Rock Lee— clavé los codos en la mesa y lo miré como si fuera lo más bonito que veía en mi vida—. Me moría de ganas de contarle a alguien todo lo que me ha ido mal últimamente. Mi ex marido, Sasuke, que espero se ahogue con su propia lengua y gane un billete de ida a la condenación eterna, me llamó el otro día para que volviera con él. Como si necesitara a otro bastardo infiel en mi vida. Esos, uno a uno, gracias.

Rock Lee intentó interrumpirme, pero yo seguí.

—Seguramente estarás pensando que el otro bastardo infiel es mi padrastro, y tienes razón. Tengo pensado castrarlo, no te preocupes.

Rock Lee se puso pálido como una sábana.

—Apuesto a que te preguntas por qué no lo he hecho aún. Asesinarlo y castrarlo. Pues la respuesta es sencilla. Antes tengo que encontrar el cuchillo perfecto. Uno casero no servirá. Odio a los hombres infieles, Rock Leelas, y creo…

—Perdona, he visto a un conocido —farfulló Rock Lee. Itachi regresó en ese momento. Contempló a Rock Lee alejarse antes de volver a ocupar su sitio.

—¿Dónde estabas? —exigí—. Cinco minutos más y habría tenido que pedirle a Rock Leeie que fuera el padre de mis hijos para asustarlo y hacer que se marchara.

—Estaba reservando una habitación. No quiero conducir hasta la cabaña esta noche.

Mi ira se disolvió, transformándose en pavor… y excitación. Moví la cabeza.

—Espera un segundo. ¿Una habitación? ¿Una?

—Correcto —metió la mano bajo la mesa y la puso sobre mi muslo. Casi di un salto. Él sonrió.

—¿Qué estás haciendo? —pregunté con un susurro escandalizado, mirando a mi alrededor para comprobar que nadie nos miraba.

—Seducirte —la penumbra y que nuestra mesa estuviera en un rincón nos garantizaba intimidad excepto si alguien pasaba junto a la mesa. Y quien lo hizo fue Rock Lee. Pasó tambaleándose un par de veces, mirándome con suspicacia. La tercera vez se detuvo.

—Juega con cuchillos —le avisó a Itachi antes de huir.

—Es malvada, ya lo sé —dijo Itachi, mirándome—. Estuviste adorable en el escenario.

—Gracias —intenté apartar su mano; pero no empujé con fuerza. Era demasiado agradable. Él se limitó a mover los dedos hacia arriba, a un sitio mejor.

—¿Dónde aprendiste a cantar country así?

—En la ducha —me hervía la sangre y sólo deseaba abrir las piernas e invitarlo a tocar lo que quisiera.

—Hemos estado creando el ambiente para llegar a este punto, y lo sabes —dijo él, yendo al meollo de la cuestión—. Desde que te recogí esta mañana, sueño con desnudarte y saborearte. De arriba abajo.

Tragué saliva. Con esfuerzo. Había una razón por la que debía negarme y decirle que teníamos que esperar hasta después de la fiesta de su madre, pero en ese momento no recordaba cuál era.

—Tengo una fantasía. Tú me montas y tu pelo acaricia mi pecho. Tus senos están erguidos y no dejas de gritar mi nombre.

—Y, hum, ¿tengo un orgasmo cada vez que grito? —las palabras se me escaparon, sin poder evitarlo.

—Oh, sí —asintió él.

Mis pezones se endurecieron y el latido de mi corazón se convirtió en un sonoro bum-bum-bum.

—Cuando hagamos el amor, Sakura, sólo desearás más —prometió—. Mucho, mucho más.

Se equivocaba. No podía permitirme desear más.

—Te tocaré aquí —dijo, poniendo la palma de una mano en uno de mis pechos, mientras sus ojos recorrían mi rostro como en una caricia.

Los dedos que habían estado en mi muslo bajaron por la pierna hasta que encontraron piel desnuda. Esos traviesos dedos se introdujeron bajo el pantalón y empezaron a subir. Más y más. La tela se tensó cuando llegaron a las rodillas, impidiendo su avance.

Estuve a punto de soltar una ristra de palabrotas.

Me quedé sin aliento cuando dejó mi rodilla y puso una mano en la cinturilla del pantalón y desabrochó el botón. Metió la mano dentro hasta encontrar el encaje de mis braguitas.

—También te tocaré aquí —dijo, acariciando la tela. Con voluntad propia, mis caderas se movieron—. Y me rogarás que te lleve al otro lado.

—Ya había decidido acostarme contigo —admití con un susurro—. Después de la fiesta.

—Después. Antes —ensanchó las aletas de la nariz e hizo una pausa—. Ahora.

Ahora… era tan tentador. Dios, lo deseaba. De veras. Lo necesitaba.

—No he cambiado de opinión con respecto a una relación —no quería que se hiciera una idea equivocada respecto a lo que iba a ocurrir—. Podemos acostarnos juntos, pero eso es todo. Nada más.

Sus dedos se detuvieron y casi gemí de rabia.

—Puede que no quisieras una relación —dijo él con expresión fiera—, pero aún así estás en una.

—No —tenía que ser fuerte, luchar contra las necesidades de mi cuerpo hasta que él accediera—. Te deseo. Es verdad. Pero —inspira—, nada más.

—Pues yo lo quiero todo. Y te quiero contra una pared —sus dedos volvieron a atormentarme—. ¿Alguna vez has follado contra una pared, Sakura?

Sabía que estaba siendo vulgar a propósito, para obligarme a admitir que quería algo más que un polvo carente de sentimientos. Pero consiguió el efecto contrario. Oírlo hablar así incrementó mi excitación. Tal vez, en el fondo, fuera una chica mala y sucia. Una gatita sexual, como habían dicho mis primas.

—¿Lo has hecho? —exigió.

Lentamente, negué con la cabeza. Mi experiencia se limitaba al asiento trasero de un Chevy y a un frío colchón ya olvidado. No me entendáis mal; he tenido orgasmos y he disfrutado del sexo. Pero estar con él era mucho más placentero.

—Apoyaré tu espalda en la pared y pondré tus piernas alrededor de mi cintura.

Sin aliento imaginé la escena. Dos cuerpos desnudos, de pie y enredados. Se me cerró la garganta. Era una imagen carnal. Primitiva. Cruda.

Me moriría si no probaba eso.

—De acuerdo —dije, con voz ronca de deseo—. Ahora. Antes de la fiesta.

—¿Qué has dicho? —me miró con incredulidad. No había esperado que aceptara.

—He dicho sí. Quiero hacerlo contra una pared.

Sus ojos chispearon como llamas negras. Y esas llamas lamieron mi cuerpo, posesivas. Me pasé la lengua por los labios y él ensanchó las aletas de la nariz. Agarró mi mano y me puso en pie. Yo me abroché los pantalones apresuradamente.

Sin preocuparnos por la gente casi corrimos hacia el ascensor. Cuando las puertas se cerraron tras nosotros, Itachi me atrapó contra el rincón, invadió mi boca con la lengua y restregó su erección por mi entrepierna.

Estuve a punto de tener un orgasmo allí mismo.

Sonó una campana y las puertas del ascensor se abrieron. Me costó un esfuerzo consciente despegar mi boca de la de Itachi. Él agarró mi mano y casi me arrastró hasta la habitación. Abrió con la llave electrónica, entramos y él cerró la puerta.

Por fin estábamos solos.

Corrí hacia la cama, quitándome la blusa por el camino. Tardé un momento en comprender que Itachi no me había seguido. Me volví hacia él. Estaba observándome con un brillo depredador en los ojos.

—Ahora —dijo.

—Ahora —acepté.

Avanzó. Yo no me moví. Cuando llego a mi lado, casi me dobló la cabeza con la fuerza de su beso. Su lengua invadió mi boca con fuerza, exigente. Pero yo no quería suavidad, anhelaba el peso de su cuerpo, la brasa de sus labios, el dominio de sus manos.

Él no podía parar.

Yo no podía parar.

Estábamos locos el uno por el otro.

Metió las manos entre mi pelo y lo envolvió en su puño antes de empezar a quitarme el sujetador.

Después se ocupó de mis pantalones. Ambas prendas cayeron al suelo. La luz estaba encendida pero intenté no preocuparme por eso. Estaba demasiado delgada. Pero a Itachi no pareció importarle.

Empezó a tocarme por todas partes. Disfruté de cada segundo, de cada caricia, y se las devolví una a una. Lo envolví en la avalancha de mi lujuria, pero eso tampoco pareció importarle.

Cuando estaba a punto de derrumbarme, me alzó en brazos y me llevó a la cama.

—¡Espera! —grité. ¿Lo habría olvidado? Miré la pared fijamente. Itachi esbozó una lenta sonrisa de comprensión y asintió.

—Ah, sí. La pared.

N/A: HOLA! LA HISTORIA QUE ESTA GANANDO PARA EL NEJI-SAKU ES (LA IMAGEN DEL AMOR) Y LE SIGUEN DOS MÁS (NOVIA CAUTIVA) Y ( EL CABALLERO DE LA NOCHE) SIGAN PARTICIPANDO :) GRACIAS

Ofi Rodriguez